Stefan Zweig: la fragilidad de un mundo

Hay una incomodidad particular en la lectura de Stefan Zweig: sus personajes suelen parecernos comprensibles mucho antes de que sepamos si seríamos capaces de perdonarlos. Los escuchamos contar lo que hicieron o sufrieron, asistimos a sus vacilaciones y entramos en una intimidad desde la que resulta cada vez más difícil juzgarlos con la seguridad que teníamos al principio. Zweig sabe acercarnos a ese momento en que una emoción empieza a condicionar una vida, y lo hace con tal atención a sus pequeños avances que, cuando advertimos el alcance de lo sucedido, también nosotros hemos recorrido una parte del camino. Quizá nunca actuaríamos de ese modo, pero ahora conocemos algo de la persona que lo hizo y esa cercanía nos obliga a pensar de nuevo.

Su escritura posee una claridad que invita a seguir leyendo y que a veces puede ocultar la complejidad de lo que tenemos delante. Bajo el impulso de la narración se van acumulando preguntas sobre nuestra libertad y sobre los motivos que preferimos desconocer cuando explicamos nuestros actos. Una muestra de afecto puede encerrar una exigencia insoportable, y la compasión puede comprometernos más allá de lo que estamos dispuestos a asumir. En sus novelas y relatos, Zweig observa esas tensiones con una curiosidad que también atraviesa sus biografías, donde busca comprender cómo una persona llega a tomar las decisiones que acabarán dando forma a su destino.

Esa mirada adquiere una profundidad dolorosa cuando el escritor vuelve sobre su propia vida en El mundo de ayer. El hombre acostumbrado a explorar las crisis ajenas intenta entonces comprender la desaparición de la Europa en la que se había formado y cuyas promesas habían alimentado su confianza en el porvenir. En sus memorias conviven el afecto por aquel mundo y la experiencia de haber visto cómo sus seguridades cedían ante la violencia, hasta convertir en exiliado a quien había hecho de la cultura europea su hogar. Leerlas hoy nos lleva a preguntarnos por la confianza que depositamos en la estabilidad de nuestra propia vida, y por todo aquello que damos por seguro mientras todavía podemos permitirnos hacerlo.

Las vidas que dejan de pertenecernos

En muchas historias de Zweig, alguien necesita contar lo que le ha sucedido. A veces encuentra a un desconocido dispuesto a escuchar; otras, confía a una carta lo que nunca pudo decir en presencia de su destinatario. Esa necesidad de hablar da a sus relatos una intimidad particular, porque recibimos la historia cuando ya se ha convertido en una carga para quien la cuenta. La confesión permite volver sobre los hechos, detenerse en un gesto cuyo significado solo se comprendió después y tratar de explicar por qué, en un momento determinado, las cosas tomaron aquel rumbo. Quien escucha recibe algo más que un recuerdo, y Zweig nos coloca a su lado, con el privilegio y la responsabilidad de entrar en una vida que hasta entonces desconocíamos.

En Carta de una desconocida, esa distancia entre lo que sabemos de otra persona y lo que hemos significado para ella alcanza una intensidad dolorosa. Una mujer escribe al hombre al que ha amado desde su adolescencia, y su relato va revelando la desigualdad entre dos experiencias que han compartido algunos momentos sin llegar a encontrarse verdaderamente. Lo que para él pudo quedar reducido a un episodio pasajero ocupa en ella un lugar alrededor del cual se ordena toda una existencia. Zweig nos hace habitar esa desproporción a través de los recuerdos de la protagonista, de la importancia que adquieren ciertos encuentros y de una espera que acaba penetrándolo todo. Conforme avanza la carta, sentimos el desamparo de alguien que ha entregado tanto de sí a una relación cuyo sentido apenas existe fuera de su propia conciencia.

La fuerza del relato también está en la dificultad de acomodar esa voz a una interpretación tranquilizadora. Su entrega conmueve, aunque por momentos nos inquiete el modo en que el amor absorbe las demás posibilidades de su vida. Podemos reconocer la indiferencia del destinatario y preguntarnos a la vez cuánto conoce ella al hombre que ha situado en el centro de su mundo. Zweig sostiene esa incomodidad al permitir que la protagonista cuente su historia desde dentro, con las razones y los silencios que le pertenecen. La cercanía que establece con ella nos obliga a permanecer ante una experiencia que quizá querríamos resolver demasiado pronto con una palabra como «obsesión», como si nombrarla bastara para comprenderla.

En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, el problema del juicio aparece desde el entorno social que rodea la narración. La conducta de una mujer provoca una discusión en la que los demás se apresuran a decidir qué clase de persona es y qué motivos pueden explicar sus actos. Frente a esa seguridad surge otra historia, confiada en privado, que devuelve a la conversación todo lo que las opiniones habían dejado fuera. El encuentro de una mujer con un joven consumido por el juego abre un intervalo en el que sus hábitos y la imagen que tiene de sí misma dejan de ofrecerle una orientación suficiente. Su deseo de ayudarla a él —de intervenir en una desesperación que cree haber reconocido— la implica de una manera que apenas habría podido imaginar antes de aquel encuentro.

Zweig sigue con especial atención ese tránsito entre el impulso de socorrer a alguien y el vínculo que empieza a formarse al hacerlo. La protagonista actúa ante un sufrimiento concreto, pero en sus decisiones también intervienen necesidades propias que va descubriendo mientras intenta comprender lo ocurrido. Ahí reside buena parte de la riqueza del relato: una acción puede nacer de una intención sincera y adquirir después un significado inesperado para quien la realiza. Las horas a las que alude el título bastan para alterar la percepción de toda una vida, porque dejan al descubierto posibilidades de uno mismo que habían permanecido al margen de la experiencia cotidiana. Contarlas exige admitir que la persona que las vivió también forma parte de quien ahora trata de explicarlas.

Amok lleva esa pérdida de dominio hacia una zona más febril. Un médico destinado en las colonias neerlandesas de Asia recibe una petición que hiere su orgullo y despierta en él una reacción cuyas consecuencias lo comprometen cada vez más. En el relato que hace de los acontecimientos se mezclan el deseo, la humillación y una necesidad de reparar el daño que acaba adquiriendo su propia violencia. Zweig imprime a esa voz una urgencia que nos hace sentir cómo se estrecha su campo de visión: las obligaciones que antes sostenían su vida pierden peso y cada nueva decisión queda subordinada a una exigencia que reclama toda su atención. Podemos seguir el curso de sus razonamientos mientras advertimos hasta qué punto han quedado sometidos a aquello que lo arrastra.

Estos relatos dejan una inquietud que persiste después de conocer lo sucedido, porque sus protagonistas han podido explicarse sin que la explicación cierre todas nuestras preguntas. Zweig les concede el tiempo necesario para mostrar cómo vivieron sus actos, y esa atención modifica nuestra manera de mirarlos. Comprender puede aumentar el dolor de una historia e incluso volver más difícil el juicio, sobre todo cuando descubrimos que algunas de las emociones que condujeron a sus personajes tan lejos también nos resultan familiares.

Cuando la compasión nos compromete

Ayudar a alguien puede cambiar el lugar que ocupamos en su vida antes de que lleguemos a comprender qué estamos ofreciendo. Si en Veinticuatro horas en la vida de una mujer, el encuentro con el sufrimiento ajeno abre una experiencia que desborda la intención inicial de socorrer; en La impaciencia del corazón, Zweig se detiene en los vínculos que se forman cuando esa ayuda empieza a generar expectativas. Una visita puede convertirse en algo que se espera durante todo el día, y una palabra pronunciada para aliviar un momento difícil puede seguir creciendo en la conciencia de quien la recibe. El compromiso se construye a través de esos pequeños actos, mientras quien los realiza todavía cree disponer de la libertad de retirarse.

El joven oficial Anton Hofmiller entra en esa situación después de cometer una torpeza durante una velada en casa de una familia acomodada. Invita a bailar a Edith, la hija de su anfitrión, sin saber que una discapacidad le impide caminar, y la vergüenza que siente al descubrirlo lo impulsa a reparar el daño. Sus posteriores visitas nacen de un deseo comprensible de mostrarse considerado, aunque también lo ayuda a soportar el recuerdo de su propia indiscreción. Zweig encuentra en esa mezcla el punto de partida de la novela: Hofmiller quiere aliviar a Edith y recuperar cierta tranquilidad consigo mismo, y al principio ambas cosas parecen poder conseguirse mediante los mismos gestos.

Las visitas adquieren pronto un significado distinto para cada uno. Hofmiller descubre la satisfacción de ser bien recibido, de comprobar que su presencia anima a Edith y de sentirse necesario en una casa donde se le dispensa un afecto al que termina acostumbrándose. Para ella, esos encuentros van abriendo una posibilidad que compromete mucho más hondamente su futuro. La relación crece dentro de esa diferencia, favorecida por las palabras que él aplaza y por la facilidad con que acepta una cercanía cuyas consecuencias le cuesta examinar. Su dificultad para hablar con claridad se vuelve especialmente dolorosa porque puede reconocer la esperanza que está alimentando y, aun así, seguir encontrando razones para posponer una conversación que teme.

Aquí la atención de Zweig a los movimientos de la conciencia alcanza una precisión incómoda. Hofmiller puede sentirse generoso mientras permanece junto a Edith y atrapado cuando imagina lo que ella espera de él; puede desear sinceramente su bienestar y experimentar alivio al alejarse de la casa. Cada emoción encuentra una justificación que le permite continuar durante un tiempo, pero juntas van formando una situación que exige una respuesta. El lector asiste a esas vacilaciones desde una cercanía suficiente para entenderlas, incluso cuando empieza a percibir el daño que producen. Zweig nos permite conocer el esfuerzo con que el protagonista trata de conservar una imagen aceptable de sí mismo mientras sus actos lo comprometen cada vez más.

La novela plantea así una dificultad que va más allá de sus circunstancias concretas: cuánto sufrimiento estamos dispuestos a acompañar cuando descubrimos que nuestra presencia apenas puede remediarlo. Hofmiller desea que Edith mejore y se aferra a cuanto pueda sostener esa esperanza, porque la posibilidad de una solución también le promete liberarlo del conflicto. Permanecer junto a alguien cuya situación quizá no cambie exige una paciencia muy diferente de la emoción que nos impulsa a prestar ayuda en un primer momento. A través del médico Condor, Zweig da espacio a esa forma de atención sostenida, capaz de asumir los límites de lo que puede hacerse sin convertir la necesidad de consuelo del acompañante en el centro de la relación.

También importa el mundo al que Hofmiller pertenece. Su condición de oficial lo sitúa dentro de un ambiente donde pesan la reputación, las convenciones de sus compañeros y una idea del honor que resulta más fácil defender en público que trasladar a la intimidad. Lo que siente al lado de Edith cambia cuando imagina la mirada de los demás, y esa presión descubre la distancia entre su deseo de actuar bien y el valor que necesita para hacerse responsable de sus decisiones. Zweig integra el conflicto en la sociedad que lo rodea, de modo que podemos ver cómo las vacilaciones personales encuentran apoyo en prejuicios compartidos y en formas de conducta que rara vez se someten a examen.

La impaciencia del corazón obliga a pensar en lo que comunicamos cuando intentamos evitarle una decepción a otra persona. Hay ocasiones en que una verdad aplazada permite que la esperanza siga creciendo, y entonces la dificultad de hablar aumenta con cada gesto que parecía facilitarnos las cosas. Zweig se queda junto a su protagonista durante ese proceso, atento al miedo que lo paraliza y al sufrimiento de Edith, cuya vida está siendo afectada por decisiones que él todavía considera provisionales. La compasión adquiere aquí todo su peso porque nos vincula con alguien que seguirá viviendo las consecuencias de nuestras palabras cuando nosotros hayamos abandonado la habitación.

Una vida entre los libros

En Mendel, el de los libros, Zweig se acerca a un hombre cuya presencia parece haberse vuelto inseparable de un café vienés. Jakob Mendel ocupa allí su mesa, atendiendo consultas bibliográficas y entregado a una actividad que organiza sus días. Su memoria conserva títulos y ediciones, y puede recuperar el rastro de un volumen con una precisión que asombra a quienes acuden a él. Alrededor de esa dedicación ha encontrado una forma de vivir, sostenida por las costumbres del establecimiento y por el trato con quienes reconocen su singularidad. El café le proporciona un lugar desde el que relacionarse con un mundo de libros que atraviesa fronteras y al que pertenece con una naturalidad ajena a las divisiones políticas.

La guerra transforma el significado de esas relaciones sin que Mendel comprenda hasta qué punto han cambiado las cosas. Continúa pendiente de sus asuntos bibliográficos y escribe a países convertidos en enemigos, siguiendo la lógica de unos intercambios que para él conservan el sentido de siempre. Las autoridades leen aquellas comunicaciones desde la sospecha y descubren en su origen extranjero un motivo para intervenir en su vida. La detención y el internamiento lo arrancan de la mesa donde había transcurrido su existencia, sometiéndolo a unas condiciones que quebrantan su salud y sus facultades. Zweig hace sentir la violencia de ese desplazamiento a través de la distancia entre lo que Mendel cree estar haciendo y lo que el poder decide ver en sus actos.

Lo que se destruye con esa intervención alcanza el centro de su identidad. La memoria extraordinaria que le permitía orientarse entre miles de libros dependía también de una vida cotidiana en la que podía ejercerla, de unas horas disponibles y de la tranquilidad de saberse aceptado en su rincón. Al privarlo de esas condiciones, la guerra daña aquello que parecía más íntimamente suyo. Su dedicación había podido parecer una forma de aislamiento, pero el relato descubre cuánto necesitaba de la tolerancia y del cuidado de otras personas. Mendel estaba unido al mundo que apenas miraba por unos vínculos cuya importancia se vuelve dolorosamente visible cuando se rompen.

El regreso al café permite percibir la profundidad de esa pérdida. Volver a un lugar conocido lleva consigo la esperanza de recuperar algo de quien se era allí, y Zweig nos hace sentir el desamparo de un hombre que busca acomodo en una continuidad ya quebrada. Mendel ha cambiado, mientras el establecimiento queda sometido a criterios que conceden cada vez menos espacio a una presencia como la suya. Aquella mesa deja de ofrecerle la protección que había encontrado durante años, y el lector comprende que sobrevivir a una agresión puede dejar pendiente la tarea inmensa de reconstruir una vida. Los demás siguen con sus ocupaciones mientras él intenta regresar a una existencia cuyas condiciones han desaparecido.

La historia llega hasta nosotros mediante el esfuerzo del narrador por recuperar su recuerdo y la memoria de quienes compartieron sus días. En ese acto hay un afecto que devuelve importancia a cuanto la guerra y la indiferencia habían tratado como prescindible. Zweig consigue que sintamos la ausencia de Mendel porque antes nos ha permitido conocer el lugar que ocupaba, y con él percibimos la pérdida de una pequeña forma de convivencia. Hay en el destino de Mendel algo que, leído desde la vida posterior de Zweig, adquiere una resonancia casi profética: también el escritor vería cómo los lugares y los vínculos que habían sostenido su vida se convertían en parte de un mundo al que ya no podía regresar.

El mundo que parecía seguro

Cuando Zweig vuelve la mirada hacia su juventud en El mundo de ayer, lo hace desde una existencia que ha perdido sus puntos de apoyo. La distancia que lo separa de aquellos años está hecha de guerras y destierros, de personas desaparecidas y de lugares a los que ya no puede regresar en las mismas condiciones. Recordar adquiere entonces una urgencia particular: necesita contar cómo era la vida antes de que lo sucedido transformara incluso la manera de evocarla. En sus páginas, la Viena de su formación recupera la actividad de sus teatros y cafés, la pasión por la literatura y aquella confianza en que el futuro permitiría ampliar las posibilidades del presente. El lector entra en ese mundo sabiendo que va a desaparecer, mientras las personas que lo habitan todavía hacen planes dentro de él.

La seguridad que Zweig recuerda tenía algo de herencia. En el ambiente de la burguesía acomodada en el que creció, resultaba posible imaginar una vida cuyo desarrollo conservaría cierta continuidad con la de los padres, y el progreso parecía ofrecer razones suficientes para confiar en las décadas venideras. Su relato permite sentir el atractivo de esa promesa, aunque también nos obliga a situarla: la estabilidad de su familia convivía con desigualdades y conflictos que afectaban de manera muy distinta a quienes carecían de sus recursos. El antisemitismo formaba parte de aquella sociedad, y bajo la convivencia del Imperio se acumulaban tensiones que la memoria de sus realizaciones culturales apenas puede resolver. La nostalgia de Zweig tiene una verdad íntima que merece ser escuchada junto a los límites del mundo que añora.

Su educación sentimental e intelectual estuvo ligada a la posibilidad de salir al encuentro de otros. Leer y viajar, conocer a escritores admirados o descubrir una ciudad contribuían a formar una pertenencia que atravesaba las fronteras políticas. En esa experiencia se apoyaba su idea de Europa: había construido vínculos reales con personas y obras de distintos países, y encontraba en ellos razones para creer que la comprensión podía imponerse a la hostilidad. Por eso el entusiasmo que acompañó al comienzo de la Primera Guerra Mundial ocupa un lugar tan doloroso en sus memorias. Ver cómo la exaltación patriótica alcanzaba también a los medios culturales lo obligó a enfrentarse a la facilidad con que las afinidades podían quedar subordinadas a una identidad enfrentada al vecino.

La ruptura afecta a una convicción que atraviesa toda su obra. El conocimiento de otras vidas había alimentado su confianza en la capacidad humana de comprender, pero esa familiaridad con la cultura podía convivir con la adhesión a discursos que justificaban la violencia. Admirar la sensibilidad de un poeta dejaba abierta la posibilidad de mostrarse insensible ante una persona concreta, especialmente cuando se había aprendido a verla como integrante de un grupo enemigo. En sus memorias sentimos el desconcierto de quien descubre que aquello a lo que ha dedicado su vida ofrece una protección mucho más frágil de lo que esperaba. La cultura necesita una relación activa con la conciencia y con los actos; su prestigio puede seguir intacto mientras esa relación se abandona.

