Julio Cortázar – Perforar la realidad

¿Qué queda de la realidad cuando alteramos las reglas mediante las que la reconocemos? Buena parte de nuestra experiencia descansa sobre certezas que rara vez necesitamos examinar: el tiempo avanza en una dirección, una persona permanece dentro de los límites de su propia identidad, los objetos ocupan el lugar que les corresponde y los acontecimientos obedecen a relaciones que, aunque a veces ignoremos, suponemos comprensibles. Vivimos dentro de ese orden con tanta naturalidad que terminamos confundiéndolo con la realidad misma, sin preguntarnos cuánto depende de nuestra manera de percibirla y organizarla. La obra de Julio Cortázar parece regresar una y otra vez a esa zona de incertidumbre, allí donde una pequeña alteración basta para revelar que algunas de nuestras certezas quizá sean menos firmes de lo que aparentan.

Sus cuentos pueden comenzar en una casa, un autobús, una carretera o una calle cualquiera, espacios reconocibles donde la vida conserva inicialmente sus proporciones habituales, hasta que algo introduce una desviación. A veces se trata de una presencia cuya naturaleza nunca llegamos a conocer; otras, lo que se altera es el tiempo, la identidad o la percepción de un personaje. Lo extraordinario puede incluso permanecer oculto, reducido a una sensación difícil de explicar, porque Cortázar rara vez necesita destruir por completo las leyes del mundo para producir extrañeza: le basta con desplazar ligeramente una de ellas y permitir que las consecuencias se propaguen. Lo inquietante surge entonces de la posibilidad de que aquello que parecía una excepción forme parte también de la realidad y seamos nosotros quienes, acostumbrados a reconocer solamente una de sus formas, hayamos dejado de percibir las demás.

Esa sospecha atraviesa territorios muy distintos de su obra y alcanza también su manera de entender la literatura. El juego, el humor, el jazz, el surrealismo o la ruptura de las estructuras narrativas pueden parecer caminos alejados entre sí, pero todos permiten alterar durante unos instantes los automatismos con los que interpretamos el mundo. Cortázar obliga al lector a cambiar de posición, a aceptar reglas que desconoce o a descubrir un orden allí donde inicialmente solo parecía existir el azar. La literatura se convierte así en un espacio de experimentación desde el que explorar aquello que queda fuera de nuestra percepción habitual, sin necesidad de convertir ese territorio en un sistema cerrado que termine explicándolo.

Tal vez por eso resulte difícil separar en Cortázar lo fantástico de lo cotidiano. La frontera entre ambos se desplaza constantemente y, cuando creemos haber encontrado el lugar exacto donde se produjo la ruptura, descubrimos que la anomalía podía estar allí desde el principio. La pregunta deja entonces de ser qué elemento fantástico ha irrumpido en la realidad y conduce hacia otra mucho más incómoda: qué entendemos exactamente por realidad y por qué estamos tan seguros de reconocerla. Para acercarnos a esa pregunta habrá que regresar a un Cortázar anterior a muchos de sus grandes cuentos y novelas, cuando ya imaginaba la literatura como una forma de abrirse paso a través de las estructuras heredadas. Antes de buscar qué puede haber al otro lado, tendremos que empezar por perforar la pared.

I. Perforar la realidad

En 1947, mucho antes de que Rayuela convirtiera la ruptura de las convenciones narrativas en una de las señas más reconocibles de su obra, Julio Cortázar dedicó varios meses a escribir Teoría del túnel. Notas para una ubicación del surrealismo y el existencialismo, un extenso ensayo que permanecería inédito durante décadas. La fecha resulta especialmente significativa porque pertenece al momento en que comienza a emerger el escritor que después reconoceremos con facilidad: Casa tomada había aparecido poco antes y algunos de los relatos que acabarían formando Bestiario estaban naciendo alrededor de aquellos años. Mientras su ficción comenzaba a internarse en territorios cada vez más extraños, Cortázar reflexionaba sobre las posibilidades de una literatura que ya no parecía conformarse con las formas recibidas.

La imagen elegida para expresar esa búsqueda contiene una violencia que conviene conservar. Un túnel avanza destruyendo aquello que encuentra a su paso y convierte esa destrucción en la condición necesaria para abrir un camino. Cortázar dirige esa operación hacia un lenguaje literario que siente insuficiente, porque las formas heredadas no son recipientes neutrales donde cualquier experiencia pueda ser introducida sin consecuencias: llevan consigo una determinada manera de ordenar el mundo. Las convenciones narrativas, los géneros y las estructuras mediante las que expresamos una experiencia condicionan también aquello que somos capaces de reconocer en ella, de modo que renovar la literatura exige algo más profundo que sustituir unas palabras por otras. Hay que atacar la estructura desde dentro y comprobar qué posibilidades aparecen mientras se abre paso el túnel.

En esa búsqueda adquieren importancia dos movimientos que Cortázar contempla desde lugares diferentes, el surrealismo y el existencialismo. Del primero le interesa especialmente su rebelión contra una concepción de la realidad sometida a los límites de la razón y su voluntad de recuperar territorios de la experiencia que habían quedado relegados al sueño, la imaginación o las asociaciones aparentemente arbitrarias. El existencialismo, por su parte, devuelve la atención hacia el ser humano concreto y su presencia en el mundo. Cortázar encuentra en ambos una insatisfacción que también es la suya y busca una confluencia antes que una elección, porque lo que está en juego supera cualquier adhesión a una escuela literaria: se trata de ampliar las posibilidades mediante las que el ser humano puede relacionarse con lo real.

Esta idea permite entender el surrealismo cortazariano más allá de la imagen insólita o del gusto por lo absurdo. Lo que permanece de aquella influencia es una desconfianza hacia los automatismos que deciden de antemano qué puede formar parte de la realidad y qué debe quedar fuera de ella. Cortázar volverá muchas veces sobre esos límites y encontrará en sus intersticios una zona especialmente fértil, un lugar donde las categorías dejan de ajustarse con precisión y algo inesperado consigue filtrarse entre ellas. Lo fantástico adquiere entonces una condición peculiar: puede surgir sin necesidad de que aparezca un universo alternativo, porque basta con que falle durante unos instantes la organización mediante la que reconocemos el nuestro. La frontera entre lo posible y lo imposible comienza a desplazarse y, con ella, también nuestra seguridad acerca del lugar exacto donde termina uno y comienza el otro.

Teoría del túnel permite así contemplar desde muy temprano una inquietud que recorrerá buena parte de la obra posterior de Cortázar. Con el tiempo cambiarán los procedimientos y las formas serán cada vez más audaces, hasta que Rayuela termine implicando al propio lector en la ruptura, pero la necesidad de atravesar los límites establecidos ya estaba presente. Antes de llegar hasta allí, Cortázar tenía que comprobar qué ocurría cuando aquella perforación se practicaba sobre espacios mucho más pequeños y familiares, lugares donde aparentemente nada justificaba sospechar que la realidad pudiera comportarse de otra manera. Para encontrar uno de ellos basta con abandonar por un momento la teoría y entrar en una vieja casa de Buenos Aires, donde dos hermanos llevan una existencia tranquila y rutinaria hasta que, al otro lado de una puerta, se escucha un ruido.

II. La grieta en lo cotidiano

El ruido llega desde el fondo de la casa y eso es prácticamente todo cuanto sabemos. En Casa tomada, Cortázar no concede una forma a aquello que avanza por las habitaciones ni proporciona indicios suficientes para reconstruir su naturaleza; conocemos la presencia por sus efectos, por el espacio que los hermanos van perdiendo y por las puertas que cierran mientras retroceden ante algo cuya existencia aceptan con una docilidad desconcertante. El origen del relato ayuda a comprender esa indefinición sin necesidad de resolverla: Cortázar contó que la historia había nacido de una pesadilla en la que se encontraba solo en una casa desconocida y escuchaba un ruido al fondo, tras lo cual corría a cerrar una puerta para mantener la amenaza al otro lado. Al despertar escribió el cuento casi inmediatamente y solo entonces, según recordaría después, aparecieron los hermanos y se organizó la narración. La presencia carecía de identidad desde el propio sueño que dio origen al relato, de manera que preguntarse qué ocupa la casa conduce hacia un vacío que el texto se resiste a llenar. A lo largo de los años han aparecido interpretaciones políticas, sociales y psicoanalíticas capaces de otorgar distintos rostros a aquello que permanece detrás de la puerta, pero quizá parte de la fuerza del cuento proceda precisamente de conservar ese lugar disponible. Cada explicación puede iluminarlo durante unos instantes, aunque ninguna consigue agotar una amenaza que Cortázar decidió dejar sin nombre.

Resultaría fácil identificar esa presencia desconocida con la irrupción de lo fantástico en una realidad hasta entonces estable, pero otros cuentos complican enseguida esa lectura. En Ómnibus apenas necesitamos abandonar las leyes del mundo conocido. Clara sube a un autobús un día cualquiera y descubre que casi todos los pasajeros llevan claveles; pronto advierte también que la observan con una hostilidad difícil de comprender. Cuando otro joven sube sin flores, las miradas se dirigen hacia él y entre ambos comienza a formarse una complicidad nacida de compartir una falta cuyo significado desconocen. Cortázar trabaja aquí con elementos completamente ordinarios —un trayecto urbano, unos pasajeros, flores, una sucesión de miradas— y consigue que sus relaciones produzcan una sensación de amenaza creciente. El lector empieza a buscar una explicación al mismo tiempo que Clara, porque intuye que existe una regla que organiza cuanto está sucediendo y que todos parecen conocer salvo ella. Las flores dejan de ser un objeto inocente y adquieren el aspecto de una contraseña; las miradas parecen confirmar la existencia de un código, aunque el relato nunca nos entregue la clave necesaria para descifrarlo. La realidad continúa intacta y, sin embargo, ha dejado de resultarnos familiar.

Años después, al hablar de su relación con lo fantástico, Cortázar recordaría que desde niño había sentido que entre cosas aparentemente bien delimitadas existían intersticios por los que podía filtrarse algo que escapaba a las explicaciones de la lógica habitual. Esa experiencia podía producirse en cualquier lugar y no exigía escenarios preparados para recibir lo extraordinario, porque afectaba a las propias pautas mediante las que organizamos la experiencia. Ómnibus permite comprender hasta dónde puede llegar esa intuición: basta alterar la relación entre elementos cotidianos para que aparezca una realidad cuya lógica intuimos sin llegar a conocer. El extrañamiento nace entonces de nuestra incapacidad para determinar qué regla ha cambiado y, sobre todo, de la sospecha de que quizá ninguna lo haya hecho. Puede que el orden haya estado siempre allí y seamos nosotros, situados por un instante en el lugar equivocado, quienes acabemos de descubrir que ignorábamos su existencia.

Bestiario lleva esa incertidumbre en otra dirección. En la casa de los Funes hay un tigre y su presencia, que debería quebrar inmediatamente cualquier apariencia de normalidad, ha sido incorporada a la organización doméstica. Los habitantes necesitan saber dónde se encuentra para decidir por qué zonas pueden desplazarse, adaptan sus movimientos y continúan con sus vidas dentro de una realidad que ha aceptado lo imposible como una de sus condiciones. Cortázar invierte así el mecanismo que parecía gobernar Casa tomada: allí una presencia inexplicable conquista progresivamente un espacio familiar; aquí la anomalía ya pertenece a la casa y son sus habitantes quienes han aprendido a vivir alrededor de ella. La pregunta acerca de la naturaleza del tigre pierde importancia frente a la facilidad con la que el mundo narrativo lo admite, porque el relato no intenta convencernos de su verosimilitud mediante una explicación extraordinaria, sino que construye una cotidianeidad en la que su existencia ha dejado de necesitarla.

Algo semejante ocurre en Carta a una señorita en París, aunque esta vez la anomalía procede del propio cuerpo. El narrador vomita pequeños conejos y comunica el hecho con una serenidad que desplaza enseguida nuestra atención desde la imposibilidad del fenómeno hacia sus consecuencias. Hay que alimentarlos, esconderlos durante el día, impedir que destruyan el apartamento de Andrée y encontrar un lugar para una presencia que aumenta hasta hacer insostenible el precario equilibrio construido a su alrededor. La precisión práctica con la que se administra una situación absurda termina concediéndole una extraña consistencia: una vez aceptado que alguien puede vomitar un conejo, el relato se preocupa mucho más por averiguar qué hacer con él. Lo fantástico deja así de comportarse como una excepción momentánea y genera su propia normalidad, un pequeño sistema de causas y consecuencias que funciona con rigor mientras la premisa que lo sostiene continúa siendo imposible.

A estas alturas, lo fantástico en Cortázar empieza a resultar difícil de reducir a una fórmula única. Puede ocultar por completo la anomalía, construirla únicamente mediante relaciones entre elementos cotidianos o colocarla ante nosotros con absoluta naturalidad; lo que permanece es la sensación de que las fronteras utilizadas para separar lo posible de lo imposible dependen de una estabilidad mucho más frágil de lo que suponíamos. Puede que por eso su idea de lo fantástico se acerque más a un sentimiento que a una categoría literaria: durante unos instantes, algo desplaza las coordenadas con las que reconocemos el mundo y permite entrever uno de esos intersticios que Cortázar decía percibir desde niño. Hasta ahora, sin embargo, hemos podido observar esas alteraciones conservando una última seguridad: alguien permanece delante de ellas para contárnoslas. La casa puede ser ocupada y un tigre puede alterar sus recorridos, pero seguimos suponiendo que quien mira continúa siendo la misma persona después de haber mirado. Cortázar tampoco tardará demasiado en perforar esa certeza.

III. El lugar desde donde miramos

Mirar parece ofrecernos todavía un lugar seguro. Aunque la realidad pueda contener presencias inexplicables o regirse durante unos instantes por códigos que desconocemos, queda la posibilidad de observarla desde fuera y tratar de comprender qué está sucediendo. Las babas del diablo comienza a erosionar también esa confianza a través de Michel, fotógrafo y traductor, dos ocupaciones que comparten una dificultad esencial: ambas exigen trasladar una realidad a un lenguaje diferente sin poder conservarla intacta. Cuando Michel fotografía a una mujer y a un muchacho en la Île Saint-Louis cree haber capturado algo que estaba sucediendo ante sus ojos, pero aquello que ha visto ya contenía una interpretación. Los gestos, las distancias y las actitudes observadas le permiten imaginar una historia entre ambos, de modo que la fotografía no fija una realidad pura anterior a su mirada, sino un instante que Michel había comenzado a ordenar antes incluso de apretar el disparador.

La cámara tampoco resuelve el problema. Cuando revela la fotografía y la amplía hasta colocarla en la pared, Michel regresa obsesivamente a la escena e intenta comprender aquello que quizá no supo ver la primera vez. La imagen que debía inmovilizar un fragmento del mundo acaba comportándose como una abertura y aquello que parecía definitivamente fijado comienza a transformarse ante sus ojos. Cortázar lleva la incertidumbre hasta la propia voz que intenta contarnos lo sucedido: Michel oscila entre la primera y la tercera persona, duda acerca de cómo narrar y parece incapaz de encontrar una perspectiva estable desde la que reconstruir la experiencia. El fotógrafo, el traductor y el narrador se enfrentan en realidad a un problema semejante, porque mirar, traducir o contar obliga a seleccionar y establecer relaciones entre elementos que por sí solos no proporcionan un significado. La realidad se vuelve inseparable de las operaciones mediante las que intentamos comprenderla, y el observador descubre que nunca estuvo tan lejos de aquello que observaba como había supuesto.

En Axolotl esa distancia termina por desaparecer. El narrador visita el acuario del Jardin des Plantes y comienza a contemplar durante horas a unas criaturas cuya inmovilidad despierta en él una fascinación cada vez más intensa. El cristal establece una frontera aparentemente perfecta: de un lado permanece el hombre que observa y del otro los axolotl, encerrados en un mundo acuático al que solo puede acceder mediante la mirada. Sin embargo, cuanto más intenta comprenderlos, más difícil resulta conservar esa separación, hasta que la conciencia atraviesa el vidrio sin que exista un instante preciso en el que podamos señalar que se ha producido el tránsito. El hombre continúa allí, frente al acuario, pero quien lo contempla ahora lo hace desde el otro lado. La barrera física permanece intacta mientras la distinción entre observador y observado acaba de derrumbarse.

Cortázar introduce así una metamorfosis que resulta inquietante precisamente porque evita explicar su mecanismo. El relato no necesita mostrar una transformación corporal ni encontrar una causa que permita justificar el desplazamiento de la conciencia; le basta con alterar el lugar desde el que se pronuncia el yo. Aquello que inicialmente parecía una obsesión por conocer una forma de existencia ajena termina cuestionando la seguridad de la identidad que pretendía conocerla. Mirar deja de ser una operación sin consecuencias, porque la atención sostenida sobre el otro abre la posibilidad de que la frontera que lo separa de nosotros dependa también de categorías menos firmes de lo que creíamos. El cristal del acuario se convierte de ese modo en otro de los límites que Cortázar puede atravesar sin necesidad de romperlos.

La noche boca arriba desplaza el problema hacia el propio lector. Después de un accidente de motocicleta, un hombre es trasladado a un hospital y comienza a experimentar durante el sueño la persecución de un moteca destinado al sacrificio. Cortázar alterna ambas experiencias y permite que establezcamos rápidamente una jerarquía entre ellas: el hospital pertenece a la vigilia y la persecución al sueño. Sin embargo, esa clasificación depende en buena medida de nosotros. Reconocemos la motocicleta, las calles, los médicos y la cama del hospital como elementos de un mundo compatible con nuestra experiencia, mientras aceptamos que la huida a través de la selva pertenece a una pesadilla provocada por la fiebre. Cuando el relato invierte finalmente esa relación y descubrimos que el hombre perseguido soñaba un futuro incomprensible de luces, edificios y una máquina de metal entre sus piernas, la revelación modifica también nuestra posición como lectores: Cortázar no necesitaba convencernos de cuál era la realidad porque nosotros habíamos realizado ese trabajo por él.

La trampa resulta especialmente significativa porque muestra hasta qué punto llevamos nuestras propias categorías al interior de una ficción. Frente a las dos experiencias del protagonista, hemos utilizado aquello que conocemos para decidir cuál debía contener a la otra y solo después descubrimos que familiaridad y realidad no eran necesariamente equivalentes. El tiempo contribuye a deshacer todavía más esa seguridad, ya que las dos historias parecen aproximarse a medida que avanza el relato hasta que sueño, vigilia, pasado y presente dejan de ocupar los lugares que les habíamos asignado. La mirada que pretendía observar desde fuera vuelve a quedar implicada en aquello que intenta ordenar, aunque esta vez esa mirada sea la nuestra. Los intersticios de Cortázar ya no se abren únicamente dentro del mundo narrado: pueden aparecer también entre el texto y quien lo está leyendo.

Continuidad de los parques lleva esa posibilidad hasta sus últimas consecuencias con una economía casi perfecta. Un hombre se sienta a leer una novela y se abandona progresivamente a ella mientras dos amantes avanzan hacia el lugar donde debe consumarse un asesinato. El lector del cuento contempla al lector de la novela, ambos aparentemente protegidos por la misma certeza de encontrarse fuera de la ficción que observan, hasta que el recorrido del asesino termina en una habitación donde un hombre está sentado en un sillón leyendo. La separación entre ambos planos desaparece justo cuando parecía más evidente y convierte el acto de lectura en otra frontera atravesable. Cortázar consigue así que una operación tan cotidiana como abrir un libro reproduzca el mismo problema que había planteado ante una fotografía o el cristal de un acuario: nunca resulta completamente seguro dónde termina aquello que miramos y dónde comienza el lugar desde el que creemos estar mirándolo.

Después de atravesar estas fronteras, conservar intacta la figura del observador resulta cada vez más difícil. La percepción puede construir aquello que pretende registrar, una conciencia puede encontrarse al otro lado del cristal y el lector puede descubrir demasiado tarde que había aceptado como naturales unas reglas que el relato jamás le garantizó. Cortázar ha desplazado el problema desde las anomalías del mundo hacia los instrumentos con los que intentamos reconocerlo, y entre ellos queda todavía uno cuya estabilidad parecía tan elemental que apenas necesitábamos preguntarnos por ella. Podemos dudar de lo que vemos e incluso de quién está mirando, pero seguimos organizando esas experiencias mediante un tiempo que avanza, ordena los acontecimientos y mantiene separados el antes y el después. Para Johnny Carter, esa seguridad tampoco significa gran cosa.

