Cavafis nos habla desde la claridad y la herida, iluminando con una luz oblicua las mitologías que ya llevamos dentro. En La ciudad, bajo su aparente sencillez, se esconde un poema claustrofóbico, en el que todos los caminos se cierran y cualquier intento de huida conduce de nuevo al mismo lugar. Ítaca, en cambio, celebra el viaje, el placer y el conocimiento; el destino importa, pero también cuanto puede encontrarse antes de alcanzarlo. En El dios abandona a Antonio domina la fatalidad: la derrota ya se ha consumado y solo queda reconocerla y despedirse sin súplicas.
Tres poemas muy distintos y tres formas de enfrentarse al destino, atravesados por esa extraña sobriedad de Cavafis, capaz de alcanzar una enorme profundidad sin apenas levantar la voz.
La ciudad (1910)
Dijiste: «Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Habrá otra ciudad mejor que esta.
Cada esfuerzo mío tiene escrita su condena;
y mi corazón está —como un muerto— enterrado.
¿Hasta cuándo seguirá mi mente en este marasmo?
Adonde vuelva los ojos, mire donde mire,
veo aquí las negras ruinas de mi vida,
donde pasé tantos años, que arruiné y destruí».
No encontrarás lugares nuevos, no encontrarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Recorrerás
las mismas calles. Y en los mismos barrios envejecerás;
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. No esperes otro lugar:
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como arruinaste tu vida aquí,
en este pequeño rincón, la destruiste en toda la tierra.

Ítaca (1911)
Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de saber.
No temas a los Lestrigones ni a los Cíclopes,
ni al enfurecido Poseidón;
nunca encontrarás cosas así en tu camino
si tu pensamiento permanece elevado, si una emoción noble
toca tu espíritu y tu cuerpo.
A los Lestrigones y los Cíclopes,
al feroz Poseidón no los encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los levanta ante ti.
Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas de verano
en que, con cuánto placer, con cuánta alegría,
entres en puertos nunca vistos;
detente en los mercados fenicios
y adquiere hermosas mercancías:
nácar y coral, ámbar y ébano,
y toda clase de perfumes sensuales,
tantos perfumes sensuales como puedas;
ve a muchas ciudades egipcias,
para aprender y aprender de quienes saben.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Mejor que dure muchos años;
y que ya viejo eches el ancla en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
Ítaca te dio el hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Ya no tiene nada más que darte.
Y aunque la encuentres pobre, Ítaca no te engañó.
Ahora que te has vuelto sabio, con tanta experiencia,
ya habrás comprendido qué significan las Ítacas.

El dios abandona a Antonio (1911)
Cuando de pronto, a medianoche,
se oiga pasar un cortejo invisible
con músicas maravillosas, con voces—
tu suerte que ya cede, tus obras fracasadas,
los planes de tu vida que acabaron en engaño,
no los llores en vano.
Como quien lleva tiempo preparado, como un valiente,
di adiós a Alejandría, que se aleja.
Sobre todo, no te engañes, no digas
que fue un sueño, que te engañó el oído;
no te rebajes a esperanzas tan vanas.
Como quien lleva tiempo preparado, como un valiente,
como quien fue digno de una ciudad así,
acércate con firmeza a la ventana
y escucha conmovido, pero sin las súplicas
ni los lamentos de los cobardes;
escucha, como último placer, los sonidos,
los maravillosos instrumentos del misterioso cortejo,
y di adiós a Alejandría, que pierdes.

Los tres poemas se presentan en versiones elaboradas mediante el cotejo del original griego y de diversas traducciones.