Una reflexión de su contemporáneo Dietrich Bonhoeffer ayuda a profundizar en esta herida. Al escribir sobre la estupidez, el teólogo alemán describió una pérdida de independencia interior que podía afectar también a personas inteligentes: bajo el influjo del poder, alguien deja de elaborar una posición propia y permite que las consignas ocupen el lugar de su juicio. Su observación dirige la atención hacia una forma de sometimiento en la que las facultades intelectuales permanecen disponibles, incluso para defender aquello que ha dejado de examinarse. Puesta en diálogo con la experiencia de Zweig, nos lleva a preguntarnos qué sucede cuando una sociedad conserva sus conocimientos y aprende a utilizarlos para justificar la persecución de otros.

En el avance del nazismo, esa persecución fue transformando las condiciones concretas de la existencia. La condición judía de Zweig adquirió, bajo la mirada de quienes lo excluían, un significado que pretendía imponerse sobre cuanto él había hecho y sobre los vínculos que había construido. El escritor reconocido internacionalmente fue viendo cómo se destruía su posibilidad de pertenecer, y el exilio convirtió el desplazamiento en una experiencia muy distinta de los viajes de juventud. Atravesar una frontera pasó a depender de documentos y autorizaciones que decidían dónde podía permanecer. En ese cambio se hace visible la distancia entre conocer el mundo con la confianza de encontrar acogida y necesitar que algún lugar acepte recibirte.

Hay una violencia particular en descubrir que la continuidad de tu vida depende de categorías establecidas por otros. Los recuerdos siguen unidos a una casa o a una ciudad, pero el derecho a regresar puede desaparecer; las amistades y el trabajo conservan su valor para quien los ha vivido, aunque una administración pueda tratarlos como irrelevantes. Zweig permite sentir esa desposesión desde dentro, atendiendo al desgaste de tener que demostrar quién eres ante un mundo que ha cambiado las condiciones para reconocerte. Su experiencia nos devuelve a una pregunta que sus ficciones habían planteado en la intimidad: cuánto de nuestra existencia queda a merced de la manera en que otros deciden mirarnos.

La cercanía que estas páginas pueden adquirir para un lector actual exige detenerse en los mecanismos que describen. El malestar social ofrece oportunidades a quienes prometen resolverlo señalando a una población vulnerable, y esa promesa puede proporcionar una explicación emocionalmente satisfactoria a problemas cuyas causas resultan más difíciles de afrontar. Cuando el resentimiento encuentra un destinatario, quienes se benefician de las desigualdades pueden quedar fuera del campo de atención. La retórica fascista explota esa posibilidad al convertir la exclusión en una promesa de recuperación colectiva y al ofrecer a sus seguidores una pertenencia construida alrededor de las personas que deben quedar fuera.

El lenguaje participa en ese proceso porque modifica la relación que mantenemos con el sufrimiento. Una víctima presentada como amenaza encuentra más obstáculos para despertar solidaridad, y una violencia descrita mediante abstracciones puede volverse más fácil de aceptar. A fuerza de repetición, ciertas expresiones dejan de provocar rechazo y empiezan a formar parte de la conversación ordinaria, hasta que las medidas que anuncian encuentran un terreno preparado. Para quien lee a Zweig desde la inquietud por su propio presente, una de las preguntas más difíciles es reconocer qué ha empezado a tolerar y qué explicaciones le permiten seguir haciéndolo. Esa pregunta nos incluye, con nuestras lealtades y nuestras comodidades, en el problema que estamos examinando.

También sería un error atribuir el derrumbe de una sociedad únicamente a la capacidad de engaño de sus dirigentes. El miedo puede favorecer la obediencia y la propaganda puede orientar el descontento, pero hay decisiones personales en lo que se repite, en aquello de lo que uno prefiere apartar la vista y en las injusticias que acepta mientras cree estar protegido de ellas. La lectura de El mundo de ayer adquiere una fuerza especial cuando nos hace percibir esa responsabilidad dentro de la vida cotidiana. El trabajo continúa y las obligaciones reclaman atención mientras cambian las condiciones de la convivencia, y conservar cierta normalidad puede llevarnos a posponer una y otra vez el momento de preguntarnos qué estamos admitiendo para sostenerla.

Zweig reconstruye aquel mundo con el conocimiento de su destrucción, y esa perspectiva da a sus recuerdos una tristeza que acompaña incluso los pasajes más luminosos. Nosotros podemos reconocer resonancias en sus páginas sin conocer todavía el desenlace de nuestra propia época. Ahí permanece un margen que la lectura puede ayudarnos a habitar con mayor conciencia: las seguridades compartidas requieren cuidado, y los derechos que organizan una vida pueden debilitarse mientras todavía parecen firmes. Volver a sus memorias permite prestar atención a ese desgaste y recordar que las personas afectadas por él tienen una existencia tan concreta y compleja como la que Zweig nos enseñó a escuchar en sus novelas.

La última partida

Después de recorrer en El mundo de ayer la destrucción de una forma de vida, volver a la ficción de Zweig permite percibir cómo aquella violencia podía penetrar en la intimidad de una persona. Novela de ajedrez nos lleva a un barco que viaja hacia Buenos Aires, donde la presencia del campeón mundial Mirko Czentovic despierta la curiosidad de algunos pasajeros. El deseo de verlo jugar da lugar a un encuentro cuyo alcance resulta difícil de imaginar al principio: entre quienes se acercan al tablero hay un hombre para el que las piezas están unidas a una experiencia que todavía conserva un poder doloroso sobre él. Zweig prepara esa revelación desde la aparente normalidad de una distracción a bordo, dejando que la inquietud aparezca cuando empezamos a comprender qué significa el juego para cada uno.

Czentovic posee un talento extraordinario que convive con una acusada estrechez fuera de su especialidad. Su figura introduce una fisura en la facilidad con que asociamos la excelencia intelectual a una comprensión amplia del mundo. Ante el tablero puede imponerse a sus adversarios, y esa superioridad le proporciona una posición desde la que administra su prestigio y establece las condiciones del encuentro. Zweig lo presenta a través de una mirada poco favorable, atenta a su vanidad y a su trato con los demás, pero también hace sentir la solidez de su dominio. Para los pasajeros, enfrentarse a él tiene algo de desafío colectivo: desean encontrar una debilidad en alguien cuya suficiencia los irrita tanto como su habilidad los atrae.

La intervención del doctor B. cambia la naturaleza de esa curiosidad. Su relación con el ajedrez procede del aislamiento al que fue sometido por la Gestapo, una forma de tortura que buscaba quebrarlo mediante la privación de contacto y de estímulos. Encerrado en una habitación, entre interrogatorios, queda expuesto a un tiempo que apenas puede organizar y a unos pensamientos que regresan continuamente sobre las mismas incertidumbres. Zweig consigue que sintamos la presión de esa espera atendiendo a lo que ha sido retirado de su vida. Leer, conversar o realizar una tarea adquieren entonces el valor inmenso de las cosas que permiten dirigir la atención hacia algo situado fuera de uno mismo.

La aparición de un libro de ajedrez abre una posibilidad de ocupar ese vacío. Las partidas ofrecen problemas que pueden estudiarse, secuencias que recordar y una actividad cuyo desarrollo depende, al menos en parte, de su esfuerzo. En medio de una existencia sometida a decisiones ajenas, el doctor B. encuentra un ámbito sobre el que ejercer sus facultades. Hay algo profundamente conmovedor en esa recuperación de la atención: la mente consigue vincularse a una tarea y vuelve a disponer de diferencias, objetivos y pequeños descubrimientos con los que dar forma a las horas. El valor del libro nace de las condiciones en que llega a sus manos, y Zweig nos permite comprender hasta qué punto una actividad puede convertirse en un sostén cuando todo lo demás ha sido arrebatado.

Pero la exigencia de obtener de ese recurso cuanto necesita para resistir va alterando su relación con él. A medida que el juego ocupa más espacio, la concentración adquiere una intensidad que amenaza el equilibrio que había ayudado a conservar. La inquietud del relato crece porque podemos seguir la necesidad que impulsa ese proceso: conocemos el vacío del que intenta protegerse y entendemos por qué le resulta tan difícil poner un límite a su refugio. Zweig explora una forma especialmente cruel de vulnerabilidad, aquella en la que incluso los medios encontrados para soportar una agresión pueden quedar marcados por ella. La supervivencia tiene una historia que continúa después del encierro y que los demás apenas pueden reconocer desde fuera.

Cuando regresamos al barco, sabemos algo que modifica nuestra percepción de la partida. Los espectadores siguen pendientes de los movimientos y de la posibilidad de vencer al campeón, mientras nosotros empezamos a atender al esfuerzo que el encuentro exige al doctor B. Una misma posición sobre el tablero pertenece a experiencias radicalmente distintas, y la tensión nace también de esa desigualdad entre lo que se ve y lo que está ocurriendo en quien juega. Zweig nos hace sentir la facilidad con que el entusiasmo de los presentes puede pasar por alto un sufrimiento al que no tienen acceso, y nos coloca ante la responsabilidad que acompaña a ese conocimiento. Ahora cada gesto puede tener un significado que habría resultado invisible antes de escuchar su historia.

Escrita durante el exilio, en el tramo final de su vida, Novela de ajedrez posee una cercanía con las preocupaciones de Zweig que invita a leerla junto a sus memorias. La violencia política alcanza aquí a alguien cuyos recursos interiores son puestos a prueba hasta un extremo insoportable, y la cultura aparece en su capacidad de ofrecer amparo, aunque sometida también a los límites de la persona que necesita aferrarse a ella. Conviene conservar la singularidad de esa experiencia literaria al acercarnos a la biografía del autor. Zweig y su esposa, Lotte, murieron por suicidio en Petrópolis, Brasil, en febrero de 1942; la devastación histórica y el desarraigo forman parte del contexto de sus últimos años, pero su muerte merece una sobriedad que nos impida convertirla en la explicación definitiva de cuanto escribió.

Al terminar este recorrido, permanece la atención que Zweig dedicó a unas vidas que podían parecer comprensibles desde lejos y se volvían más complejas al escucharlas. Su escritura nos permite sentir cuánto puede quedar fuera de nuestro juicio cuando apenas conocemos la superficie de una existencia. Quizá por eso volvemos a sus libros: porque durante unas páginas nos detenemos lo suficiente para percibir el peso de algo que, en la vida de otra persona, podríamos haber pasado por alto.

Nota sobre una traducción atribuida a Cervantes

Entre las muchas supersticiones literarias del siglo XX, pocas son tan persistentes como la que atribuye a Miguel de Cervantes una traducción parcial del llamado Kitab al-Azif, libro árabe al que H. P. Lovecraft dio más tarde el nombre de Necronomicón. La especie ha sido repetida en revistas menores, catálogos excéntricos y conversaciones de biblioteca con una tenacidad que no siempre acompaña a las verdades comprobables.

La versión más difundida sostiene que Cervantes, durante su cautiverio en Argel entre 1575 y 1580, habría tenido acceso a un conjunto de manuscritos árabes conservados en una cueva próxima a la costa o, según otros, en la biblioteca privada de un renegado griego al servicio de los turcos. Las variantes discrepan sobre el lugar y el custodio, pero coinciden en situar el encuentro en aquellos años argelinos, decisivos y todavía mal conocidos, cuyo recuerdo reaparecería transfigurado en su obra.

El cautiverio pudo proporcionarle cierta familiaridad con el árabe hablado, aunque el alcance de ese conocimiento resulta difícil de precisar. Cabe imaginarlo oyendo historias y aprendiendo que toda lengua extranjera contiene, para quien no la domina del todo, un prestigio ambiguo entre saber y encantamiento. La leyenda encuentra en esa familiaridad posible un antecedente tentador para la invención, en el Quijote, del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, figura cuya ironía no excluye una nostalgia.

La leyenda añade que, de regreso a España, Cervantes trabajó durante años sobre ciertos cartapacios oscuros y que dio a su versión castellana un título deliberadamente equívoco: El libro de los nombres extraviados. El nombre es admirable y sospechoso. Admirable, porque resume una metafísica entera: las palabras perdidas, los nombres que ya no encuentran cosa alguna, los vocablos capaces de convocar lo ausente. Sospechoso, porque parece concebido por un lector moderno de Borges más que por un escritor del Siglo de Oro.

No obstante, conviene recordar que el propio Cervantes gustó de manuscritos encontrados, autores fingidos y atribuciones desplazadas. El célebre episodio de Toledo, donde el narrador adquiere papeles arábigos en el Alcaná y busca quien se los traduzca, no solo parodia ciertos hábitos historiográficos de su tiempo; instituye además una poética de la mediación textual. La verdad llega siempre traducida, fragmentaria, contaminada por otra voz.

Hay un indicio menor que los partidarios de la leyenda suelen exagerar y que, sin embargo, no carece de encanto. En los últimos meses de su vida, mientras concluía Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Cervantes escribió con prisa inhabitual y dejó algunos pasajes menos pulidos de lo que su arte acostumbraba. De ello se ha inferido que otra labor secreta le disputaba el tiempo. Más razonable es pensar en la enfermedad y en la cercanía de la muerte; pero las conjeturas literarias rara vez obedecen a la razón.

La segunda etapa de la tradición sitúa el manuscrito en América. Según un catálogo hoy perdido —citado por el bibliógrafo uruguayo Adolfo Guevara en 1914 y jamás verificado— existió en Buenos Aires un voluminoso códice registrado como Libro de los nombres perdidos, sin autor ni fecha, procedente de antiguos fondos eclesiásticos. Otra versión, más novelesca, afirma que fue custodiado en dependencias del viejo Colegio de San Ignacio y trasladado después a la universidad naciente entre legajos jurídicos y sermones coloniales. En ese traslado, el libro habría perdido su procedencia y adquirido la discreción de los documentos que nadie consulta.

El nombre de Jorge Luis Borges aparece inevitablemente en esta genealogía. Director de la Biblioteca Nacional durante años decisivos, lector de enciclopedias apócrifas y amigo de las atribuciones imposibles, Borges habría sonreído ante una tradición semejante. Algunos aseguran que encontró una ficha antigua donde constaba aquel título y que la conservó por mero deleite; otros, que redactó una nota nunca publicada sobre “El rumor de los insectos por la noche”, traducción aproximada de Al-Azif. La ficha y la nota permanecen ausentes, como si también ellas hubieran seguido la suerte del libro.

Hay una razón más profunda para que la superstición perdure. Cervantes y Borges representan, para la lengua española, dos formas complementarias del infinito. El primero lo encarnó en la aventura errante, en la proliferación del mundo y de sus máscaras; el segundo, en los laberintos del pensamiento, en los espejos, en las bibliotecas y en la sospecha de que todo libro remite a otro. Vincularlos mediante un manuscrito perdido satisface una necesidad simbólica antes que histórica.

Acaso el llamado Kitab al-Azif no sea un grimorio oriental, sino el nombre tardío de cierta tentación recurrente: creer que existe, en alguna parte, un libro anterior a los libros y más peligroso que todos ellos. Cada época lo imagina a su manera. La nuestra prefirió atribuírselo a Lovecraft; otra pudo atribuírselo a los árabes; alguna futura lo situará quizá, en un archivo digital sin autor.

Ignoro si Cervantes tradujo aquel libro. Sé, en cambio, que prefirió escribir otro.

-Mikel Alonso.

Nota: este texto a modo de ficción bibliográfica, es un primer borrador de un relato mucho más extenso y elaborado.

Algernon Blackwood: la fascinación de lo invisible

En los relatos de Algernon Blackwood, el contacto con lo desconocido suele comenzar mucho antes de que los personajes sepan que les está ocurriendo algo extraordinario. Durante un viaje o una estancia lejos de casa, la atención se demora en un detalle del entorno y acaba descubriendo una presencia allí donde hasta entonces solo había paisaje. A partir de ese momento, cada impresión adquiere un peso distinto y resulta difícil recuperar la tranquilidad con la que se había llegado al lugar. Blackwood se detiene en esa alteración y permite que crezca mientras sus personajes intentan comprenderla, todavía atraídos por aquello que empieza a inquietarlos y poco dispuestos a abandonar una experiencia que parece ofrecerles acceso a algo excepcional.

Esa atracción ocupa un lugar importante en su literatura, porque la posibilidad de entrar en relación con una vida más extensa que la nuestra encierra una promesa que el peligro tarda en apagar. El bosque puede despertar un sentimiento de pertenencia tan profundo que las obligaciones cotidianas comiencen a perder fuerza, y un lugar desconocido puede recibir al visitante con una familiaridad que lo anime a quedarse más de lo previsto. La inquietud nace también de esa disposición a dejarse llevar, de la dificultad para reconocer cuándo una experiencia deseada está comprometiendo la propia voluntad. Al acompañar a sus personajes, el lector participa de su curiosidad y comprende las razones que los retienen, incluso cuando empieza a temer por ellos.

La obra de Blackwood vuelve una y otra vez sobre las posibilidades de ese encuentro, y su amplitud debe mucho a la convicción de que nuestra percepción apenas alcanza una parte de la realidad. Su amor por los espacios naturales y su interés por el misticismo alimentaron una escritura en la que lo sobrenatural podía suscitar tanto espanto como una intensa emoción de descubrimiento. Desde esa sensibilidad escribió algunos de los relatos más perdurables del género y dio forma a un terror que afecta al lugar que creemos ocupar en el mundo: cuando los personajes advierten que algo responde a su presencia, deben preguntarse qué los ha hecho visibles y hasta dónde están dispuestos a avanzar en esa relación.

