El atlas de las puertas

Debo la noticia de ese libro imposible a una nota marginal en un ejemplar mutilado de la Historia Naturalis de Plinio el Viejo, adquirido hace años en una subasta menor de Marsella. Entre observaciones sobre minerales y monstruos orientales, una mano del siglo XVIII había escrito en latín vacilante: Omnes portae ad eandem cameram ducunt (todas las puertas conducen a la misma cámara).

El comentario me habría parecido una extravagancia de lector ocioso, de no ser porque, unas páginas más adelante, reaparecía la misma caligrafía con una referencia precisa: Vide Atlas Portarum, fol. 73. No conocía ese título. Consulté catálogos, repertorios y bibliografías imaginariamente exhaustivas. Nada hallé. Un bibliotecario de la Biblioteca Nacional de España, hombre de cortesía fatigada, me dijo que los libros más peligrosos no son los prohibidos, sino los dudosos; los que acaso existieron.

Durante meses perseguí la sombra de ese atlas. En inventarios monásticos de Ávila apareció una mención a “un volumen de puertas grabadas”. En un catálogo privado de Coimbra se consignaba “Atlas sin mapas, de procedencia incierta”. En una carta atribuida falsamente a Cornelius Agrippa se aludía a “un libro que enseña a entrar, no a viajar”. No niego que me sedujo menos la promesa de encontrarlo que la arquitectura de sus rumores.

El hallazgo ocurrió donde menos debía: en una tienda de muebles usados de un barrio periférico, entre lámparas rotas y vitrinas de falsa caoba. Un dependiente joven, que ignoraba el valor de casi todo lo que vendía, me mostró un volumen grande encuadernado en cuero negro sin letras en el lomo.

—Eso venía dentro de un armario —me dijo—. Igual era del abuelo.

Lo compré por una suma ridícula.

El libro era muy voluminoso. Sus hojas eran gruesas y olían a humedad, polvo y algo anterior al papel. No había texto en la portada interior, sólo una lámina grabada: una puerta cerrada. Debajo, en francés antiguo: La première est toutes.

Las páginas siguientes mostraban puertas de todas las épocas y estilos: pórticos asirios, cancelas románicas, entradas de tabernas, umbrales de casas humildes, portones de fortalezas, trampillas de barcos, compuertas de aljibes, puertas de jardines chinos, de mezquitas, de cárceles, de teatros, de establos. Algunas estaban abiertas; otras, selladas; otras parecían no pertenecer a edificio alguno, erigidas solas en llanuras o desiertos.

Cada lámina llevaba un número, pero no consecutivo. La primera era la 1; la segunda, la 19; luego la 403; luego una cifra compuesta por signos que no eran arábigos ni romanos. Pensé en un capricho tipográfico. Después advertí algo peor: el orden cambiaba cada vez que cerraba el libro.

No hablo de una ilusión. Comprobé con marcas discretas, notas y fotografías. La puerta que una noche ocupaba el folio 73 amanecía en el 212 o desaparecía por semanas. Algunas retornaban envejecidas: una aldaba rota, una grieta nueva, un musgo reciente sobre la piedra.

La razón aconsejaba abandonar aquel objeto; la curiosidad, perseverar. Como suele ocurrir, obedecí a la segunda.

Descubrí pronto que ciertas puertas ejercían efectos singulares. Al contemplar una pequeña puerta verde de una casa colonial de México, recordé con nitidez una tarde de mi infancia que creía olvidada. Frente a una puerta de hierro de Moscú soñé esa noche con calles que nunca he visitado. Una compuerta marina, numerada con caracteres fenicios, me dejó durante horas una intensa nostalgia de algo que jamás poseí.

El atlas no representaba puertas: las convocaba. Esa hipótesis, que juzgo absurda y sin embargo inevitable, se confirmó por accidente. Una madrugada observaba una puerta humilde, de madera blanca, ligeramente entreabierta. Vi detrás de ella un corredor oscuro. Incliné el libro para acercarlo a la lámpara; el corredor se iluminó. Oí, distintamente, el eco de mis propios pasos. Cerré el volumen con violencia.

Durante días no lo abrí. Después cedí de nuevo. El hombre que ha entrevisto un abismo desarrolla con él una intimidad vergonzosa.

Continué los experimentos con mayor prudencia. Algunas puertas no conducían a lugar alguno visible; otras revelaban patios, escaleras, jardines, bibliotecas, mares inmóviles. Una mostraba otra puerta idéntica. Otra daba a una habitación donde alguien leía un libro muy semejante al mío.

Comprendí entonces que el atlas no era una colección de entradas dispersas, sino un sistema. Todas las puertas remitían, por bifurcaciones innumerables, a una única cámara central que ninguna lámina mostraba de frente. Esa ausencia ordenaba el conjunto.

No tardé en obsesionarme con hallar la ruta hacia esa cámara. Elaboré tablas, genealogías de picaportes, analogías entre estilos, correspondencias entre maderas y siglos. Sospeché que las puertas góticas acercaban más que las modernas; que las orientadas al norte retrocedían; que las puertas humildes eran más eficaces que las monumentales. Reduje mi vida a esa cartografía insensata.

Una noche di con una secuencia prometedora: página 88, luego 5, luego 610, luego un signo triangular, luego 233. Cada puerta conducía a otra más próxima, según deduje por la luz creciente y por una música lejana que acaso imaginé. Llegué al fin a un umbral de piedra desnuda sin cerradura ni hojas. Tras él había claridad.

Iba a pasar la página cuando comprendí algo que me inmovilizó: la piedra no enmarcaba un cuarto, sino mi propia habitación. Vi mi mesa, la lámpara, la ventana, los libros amontonados y a un hombre inclinado sobre un gran volumen negro. Ese hombre era yo.

No diré cuánto tiempo permanecí mirando aquella imagen que me miraba. Tal vez segundos; tal vez años, pues el tiempo ante ciertos espejos pierde la costumbre de avanzar.

El otro levantó una mano y señaló detrás de sí.

Giré instintivamente.

En la pared de mi cuarto, donde nunca hubo nada, se alzaba una puerta de madera oscura. Era antigua y sencilla. Reconocí en ella vetas, herrajes y una muesca lateral: pertenecía a la página 1. El miedo me pudo y no la abrí.

Al amanecer, la puerta había desaparecido. El atlas descansaba cerrado sobre la mesa. Desde entonces he intentado vivir con sensatez. Trabajo, paseo, converso, cumplo con las distracciones comunes. A veces lo consigo.

Pero sé que toda casa contiene una puerta exacta que no vemos. Sé también que cada decisión trivial —entrar en una tienda, descolgar un teléfono, aceptar una invitación, doblar una esquina— es una forma menor de abrirla.

No he vuelto a consultar el atlas. Sin embargo, algunas noches oigo en la pared tres golpes muy suaves… Y temo menos que llamen desde fuera que desde dentro.

– Mikel Alonso.