IV. El tiempo fuera del reloj

Entre dos estaciones de metro pueden transcurrir apenas unos minutos y, sin embargo, Johnny Carter sabe que dentro de ese intervalo cabe mucho más tiempo del que permiten los relojes. En El perseguidor, el saxofonista intenta explicar a Bruno una experiencia que se resiste continuamente a sus palabras: durante un trayecto breve puede pensar, recordar y vivir una sucesión de acontecimientos cuya duración parece incompatible con el tiempo empleado por el tren. El metro proporciona una medida exterior casi perfecta, hecha de estaciones consecutivas y recorridos calculables, mientras la conciencia de Johnny experimenta otra temporalidad que se dilata sin alterar el movimiento de los vagones. Ambas suceden simultáneamente y ninguna consigue explicar por completo a la otra. Cortázar conocía bien esa sensación; años después reconocería el carácter autobiográfico del episodio y hablaría de ciertos «estados de pasaje» en los que la experiencia ordinaria del tiempo parecía suspenderse, momentos fugaces en los que creía percibir una salida hacia algo que no sabía definir.

Johnny tampoco posee una teoría capaz de explicar aquello que experimenta. Sus intuiciones aparecen fragmentadas, convertidas en imágenes o afirmaciones que Bruno escucha con una mezcla de fascinación e incomprensión, porque el músico parece perseguir algo que apenas consigue formular. Cuando afirma que está tocando mañana, la frase resulta absurda si se interpreta desde una cronología donde cada acontecimiento debe ocupar su posición correspondiente, pero describe con sorprendente precisión la experiencia que intenta comunicar. Johnny siente que el tiempo medido es insuficiente y busca una abertura por la que escapar de él, aunque cada intento de convertir esa intuición en pensamiento ordenado termine alejándolo de aquello que había percibido. Hay, sin embargo, un lugar donde esa dificultad parece disminuir: cuando deja de hablar y empieza a tocar.

El jazz introduce otra relación con el tiempo porque la improvisación solo puede existir dentro de una estructura que, al mismo tiempo, permite desviarse de ella. El músico comparte con los demás una pulsación, unas relaciones armónicas y un material sobre el que construir, pero ninguna de esas coordenadas determina completamente aquello que sucederá en el instante siguiente. Puede anticiparse al pulso, demorarlo, desplazar los acentos o transformar una frase mientras el resto de los músicos responde a decisiones que están ocurriendo en tiempo real. El orden permanece y precisamente por eso la libertad puede adquirir sentido dentro de él. Cortázar, apasionado por el jazz desde mucho antes de escribir El perseguidor, encontró en esa tensión una forma especialmente fértil de pensar la experiencia: el tiempo deja de ser únicamente una sucesión de unidades idénticas y se convierte en algo que puede estirarse, comprimirse o adquirir densidades diferentes sin abandonar por completo la estructura que lo sostiene.

La elección de Charlie Parker como origen reconocible de Johnny Carter lleva esta cuestión todavía más lejos. Parker había sido una de las figuras centrales del bebop, una transformación profunda del lenguaje jazzístico que amplió las posibilidades rítmicas, armónicas y melódicas de la improvisación. Cortázar no intenta reconstruir su biografía bajo otro nombre; utiliza algunos de sus rasgos para crear a un músico cuya búsqueda artística puede llevar hasta un territorio que una biografía convencional difícilmente alcanzaría. Johnny pertenece a una música que había ensanchado sus propias reglas y, mientras toca, parece intentar una operación semejante sobre el tiempo. Sus improvisaciones no eliminan la estructura musical, sino que descubren posibilidades dentro de ella que solo existen durante el acto de tocarlas, de modo que aquello que desde fuera podría parecer desorden responde a relaciones que están siendo creadas y modificadas en el mismo momento de su aparición.

Bruno observa esa búsqueda desde una posición muy diferente. Como crítico puede describir a Johnny, situarlo dentro de la historia del jazz y convertir su música en discurso, pero cada explicación corre el riesgo de fijar aquello que para el saxofonista solo existe mientras está sucediendo. La distancia entre ambos recuerda el problema que Cortázar había planteado alrededor de la mirada: conocer una experiencia desde fuera implica traducirla a unas categorías que quizá terminen transformándola. Bruno necesita construir un Johnny inteligible, mientras el hombre que tiene delante continúa escapando de esa imagen mediante intuiciones que él mismo apenas comprende. La música conserva entonces algo que el lenguaje crítico difícilmente puede retener, porque su significado no depende únicamente de aquello que expresa, sino también del tiempo irrepetible en que se produce.

Por eso el jazz ocupa en Cortázar un lugar que desborda la afición musical y permite acercarse a su propia manera de entender la literatura. La improvisación demuestra que una estructura puede contener posibilidades que no estaban decididas de antemano y que el orden no necesita convertirse en rigidez para seguir existiendo. Algo semejante empieza a percibirse en una escritura que desplaza perspectivas, altera temporalidades y obliga al lector a reconstruir relaciones entre elementos cuya conexión no siempre resulta inmediata. La aparente libertad de muchos textos cortazarianos descansa sobre construcciones extremadamente precisas, del mismo modo que una improvisación puede producir la impresión de estar inventando su camino mientras conserva debajo una arquitectura que hace posible cada desvío.

Johnny nunca consigue demostrar que exista un tiempo verdadero escondido detrás del que marcan los relojes, y quizá por eso su persecución conserva toda su fuerza. Ha experimentado una discordancia, un instante en el que las medidas habituales dejaron de corresponderse con aquello que estaba viviendo, y la música le permite regresar una y otra vez a esa abertura sin clausurarla mediante una explicación. Después de atravesar casas, imágenes, cuerpos y conciencias, el intersticio aparece ahora dentro de una de las coordenadas fundamentales con las que ordenamos la realidad. Si unos minutos pueden contener una duración inesperada y una improvisación puede descubrir relaciones que solo existen mientras se está tocando, queda abierta otra posibilidad: que los acontecimientos aparentemente dispersos de una vida tampoco sean tan independientes como parecen. Tal vez algunas coincidencias, encuentros y recorridos formen dibujos que solo conseguimos reconocer cuando dejamos de contemplarlos por separado.

V. Las estrellas no saben que forman una constelación

Una constelación solo existe para quien puede contemplar desde cierta distancia estrellas que, separadas por extensiones enormes, ignoran el dibujo que forman juntas. Cortázar recurrió alguna vez a esta imagen, tomada de una idea que atribuía a Cocteau, para explicar aquello que llamaba figuras: relaciones entre acontecimientos aparentemente independientes cuya conexión escapa a las formas habituales de causalidad. Desde niño había experimentado la sensación de que determinados hechos podían responder a unas leyes diferentes de las que utilizamos para organizar racionalmente el mundo, unas «leyes de la noche» que para él podían ser tan rigurosas como las demás aunque permanecieran fuera de nuestro alcance. Una puerta que se golpea, un olor percibido en ese mismo instante y el ladrido posterior de un perro podían ser considerados simples coincidencias; Cortázar, en cambio, sentía que los tres acontecimientos habían cerrado una figura.

La diferencia resulta importante porque una figura no equivale necesariamente a un destino oculto que dirige los acontecimientos ni exige imaginar una fuerza sobrenatural encargada de relacionarlos. Lo que Cortázar cuestiona es nuestra tendencia a considerar la casualidad como explicación suficiente cuando dos hechos coinciden sin que podamos establecer entre ellos una relación causal. Para él quedaba abierta la posibilidad de que existieran conexiones cuya lógica desconocemos, del mismo modo que cada estrella de una constelación podría contemplar a las demás sin percibir jamás la forma que adquieren desde otro lugar. La figura depende así de una perspectiva capaz de reunir elementos dispersos, aunque nada garantice que el ser humano pueda ocuparla durante el tiempo suficiente para comprender aquello que apenas ha entrevisto.

Esta intuición encuentra una primera formulación literaria especialmente clara en Persio, uno de los personajes de Los premios, cuya mirada intenta descubrir configuraciones detrás de los acontecimientos que rodean el viaje del Malcolm. Su presencia permite que una idea procedente de la experiencia personal de Cortázar empiece a convertirse en procedimiento narrativo, pero las figuras terminarán desbordando a los personajes capaces de intuirlas. En buena parte de su obra, un encuentro inesperado, una repetición o una coincidencia pueden adquirir retrospectivamente un significado que ninguno de sus participantes habría podido prever. La causalidad continúa funcionando, aunque deja de ser la única manera posible de relacionar los hechos; junto a ella aparece una red de correspondencias cuya forma solo se vuelve perceptible cuando acontecimientos separados comienzan a resonar entre sí.

La ciudad ofrece un territorio privilegiado para que esas relaciones aparezcan. París adquiere en la obra de Cortázar una importancia que supera su condición de escenario porque caminar por sus calles permite entrar en contacto con lo imprevisto, modificar un recorrido y encontrar aquello que no se estaba buscando. En Rayuela, Oliveira y la Maga pueden desplazarse por la ciudad confiando en encuentros cuya posibilidad depende de una combinación improbable de decisiones, calles y momentos, y esa disponibilidad ante el azar transforma el espacio urbano en una superficie donde continuamente parecen insinuarse figuras. Cada recorrido contiene innumerables bifurcaciones y cada elección descarta otras tantas posibilidades, de manera que un encuentro fortuito puede sentirse menos como la interrupción de un itinerario que como el instante en que varios recorridos independientes revelan durante unos segundos que podían cruzarse.

Algo semejante empieza a suceder con la propia construcción literaria. Un episodio puede modificar el significado de otro situado muchas páginas atrás; una idea reaparece bajo una forma diferente y obliga a reconsiderar aquello que creíamos haber comprendido; fragmentos alejados entre sí establecen relaciones que el lector debe reconocer sin disponer siempre de una explicación que las ordene. Rayuela llevará esta posibilidad mucho más lejos y convertirá el desplazamiento por el libro en parte de la experiencia de lectura, pero la intuición que sostiene ese procedimiento pertenece al mismo territorio de las figuras: elementos separados pueden formar una configuración cuyo sentido depende de la capacidad para contemplarlos juntos. El lector empieza entonces a ocupar provisionalmente el lugar desde el que algunas estrellas dejan de parecer puntos aislados.

Cortázar intentará llevar esta búsqueda todavía más lejos en 62/Modelo para armar, novela nacida precisamente de una posibilidad planteada en el capítulo 62 de Rayuela. Allí, Morelli imagina una narración capaz de escapar de la explicación psicológica convencional, donde los personajes no tuvieran que resultar completamente comprensibles mediante motivaciones que autor y lector pudieran reconstruir. 62 explora esa posibilidad mediante personajes y acontecimientos conectados por relaciones que no siempre conocen quienes participan en ellas, como si la figura hubiera dejado de ser únicamente una intuición temática para intervenir en la propia arquitectura de la novela. La pregunta por las causas continúa presente, pero comparte espacio con otra más difícil de responder: qué dibujo pueden estar formando esos actos cuando dejan de contemplarse por separado.

Las figuras prolongan así la sospecha que venimos siguiendo desde el comienzo. Después de descubrir que el tiempo del reloj no agota nuestra experiencia temporal, también la causalidad empieza a mostrarse insuficiente para describir todas las relaciones que Cortázar cree percibir entre los acontecimientos. No necesitamos aceptar que esas conexiones existan fuera de la literatura para comprender la potencia de la pregunta que plantean; basta con admitir que nuestra manera habitual de organizar el mundo selecciona unas relaciones y deja otras fuera. Cortázar encuentra precisamente en esas zonas descartadas un territorio para la ficción, porque allí donde una explicación racional se detiene puede comenzar una forma diferente de atención. Sin embargo, semejante exploración no exige permanecer eternamente contemplando constelaciones y misteriosas leyes nocturnas. A veces basta con enfrentarse a un problema mucho más urgente: averiguar qué debe hacer exactamente una persona para subir una escalera.

VI. Instrucciones para desaprender el mundo

Subir una escalera parece una operación sencilla hasta que alguien nos obliga a pensar en ella. Sabemos dónde colocar los pies, cómo desplazar el peso del cuerpo y en qué momento debe intervenir cada pierna, pero ese conocimiento permanece normalmente fuera de nuestra atención porque la costumbre ha convertido la secuencia en un gesto automático. En las Instrucciones para subir una escalera, Cortázar interrumpe ese automatismo y contempla la acción desde una distancia absurda, descomponiéndola con la minuciosidad de quien intenta explicar una actividad desconocida. El procedimiento produce humor porque aplica la solemnidad de un manual a algo que ningún lector necesita aprender, aunque debajo de la broma sucede una operación más interesante: durante unos instantes dejamos de reconocer la escalera de la manera habitual y volvemos a verla. Aquello que parecía completamente familiar recupera una pequeña dosis de extrañeza.

Las instrucciones reunidas en Historias de cronopios y de famas exploran una y otra vez esa posibilidad. Cortázar explica cómo llorar, cómo cantar o cómo dar cuerda a un reloj y somete experiencias perfectamente conocidas a reglas que alteran nuestra relación con ellas. La precisión del lenguaje práctico termina revelando hasta qué punto muchas acciones habían desaparecido detrás de la costumbre, mientras objetos aparentemente inocentes pueden adquirir significados inesperados cuando dejamos de aceptar automáticamente su función. El reloj resulta especialmente significativo porque regresa, bajo una forma humorística, a un problema que Johnny Carter había planteado desde un lugar mucho más angustioso: creemos utilizar un instrumento para medir nuestro tiempo y descubrimos que nuestra vida también empieza a organizarse alrededor de aquello que la mide. Cortázar cambia de registro, pero continúa desplazando ligeramente el punto desde el que contemplamos una realidad demasiado conocida.

Ese desplazamiento forma parte de una lucha más amplia contra lo que en distintos momentos de su obra aparece asociado a la Gran Costumbre, el conjunto de hábitos, categorías y respuestas heredadas que permiten desenvolvernos cómodamente en el mundo a cambio de dejar de preguntarnos por él. El humor se convierte entonces en una herramienta particularmente eficaz porque modifica el ángulo de la mirada sin necesidad de introducir ninguna anomalía sobrenatural. Basta tomar en serio una premisa ridícula, alterar el uso de una palabra o aplicar una lógica impecable a una situación absurda para que el sentido común pierda durante unos instantes su apariencia de necesidad. Cortázar no pretende que vivamos permanentemente desconcertados ante una escalera, pero sí parece interesado en recuperar la posibilidad de mirarla antes de que la costumbre nos diga todo lo que debemos pensar acerca de ella.

Los cronopios, los famas y las esperanzas habitan precisamente ese territorio. Resultaría tentador convertirlos en categorías estables y asignar a cada uno un significado definitivo, pero hacerlo supondría someterlos al mismo impulso clasificatorio que muchos de esos textos ponen en cuestión. Importa más observar cómo sus diferentes comportamientos deforman las convenciones de nuestra propia vida hasta hacerlas visibles. Los famas organizan, registran y toman precauciones; los cronopios se relacionan con las cosas mediante una lógica que altera constantemente su utilidad prevista, mientras las esperanzas ocupan otro lugar dentro de ese pequeño universo. Sus conductas pueden parecer caprichosas, aunque el absurdo rara vez significa ausencia de reglas: Cortázar inventa una premisa y después permite que sus consecuencias se desarrollen con una coherencia que termina haciendo sospechosa nuestra propia normalidad. En una carta escrita mientras aquellos textos comenzaban a tomar forma en París, describió esos ejercicios como juegos espontáneos, pero advirtió también que bajo su ligereza circulaban aguas bastante más intencionadas.

En esa combinación de rigor y disparate pueden reconocerse ecos del surrealismo que ya había interesado al joven Cortázar, aunque también la cercanía de otra tradición que difícilmente podía resultarle indiferente: la patafísica de Alfred Jarry, fascinada por las excepciones y las soluciones imaginarias. Ambas permiten comprender por qué el absurdo cortazariano posee tantas veces una lógica propia en lugar de limitarse a la acumulación arbitraria de extravagancias. El juego crea reglas provisionales y nos invita a aceptarlas durante el tiempo necesario para comprobar qué mundo producen; justamente ahí reside su seriedad. Cortázar insistió en que jugar, entendido con la intensidad que posee el juego infantil, nunca había sido para él una actividad frívola. El niño acepta unas reglas y entra completamente en el espacio que ellas construyen, pero conserva al mismo tiempo una libertad que el adulto suele perder cuando confunde las convenciones de su mundo con leyes inevitables.

Por eso existe una afinidad profunda entre el juego y la improvisación que encontrábamos en el jazz. Ambos necesitan una estructura para que la libertad tenga algo sobre lo que actuar. El músico puede desviarse del pulso porque existe un pulso compartido; el jugador puede inventar estrategias porque previamente ha aceptado unas reglas; Cortázar puede trastornar el lenguaje porque el lector reconoce aquello que está siendo trastornado. La ruptura deja entonces de consistir únicamente en destruir una forma anterior y empieza a parecerse a la creación de un sistema provisional donde otras relaciones se vuelven posibles. Quizá por eso su literatura juega tantas veces con el lector en lugar de limitarse a contarle una historia: aceptar una regla inesperada significa abandonar durante un momento las que parecían naturales y descubrir que el mundo continúa funcionando, aunque lo haga de otra manera.

Con el tiempo, esa voluntad lúdica terminará afectando también a la forma material de sus libros. La vuelta al día en ochenta mundos y Último round reúnen textos, imágenes, recuerdos, comentarios y experimentos que se resisten a permanecer dentro de una categoría estable, recuperando algo de la libertad heterogénea del almanaque. La página puede convertirse en un espacio de encuentro entre materiales diferentes y la lectura deja de avanzar necesariamente bajo las convenciones de un género único. El juego que había conseguido volver extraña una escalera comienza así a intervenir sobre el objeto que contiene la propia escritura, preparando un territorio donde también el lector tendrá que aprender nuevas reglas para orientarse.

Hasta ahora hemos podido abandonar esas reglas cuando el juego terminaba. Cerramos el libro y sabemos nuevamente cómo funciona una escalera, qué esperamos de un reloj y qué comportamiento resulta razonable en una situación cotidiana. Pero Cortázar también imaginó circunstancias en las que las reglas habituales dejan de servir sin que nadie haya decidido jugar. Basta que una autopista construida para avanzar quede inmóvil durante el tiempo suficiente. Entonces ya no podemos regresar inmediatamente a la Gran Costumbre, porque cientos de personas atrapadas entre automóviles tendrán que descubrir cómo organizar su existencia mientras esperan que el mundo conocido vuelva a ponerse en marcha.

VII. Cuando la autopista dejó de avanzar

Una autopista existe para avanzar y el automóvil promete a quien lo conduce libertad de movimiento, pero basta que demasiados vehículos intenten utilizar simultáneamente esa libertad para producir el resultado contrario. Cortázar encontró en esa contradicción el punto de partida de La autopista del Sur, después de leer en Italia un artículo que restaba importancia a los grandes embotellamientos y sentir que aquella mirada ignoraba algo esencial de la sociedad moderna. En su relato, la interrupción del tráfico deja de ser pronto una molestia pasajera y adquiere proporciones que alteran por completo la función del espacio: los automóviles permanecen inmóviles durante horas que terminan convirtiéndose en días, el destino hacia el que se dirigían pierde importancia inmediata y una infraestructura construida exclusivamente para circular comienza a transformarse en un lugar donde hay que aprender a vivir.

Los conductores llegan allí como desconocidos y durante un tiempo continúan comportándose como individuos accidentalmente detenidos unos junto a otros. Ni siquiera poseen nombres para nosotros: son el ingeniero del Peugeot 404, la muchacha del Dauphine, las monjas del 2HP o los ocupantes de otros vehículos que funcionan al principio como pequeñas unidades privadas. La prolongación del atasco vuelve insuficiente ese aislamiento, porque aparecen necesidades que cada conductor difícilmente puede resolver por sí mismo. Hace falta conseguir agua y alimentos, intercambiar información, atender a quienes enferman y averiguar qué sucede en otros puntos de una carretera cuya extensión empieza a resultar imposible de abarcar. Las distancias entre automóviles permanecen prácticamente idénticas, pero las relaciones entre quienes los ocupan han cambiado y, con ellas, también la naturaleza del espacio.