La conciencia de la naturaleza

La naturaleza posee en la literatura de Blackwood una vida propia que puede incluir formas de conciencia muy distintas de la humana. En ella actúan fuerzas antiguas y vastas, cuyos propósitos apenas alcanzamos a comprender y con las que el contacto puede establecerse antes de que sepamos reconocerlo. Contemplar un paisaje permite disfrutar de su belleza, aunque esa atención puede despertar la sospecha de que algo percibe también al visitante y responde a su cercanía. El terror surge entonces de una relación cuyo alcance se descubre demasiado tarde, ya sea al entrar inadvertidamente en el ámbito de esas fuerzas o al sentir que una afinidad cultivada durante años ha adquirido una intensidad inesperada. El afecto hacia un lugar conserva todo su valor, pero puede acercarnos a una vida que actúa según sus propias necesidades y cuya respuesta difícilmente podemos prever.

Blackwood buscó durante toda su vida la compañía de los espacios naturales, y en sus relatos se reconoce el afecto de alguien que había pasado muchas horas en ellos. Sus años en Canadá, adonde llegó en 1890 con la intención de ganarse la vida, le ofrecieron un contacto con los grandes bosques que perduraría en su imaginación, incluso después de las dificultades económicas de aquella etapa. Esa familiaridad está presente en la atención que dedica al paisaje y en el placer con el que sus personajes lo recorren. En Los sauces, los viajeros han aprendido a conocer las variaciones del Danubio durante su descenso en canoa, y el narrador recuerda sus caprichos con el cariño que podría sentir por un compañero de viaje. La corriente tiene una personalidad que ambos han ido descubriendo, de modo que la sensación de estar en relación con algo vivo pertenece desde el comienzo a su experiencia.

Al llegar a la región donde el río se dispersa entre islas cubiertas de sauces, bromean con la idea de que deberían haber pedido permiso para entrar. Todavía disfrutan de aquel aislamiento y de la impresión de haber accedido a un territorio reservado a otros, aunque en la isla donde acampan empieza a formarse una inquietud que cambiará el sentido de la broma. En El Wendigo, esa conciencia de encontrarse en un lugar con una vida propia tiene raíces más profundas en Joseph Défago, el guía canadiense cuyo conocimiento del bosque convive con una atracción casi obsesiva por sus soledades. El afecto que estos personajes sienten por el entorno importa tanto como su miedo, porque les ha dado razones para acercarse y permanecer atentos. Cuando algo empieza a perturbarlos, la belleza que los llevó hasta allí sigue ejerciendo su influencia y vuelve más difícil decidir en qué momento deberían apartarse.

Défago conoce el bosque lo suficiente como para orientar a otros, pero su sensibilidad lo expone también a una llamada que afecta a su relación con él. En esa afinidad se encuentra una de las preocupaciones más persistentes de Blackwood: la posibilidad de que el contacto deseado adquiera una intensidad que comprometa a quien lo busca. El hombre al que amaban los árboles desarrolla esa cuestión dentro de la vida de un matrimonio. David Bittacy encuentra en las conversaciones con el pintor Sanderson una manera de expresar lo que siente por los árboles, y escucha la posibilidad de que estos reconozcan su cuidado y respondan a él. La idea de recibir ese afecto contiene una promesa de intimidad que el título recoge con extraordinaria sencillez, aunque ser amado por el bosque plantea dificultades que Bittacy apenas había tenido motivos para considerar.

Su esposa Sophia empieza a percibirlas en las costumbres de ambos. Las horas que él pasa fuera y la complicidad que encuentra en Sanderson introducen una distancia en una vida compartida durante muchos años, y su temor crece junto a la dificultad de participar en aquello que entusiasma a su marido. El amor hacia los árboles entra así en relación con otro amor, sostenido por la convivencia y por el deseo de seguir reconociéndose en los gestos cotidianos. Desde la experiencia de Sophia, la comunión con el bosque puede significar una pérdida, y el relato concede a esa angustia un peso que vuelve más compleja la fascinación de Bittacy. La naturaleza ofrece una forma de pertenencia cuyo alcance afecta también a quienes permanecen al margen de ella.

En Luces antiguas, la relación se vuelve más traviesa. Un empleado de agrimensura entra en un pequeño bosque que su cliente desea talar para mejorar las vistas desde la casa, y el recorrido se llena de contratiempos que ponen en aprietos su dignidad profesional. Aquí, la familiaridad con la que los seres humanos disponen del paisaje tropieza con la sospecha de que este pueda tener intereses propios. La resistencia de los árboles adquiere un tono burlón y siniestro, pero conserva una idea que atraviesa los otros cuentos: el lugar tiene una existencia que continúa más allá de nuestros propósitos. Acercarse a esa vida puede despertar un sentimiento de comunión o provocar el desconcierto de quien esperaba encontrar un terreno disponible, y Blackwood explora las consecuencias de ambos encuentros con una imaginación capaz de preservar la belleza incluso cuando el miedo empieza a ocuparla.

John Silence: el conocimiento de lo invisible

Quienes acuden a John Silence suelen haber llegado a un punto en el que necesitan compartir lo que les sucede y apenas saben cómo hacerlo. Temen que su relato resulte absurdo o que la dificultad para explicarse se tome como una prueba de que todo procede de su imaginación, y esa incertidumbre prolonga el aislamiento en el que han vivido la experiencia. Silence ofrece una atención que les permite empezar a hablar, aun cuando deben recurrir a palabras insuficientes o detenerse ante algo que todavía los avergüenza. Su formación médica y sus estudios psíquicos le proporcionan recursos para investigar aquellos casos, pero la confianza nace también de su manera de recibir a los afectados. Ejerce sin cobrar honorarios y se interesa por situaciones que requieren una ayuda particular, dando al conocimiento de lo oculto una responsabilidad hacia quienes han quedado expuestos a ello.

En Una invasión psíquica, la angustia de un escritor empieza a manifestarse en su trabajo: el humor del que vive adquiere un carácter siniestro que le resulta ajeno, y la escritura deja de ofrecerle la familiaridad que necesita para reconocerse en ella. La intervención de Silence parte de ese sufrimiento concreto, de lo que la influencia ha alterado en su vida, y esa disposición se mantiene incluso cuando los testimonios parecen conducir hacia experiencias muy distintas. Arthur Vezin, el viajero de Antiguas brujerías, relata su estancia en una ciudad francesa con la timidez de quien siente que ha participado en algo demasiado extraordinario para él. El médico le concede tiempo y sigue sus vacilaciones, atento a detalles que el propio Vezin apenas sabe valorar. Entre ambos casos cambia la naturaleza del misterio, aunque permanece la necesidad de encontrar un interlocutor ante quien la experiencia pueda adquirir una forma comunicable.

A partir de esa escucha, Silence debe decidir qué clase de intervención es posible. En ocasiones puede investigar después lo que ha oído; otras veces necesita acercarse al lugar y exponerse a las manifestaciones que han perturbado a sus habitantes. La némesis del fuego lo sitúa ante una fuerza cuya actividad exige averiguar qué la dirige, mientras Culto secreto lleva el peligro hasta un colegio al que un antiguo alumno ha regresado movido por sus recuerdos. La variedad de la serie permite que el conocimiento del personaje encuentre dificultades diferentes y que su presencia tenga un peso distinto en cada historia. Hay testimonios que necesitan interpretación y situaciones que reclaman una respuesta inmediata, y el médico debe reconocer hasta dónde puede ayudar sin perder de vista a la persona que ha acudido a él.

Esa atención resulta especialmente importante cuando lo inquietante nace de capacidades o deseos que el afectado desconoce. La presencia animal de El campamento del perro introduce esa posibilidad en la convivencia de un grupo de veraneantes, y Una víctima del espacio superior la lleva hacia un hombre cuyos estudios le han abierto el acceso a una dimensión que ya no consigue controlar. En este último relato, Silence comprende la dificultad porque él mismo ha realizado exploraciones semejantes, y el paciente siente alivio al descubrir que puede hablar con alguien que reconoce lo que intenta describir. El conocimiento extraordinario ha perdido para él buena parte de su promesa inicial: ahora necesita recuperar la estabilidad de su vida, y la ayuda comienza cuando ese deseo encuentra tanta comprensión como la curiosidad que lo llevó a experimentar.

Con Silence, la búsqueda espiritual que recorre la obra de Blackwood adquiere así una dimensión de cuidado. Percibir más puede exigir una preparación que sus personajes apenas poseen, y la posibilidad de comprender algo de lo invisible lleva consigo la obligación de atender a sus consecuencias. Los casos de la serie dan forma a esa relación entre conocimiento y auxilio, conservando la inquietud que nace de un mundo mucho más amplio que la experiencia habitual. En medio de esa amplitud, la presencia del médico ofrece algo cercano y necesario: una persona ante quien uno puede contar lo ocurrido y empezar a descubrir si existe una manera de seguir viviendo con ello.

La intimidad invadida

Entrar en una casa supone aceptar cierta confianza en lo que sus paredes dejan fuera, aunque en los relatos de Blackwood esa protección puede volverse incierta desde el primer momento. El edificio de La casa vacía apenas se distingue de sus vecinos, pero los inquilinos que han intentado habitarlo han terminado marchándose. Julia, una mujer entusiasta de la investigación psíquica, consigue las llaves y convence a su sobrino, Jim Shorthouse, para acompañarla durante una visita nocturna. La posibilidad de descubrir qué sucede allí los atrae lo suficiente como para cruzar la puerta, y durante el recorrido el sobrino comprende que tendrá que sostener el miedo de ambos. Su responsabilidad hacia Julia empieza a pesar tanto como la curiosidad, mientras las habitaciones y las escaleras adquieren una presencia que convierte cada avance en una decisión difícil.

La casa conserva los efectos de una violencia antigua, y la exploración acerca a los visitantes a un pasado que todavía parece capaz de imponerse a quienes llegan después. El espacio doméstico ha quedado comprometido por lo ocurrido en él, de modo que la ausencia de habitantes ofrece una idea engañosa de su disponibilidad. En El que escucha, esa dificultad aparece dentro de una necesidad cotidiana: un escritor encuentra unas habitaciones cuyo alquiler puede pagar y se instala en ellas para continuar trabajando. Su diario comienza con las cuentas y las pequeñas contrariedades de una vida modesta, y sobre esa rutina se van acumulando impresiones que intenta atribuir a su estado de ánimo o a sus nervios. Tiene motivos para quedarse, y la inquietud debe convivir con la necesidad de conservar el alojamiento que tanto le había costado encontrar.

La duración de esa estancia da al miedo una intimidad particular. Los momentos de descanso empiezan a llenarse de pensamientos que el escritor siente ajenos, y la soledad que necesitaba para trabajar deja de garantizarle una relación tranquila consigo mismo. El diario recoge sus esfuerzos por entenderlo, pero también la resistencia a poner por escrito aquello que más lo perturba. Admitir una impresión puede volverla más difícil de soportar, y las páginas donde intenta ordenar su vida terminan mostrando cuánto espacio ha ganado en ella la influencia de la casa. La visita de Julia y Shorthouse concentra la experiencia en unas horas compartidas; aquí, la convivencia prolongada permite que lo extraño se mezcle con los hábitos hasta afectar la capacidad de sentirse solo dentro de una habitación.

Smith: un suceso en una casa de huéspedes introduce otra forma de proximidad, nacida de compartir edificio con alguien cuya vida apenas se conoce. El narrador recuerda sus años como estudiante de medicina en Edimburgo y la inquietud que le producía Smith, un huésped reservado al que empieza a prestar mayor atención después de mudarse a una habitación situada sobre la suya. Al regresar de madrugada, escucha voces tras la puerta y percibe un olor semejante al incienso; más adelante, las peticiones de Smith relacionadas con palabras hebreas y un tratado que posee despiertan su curiosidad por aquellas actividades. Las relaciones entre huéspedes se mantienen dentro de unas convenciones que permiten ignorar buena parte de la vida del otro, aunque esa discreción empieza a resultar insuficiente cuando lo que ocurre en un piso también afecta a quien vive en otro.

La presencia de Smith cambia así la pregunta por la seguridad del alojamiento. A la historia que puede conservar un edificio se añade la actividad de sus ocupantes, y el estudiante comienza a sospechar que está implicado en algo para lo que nunca ha dado su consentimiento. Su formación le ofrece explicaciones con las que intenta recuperar la tranquilidad, pero la convivencia lo obliga a prestar atención a un vecino que parece saber mucho más de lo que está dispuesto a contar. El peligro adquiere una dimensión humana, ligada a los efectos que una búsqueda privada puede tener sobre quienes se encuentran cerca. Con este relato, Blackwood lleva la intimidad invadida hasta las puertas contiguas y deja abierta una cuestión que atraviesa también su literatura esotérica: qué responsabilidad tiene quien se aproxima a fuerzas capaces de afectar a otros.

El deseo de cruzar el umbral

La búsqueda de un conocimiento capaz de transformar la experiencia tuvo para Blackwood una importancia que se remonta a su juventud. Creció en una familia de profundas convicciones evangélicas, y la lectura de una traducción de los aforismos de yoga atribuidos a Patanjali abrió su curiosidad hacia otras tradiciones espirituales. Con el tiempo se interesó por la teosofía y la investigación psíquica, y en 1900 ingresó en la Orden Hermética de la Golden Dawn. Ese recorrido ayuda a comprender la seriedad con la que su literatura se acerca a la posibilidad de ensanchar la conciencia. En muchos de sus relatos, descubrir algo extraordinario responde a una necesidad íntima, al sentimiento de que la vida conocida deja fuera posibilidades que merecen ser exploradas, aun cuando acercarse a ellas pueda exigir mucho más de lo previsto.

A veces, esa apertura comienza con la impresión de reconocer algo que se encuentra por primera vez. En Antiguas brujerías, la atracción que una pequeña ciudad francesa ejerce sobre Arthur Vezin adquiere, en la interpretación de Silence, el sentido de una reactivación de recuerdos de una existencia anterior. El lugar entra en relación con una parte de su historia que él desconoce y hace que su identidad cotidiana parezca incompleta. La familiaridad contiene entonces una inquietud particular: sentirse llamado por algo puede llevar a descubrir que los deseos con los que uno se reconoce apenas alcanzan a explicar su propia vida. Blackwood explora esa posibilidad junto a otras afinidades profundas, dejando que el contacto con ciertos lugares despierte una pertenencia cuyo origen los personajes tienen dificultades para comprender.

En Descenso a Egipto, esa pertenencia se desarrolla en la relación de George Isley con una civilización extinguida. El narrador vuelve a encontrarse con este hombre de intereses amplios y advierte que su dedicación a la arqueología forma parte de una atracción capaz de desplazar cuanto antes ocupaba su vida. Isley y el egiptólogo Moleson han llevado sus estudios hacia la reconstrucción de antiguas prácticas religiosas, buscando una experiencia que excede el conocimiento de los vestigios. Egipto adquiere así la presencia de una vida espiritual que todavía parece accesible, y acercarse a ella empieza a alterar el valor que Isley concede al presente. El pasado ofrece un lugar donde su búsqueda parece encontrar descanso, aunque su amigo observa con alarma cuánto está cambiando para llegar hasta él.

La inquietud nace también de lo deseable que resulta ese acercamiento. Isley siente que algo de su vida se está retirando, pero la atracción del pasado contiene una promesa que vuelve incierta su resistencia. El descenso del título puede leerse desde esa entrega gradual, desde el deseo de acceder a una profundidad donde las preocupaciones habituales pierden importancia. La curiosidad por una civilización antigua se convierte en una experiencia que compromete a quien la estudia, y el saber de Moleson añade una pregunta por la responsabilidad de hacer participar a otros en ella. Aquello que para uno constituye una exploración puede adquirir en otra persona una intensidad mucho más difícil de sostener.

El caso Pikestaffe acerca la posibilidad de cruzar ese límite a las investigaciones de un profesor de matemáticas, el señor Thorley, cuya conducta empieza a intrigar a la dueña de la casa donde se aloja. Un espejo vuelto hacia la pared y unos dibujos que lo incorporan a cálculos incomprensibles para ella introducen el misterio dentro de unas habitaciones ordenadas. El relato encuentra en el estudio del espacio otra vía hacia lo desconocido, y concede importancia a la experiencia de quien observa desde fuera una búsqueda que apenas comprende. La curiosidad de la señorita Speke crece junto a su alarma, pero su relación con aquellas estancias acabará incluyendo una emoción que desborda ambas.

Al permanecer en la habitación, Speke siente una felicidad inesperada, una impresión de libertad que vuelve doloroso el regreso a sus obligaciones. Su vida, marcada por el servicio a otros y la preocupación por mantenerse, parece contener por un momento posibilidades que nunca había podido disfrutar. Esa experiencia da al misterio una dimensión afectiva que importa tanto como los estudios del huésped. Comprendemos su deseo de volver porque la habitación le ha ofrecido algo que su existencia apenas le concede, y el temor a Thorley convive con el miedo a perder lo que su presencia ha despertado. El acceso a una realidad más extensa adquiere aquí el sentido de una liberación cuya naturaleza permanece incierta.

Desde estos relatos, el esoterismo de Blackwood se entiende como una exploración de lo que mueve a sus personajes a buscar otra forma de existencia y de aquello que esa búsqueda puede despertar en ellos. La confianza en un saber antiguo y la investigación de nuevas dimensiones encuentran su fuerza en deseos reconocibles, capaces de implicar también a quienes se aproximan por curiosidad o por afecto. Culto secreto deja entrever una posibilidad más oscura dentro de esa relación con lo espiritual: el regreso a un colegio religioso conduce hacia unas prácticas ocultas bajo la familiaridad del lugar y de sus antiguos maestros. La promesa de acceso exige entonces atender a quién la ofrece y qué participación reclama, porque la disposición a acercarse puede comprometer la libertad con la que se ha iniciado la búsqueda.