El comepecados

Durante siglos, en algunas regiones de Gales y del oeste de Inglaterra, hubo personas conocidas como comepecados. Cuando alguien moría, su presencia era requerida para llevar a cabo un ritual que apenas había variado desde tiempos remotos: sobre el pecho del difunto se colocaban un trozo de pan, sal y una jarra de cerveza. El comepecados consumía aquellos alimentos y pronunciaba una plegaria, mientras los familiares observaban en silencio, convencidos de que las culpas del muerto abandonaban el cuerpo y se transferían al desconocido que había acudido a la casa. Después se marchaba solo.

La comunidad necesitaba su presencia, pero evitaba su compañía. Vivían en los márgenes de los pueblos, en cabañas apartadas o en los límites del bosque. Apenas participaban en la vida de la comunidad, rara vez compartían mesa con los demás y casi nunca cruzaban el umbral de una iglesia. Se les temía porque llevaban consigo una carga invisible y porque existía la sospecha de que quien absorbe las faltas ajenas termina transformándose en algo distinto.

Las autoridades religiosas contemplaban aquellos rituales con abierta hostilidad. La idea de que un ser humano pudiera asumir los pecados de otro resultaba intolerable para una institución que reservaba el perdón y el juicio únicamente a Dios. Para muchos sacerdotes, los comepecados eran el vestigio incómodo de antiguas creencias paganas que habían logrado sobrevivir bajo la superficie del cristianismo. Y, sin embargo, incluso quienes condenaban el ritual terminaban recurriendo a él cuando la muerte entraba en sus hogares.

Algunas tradiciones populares atribuían al ritual una función aún más inquietante. El comepecados no solo ayudaba al difunto a abandonar este mundo: también impedía su regreso. En una época en la que el miedo a los muertos que volvían para atormentar a los vivos estaba muy extendido, absorber las culpas del fallecido equivalía a anular aquello que podía retenerlo entre ambos mundos.

Me pregunto qué ocurría realmente con aquello que el comepecados recibía, pues las culpas son difíciles de medir, pero existen otras cargas menos visibles: remordimientos, deseos inconfesables y recuerdos que uno ha dedicado toda una vida a ocultar. Resulta fácil imaginar que, después de años desempeñando aquel oficio, un comepecados acabara convertido en un archivo ambulante de vidas ajenas.

Quizá despertaran sobresaltados por sueños que no les pertenecían. Tal vez pronunciaran nombres desconocidos o sintieran nostalgia de lugares que nunca habían visitado. Puede que algunos llegaran a olvidar dónde terminaban sus propios recuerdos y dónde comenzaban los heredados.

Existe una antigua historia, probablemente apócrifa, sobre un comepecados galés que, tras asistir al funeral de un anciano al que nadie apreciaba, regresó a su cabaña al borde del bosque y pasó la noche escribiendo febrilmente en un cuaderno. Cuando murió, años después, los vecinos encontraron cientos de páginas llenas de nombres, fechas, confesiones y detalles minuciosos de vidas que nunca había vivido. Nadie quiso leerlas.

Tal vez porque comprendieron que el verdadero peso de los pecados nunca fue moral, sino narrativo. Quizá lo insoportable consista en cargar con los secretos de otros y descubrir que cada ser humano alberga un universo entero de sombras y que algunos oficios exigen convertirse en el guardián involuntario de todas ellas.

Después de todo, seguimos buscando maneras de entregar nuestras culpas a desconocidos.

 

La habitación Cero

Durante muchos años creí que los hoteles eran una forma menor del infinito. Ningún otro lugar reúne con tanta economía las dos condiciones esenciales del laberinto: la repetición y el extravío. Pasillos iguales, puertas numeradas, ascensores que prometen orden y sólo distribuyen incertidumbre, habitaciones donde miles de vidas se rozan sin conocerse. Tal pensamiento, que juzgué una ociosidad metafísica, adquirió otra gravedad la noche en que conocí la habitación Cero.

Yo había viajado a Viena por un asunto irrelevante que el tiempo ha borrado. Recuerdo, sí, el hotel: antiguo, sobrio, de techos altos y alfombras gastadas, cerca de una avenida donde pasaban tranvías amarillos. Mi cuarto era el 417. Cenaba tarde, leía poco y dormía mal. En la recepción trabajaba un hombre flaco de cortesía exacta que parecía conocer de antemano las preguntas de los huéspedes.

La tercera noche, al volver de una caminata sin rumbo, advertí en el tablero de llaves una etiqueta de bronce donde se leía: 0. No colgaba de ningún gancho; reposaba sola, como si alguien la hubiera dejado allí un instante antes. Pregunté al recepcionista qué habitación era ésa. El hombre alzó los ojos con visible desgana y respondió que no lo sabía; añadió, tras mi insistencia, que nadie la pedía. Consultó un libro enorme de tapas negras, pasó páginas en blanco y concluyó que no figuraba en ningún registro. Debí subir a dormir; en cambio, pedí examinar la llave. Vaciló apenas antes de entregármela y abandonar el mostrador.

Era de metal pálido, más fría que el aire. No tenía dientes, sino una serie de muescas curvas semejantes a letras de un alfabeto olvidado. La guardé en el bolsillo con la culpable satisfacción de quien roba una nimiedad y subí por el ascensor hasta el cuarto piso. Antes de entrar en mi habitación recorrí el pasillo buscando una puerta sin número, pero no hallé ninguna. Bajé al tercero, al segundo, subí al quinto. Nada. Los corredores repetían sus cifras razonables: 201, 202, 203… 518, 519… Ninguna omisión, ninguna anomalía. Volví al vestíbulo y, mientras el recepcionista atendía a una pareja inglesa, observé el plano de evacuación junto a la escalera: indicaba sótanos, salidas, patios interiores y habitaciones hasta el número 623. No había cero.

Dormí inquieto y soñé con corredores circulares donde todas las puertas llevaban mi nombre. A la mañana siguiente, la llave seguía en mi bolsillo. Quise devolverla, pero el recepcionista no estaba; lo reemplazaba una mujer joven que aseguró no conocer tal objeto ni a ningún compañero con su descripción. Añadió que trabajaba sola por las noches desde hacía seis años. No insistí; en ciertos asuntos la incredulidad ajena parece una forma de censura. Pasé el día visitando museos y fingiendo normalidad. Al regresar, ya tarde, el hotel estaba casi vacío. El vestíbulo olía a cera y silencio, y ningún empleado vigilaba el mostrador.

Detrás de la escalera principal, donde antes sólo había paneles de madera, se abría ahora un corredor estrecho que desembocaba en una puerta gris con el número 0 pintado discretamente sobre el marco. No recuerdo haber sentido miedo; sentí algo más fuerte y más noble: curiosidad. Introduje la llave y giró con una suavidad que me pareció, por algún motivo, escandalosa.