La autopista se convierte entonces en una comunidad improvisada. Surgen repartos de tareas, formas de cooperación y responsabilidades que nadie había previsto cuando comenzó el viaje; algunas personas adquieren funciones determinadas y otras establecen vínculos afectivos que solo pueden desarrollarse dentro de aquella situación excepcional. Cortázar hablaría posteriormente de la formación de una «célula humana», una expresión especialmente adecuada porque el nuevo orden no responde a un proyecto elaborado de antemano, sino que crece a medida que las circunstancias lo necesitan. Las reglas aparecen durante la convivencia y se modifican con ella, mientras cientos de personas que únicamente compartían la dirección de sus vehículos empiezan a depender unas de otras. La inmovilidad que había destruido temporalmente la función de la autopista termina creando unas posibilidades de relación que el movimiento normal habría hecho imposibles.

También el tiempo necesita reorganizarse. Al comienzo todavía puede medirse la espera con los relojes y calcularse el retraso respecto a una llegada prevista, pero esas referencias pierden utilidad conforme el atasco se prolonga. El día y la noche, el hambre, el frío o las necesidades del grupo adquieren mayor importancia que un horario pensado para un mundo donde los automóviles circulan. Si Johnny Carter había experimentado cómo unos pocos minutos podían contener una duración inesperada, aquí Cortázar realiza una operación diferente: prolonga una interrupción hasta permitir que dentro de ella aparezca una historia. Los desconocidos acumulan recuerdos comunes, atraviesan dificultades y empiezan a imaginar un futuro inmediato cuya forma depende de que el tráfico continúe detenido. Aquello que inicialmente parecía un intervalo entre un origen y un destino acaba convirtiéndose en un presente con suficiente densidad para dejar de sentirse provisional.

La paradoja consiste en que toda esa organización existe mientras sus miembros desean que deje de ser necesaria. Nadie ha llegado a la autopista buscando aquella comunidad y todos esperan recuperar el movimiento que les fue arrebatado, pero cuanto más dura la espera, más difícil resulta reducirla a una simple interrupción. Entre el ingeniero y la muchacha del Dauphine nace una relación que apunta incluso hacia un posible futuro compartido, mientras alrededor de ellos la convivencia ha producido afectos, obligaciones y pérdidas. El atasco ha dejado de ser únicamente aquello que impide llegar a otra parte; se ha convertido en el lugar donde están sucediendo sus vidas.

Cuando los automóviles empiezan finalmente a moverse, la solución del problema destruye el mundo que había nacido de él. Primero avanzan con cautela y todavía parece posible conservar las posiciones y los vínculos construidos durante la espera, pero la velocidad aumenta, las filas cambian y los vehículos comienzan a separarse. El ingeniero intenta mantener cerca al Dauphine mientras el tráfico recupera progresivamente su lógica anterior, aunque cuanto mejor funciona la autopista más difícil resulta conservar las relaciones surgidas durante su fracaso. Los automóviles vuelven a ser unidades móviles dirigidas hacia destinos particulares y aquella sociedad provisional se dispersa entre carriles que ya no permiten detenerse para averiguar dónde han quedado los demás.

Cortázar consigue así invertir la anomalía con la que había comenzado el relato. La inmovilidad que inicialmente quebraba el orden cotidiano termina produciendo una normalidad propia, mientras el regreso del movimiento se experimenta como una pérdida. La estructura recupera su función y precisamente entonces desaparecen las posibilidades que habían surgido mientras permanecía suspendida. No hace falta idealizar aquella comunidad ni convertir el atasco en una utopía para reconocer lo que el relato ha permitido contemplar: bajo determinadas condiciones, unas reglas que parecían inevitables pueden dejar de servir y otras formas de organización pueden emerger dentro del espacio que han abandonado. Cuando las primeras regresan, descubrimos además la velocidad con la que son capaces de borrar casi todo aquello que había existido durante su ausencia.

La autopista vuelve finalmente a avanzar y cada vehículo recupera el recorrido que había interrumpido, pero después de haber vivido dentro de aquella suspensión resulta difícil contemplarla de la misma manera. Cortázar ha tomado una estructura diseñada para conducir en una dirección determinada, ha detenido su funcionamiento y ha descubierto dentro de esa interrupción relaciones que el movimiento mantenía separadas. A estas alturas de su obra, el procedimiento puede aplicarse a algo más que una carretera. Existe otra estructura construida para avanzar, organizada mediante una sucesión que hemos aprendido a recorrer desde el comienzo hasta el final y cuya dirección rara vez sentimos la necesidad de cuestionar. Basta abrir un libro y empezar por la primera página.

VIII. El lector entra en el túnel

Antes de alcanzar la primera página de Rayuela, el lector ya tiene que tomar una decisión. El tablero de dirección le ofrece la posibilidad de recorrer el libro de la manera habitual, avanzando hasta el capítulo 56, o comenzar en el 73 y continuar mediante una sucesión de saltos indicada al final de cada capítulo. El gesto adquirió tanta notoriedad que terminó convirtiéndose en una de las características más reconocibles de la novela, aunque reducir su ruptura a esa posibilidad significaría confundir el mecanismo con aquello que pretende provocar. Cortázar no estaba interesado únicamente en modificar el orden de unas páginas; quería alterar la posición de quien las lee. Una novela puede convertirse también en una forma de costumbre cuando el lector acepta avanzar por ella sin preguntarse por las reglas que organizan su recorrido, de modo que cambiar el camino obliga, al menos durante un instante, a recuperar la conciencia de estar leyendo.

Morelli permite que esa inquietud entre en la propia novela. Sus notas imaginan una literatura que se resista a entregar al lector una experiencia completamente organizada y lo obligue a participar en la construcción del sentido, un proyecto donde la escritura deja espacios abiertos que deben ser recorridos desde el otro lado de la página. Cortázar hablaría del «lector cómplice» para designar esa participación y lo contrapuso en Rayuela al desafortunado «lector-hembra», expresión con la que pretendía referirse al lector pasivo y cuyo carácter machista reconocería y lamentaría posteriormente. Lo importante detrás de aquella terminología es la insatisfacción que la provoca: Cortázar desconfía de una narración capaz de hipnotizar hasta el punto de convertir la lectura en recepción pasiva, porque el libro corre entonces el riesgo de funcionar como otra estructura que decide de antemano el lugar que debemos ocupar.

Seguir el tablero tampoco garantiza por sí mismo esa libertad. Saltar del capítulo 73 al 1 y continuar obedientemente las indicaciones puede convertirse en otra forma de aceptar un recorrido establecido; la verdadera participación comienza cuando el lector necesita establecer relaciones entre aquello que encuentra durante el camino. Los capítulos llamados «prescindibles» introducen citas, reflexiones, Morellianas y materiales que modifican desde la distancia otros momentos de la novela, mientras una idea puede reaparecer muchas páginas después y alterar retrospectivamente aquello que creíamos haber comprendido. La discontinuidad obliga a conservar fragmentos en la memoria y descubrir posibles conexiones entre ellos, hasta que leer empieza a parecerse menos a seguir una línea que a reconocer una figura.

El propio proceso de composición muestra cuánto trabajo existe detrás de esa apariencia fragmentaria. Cortázar ensayó diferentes ordenamientos para los materiales que había escrito antes de llegar a la disposición publicada, buscando una forma capaz de conservar la apertura sin reducir el libro a una acumulación arbitraria de fragmentos. La libertad necesitaba una arquitectura, del mismo modo que la improvisación necesita unas coordenadas dentro de las cuales pueda producirse lo inesperado. No sorprende que el jazz atraviese Rayuela y acompañe muchas de las reuniones del Club de la Serpiente: más allá de las referencias musicales, existe una afinidad entre esa música y una novela que organiza materiales cuidadosamente para permitir desplazamientos, variaciones y encuentros cuya forma completa solo aparece durante la experiencia de recorrerlos.

París participa de esa misma disponibilidad. Oliveira y la Maga caminan, se buscan sin haber concertado siempre sus encuentros y convierten la ciudad en una red de posibilidades donde una calle elegida puede modificar aquello que sucederá después. El recorrido urbano y el recorrido del libro empiezan a reflejarse sin necesidad de coincidir exactamente: ambos permiten avanzar mediante desvíos y aceptar que una dirección inesperada pueda conducir hacia relaciones que un itinerario previamente fijado habría dejado fuera. La búsqueda de Oliveira se alimenta de esa apertura, aunque aquello que persigue cambie continuamente de nombre y permanezca fuera de su alcance. El centro, el kibbutz del deseo o el cielo de la rayuela señalan hacia una plenitud que el personaje intuye sin conseguir convertirla en un lugar estable al que finalmente pueda llegar.

Por eso el juego contenido en el título resulta más ambiguo de lo que parece. La rayuela posee unas reglas y un recorrido, pero su objetivo consiste en alcanzar un cielo dibujado en el suelo mediante una sucesión de saltos que siempre puede volver a comenzar. Cortázar transforma esa imagen infantil en una estructura capaz de contener la búsqueda de Oliveira y también la del lector, que avanza por el libro intentando construir una unidad a partir de fragmentos cuya relación nunca queda completamente clausurada. Las figuras reaparecen entonces bajo una nueva forma: cada capítulo puede ser una estrella aislada hasta que otro, situado muy lejos, permite percibir una constelación provisional. Nada garantiza que sea la única posible ni que Cortázar haya escondido detrás de ella una solución definitiva esperando ser descubierta.

En ese punto, Rayuela comienza a encontrarse con una preocupación mucho más antigua de su autor. En 1947, Teoría del túnel había imaginado la necesidad de atacar desde dentro unas formas literarias que Cortázar consideraba insuficientes para ampliar la experiencia de lo real. Dieciséis años después, la novela ya no se limita a formular aquella necesidad: construye un objeto que intenta convertir la ruptura en experiencia de lectura. El túnel ha atravesado el lenguaje, la continuidad narrativa y la relación tradicional entre autor y lector, pero su avance no desemboca en una nueva forma destinada a sustituir definitivamente a la anterior. Cortázar desconfiaría también de esa comodidad. Lo que importa es conservar la posibilidad de desplazarse, establecer otras relaciones y participar en una búsqueda cuyo resultado continúa abierto.

Por eso Rayuela se resiste incluso a proporcionar la satisfacción de una llegada definitiva. El recorrido indicado por el tablero termina haciendo circular al lector entre dos capítulos, como si después de tantos desplazamientos el libro se negara a concederle una casilla donde pudiera instalarse y declarar terminado el viaje. Oliveira tampoco alcanza el centro que persigue y Morelli no entrega la teoría capaz de ordenar todos los fragmentos. El túnel permanece abierto, pero al otro extremo no espera una explicación que revele finalmente la verdadera estructura del mundo. Después de recorrerlo, lo único que ha cambiado con seguridad es nuestra posición: hemos aprendido a desconfiar de algunas paredes que antes parecían sólidas y sabemos que una abertura puede aparecer en los lugares más inesperados. Queda entonces regresar a la pregunta con la que comenzó nuestro recorrido y comprobar si todavía significa lo mismo.

Del otro lado

Tal vez la pregunta con la que comenzamos estuviera mal formulada. Hemos buscado durante todo este recorrido qué podía quedar de la realidad cuando alteramos las reglas mediante las que la reconocemos, suponiendo de algún modo que detrás de esas reglas encontraríamos otra cosa, un territorio diferente al que sería posible acceder después de atravesar la pared. Sin embargo, Cortázar nunca necesitó que existiera un mundo semejante. Cuando hablaba de lo fantástico prefería referirse a un sentimiento de apertura, a la percepción momentánea de intersticios dentro de lo real cuya existencia ponía en duda la solidez de las categorías con las que acostumbramos a ordenarlo. La abertura no conduce necesariamente hacia otra realidad; puede limitarse a ensanchar aquella en la que ya estábamos.

Esa posibilidad permite contemplar desde otra perspectiva la imagen del túnel que aparecía en sus reflexiones de juventud. Perforar las formas heredadas de la literatura significaba también enfrentarse a los límites que el lenguaje imponía sobre aquello que podía pensarse y experimentarse, pero la búsqueda que nació de esa insatisfacción terminó extendiéndose mucho más allá de un problema estrictamente literario. La percepción, la identidad, el tiempo o la causalidad podían mostrar la misma fragilidad cuando dejaban de funcionar de manera automática, mientras el humor, el juego y la improvisación permitían ensayar otras relaciones sin necesidad de convertirlas en un sistema definitivo. Cortázar no fue sustituyendo unas certezas por otras a medida que avanzaba su obra; mantuvo abierta la sospecha de que nuestras maneras habituales de ordenar la experiencia solo describen una parte de sus posibilidades.

Quizá por eso sus cuentos pueden comenzar en una casa, un autobús, un acuario o una carretera sin necesidad de abandonar nunca por completo el mundo cotidiano. La extrañeza aparece precisamente porque aquello que conocemos continúa delante de nosotros mientras cambia la relación que mantenemos con ello. Una duración puede dejar de coincidir con el reloj, varios acontecimientos independientes pueden insinuar una figura y una comunidad puede surgir temporalmente en un espacio destinado a impedir cualquier permanencia. Ninguna de esas experiencias demuestra que exista un orden secreto esperando ser descubierto, pero todas interrumpen durante unos instantes la facilidad con la que confundimos nuestras categorías con la realidad que pretenden explicar.

Rayuela lleva finalmente esa apertura hasta el lugar donde Cortázar había comenzado: la propia literatura. El lector entra en una estructura cuyas reglas ya no puede dar enteramente por supuestas y debe participar en la búsqueda, establecer conexiones y aceptar que algunas preguntas permanecerán abiertas cuando cierre el libro. Entre Teoría del túnel y aquella novela han pasado dieciséis años, pero persiste una inquietud semejante: impedir que una forma termine convirtiéndose en una frontera. El túnel no conduce así hacia una respuesta situada al otro lado de la pared, porque quizá su verdadera función consista en algo mucho más modesto y perturbador: demostrar que la pared podía perforarse.

Después solo queda regresar al mundo cotidiano. Las calles siguen en su sitio, los autobuses recorren sus trayectos, los relojes continúan midiendo las horas y nadie necesita detenerse ante una escalera para recordar cómo se sube. Cortázar tampoco nos ha proporcionado una teoría capaz de revelar qué se esconde detrás de esas cosas. Ha hecho algo diferente: devolverles durante unos instantes una parte de la incertidumbre que la costumbre había borrado. Puede que el verdadero efecto de su literatura empiece precisamente ahí, cuando cerramos el libro y todo parece continuar exactamente igual, aunque ya no estemos completamente seguros de saber hasta dónde puede llegar aquello que tenemos delante.

Cavafis: tres formas del destino

Cavafis nos habla desde la claridad y la herida, iluminando con una luz oblicua las mitologías que ya llevamos dentro. En La ciudad, bajo su aparente sencillez, se esconde un poema claustrofóbico, en el que todos los caminos se cierran y cualquier intento de huida conduce de nuevo al mismo lugar. Ítaca, en cambio, celebra el viaje, el placer y el conocimiento; el destino importa, pero también cuanto puede encontrarse antes de alcanzarlo. En El dios abandona a Antonio domina la fatalidad: la derrota ya se ha consumado y solo queda reconocerla y despedirse sin súplicas.

Tres poemas muy distintos y tres formas de enfrentarse al destino, atravesados por esa extraña sobriedad de Cavafis, capaz de alcanzar una enorme profundidad sin apenas levantar la voz.

La ciudad (1910)

Dijiste: «Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Habrá otra ciudad mejor que esta.
Cada esfuerzo mío tiene escrita su condena;
y mi corazón está —como un muerto— enterrado.
¿Hasta cuándo seguirá mi mente en este marasmo?
Adonde vuelva los ojos, mire donde mire,
veo aquí las negras ruinas de mi vida,
donde pasé tantos años, que arruiné y destruí».

No encontrarás lugares nuevos, no encontrarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Recorrerás
las mismas calles. Y en los mismos barrios envejecerás;
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. No esperes otro lugar:
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como arruinaste tu vida aquí,
en este pequeño rincón, la destruiste en toda la tierra.

Ítaca (1911)

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de saber.
No temas a los Lestrigones ni a los Cíclopes,
ni al enfurecido Poseidón;
nunca encontrarás cosas así en tu camino
si tu pensamiento permanece elevado, si una emoción noble
toca tu espíritu y tu cuerpo.
A los Lestrigones y los Cíclopes,
al feroz Poseidón no los encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los levanta ante ti.

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas de verano
en que, con cuánto placer, con cuánta alegría,
entres en puertos nunca vistos;
detente en los mercados fenicios
y adquiere hermosas mercancías:
nácar y coral, ámbar y ébano,
y toda clase de perfumes sensuales,
tantos perfumes sensuales como puedas;
ve a muchas ciudades egipcias,
para aprender y aprender de quienes saben.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Mejor que dure muchos años;
y que ya viejo eches el ancla en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Ítaca te dio el hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Ya no tiene nada más que darte.

Y aunque la encuentres pobre, Ítaca no te engañó.
Ahora que te has vuelto sabio, con tanta experiencia,
ya habrás comprendido qué significan las Ítacas.

El dios abandona a Antonio (1911)

Cuando de pronto, a medianoche,
se oiga pasar un cortejo invisible
con músicas maravillosas, con voces—
tu suerte que ya cede, tus obras fracasadas,
los planes de tu vida que acabaron en engaño,
no los llores en vano.
Como quien lleva tiempo preparado, como un valiente,
di adiós a Alejandría, que se aleja.

Sobre todo, no te engañes, no digas
que fue un sueño, que te engañó el oído;
no te rebajes a esperanzas tan vanas.
Como quien lleva tiempo preparado, como un valiente,
como quien fue digno de una ciudad así,
acércate con firmeza a la ventana
y escucha conmovido, pero sin las súplicas
ni los lamentos de los cobardes;
escucha, como último placer, los sonidos,
los maravillosos instrumentos del misterioso cortejo,
y di adiós a Alejandría, que pierdes.

Los tres poemas se presentan en versiones elaboradas mediante el cotejo del original griego y de diversas traducciones.

 

 

La secta del Hexágono

La casualidad —esa forma modesta del destino— me puso sobre la pista de una sociedad que, según creo, existe desde hace siglos y acaso desde siempre. No me refiero a una orden visible, provista de templos, jerarquías y ceremonias, sino a una fraternidad dispersa cuyos miembros, sin conocerse entre sí, obedecen una antigua y única pasión: hallar el Hexágono Original.

Todo comenzó con un manuscrito árabe adquirido en Toledo, en una tienda donde abundaban espadas falsas, astrolabios recientes y pergaminos manifiestamente apócrifos. El vendedor, hombre de barba canosa y cortesía teatral, juró que el códice provenía de una casa derruida de Fez. Como casi todos los juramentos comerciales, aquel era dudoso; no así el manuscrito, cuya tinta había envejecido con dignidad.

Constaba de ciento treinta y una hojas y carecía de principio. La última página, acaso por una ironía del copista, estaba intacta. En ella leí estas palabras:

Quien encuentre la Cámara de los Seis Muros verá que todo recinto es copia, todo mapa recuerdo y toda biblioteca comentario.

El texto alternaba relatos de viajeros, diagramas geométricos y admoniciones teológicas. Su autor —o compilador— citaba a sabios de dudosa existencia, a dinastías olvidadas y a un tal Abu Nasr al-Mutakabbir, llamado “el geómetra de los espejos”, de quien no he hallado otra noticia en crónica alguna. La doctrina central era simple y monstruosa: el universo entero imita una estancia primordial de forma hexagonal; cada casa, cada plaza, cada fortaleza y cada libro serían versiones degradadas de ese arquetipo.

No me sorprendió la tesis. Toda metafísica es, en el fondo, una nostalgia arquitectónica. Me sorprendió en cambio otra cosa: las numerosas notas marginales, escritas en latín, en francés del siglo XVIII, en un alemán minucioso y hasta en un español casi contemporáneo. Varias manos, separadas por siglos, habían comentado el mismo códice. Una de ellas afirmaba:

La Cámara no está en el espacio, sino en la repetición.

Otra advertía:

No contéis los muros.

Y otra, más lacónica:

Buscad las bibliotecas.