Una realidad más extensa

La aportación de Blackwood al terror se hace especialmente visible en la importancia que concede a la relación entre quien percibe y aquello que empieza a percibir. Sus personajes llegan con una historia y una disposición afectiva que intervienen en el encuentro, de modo que el miedo adquiere una forma distinta según lo que cada uno espera encontrar. La experiencia extraordinaria puede afectar a la confianza de un viajero o introducir una distancia dolorosa en un matrimonio, y esa atención a sus consecuencias permite que el misterio permanezca ligado a una vida concreta. En ocasiones, el contacto despierta también una familiaridad que compromete la idea que alguien tenía de sí mismo, porque lo sucedido parece responder a deseos o recuerdos cuyo alcance desconocía. Blackwood ensancha así las posibilidades del género al explorar cómo lo invisible entra en relación con aquello que más íntimamente nos constituye.

Dentro de ese horizonte, Los sauces ocupa un lugar fundamental en el desarrollo del horror cósmico, porque lleva la inquietud hacia la sospecha de que la realidad contiene formas de existencia ante las que nuestra posición resulta precaria. Lovecraft reconoció la importancia de Blackwood en El horror sobrenatural en la literatura, lo incluyó entre los maestros modernos del género y destacó especialmente ese relato por su atmósfera y su dominio narrativo. Sus reservas ante algunas facetas de la obra, entre ellas su inclinación hacia experiencias sobrenaturales benévolas, resultan también reveladoras. El recorrido que hemos hecho permite apreciar cuánto significaban esas posibilidades para Blackwood: la apertura hacia una realidad más extensa podía suscitar una esperanza que convivía con el peligro, y esa tensión daba a su literatura buena parte de su singularidad.

Con los años, su relación con el público encontró otra vía en la narración oral. Desde la década de 1930 contó historias en la BBC y participó también en los primeros años de la televisión británica, alcanzando una popularidad que añadió a su carrera literaria la presencia reconocible de una voz y un rostro. Murió en 1951, después de una vida en la que los viajes y la exploración espiritual habían seguido alimentando su imaginación. Esa faceta de narrador resulta afín a unos cuentos que conceden tanto espacio al testimonio y a la dificultad de comunicar lo vivido. Contar una experiencia exige encontrar a alguien dispuesto a escucharla, y en la obra de Blackwood ese encuentro puede ofrecer el comienzo de una ayuda o permitir, al menos, que quien ha regresado de lo desconocido deje de cargar a solas con su recuerdo.

Volver a sus relatos supone aceptar una forma de atención que conserva la curiosidad aun cuando el miedo empieza a hacerse presente. El lector comprende el deseo de internarse en un bosque o de permanecer en una ciudad cuya familiaridad resulta inexplicable, porque Blackwood dedica tiempo a aquello que vuelve deseables esas experiencias. Después, cuando la relación cambia, la fascinación inicial sigue formando parte de lo que está en juego. Quizá por eso sus mejores cuentos dejan una inquietud que acompaña al recuerdo de su belleza: haber sentido el atractivo de un lugar hace más difícil apartarse de él, y nos permite comprender a quienes continúan escuchando incluso después de advertir que algo parece responderles.

 

Sepultura – Schizophrenia

De la primera época de Sepultura, Schizophrenia parece haber quedado en una posición extraña. Por lo general, se suele hablar de él como el álbum de transición entre Morbid Visions y Beneath the Remains, una especie de prototipo todavía imperfecto de lo que llegaría un par de años después. Y, para ser justos, hay algo de verdad en ello. El disco no posee la crudeza casi primitiva, con aquellos tintes de proto-black metal, del primer larga duración de la banda, ni tampoco la precisión y el alcance de su sucesor. Sin embargo, reducirlo a un simple eslabón entre ambos significa pasar por alto precisamente aquello que lo hace especial: Schizophrenia captura a Sepultura en el momento en que comienza a adquirir herramientas musicales mucho más sofisticadas sin haber domesticado todavía su brutalidad.

Buena parte de ese cambio coincide con la llegada de Andreas Kisser. Su incorporación amplió considerablemente las posibilidades musicales del grupo, no solo por una mayor presencia de la melodía y una concepción más elaborada de los solos, sino también por la manera en que las guitarras podían relacionarse entre sí y desarrollar riffs más complejos. Al encontrarse con la brutalidad que ya caracterizaba a los hermanos Cavalera, aquellas nuevas posibilidades no suavizaron el sonido de Sepultura; hicieron que pudiera desplazarse en más direcciones. El resultado conserva algo salvaje y rudimentario, pero empieza a mostrar una ambición compositiva que apenas estaba insinuada en el material anterior.

El sonido sigue siendo demoledor. Las guitarras se apoyan constantemente en riffs rápidos y contundentes, la batería irrumpe con una violencia explosiva y las rupturas rítmicas aparecen justo cuando una canción parece haber encontrado terreno firme. Los riffs son aplastantes pero pegadizos, mientras los solos avanzan de forma caótica y veloz sin renunciar por completo a cierta melodía procedente del heavy metal tradicional. Sobre todo ello aparece Max Cavalera, cuya voz está enterrada en la mezcla y cubierta por una suciedad que hace que sus alaridos parezcan surgir desde un agujero infernal. Las letras macabras y una producción áspera, turbia y todavía muy alejada de la contundencia que alcanzaría la banda poco después terminan de proporcionar al disco esa sensación de malevolencia que impregna incluso sus momentos más elaborados.

Sin embargo, la verdadera singularidad de Schizophrenia no está únicamente en que sus riffs sean mejores o más complejos que antes, sino en la manera en que Sepultura construye las canciones con ellos. El disco ofrece numerosos ejemplos de ese procedimiento que a veces se describe despectivamente como “ensalada de riffs”: composiciones que conceden menos importancia a estructuras reconocibles de verso, estribillo y puente para avanzar mediante una progresión lineal de ideas. Un riff conduce al siguiente, aparece una ruptura, cambia el tempo y una nueva figura desplaza a la anterior antes de que el oyente haya terminado de acomodarse. Este tipo de construcción encontraría poco después un terreno especialmente fértil en el death metal, pero aquí Sepultura lo utiliza todavía dentro de una música inequívocamente arraigada en el thrash.

Eso explica por qué canciones como From the Past Comes the Storms, Septic Schizo, Escape to the Void y, sobre todo, la instrumental Inquisition Symphony transmiten una sensación tan particular de movimiento. Su impacto no depende únicamente de la calidad individual de los riffs, sino de cómo estos se suceden, chocan y se transforman. La acumulación podría haber producido canciones deslavazadas, pero ocurre algo bastante más interesante: cada sección parece empujar a la siguiente y la ausencia de retornos constantes a estructuras familiares genera una expectación permanente. Nunca sabemos exactamente hacia dónde va a girar el tema porque Sepultura parece más interesada en avanzar que en regresar.

Max, Andreas, Igor & Paulo Jr.

En Inquisition Symphony o To the Wall este planteamiento llega a producir algo parecido a la sensación de haber recorrido un viaje completo. Hay incluso un cierto carácter progresivo en esa forma de desarrollar las composiciones, aunque musicalmente Schizophrenia se encuentre muy lejos de lo que normalmente entendemos por metal progresivo. No hay necesidad de grandes secciones acústicas, crescendos cuidadosamente calculados ni exhibiciones de complejidad métrica: la sensación de desarrollo procede casi exclusivamente del ritmo, el fraseo, los cambios de tempo y, por encima de todo, de los riffs. Simplemente cuatro adolescentes de Belo Horizonte tocando con una intensidad arrolladora, pero descubriendo que esa intensidad podía organizarse de maneras cada vez más ambiciosas.

Procedimientos semejantes podían encontrarse en otras bandas thrash de aquellos años, desde la construcción cambiante de algunos temas de Megadeth y Voivod hasta la violencia fronteriza entre thrash y death de Possessed y Kreator, pero en Schizophrenia la acumulación adquiere una personalidad especialmente feroz. Los riffs llegan desde todas direcciones y los cambios repentinos de tempo y tonalidad mantienen al disco en un estado de inestabilidad casi permanente. Sepultura conservaría parte de esta manera de escribir en sus siguientes trabajos, aunque progresivamente aprendería a concentrarla dentro de estructuras más definidas. Los riffs continuarían siendo capaces de destrozarte el cuello, pero ya no volverían a existir exactamente dentro de este mismo equilibrio entre descubrimiento y descontrol.

Incluso hay momentos en los que Schizophrenia parece abrir caminos que Sepultura tardaría todavía varios años en recorrer. Screams Behind the Shadows se mueve entre la velocidad y la violencia del thrash/death y pasajes más pesados y machacones, apoyados en un pulso mucho más marcado, donde empieza a insinuarse esa importancia del groove que acabaría transformando profundamente el sonido de la banda durante la década siguiente. Sería exagerado escuchar aquí un borrador consciente de lo que llegaría con Chaos A.D., pero resulta fascinante comprobar que algunos de los recursos que Sepultura desarrollaría mucho después ya aparecen, todavía mezclados con otros elementos y sin constituir un lenguaje propio.

Quizá por eso llamar a Schizophrenia “álbum de transición” no sea realmente un menosprecio. Lo es, pero precisamente esa transición constituye buena parte de su identidad. Aquí conviven todavía el Sepultura primitivo, sucio y desbocado de los primeros años y la banda mucho más precisa, ambiciosa y devastadora que estaba a punto de aparecer. Beneath the Remains tomaría buena parte de esta agresividad y la introduciría en un lenguaje compositivo más disciplinado, consiguiendo un disco superior y, con el tiempo, mucho más influyente. Pero en el proceso inevitablemente desaparecería algo de este momento irrepetible en el que Sepultura parecía haber descubierto de pronto muchas más posibilidades de las que todavía sabía controlar.

Schizophrenia es un gran álbum que requiere varias escuchas para empezar a distinguir todo lo que sucede bajo su superficie, y cuanto más se conoce, menos convincente resulta considerarlo únicamente un prototipo de Beneath the Remains. Es el sonido de una banda que está aprendiendo a ser mejor sin haber aprendido todavía a contenerse, y precisamente de esa fricción nace buena parte de su personalidad. Los discos posteriores serían más precisos, más poderosos y seguramente mejores; pero pocos volverían a sonar tan peligrosamente cerca de perder el control.

Schizophrenia fue editado en Brasil por Cogumelo Records en 1987.

El prisionero de Zenda – Anthony Hope

Ayer volví a Ruritania. Conocía el camino, había recorrido varias veces sus bosques y sabía qué me esperaba tras los muros del castillo de Zenda, pero cinco horas después seguía leyendo, incapaz de abandonar una historia publicada hace más de un siglo. El prisionero de Zenda (1894) conserva una fuerza narrativa que se manifiesta desde las primeras páginas, y Anthony Hope la despliega con maestría al conducir al lector directamente a la acción y mantener la historia siempre en movimiento, porque unas pocas escenas bastan para que un viaje ocioso se convierta en una conspiración y el destino de un reino dependa del rostro de un desconocido.

Rudolf Rassendyll es un caballero inglés que viaja a Ruritania a finales del siglo XIX para asistir a la coronación de su nuevo monarca. En principio, se trata de un simple viaje de vacaciones, una ocasión para conocer el país y distraerse antes de regresar a su vida habitual, aunque lleva consigo una peculiar herencia familiar: el cabello rojo y los rasgos de la dinastía de los Elphberg, la casa reinante en Ruritania, resultado de un antiguo escándalo que dejó su huella en varias generaciones. Cuando el azar lo conduce hasta el futuro rey, el parecido entre ambos resulta tan extraordinario que parecen encontrarse ante su propio reflejo. Conviene reservarse los detalles, porque una parte del placer consiste en descubrir cómo esa semejanza, al principio recibida con asombro y buen humor, va cerrándose sobre Rassendyll hasta obligarlo a ocupar un lugar que jamás habría imaginado para sí mismo.

Ruritania no figura en ningún mapa, pero Hope la vuelve reconocible sin detenerse a reconstruir toda su historia. Una capital dividida entre dos aspirantes al poder, una princesa, un bosque y una fortaleza rodeada por un foso bastan para que el país adquiera la consistencia de los lugares que quizá solo existen mientras alguien los cuenta. Sus fronteras pueden cruzarse en tren y su situación recuerda vagamente a la Europa central, aunque la verdadera distancia que lo separa de Inglaterra se mide en otra clase de experiencia: al llegar allí, la curiosidad de Rassendyll se transforma en destino y el espectador de una coronación comienza a intuir que quizá tendrá que contemplarla desde un lugar mucho más cercano al trono.

El éxito de la novela hizo que Ruritania sobreviviera al libro y se convirtiera en el modelo de otros reinos imaginarios, territorios vagamente europeos donde las coronas se disputan, las lealtades cambian y un viajero puede verse atrapado en una intriga ajena. Anthony Hope encontró un escenario perfecto para la aventura porque su país parece familiar sin estar sometido a la historia de ningún lugar real. Reconocemos sus palacios, sus uniformes y sus tensiones políticas, pero desconocemos qué existe más allá de las fronteras que necesita la narración, de modo que Ruritania permanece disponible para quien abra la novela y acepte viajar hasta ella.

La historia avanza con la misma economía con la que está construido el país. Los planes nacen incompletos, las decisiones deben tomarse antes de conocer todas sus consecuencias y cada solución abre un peligro nuevo, aunque la narración conserva su ligereza y evita explicar aquello que la acción puede mostrar por sí sola. El coronel Sapt parece haber envejecido resolviendo situaciones imposibles; Fritz von Tarlenheim conserva una lealtad que no necesita discursos, y Michael el Negro permanece al otro lado de cada movimiento esperando el momento de aprovechar cualquier error. Entre ellos aparece Rupert de Hentzau, uno de esos villanos cuya presencia altera inmediatamente una escena. Resulta difícil prever sus actos y todavía más difícil apartar la mirada cuando los ejecuta, porque posee el encanto peligroso de quien parece divertirse incluso cuando todos los demás se juegan la vida.

Bajo las persecuciones, los duelos y las conspiraciones existe también una pregunta que Hope integra naturalmente en la aventura. Rassendyll llega a Ruritania sin buscar nada, pero su rostro le abre el acceso a una vida ajena y lo obliga a descubrir qué parte de una identidad depende del nombre que recibimos y cuál nace de aquello que hacemos cuando los demás esperan algo de nosotros. La novela permite que esa posibilidad crezca sin interrumpir su movimiento, y quizá por eso continúa resonando después de que la última espada haya sido envainada. Quien entra en Ruritania buscando una aventura puede terminar preguntándose si regresamos siendo los mismos después de haber pasado por lugares donde, durante un momento, tuvimos la oportunidad de convertirnos en otro.

El prisionero de Zenda puede leerse en una tarde, aunque conviene tener tiempo libre porque cuesta abandonarlo una vez que sus piezas han empezado a moverse. También conviene llegar con la menor información posible. Basta conocer a un viajero inglés, un reino ausente de los mapas y dos hombres que comparten el mismo rostro; lo demás pertenece a los bosques, a las calles de Strelsau y al castillo que espera al final del camino. Ruritania existe únicamente en la imaginación y, aun así, después de haberla recorrido resulta extraño pensar que nunca estuvo allí.

Rex Nemorensis

Hubo un sacerdote en la antigua Italia que jamás pudo dormir del todo tranquilo. Custodiaba el santuario de Diana Nemorensis, junto al lago de Nemi, en un bosque sagrado situado en los montes Albanos, al sur de Roma. Los antiguos lo conocían como el Rey del Bosque, una figura envuelta en un aura de misterio y temor que ha llegado hasta nosotros a través de relatos y tradiciones.

Su cargo tenía una particularidad inquietante: un esclavo fugitivo podía arrebatárselo, pero antes debía arrancar una rama del árbol sagrado y enfrentarse al sacerdote en un combate a muerte. Si vencía, ocupaba su lugar; si caía derrotado, otro lo intentaría algún día.

Aquellos aspirantes llegaban al bosque después de huir y descubrían que la única forma de alcanzar el poder consistía en matar a quien lo poseía. El santuario se convertía así en el escenario de una paradoja cruel: quienes buscaban refugio solo podían encontrarlo aceptando un destino marcado por la violencia.

Resulta fácil imaginar al Rey del Bosque recorriendo los senderos de Nemi al caer la tarde, atento al menor sonido entre los árboles. Cada rama quebrada, cada sombra inesperada o cada crujido entre la maleza podía anunciar la llegada de su sucesor. Su vida transcurría bajo una vigilancia constante, atrapado entre el privilegio y la amenaza.

Era sacerdote y rey, pero también prisionero de su propia condición. El santuario que le concedía autoridad lo mantenía ligado al mismo árbol cuya rama podía condenarlo, y el poder conquistado mediante la violencia contenía desde el principio la forma exacta de su caída.

Una vieja tradición local —probablemente apócrifa—, afirmaba que, en algunas noches de verano, los habitantes de la zona evitaban acercarse al antiguo santuario después del anochecer. Decían que, cuando el viento soplaba desde el bosque, traía consigo ecos extraños: el choque fugaz del metal y gritos lejanos que parecían extinguirse junto a la orilla del lago.

Nadie sabía si aquellos sonidos pertenecían al pasado o al presente. En Nemi, la muerte no acababa con el Rey del Bosque: solo cambiaba al hombre que ostentaba ese título. Mientras uno caía junto al lago, otro heredaba el santuario y, con él, la misma noche sin sueño, y en algún lugar entre los árboles otra rama comenzaba a quebrarse.

Julio Cortázar: perforar la realidad

¿Qué queda de la realidad cuando alteramos las reglas mediante las que la reconocemos? Buena parte de nuestra experiencia descansa sobre certezas que rara vez necesitamos examinar: el tiempo avanza en una dirección, una persona permanece dentro de los límites de su propia identidad, los objetos ocupan el lugar que les corresponde y los acontecimientos obedecen a relaciones que, aunque a veces ignoremos, suponemos comprensibles. Vivimos dentro de ese orden con tanta naturalidad que terminamos confundiéndolo con la realidad misma, sin preguntarnos cuánto depende de nuestra manera de percibirla y organizarla. La obra de Julio Cortázar parece regresar una y otra vez a esa zona de incertidumbre, allí donde una pequeña alteración basta para revelar que algunas de nuestras certezas quizá sean menos firmes de lo que aparentan.