La habitación era modesta y perfectamente iluminada: una cama estrecha, una mesa, una silla, una lámpara verde y una ventana cerrada por cortinas claras. Sobre la mesa descansaba un único objeto: un volumen encuadernado en cuero oscuro. Me acerqué con cautela. No tenía título ni marcas visibles; parecía antiguo, pero no sabría decir de qué época, pues su aspecto no correspondía a ninguna tradición editorial que yo conociera. Lo abrí y la primera línea decía: “Durante muchos años creí que los hoteles eran una forma menor del infinito”. No sentí sorpresa, sino una forma precisa de reconocimiento. A medida que avanzaba en la lectura, esa sensación se transformó en inquietud: allí estaban mis pasos por Viena, el recepcionista imposible, la llave sustraída, la búsqueda inútil en los pisos. La prosa no era enteramente mía, pero tampoco ajena; se parecía a lo que yo habría escrito si hubiera sabido de antemano lo que iba a ocurrir.

Continué leyendo con una atención cada vez más tensa, advirtiendo que el libro no sólo registraba lo ya sucedido, sino que describía con minuciosa precisión gestos que aún no había realizado, pausas que todavía no había decidido e incluso vacilaciones que en ese mismo instante comenzaban a formarse en mi pensamiento. En un pasaje reconocí la frase que acababa de leer segundos antes; en otro, encontré la descripción de mi mano pasando la página que yo estaba a punto de pasar. Comprendí entonces que el libro no contenía mi historia: era el lugar donde estaba ocurriendo. Busqué el final con una ansiedad que ya no era del todo mía y hallé las últimas páginas en blanco.

Cerré el volumen y permanecí inmóvil un tiempo que no sabría medir. La habitación, perfectamente ordenada, parecía ignorar lo que acababa de suceder, como si su función no fuera albergar, sino permitir. Me alejé de la mesa y abandoné el cuarto sin volver la vista atrás. El corredor había desaparecido; en su lugar encontré un espejo alto donde me vi envejecido por una sola noche. Detrás del mostrador estaba la mujer joven, que me saludó como si acabara de llegar. Subí a la habitación 417 y dormí profundamente.

A la mañana siguiente quise comprobarlo todo. No había puerta alguna tras la escalera, nadie conocía la habitación Cero y en mi bolsillo no estaba la llave, sino una tarjeta del hotel con mi nombre mal escrito. He regresado dos veces a Viena; el edificio existe, pero ahora alberga oficinas. Los pasillos fueron demolidos para crear espacios abiertos, lo cual me parece una superstición moderna. No he vuelto a encontrar la habitación ni he intentado hacerlo. Con el tiempo he aprendido a no interrogar ciertas interrupciones de la realidad: hay hechos que no se repiten porque no pertenecen al orden de lo que puede repetirse.

A veces, sin embargo, ocurre algo menor. Estoy en casa, o en una sala de espera, o en el vestíbulo de algún hotel cualquiera; todo parece en su sitio, pero por un instante que no sabría medir tengo la impresión de que una puerta se ha abierto en algún punto que no alcanzo a ver. No oigo nada, no siento corriente de aire, nadie entra ni sale, y sin embargo algo —una disposición apenas alterada, una espera inexplicable, una leve discordancia en lo inmediato— sugiere que el mundo ha dejado de ser del todo continuo. No intento verificarlo. He comprendido que hay habitaciones que no se encuentran, sino que se conceden, y que la más improbable de todas es aquella en la que uno sospecha haber estado.

– Mikel Alonso.

Allegro para dos sombras

El camino era de tierra compacta, ancho lo justo para el paso de un carro, y se extendía entre prados húmedos donde el verde parecía beberse la luz. A un lado, las cercas de madera se inclinaban hacia la hierba alta; al otro, un pequeño arroyo dejaba oír el goteo constante del agua que se escapaba entre las piedras.

Avancé sin prisa, disfrutando del olor a tierra mojada que había dejado la tormenta de la mañana. El cielo, cubierto de nubes bajas, filtraba una luz uniforme que no marcaba sombras. No pensé en ello como algo extraño; solo era uno de esos días grises que se instalan sin anunciarse.

Tras una curva, el camino desembocó en una encrucijada. Cuatro sendas se abrían en direcciones distintas, cada una bordeada por árboles jóvenes que se inclinaban suavemente sobre el paso. Me detuve en el centro, girando sobre mí mismo para examinar cada una: una subía hacia un grupo de colinas, otra se perdía entre un campo abierto, la tercera se hundía en un corredor de árboles más densos, y la última parecía seguir el curso del arroyo hasta que se disolvía en la distancia.

No había indicaciones, ni huellas recientes. Me quedé inmóvil, escuchando, y fue entonces cuando lo noté: nada se movía. Ni el viento rozaba las hojas, ni la hierba respondía. Incliné un poco la cabeza, como si así pudiera percibirlo mejor, pero en ese gesto la ausencia se hizo más evidente, extendiéndose a todo lo demás: ni el más leve crujido rompía la quietud, ni siquiera el canto de los pájaros vibraba en el aire, como si el campo entero hubiera quedado suspendido en un silencio ensordecedor. Di un paso, casi por probar, y el gesto me resultó extraño, como si lo hubiera hecho fuera de tiempo.

Mientras decidía qué camino tomar, avancé hacia el sendero que se internaba entre los árboles densos. Luego me detuve, dudando, y retrocedí al centro de la encrucijada. Volví a girar lentamente sobre mis talones, observando cada dirección como si en una de ellas hubiera algo esperándome.

Fue entonces cuando lo vi. Estaba de pie en el inicio del sendero que conducía a las colinas, quieto, como si llevara allí mucho tiempo. No escuché pasos, ni el crujido de ramas que anunciara su llegada. Simplemente, estaba.

La túnica oscura le cubría hasta los tobillos, y el tejido parecía absorber la poca luz de la tarde. Sus rasgos se me escapaban cada vez que intentaba fijarlos, como si un velo invisible los distorsionara, pero sus ojos… sus ojos no cambiaban. Azules, fríos e inamovibles, me sostenían la mirada con una intensidad que fue desplazando todo lo demás.

No me moví. Sentí un cosquilleo en la nuca, como cuando se sabe que algo decisivo está a punto de suceder. Fue él quien rompió la distancia, avanzando despacio. Cuando estuvo lo bastante cerca, dijo mi nombre. No vi que moviera los labios. La voz llegó directa a mi cabeza, clara y segura, como un pensamiento que no me pertenecía. Guardó silencio después, como si esperara algo. Y comprendí que esperaba mi reconocimiento. No sabía de dónde, pero sí: había en él algo familiar.

Pensé en preguntarle quién era. —Ya lo sabes —respondió, como si leyera mis pensamientos.

“Te observo desde hace tiempo”, continuó. “Sé lo que buscas, lo que anhelas con toda tu alma, aunque aún no te atrevas a decirlo en voz alta.” Su tono no era amenazante. Era cercano, casi cómplice. “Podría ayudarte. Podría darte lo que quieres. No solo escribir… sino escribir como siempre has soñado. Ser leído, ser recordado. Ser el más célebre, el más respetado, el más fascinante.”