Durante meses perseguí esas sombras. En Lisboa consulté el catálogo de un coleccionista muerto que enumeraba “seis salas idénticas abiertas sobre un patio circular”. En Buenos Aires un anticuario me habló de una logia extinguida cuyos miembros cambiaban cada año de nombre para no anclarse en la historia. En El Cairo un ciego me recitó, en pésimo castellano, una sentencia atribuida a los iniciados: “Perderse seis veces es entrar”. No niego que la empresa empezó a fascinarme. He desconfiado siempre de las verdades evidentes; las absurdas poseen, al menos, el mérito de exigirnos algo.

La pista decisiva me aguardaba en Córdoba, cerca de la Mezquita. Un bibliotecario jubilado, cuyo nombre omitiré porque acaso aún vive, me recibió una tarde lluviosa en un piso donde los libros ocupaban también la cocina y parte del dormitorio. Al mostrarle una copia del manuscrito, sonrió con una mezcla de piedad y cansancio.

—Llega usted tarde —me dijo—. O temprano. Nunca he sabido cuál de las dos cosas.

Abrió un armario y extrajo seis volúmenes encuadernados en piel verde. Eran catálogos de bibliotecas destruidas: monasterios incendiados, palacios saqueados, universidades cerradas por decretos o guerras. Cada uno contenía, subrayado con tinta roja, el registro de una sala hexagonal.

—Creí durante cuarenta años que la secta buscaba un lugar —prosiguió—. Después entendí que buscaba una forma. Luego comprendí algo peor: no buscaba ninguna de las dos cosas.

Me condujo a una habitación interior. Era pequeña, desordenada y vulgarmente rectangular. En el centro había una mesa con seis espejos apoyados unos contra otros, formando un hexágono imperfecto. Me invitó a mirar. Vi reflejos multiplicados hasta un fondo incalculable: la lámpara repetida, mi cara deformándose en corredores de vidrio, los lomos de los libros convertidos en murallas. Cada imagen engendraba otras seis, y estas otras, con una rapidez que ningún ojo puede seguir.

—Éste es el símbolo pedagógico —dijo—. El verdadero Hexágono no está hecho de piedra.

Guardó silencio, como quien cede la palabra a una evidencia. Entonces comprendí que la secta no buscaba una cámara perdida en desiertos o catacumbas. Buscaba la estructura que rige ciertas proliferaciones: las bibliotecas, los espejos, las herejías, los linajes, las ciudades, los comentarios de un texto, las interpretaciones de un sueño. Todo sistema que se replica en seis direcciones era, para ellos, una huella del Primer Recinto.

—¿Y lo encontraron? —pregunté.

El anciano rió.

—Lo inventaron. Que suele ser lo mismo.

Nos despedimos. Volví algunos días después para devolverle los catálogos, pero el piso estaba vacío. Los vecinos aseguraron que allí no había vivido nadie en años. El portero, hombre práctico, sostuvo que yo confundía el edificio.

Conservo todavía los seis catálogos verdes. Los he examinado muchas veces. Son auténticos, salvo por un detalle: todos los registros subrayados corresponden a salas cuadradas. He pensado que el viejo me engañó. He pensado también que quiso curarme de una credulidad tardía. Prefiero una tercera hipótesis, más digna de la secta: comprendió que yo ya era miembro de ella.

Porque desde aquella tarde advierto hexágonos donde antes veía azar: en los panales, en ciertos barrios, en la trama de algunas novelas, en los dados, en la nieve agrietada, en las conversaciones que se bifurcan y regresan. Y ahora, mientras escribo estas líneas, descubro con una mezcla de alarma y resignación que toda página tiene seis márgenes: cuatro visibles y dos imaginarios.

– Mikel Alonso

Nota: este texto es el borrador de un relato que no conseguí desarrollar.

Bruce Dickinson – The Chemical Wedding

En 1998, Bruce Dickinson encendió el horno alquímico. The Chemical Wedding no fue solo uno de los mejores discos de la década: fue un manifiesto de fuego, una unión entre William Blake y el heavy metal, entre lo místico y lo terrenal.

Ya desde su título, el disco parece anunciar una transformación. La boda química de los antiguos alquimistas aspiraba a reconciliar aquello que había sido separado, a reunir principios opuestos para dar lugar a algo nuevo. Dickinson encontró en ese imaginario y en el universo visionario de Blake un lenguaje con el que construir un álbum que parece avanzar siguiendo su propia ceremonia. Sus canciones están pobladas de torres, libros, puertas, símbolos y figuras que atraviesan el fuego; imágenes que aparecen, desaparecen y regresan transformadas mientras la música desciende hacia la oscuridad para buscar allí alguna forma de luz.

Quizá por eso The Chemical Wedding invita a ser escuchado como algo más que una sucesión de canciones. Hay una sensación de recorrido, de haber entrado en un espacio donde cada riff parece mover la materia un poco más y cada palabra abre otra puerta dentro del mismo laberinto. El disco puede disfrutarse sin descifrar ninguno de sus símbolos, pero basta seguirlos durante un instante para descubrir que detrás de ellos empieza a dibujarse otro mundo.

Lo que sigue no es tanto una reseña como una travesía: una lectura simbólica del fuego, la caída y la transmutación que habitan en su interior.

The Chemical Wedding

Un relámpago desgarra el cielo y el plomo empieza a arder. King in Crimson marca el comienzo del rito: un salón de piedra en penumbra, donde una presencia oscura despierta entre riffs afinados en las profundidades. Dickinson no canta, declama; su voz no es humana, sino una fuerza que reclama el trono. Desde ese primer rugido, el oyente entiende que The Chemical Wedding no es un disco más: es un grimorio metálico, una invocación.

El fuego se vuelve alquímico en la canción que da nombre al álbum. Chemical Wedding suena a rito lunar: un medio tiempo denso y místico, donde las guitarras se disuelven como vapores psicodélicos. Dickinson canta desde la tumba y desde el cielo a la vez, con la serenidad de quien ha muerto y ha vuelto.

And so we lay in the same grave, our chemical wedding day…

Las palabras son un juramento de unión más allá de la carne.

Bajo la tierra, dos amantes incorruptos se entrelazan mientras la luz de la luna se filtra hasta ellos. El solo, de elegancia casi clásica, se eleva dramáticamente. Es el espíritu escapando del cuerpo.

Y entonces, el aire cambia.

The Tower emerge como el pilar central del ritual, la construcción donde el alma busca ascender. Es la canción del demiurgo, del mago que se alza sobre las cartas del tarot y dicta las leyes de un universo en ruinas. El groove es irresistible, pero hay en él una gravedad cósmica. Dickinson, convertido en arquitecto del fuego, lanza sus órdenes al vacío. Las guitarras se desdoblan y multiplican durante los solos, el bajo y la batería laten al unísono: todo el cosmos vibra en torno a la torre. Es imposible no cantar el estribillo; es un conjuro, una plegaria de acero.

Cuando el último acorde se apaga, uno siente que algo se ha abierto en el aire, una grieta luminosa por la que entra el espíritu de William Blake. La ceremonia ha comenzado.

Después de la torre viene la caída. Killing Floor abre la grieta: una espiral de ruido, de guerra, de voces que se ahogan entre sí. El aire se espesa como si cada riff arrastrara un trozo de ruina. Bruce Dickinson canta con furia contenida; su garganta parece un horno encendido que respira odio, todo ello acentuado por los solos caóticos escupidos por unas guitarras al rojo vivo.

En mi mente se forma la visión: un campo devastado, donde las figuras combaten sin rostro, y los muros tiemblan como si fueran carne. El ritmo no avanza, se retuerce. Todo se descompone.

De ese caos emerge Book of Thel, la joya oscura del disco, la escritura que sobrevive a las llamas. El riff principal suena como un golpe de martillo sobre piedra antigua; la voz, como el eco de un sacerdote que ya no cree en ninguna divinidad. En el centro del ritual se abre un libro de páginas negras, y de él brotan signos que nadie entiende. Una doctrina escrita con sangre y ceniza.

Las guitarras se superponen como capas de tiempo: Roy Z y Adrian Smith dialogan entre sí, fundiendo armonías que parecen plegarias distorsionadas. El bajo y la batería sostienen el pulso del conjuro; la canción se alarga, se abre, se devora a si misma. Ocho minutos que son un descenso al propio lenguaje, una excavación en la memoria del metal.

En Gates of Urizen, el aire se enfría. Todo se vuelve más lento, más pesado, como si la materia hubiera perdido su fuego. Es un lamento y una oración a la vez. Dickinson canta desde un mundo donde ya no hay dioses, solo puertas cerradas. Veo un cromlech ennegrecido, un portal que se disuelve en niebla; la luz atraviesa las rendijas de la piedra, pero ya no calienta.

Los solos, tristes y brillantes, son el último gesto humano antes del silencio.
El bloque termina allí, en el borde de la noche. El fuego se apaga, el metal se enfría, y en la oscuridad solo queda el pulso del bajo, como un corazón que se niega a morir.

Sin embargo, el fuego no muere, tan solo cambia de forma. Jerusalem llega como un amanecer húmedo sobre colinas verdes. Después del ruido y la oscuridad, suenan los primeros acordes acústicos y el aire se llena de agua. Dickinson canta como un juglar iluminado, con la voz templada por la melancolía.

El poema de Blake se vuelve plegaria, promesa y reconciliación. Llueve, y la lluvia limpia los restos del plomo. Las guitarras crecen como un bosque y, cuando llega el estallido eléctrico, el alma se abre; el metal se ha vuelto espíritu. Las armonías de guitarra son una maravilla en sí mismas; cada nota parece un rayo que atraviesa la niebla. Al final, Arthur Brown recita sobre el arpegio final como un alquimista que observa su obra y sonríe.

Pero la luz no es un descanso; también es prueba. Trumpets of Jericho irrumpe como una guerra sagrada. Los muros vuelven a caer, las trompetas suenan en un desierto nuclear. Dickinson grita entre el polvo y el fuego, no con desesperación, sino con júbilo: el mundo debe romperse para renacer.
Detrás, las guitarras rugen con precisión bélica, incendiándolo todo a su paso.

Luego llega Machine Men, y el metal se vuelve espejo: la humanidad convertida en engranaje. Las guitarras son cuchillas, el ritmo es implacable. Dickinson acusa y profetiza, señalando el sueño de acero que nos devora. La canción no busca consuelo: es el recordatorio de que incluso los hombres de metal llevan dentro una chispa divina esperando despertar.

Y cuando todo parece volver al caos, aparece The Alchemist. Medio tiempo solemne, circular, con un aire setentero y un eco de resurrección. Es la canción del regreso, de la recomposición del alma. En mi mente, el alquimista abre la tumba de los amantes incorruptos de Chemical Wedding y los resucita con la misma llama que ahora arde en su pecho.

El riff inicial es pesado, terrenal, pero el solo se eleva con luz clara, casi a lo Ritchie Blackmore: el oro ya está aquí. El final repite el estribillo de Chemical Wedding, cerrando el círculo: la materia y el espíritu se han unido, el plomo canta.

El disco termina como una visión, un eco que se disuelve en el aire. El fuego se ha vuelto palabra, y la palabra, destino.

Cuando el silencio cae, uno entiende que The Chemical Wedding no es solo un álbum, sino una ceremonia: el sueño de un hombre que quiso ver la eternidad arder dentro del metal.

En el enlace de Spotify encontraréis tres canciones más que no he incluido en la reseña, puesto que son bonus tracks que tienen poco en común con la temática del disco, pero que vale la pena darles una escucha porque son muy buenos. Uno de ellos —Confeos— es todo un homenaje a Deep Purple, con un Dickinson que parece poseído por el espíritu de Ian Gillan.

 

Cure – Kiyoshi Kurosawa

Existen certezas tan cotidianas que solo empezamos a interrogarlas cuando algo las pone en peligro. Cada mañana retomamos nuestra vida exactamente donde la dejamos el día anterior. Reconocemos nuestra casa, nuestro nombre, las personas que forman parte de nuestra rutina y los pequeños gestos que repetimos desde hace años con la misma naturalidad con la que respiramos. Esa continuidad parece tan evidente que rara vez nos detenemos a pensar en ella, como si hubiera estado ahí desde siempre y fuera imposible imaginar una existencia distinta.

Sin embargo, basta con alterar ligeramente ese equilibrio para que empiecen a surgir preguntas que normalmente permanecen ocultas. ¿Hasta qué punto somos la historia que recordamos sobre nosotros mismos? ¿Qué ocurriría si esa historia dejara de sostenerse? ¿Seguiríamos siendo la misma persona o únicamente conservaríamos la apariencia de serlo? Son preguntas que pertenecen tanto a la filosofía como a la psicología y que, precisamente por su cercanía, suelen pasar inadvertidas mientras la vida continúa avanzando con normalidad.

Estrenada en 1997, Cure (キュア, Kyua), de Kiyoshi Kurosawa, adopta inicialmente la forma de un thriller policial. Una serie de asesinatos desconcierta a la policía japonesa porque todos los responsables comparten un rasgo tan desconcertante como inexplicable: después de cometer el crimen, ninguno es capaz de explicar por qué lo hizo. La investigación conduce al detective Takabe hasta Mamiya, un hombre incapaz de recordar quién es y que, sin embargo, parece conocer algo esencial sobre las personas con las que habla. Durante un tiempo, la película avanza como si todas esas incógnitas fueran a encontrar una explicación racional, pero ese punto de partida termina revelándose como una ilusión cuidadosamente construida. Poco a poco, el interés deja de concentrarse en los asesinatos para desplazarse hacia un territorio mucho más incierto, donde la memoria, la conciencia y la identidad comienzan a desdibujarse sin que el espectador llegue a advertir exactamente en qué momento ha cruzado ese umbral.

Cuando el thriller deja de ser un thriller

Durante buena parte de su metraje, Cure parece avanzar siguiendo un camino perfectamente reconocible. La investigación se articula alrededor de una serie de asesinatos que comparten un patrón imposible de ignorar: personas corrientes, sin antecedentes violentos y sin un motivo aparente, asesinan brutalmente a alguien y, una vez detenidas, son incapaces de explicar por qué lo hicieron. Frente a ellas aparece Takabe, un detective acostumbrado a enfrentarse a hechos que siempre terminan encontrando una causa, y también Mamiya, un hombre cuyo comportamiento resulta tan desconcertante que parece esconder la clave de todo cuanto está ocurriendo. La película dispone así todas las piezas necesarias para que el espectador espere una explicación. Incluso el propio Mamiya parece construirse como esa figura enigmática que, tarde o temprano, revelará el funcionamiento del misterio.

Durante ese primer tramo resulta fácil pensar que la película acabará resolviendo el rompecabezas. Cada conversación con Mamiya, cada nuevo asesinato y cada pequeño descubrimiento parecen acercar la investigación hacia una respuesta que todavía permanece oculta. Kurosawa alimenta deliberadamente esa expectativa y consigue que el espectador mire la historia desde la misma posición que Takabe: convencido de que la verdad existe y de que solo hace falta reunir las piezas adecuadas para alcanzarla.

Sin embargo, llega un momento en el que esa confianza comienza a resquebrajarse. No se produce mediante una gran revelación ni a través de un giro narrativo espectacular, sino de una forma mucho más silenciosa. Después de visitar el lugar donde vivía Mamiya, Takabe permanece unos instantes dentro del coche mientras habla por teléfono con el psiquiatra que colabora en la investigación. Al colgar, una breve sucesión de imágenes irrumpe inesperadamente: unos monos encerrados en una jaula, su mujer escribiendo en silencio, una breve imagen del propio detective y, finalmente, un mono disecado colgado en una ducha con una profunda incisión en forma de X sobre el cuello, rompen por un instante la continuidad de la escena. La secuencia dura apenas unos segundos y, sin embargo, altera por completo la naturaleza de la película.

No resulta fácil explicar qué significan esas imágenes, ni siquiera afirmar con certeza si pertenecen a un recuerdo, una alucinación o una asociación mental provocada por el agotamiento de Takabe. Y quizá esa incertidumbre sea precisamente lo importante. Hasta ese instante, el espectador todavía intentaba interpretar cada escena como una pista destinada a resolver el caso. A partir de ahí, esa forma de mirar deja de resultar suficiente. La película comienza a introducir imágenes cuya función ya no consiste en aportar información, sino en transformar lentamente el estado mental desde el que contemplamos cuanto sucede. Sin apenas advertirlo, dejamos de investigar un crimen para empezar a compartir la desorientación del propio protagonista.

La erosión del yo

Si el primer desplazamiento de Cure afecta a la estructura del relato, el segundo tiene lugar dentro de las conversaciones que Mamiya mantiene con las personas que se cruzan en su camino. Resulta llamativo que un personaje aparentemente tan pasivo e inocuo consiga producir una sensación de inquietud tan intensa sin recurrir apenas a la violencia, a las amenazas o a los discursos grandilocuentes. Su comportamiento desconcierta desde el primer momento porque parece incapaz de sostener la conversación más sencilla. Pregunta dónde está, olvida la respuesta unos segundos después, vuelve a formular exactamente la misma pregunta y obliga a su interlocutor a empezar de nuevo. La escena se repite una y otra vez con variaciones mínimas hasta adquirir un ritmo casi mecánico.

En un primer momento, esa insistencia parece responder únicamente a un problema de memoria. Tanto el espectador como los propios personajes interpretan ese comportamiento como el síntoma de una alteración neurológica que explica la confusión constante de Mamiya. Sin embargo, conforme la película avanza, esa explicación empieza a resultar insuficiente. Hay algo profundamente extraño en esas conversaciones, algo que trasciende el simple olvido y termina produciendo una sensación de desgaste difícil de describir.

El efecto no nace de lo que Mamiya dice, sino de la forma en que impide que la conversación avance. Cada vez que el otro intenta construir una mínima continuidad, él la rompe con una nueva pregunta. Cada vez que parece establecerse un punto de encuentro, vuelve a situarse en el principio, como si nada de lo dicho hubiera llegado a existir realmente. Poco a poco, el diálogo deja de funcionar como un intercambio de información para convertirse en una experiencia de agotamiento. El interlocutor empieza intentando ayudar, después se impacienta, más tarde se irrita y termina respondiendo casi por inercia, atrapado en una conversación que parece incapaz de concluir.

Quizá por eso la pregunta que Mamiya repite con mayor frecuencia resulta tan significativa. «¿Quién eres?» apenas ocupa unas palabras y, sin embargo, adquiere un peso cada vez mayor a medida que la película avanza. La primera vez parece una simple forma de orientarse. La décima ya no produce la misma impresión. Repetida una y otra vez, termina despojándose de su carácter cotidiano y empieza a actuar como una especie de fisura. La respuesta deja de ser evidente porque nunca consigue fijarse definitivamente. Siempre vuelve a empezar.

Las preguntas de Mamiya nunca parecen buscar una respuesta. Lo que ponen a prueba es la capacidad de esa respuesta para seguir siendo la misma cuando debe repetirse una y otra vez. En circunstancias normales, responder quiénes somos apenas requiere un instante. Decimos nuestro nombre, nuestra profesión o cualquier otro dato que nos identifique y la conversación continúa su curso. Sin embargo, cuando esa misma pregunta reaparece una y otra vez, la respuesta empieza a perder la naturalidad con la que había surgido. Poco a poco deja de sentirse como una certeza para convertirse en una afirmación que necesita ser sostenida una y otra vez.

Es precisamente ahí donde Cure comienza a desplazarse hacia un territorio mucho más inquietante. La película nunca explica qué sucede durante esas conversaciones y tampoco ofrece una teoría definitiva sobre el mecanismo que las gobierna. Esa ausencia de respuestas ha llevado a interpretar a Mamiya como un hipnotizador, como el portador de una fuerza sobrenatural o incluso como un simple manipulador extraordinariamente hábil. Todas esas posibilidades encuentran algún apoyo dentro de la película y ninguna termina imponiéndose sobre las demás. Kurosawa parece mucho más interesado en conservar esa ambigüedad que en resolverla.

Puede que por eso resulte más fértil observar el efecto que producen esas conversaciones que intentar descifrar su funcionamiento. Después de encontrarse con Mamiya, las personas parecen experimentar una transformación que difícilmente puede reducirse a la obediencia propia de una hipnosis convencional. La violencia no aparece como una orden recibida desde el exterior, sino como la irrupción de algo que ya formaba parte de ellas y que, hasta ese momento, permanecía contenido bajo una identidad que organizaba sus deseos, sus frustraciones y la imagen que tenían de sí mismas. La película nunca afirma que Mamiya implante esa oscuridad. Lo que sugiere, con una sutileza extraordinaria, es que quizá solo haga desaparecer aquello que impedía que emergiera.