Sus cuentos pueden comenzar en una casa, un autobús, una carretera o una calle cualquiera, espacios reconocibles donde la vida conserva inicialmente sus proporciones habituales, hasta que algo introduce una desviación. A veces se trata de una presencia cuya naturaleza nunca llegamos a conocer; otras, lo que se altera es el tiempo, la identidad o la percepción de un personaje. Lo extraordinario puede incluso permanecer oculto, reducido a una sensación difícil de explicar, porque Cortázar rara vez necesita destruir por completo las leyes del mundo para producir extrañeza: le basta con desplazar ligeramente una de ellas y permitir que las consecuencias se propaguen. Lo inquietante surge entonces de la posibilidad de que aquello que parecía una excepción forme parte también de la realidad y seamos nosotros quienes, acostumbrados a reconocer solamente una de sus formas, hayamos dejado de percibir las demás.

Esa sospecha atraviesa territorios muy distintos de su obra y alcanza también su manera de entender la literatura. El juego, el humor, el jazz, el surrealismo o la ruptura de las estructuras narrativas pueden parecer caminos alejados entre sí, pero todos permiten alterar durante unos instantes los automatismos con los que interpretamos el mundo. Cortázar obliga al lector a cambiar de posición, a aceptar reglas que desconoce o a descubrir un orden allí donde inicialmente solo parecía existir el azar. La literatura se convierte así en un espacio de experimentación desde el que explorar aquello que queda fuera de nuestra percepción habitual, sin necesidad de convertir ese territorio en un sistema cerrado que termine explicándolo.

Tal vez por eso resulte difícil separar en Cortázar lo fantástico de lo cotidiano. La frontera entre ambos se desplaza constantemente y, cuando creemos haber encontrado el lugar exacto donde se produjo la ruptura, descubrimos que la anomalía podía estar allí desde el principio. La pregunta deja entonces de ser qué elemento fantástico ha irrumpido en la realidad y conduce hacia otra mucho más incómoda: qué entendemos exactamente por realidad y por qué estamos tan seguros de reconocerla. Para acercarnos a esa pregunta habrá que regresar a un Cortázar anterior a muchos de sus grandes cuentos y novelas, cuando ya imaginaba la literatura como una forma de abrirse paso a través de las estructuras heredadas. Antes de buscar qué puede haber al otro lado, tendremos que empezar por perforar la pared.

I. Perforar la realidad

En 1947, mucho antes de que Rayuela convirtiera la ruptura de las convenciones narrativas en una de las señas más reconocibles de su obra, Julio Cortázar dedicó varios meses a escribir Teoría del túnel. Notas para una ubicación del surrealismo y el existencialismo, un extenso ensayo que permanecería inédito durante décadas. La fecha resulta especialmente significativa porque pertenece al momento en que comienza a emerger el escritor que después reconoceremos con facilidad: Casa tomada había aparecido poco antes y algunos de los relatos que acabarían formando Bestiario estaban naciendo alrededor de aquellos años. Mientras su ficción comenzaba a internarse en territorios cada vez más extraños, Cortázar reflexionaba sobre las posibilidades de una literatura que ya no parecía conformarse con las formas recibidas.

La imagen elegida para expresar esa búsqueda contiene una violencia que conviene conservar. Un túnel avanza destruyendo aquello que encuentra a su paso y convierte esa destrucción en la condición necesaria para abrir un camino. Cortázar dirige esa operación hacia un lenguaje literario que siente insuficiente, porque las formas heredadas no son recipientes neutrales donde cualquier experiencia pueda ser introducida sin consecuencias: llevan consigo una determinada manera de ordenar el mundo. Las convenciones narrativas, los géneros y las estructuras mediante las que expresamos una experiencia condicionan también aquello que somos capaces de reconocer en ella, de modo que renovar la literatura exige algo más profundo que sustituir unas palabras por otras. Hay que atacar la estructura desde dentro y comprobar qué posibilidades aparecen mientras se abre paso el túnel.

En esa búsqueda adquieren importancia dos movimientos que Cortázar contempla desde lugares diferentes, el surrealismo y el existencialismo. Del primero le interesa especialmente su rebelión contra una concepción de la realidad sometida a los límites de la razón y su voluntad de recuperar territorios de la experiencia que habían quedado relegados al sueño, la imaginación o las asociaciones aparentemente arbitrarias. El existencialismo, por su parte, devuelve la atención hacia el ser humano concreto y su presencia en el mundo. Cortázar encuentra en ambos una insatisfacción que también es la suya y busca una confluencia antes que una elección, porque lo que está en juego supera cualquier adhesión a una escuela literaria: se trata de ampliar las posibilidades mediante las que el ser humano puede relacionarse con lo real.

Esta idea permite entender el surrealismo cortazariano más allá de la imagen insólita o del gusto por lo absurdo. Lo que permanece de aquella influencia es una desconfianza hacia los automatismos que deciden de antemano qué puede formar parte de la realidad y qué debe quedar fuera de ella. Cortázar volverá muchas veces sobre esos límites y encontrará en sus intersticios una zona especialmente fértil, un lugar donde las categorías dejan de ajustarse con precisión y algo inesperado consigue filtrarse entre ellas. Lo fantástico adquiere entonces una condición peculiar: puede surgir sin necesidad de que aparezca un universo alternativo, porque basta con que falle durante unos instantes la organización mediante la que reconocemos el nuestro. La frontera entre lo posible y lo imposible comienza a desplazarse y, con ella, también nuestra seguridad acerca del lugar exacto donde termina uno y comienza el otro.

Teoría del túnel permite así contemplar desde muy temprano una inquietud que recorrerá buena parte de la obra posterior de Cortázar. Con el tiempo cambiarán los procedimientos y las formas serán cada vez más audaces, hasta que Rayuela termine implicando al propio lector en la ruptura, pero la necesidad de atravesar los límites establecidos ya estaba presente. Antes de llegar hasta allí, Cortázar tenía que comprobar qué ocurría cuando aquella perforación se practicaba sobre espacios mucho más pequeños y familiares, lugares donde aparentemente nada justificaba sospechar que la realidad pudiera comportarse de otra manera. Para encontrar uno de ellos basta con abandonar por un momento la teoría y entrar en una vieja casa de Buenos Aires, donde dos hermanos llevan una existencia tranquila y rutinaria hasta que, al otro lado de una puerta, se escucha un ruido.

II. La grieta en lo cotidiano

El ruido llega desde el fondo de la casa y eso es prácticamente todo cuanto sabemos. En Casa tomada, Cortázar no concede una forma a aquello que avanza por las habitaciones ni proporciona indicios suficientes para reconstruir su naturaleza; conocemos la presencia por sus efectos, por el espacio que los hermanos van perdiendo y por las puertas que cierran mientras retroceden ante algo cuya existencia aceptan con una docilidad desconcertante. El origen del relato ayuda a comprender esa indefinición sin necesidad de resolverla: Cortázar contó que la historia había nacido de una pesadilla en la que se encontraba solo en una casa desconocida y escuchaba un ruido al fondo, tras lo cual corría a cerrar una puerta para mantener la amenaza al otro lado. Al despertar escribió el cuento casi inmediatamente y solo entonces, según recordaría después, aparecieron los hermanos y se organizó la narración. La presencia carecía de identidad desde el propio sueño que dio origen al relato, de manera que preguntarse qué ocupa la casa conduce hacia un vacío que el texto se resiste a llenar. A lo largo de los años han aparecido interpretaciones políticas, sociales y psicoanalíticas capaces de otorgar distintos rostros a aquello que permanece detrás de la puerta, pero quizá parte de la fuerza del cuento proceda precisamente de conservar ese lugar disponible. Cada explicación puede iluminarlo durante unos instantes, aunque ninguna consigue agotar una amenaza que Cortázar decidió dejar sin nombre.

Resultaría fácil identificar esa presencia desconocida con la irrupción de lo fantástico en una realidad hasta entonces estable, pero otros cuentos complican enseguida esa lectura. En Ómnibus apenas necesitamos abandonar las leyes del mundo conocido. Clara sube a un autobús un día cualquiera y descubre que casi todos los pasajeros llevan claveles; pronto advierte también que la observan con una hostilidad difícil de comprender. Cuando otro joven sube sin flores, las miradas se dirigen hacia él y entre ambos comienza a formarse una complicidad nacida de compartir una falta cuyo significado desconocen. Cortázar trabaja aquí con elementos completamente ordinarios —un trayecto urbano, unos pasajeros, flores, una sucesión de miradas— y consigue que sus relaciones produzcan una sensación de amenaza creciente. El lector empieza a buscar una explicación al mismo tiempo que Clara, porque intuye que existe una regla que organiza cuanto está sucediendo y que todos parecen conocer salvo ella. Las flores dejan de ser un objeto inocente y adquieren el aspecto de una contraseña; las miradas parecen confirmar la existencia de un código, aunque el relato nunca nos entregue la clave necesaria para descifrarlo. La realidad continúa intacta y, sin embargo, ha dejado de resultarnos familiar.

Años después, al hablar de su relación con lo fantástico, Cortázar recordaría que desde niño había sentido que entre cosas aparentemente bien delimitadas existían intersticios por los que podía filtrarse algo que escapaba a las explicaciones de la lógica habitual. Esa experiencia podía producirse en cualquier lugar y no exigía escenarios preparados para recibir lo extraordinario, porque afectaba a las propias pautas mediante las que organizamos la experiencia. Ómnibus permite comprender hasta dónde puede llegar esa intuición: basta alterar la relación entre elementos cotidianos para que aparezca una realidad cuya lógica intuimos sin llegar a conocer. El extrañamiento nace entonces de nuestra incapacidad para determinar qué regla ha cambiado y, sobre todo, de la sospecha de que quizá ninguna lo haya hecho. Puede que el orden haya estado siempre allí y seamos nosotros, situados por un instante en el lugar equivocado, quienes acabemos de descubrir que ignorábamos su existencia.

Bestiario lleva esa incertidumbre en otra dirección. En la casa de los Funes hay un tigre y su presencia, que debería quebrar inmediatamente cualquier apariencia de normalidad, ha sido incorporada a la organización doméstica. Los habitantes necesitan saber dónde se encuentra para decidir por qué zonas pueden desplazarse, adaptan sus movimientos y continúan con sus vidas dentro de una realidad que ha aceptado lo imposible como una de sus condiciones. Cortázar invierte así el mecanismo que parecía gobernar Casa tomada: allí una presencia inexplicable conquista progresivamente un espacio familiar; aquí la anomalía ya pertenece a la casa y son sus habitantes quienes han aprendido a vivir alrededor de ella. La pregunta acerca de la naturaleza del tigre pierde importancia frente a la facilidad con la que el mundo narrativo lo admite, porque el relato no intenta convencernos de su verosimilitud mediante una explicación extraordinaria, sino que construye una cotidianeidad en la que su existencia ha dejado de necesitarla.

Algo semejante ocurre en Carta a una señorita en París, aunque esta vez la anomalía procede del propio cuerpo. El narrador vomita pequeños conejos y comunica el hecho con una serenidad que desplaza enseguida nuestra atención desde la imposibilidad del fenómeno hacia sus consecuencias. Hay que alimentarlos, esconderlos durante el día, impedir que destruyan el apartamento de Andrée y encontrar un lugar para una presencia que aumenta hasta hacer insostenible el precario equilibrio construido a su alrededor. La precisión práctica con la que se administra una situación absurda termina concediéndole una extraña consistencia: una vez aceptado que alguien puede vomitar un conejo, el relato se preocupa mucho más por averiguar qué hacer con él. Lo fantástico deja así de comportarse como una excepción momentánea y genera su propia normalidad, un pequeño sistema de causas y consecuencias que funciona con rigor mientras la premisa que lo sostiene continúa siendo imposible.

A estas alturas, lo fantástico en Cortázar empieza a resultar difícil de reducir a una fórmula única. Puede ocultar por completo la anomalía, construirla únicamente mediante relaciones entre elementos cotidianos o colocarla ante nosotros con absoluta naturalidad; lo que permanece es la sensación de que las fronteras utilizadas para separar lo posible de lo imposible dependen de una estabilidad mucho más frágil de lo que suponíamos. Puede que por eso su idea de lo fantástico se acerque más a un sentimiento que a una categoría literaria: durante unos instantes, algo desplaza las coordenadas con las que reconocemos el mundo y permite entrever uno de esos intersticios que Cortázar decía percibir desde niño. Hasta ahora, sin embargo, hemos podido observar esas alteraciones conservando una última seguridad: alguien permanece delante de ellas para contárnoslas. La casa puede ser ocupada y un tigre puede alterar sus recorridos, pero seguimos suponiendo que quien mira continúa siendo la misma persona después de haber mirado. Cortázar tampoco tardará demasiado en perforar esa certeza.

III. El lugar desde donde miramos

Mirar parece ofrecernos todavía un lugar seguro. Aunque la realidad pueda contener presencias inexplicables o regirse durante unos instantes por códigos que desconocemos, queda la posibilidad de observarla desde fuera y tratar de comprender qué está sucediendo. Las babas del diablo comienza a erosionar también esa confianza a través de Michel, fotógrafo y traductor, dos ocupaciones que comparten una dificultad esencial: ambas exigen trasladar una realidad a un lenguaje diferente sin poder conservarla intacta. Cuando Michel fotografía a una mujer y a un muchacho en la Île Saint-Louis cree haber capturado algo que estaba sucediendo ante sus ojos, pero aquello que ha visto ya contenía una interpretación. Los gestos, las distancias y las actitudes observadas le permiten imaginar una historia entre ambos, de modo que la fotografía no fija una realidad pura anterior a su mirada, sino un instante que Michel había comenzado a ordenar antes incluso de apretar el disparador.

La cámara tampoco resuelve el problema. Cuando revela la fotografía y la amplía hasta colocarla en la pared, Michel regresa obsesivamente a la escena e intenta comprender aquello que quizá no supo ver la primera vez. La imagen que debía inmovilizar un fragmento del mundo acaba comportándose como una abertura y aquello que parecía definitivamente fijado comienza a transformarse ante sus ojos. Cortázar lleva la incertidumbre hasta la propia voz que intenta contarnos lo sucedido: Michel oscila entre la primera y la tercera persona, duda acerca de cómo narrar y parece incapaz de encontrar una perspectiva estable desde la que reconstruir la experiencia. El fotógrafo, el traductor y el narrador se enfrentan en realidad a un problema semejante, porque mirar, traducir o contar obliga a seleccionar y establecer relaciones entre elementos que por sí solos no proporcionan un significado. La realidad se vuelve inseparable de las operaciones mediante las que intentamos comprenderla, y el observador descubre que nunca estuvo tan lejos de aquello que observaba como había supuesto.

En Axolotl esa distancia termina por desaparecer. El narrador visita el acuario del Jardin des Plantes y comienza a contemplar durante horas a unas criaturas cuya inmovilidad despierta en él una fascinación cada vez más intensa. El cristal establece una frontera aparentemente perfecta: de un lado permanece el hombre que observa y del otro los axolotl, encerrados en un mundo acuático al que solo puede acceder mediante la mirada. Sin embargo, cuanto más intenta comprenderlos, más difícil resulta conservar esa separación, hasta que la conciencia atraviesa el vidrio sin que exista un instante preciso en el que podamos señalar que se ha producido el tránsito. El hombre continúa allí, frente al acuario, pero quien lo contempla ahora lo hace desde el otro lado. La barrera física permanece intacta mientras la distinción entre observador y observado acaba de derrumbarse.

Cortázar introduce así una metamorfosis que resulta inquietante precisamente porque evita explicar su mecanismo. El relato no necesita mostrar una transformación corporal ni encontrar una causa que permita justificar el desplazamiento de la conciencia; le basta con alterar el lugar desde el que se pronuncia el yo. Aquello que inicialmente parecía una obsesión por conocer una forma de existencia ajena termina cuestionando la seguridad de la identidad que pretendía conocerla. Mirar deja de ser una operación sin consecuencias, porque la atención sostenida sobre el otro abre la posibilidad de que la frontera que lo separa de nosotros dependa también de categorías menos firmes de lo que creíamos. El cristal del acuario se convierte de ese modo en otro de los límites que Cortázar puede atravesar sin necesidad de romperlos.

La noche boca arriba desplaza el problema hacia el propio lector. Después de un accidente de motocicleta, un hombre es trasladado a un hospital y comienza a experimentar durante el sueño la persecución de un moteca destinado al sacrificio. Cortázar alterna ambas experiencias y permite que establezcamos rápidamente una jerarquía entre ellas: el hospital pertenece a la vigilia y la persecución al sueño. Sin embargo, esa clasificación depende en buena medida de nosotros. Reconocemos la motocicleta, las calles, los médicos y la cama del hospital como elementos de un mundo compatible con nuestra experiencia, mientras aceptamos que la huida a través de la selva pertenece a una pesadilla provocada por la fiebre. Cuando el relato invierte finalmente esa relación y descubrimos que el hombre perseguido soñaba un futuro incomprensible de luces, edificios y una máquina de metal entre sus piernas, la revelación modifica también nuestra posición como lectores: Cortázar no necesitaba convencernos de cuál era la realidad porque nosotros habíamos realizado ese trabajo por él.

La trampa resulta especialmente significativa porque muestra hasta qué punto llevamos nuestras propias categorías al interior de una ficción. Frente a las dos experiencias del protagonista, hemos utilizado aquello que conocemos para decidir cuál debía contener a la otra y solo después descubrimos que familiaridad y realidad no eran necesariamente equivalentes. El tiempo contribuye a deshacer todavía más esa seguridad, ya que las dos historias parecen aproximarse a medida que avanza el relato hasta que sueño, vigilia, pasado y presente dejan de ocupar los lugares que les habíamos asignado. La mirada que pretendía observar desde fuera vuelve a quedar implicada en aquello que intenta ordenar, aunque esta vez esa mirada sea la nuestra. Los intersticios de Cortázar ya no se abren únicamente dentro del mundo narrado: pueden aparecer también entre el texto y quien lo está leyendo.