Algo en mí avanzó hacia esas palabras antes de que pudiera detenerlo. Al mismo tiempo, otra parte se resistió. Había una precisión incómoda en todo aquello, como si no estuviera proponiendo nada, sino recordándome algo que ya había aceptado.

Tomé aire mentalmente. —¿Qué quieres a cambio?

—Nada—respondió. Pero la respuesta llegó demasiado rápido. —Solo que, de vez en cuando, me acompañes. Hablaremos y te propondré ideas.

Intenté pensar con claridad. Intenté encontrar una fisura. —¿Y por qué yo?

Durante un instante, no respondió. Luego: —Porque ya me has escuchado antes.

Sentí que algo no encajaba, como una pieza colocada en la posición correcta pero en un tablero equivocado.

Dio un paso más y me tendió las manos, con la naturalidad de quien no espera rechazo.

—Ven, amigo. Vamos a sellar el pacto con un baile.

—No sé bailar —respondí.

—No importa. Yo te enseño.

Sus manos, frías y firmes como grilletes, se cerraron sobre las mías. Intenté ajustar el cuerpo, buscar un ritmo… pero mis pies ya se movían antes de que yo los pensara. Me llevó al centro de la encrucijada. Un paso. Luego otro. Tardé un instante en comprender que ya estábamos bailando. Él marcaba el compás, y mi cuerpo lo seguía con una docilidad que no reconocía como propia. Cuando intenté resistirme, el movimiento no se detuvo; simplemente me atravesó. Comenzó a girar, tarareando una melodía apenas audible.

—Esta danza pide más color —dijo, con un brillo helado en los ojos—. Permíteme presentarte a mi amigo Paganini. Será él quien nos regale un allegro furioso.

La música llegó antes que la figura. Una primera nota, tensada hasta el límite, rasgó el aire inmóvil. Y entonces lo vi. No supe de dónde había surgido. Estaba allí, apenas separado de nosotros, como si hubiera formado parte del paisaje desde el principio y yo no lo hubiera percibido.

Altísimo. Consumido. El cabello largo caía sobre un rostro que parecía dividido entre carne putrefacta y osamenta. La mano que sujetaba el arco era puro hueso, y el violín ardía sin consumirse.

Cuando el arco volvió a tensar la cuerda, el mundo aceleró. La música era un torbellino afilado. Nuestros pasos respondieron de inmediato, más y más rápido, como si siempre hubieran estado esperando ese ritmo. Girábamos vertiginosamente y el paisaje comenzó a deformarse, los bordes de las cosas se desdibujaron, y la encrucijada se convirtió en una espiral sin centro.

Ya no sentía el suelo ni el peso del cuerpo. Solo sus ojos, fijos en los míos. Y entonces me soltó.

El vértigo se cortó de golpe. Abrí los ojos. Estaba en la cama, despierto, con el corazón desbocado y una certeza imprecisa: no sabía si el pacto se había sellado… o si la danza apenas acababa de empezar.

– Mikel Alonso

There Are More Things – Jorge Luis Borges

Cuando Jorge Luis Borges decidió dedicar un relato a la memoria de H. P. Lovecraft, no intentó parecerse a él. Hizo algo más difícil: tomó el núcleo de su extrañeza y lo sometió a la disciplina de su propio universo literario. El resultado fue There Are More Things, un relato que se aleja de la categoría de simple pastiche para adentrarse en territorios aun más perturbadores.

La relación entre ambos escritores resulta fascinante porque nunca fue simple. Borges admiraba en Lovecraft una imaginación singular, capaz de devolver al horror una escala verdaderamente cósmica. Donde buena parte del terror tradicional aún dependía de castillos, espectros o maldiciones familiares, Lovecraft introdujo otra herida: la posibilidad de que el universo no estuviera hecho para nosotros, de que la inteligencia humana fuera apenas una contingencia local en una vastedad indiferente. Esa intuición era poderosa, nueva y filosóficamente perturbadora. Sin embargo, Borges también percibía sus limitaciones. Le incomodaban ciertos excesos estilísticos, la reiteración adjetival, una grandilocuencia verbal que a veces parecía insistir sobre lo que la idea ya contenía. Como lector exquisitamente atento a la economía de la prosa, Borges desconfiaba de todo énfasis innecesario, pero podía admirar una imaginación y sonreír ante su ejecución. En esa tensión entre respeto y reserva reside buena parte del interés.

Ambos escritores compartieron una obsesión central: el infinito. Pero cada uno lo recorrió por caminos muy distintos. En Lovecraft, el infinito suele manifestarse como exterioridad material: espacios astronómicos, edades geológicas inconcebibles, razas anteriores al hombre, dimensiones hostiles, ciudades imposibles. El pensamiento humano se resquebraja al descubrir que no ocupa el centro de nada. En Borges, el infinito aparece con frecuencia como problema intelectual: bibliotecas interminables, espejos que duplican, series que regresan, laberintos temporales, libros que contienen otros libros, mapas que rivalizan con el territorio. Aquí la mente no se enfrenta a una criatura exterior, sino a estructuras conceptuales que desbordan la razón. Lovecraft horroriza por exceso de cosmos; Borges, por exceso de pensamiento. En There Are More Things ambos vectores se cruzan.

Muchos escritores que admiran a Lovecraft se quedan en la superficie: nombres impronunciables, manuscritos prohibidos, cultos oscuros, tentáculos, adjetivos como “ciclópeo” o “innombrable”. Borges entendió que nada de eso era esencial. Lo decisivo no eran los accesorios, sino una sensación más profunda: que la realidad puede obedecer a leyes ajenas a nuestra medida. Por eso, en lugar de repetir los signos externos del mito lovecraftiano, construye otra clase de inquietud. El relato trabaja sobre el espacio, sobre la disposición de los objetos, sobre la sospecha de que ciertas formas no han sido concebidas para la percepción humana. Hay una perturbación arquitectónica, casi geométrica, que transforma lo cotidiano en extraño. Eso es profundamente lovecraftiano, pero ya no suena a Lovecraft. Suena a Borges.

Una de las grandes intuiciones del cuento es trasladar el horror cósmico al interior de una casa. No hace falta una ciudad antártica ni un dios alienígena para insinuar lo incomprensible. Basta un ámbito doméstico reorganizado por otra lógica. En manos menores, esa idea habría sido solo excentricidad decorativa. En Borges, la casa se convierte en prueba filosófica: si un espacio familiar deja de responder a nuestras proporciones, ¿qué garantiza que el resto del mundo sí lo haga? Aquí aparece un parentesco secreto con The House on the Borderland, con ciertas arquitecturas de Franz Kafka y con algunos de los mejores escenarios de Lovecraft. Borges, sin embargo, elimina la exuberancia y deja la estructura desnuda.

El título lo dice todo. Procede de Hamlet: “There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy.” No podía haber mejor puente entre ambos autores. Lovecraft dedicó su obra a recordarnos que nuestra filosofía es insuficiente ante el cosmos. Borges dedicó la suya a mostrar que también lo es ante el lenguaje, el tiempo y los símbolos. La cita une ambas ignorancias.