En este punto, la pregunta deja de ser quién controla a las víctimas y pasa a ser otra muy distinta: ¿qué es exactamente aquello que mantenía unida a cada una de esas personas antes de cruzarse con Mamiya?

Takabe o la resistencia del yo

Si todas las personas que se cruzan con Mamiya parecen desmoronarse con una facilidad inquietante, Takabe constituye una excepción. O, al menos, eso es lo que la película nos hace creer durante buena parte de su metraje. Mientras los demás personajes sucumben con rapidez a una transformación que nunca termina de explicarse, él permanece aferrado a una rutina que parece protegerlo de esa influencia invisible. Continúa investigando, analiza las pruebas con el mismo rigor y persigue una explicación racional incluso cuando la realidad comienza a escaparse de las categorías con las que ha trabajado toda su vida.

Sin embargo, esa aparente solidez empieza a revelar pequeñas grietas mucho antes de que la investigación alcance su punto más inquietante. La convivencia con su mujer enferma ocupa buena parte de su vida cotidiana y la relación entre ambos se encuentra atravesada por un cansancio que la película nunca convierte en melodrama. Takabe cuida de ella, responde con paciencia a sus olvidos y mantiene una rutina que parece sostenerse únicamente gracias al sentido del deber. Nada de eso resulta extraordinario. Lo verdaderamente significativo es que ese esfuerzo apenas encuentra un espacio donde poder expresarse.

La conversación que mantiene con Mamiya en el hospital psiquiátrico constituye uno de los momentos más reveladores de toda la película precisamente porque, por primera vez, Takabe deja de hablar como investigador y empieza a hacerlo como individuo. Confiesa que su mujer se ha convertido en una carga, reconoce que ella es incapaz de comprender el sufrimiento que él mismo arrastra desde hace años y admite que ha terminado aceptando esa situación porque entiende que forma parte de su responsabilidad. No hay crueldad en sus palabras, ni tampoco deseo de abandonar a quien necesita sus cuidados. Lo que aparece es algo mucho más complejo: la conciencia de vivir atrapado entre el deber y el agotamiento.

En ese mismo diálogo pronuncia una reflexión que resulta decisiva para comprender al personaje. Explica que las personas hablan constantemente de la felicidad como si ese fuera el estado natural de la existencia, pero añade que el mundo está lleno de individuos nefastos como Mamiya y que enfrentarse a ellos forma parte de su trabajo. Mientras otros pueden permitirse aspirar a una vida tranquila, él convive todos los días con aquello que desgarra la normalidad. Esa idea no justifica su cansancio; lo define. Takabe ha construido toda su identidad alrededor de una obligación que exige mantenerse firme incluso cuando ya no quedan fuerzas para hacerlo.

Poco después, cuando ingresa a Fumie en el sanatorio, la película introduce un detalle que pasa casi desapercibido y que, sin embargo, modifica silenciosamente la forma en que empezamos a mirar al protagonista. Cuando Takabe esta a punto de irse, el doctor comenta que quizá sea él quien se encuentre en peor estado que su mujer. La observación apenas ocupa unos segundos y nunca vuelve a desarrollarse, pero basta para introducir una sospecha que acompañará al espectador hasta el final de la película. El desgaste de Takabe ya no aparece únicamente como el cansancio lógico de un hombre sometido a una enorme presión, sino como el síntoma de un deterioro mucho más profundo que ni él mismo parece llegar a reconocer del todo.

Vista desde esa perspectiva, la resistencia del protagonista adquiere un significado distinto. Ya no parece la de alguien inmune a la influencia de Mamiya, sino la de una persona que lleva demasiado tiempo sosteniendo una estructura cada vez más frágil. Su identidad no aparece como un estado permanente, sino como un esfuerzo cotidiano, una construcción que necesita renovarse una y otra vez para impedir que todo aquello que permanece contenido bajo ella termine por abrirse paso.

La ceremonia de la cura

Hasta este momento, la investigación todavía permite pensar que todo cuanto sucede gira alrededor de Mamiya. Su comportamiento resulta inexplicable, las personas que entran en contacto con él terminan cometiendo actos de una violencia extrema y Takabe continúa buscando una relación causal que permita comprender el caso. Sin embargo, la película introduce entonces una serie de elementos que alteran silenciosamente esa percepción. Lo que parecía la historia de un único hombre comienza a revelar la existencia de una tradición cuya antigüedad y alcance permanecen deliberadamente indefinidos.

Uno de esos indicios aparece cuando Sakuma descubre una antigua grabación en vídeo de finales del siglo XIX donde puede verse una sesión de hipnosis realizada por un misterioso personaje cuya identidad nunca llega a revelarse. La secuencia apenas dura unos instantes y, sin embargo, basta para transformar el significado de todo cuanto hemos visto hasta ese momento. El gesto de la X, que hasta entonces parecía pertenecer únicamente a Mamiya, ya formaba parte de aquel ritual décadas atrás. La película no explica quién era ese hombre, qué pretendía exactamente ni cuál era el propósito de sus prácticas. Le basta con sugerir que Mamiya tampoco constituye el origen del misterio.

Poco después sabemos que, antes de convertirse en el hombre errático que conocemos desde el comienzo de la película, Mamiya había dedicado parte de sus estudios a la psiquiatría, a las teorías de Franz Anton Mesmer y a los trabajos de ese personaje sin nombre que aparece en el vídeo que encuentra Sakuma. Kurosawa introduce ese dato con una enorme discreción y evita convertirlo en una explicación histórica del caso. Más bien funciona como una pista que sitúa el recorrido de Mamiya dentro de una tradición mucho más amplia, en la que la hipnosis ocupó durante décadas un territorio ambiguo entre la investigación científica, la medicina y las disciplinas consideradas ocultas. No sabemos qué encontró exactamente durante esa búsqueda ni en qué momento comenzó su transformación, pero la película sugiere que su encuentro con aquellos escritos marcó un punto de no retorno.

Será mucho más adelante cuando Takabe encuentre el viejo gramófono y escuche una extraña letanía construida alrededor de una palabra que hasta entonces apenas había adquirido relevancia: «cura». La voz habla de la espada, del rocío, de la nieve y de una aurora, encadenando imágenes cuyo significado permanece siempre fuera de nuestro alcance. Igual que sucede con las conversaciones de Mamiya, esas palabras parecen resistirse a una interpretación inmediata. No ofrecen una explicación del ritual; producen la sensación de formar parte de él.

Es precisamente en ese instante cuando el título de la película adquiere una resonancia completamente distinta. ¿Qué significa curar dentro del universo de Cure? La respuesta nunca llega. Sin embargo, la propia existencia de esa pregunta abre una posibilidad fascinante. Quizá quien ideó aquella práctica creyera sinceramente que estaba sanando a las personas. Quizá entendiera que el sufrimiento humano nace de la identidad que cada individuo construye para habitar el mundo y que liberarse de ese relato constituye una forma de curación. La película nunca afirma que esa sea la interpretación correcta, pero tampoco la descarta. Prefiere mantener abiertas todas las posibilidades y dejar que el espectador conviva con ellas.

El misterio que permanece

Resulta tentador pensar que toda investigación termina en el momento en que encuentra una respuesta. Desde las primeras escenas, Cure parece apoyarse precisamente en esa expectativa. Cada nuevo descubrimiento invita a creer que el siguiente permitirá comprender un poco mejor cuanto está ocurriendo y que, tarde o temprano, todas las piezas acabarán ocupando el lugar que les corresponde. Sin embargo, Kiyoshi Kurosawa elige un camino muy distinto. A medida que la película se aproxima a su desenlace, las respuestas dejan paso a preguntas cada vez más profundas y el misterio cambia lentamente de naturaleza.

La muerte de Mamiya podría haber funcionado como el cierre natural de la historia. En cualquier thriller convencional, la desaparición del responsable pondría fin a la amenaza y permitiría reconstruir retrospectivamente todo lo sucedido. Cure rechaza deliberadamente esa posibilidad. Incluso el enfrentamiento final evita ofrecer una sensación de conclusión. El gesto de la X, el gramófono y el extraño estado en el que parece quedar Takabe convierten ese desenlace en el comienzo de una incertidumbre completamente nueva. La película nunca aclara si ese momento constituye una transmisión, una hipnosis, una liberación o simplemente el punto culminante de un proceso que llevaba desarrollándose desde mucho antes.

Esa misma ambigüedad alcanza su expresión más refinada en la secuencia final del restaurante. Takabe mantiene una breve conversación con la camarera cuando esta le ofrece un café. La escena transcurre con absoluta normalidad y nada parece distinguirla de cualquier otro intercambio cotidiano. Sin embargo, cuando la mujer se aleja, la cámara adopta el punto de vista de Takabe y continúa siguiéndola en silencio. Durante unos instantes la vemos desenvolverse con total naturalidad entre las mesas, hasta que finalmente toma un cuchillo. La película se interrumpe exactamente en ese instante, antes de confirmar cualquier desenlace. Bastaría un plano más para orientar la interpretación del espectador y, sin embargo, Kurosawa decide detenerse justo ahí, en el límite donde comienzan todas las posibilidades.

La inteligencia de ese final reside precisamente en lo que decide callar. Nada obliga a pensar que Takabe haya transmitido el ritual a la camarera. Del mismo modo, tampoco puede descartarse esa posibilidad. La escena admite otras lecturas igualmente válidas. Quizá la presencia de Takabe haya actuado como un desencadenante. Quizá la ceremonia continúe propagándose de un modo que ya no depende de una única persona. O quizá la película solo quiera recordarnos que esa oscuridad nunca perteneció exclusivamente a Mamiya y que las grietas sobre las que actuaba siempre habían estado presentes.

Esa negativa a resolver el enigma transforma por completo la experiencia del espectador. Al terminar la película ya no resulta tan importante descubrir el mecanismo exacto que pone en marcha los asesinatos como comprender por qué sentimos una necesidad tan intensa de encontrar una explicación definitiva. Durante toda la historia hemos acompañado a Takabe en su empeño por reconstruir un orden que devolviera sentido a los acontecimientos. Poco a poco comprendemos que esa búsqueda también forma parte de nuestra manera de enfrentarnos al mundo. Necesitamos pensar que todo efecto tiene una causa, que toda conducta puede explicarse y que toda pregunta acabará encontrando una respuesta. Cure pone en duda esa confianza sin recurrir a grandes revelaciones. Simplemente deja de responder allí donde más esperamos una respuesta.

Quizá por eso la película continúa resonando mucho después de haber terminado. No porque oculte una solución especialmente compleja, sino porque desplaza el misterio desde la pantalla hasta el propio espectador. Cuando aparecen los créditos seguimos preguntándonos qué ocurrió realmente con Takabe, qué significa aquella ceremonia o cuál era el propósito de la letanía. Sin embargo, esas dudas terminan conduciendo siempre hacia otra mucho más cercana y difícil de eludir. Si la identidad puede desgastarse hasta el punto de dejar de sostener aquello que creemos ser, ¿qué permanece cuando ese relato deja de existir? Kurosawa nunca responde a esa pregunta y tal vez esa sea la verdadera razón por la que Cure continúa habitándonos mucho después de su último plano.

En este enlace de YouTube, podéis ver la película completa.

El castillo de los Cárpatos – Jules Verne

Pocas novelas condensan tan bien la fascinación de una época por lo inexplicable como El castillo de los Cárpatos (1892) de Jules Verne. El escritor francés, famoso por proyectar al futuro con sus máquinas, aquí se interna en un territorio donde la modernidad tropieza con lo ancestral: los Cárpatos, cuna de leyendas, supersticiones y terrores rurales. La novela se abre en un escenario aparentemente sencillo: un pueblo suspendido en la montaña, sometido a la presencia de una fortaleza en ruinas que todos evitan. El castillo se erige como una sombra permanente, un lugar del que nada bueno puede salir, donde las leyendas populares se mezclan con la sensación de una amenaza siempre latente.

A medida que avanza la narración, el lector percibe el pulso doble que mueve la obra: por un lado, la superstición de los aldeanos, que sienten en cada bruma y cada rumor el soplo de lo sobrenatural; por otro, la lógica de un siglo que ya cree haber domesticado al mundo con la ciencia. Verne, maestro en transformar el miedo en especulación, juega con esa tensión con un virtuosismo admirable. La novela no es solo un misterio por resolver, también habla del choque entre dos formas de entender la realidad: lo invisible que se resiste a desaparecer y lo racional que pretende iluminarlo todo.

Lo extraordinario es cómo Verne consigue mantener la ambigüedad durante buena parte del relato. La aparición de señales inquietantes —luces en la fortaleza, voces que surgen del aire, presencias imposibles— hace que el lector se mueva en un terreno inestable, donde no sabe si está ante un cuento gótico o ante una de esas especulaciones técnico-científicas que el autor llevaba al límite en otras novelas. La frontera entre lo espectral y lo mecánico nunca había sido tan difusa.

La arquitectura del misterio

Verne escribe esta novela en un momento tardío de su carrera, cuando ya había explorado mares, cielos y cavernas. En El castillo de los Cárpatos su mirada cambia: ya no se trata tanto de conquistar territorios desconocidos como de internarse en los pliegues oscuros de la percepción. El relato está construido como una maquinaria precisa, en la que cada detalle aparentemente insignificante (una ventana entreabierta, un rumor de voces, un resplandor en la montaña) se acumula como bloques de una tensión creciente.

Aquí se percibe con claridad la huella de Edgar Allan Poe, a quien Verne admiraba hasta el punto de dedicarle ensayos y homenajes. Poe había demostrado que el horror podía surgir tanto de lo inexplicable como de la lógica llevada hasta sus últimas consecuencias. Verne recoge esa lección y la adapta a su universo narrativo: lo que inquieta en esta novela no es solo la posibilidad de un fantasma, sino la duda sobre si lo que vemos responde a fuerzas sobrenaturales o a ingenios de la razón humana. En ese filo se sostiene todo el suspense.

La ambientación también refuerza esa dialéctica. Los Cárpatos no son solo un escenario pintoresco: se convierten en un personaje más, un espacio de frontera entre lo civilizado y lo salvaje, entre el pueblo que teme y el castillo que acecha. Esa geografía de ruinas y nieblas parece estar escrita para albergar tanto apariciones espectrales como experimentos secretos, y es precisamente en esa ambivalencia donde Verne demuestra su maestría.

Los personajes funcionan como polos de esta tensión. El barón de Gortz, aislado en su enigma, es la figura que concentra la oscuridad. No es un villano al uso, sino un ser atravesado por obsesiones metafísicas, una figura casi espectral que parece vivir más en el pasado que en el presente. Frente a él, el conde Franz de Télek, el joven aristócrata húngaro, representa el reverso luminoso: prototipo del héroe verniano, pero marcado por un trasfondo melancólico que lo sitúa entre la ciencia y el misterio. En Télek late la curiosidad del aventurero, pero también una sensibilidad que lo expone al vértigo de lo inexplicable.

Orfanik, el ingeniero, introduce otro matiz fundamental: es la encarnación de la ciencia desviada, del ingenio técnico transformado en un instrumento de lo siniestro. Su presencia convierte el castillo en un laboratorio de maravillas ambiguas, donde la mecánica se confunde con la magia. No es casual que muchos lectores hayan visto en él un antecedente de los sabios oscuros que pueblan la literatura posterior, desde los inventores maléficos del folletín hasta los científicos locos del cine.

Y, en el corazón secreto del relato, está La Stilla. Cantante idolatrada, convertida en voz, en eco y en recuerdo imborrable. Ella no aparece como un personaje en acción, sino como una sombra persistente que articula el destino de todos los demás. Su figura encarna esa frontera entre lo real y lo ilusorio, que constituye el verdadero núcleo de la novela. Más que un personaje, La Stilla es un símbolo de la persistencia de la memoria.

El tono gótico y lo sobrenatural

En esta novela, Jules Verne se adentra en un territorio poco habitual para él: el de la tradición gótica. La narración bebe de un imaginario en el que las supersticiones locales tienen tanto peso como las leyes naturales, y donde lo inexplicable circula como un rumor contagioso. En este paisaje, los ecos vampíricos resultan inevitables. No porque aparezca la figura del famoso conde que la posteridad asociará a estas montañas, sino porque la novela se impregna de la misma atmósfera de sospecha y amenaza que preludia la literatura vampírica posterior. El bosque, las sombras, los aullidos de los lobos: todo se conjuga para dar forma a un clima de expectación temerosa, como si el lector compartiera con los campesinos la certeza de que “algo” vigila desde lo alto.

Al mismo tiempo, Verne parece dialogar con la tradición gótica europea: los claustros sombríos de Ann Radcliffe, los demonios de Lewis, las visiones de Hoffmann. Pero lo hace desde su propia lógica narrativa, más contenida y casi más científica, lo cual produce un efecto peculiar: el miedo no surge de los arrebatos sobrenaturales, sino del contraste entre lo tangible y lo inexplicable. En esa fricción, el castillo se convierte en un emblema de lo inaccesible, como una presencia muda que impone respeto y sospecha.

Por eso El castillo de los Cárpatos puede leerse como una anticipación de Drácula. No en la literalidad de su argumento, sino en la manera en que fija los Cárpatos como un territorio literario: un espacio liminal, cargado de leyendas y de fantasmas potenciales, donde lo natural y lo sobrenatural se confunden.

La vertiente científica y proto-tecnológica

Si el castillo se alza como un símbolo gótico cargado de sombras, la mirada de Verne no se conforma con dejarlo en el terreno de lo inexplicable. En paralelo a la atmósfera supersticiosa, la novela introduce un segundo registro: el de la ciencia y la explicación racional. Aquí aparece el Verne más reconocible, el que imagina aparatos insólitos y anticipa usos de la tecnología aún incipientes en su época.

Lo interesante es el contraste entre ambos mundos. Mientras los campesinos hablan de espectros y venganzas del más allá, el narrador desliza datos, hipótesis y descripciones que apuntan hacia la ingeniería y la física. De repente, el mismo escenario que parecía encantado se transforma en un laboratorio narrativo donde la luz, el sonido y las ilusiones ópticas adquieren protagonismo. Verne convierte lo fantástico en un efecto provocado, casi como si estuviera revelando que detrás de la máscara gótica se esconde un engranaje mecánico.

Este gesto no disuelve por completo el misterio, sino que lo complejiza: la frontera entre lo sobrenatural y lo científico se desdibuja, y el lector queda atrapado en esa oscilación. Lo perturbador no es ya el espectro, sino la posibilidad de que la propia ciencia sea capaz de fabricarlo. En este sentido, El castillo de los Cárpatos anticipa un tipo de terror moderno, en el que la tecnología sustituye a la superstición, pero sin eliminar la inquietud.

Así, Verne abre una pregunta que sigue resonando hoy: ¿qué es más perturbador, un fantasma improbable o una máquina capaz de producirlo a voluntad?

La tensión entre ambas dimensiones y su efecto en el lector

El verdadero núcleo de la novela no reside únicamente en la acumulación de atmósferas góticas ni en la exhibición de ingenios científicos, sino en el roce continuo entre ambas fuerzas. El castillo de los Cárpatos avanza como un péndulo: por un lado, las imágenes de bosques sombríos, supersticiones ancestrales y muros carcomidos por la leyenda; por otro, la racionalidad de la ciencia que promete despejar las sombras con explicaciones tan minuciosas como inesperadas.

Esa dualidad genera una lectura inquieta. El lector se deja llevar por la sugestión del mito, pero pronto es interrumpido por la aparición de hipótesis técnicas que intentan disipar el misterio. Sin embargo, cuando parece que lo inexplicable ha quedado reducido a simple ilusión óptica, la narración recupera un tono espectral, como si lo sobrenatural resistiera a ser expulsado por completo. En esa tensión late la mayor riqueza del texto: la imposibilidad de decidir si estamos ante una novela gótica con barniz científico o ante un relato de anticipación disfrazado de fantasía oscura.

Este vaivén provoca un efecto muy propio de la modernidad literaria: el misterio nunca desaparece del todo. Verne no destruye lo fantástico con la razón, sino que lo reinventa en otra clave. El castillo sigue siendo un lugar amenazante, incluso después de que el lector conozca los mecanismos que sustentan sus ilusiones. Como si la revelación no eliminara la sombra, sino que la desplazara hacia un terreno más sutil, más ontológico: el miedo a que la realidad sea tan manipulable que no podamos distinguir lo verdadero de lo artificial.