Continuidad de los parques lleva esa posibilidad hasta sus últimas consecuencias con una economía casi perfecta. Un hombre se sienta a leer una novela y se abandona progresivamente a ella mientras dos amantes avanzan hacia el lugar donde debe consumarse un asesinato. El lector del cuento contempla al lector de la novela, ambos aparentemente protegidos por la misma certeza de encontrarse fuera de la ficción que observan, hasta que el recorrido del asesino termina en una habitación donde un hombre está sentado en un sillón leyendo. La separación entre ambos planos desaparece justo cuando parecía más evidente y convierte el acto de lectura en otra frontera atravesable. Cortázar consigue así que una operación tan cotidiana como abrir un libro reproduzca el mismo problema que había planteado ante una fotografía o el cristal de un acuario: nunca resulta completamente seguro dónde termina aquello que miramos y dónde comienza el lugar desde el que creemos estar mirándolo.

Después de atravesar estas fronteras, conservar intacta la figura del observador resulta cada vez más difícil. La percepción puede construir aquello que pretende registrar, una conciencia puede encontrarse al otro lado del cristal y el lector puede descubrir demasiado tarde que había aceptado como naturales unas reglas que el relato jamás le garantizó. Cortázar ha desplazado el problema desde las anomalías del mundo hacia los instrumentos con los que intentamos reconocerlo, y entre ellos queda todavía uno cuya estabilidad parecía tan elemental que apenas necesitábamos preguntarnos por ella. Podemos dudar de lo que vemos e incluso de quién está mirando, pero seguimos organizando esas experiencias mediante un tiempo que avanza, ordena los acontecimientos y mantiene separados el antes y el después. Para Johnny Carter, esa seguridad tampoco significa gran cosa.

IV. El tiempo fuera del reloj

Entre dos estaciones de metro pueden transcurrir apenas unos minutos y, sin embargo, Johnny Carter sabe que dentro de ese intervalo cabe mucho más tiempo del que permiten los relojes. En El perseguidor, el saxofonista intenta explicar a Bruno una experiencia que se resiste continuamente a sus palabras: durante un trayecto breve puede pensar, recordar y vivir una sucesión de acontecimientos cuya duración parece incompatible con el tiempo empleado por el tren. El metro proporciona una medida exterior casi perfecta, hecha de estaciones consecutivas y recorridos calculables, mientras la conciencia de Johnny experimenta otra temporalidad que se dilata sin alterar el movimiento de los vagones. Ambas suceden simultáneamente y ninguna consigue explicar por completo a la otra. Cortázar conocía bien esa sensación; años después reconocería el carácter autobiográfico del episodio y hablaría de ciertos «estados de pasaje» en los que la experiencia ordinaria del tiempo parecía suspenderse, momentos fugaces en los que creía percibir una salida hacia algo que no sabía definir.

Johnny tampoco posee una teoría capaz de explicar aquello que experimenta. Sus intuiciones aparecen fragmentadas, convertidas en imágenes o afirmaciones que Bruno escucha con una mezcla de fascinación e incomprensión, porque el músico parece perseguir algo que apenas consigue formular. Cuando afirma que está tocando mañana, la frase resulta absurda si se interpreta desde una cronología donde cada acontecimiento debe ocupar su posición correspondiente, pero describe con sorprendente precisión la experiencia que intenta comunicar. Johnny siente que el tiempo medido es insuficiente y busca una abertura por la que escapar de él, aunque cada intento de convertir esa intuición en pensamiento ordenado termine alejándolo de aquello que había percibido. Hay, sin embargo, un lugar donde esa dificultad parece disminuir: cuando deja de hablar y empieza a tocar.

El jazz introduce otra relación con el tiempo porque la improvisación solo puede existir dentro de una estructura que, al mismo tiempo, permite desviarse de ella. El músico comparte con los demás una pulsación, unas relaciones armónicas y un material sobre el que construir, pero ninguna de esas coordenadas determina completamente aquello que sucederá en el instante siguiente. Puede anticiparse al pulso, demorarlo, desplazar los acentos o transformar una frase mientras el resto de los músicos responde a decisiones que están ocurriendo en tiempo real. El orden permanece y precisamente por eso la libertad puede adquirir sentido dentro de él. Cortázar, apasionado por el jazz desde mucho antes de escribir El perseguidor, encontró en esa tensión una forma especialmente fértil de pensar la experiencia: el tiempo deja de ser únicamente una sucesión de unidades idénticas y se convierte en algo que puede estirarse, comprimirse o adquirir densidades diferentes sin abandonar por completo la estructura que lo sostiene.

La elección de Charlie Parker como origen reconocible de Johnny Carter lleva esta cuestión todavía más lejos. Parker había sido una de las figuras centrales del bebop, una transformación profunda del lenguaje jazzístico que amplió las posibilidades rítmicas, armónicas y melódicas de la improvisación. Cortázar no intenta reconstruir su biografía bajo otro nombre; utiliza algunos de sus rasgos para crear a un músico cuya búsqueda artística puede llevar hasta un territorio que una biografía convencional difícilmente alcanzaría. Johnny pertenece a una música que había ensanchado sus propias reglas y, mientras toca, parece intentar una operación semejante sobre el tiempo. Sus improvisaciones no eliminan la estructura musical, sino que descubren posibilidades dentro de ella que solo existen durante el acto de tocarlas, de modo que aquello que desde fuera podría parecer desorden responde a relaciones que están siendo creadas y modificadas en el mismo momento de su aparición.

Bruno observa esa búsqueda desde una posición muy diferente. Como crítico puede describir a Johnny, situarlo dentro de la historia del jazz y convertir su música en discurso, pero cada explicación corre el riesgo de fijar aquello que para el saxofonista solo existe mientras está sucediendo. La distancia entre ambos recuerda el problema que Cortázar había planteado alrededor de la mirada: conocer una experiencia desde fuera implica traducirla a unas categorías que quizá terminen transformándola. Bruno necesita construir un Johnny inteligible, mientras el hombre que tiene delante continúa escapando de esa imagen mediante intuiciones que él mismo apenas comprende. La música conserva entonces algo que el lenguaje crítico difícilmente puede retener, porque su significado no depende únicamente de aquello que expresa, sino también del tiempo irrepetible en que se produce.

Por eso el jazz ocupa en Cortázar un lugar que desborda la afición musical y permite acercarse a su propia manera de entender la literatura. La improvisación demuestra que una estructura puede contener posibilidades que no estaban decididas de antemano y que el orden no necesita convertirse en rigidez para seguir existiendo. Algo semejante empieza a percibirse en una escritura que desplaza perspectivas, altera temporalidades y obliga al lector a reconstruir relaciones entre elementos cuya conexión no siempre resulta inmediata. La aparente libertad de muchos textos cortazarianos descansa sobre construcciones extremadamente precisas, del mismo modo que una improvisación puede producir la impresión de estar inventando su camino mientras conserva debajo una arquitectura que hace posible cada desvío.

Johnny nunca consigue demostrar que exista un tiempo verdadero escondido detrás del que marcan los relojes, y quizá por eso su persecución conserva toda su fuerza. Ha experimentado una discordancia, un instante en el que las medidas habituales dejaron de corresponderse con aquello que estaba viviendo, y la música le permite regresar una y otra vez a esa abertura sin clausurarla mediante una explicación. Después de atravesar casas, imágenes, cuerpos y conciencias, el intersticio aparece ahora dentro de una de las coordenadas fundamentales con las que ordenamos la realidad. Si unos minutos pueden contener una duración inesperada y una improvisación puede descubrir relaciones que solo existen mientras se está tocando, queda abierta otra posibilidad: que los acontecimientos aparentemente dispersos de una vida tampoco sean tan independientes como parecen. Tal vez algunas coincidencias, encuentros y recorridos formen dibujos que solo conseguimos reconocer cuando dejamos de contemplarlos por separado.

V. Las estrellas no saben que forman una constelación

Una constelación solo existe para quien puede contemplar desde cierta distancia estrellas que, separadas por extensiones enormes, ignoran el dibujo que forman juntas. Cortázar recurrió alguna vez a esta imagen, tomada de una idea que atribuía a Cocteau, para explicar aquello que llamaba figuras: relaciones entre acontecimientos aparentemente independientes cuya conexión escapa a las formas habituales de causalidad. Desde niño había experimentado la sensación de que determinados hechos podían responder a unas leyes diferentes de las que utilizamos para organizar racionalmente el mundo, unas «leyes de la noche» que para él podían ser tan rigurosas como las demás aunque permanecieran fuera de nuestro alcance. Una puerta que se golpea, un olor percibido en ese mismo instante y el ladrido posterior de un perro podían ser considerados simples coincidencias; Cortázar, en cambio, sentía que los tres acontecimientos habían cerrado una figura.

La diferencia resulta importante porque una figura no equivale necesariamente a un destino oculto que dirige los acontecimientos ni exige imaginar una fuerza sobrenatural encargada de relacionarlos. Lo que Cortázar cuestiona es nuestra tendencia a considerar la casualidad como explicación suficiente cuando dos hechos coinciden sin que podamos establecer entre ellos una relación causal. Para él quedaba abierta la posibilidad de que existieran conexiones cuya lógica desconocemos, del mismo modo que cada estrella de una constelación podría contemplar a las demás sin percibir jamás la forma que adquieren desde otro lugar. La figura depende así de una perspectiva capaz de reunir elementos dispersos, aunque nada garantice que el ser humano pueda ocuparla durante el tiempo suficiente para comprender aquello que apenas ha entrevisto.

Esta intuición encuentra una primera formulación literaria especialmente clara en Persio, uno de los personajes de Los premios, cuya mirada intenta descubrir configuraciones detrás de los acontecimientos que rodean el viaje del Malcolm. Su presencia permite que una idea procedente de la experiencia personal de Cortázar empiece a convertirse en procedimiento narrativo, pero las figuras terminarán desbordando a los personajes capaces de intuirlas. En buena parte de su obra, un encuentro inesperado, una repetición o una coincidencia pueden adquirir retrospectivamente un significado que ninguno de sus participantes habría podido prever. La causalidad continúa funcionando, aunque deja de ser la única manera posible de relacionar los hechos; junto a ella aparece una red de correspondencias cuya forma solo se vuelve perceptible cuando acontecimientos separados comienzan a resonar entre sí.

La ciudad ofrece un territorio privilegiado para que esas relaciones aparezcan. París adquiere en la obra de Cortázar una importancia que supera su condición de escenario porque caminar por sus calles permite entrar en contacto con lo imprevisto, modificar un recorrido y encontrar aquello que no se estaba buscando. En Rayuela, Oliveira y la Maga pueden desplazarse por la ciudad confiando en encuentros cuya posibilidad depende de una combinación improbable de decisiones, calles y momentos, y esa disponibilidad ante el azar transforma el espacio urbano en una superficie donde continuamente parecen insinuarse figuras. Cada recorrido contiene innumerables bifurcaciones y cada elección descarta otras tantas posibilidades, de manera que un encuentro fortuito puede sentirse menos como la interrupción de un itinerario que como el instante en que varios recorridos independientes revelan durante unos segundos que podían cruzarse.

Algo semejante empieza a suceder con la propia construcción literaria. Un episodio puede modificar el significado de otro situado muchas páginas atrás; una idea reaparece bajo una forma diferente y obliga a reconsiderar aquello que creíamos haber comprendido; fragmentos alejados entre sí establecen relaciones que el lector debe reconocer sin disponer siempre de una explicación que las ordene. Rayuela llevará esta posibilidad mucho más lejos y convertirá el desplazamiento por el libro en parte de la experiencia de lectura, pero la intuición que sostiene ese procedimiento pertenece al mismo territorio de las figuras: elementos separados pueden formar una configuración cuyo sentido depende de la capacidad para contemplarlos juntos. El lector empieza entonces a ocupar provisionalmente el lugar desde el que algunas estrellas dejan de parecer puntos aislados.

Cortázar intentará llevar esta búsqueda todavía más lejos en 62/Modelo para armar, novela nacida precisamente de una posibilidad planteada en el capítulo 62 de Rayuela. Allí, Morelli imagina una narración capaz de escapar de la explicación psicológica convencional, donde los personajes no tuvieran que resultar completamente comprensibles mediante motivaciones que autor y lector pudieran reconstruir. 62 explora esa posibilidad mediante personajes y acontecimientos conectados por relaciones que no siempre conocen quienes participan en ellas, como si la figura hubiera dejado de ser únicamente una intuición temática para intervenir en la propia arquitectura de la novela. La pregunta por las causas continúa presente, pero comparte espacio con otra más difícil de responder: qué dibujo pueden estar formando esos actos cuando dejan de contemplarse por separado.

Las figuras prolongan así la sospecha que venimos siguiendo desde el comienzo. Después de descubrir que el tiempo del reloj no agota nuestra experiencia temporal, también la causalidad empieza a mostrarse insuficiente para describir todas las relaciones que Cortázar cree percibir entre los acontecimientos. No necesitamos aceptar que esas conexiones existan fuera de la literatura para comprender la potencia de la pregunta que plantean; basta con admitir que nuestra manera habitual de organizar el mundo selecciona unas relaciones y deja otras fuera. Cortázar encuentra precisamente en esas zonas descartadas un territorio para la ficción, porque allí donde una explicación racional se detiene puede comenzar una forma diferente de atención. Sin embargo, semejante exploración no exige permanecer eternamente contemplando constelaciones y misteriosas leyes nocturnas. A veces basta con enfrentarse a un problema mucho más urgente: averiguar qué debe hacer exactamente una persona para subir una escalera.

VI. Instrucciones para desaprender el mundo

Subir una escalera parece una operación sencilla hasta que alguien nos obliga a pensar en ella. Sabemos dónde colocar los pies, cómo desplazar el peso del cuerpo y en qué momento debe intervenir cada pierna, pero ese conocimiento permanece normalmente fuera de nuestra atención porque la costumbre ha convertido la secuencia en un gesto automático. En las Instrucciones para subir una escalera, Cortázar interrumpe ese automatismo y contempla la acción desde una distancia absurda, descomponiéndola con la minuciosidad de quien intenta explicar una actividad desconocida. El procedimiento produce humor porque aplica la solemnidad de un manual a algo que ningún lector necesita aprender, aunque debajo de la broma sucede una operación más interesante: durante unos instantes dejamos de reconocer la escalera de la manera habitual y volvemos a verla. Aquello que parecía completamente familiar recupera una pequeña dosis de extrañeza.

Las instrucciones reunidas en Historias de cronopios y de famas exploran una y otra vez esa posibilidad. Cortázar explica cómo llorar, cómo cantar o cómo dar cuerda a un reloj y somete experiencias perfectamente conocidas a reglas que alteran nuestra relación con ellas. La precisión del lenguaje práctico termina revelando hasta qué punto muchas acciones habían desaparecido detrás de la costumbre, mientras objetos aparentemente inocentes pueden adquirir significados inesperados cuando dejamos de aceptar automáticamente su función. El reloj resulta especialmente significativo porque regresa, bajo una forma humorística, a un problema que Johnny Carter había planteado desde un lugar mucho más angustioso: creemos utilizar un instrumento para medir nuestro tiempo y descubrimos que nuestra vida también empieza a organizarse alrededor de aquello que la mide. Cortázar cambia de registro, pero continúa desplazando ligeramente el punto desde el que contemplamos una realidad demasiado conocida.

Ese desplazamiento forma parte de una lucha más amplia contra lo que en distintos momentos de su obra aparece asociado a la Gran Costumbre, el conjunto de hábitos, categorías y respuestas heredadas que permiten desenvolvernos cómodamente en el mundo a cambio de dejar de preguntarnos por él. El humor se convierte entonces en una herramienta particularmente eficaz porque modifica el ángulo de la mirada sin necesidad de introducir ninguna anomalía sobrenatural. Basta tomar en serio una premisa ridícula, alterar el uso de una palabra o aplicar una lógica impecable a una situación absurda para que el sentido común pierda durante unos instantes su apariencia de necesidad. Cortázar no pretende que vivamos permanentemente desconcertados ante una escalera, pero sí parece interesado en recuperar la posibilidad de mirarla antes de que la costumbre nos diga todo lo que debemos pensar acerca de ella.

Los cronopios, los famas y las esperanzas habitan precisamente ese territorio. Resultaría tentador convertirlos en categorías estables y asignar a cada uno un significado definitivo, pero hacerlo supondría someterlos al mismo impulso clasificatorio que muchos de esos textos ponen en cuestión. Importa más observar cómo sus diferentes comportamientos deforman las convenciones de nuestra propia vida hasta hacerlas visibles. Los famas organizan, registran y toman precauciones; los cronopios se relacionan con las cosas mediante una lógica que altera constantemente su utilidad prevista, mientras las esperanzas ocupan otro lugar dentro de ese pequeño universo. Sus conductas pueden parecer caprichosas, aunque el absurdo rara vez significa ausencia de reglas: Cortázar inventa una premisa y después permite que sus consecuencias se desarrollen con una coherencia que termina haciendo sospechosa nuestra propia normalidad. En una carta escrita mientras aquellos textos comenzaban a tomar forma en París, describió esos ejercicios como juegos espontáneos, pero advirtió también que bajo su ligereza circulaban aguas bastante más intencionadas.

En esa combinación de rigor y disparate pueden reconocerse ecos del surrealismo que ya había interesado al joven Cortázar, aunque también la cercanía de otra tradición que difícilmente podía resultarle indiferente: la patafísica de Alfred Jarry, fascinada por las excepciones y las soluciones imaginarias. Ambas permiten comprender por qué el absurdo cortazariano posee tantas veces una lógica propia en lugar de limitarse a la acumulación arbitraria de extravagancias. El juego crea reglas provisionales y nos invita a aceptarlas durante el tiempo necesario para comprobar qué mundo producen; justamente ahí reside su seriedad. Cortázar insistió en que jugar, entendido con la intensidad que posee el juego infantil, nunca había sido para él una actividad frívola. El niño acepta unas reglas y entra completamente en el espacio que ellas construyen, pero conserva al mismo tiempo una libertad que el adulto suele perder cuando confunde las convenciones de su mundo con leyes inevitables.