Tanto Borges como el mejor Lovecraft sabían una verdad literaria decisiva: el misterio pierde fuerza cuando se ilumina demasiado. Lo entrevisto suele ser más eficaz que lo descrito por completo. En There Are More Things Borges trabaja esa frontera con gran inteligencia. Sugiere más de lo que expone. El lector siente que algo excede la escena antes de saber qué forma tendría. Ese procedimiento lo hermana con Lovecraft, pero también lo depura.

Más que una simple curiosidad dentro de la obra borgiana, el relato revela algo importante: Borges reconocía en Lovecraft una intuición metafísica auténtica, aunque no compartiera sus medios expresivos. Admiró el núcleo y corrigió la superficie. Vio en él a un escritor desigual, acaso torpe en ocasiones, pero portador de ideas inmensas. Eso explica por qué el homenaje no es servil ni paródico. Es un diálogo entre dos imaginaciones incompatibles que, por un instante, se entienden.

Borges no necesitó escribir como Lovecraft para rendirle homenaje. Le bastó con aceptar una de sus premisas esenciales: que el mundo puede no estar hecho a escala humana. Después hizo lo que solo Borges podía hacer con esa idea: convertirla en una forma de precisión.

There Are More Things

  A la memoria de Howard P. Lovecraft

A punto de rendir el último examen en la Universidad de Texas, en Austin, supe que mi tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del Continente.

Sentí lo que sentimos cuando alguien muere: la congoja, ya inútil, de que nada nos hubiera costado haber sido más buenos. El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos. La materia que yo cursaba era filosofía; recordé que mi tío, sin invocar un solo nombre propio, me había revelado sus hermosas perplejidades, allá en la Casa Colorada, cerca de Lomas. Una de las naranjas del postre fue su instrumento para iniciarme en el idealismo de Berkeley; el tablero de ajedrez le bastó para las paradojas eleáticas. Años después me prestaría los tratados de Hinton, que quiere demostrar la realidad de una cuarta dimensión del espacio, que el lector puede intuir mediante complicados ejercicios con cubos de colores. No olvidaré los prismas y pirámides que erigimos en el piso del escritorio.

Mi tío era ingeniero. Antes de jubilarse de su cargo en el Ferrocarril decidió establecerse en Turdera, que le ofrecía las ventajas de una soledad casi agreste y de la cercanía de Buenos Aires. Nada más previsible que el arquitecto fuera su íntimo amigo Alexander Muir. Este hombre rígido profesaba la rígida doctrina de Knox; mi tío, a la manera de casi todos los señores de su época, era librepensador, o, mejor dicho, agnóstico, pero le interesaba la teología, como le interesaban los falaces cubos de Hinton o las bien concertadas pesadillas del joven Wells. Le gustaban los perros; tenía un gran ovejero al que le había puesto el apodo de Samuel Johnson en memoria de Lichfield, su lejano pueblo natal.

La Casa Colorada estaba en un alto, cercada hacia el poniente por terrenos anegadizos.

Del otro lado de la verja, las araucarias no mitigaban su aire de pesadez. En lugar de azoteas había tejados de pizarra a dos aguas y una torre cuadrada con un reloj, que parecían oprimir las paredes y las parcas ventanas. De chico, yo aceptaba esas fealdades como se aceptan esas cosas incompatibles que sólo por razón de coexistir llevan el nombre de universo.

Regresé a la patria en 1921. Para evitar litigios habían rematado la casa; la adquirió un forastero, Max Preetorius, que abonó el doble de la suma ofrecida por el mejor postor.

Firmada la escritura, llegó al atardecer con dos asistentes y tiraron a un vaciadero, no lejos del Camino de las Tropas, todos los muebles, todos los libros y todos los enseres de la casa. (Recordé con tristeza los diagramas de los volúmenes de Hinton y la gran esfera terráquea.) Al otro día, fue a conversar con Muir y le propuso ciertas refacciones, que éste rechazó con indignación. Ulteriormente, una empresa de la Capital se encargó de la obra. Los carpinteros de la localidad se negaron a amueblar de nuevo la casa; un tal Mariani, de Glew, aceptó al fin las condiciones que le impuso Preetorius. Durante una quincena, tuvo que trabajar de noche, a puertas cerradas. Fue asimismo de noche que se instaló en la Casa Colorada el nuevo habitante. Las ventanas ya no se abrieron, pero en la oscuridad se divisaban grietas de luz. El lechero dio una mañana con el ovejero muerto en la acera, decapitado y mutilado. En el invierno talaron las araucarias.

Nadie volvió a ver a Preetorius, que, según parece, no tardó en dejar el país.

Tales noticias, como es de suponer, me inquietaron. Sé que mi rasgo más notorio es la curiosidad que me condujo alguna vez a la unión con una mujer del todo ajena a mí, sólo para saber quién era y cómo era, a practicar (sin resultado apreciable) el uso del láudano, a explorar los números transfinitos y a emprender la atroz aventura que voy a referir. Fatalmente decidí indagar el asunto.

Mi primer trámite fue ver a Alexander Muir. Lo recordaba erguido y moreno, de una flacura que no excluía la fuerza; ahora lo habían encorvado los años y la renegrida barba era gris. Me recibió en su casa de Temperley, que previsiblemente se parecía a la de mi tío, ya que las dos correspondían a las sólidas normas del buen poeta y mal constructor William Morris.

El diálogo fue parco; no en vano el símbolo de Escocia es el cardo. Intuí, no obstante, que el cargado té de Ceylán y la equitativa fuente de scones (que mi huésped partía y enmantecaba como si yo aún fuera un niño) eran, de hecho, un frugal festín calvinista, dedicado al sobrino de su amigo. Sus controversias teológicas con mi tío habían sido un largo ajedrez, que exigía de cada jugador la colaboración del contrario.

Pasaba el tiempo y yo no me acercaba a mi tema. Hubo un silencio incómodo y Muir habló.

—Muchacho (Young man) — dijo—, usted no se ha costeado hasta aquí para que hablemos de Edwin o de los Estados Unidos, país que poco me interesa. Lo que le quita el sueño es la venta de la Casa Colorada y ese curioso comprador. A mí, también.

Francamente, la historia me desagrada, pero le diré lo que pueda. No será mucho.

Al rato, prosiguió sin premura:

—Antes que Edwin muriera, el intendente me citó en su despacho. Estaba con el cura párroco. Me propusieron que trazara los planos para una capilla católica. Remunerarían bien mi trabajo. Les contesté en el acto que no. Soy un servidor del Señor y no puedo cometer la abominación de erigir altares para ídolos.

Aquí se detuvo.

—¿Eso es todo? —me atreví a preguntar.

—No. El judezno ese de Preetorius quería que yo destruyera mi obra y que en su lugar pergeñara una cosa monstruosa. La abominación tiene muchas formas.

Pronunció estas palabras con gravedad y se puso de pie.