Conclusión

El castillo de los Cárpatos puede leerse como una obra liminar: en ella, Jules Verne se deja seducir por la atmósfera del romanticismo tardío y por el aliento gótico, pero al mismo tiempo experimenta con los engranajes de la ciencia moderna. Esa mezcla genera un texto extraño, híbrido, que parece mirar en dos direcciones a la vez: hacia el pasado de supersticiones rurales y hacia el futuro de un mundo donde la técnica sería capaz de recrear las apariciones más terribles.

En este territorio intermedio se adivina también la semilla de lo que años más tarde Bram Stoker desarrollaría con Drácula: el castillo inaccesible, la aldea dominada por el miedo, la sensación de que lo invisible puede regresar en cualquier momento para reclamar a los vivos. Pero mientras Stoker se adentró sin reservas en lo fantástico, Verne prefirió mantener la tensión, dejando que el lector se debata entre la sugestión y la lógica, entre la fascinación por lo inexplicable y la racionalidad que amenaza con disiparlo.

Tal vez ahí resida su mayor logro: demostrar que el terror no nace solo de lo que la razón no alcanza a explicar, sino también de lo que la razón, en su avance, revela con implacable frialdad. En esas páginas se siente la huella de Poe y se vislumbra el eco de Stoker, pero lo que permanece es la intuición de Verne de que el misterio nunca se extingue, solo cambia de máscara.

En este link, tenéis una copia del libro en PDF y en este otro las maravillosas ilustraciones originales de Léon Bennet.

Atlas Portarum

Debo la noticia de ese libro imposible a una nota marginal en un ejemplar mutilado de la Historia Naturalis de Plinio el Viejo, adquirido hace años en una subasta menor de Marsella. Entre observaciones sobre minerales y monstruos orientales, una mano del siglo XVIII había escrito en latín vacilante: Omnes portae ad eandem cameram ducunt (todas las puertas conducen a la misma cámara).

El comentario me habría parecido una extravagancia de lector ocioso, de no ser porque, unas páginas más adelante, reaparecía la misma caligrafía con una referencia precisa: Vide Atlas Portarum, fol. 73. No conocía ese título. Consulté catálogos, repertorios y bibliografías imaginariamente exhaustivas. Nada hallé. Un bibliotecario de la Biblioteca Nacional de España, hombre de cortesía fatigada, me dijo que los libros más peligrosos no son los prohibidos, sino los dudosos; los que acaso existieron.

Durante meses perseguí la sombra de ese atlas. En inventarios monásticos de Ávila apareció una mención a “un volumen de puertas grabadas”. En un catálogo privado de Coimbra se consignaba “Atlas sin mapas, de procedencia incierta”. En una carta atribuida falsamente a Cornelius Agrippa se aludía a “un libro que enseña a entrar, no a viajar”. No niego que me sedujo menos la promesa de encontrarlo que la arquitectura de sus rumores.

El hallazgo ocurrió donde menos debía: en una tienda de muebles usados de un barrio periférico, entre lámparas rotas y vitrinas de falsa caoba. Un dependiente joven, que ignoraba el valor de casi todo lo que vendía, me mostró un volumen grande encuadernado en cuero negro sin letras en el lomo.

—Eso venía dentro de un armario —me dijo—. Igual era del abuelo.

Lo compré por una suma ridícula.

El libro era muy voluminoso. Sus hojas eran gruesas y olían a humedad, polvo y algo anterior al papel. No había texto en la portada interior, sólo una lámina grabada: una puerta cerrada. Debajo, en francés antiguo: La première est toutes.

Las páginas siguientes mostraban puertas de todas las épocas y estilos: pórticos asirios, cancelas románicas, entradas de tabernas, umbrales de casas humildes, portones de fortalezas, trampillas de barcos, compuertas de aljibes, puertas de jardines chinos, de mezquitas, de cárceles, de teatros, de establos. Algunas estaban abiertas; otras, selladas; otras parecían no pertenecer a edificio alguno, erigidas solas en llanuras o desiertos.

Cada lámina llevaba un número, pero no consecutivo. La primera era la 1; la segunda, la 19; luego la 403; luego una cifra compuesta por signos que no eran arábigos ni romanos. Pensé en un capricho tipográfico. Después advertí algo peor: el orden cambiaba cada vez que cerraba el libro.

No hablo de una ilusión. Comprobé con marcas discretas, notas y fotografías. La puerta que una noche ocupaba el folio 73 amanecía en el 212 o desaparecía por semanas. Algunas retornaban envejecidas: una aldaba rota, una grieta nueva, un musgo reciente sobre la piedra.

La razón aconsejaba abandonar aquel objeto; la curiosidad, perseverar. Como suele ocurrir, obedecí a la segunda.

Descubrí pronto que ciertas puertas ejercían efectos singulares. Al contemplar una pequeña puerta verde de una casa colonial de México, recordé con nitidez una tarde de mi infancia que creía olvidada. Frente a una puerta de hierro de Moscú soñé esa noche con calles que nunca he visitado. Una compuerta marina, numerada con caracteres fenicios, me dejó durante horas una intensa nostalgia de algo que jamás poseí.

El atlas no representaba puertas: las convocaba. Esa hipótesis, que juzgo absurda y sin embargo inevitable, se confirmó por accidente. Una madrugada observaba una puerta humilde, de madera blanca, ligeramente entreabierta. Vi detrás de ella un corredor oscuro. Incliné el libro para acercarlo a la lámpara; el corredor se iluminó. Oí, distintamente, el eco de mis propios pasos. Cerré el volumen con violencia.

Durante días no lo abrí. Después cedí de nuevo. El hombre que ha entrevisto un abismo desarrolla con él una intimidad vergonzosa.

Continué los experimentos con mayor prudencia. Algunas puertas no conducían a lugar alguno visible; otras revelaban patios, escaleras, jardines, bibliotecas, mares inmóviles. Una mostraba otra puerta idéntica. Otra daba a una habitación donde alguien leía un libro muy semejante al mío.

Comprendí entonces que el atlas no era una colección de entradas dispersas, sino un sistema. Todas las puertas remitían, por bifurcaciones innumerables, a una única cámara central que ninguna lámina mostraba de frente. Esa ausencia ordenaba el conjunto.

No tardé en obsesionarme con hallar la ruta hacia esa cámara. Elaboré tablas, genealogías de picaportes, analogías entre estilos, correspondencias entre maderas y siglos. Sospeché que las puertas góticas acercaban más que las modernas; que las orientadas al norte retrocedían; que las puertas humildes eran más eficaces que las monumentales. Reduje mi vida a esa cartografía insensata.

Una noche di con una secuencia prometedora: página 88, luego 5, luego 610, luego un signo triangular, luego 233. Cada puerta conducía a otra más próxima, según deduje por la luz creciente y por una música lejana que acaso imaginé. Llegué al fin a un umbral de piedra desnuda sin cerradura ni hojas. Tras él había claridad.

Iba a pasar la página cuando comprendí algo que me inmovilizó: la piedra no enmarcaba un cuarto, sino mi propia habitación. Vi mi mesa, la lámpara, la ventana, los libros amontonados y a un hombre inclinado sobre un gran volumen negro. Ese hombre era yo.

No diré cuánto tiempo permanecí mirando aquella imagen que me miraba. Tal vez segundos; tal vez años, pues el tiempo ante ciertos espejos pierde la costumbre de avanzar.

El otro levantó una mano y señaló detrás de sí.

Giré instintivamente.

En la pared de mi cuarto, donde nunca hubo nada, se alzaba una puerta de madera oscura. Era antigua y sencilla. Reconocí en ella vetas, herrajes y una muesca lateral: pertenecía a la página 1. El miedo me pudo y no la abrí.

Al amanecer, la puerta había desaparecido. El atlas descansaba cerrado sobre la mesa. Desde entonces he intentado vivir con sensatez. Trabajo, paseo, converso, cumplo con las distracciones comunes. A veces lo consigo.

Pero sé que toda casa contiene una puerta exacta que no vemos. Sé también que cada decisión trivial —entrar en una tienda, descolgar un teléfono, aceptar una invitación, doblar una esquina— es una forma menor de abrirla.

No he vuelto a consultar el atlas. Sin embargo, algunas noches oigo en la pared tres golpes muy suaves… Y temo menos que llamen desde fuera que desde dentro.

– Mikel Alonso


La invención de una persona

Fue necesario que la literatura inventara héroes, monstruos, detectives, dioses y mundos enteros antes de atreverse a plantear una posibilidad mucho más extraña: ¿y si el personaje más complejo de una obra fuera, en realidad, su propio autor? La pregunta resulta desconcertante porque estamos acostumbrados a imaginar la escritura como un movimiento que parte siempre del mismo lugar. Existe un escritor reconocible, dotado de una identidad estable, que decide crear personajes diferentes a sí mismo para explorar otras vidas, otras voces o incluso otras formas de entender el mundo. Cambian los escenarios, cambian las historias y cambian los protagonistas, pero la figura que sostiene todo ese edificio permanece inalterable. El autor observa desde fuera el universo que ha construido y conserva siempre el privilegio de ocupar el centro de la creación.

Sin embargo, existen obras que parecen desafiar esa lógica hasta el punto de volverla irreconocible. Hay escritores que no utilizan la ficción únicamente para inventar personajes, sino también para cuestionar la propia idea de identidad sobre la que descansa el acto de escribir. En esos casos, la literatura deja de ser un espejo orientado hacia el mundo y comienza a reflejar al propio creador, fragmentándolo, multiplicándolo y devolviéndole un rostro que ya no resulta del todo familiar. Lo que parecía una herramienta para representar la realidad acaba convirtiéndose en un laboratorio donde la noción misma de individuo empieza a deshacerse.

Pocos autores llevaron esa intuición tan lejos como Fernando Pessoa. Resulta difícil no detenerse, aunque solo sea por un instante, en la curiosa coincidencia que acompaña a su nombre. Su apellido, Pessoa, significa simplemente “persona” en portugués, y aunque se trata de un apellido completamente real, el simbolismo parece casi demasiado perfecto para ser casual. El escritor que dedicaría buena parte de su vida a explorar las múltiples posibilidades de una conciencia llevaba precisamente por apellido aquello que parecía dispuesto a poner en duda. Como si la propia realidad hubiera decidido concederle, antes incluso de escribir una sola línea, una metáfora que resumía toda su obra.

Naturalmente, sería absurdo preguntarse si Fernando Pessoa existió. Sabemos cuándo nació, conocemos buena parte de su biografía, conservamos sus cartas y sus manuscritos, y nadie discutiría que fue una persona de carne y hueso que vivió en Lisboa durante las primeras décadas del siglo XX. No obstante, basta con adentrarse unos pasos en su universo literario para que esa certeza empiece a adquirir un matiz inesperado. Porque quizá la cuestión nunca consistió en averiguar si Pessoa existió, sino en preguntarse qué lugar ocupaba realmente dentro de la extraordinaria comunidad de escritores que fue construyendo a lo largo de su vida. Tal vez el mayor de sus artificios no consistiera en inventar autores imaginarios, sino en conseguir que el propio Fernando Pessoa acabara pareciendo uno más entre ellos.

La invención de un escritor

En este punto, resulta tentador recurrir a la explicación que suele acompañar siempre el nombre de Pessoa. Se dice que escribía bajo distintos seudónimos, como tantos otros autores antes y después de él, y durante mucho tiempo esa descripción pareció suficiente para resumir una de las aventuras literarias más singulares del siglo XX. Sin embargo, basta observar con un poco más de atención aquello que fue construyendo para comprender que la palabra “seudónimo” resulta demasiado pequeña. Un seudónimo es, al fin y al cabo, una firma distinta que permite ocultar temporalmente la identidad de quien escribe. La voz permanece siendo la misma, aunque cambie el nombre que aparece al final de la página. Pessoa perseguía algo mucho más ambicioso. Lo que surgía bajo cada una de aquellas firmas no era simplemente otra manera de escribir, sino otra manera de existir.

Sus heterónimos nacían acompañados de una biografía completa, de unos rasgos físicos definidos, de una educación concreta y de una sensibilidad irrepetible. Tenían una fecha de nacimiento, una profesión, amistades, lecturas predilectas y una forma particular de contemplar el mundo. Incluso aquello que para la mayoría de nosotros pertenecería al ámbito más íntimo de una persona parecía adquirir consistencia propia. Pessoa llegó a elaborar las cartas astrales de algunos de ellos, como si también el movimiento de los astros hubiera debido quedar registrado para explicar su carácter. El detalle suele citarse como una curiosidad extravagante, aunque quizá encierre algo mucho más revelador. Cuando un escritor siente la necesidad de calcular el horóscopo de un personaje que jamás ha existido, empieza a resultar evidente que ya no lo está tratando como una simple creación literaria.

Todo ello produce una impresión difícil de describir durante las primeras lecturas. Poco a poco deja de percibirse la mano del autor organizando aquel universo desde una posición privilegiada y comienza a aparecer algo parecido a una pequeña república de escritores. Cada uno posee una voz perfectamente reconocible, defiende una determinada concepción de la poesía y mantiene una relación distinta con la realidad. Leerlos de forma consecutiva no transmite la sensación de asistir a un brillante ejercicio de estilo, sino a un diálogo entre inteligencias diferentes que coinciden en un mismo tiempo y comparten un mismo espacio cultural. La ilusión resulta tan convincente que, por momentos, el lector olvida que todas esas páginas han salido físicamente de la misma mano.

Ese es, probablemente, el instante en que la obra de Pessoa empieza a desplegar toda su extrañeza. La pregunta deja de ser cuántos escritores habitaban en un solo hombre y pasa a dirigirse hacia un lugar mucho más incómodo. Si cada uno de aquellos autores posee una personalidad coherente, una voz inconfundible y una forma singular de comprender el mundo, ¿qué criterio seguimos utilizando para afirmar que solo uno de ellos merece el título de “real”? La respuesta parece obvia mientras observamos el problema desde fuera, pero pierde parte de su solidez cuando aceptamos el juego que Pessoa propone. Después de todo, conocemos a Alberto Caeiro o a Ricardo Reis exactamente del mismo modo que conocemos a tantos escritores del pasado: a través de sus textos, de sus ideas y de las huellas que dejaron tras de sí. Nuestra experiencia como lectores apenas distingue entre unos y otros.

Y es precisamente ahí donde la ficción comienza a producir un efecto inesperado. En lugar de preguntarnos cómo pudo un hombre imaginar semejante constelación de autores, empezamos a sospechar que quizá estamos formulando la pregunta equivocada. Tal vez el verdadero enigma no consista en explicar cómo Fernando Pessoa creó a sus heterónimos, sino en comprender por qué sentimos la necesidad de situarlo por encima de ellos, como si ocupara un lugar distinto dentro de ese universo. Quizá la costumbre de buscar siempre un creador último nos impide advertir que, en la literatura de Pessoa, esa jerarquía empieza a difuminarse hasta volverse casi invisible.

La ilusión del creador

Existe un detalle especialmente revelador dentro de ese complejo entramado de voces. Cuando Pessoa hablaba de Alberto Caeiro, rara vez lo hacía con la distancia de quien comenta una invención propia. Al contrario, lo presentaba como el gran acontecimiento de su vida literaria y lo reconocía abiertamente como su maestro. La afirmación resulta desconcertante desde el momento en que recordamos un hecho evidente: Caeiro solo podía existir porque Pessoa lo había creado. Sin embargo, el propio Pessoa parecía invertir espontáneamente esa relación. En sus cartas y anotaciones, el nacimiento de Caeiro aparece descrito casi como una revelación, como si aquel poeta hubiera irrumpido de pronto en su conciencia reclamando un espacio que ya le pertenecía. Más tarde haría algo semejante con el resto de sus heterónimos, hasta el punto de que la sensación de estar asistiendo a un proceso de invención fue cediendo terreno ante otra mucho más difícil de definir. Da la impresión de que Pessoa no construía pacientemente aquellas identidades, sino que las iba encontrando.

Conviene leer ese célebre relato con cierta prudencia. Es muy probable que el propio Pessoa contribuyera a convertir el origen de sus heterónimos en una especie de mito fundacional, mezclando recuerdos, reconstrucciones posteriores y una evidente voluntad literaria. Después de todo, nadie conocía mejor que él el poder de una buena historia. Sin embargo, incluso aceptando esa cautela, el episodio conserva toda su fuerza simbólica. Lo verdaderamente importante no es averiguar si Alberto Caeiro apareció una tarde concreta de la manera exacta en que Pessoa la describió, sino comprender que eligió contar su nacimiento de ese modo. Allí donde otro escritor habría hablado de inspiración, de trabajo o de búsqueda, Pessoa prefirió narrar un encuentro.

Y ese pequeño desplazamiento modifica profundamente nuestra forma de leer su obra. Descubrir un paisaje no es lo mismo que construirlo. Encontrar a una persona tampoco equivale a inventarla. El lenguaje que empleamos para describir una experiencia condiciona inevitablemente la naturaleza de esa experiencia, y Pessoa parecía sentirse mucho más cómodo utilizando verbos propios del descubrimiento que de la creación. Como si aquellos escritores hubieran permanecido siempre en alguna región inaccesible de su imaginación y él se hubiera limitado a abrirles la puerta.

Naturalmente, nadie está obligado a aceptar esa interpretación. Sabemos que detrás de cada poema se encontraba la misma mano. Sin embargo, la literatura posee una capacidad extraordinaria para alterar las jerarquías que damos por supuestas. Cuando una ficción alcanza suficiente consistencia, el vínculo entre creador y criatura deja de percibirse como una simple relación de dependencia. Los personajes comienzan a adquirir una autonomía inesperada, toman decisiones que el propio autor afirma no haber previsto y terminan ocupando un lugar estable en la memoria de los lectores. Todos los grandes novelistas han hablado alguna vez de esa sensación, aunque casi siempre como una metáfora del proceso creativo. Pessoa decidió llevar esa metáfora hasta un extremo del que ya no resultaba sencillo regresar.

Quizá por eso exista otra forma de contemplar todo este extraordinario edificio literario. No como una pirámide coronada por un único autor del que dependen todas las demás voces, sino como una constelación en la que cada una ilumina a las otras y recibe de ellas parte de su sentido. Desde esa perspectiva, el propio Fernando Pessoa deja de ocupar una posición privilegiada. Continúa siendo el punto desde el que físicamente nacen los textos, pero dentro de la ficción parece comportarse como un integrante más de aquella comunidad de escritores. Habla con ellos, aprende de ellos, los presenta, los edita e incluso se deja influir por sus ideas. El creador comienza a mezclarse con sus propias criaturas hasta que la frontera entre unos y otro pierde parte de la nitidez que solemos atribuirle.

Es entonces cuando la hipótesis inicial, aquella que al comienzo parecía apenas un juego literario, regresa convertida en una pregunta mucho más seria. ¿Y si lleváramos un siglo interpretando a Pessoa exactamente al revés? ¿Y si, al menos dentro del universo que él mismo construyó, Fernando Pessoa fuera también una figura necesaria para que Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y los demás pudieran llegar hasta nosotros? Evidentemente no hablamos de una afirmación histórica, sino de una posibilidad de lectura. Pero pocas veces una ficción ha conseguido alterar con tanta elegancia el lugar que solemos reservar al autor dentro de su propia obra.

La invención de una persona

Puede que esa sea también la razón por la que la obra de Pessoa sigue resultando tan contemporánea. No porque anticipara determinadas corrientes literarias o porque llevara el juego de los heterónimos más lejos que nadie, sino porque supo convertir en literatura una intuición que continúa acompañándonos. La extraordinaria comunidad de escritores que construyó provoca un asombro inmediato, pero esa sorpresa termina dejando paso a una sensación mucho más difícil de explicar. Poco a poco, aquellas voces imaginarias empiezan a resultarnos extrañamente familiares, como si detrás de su aparente extravagancia reconocieran una experiencia que, de alguna manera, también nos pertenece.

Nos gusta pensar que existe un único “yo” que permanece inalterable a lo largo del tiempo y que observa desde algún lugar estable las distintas etapas de nuestra vida. Esa imagen posee una enorme fuerza porque aporta continuidad a nuestra biografía y nos permite reconocernos en el niño que fuimos, en el adulto que somos y en la persona que imaginamos llegar a ser. Pero basta detenerse un instante para advertir que esa aparente unidad convive con una experiencia mucho más compleja.