Por eso existe una afinidad profunda entre el juego y la improvisación que encontrábamos en el jazz. Ambos necesitan una estructura para que la libertad tenga algo sobre lo que actuar. El músico puede desviarse del pulso porque existe un pulso compartido; el jugador puede inventar estrategias porque previamente ha aceptado unas reglas; Cortázar puede trastornar el lenguaje porque el lector reconoce aquello que está siendo trastornado. La ruptura deja entonces de consistir únicamente en destruir una forma anterior y empieza a parecerse a la creación de un sistema provisional donde otras relaciones se vuelven posibles. Quizá por eso su literatura juega tantas veces con el lector en lugar de limitarse a contarle una historia: aceptar una regla inesperada significa abandonar durante un momento las que parecían naturales y descubrir que el mundo continúa funcionando, aunque lo haga de otra manera.

Con el tiempo, esa voluntad lúdica terminará afectando también a la forma material de sus libros. La vuelta al día en ochenta mundos y Último round reúnen textos, imágenes, recuerdos, comentarios y experimentos que se resisten a permanecer dentro de una categoría estable, recuperando algo de la libertad heterogénea del almanaque. La página puede convertirse en un espacio de encuentro entre materiales diferentes y la lectura deja de avanzar necesariamente bajo las convenciones de un género único. El juego que había conseguido volver extraña una escalera comienza así a intervenir sobre el objeto que contiene la propia escritura, preparando un territorio donde también el lector tendrá que aprender nuevas reglas para orientarse.

Hasta ahora hemos podido abandonar esas reglas cuando el juego terminaba. Cerramos el libro y sabemos nuevamente cómo funciona una escalera, qué esperamos de un reloj y qué comportamiento resulta razonable en una situación cotidiana. Pero Cortázar también imaginó circunstancias en las que las reglas habituales dejan de servir sin que nadie haya decidido jugar. Basta que una autopista construida para avanzar quede inmóvil durante el tiempo suficiente. Entonces ya no podemos regresar inmediatamente a la Gran Costumbre, porque cientos de personas atrapadas entre automóviles tendrán que descubrir cómo organizar su existencia mientras esperan que el mundo conocido vuelva a ponerse en marcha.

VII. Cuando la autopista dejó de avanzar

Una autopista existe para avanzar y el automóvil promete a quien lo conduce libertad de movimiento, pero basta que demasiados vehículos intenten utilizar simultáneamente esa libertad para producir el resultado contrario. Cortázar encontró en esa contradicción el punto de partida de La autopista del Sur, después de leer en Italia un artículo que restaba importancia a los grandes embotellamientos y sentir que aquella mirada ignoraba algo esencial de la sociedad moderna. En su relato, la interrupción del tráfico deja de ser pronto una molestia pasajera y adquiere proporciones que alteran por completo la función del espacio: los automóviles permanecen inmóviles durante horas que terminan convirtiéndose en días, el destino hacia el que se dirigían pierde importancia inmediata y una infraestructura construida exclusivamente para circular comienza a transformarse en un lugar donde hay que aprender a vivir.

Los conductores llegan allí como desconocidos y durante un tiempo continúan comportándose como individuos accidentalmente detenidos unos junto a otros. Ni siquiera poseen nombres para nosotros: son el ingeniero del Peugeot 404, la muchacha del Dauphine, las monjas del 2HP o los ocupantes de otros vehículos que funcionan al principio como pequeñas unidades privadas. La prolongación del atasco vuelve insuficiente ese aislamiento, porque aparecen necesidades que cada conductor difícilmente puede resolver por sí mismo. Hace falta conseguir agua y alimentos, intercambiar información, atender a quienes enferman y averiguar qué sucede en otros puntos de una carretera cuya extensión empieza a resultar imposible de abarcar. Las distancias entre automóviles permanecen prácticamente idénticas, pero las relaciones entre quienes los ocupan han cambiado y, con ellas, también la naturaleza del espacio.

La autopista se convierte entonces en una comunidad improvisada. Surgen repartos de tareas, formas de cooperación y responsabilidades que nadie había previsto cuando comenzó el viaje; algunas personas adquieren funciones determinadas y otras establecen vínculos afectivos que solo pueden desarrollarse dentro de aquella situación excepcional. Cortázar hablaría posteriormente de la formación de una «célula humana», una expresión especialmente adecuada porque el nuevo orden no responde a un proyecto elaborado de antemano, sino que crece a medida que las circunstancias lo necesitan. Las reglas aparecen durante la convivencia y se modifican con ella, mientras cientos de personas que únicamente compartían la dirección de sus vehículos empiezan a depender unas de otras. La inmovilidad que había destruido temporalmente la función de la autopista termina creando unas posibilidades de relación que el movimiento normal habría hecho imposibles.

También el tiempo necesita reorganizarse. Al comienzo todavía puede medirse la espera con los relojes y calcularse el retraso respecto a una llegada prevista, pero esas referencias pierden utilidad conforme el atasco se prolonga. El día y la noche, el hambre, el frío o las necesidades del grupo adquieren mayor importancia que un horario pensado para un mundo donde los automóviles circulan. Si Johnny Carter había experimentado cómo unos pocos minutos podían contener una duración inesperada, aquí Cortázar realiza una operación diferente: prolonga una interrupción hasta permitir que dentro de ella aparezca una historia. Los desconocidos acumulan recuerdos comunes, atraviesan dificultades y empiezan a imaginar un futuro inmediato cuya forma depende de que el tráfico continúe detenido. Aquello que inicialmente parecía un intervalo entre un origen y un destino acaba convirtiéndose en un presente con suficiente densidad para dejar de sentirse provisional.

La paradoja consiste en que toda esa organización existe mientras sus miembros desean que deje de ser necesaria. Nadie ha llegado a la autopista buscando aquella comunidad y todos esperan recuperar el movimiento que les fue arrebatado, pero cuanto más dura la espera, más difícil resulta reducirla a una simple interrupción. Entre el ingeniero y la muchacha del Dauphine nace una relación que apunta incluso hacia un posible futuro compartido, mientras alrededor de ellos la convivencia ha producido afectos, obligaciones y pérdidas. El atasco ha dejado de ser únicamente aquello que impide llegar a otra parte; se ha convertido en el lugar donde están sucediendo sus vidas.

Cuando los automóviles empiezan finalmente a moverse, la solución del problema destruye el mundo que había nacido de él. Primero avanzan con cautela y todavía parece posible conservar las posiciones y los vínculos construidos durante la espera, pero la velocidad aumenta, las filas cambian y los vehículos comienzan a separarse. El ingeniero intenta mantener cerca al Dauphine mientras el tráfico recupera progresivamente su lógica anterior, aunque cuanto mejor funciona la autopista más difícil resulta conservar las relaciones surgidas durante su fracaso. Los automóviles vuelven a ser unidades móviles dirigidas hacia destinos particulares y aquella sociedad provisional se dispersa entre carriles que ya no permiten detenerse para averiguar dónde han quedado los demás.

Cortázar consigue así invertir la anomalía con la que había comenzado el relato. La inmovilidad que inicialmente quebraba el orden cotidiano termina produciendo una normalidad propia, mientras el regreso del movimiento se experimenta como una pérdida. La estructura recupera su función y precisamente entonces desaparecen las posibilidades que habían surgido mientras permanecía suspendida. No hace falta idealizar aquella comunidad ni convertir el atasco en una utopía para reconocer lo que el relato ha permitido contemplar: bajo determinadas condiciones, unas reglas que parecían inevitables pueden dejar de servir y otras formas de organización pueden emerger dentro del espacio que han abandonado. Cuando las primeras regresan, descubrimos además la velocidad con la que son capaces de borrar casi todo aquello que había existido durante su ausencia.

La autopista vuelve finalmente a avanzar y cada vehículo recupera el recorrido que había interrumpido, pero después de haber vivido dentro de aquella suspensión resulta difícil contemplarla de la misma manera. Cortázar ha tomado una estructura diseñada para conducir en una dirección determinada, ha detenido su funcionamiento y ha descubierto dentro de esa interrupción relaciones que el movimiento mantenía separadas. A estas alturas de su obra, el procedimiento puede aplicarse a algo más que una carretera. Existe otra estructura construida para avanzar, organizada mediante una sucesión que hemos aprendido a recorrer desde el comienzo hasta el final y cuya dirección rara vez sentimos la necesidad de cuestionar. Basta abrir un libro y empezar por la primera página.

VIII. El lector entra en el túnel

Antes de alcanzar la primera página de Rayuela, el lector ya tiene que tomar una decisión. El tablero de dirección le ofrece la posibilidad de recorrer el libro de la manera habitual, avanzando hasta el capítulo 56, o comenzar en el 73 y continuar mediante una sucesión de saltos indicada al final de cada capítulo. El gesto adquirió tanta notoriedad que terminó convirtiéndose en una de las características más reconocibles de la novela, aunque reducir su ruptura a esa posibilidad significaría confundir el mecanismo con aquello que pretende provocar. Cortázar no estaba interesado únicamente en modificar el orden de unas páginas; quería alterar la posición de quien las lee. Una novela puede convertirse también en una forma de costumbre cuando el lector acepta avanzar por ella sin preguntarse por las reglas que organizan su recorrido, de modo que cambiar el camino obliga, al menos durante un instante, a recuperar la conciencia de estar leyendo.

Morelli permite que esa inquietud entre en la propia novela. Sus notas imaginan una literatura que se resista a entregar al lector una experiencia completamente organizada y lo obligue a participar en la construcción del sentido, un proyecto donde la escritura deja espacios abiertos que deben ser recorridos desde el otro lado de la página. Cortázar hablaría del «lector cómplice» para designar esa participación y lo contrapuso en Rayuela al desafortunado «lector-hembra», expresión con la que pretendía referirse al lector pasivo y cuyo carácter machista reconocería y lamentaría posteriormente. Lo importante detrás de aquella terminología es la insatisfacción que la provoca: Cortázar desconfía de una narración capaz de hipnotizar hasta el punto de convertir la lectura en recepción pasiva, porque el libro corre entonces el riesgo de funcionar como otra estructura que decide de antemano el lugar que debemos ocupar.

Seguir el tablero tampoco garantiza por sí mismo esa libertad. Saltar del capítulo 73 al 1 y continuar obedientemente las indicaciones puede convertirse en otra forma de aceptar un recorrido establecido; la verdadera participación comienza cuando el lector necesita establecer relaciones entre aquello que encuentra durante el camino. Los capítulos llamados «prescindibles» introducen citas, reflexiones, Morellianas y materiales que modifican desde la distancia otros momentos de la novela, mientras una idea puede reaparecer muchas páginas después y alterar retrospectivamente aquello que creíamos haber comprendido. La discontinuidad obliga a conservar fragmentos en la memoria y descubrir posibles conexiones entre ellos, hasta que leer empieza a parecerse menos a seguir una línea que a reconocer una figura.

El propio proceso de composición muestra cuánto trabajo existe detrás de esa apariencia fragmentaria. Cortázar ensayó diferentes ordenamientos para los materiales que había escrito antes de llegar a la disposición publicada, buscando una forma capaz de conservar la apertura sin reducir el libro a una acumulación arbitraria de fragmentos. La libertad necesitaba una arquitectura, del mismo modo que la improvisación necesita unas coordenadas dentro de las cuales pueda producirse lo inesperado. No sorprende que el jazz atraviese Rayuela y acompañe muchas de las reuniones del Club de la Serpiente: más allá de las referencias musicales, existe una afinidad entre esa música y una novela que organiza materiales cuidadosamente para permitir desplazamientos, variaciones y encuentros cuya forma completa solo aparece durante la experiencia de recorrerlos.

París participa de esa misma disponibilidad. Oliveira y la Maga caminan, se buscan sin haber concertado siempre sus encuentros y convierten la ciudad en una red de posibilidades donde una calle elegida puede modificar aquello que sucederá después. El recorrido urbano y el recorrido del libro empiezan a reflejarse sin necesidad de coincidir exactamente: ambos permiten avanzar mediante desvíos y aceptar que una dirección inesperada pueda conducir hacia relaciones que un itinerario previamente fijado habría dejado fuera. La búsqueda de Oliveira se alimenta de esa apertura, aunque aquello que persigue cambie continuamente de nombre y permanezca fuera de su alcance. El centro, el kibbutz del deseo o el cielo de la rayuela señalan hacia una plenitud que el personaje intuye sin conseguir convertirla en un lugar estable al que finalmente pueda llegar.

Por eso el juego contenido en el título resulta más ambiguo de lo que parece. La rayuela posee unas reglas y un recorrido, pero su objetivo consiste en alcanzar un cielo dibujado en el suelo mediante una sucesión de saltos que siempre puede volver a comenzar. Cortázar transforma esa imagen infantil en una estructura capaz de contener la búsqueda de Oliveira y también la del lector, que avanza por el libro intentando construir una unidad a partir de fragmentos cuya relación nunca queda completamente clausurada. Las figuras reaparecen entonces bajo una nueva forma: cada capítulo puede ser una estrella aislada hasta que otro, situado muy lejos, permite percibir una constelación provisional. Nada garantiza que sea la única posible ni que Cortázar haya escondido detrás de ella una solución definitiva esperando ser descubierta.

En ese punto, Rayuela comienza a encontrarse con una preocupación mucho más antigua de su autor. En 1947, Teoría del túnel había imaginado la necesidad de atacar desde dentro unas formas literarias que Cortázar consideraba insuficientes para ampliar la experiencia de lo real. Dieciséis años después, la novela ya no se limita a formular aquella necesidad: construye un objeto que intenta convertir la ruptura en experiencia de lectura. El túnel ha atravesado el lenguaje, la continuidad narrativa y la relación tradicional entre autor y lector, pero su avance no desemboca en una nueva forma destinada a sustituir definitivamente a la anterior. Cortázar desconfiaría también de esa comodidad. Lo que importa es conservar la posibilidad de desplazarse, establecer otras relaciones y participar en una búsqueda cuyo resultado continúa abierto.

Por eso Rayuela se resiste incluso a proporcionar la satisfacción de una llegada definitiva. El recorrido indicado por el tablero termina haciendo circular al lector entre dos capítulos, como si después de tantos desplazamientos el libro se negara a concederle una casilla donde pudiera instalarse y declarar terminado el viaje. Oliveira tampoco alcanza el centro que persigue y Morelli no entrega la teoría capaz de ordenar todos los fragmentos. El túnel permanece abierto, pero al otro extremo no espera una explicación que revele finalmente la verdadera estructura del mundo. Después de recorrerlo, lo único que ha cambiado con seguridad es nuestra posición: hemos aprendido a desconfiar de algunas paredes que antes parecían sólidas y sabemos que una abertura puede aparecer en los lugares más inesperados. Queda entonces regresar a la pregunta con la que comenzó nuestro recorrido y comprobar si todavía significa lo mismo.

Del otro lado

Tal vez la pregunta con la que comenzamos estuviera mal formulada. Hemos buscado durante todo este recorrido qué podía quedar de la realidad cuando alteramos las reglas mediante las que la reconocemos, suponiendo de algún modo que detrás de esas reglas encontraríamos otra cosa, un territorio diferente al que sería posible acceder después de atravesar la pared. Sin embargo, Cortázar nunca necesitó que existiera un mundo semejante. Cuando hablaba de lo fantástico prefería referirse a un sentimiento de apertura, a la percepción momentánea de intersticios dentro de lo real cuya existencia ponía en duda la solidez de las categorías con las que acostumbramos a ordenarlo. La abertura no conduce necesariamente hacia otra realidad; puede limitarse a ensanchar aquella en la que ya estábamos.

Esa posibilidad permite contemplar desde otra perspectiva la imagen del túnel que aparecía en sus reflexiones de juventud. Perforar las formas heredadas de la literatura significaba también enfrentarse a los límites que el lenguaje imponía sobre aquello que podía pensarse y experimentarse, pero la búsqueda que nació de esa insatisfacción terminó extendiéndose mucho más allá de un problema estrictamente literario. La percepción, la identidad, el tiempo o la causalidad podían mostrar la misma fragilidad cuando dejaban de funcionar de manera automática, mientras el humor, el juego y la improvisación permitían ensayar otras relaciones sin necesidad de convertirlas en un sistema definitivo. Cortázar no fue sustituyendo unas certezas por otras a medida que avanzaba su obra; mantuvo abierta la sospecha de que nuestras maneras habituales de ordenar la experiencia solo describen una parte de sus posibilidades.

Quizá por eso sus cuentos pueden comenzar en una casa, un autobús, un acuario o una carretera sin necesidad de abandonar nunca por completo el mundo cotidiano. La extrañeza aparece precisamente porque aquello que conocemos continúa delante de nosotros mientras cambia la relación que mantenemos con ello. Una duración puede dejar de coincidir con el reloj, varios acontecimientos independientes pueden insinuar una figura y una comunidad puede surgir temporalmente en un espacio destinado a impedir cualquier permanencia. Ninguna de esas experiencias demuestra que exista un orden secreto esperando ser descubierto, pero todas interrumpen durante unos instantes la facilidad con la que confundimos nuestras categorías con la realidad que pretenden explicar.

Rayuela lleva finalmente esa apertura hasta el lugar donde Cortázar había comenzado: la propia literatura. El lector entra en una estructura cuyas reglas ya no puede dar enteramente por supuestas y debe participar en la búsqueda, establecer conexiones y aceptar que algunas preguntas permanecerán abiertas cuando cierre el libro. Entre Teoría del túnel y aquella novela han pasado dieciséis años, pero persiste una inquietud semejante: impedir que una forma termine convirtiéndose en una frontera. El túnel no conduce así hacia una respuesta situada al otro lado de la pared, porque quizá su verdadera función consista en algo mucho más modesto y perturbador: demostrar que la pared podía perforarse.