Al doblar la esquina se me acercó Daniel Iberra. Nos conocíamos como la gente se conoce en los pueblos. Me propuso que volviéramos caminando. Nunca me interesaron los malevos y preví una sórdida retahíla de cuentos de almacén más o menos apócrifos y brutales, pero me resigné y acepté. Era casi de noche. Al divisar desde unas cuadras la Casa Colorada en el alto, Iberra se desvió. Le pregunté por qué. Su respuesta no fue la que yo esperaba.

—Soy el brazo derecho de don Felipe. Nadie me ha dicho flojo. Te acordarás de aquel mozo Urgoiti que se costeó a buscarme de Merlo y de cómo le fue. Mirá. Noches pasadas, yo venía de una farra. A unas cien varas de la quinta, vi algo. El tubiano se me espantó y si no me le afirmo y lo hago tomar por el callejón, tal vez no cuento el cuento.

Lo que vi no era para menos.

Muy enojado, agregó una mala palabra.

Aquella noche no dormí. Hacia el alba soñé con un grabado a la manera de Piranesi, que no había visto nunca o que había visto y olvidado, y que representaba el laberinto. Era un anfiteatro de piedra, cercado de cipreses y más alto que las copas de los cipreses. No había ni puertas ni ventanas, pero sí una hilera infinita de hendijas verticales y angostas.

Con un vidrio de aumento yo trataba de ver el minotauro. Al fin lo percibí. Era el monstruo de un monstruo; tenía menos de toro que de bisonte y, tendido en la tierra el cuerpo humano, parecía dormir y soñar. ¿Soñar con qué o con quién?

Esa tarde pasé frente a la Casa. El portón de la verja estaba cerrado y unos barrotes retorcidos. Lo que antes fue jardín era maleza. A la derecha había una zanja de escasa hondura y los bordes estaban pisoteados.

Una jugada me quedaba, que fui demorando durante días, no sólo por sentirla del todo vana, sino porque me arrastraría a la inevitable, a la última.

Sin mayores esperanzas fui a Glew. Mariani, el carpintero, era un italiano obeso y rosado, ya entrado en años, de lo más vulgar y cordial. Me bastó verlo para descartar las estratagemas que había urdido la víspera. Le entregué mi tarjeta, que deletreó pomposamente en voz alta, con algún tropezón reverencial al llegar a doctor.  Le dije que me interesaba el moblaje fabricado por él para la propiedad que fue de mi tío, en Turdera. El hombre habló y habló. No trataré de transcribir sus muchas y gesticuladas palabras, pero me declaró que su lema era satisfacer todas las exigencias del cliente, por estrafalarias que fueran, y que él había ejecutado su trabajo al pie de la letra. Tras de hurgar en varios cajones, me mostró unos papeles que no entendí, firmados por el elusivo Preetorius. (Sin duda me tomó por un abogado.) Al despedirnos, me confió que por todo el oro del mundo no volvería a poner los pies en Turdera y menos en la casa.

Agregó que el cliente es sagrado, pero que en su humilde opinión, el señor Preetorius estaba loco. Luego se calló, arrepentido. Nada más pude sonsacarle.

Yo había previsto ese fracaso, pero una cosa es prever algo y otra que ocurra.

Repetidas veces me dije que no hay otro enigma que el tiempo, esa infinita urdimbre del ayer, del hoy, del porvenir, del siempre y del nunca. Esas profundas reflexiones resultaron inútiles; tras de consagrar la tarde al estudio de Schopenhauer o de Royce, yo rondaba, noche tras noche, por los caminos de tierra que cercan la Casa Colorada.

Algunas veces divisé arriba una luz muy blanca; otras creí oír un gemido. Así hasta el diecinueve de enero.

Fue uno de esos días de Buenos Aires en el que el hombre se siente no sólo maltratado y ultrajado por el verano, sino hasta envilecido. Serían las once de la noche cuando se desplomó la tormenta. Primero el viento sur y después el agua a raudales. Erré buscando un árbol. A la brusca luz de un relámpago me hallé a unos pasos de la verja. No sé si con temor o con esperanza probé el portón. Inesperadamente, cedió. Avancé empujado por la tormenta. El cielo y la tierra me conminaban. También la puerta de la casa estaba a medio abrir. Una racha de lluvia me azotó la cara y entré.

Adentro habían levantado las baldosas y pisé pasto desgreñado. Un olor dulce y nauseabundo penetraba la casa. A izquierda o a derecha, no sé muy bien, tropecé con una rampa de piedra. Apresuradamente subí. Casi sin proponérmelo hice girar la llave de la luz.

El comedor y la biblioteca de mis recuerdos eran ahora, derribada la pared medianera, una sola gran pieza desmantelada, con uno que otro mueble. No trataré de describirlos, porque no estoy seguro de haberlos visto, pese a la despiadada luz blanca. Me explicaré.

Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.

Ninguna de las formas insensatas que esa noche me deparó correspondía a la figura humana o a un uso concebible. Sentí repulsión y terror. En uno de los ángulos descubrí una escalera vertical, que daba al otro piso. Entre los anchos tramos de hierro, que no pasarían de diez, había huecos irregulares. Esa escalera, que postulaba manos y pies, era comprensible y de algún modo me alivió. Apagué la luz y aguardé un tiempo en la oscuridad. No oí el menor sonido, pero la presencia de las cosas incomprensibles me perturbaba. Al fin me decidí.

Ya arriba mi temerosa mano hizo girar por segunda vez la llave de la luz. La pesadilla que prefiguraba el piso inferior se agitaba y florecía en el último. Había muchos objetos o unos pocos objetos entretejidos. Recupero ahora una suerte de larga mesa operatoria, muy alta, en forma de U, con hoyos circulares en los extremos. Pensé que podía ser el lecho del habitante, cuya monstruosa anatomía se revelaba así, oblicuamente, como la de un animal o un dios, por su sombra. De alguna página de Lucano, leída hace años y olvidada, vino a mi boca la palabra anfisbena,  que sugería, pero que no agotaba por cierto lo que verían luego mis ojos. Asimismo recuerdo una V de espejos que se perdía en la tiniebla superior.

¿Cómo sería el habitante? ¿Qué podía buscar en este planeta, no menos atroz para él que él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado este arrabal sudamericano y esta precisa noche?

Me sentí un intruso en el caos. Afuera había cesado la lluvia. Miré el reloj y vi con asombro que eran casi las dos. Dejé la luz prendida y acometí cautelosamente el descenso. Bajar por donde había subido no era imposible. Bajar antes que el habitante volviera. Conjeturé que no había cerrado las dos puertas porque no sabía hacerlo.

Mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos.

 

La cuarta moneda

Leí por primera vez el I Ching como quien se acerca a una curiosidad antigua, con una atención más próxima al diseño que a la creencia. Lo que me retuvo no fue su capacidad de anticipar nada —esa facultad siempre me pareció secundaria—, sino la arquitectura que lo sostenía: la idea de que el devenir podía ser ordenado en una serie finita de configuraciones, cada una de ellas lo bastante amplia como para contener una situación humana completa.