Quien recuerda un episodio de la infancia no contempla el mundo con la misma mirada que quien toma una decisión importante, conversa con un amigo o permanece en silencio frente a una página en blanco. Cada una de esas situaciones parece convocar una voz diferente, una manera particular de ordenar los recuerdos y de interpretar cuanto sucede a nuestro alrededor. No se trata de personas distintas ni de identidades escindidas, sino de algo mucho más cotidiano y, precisamente por eso, más difícil de percibir. Vivimos rodeados de registros, de matices y de perspectivas que cambian continuamente mientras seguimos utilizando un único nombre para designarlos a todos. La sensación de unidad existe, sin duda, pero quizá se parezca menos a una roca inmóvil que a un delicado equilibrio entre muchas formas de ser.

Pessoa no inventó esa diversidad interior. Lo que hizo fue otorgarle una existencia literaria independiente. Allí donde la mayoría de nosotros dejamos que esas voces convivan silenciosamente bajo una misma identidad, él decidió concederles una biografía, una manera de escribir y una mirada propia sobre el mundo. La operación resulta tan extrema que durante un primer momento parece una extravagancia irrepetible. Sin embargo, conforme nos alejamos del asombro inicial, empieza a revelar algo inesperado. Tal vez los heterónimos nos resulten convincentes porque reconocemos en ellos un mecanismo que, de una forma mucho más discreta, también opera en nuestra experiencia cotidiana.

La filosofía y la psicología han intentado responder desde hace siglos a esa aparente paradoja. Algunas corrientes han defendido la existencia de un yo estable que permanece idéntico bajo los cambios de la experiencia, mientras que otras han descrito la identidad como un proceso siempre inacabado, una construcción que se modifica continuamente a medida que vivimos. Pessoa nunca pretendió resolver ese debate desde un sistema filosófico. Su territorio era la literatura, y precisamente por eso pudo permitirse una libertad que rara vez está al alcance del pensamiento teórico. En lugar de definir qué es una persona, imaginó qué ocurriría si cada una de las posibilidades que habitan en una conciencia pudiera desarrollar una vida completa y escribir con absoluta independencia de las demás.

Esa decisión convierte a los heterónimos en algo más que un brillante artificio literario. Cada uno de ellos explora una forma distinta de estar en el mundo y lleva hasta sus últimas consecuencias una determinada sensibilidad. Alberto Caeiro contempla la realidad con una inocencia casi radical, como si las cosas no necesitaran ser interpretadas para existir. Ricardo Reis encuentra en la serenidad clásica una manera de aceptar el tiempo y el destino, mientras que Álvaro de Campos abraza el exceso, la contradicción y el vértigo de la experiencia moderna. Ninguno de ellos agota por sí solo la complejidad de la condición humana, pero juntos componen una especie de mapa en el que distintas maneras de mirar la realidad pueden convivir sin necesidad de reducirse unas a otras.

Quizá esa sea una de las razones por las que la obra de Pessoa continúa ejerciendo una fascinación tan particular. Sus heterónimos nunca funcionan como simples recursos narrativos destinados a sorprender al lector. Tampoco parecen responder al deseo de ocultarse detrás de distintas máscaras, porque una máscara siempre presupone la existencia de un rostro definitivo que espera detrás de ella. En el universo de Pessoa ocurre exactamente lo contrario, ya que cada nueva voz amplía el conjunto sin cancelar las anteriores, y el resultado se asemeja menos a una colección de disfraces que a un organismo vivo cuyas partes conservan su autonomía mientras participan de una misma totalidad. La identidad deja entonces de entenderse como una esencia inmóvil y comienza a parecerse a una conversación permanente que nunca concluye del todo.

Vista desde esa perspectiva, la pregunta con la que iniciábamos este recorrido adquiere un sentido diferente. Tal vez ya no importe demasiado averiguar si Fernando Pessoa inventó realmente a sus heterónimos o si prefirió presentarlos como descubrimientos surgidos de su imaginación. Lo verdaderamente sugestivo es que esa ficción termina actuando como un espejo inesperado. La distancia que parecía separar la experiencia de Pessoa de la nuestra comienza entonces a reducirse hasta casi desaparecer, y aquello que al principio se presentaba como una de las propuestas más singulares de la literatura moderna acaba revelándose como una posibilidad profundamente humana. Al observar la extraordinaria comunidad de escritores que habita su obra, el lector termina reconociendo, aunque sea de una forma tenue, la complejidad de su propia vida interior.

El descubrimiento de una persona

Aquí, quizá resulte tentador volver a la pregunta con la que comenzábamos estas páginas. ¿Fue Fernando Pessoa un escritor extraordinariamente imaginativo que decidió repartir su talento entre varias voces ficticias o, por el contrario, utilizó la literatura para explorar una intuición mucho más profunda acerca de la naturaleza de la identidad? Probablemente ambas respuestas sean compatibles, y tal vez ahí resida precisamente la riqueza de su obra. Sus heterónimos continúan fascinándonos porque funcionan al mismo tiempo como una prodigiosa invención literaria y como una reflexión silenciosa sobre aquello que significa ser una persona. Cuanto más nos acercamos a ellos, más difícil resulta separar el juego de la ficción de la investigación sobre la conciencia humana.

Puede que esa sea también la razón por la que Pessoa sigue pareciendo un autor tan difícil de agotar. Cada nueva lectura desplaza ligeramente el centro de gravedad de su obra. A veces creemos estar leyendo a un poeta y descubrimos a un filósofo. Otras pensamos haber encontrado un brillante experimento literario y terminamos frente a una pregunta que afecta a nuestra propia manera de habitar el mundo. Sus libros rara vez ofrecen respuestas definitivas, pero poseen la extraña virtud de alterar la forma en que formulamos determinadas preguntas. Y, en ocasiones, esa transformación resulta mucho más valiosa que cualquier conclusión.

Existe una hermosa ironía en todo ello. El hombre cuyo apellido significaba simplemente persona dedicó buena parte de su vida a poner en duda que esa palabra pudiera contener una única voz. Mientras otros escritores utilizaron la ficción para inventar héroes, ciudades o mundos imaginarios, Pessoa la empleó para explorar el territorio más cercano y, quizá por ello, el más desconocido de todos: la conciencia de quien escribe y de quien lee. Sus heterónimos siguen dialogando entre sí mucho después de que cerremos sus libros porque ese diálogo ya no les pertenece únicamente a ellos, ya que de una manera casi imperceptible, termina incorporándose también al nuestro.

Tal vez por eso la pregunta que sobrevuela toda su obra nunca llegue a resolverse del todo. ¿Quién escribía realmente cuando Fernando Pessoa se sentaba ante una hoja en blanco? La respuesta más inmediata parece evidente y, sin embargo, después de recorrer su universo literario deja de poseer la misma claridad que tenía al principio. Quizá esa incertidumbre constituya su mayor legado. No porque nos obligue a dudar de la existencia de Pessoa o de sus heterónimos, sino porque nos invita a contemplar nuestra propia identidad con una curiosidad semejante.

Después de todo, una persona quizá no sea únicamente aquello que permanece inmutable a lo largo de los años. También puede ser la conversación silenciosa que mantiene unidas todas las voces que hemos sido, las que todavía somos y las que algún día llegaremos a descubrir.

Savatage – Hall of the Mountain King

Corría el año 1987 y Savatage se encontraban en una encrucijada. Después de dos discazos (Sirens y Power of the Night) y un magnífico EP (The Dungeons are Calling), que los había situado en lo más alto de la escena power/heavy metal norteamericana, habían dado un paso en falso con Fight for the Rock, su último disco dónde, presionados por su discográfica, habían coqueteado con el glam metal en busca de un éxito comercial que nunca llegó, dañando en el proceso parte de la credibilidad que tanto les había costado ganarse.

La banda tomó nota de esto y decidió salir a matar con su siguiente LP. Hall of the Mountain King es un disco brutal de heavy metal de la vieja escuela, lleno de riffs memorables, solos abrasivos, estribillos pegadizos y sobre todo, canciones magníficamente compuestas.
También supone el final de una etapa para Savatage, porque a partir de ese momento comenzarían a desarrollar un estilo más sinfónico y progresivo, que terminaría convirtiéndose en una de las señas de identidad de la banda.

El album fue grabado en los Record Plant Studios de New York, con la producción de Paul O’Neill, que consiguió un sonido paradójicamente crudo y pulido al mismo tiempo. El disco no suena sucio, pero tampoco está sobreproducido. Tiene una claridad enorme: cada instrumento ocupa su lugar y, sin embargo, conserva una agresividad casi física. Esa mezcla explica por qué el album sigue sonando tan fresco casi cuarenta años después.

Toda la banda está a un altísimo nivel, pero hay dos componentes que sobresalen sobre el resto. Criss Oliva brilla con luz propia, ya que su trabajo de guitarra es sin duda el eje central de Hall of the Mountain King. El sonido y los riffs de este álbum están entre los mejores que ha dado el heavy metal clásico. Aquí impera la música pegadiza y electrizante que invita a mover la cabeza y corear con el puño en alto. Sus solos virtuosos y melódicos, encajan en cada canción como la pieza faltante de un rompecabezas, pero sin eclipsar al resto de la música. Este album y el siguiente (Gutter Ballet), probablemente sean el momento álgido de Oliva, antes de su trágica muerte en 1993.

La interpretación vocal de Jon Oliva es insuperable, despliega un registro que se mueve entre lo gutural y el alarido desgarrador que encaja a la perfección con la agresividad melódica de este disco. Nunca fue el vocalista más dotado técnicamente, pero al igual que ocurre con Ozzy Osbourne, Dave Mustaine y tantos otros, nadie más habría encajado tan bien con la música de este álbum. Transmite una convicción absoluta en lo que canta; como si realmente creyera que más allá de la frágil estructura de la realidad, existe otra, más oscura y macabra poblada por terrores inimaginables.

Johnny Lee Middleton y Steve “Doc” Wacholz forman una base rítmica contundente y eficaz. Su trabajo siempre está al servicio de las canciones y nunca busca opacar a los hermanos Oliva, sino darles el terreno perfecto para que brillen. La batería de Wacholz sabe alternar potencia y contención según lo requiere cada tema, mientras que el bajo de Middleton aporta el cuerpo necesario para que los riffs de Criss Oliva suenen todavía más sólidos. Juntos mantienen en todo momento el equilibrio entre fuerza y claridad que caracteriza al álbum.

El disco abre con una triada demoledora que no hace prisioneros. El riff inicial de 24 Hrs. Ago te pilla por sorpresa y tu destino está sellado: quedas atrapado en las mazmorras del Rey de la Montaña durante los siguientes cuarenta minutos. Jon Oliva se desgañita como un poseso mientras su hermano Criss salpica todo el tema de solos incendiarios, hasta que, en el minuto 3:25, la canción se detiene por un instante para volver a arrancar con una sección más groovy y otra brillante exhibición de Criss Oliva.

Beyond the Doors of the Dark es el tema más oscuro del disco. Comienza con una intro que podrían haber firmado los Black Sabbath de la era Dio, para desembocar en un riff descomunal que nos arrastra cual Caronte cruzando el río Estigia. La voz de Jon Oliva adquiere tintes dramáticos para dar voz a un personaje consumido por sus propios fantasmas. El doble bombo y los teclados terminan de envolver la canción en una atmósfera inquietante, antes de que Criss Oliva vuelva a demostrar por qué era uno de los guitarristas más innovadores de su generación.

El nivel no baja ni un ápice con Legions, un tema repleto de groove y con un estribillo que invita a ser coreado a pleno pulmón. Jon Oliva juega aquí con dos pistas de voz simultáneas, utilizando registros distintos que crean un efecto tan extraño como impactante. Sin embargo, lo que siempre me atrapa es el segundo solo de guitarra, ya que tiene una carga melódica y emocional extraordinaria. Es de esos solos que, por muchas veces que los escuches, siguen poniendo la piel de gallina.

Strange Wings recupera el lado más melódico que Savatage había explorado en Fight for the Rock, aunque esta vez con una personalidad mucho más definida. Su melodía recuerda inevitablemente a los Scorpions de los años ochenta y posee todos los ingredientes para haber sido un gran single. Un tema muy accesible que demuestra que la banda podía sonar comercial sin renunciar a su identidad. Le sigue Prelude to Madness, una reinterpretación metálica del célebre fragmento En la gruta del rey de la montaña, perteneciente a la música incidental de Peer Gynt, del compositor noruego Edvard Grieg. Este interludio es mucho más importante de lo que parece, ya que empieza a prefigurar el camino sinfónico que seguiría la banda a partir de su siguiente disco. Su introducción posee un aire marcial y amenazante que recuerda al Marte de Gustav Holst, antes de desembocar en la célebre melodía de Grieg y preparar el terreno para la locura que está a punto de desatarse con la canción que da título al disco.

Hall of the Mountain King es el corazón del álbum y el tema que mejor condensa todos los elementos que convirtieron a Savatage en una banda única. Riffs letales y pegadizos, ritmo machacón, interpretación teatral de Jon Oliva, solos relampagueantes, un puente que va acumulando intensidad y un estribillo que se te queda clavado en el cerebro para el resto de tu vida: “Madness reigns in the hall of the mountain king!” Como si todo esto fuera poco, la canción vino acompañada de un videoclip tan delirante como entrañable, convertido hoy en una pequeña pieza de culto para los seguidores de la banda.

The Price You Pay es probablemente el tema más cercano al heavy metal clásico del álbum y también uno de los más pausados, permitiendo a Criss Oliva desplegar todo su repertorio técnico con una colección de solos memorables. Como contrapunto, White Witch acelera el pulso con un auténtico puñetazo de speed metal repleto de grandes riffs y doble bombo. The Last Dawn actúa como un bellísimo interludio acústico que sirve de antesala a otro de los grandes clásicos de la banda: Devastation. Su riff principal parece salido directamente de un álbum setentero de Black Sabbath, mientras Jon Oliva vuelve a ofrecer una interpretación intensa y dramática sobre unas letras de marcado carácter apocalíptico. Lejos de bajar la intensidad, Savatage cierra el álbum con la misma energía con la que lo abrió, rematando así, una colección de canciones difícil de igualar.

Hall of the Mountain King representa la cima de Savatage y una de las grandes cumbres del heavy metal. Cuatro décadas después sigue teniendo una pegada increíble y no importa las veces que lo escuches: tarde o temprano regresarás a los dominios del Rey de la Montaña. Y cuando las puertas se cierren a tu espalda, recordarás por qué este disco sigue siendo una auténtica obra maestra.

Drácula o aquello que nunca deja de regresar

Drácula es una figura que hace mucho tiempo dejó de pertenecer exclusivamente a la novela de Bram Stoker para convertirse en un símbolo reconocible incluso por quienes jamás han abierto el libro. Basta pronunciar su nombre para que aparezcan en nuestra memoria un castillo perdido entre montañas, una capa negra agitándose en la oscuridad, unos colmillos afilados y ensangrentados o un murciélago cruzando la luna llena, porque pocas creaciones literarias han logrado fundirse con el imaginario colectivo hasta el punto de que su origen casi parece secundario frente a la enorme cantidad de reinterpretaciones que han seguido alimentando el mito durante más de un siglo.

Esa extraordinaria capacidad para regresar plantea una pregunta mucho más interesante que cualquier discusión sobre el origen histórico del personaje o sobre la fidelidad de sus adaptaciones cinematográficas. ¿Por qué seguimos leyendo Drácula? La novela fue publicada en 1897 y pertenece a una época muy distinta de la nuestra, marcada por inquietudes sociales, avances científicos y preocupaciones morales que hoy contemplamos con la distancia del tiempo, y, sin embargo, continúa encontrando lectores mientras nuevas generaciones de cineastas y escritores vuelven una y otra vez sobre la misma figura. Quizá la respuesta no se encuentre únicamente en el atractivo del vampiro ni en la eficacia de la historia, sino en la capacidad de Bram Stoker para construir un personaje que nunca terminó de agotarse, un ser que parece cambiar de rostro con cada época porque, bajo la apariencia de un aristócrata venido de Transilvania, siguen latiendo algunas de las preguntas más antiguas de nuestra cultura: el deseo de vencer a la muerte, la fascinación por aquello que permanece oculto, el temor a que lo desconocido atraviese el umbral de nuestra propia casa y la sospecha de que la razón, por sí sola, nunca alcanza a explicar por completo el mundo que habitamos.

Más de ciento veinte años después, seguimos leyendo Drácula convencidos de que vamos a encontrarnos con un viejo conocido, aunque cada relectura termina revelando una obra mucho más compleja de lo que su condición de icono popular podría hacer pensar. Detrás del vampiro inmortal hay una novela cuidadosamente construida, un inmenso archivo de documentos que obliga al lector a reconstruir los hechos, un personaje cuya voz jamás llegamos a escuchar y una historia que ha ido transformándose con el paso del tiempo sin perder aquello que la hizo inolvidable. Tal vez esa sea la verdadera inmortalidad de Drácula: no la que promete la ficción a su protagonista, sino la que la literatura concede, rara vez, a las obras que consiguen seguir dialogando con lectores que pertenecen a siglos distintos.

La larga gestación de una pesadilla

Las grandes novelas casi nunca aparecen como una revelación instantánea. Antes de adquirir una forma reconocible suelen pasar años creciendo en silencio, alimentándose de lecturas, conversaciones, viajes, anotaciones dispersas y pequeñas intuiciones que, vistas por separado, apenas parecen guardar relación entre sí. En ese sentido, Drácula constituye un magnífico ejemplo de cómo la imaginación literaria no consiste únicamente en inventar, sino también en reunir materiales muy diversos hasta hacer que todos ellos parezcan formar parte de una misma historia. Bram Stoker dedicó varios años a recopilar notas, consultar libros de historia y geografía, estudiar supersticiones populares, leer relatos de viajes y sumergirse en el abundante folclore de Europa oriental, y aquel inmenso archivo de referencias terminó convirtiéndose en el terreno fértil sobre el que crecería una de las figuras más perdurables de la literatura universal.

Sin embargo, sería un error pensar que todo comenzó cuando Stoker dirigió su mirada hacia Transilvania. Mucho antes de interesarse por aquellas montañas, el escritor había crecido en Irlanda, una tierra donde las leyendas, las apariciones y los seres pertenecientes al Otro Mundo seguían formando parte de la memoria popular. Resulta difícil saber hasta qué punto ese universo permanecía presente en su imaginación cuando comenzó a escribir la novela, aunque también cuesta creer que un autor formado en ese ambiente permaneciera completamente ajeno a relatos como el del Abhartach, un muerto que regresaba de la tumba para reclamar la sangre de los vivos, o a las historias de los Sluagh, espíritus errantes que atravesaban el cielo buscando víctimas a las que robarles el alma. Más que buscar en ellos el origen directo de Drácula, quizá convenga entenderlos como parte de un paisaje cultural que acostumbraba a contemplar el mundo visible y el invisible como territorios separados por una frontera extraordinariamente frágil.

A esa herencia irlandesa se fueron sumando otras muchas capas. El vampiro ya había encontrado un lugar dentro de la literatura europea gracias a obras como Carmilla de Le Fanu o El vampiro de Polidori, mientras que los estudios de folclore publicados por Emily Gerard acercaron a Stoker las supersticiones de Transilvania y el propio término «nosferatu», cuya interpretación acabaría incorporándose al imaginario de la novela. Cada nueva lectura añadía un matiz distinto y cada anotación encontraba acomodo junto a las anteriores, de manera que el proyecto fue creciendo por acumulación hasta convertirse en una obra donde convivían la tradición gótica inglesa, las creencias populares centroeuropeas, la sensibilidad irlandesa y las inquietudes de la sociedad victoriana, formando un conjunto que resulta mucho más rico que cualquiera de sus influencias tomadas de manera aislada.

Precisamente por esa complejidad resulta difícil sostener la idea, repetida durante décadas, de que Drácula nace simplemente de la figura de Vlad Tepes. Las notas de trabajo conservadas de Stoker indican que el escritor descubrió el nombre «Drácula» durante sus investigaciones históricas y encontró atractivo su significado, pero el personaje literario apenas comparte rasgos con el príncipe valaco más allá de esa denominación. El verdadero origen del conde no se encuentra en una biografía concreta, sino en una biblioteca; en un proceso paciente de lectura y selección mediante el cual Stoker fue condensando siglos de relatos, supersticiones y tradiciones hasta dar forma a un personaje que terminaría eclipsando a casi todas las historias de las que, en algún momento, se había alimentado.