Después solo queda regresar al mundo cotidiano. Las calles siguen en su sitio, los autobuses recorren sus trayectos, los relojes continúan midiendo las horas y nadie necesita detenerse ante una escalera para recordar cómo se sube. Cortázar tampoco nos ha proporcionado una teoría capaz de revelar qué se esconde detrás de esas cosas. Ha hecho algo diferente: devolverles durante unos instantes una parte de la incertidumbre que la costumbre había borrado. Puede que el verdadero efecto de su literatura empiece precisamente ahí, cuando cerramos el libro y todo parece continuar exactamente igual, aunque ya no estemos completamente seguros de saber hasta dónde puede llegar aquello que tenemos delante.

Cavafis: tres formas del destino

Cavafis nos habla desde la claridad y la herida, iluminando con una luz oblicua las mitologías que ya llevamos dentro. En La ciudad, bajo su aparente sencillez, se esconde un poema claustrofóbico, en el que todos los caminos se cierran y cualquier intento de huida conduce de nuevo al mismo lugar. Ítaca, en cambio, celebra el viaje, el placer y el conocimiento; el destino importa, pero también cuanto puede encontrarse antes de alcanzarlo. En El dios abandona a Antonio domina la fatalidad: la derrota ya se ha consumado y solo queda reconocerla y despedirse sin súplicas.

Tres poemas muy distintos y tres formas de enfrentarse al destino, atravesados por esa extraña sobriedad de Cavafis, capaz de alcanzar una enorme profundidad sin apenas levantar la voz.

La ciudad (1910)

Dijiste: «Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Habrá otra ciudad mejor que esta.
Cada esfuerzo mío tiene escrita su condena;
y mi corazón está —como un muerto— enterrado.
¿Hasta cuándo seguirá mi mente en este marasmo?
Adonde vuelva los ojos, mire donde mire,
veo aquí las negras ruinas de mi vida,
donde pasé tantos años, que arruiné y destruí».

No encontrarás lugares nuevos, no encontrarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Recorrerás
las mismas calles. Y en los mismos barrios envejecerás;
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. No esperes otro lugar:
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como arruinaste tu vida aquí,
en este pequeño rincón, la destruiste en toda la tierra.

Ítaca (1911)

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de saber.
No temas a los Lestrigones ni a los Cíclopes,
ni al enfurecido Poseidón;
nunca encontrarás cosas así en tu camino
si tu pensamiento permanece elevado, si una emoción noble
toca tu espíritu y tu cuerpo.
A los Lestrigones y los Cíclopes,
al feroz Poseidón no los encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los levanta ante ti.

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas de verano
en que, con cuánto placer, con cuánta alegría,
entres en puertos nunca vistos;
detente en los mercados fenicios
y adquiere hermosas mercancías:
nácar y coral, ámbar y ébano,
y toda clase de perfumes sensuales,
tantos perfumes sensuales como puedas;
ve a muchas ciudades egipcias,
para aprender y aprender de quienes saben.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Mejor que dure muchos años;
y que ya viejo eches el ancla en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Ítaca te dio el hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Ya no tiene nada más que darte.

Y aunque la encuentres pobre, Ítaca no te engañó.
Ahora que te has vuelto sabio, con tanta experiencia,
ya habrás comprendido qué significan las Ítacas.

El dios abandona a Antonio (1911)

Cuando de pronto, a medianoche,
se oiga pasar un cortejo invisible
con músicas maravillosas, con voces—
tu suerte que ya cede, tus obras fracasadas,
los planes de tu vida que acabaron en engaño,
no los llores en vano.
Como quien lleva tiempo preparado, como un valiente,
di adiós a Alejandría, que se aleja.

Sobre todo, no te engañes, no digas
que fue un sueño, que te engañó el oído;
no te rebajes a esperanzas tan vanas.
Como quien lleva tiempo preparado, como un valiente,
como quien fue digno de una ciudad así,
acércate con firmeza a la ventana
y escucha conmovido, pero sin las súplicas
ni los lamentos de los cobardes;
escucha, como último placer, los sonidos,
los maravillosos instrumentos del misterioso cortejo,
y di adiós a Alejandría, que pierdes.

Los tres poemas se presentan en versiones elaboradas mediante el cotejo del original griego y de diversas traducciones.

 

 

La secta del Hexágono

La casualidad —esa forma modesta del destino— me puso sobre la pista de una sociedad que, según creo, existe desde hace siglos y acaso desde siempre. No me refiero a una orden visible, provista de templos, jerarquías y ceremonias, sino a una fraternidad dispersa cuyos miembros, sin conocerse entre sí, obedecen una antigua y única pasión: hallar el Hexágono Original.

Todo comenzó con un manuscrito árabe adquirido en Toledo, en una tienda donde abundaban espadas falsas, astrolabios recientes y pergaminos manifiestamente apócrifos. El vendedor, hombre de barba canosa y cortesía teatral, juró que el códice provenía de una casa derruida de Fez. Como casi todos los juramentos comerciales, aquel era dudoso; no así el manuscrito, cuya tinta había envejecido con dignidad.

Constaba de ciento treinta y una hojas y carecía de principio. La última página, acaso por una ironía del copista, estaba intacta. En ella leí estas palabras:

Quien encuentre la Cámara de los Seis Muros verá que todo recinto es copia, todo mapa recuerdo y toda biblioteca comentario.

El texto alternaba relatos de viajeros, diagramas geométricos y admoniciones teológicas. Su autor —o compilador— citaba a sabios de dudosa existencia, a dinastías olvidadas y a un tal Abu Nasr al-Mutakabbir, llamado “el geómetra de los espejos”, de quien no he hallado otra noticia en crónica alguna. La doctrina central era simple y monstruosa: el universo entero imita una estancia primordial de forma hexagonal; cada casa, cada plaza, cada fortaleza y cada libro serían versiones degradadas de ese arquetipo.

No me sorprendió la tesis. Toda metafísica es, en el fondo, una nostalgia arquitectónica. Me sorprendió en cambio otra cosa: las numerosas notas marginales, escritas en latín, en francés del siglo XVIII, en un alemán minucioso y hasta en un español casi contemporáneo. Varias manos, separadas por siglos, habían comentado el mismo códice. Una de ellas afirmaba:

La Cámara no está en el espacio, sino en la repetición.

Otra advertía:

No contéis los muros.

Y otra, más lacónica:

Buscad las bibliotecas.

Durante meses perseguí esas sombras. En Lisboa consulté el catálogo de un coleccionista muerto que enumeraba “seis salas idénticas abiertas sobre un patio circular”. En Buenos Aires un anticuario me habló de una logia extinguida cuyos miembros cambiaban cada año de nombre para no anclarse en la historia. En El Cairo un ciego me recitó, en pésimo castellano, una sentencia atribuida a los iniciados: “Perderse seis veces es entrar”. No niego que la empresa empezó a fascinarme. He desconfiado siempre de las verdades evidentes; las absurdas poseen, al menos, el mérito de exigirnos algo.

La pista decisiva me aguardaba en Córdoba, cerca de la Mezquita. Un bibliotecario jubilado, cuyo nombre omitiré porque acaso aún vive, me recibió una tarde lluviosa en un piso donde los libros ocupaban también la cocina y parte del dormitorio. Al mostrarle una copia del manuscrito, sonrió con una mezcla de piedad y cansancio.

—Llega usted tarde —me dijo—. O temprano. Nunca he sabido cuál de las dos cosas.

Abrió un armario y extrajo seis volúmenes encuadernados en piel verde. Eran catálogos de bibliotecas destruidas: monasterios incendiados, palacios saqueados, universidades cerradas por decretos o guerras. Cada uno contenía, subrayado con tinta roja, el registro de una sala hexagonal.

—Creí durante cuarenta años que la secta buscaba un lugar —prosiguió—. Después entendí que buscaba una forma. Luego comprendí algo peor: no buscaba ninguna de las dos cosas.

Me condujo a una habitación interior. Era pequeña, desordenada y vulgarmente rectangular. En el centro había una mesa con seis espejos apoyados unos contra otros, formando un hexágono imperfecto. Me invitó a mirar. Vi reflejos multiplicados hasta un fondo incalculable: la lámpara repetida, mi cara deformándose en corredores de vidrio, los lomos de los libros convertidos en murallas. Cada imagen engendraba otras seis, y estas otras, con una rapidez que ningún ojo puede seguir.

—Éste es el símbolo pedagógico —dijo—. El verdadero Hexágono no está hecho de piedra.

Guardó silencio, como quien cede la palabra a una evidencia. Entonces comprendí que la secta no buscaba una cámara perdida en desiertos o catacumbas. Buscaba la estructura que rige ciertas proliferaciones: las bibliotecas, los espejos, las herejías, los linajes, las ciudades, los comentarios de un texto, las interpretaciones de un sueño. Todo sistema que se replica en seis direcciones era, para ellos, una huella del Primer Recinto.

—¿Y lo encontraron? —pregunté.

El anciano rió.

—Lo inventaron. Que suele ser lo mismo.

Nos despedimos. Volví algunos días después para devolverle los catálogos, pero el piso estaba vacío. Los vecinos aseguraron que allí no había vivido nadie en años. El portero, hombre práctico, sostuvo que yo confundía el edificio.

Conservo todavía los seis catálogos verdes. Los he examinado muchas veces. Son auténticos, salvo por un detalle: todos los registros subrayados corresponden a salas cuadradas. He pensado que el viejo me engañó. He pensado también que quiso curarme de una credulidad tardía. Prefiero una tercera hipótesis, más digna de la secta: comprendió que yo ya era miembro de ella.

Porque desde aquella tarde advierto hexágonos donde antes veía azar: en los panales, en ciertos barrios, en la trama de algunas novelas, en los dados, en la nieve agrietada, en las conversaciones que se bifurcan y regresan. Y ahora, mientras escribo estas líneas, descubro con una mezcla de alarma y resignación que toda página tiene seis márgenes: cuatro visibles y dos imaginarios.

– Mikel Alonso

Nota: este texto es el borrador de un relato que no conseguí desarrollar.

Bruce Dickinson – The Chemical Wedding

En 1998, Bruce Dickinson encendió el horno alquímico. The Chemical Wedding no fue solo uno de los mejores discos de la década: fue un manifiesto de fuego, una unión entre William Blake y el heavy metal, entre lo místico y lo terrenal.

Ya desde su título, el disco parece anunciar una transformación. La boda química de los antiguos alquimistas aspiraba a reconciliar aquello que había sido separado, a reunir principios opuestos para dar lugar a algo nuevo. Dickinson encontró en ese imaginario y en el universo visionario de Blake un lenguaje con el que construir un álbum que parece avanzar siguiendo su propia ceremonia. Sus canciones están pobladas de torres, libros, puertas, símbolos y figuras que atraviesan el fuego; imágenes que aparecen, desaparecen y regresan transformadas mientras la música desciende hacia la oscuridad para buscar allí alguna forma de luz.

Quizá por eso The Chemical Wedding invita a ser escuchado como algo más que una sucesión de canciones. Hay una sensación de recorrido, de haber entrado en un espacio donde cada riff parece mover la materia un poco más y cada palabra abre otra puerta dentro del mismo laberinto. El disco puede disfrutarse sin descifrar ninguno de sus símbolos, pero basta seguirlos durante un instante para descubrir que detrás de ellos empieza a dibujarse otro mundo.

Lo que sigue no es tanto una reseña como una travesía: una lectura simbólica del fuego, la caída y la transmutación que habitan en su interior.

The Chemical Wedding

Un relámpago desgarra el cielo y el plomo empieza a arder. King in Crimson marca el comienzo del rito: un salón de piedra en penumbra, donde una presencia oscura despierta entre riffs afinados en las profundidades. Dickinson no canta, declama; su voz no es humana, sino una fuerza que reclama el trono. Desde ese primer rugido, el oyente entiende que The Chemical Wedding no es un disco más: es un grimorio metálico, una invocación.

El fuego se vuelve alquímico en la canción que da nombre al álbum. Chemical Wedding suena a rito lunar: un medio tiempo denso y místico, donde las guitarras se disuelven como vapores psicodélicos. Dickinson canta desde la tumba y desde el cielo a la vez, con la serenidad de quien ha muerto y ha vuelto.

“And so we lay in the same grave, our chemical wedding day…”

Las palabras son un juramento de unión más allá de la carne.

Bajo la tierra, dos amantes incorruptos se entrelazan mientras la luz de la luna se filtra hasta ellos. El solo, de elegancia casi clásica, se eleva dramáticamente. Es el espíritu escapando del cuerpo.

Y entonces, el aire cambia.

The Tower emerge como el pilar central del ritual, la construcción donde el alma busca ascender. Es la canción del demiurgo, del mago que se alza sobre las cartas del tarot y dicta las leyes de un universo en ruinas. El groove es irresistible, pero hay en él una gravedad cósmica. Dickinson, convertido en arquitecto del fuego, lanza sus órdenes al vacío. Las guitarras se desdoblan y multiplican durante los solos, el bajo y la batería laten al unísono: todo el cosmos vibra en torno a la torre. Es imposible no cantar el estribillo; es un conjuro, una plegaria de acero.

Cuando el último acorde se apaga, uno siente que algo se ha abierto en el aire, una grieta luminosa por la que entra el espíritu de William Blake. La ceremonia ha comenzado.

Después de la torre viene la caída. Killing Floor abre la grieta: una espiral de ruido, de guerra, de voces que se ahogan entre sí. El aire se espesa como si cada riff arrastrara un trozo de ruina. Bruce Dickinson canta con furia contenida; su garganta parece un horno encendido que respira odio, todo ello acentuado por los solos caóticos escupidos por unas guitarras al rojo vivo.

En mi mente se forma la visión: un campo devastado, donde las figuras combaten sin rostro, y los muros tiemblan como si fueran carne. El ritmo no avanza, se retuerce. Todo se descompone.

De ese caos emerge Book of Thel, la joya oscura del disco, la escritura que sobrevive a las llamas. El riff principal suena como un golpe de martillo sobre piedra antigua; la voz, como el eco de un sacerdote que ya no cree en ninguna divinidad. En el centro del ritual se abre un libro de páginas negras, y de él brotan signos que nadie entiende. Una doctrina escrita con sangre y ceniza.

Las guitarras se superponen como capas de tiempo: Roy Z y Adrian Smith dialogan entre sí, fundiendo armonías que parecen plegarias distorsionadas. El bajo y la batería sostienen el pulso del conjuro; la canción se alarga, se abre, se devora a si misma. Ocho minutos que son un descenso al propio lenguaje, una excavación en la memoria del metal.

En Gates of Urizen, el aire se enfría. Todo se vuelve más lento, más pesado, como si la materia hubiera perdido su fuego. Es un lamento y una oración a la vez. Dickinson canta desde un mundo donde ya no hay dioses, solo puertas cerradas. Veo un cromlech ennegrecido, un portal que se disuelve en niebla; la luz atraviesa las rendijas de la piedra, pero ya no calienta.

Los solos, tristes y brillantes, son el último gesto humano antes del silencio.
El bloque termina allí, en el borde de la noche. El fuego se apaga, el metal se enfría, y en la oscuridad solo queda el pulso del bajo, como un corazón que se niega a morir.

Sin embargo, el fuego no muere, tan solo cambia de forma. Jerusalem llega como un amanecer húmedo sobre colinas verdes. Después del ruido y la oscuridad, suenan los primeros acordes acústicos y el aire se llena de agua. Dickinson canta como un juglar iluminado, con la voz templada por la melancolía.

El poema de Blake se vuelve plegaria, promesa y reconciliación. Llueve, y la lluvia limpia los restos del plomo. Las guitarras crecen como un bosque y, cuando llega el estallido eléctrico, el alma se abre; el metal se ha vuelto espíritu. Las armonías de guitarra son una maravilla en sí mismas; cada nota parece un rayo que atraviesa la niebla. Al final, Arthur Brown recita sobre el arpegio final como un alquimista que observa su obra y sonríe.

Pero la luz no es un descanso; también es prueba. Trumpets of Jericho irrumpe como una guerra sagrada. Los muros vuelven a caer, las trompetas suenan en un desierto nuclear. Dickinson grita entre el polvo y el fuego, no con desesperación, sino con júbilo: el mundo debe romperse para renacer.
Detrás, las guitarras rugen con precisión bélica, incendiándolo todo a su paso.

Luego llega Machine Men, y el metal se vuelve espejo: la humanidad convertida en engranaje. Las guitarras son cuchillas, el ritmo es implacable. Dickinson acusa y profetiza, señalando el sueño de acero que nos devora. La canción no busca consuelo: es el recordatorio de que incluso los hombres de metal llevan dentro una chispa divina esperando despertar.

Y cuando todo parece volver al caos, aparece The Alchemist. Medio tiempo solemne, circular, con un aire setentero y un eco de resurrección. Es la canción del regreso, de la recomposición del alma. En mi mente, el alquimista abre la tumba de los amantes incorruptos de Chemical Wedding y los resucita con la misma llama que ahora arde en su pecho.

El riff inicial es pesado, terrenal, pero el solo se eleva con luz clara, casi a lo Ritchie Blackmore: el oro ya está aquí. El final repite el estribillo de Chemical Wedding, cerrando el círculo: la materia y el espíritu se han unido, el plomo canta.

El disco termina como una visión, un eco que se disuelve en el aire. El fuego se ha vuelto palabra, y la palabra, destino.

Cuando el silencio cae, uno entiende que The Chemical Wedding no es solo un álbum, sino una ceremonia: el sueño de un hombre que quiso ver la eternidad arder dentro del metal.

En el enlace de Spotify encontraréis tres canciones más que no he incluido en la reseña, puesto que son bonus tracks que tienen poco en común con la temática del disco, pero que vale la pena darles una escucha porque son muy buenos. Uno de ellos —Confeos— es todo un homenaje a Deep Purple, con un Dickinson que parece poseído por el espíritu de Ian Gillan.