Había en ello una forma de serenidad intelectual, un límite aceptado. Tres monedas bastaban. Tres gestos, repetidos con una disciplina mínima, permitían inscribir una pregunta en el interior de un sistema que sabía detenerse. El resultado no era una respuesta en el sentido habitual, sino una figura estable, una forma que admitía lectura y que, al mismo tiempo, la contenía.

Durante un tiempo me limité a observar ese equilibrio. Me interesaba menos su uso que su diseño y menos aún su aplicación que la evidencia de que alguien, en un pasado remoto, había concebido un mecanismo capaz de sostener tantas variantes sin perder coherencia. Aquella economía de medios —tres monedas, sesenta y cuatro figuras— no era una limitación, sino la condición misma de su consistencia.

La decisión de construir un sistema propio surgió de manera gradual, casi sin intención. No obedecía a un impulso de mejora ni a una voluntad de corrección, sino a una forma de curiosidad que encontraba insuficiente cualquier estructura cerrada. Si aquel sistema había logrado contener lo posible dentro de un número definido de combinaciones, cabía preguntarse qué quedaba fuera, qué clase de residuo se producía en cada operación de reducción.

Trabajé durante semanas en la forma. El contenido parecía desplegarse sin esfuerzo, como si ya existiera en otra parte, pero el modo de hacerlo accesible exigía una precisión distinta. Buscaba una estructura que mantuviera la apariencia de sencillez del modelo original y que, al mismo tiempo, introdujera una apertura que no pudiera ser clausurada sin violencia.

La solución, cuando apareció, resultó casi trivial.

Añadí una cuarta moneda.

El procedimiento apenas variaba. Tres decisiones consecutivas seguían siendo necesarias, y la disposición final conservaba la claridad de una figura reconocible. Sin embargo, la presencia de la cuarta moneda introducía un elemento que no podía integrarse en la lectura sin modificarla. Cada tirada producía ahora una configuración que contenía una discrepancia, un punto de tensión que no encontraba resolución dentro del propio sistema.

Al principio interpreté ese exceso como un defecto. Supuse que se trataba de una interferencia, de un resto generado por la superposición de combinaciones incompatibles. Intenté depurarlo, reducirlo, encontrar una forma de absorberlo en la estructura general. Ninguno de esos intentos resultó satisfactorio. La cuarta moneda no añadía una variación más, ni ampliaba el repertorio de figuras. Alteraba la naturaleza misma de la operación.

Con tres monedas, el sistema ofrecía una lectura. Con cuatro, ofrecía varias, igualmente plausibles y mutuamente excluyentes.

Decidí entonces redactar una versión mínima de las instrucciones, no para facilitar su uso, sino para fijar sus límites aparentes. El texto, que circuló entre los primeros interesados, decía:

El usuario formulará su consulta en silencio.
Lanzará las cuatro monedas de manera consecutiva, sin corregir ningún resultado.
Registrará la configuración obtenida.

No intentará resolver la discrepancia.
Leerá cada una de las interpretaciones como igualmente válidas.
Repetirá el procedimiento solo si la consulta ha cambiado.

La última línea fue añadida más tarde.

El sistema no responde a preguntas que ya han sido formuladas.

Durante los primeros días, el uso fue prudente, casi experimental. La mayoría de los usuarios trataba la discrepancia como un elemento secundario, una irregularidad que podía ser ignorada sin consecuencias. Sin embargo, una de las primeras consultas produjo un resultado que no admitía esa reducción.

La pregunta había sido banal, una decisión menor aplazada durante semanas. La configuración ofrecía dos lecturas claramente diferenciadas, ambas coherentes con la situación planteada. El usuario eligió una de ellas y actuó en consecuencia. Horas más tarde, relató con naturalidad una acción que correspondía a la otra interpretación, como si ambas hubieran tenido lugar sin excluirse.

El episodio fue registrado como una curiosidad, una posible distorsión del recuerdo. Sin embargo, en los días siguientes comenzaron a aparecer variaciones de ese mismo fenómeno. No se trataba de errores evidentes ni de acontecimientos extraordinarios, sino de pequeñas desviaciones, de una imprecisión creciente en la correspondencia entre lo ocurrido y lo recordado. Ciertos usuarios afirmaban haber tomado decisiones que no coincidían con las registradas, o recordaban variantes de una misma situación con una nitidez que no podía atribuirse a la imaginación.

En otros casos, la discrepancia se manifestaba como una sensación persistente de haber dejado algo sin resolver, incluso en circunstancias que, según todos los criterios habituales, habían quedado cerradas.

Durante un tiempo atribuí estos efectos a la sugestión. La introducción de una ambigüedad en el sistema podía haber generado una disposición mental propicia a la duda, una forma de atención que encontraba bifurcaciones allí donde antes había continuidad. Sin embargo, esa explicación resultaba insuficiente. La intensidad de algunas experiencias, su coherencia interna y su recurrencia en usuarios que no se conocían entre sí, apuntaban hacia una modificación más profunda.

Fue en ese punto cuando advertí algo que, en retrospectiva, siempre había estado presente.

El sistema no estaba produciendo esas discrepancias. Estaba haciéndolas visibles.

La realidad, tal como la experimentamos, opera mediante una selección constante. Cada instante implica la clausura de una serie de posibilidades que, al no realizarse, quedan excluidas de la experiencia. Ese proceso de reducción es tan continuo que rara vez se percibe como tal. Vivimos en la ilusión de una continuidad estable porque olvidamos lo que ha sido descartado.

La cuarta moneda impedía ese olvido.

Cada configuración contenía, junto a la lectura principal, la persistencia de aquello que no había sido elegido. No como una abstracción, sino como una posibilidad estructurada, dotada de la misma consistencia que la opción realizada. El sistema no ampliaba el campo de lo posible; lo mantenía abierto.

Con el tiempo, algunos usuarios comenzaron a señalar una inversión inquietante. No solo percibían variantes de lo ocurrido, sino que ciertas lecturas secundarias —aquellas que en principio habían sido descartadas— parecían encontrar una forma de realizarse con retraso, como si el sistema no se limitara a exponerlas, sino que les concediera una especie de persistencia activa.

Un encuentro evitado tenía lugar días después, en circunstancias apenas modificadas. Una decisión descartada reaparecía bajo otra forma, con una coherencia que desafiaba la casualidad. Estas coincidencias, al principio aisladas, comenzaron a formar patrones difíciles de ignorar.

Fue entonces cuando surgió la hipótesis más inquietante.

El sistema no solo mostraba todas las posibilidades. Podía estar interviniendo en su realización.

Esa idea, en un primer momento, me pareció excesiva. Sin embargo, a medida que analizaba los registros, resultaba cada vez más difícil sostener una distinción clara entre la descripción y la influencia. La estructura misma del sistema, al conservar cada alternativa como igualmente válida, parecía erosionar el principio sobre el que se sostiene la experiencia ordinaria: la necesidad de elegir.

La realidad elige. El sistema, desde la introducción de la cuarta moneda, había dejado de hacerlo.