Una novela construida como expediente

Si Bram Stoker construyó Drácula reuniendo documentos, tampoco resulta extraño que decidiera contar su historia mediante otro gran archivo. La novela adopta la forma de un expediente compuesto por diarios personales, cartas, telegramas, recortes de prensa, informes médicos y grabaciones fonográficas, como si el lector no estuviera leyendo una ficción, sino investigando un caso cuyos fragmentos alguien ha reunido con enorme cuidado. En cierto modo, el escritor continúa desempeñando el mismo papel que había asumido durante los años de preparación de la obra: primero recopila materiales para crear al personaje y, después, convierte esa forma de trabajar en el propio mecanismo narrativo de la novela. Existe aquí una curiosa mise en abyme, un reflejo de la creación dentro de la creación, porque el procedimiento mediante el cual nació Drácula acaba siendo también el procedimiento mediante el cual la historia llega hasta nosotros.

Esa elección resulta extraordinariamente moderna para una novela publicada en 1897. Aunque la literatura epistolar contaba ya con una larga tradición, Stoker lleva el recurso mucho más lejos al combinar documentos de naturaleza muy distinta y hacer que todos ellos dialoguen entre sí para construir un único relato. Los diarios avanzan casi en paralelo, los telegramas aceleran el ritmo cuando la distancia entre los personajes se convierte en un obstáculo, los cilindros de fonógrafo incorporan una tecnología que entonces representaba la modernidad y los recortes de prensa amplían el escenario hasta ofrecer la sensación de que los acontecimientos dejan huellas incluso fuera de la experiencia directa de los protagonistas. El resultado posee una sorprendente agilidad y transmite la impresión de que la historia se está desarrollando mientras la leemos, como si los documentos fueran llegando a nuestras manos casi al mismo tiempo que a quienes intentan comprender lo que está sucediendo.

Sin embargo, la gran inteligencia de esta estructura no reside únicamente en su capacidad para generar verosimilitud, sino en la posición que reserva al lector. Stoker nunca introduce una voz omnisciente que confirme qué ocurrió realmente ni abandona el archivo para mostrarnos una perspectiva objetiva de los hechos. Todo cuanto sabemos procede de personas concretas que observan, interpretan y escriben lo que creen haber vivido. Jonathan Harker relata su estancia en el castillo desde el desconcierto, Mina organiza pacientemente la información para buscar conexiones ocultas, el doctor Seward registra sus observaciones con la disciplina de un científico y Van Helsing intenta dar sentido a unos acontecimientos que desafían cualquier explicación racional. Cada uno aporta una pieza distinta del rompecabezas y cada uno escribe desde su propia experiencia, de manera que el lector nunca accede a la realidad desnuda, sino al relato que esos personajes construyen sobre ella.

Ese detalle modifica profundamente la manera en que leemos la novela. Más que recibir una historia terminada, recibimos un conjunto de pruebas cuya interpretación queda en nuestras manos, y esa circunstancia introduce un grado de incertidumbre que continúa resultando fascinante. Sabemos que los personajes actúan de buena fe, pero también sabemos que toda memoria es parcial, que toda observación está condicionada por quien la realiza y que cualquier documento constituye ya una interpretación de los hechos. En consecuencia, Drácula nos invita a desempeñar un papel muy distinto del habitual: dejamos de ser simples lectores para convertirnos en investigadores que comparan testimonios, buscan contradicciones, reconstruyen cronologías e intentan llenar los silencios que inevitablemente dejan los documentos.

Paradójicamente, cuanto más abundante es el archivo, menos definitiva parece la verdad que contiene. Los protagonistas confían en que ordenar diarios, cartas e informes les permitirá comprender al monstruo y encontrar la forma de derrotarlo, mientras el lector descubre que incluso la documentación más minuciosa conserva siempre zonas oscuras. Ningún expediente consigue agotar por completo aquello que pretende explicar, y quizá por eso la novela mantiene intacta gran parte de su poder de fascinación. Más de un siglo después seguimos acercándonos a sus páginas del mismo modo en que hoy reconstruimos cualquier acontecimiento complejo: reuniendo testimonios, contrastando versiones y aceptando que la verdad rara vez se presenta como un relato único y perfectamente ordenado. En ese sentido, la modernidad de esta novela no depende solo de su personaje más célebre, sino también de una estructura narrativa que convierte la búsqueda de la verdad en una experiencia compartida entre el autor, sus protagonistas y cada nuevo lector que decide adentrarse en ese inmenso archivo.

El personaje al que nunca escuchamos

Si la novela nos invita a reconstruir la historia a partir de un inmenso archivo de documentos, también nos obliga a enfrentarnos a una ausencia que termina resultando tan significativa como todo aquello que sí ha quedado registrado. Cada uno de los protagonistas deja constancia por escrito de sus experiencias, y todos ellos intentan comprender unos acontecimientos que desafían cualquier explicación razonable. Sin embargo, el personaje que da título a la novela nunca participa en esa conversación. Drácula no escribe un diario, no dicta una confesión, no comparte sus pensamientos ni permite al lector acceder a su conciencia. El conde permanece siempre al otro lado de la narración, convertido en el único protagonista cuya versión de los hechos jamás llegamos a conocer.

Se trata de una decisión narrativa de enorme inteligencia porque prolonga, dentro de la propia novela, el mecanismo que ya habíamos observado en su estructura documental. Si todos los personajes aportan una pieza del expediente, el conde Drácula representa precisamente el documento que falta, el vacío imposible de completar y la única voz que nunca llega hasta nosotros. Esa ausencia constituye un auténtico reflejo estructural: el lector reconstruye pacientemente una historia nacida de fragmentos y, cuando cree haber reunido todas las piezas necesarias, descubre que el centro del rompecabezas permanece deliberadamente vacío. El expediente está incompleto desde el principio y seguirá estándolo cuando cerremos el libro.

Las consecuencias de esa elección van mucho más allá del simple misterio. Bram Stoker podría haber permitido que el conde explicara sus motivaciones, justificara sus actos o compartiera algún conflicto interior, pero hacerlo habría transformado profundamente la naturaleza del personaje. Comprender a Drácula habría significado empezar a domesticarlo, incorporarlo al territorio de las emociones humanas y convertirlo en alguien cuya conducta pudiera interpretarse desde categorías morales que conocemos bien. En cambio, la novela preserva cuidadosamente esa distancia y presenta al conde como una inteligencia tan refinada como inaccesible, capaz de planificar con paciencia, manipular a quienes lo rodean y adaptarse a las circunstancias con una frialdad extraordinaria, aunque toda esa capacidad intelectual permanezca orientada hacia un propósito que ya no pertenece al ámbito de la humanidad. Drácula no actúa como un criminal que intenta justificar sus decisiones ni como un antagonista que busca convencer al lector de que sus razones son legítimas; actúa como un depredador cuya lógica responde a una naturaleza distinta, del mismo modo que un lobo no necesita explicar por qué caza a su presa.

Esa distancia convierte al conde en una presencia mucho más perturbadora que la de muchos villanos posteriores. No llegamos a conocerlo directamente, sino a través de las huellas que deja en quienes se cruzan con él, y cada personaje construye una imagen diferente condicionada por sus propios miedos, conocimientos y experiencias. Nosotros dependemos de esas voces para imaginar al monstruo y, al mismo tiempo, comprendemos que ninguna de ellas posee una visión completa de lo ocurrido. La novela nos obliga así a imaginar a Drácula y también a desconfiar, siquiera por un instante, de la imagen que los demás proyectan sobre él, porque nunca llegamos a contemplarlo desde un lugar completamente ajeno a esas miradas.

Puede que Bram Stoker comprendiera que algunos misterios solo conservan intacto su poder mientras permanecen parcialmente ocultos. Darle una voz al conde habría significado ofrecer una explicación allí donde la novela necesitaba mantener una incógnita, mientras que su silencio lo convierte en una presencia abierta, siempre incompleta y, precisamente por ello, inagotable para la imaginación de cada lector. Más de un siglo después seguimos intentando responder a la misma pregunta que los personajes nunca pudieron formularle directamente y, tal vez, esa imposibilidad de escuchar su versión de la historia sea una de las razones por las que Drácula continúa habitando nuestra imaginación con una fuerza que muy pocos personajes literarios han conseguido conservar.

La Inglaterra victoriana ante el espejo

Toda gran novela pertenece a su tiempo y, al mismo tiempo, consigue desbordarlo. Drácula nació en una Inglaterra que contemplaba el final del siglo XIX con una mezcla de optimismo y ansiedad, orgullosa de sus avances científicos y tecnológicos mientras comenzaba a descubrir que el progreso no bastaba para disipar todas las incertidumbres. El ferrocarril, el telégrafo, la medicina o las nuevas formas de registrar la realidad mediante fonógrafos y máquinas de escribir alimentaban la convicción de que el mundo podía conocerse, clasificarse y explicarse con una precisión cada vez mayor, y esa confianza atraviesa toda la novela, donde los protagonistas responden al misterio reuniendo documentos y buscando una explicación racional incluso cuando los hechos parecen resistirse a cualquier lógica conocida.

Al mismo tiempo, la sociedad victoriana vivía pendiente de otras inquietudes menos visibles. La llegada de un extranjero procedente de los márgenes de Europa, la transformación de Lucy en una figura que rompe las normas de comportamiento femenino aceptadas por su época, la tensión constante entre el deseo y la moral o la sensación de que aquello considerado civilizado podía verse amenazado por fuerzas procedentes de un mundo aparentemente lejano forman parte del tejido cultural en el que Bram Stoker escribió la novela. Muchas de esas preocupaciones resultan hoy inseparables de su contexto histórico y ayudan a comprender determinadas decisiones de los personajes, así como la intensidad con la que reaccionan ante acontecimientos que para un lector contemporáneo podrían adquirir matices diferentes.

Sin embargo, reducir Drácula a un reflejo de la Inglaterra victoriana significaría pasar por alto la razón principal de su permanencia. Las grandes obras sobreviven precisamente porque utilizan las inquietudes de su tiempo para hablar de cuestiones que pertenecen a todos los tiempos, y los temores que recorren la novela siguen encontrando un eco reconocible más de un siglo después. El miedo a que lo desconocido irrumpa en nuestra vida cotidiana, la fragilidad de las certezas sobre las que construimos nuestra visión del mundo, la posibilidad de que la razón encuentre un límite inesperado o la intuición de que siempre existe una parte de la realidad que escapa a nuestro control continúan acompañándonos, aunque adopten formas muy distintas de las que conocieron los lectores de 1897. Tal vez esa sea una de las mayores virtudes de la novela de Stoker: haber utilizado las sombras de una época concreta para proyectar una oscuridad mucho más amplia, una que todavía hoy sigue alcanzándonos porque nunca dejó de hablarnos únicamente del siglo XIX, sino también de nosotros mismos.

El monstruo que cambia con cada época

La primera gran metamorfosis de Drácula no tuvo lugar en una pantalla de cine. Ocurrió en la propia literatura. Apenas dos años después de la publicación de la novela comenzaron a aparecer en Escandinavia dos versiones muy peculiares que durante mucho tiempo pasaron prácticamente desapercibidas y que hoy constituyen uno de los episodios más fascinantes de la historia editorial del personaje. La primera fue la sueca, Mörkrets makter (“Los poderes de las tinieblas”), publicada por entregas en un periódico entre 1899 y 1900, y poco después apareció en Islandia Makt myrkranna, una versión más breve que durante décadas fue considerada una simple traducción de la novela inglesa hasta que los investigadores descubrieron que, en realidad, ambas desarrollaban una historia sensiblemente distinta de la que Bram Stoker había dado a conocer en 1897.

Las diferencias no se limitan a pequeños cambios de estilo o a adaptaciones culturales. El castillo de Drácula ocupa un espacio mucho más amplio dentro del relato, el conde adquiere un protagonismo diferente, aparecen personajes y escenas inexistentes en la novela original y la atmósfera se inclina hacia un universo de conspiraciones, experimentos eugenésicos, aristócratas decadentes y sociedades secretas que confiere al conjunto una personalidad propia y muy perturbadora. Durante algunos años estas versiones alimentaron una hipótesis tan seductora como difícil de demostrar: la posibilidad de que conservaran un borrador anterior de Drácula que Stoker nunca llegó a publicar en Inglaterra. Hoy esa teoría se contempla con bastante más cautela y muchos especialistas consideran más probable que la versión sueca fuera una adaptación extraordinariamente libre sobre la que, posteriormente, se elaboró el texto islandés. El debate permanece abierto en algunos aspectos y quizá nunca llegue a resolverse por completo, aunque esa incertidumbre forma parte de su propio atractivo.

Sin embargo, el mayor interés de estas versiones no reside únicamente en el enigma documental que todavía las rodea, sino en lo que revelan acerca del propio personaje. Apenas había transcurrido un breve intervalo desde la aparición de Drácula cuando alguien sintió la necesidad de volver a contar aquella historia desde otra perspectiva, ampliar determinadas escenas, modificar otras y explorar posibilidades que la novela inglesa apenas insinuaba. Resulta difícil encontrar muchos ejemplos similares en la literatura de finales del siglo XIX, donde una obra recién publicada comenzara a generar tan pronto una reinterpretación de semejante alcance. Antes incluso de convertirse en un icono cinematográfico, el conde ya estaba demostrando una capacidad extraordinaria para escapar de los límites de su propio libro.

Puede que esa sea una de las claves de su longevidad. Los vampiros sobreviven porque cambian de forma y, de un modo sorprendente, también las grandes novelas parecen hacerlo. Cada época proyecta sobre ellas sus propios miedos, sus obsesiones y sus preguntas, mientras el núcleo del relato permanece reconocible bajo esas sucesivas transformaciones. Las versiones sueca e islandesa constituyen la primera prueba de ese proceso y anuncian un fenómeno que se repetirá una y otra vez durante el siglo XX: Drácula nunca aceptará una forma definitiva. Como el propio personaje, la novela parece resistirse a quedar inmóvil y encuentra una nueva manera de regresar cada vez que alguien decide volver a imaginarla.

Del libro al mito

Cuando Drácula abandonó definitivamente las páginas de la novela, dejó también de pertenecer por completo a Bram Stoker. A partir de ese momento comenzó una segunda existencia en la que cada generación encontró una manera distinta de imaginar al conde, como si el personaje hubiera heredado de los propios vampiros la capacidad de transformarse sin dejar de ser reconocible. El teatro primero, y el cine después desempeñaron un papel decisivo en ese proceso y terminó convirtiendo una figura literaria extraordinaria en uno de los grandes iconos culturales del siglo XX, aunque esa transformación nunca consistió en reproducir fielmente la novela, sino en reinterpretarla una y otra vez.

Cada adaptación puso el acento sobre un aspecto diferente del personaje. Nosferatu convirtió al vampiro en una criatura casi espectral, asociada a la enfermedad y a la decadencia; el Drácula interpretado por Bela Lugosi fijó para siempre la imagen del aristócrata elegante, hipnótico y envuelto en una capa negra; las películas de la Hammer con Christopher Lee acentuaron la dimensión física, violenta y sensual del personaje; y décadas más tarde el Drácula de Francis Ford Coppola, devolvió al conde una dimensión trágica y romántica que terminaría influyendo en buena parte de las reinterpretaciones posteriores. Ninguna de esas imágenes anuló a las anteriores; todas convivieron y ampliaron un imaginario que parecía crecer con cada nueva lectura y con cada nueva adaptación.

Resulta significativo que cada una de esas metamorfosis hable tanto de la época en que fue creada como del propio personaje. El vampiro adopta el rostro que cada generación necesita contemplar y se convierte sucesivamente en una encarnación de la peste, del aristócrata decadente, del seductor irresistible, del monstruo, del amante condenado o incluso del antihéroe. El conde cambia porque nosotros cambiamos, y quizá por eso sigue regresando una y otra vez con una apariencia distinta sin dejar nunca de ser él mismo. Muy pocos personajes literarios han demostrado una capacidad semejante para atravesar más de un siglo de transformaciones conservando intacta su identidad esencial.

Tal vez esa sea la forma más extraña de inmortalidad que puede alcanzar una obra de ficción. Mientras otros personajes permanecen ligados para siempre a las páginas que los vieron nacer, Drácula parece haberse emancipado de su novela y continúa viviendo en un territorio donde literatura, cine, teatro, cómic, televisión y videojuegos dialogan constantemente entre sí. El conde dejó de ser hace mucho tiempo un personaje para convertirse en un lenguaje compartido, un símbolo que todos reconocemos aunque nunca hayamos leído una sola página de Bram Stoker. Y, sin embargo, detrás de cada una de esas transformaciones sigue latiendo, casi intacta, la sombra del vampiro que emprendió su viaje desde un castillo Transilvania a finales del siglo XIX.

Por qué Drácula sigue vivo

Después de recorrer la historia de la novela, de asomarnos a sus influencias, de observar la manera en que Bram Stoker construyó su relato, de descubrir el silencio deliberado de su protagonista y de seguir las múltiples transformaciones que el personaje ha experimentado durante más de un siglo, la pregunta con la que comenzábamos sigue esperando una respuesta. ¿Por qué seguimos leyendo Drácula? Resulta tentador pensar que todo se debe a la eficacia de la historia o al carisma de su protagonista, aunque probablemente esas razones, siendo importantes, no basten para explicar una permanencia tan extraordinaria. Las obras verdaderamente perdurables rara vez sobreviven por lo que cuentan; sobreviven porque, bajo la superficie de su argumento, continúan formulando preguntas que ninguna época consigue responder de una vez por todas.

En las páginas de Drácula encontramos el miedo a la muerte, pero también el deseo contradictorio de escapar de ella; descubrimos la fascinación por una inmortalidad que termina convirtiéndose en una condena, asistimos a la irrupción de lo inexplicable en un mundo que confía plenamente en la razón y contemplamos cómo la identidad puede transformarse hasta el punto de que una persona siga conservando su rostro mientras deja de ser quien era. La sangre, convertida al mismo tiempo en alimento, contagio y vínculo entre el monstruo y sus víctimas, resume mejor que ningún otro elemento esa invasión de la vida por parte de la muerte que recorre toda la novela. Todos esos temores pertenecían ya a los lectores de 1897 y siguen perteneciendo, bajo formas distintas, a quienes abren hoy la novela. Cambian las circunstancias históricas, cambian las explicaciones con las que intentamos comprender el mundo y cambian incluso los propios monstruos, pero las preguntas esenciales continúan regresando una y otra vez, como si cada generación necesitara formularlas de nuevo con un lenguaje diferente.

Quizá por eso Drácula ha aceptado tantas transformaciones sin perder nunca su identidad. Cada época ha encontrado en él un reflejo distinto de sus inquietudes y ha construido el vampiro que necesitaba imaginar, aunque bajo todas esas máscaras siga habitando la misma presencia que Bram Stoker dejó deliberadamente envuelta en el misterio. El personaje cambia porque nosotros cambiamos con él, y precisamente esa capacidad de adaptarse sin dejar de ser reconocible explica que continúe atravesando novelas, escenarios, pantallas y generaciones con una naturalidad que muy pocas creaciones literarias han alcanzado.

Tal vez no hemos seguido leyendo Drácula porque fuera únicamente una novela sobre un vampiro. Quizá hemos seguido regresando a ella porque, desde su publicación, siempre ha hablado de aquello que nunca deja de regresar: el miedo, el deseo, la muerte, el misterio y la necesidad profundamente humana de buscar sentido allí donde la razón descubre sus propios límites. Bram Stoker dio forma a un personaje inolvidable, pero también escribió una historia capaz de sobrevivir transformándose, exactamente igual que el ser al que dio vida entre sus páginas. En ese sentido, el verdadero no muerto nunca fue solamente el conde que desembarcó en Inglaterra para sembrar el horror. El verdadero no muerto ha sido siempre la propia novela, que lleva más de un siglo despertando una y otra vez para recordarnos que existen historias cuya forma cambia con el tiempo, mientras las preguntas que las mantienen vivas continúan esperando, pacientemente, a su siguiente lector.