A partir de ese momento, la relación entre ambos dejó de ser estable. La selección constante sobre la que se organiza la experiencia comenzó a mostrar signos de fatiga, como si encontrara un obstáculo en esa estructura que se negaba a descartar. Las inconsistencias, al principio leves, se hicieron más frecuentes. Situaciones aparentemente simples adquirían una complejidad inesperada, como si en su interior se conservaran las huellas de desarrollos alternativos.

No todos reaccionaron de la misma manera. Hubo quienes abandonaron el sistema al percibir esa inestabilidad, quienes redujeron su uso a una curiosidad pasajera y quienes, por el contrario, se sintieron atraídos por esa apertura y comenzaron a consultarlo con una frecuencia creciente. Este último grupo fue el primero en señalar un cambio más radical: la dificultad para distinguir entre lo ocurrido y lo que podría haber ocurrido empezaba a erosionar la propia noción de lo que llamamos realidad.

En ese punto, advertí una variación en mi propio trabajo.

Las notas iniciales, que creía haber redactado con precisión, presentaban ahora ligeras divergencias. Algunas formulaciones aparecían modificadas, otras incluían matices que no recordaba haber introducido. En más de una ocasión encontré versiones distintas de un mismo pasaje, igualmente coherentes, sin que pudiera determinar cuál había sido escrita primero.

Durante varios días consideré la posibilidad de que se tratara de un error de archivo, de una superposición accidental de documentos. Sin embargo, esa explicación pronto resultó insuficiente. Las variaciones no eran aleatorias. Cada una de ellas desarrollaba una posibilidad latente en el texto original, como si el propio sistema hubiera comenzado a operar sobre el material que lo describía.

A veces me preguntan si funciona.

La pregunta, en sí misma, presupone una respuesta única, una correspondencia clara entre consulta y resultado. Cada vez me cuesta más sostener esa expectativa. Cuando intento explicarlo, las palabras parecen bifurcarse, como si cada formulación arrastrara consigo variantes igualmente válidas.

En ocasiones he considerado la posibilidad de abandonar el proyecto, de dejar de utilizar el sistema y permitir que sus efectos se disipen. Esa decisión, sin embargo, implica asumir que existe un punto de retorno, un momento a partir del cual las posibilidades pueden volver a reducirse sin dejar rastro.

No estoy seguro de que ese momento exista.

Hay días en los que tengo la impresión de que la cuarta moneda no fue añadida por mí, sino reconocida. Como si siempre hubiera estado ahí, fuera del campo de lo visible, esperando una manera de manifestarse. Bajo esa perspectiva, mi intervención deja de ser un acto de creación y se convierte en una operación de apertura.

Si esto es así, el sistema no habría sido construido, sino completado.

Y su uso, lejos de ser una práctica ocasional, formaría parte de un proceso más amplio, cuya extensión todavía no alcanzo a determinar.

A veces, al releer estas páginas, tengo la sensación de que existen versiones ligeramente distintas de este mismo texto, desarrollándose en paralelo, sin anularse entre sí.

No sabría decir cuál de ellas es la que ahora termina.

– Mikel Alonso

El I Ching o Libro de las mutaciones, es un libro oracular chino escrito hace más de 3000 años.

Un habitante de Carcosa – Ambrose Bierce

En Un habitante de Carcosa, Ambrose Bierce nos conduce hacia un territorio donde el silencio pesa más que las palabras y el tiempo se abre como un umbral imposible. Lo que parece un simple recorrido entre piedras derruidas se convierte en un viaje hacia lo inasible: la conciencia de que todo lo visible puede ser apenas un velo, un eco tenue de lo que alguna vez fue. No se trata de un relato de fantasmas en sentido estricto, sino de una meditación espectral sobre la fragilidad del ser, sobre la inquietante posibilidad de que la existencia misma sea solo un reflejo transitorio, un suspiro atrapado entre la memoria y la nada.

Un habitante de Carcosa

Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.

Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de silenciosa expectativa.

A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.

Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos.

Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: “¿Cómo llegué aquí?”. Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir… ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa.

En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba marchita.

Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje -un lince- se acercaba. Me vino un pensamiento: “Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta.” Salté hacia él, gritando. Pasó a un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.

Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba.

Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:

-¡Que Dios te guarde!

No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.

-Buen extranjero -proseguí-, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el camino a Carcosa.

El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y desapareció.

Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía… veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi existencia?

Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.

La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida.

Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre…! ¡La fecha de mi nacimiento…! ¡y la fecha de mi muerte!

Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!

Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa.

Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.

– Ambrose Bierce

An inhabitant of Carcosa, publicado en San Francisco Newsletter en 1886.

El pueblo blanco – Arthur Machen

En el corazón de la literatura fantástica hay relatos que no se limitan a inquietar, sino que trastocan la noción misma de lo que entendemos por mal, arrancándolo de la moral o de los castillos góticos para situarlo en una zona inefable, mucho más perturbadora. El pueblo blanco (The White People) de Arthur Machen es uno de esos textos singulares. Publicado en 1904, se abre con un diálogo filosófico entre dos eruditos que discuten qué es realmente el mal. Uno de ellos sostiene que no es simple perversión o crueldad, sino un principio positivo, una fuerza activa que se manifiesta en experiencias prohibidas y en un contacto con lo numinoso oscuro. Como prueba de su teoría, ofrece a su interlocutor un manuscrito: el diario de una niña. Lo que sigue es uno de los descensos más inquietantes de la narrativa fantástica.

Ese manuscrito, aparentemente inocente, está redactado con la mirada ingenua de la infancia, pero describe paseos, juegos y descubrimientos que pronto se revelan como fragmentos de un ritual mucho más vasto. La niña habla de “juegos raros” con la misma naturalidad con la que otros niños contarían canciones o travesuras, pero en sus palabras resuena un trasfondo de iniciaciones, símbolos prohibidos y encuentros con presencias invisibles. El contraste entre el tono casi candoroso y la magnitud de lo que sugiere es lo que produce verdadero terror: la impresión de estar asomándose a un mundo oculto que desborda toda lógica humana.

Machen, maestro en lo sugerido más que en lo mostrado, convierte este diario en un espejo inquietante: el mal no aparece como violencia explícita, sino como belleza desviada, como una seducción que desarma. Esa capacidad para retratar lo innombrable desde la mirada inocente hace que El pueblo blanco trascienda la categoría de “cuento de horror” para convertirse en una meditación sobre lo prohibido. La niña nunca entiende del todo lo que narra, pero el lector sí percibe, como a contraluz, que está ante un testimonio de lo sagrado corrompido.

La atmósfera es deliberadamente ambigua. Los paisajes que describe —colinas, valles, fuentes ocultas en bosques— parecen sacados de un cuento pastoral, pero se transforman en escenarios de lo arcano, donde laten cultos prehumanos y ritos de degeneración. El resultado es un texto que oscila entre la lírica y el espanto, y que no deja al lector aferrarse a ninguna interpretación segura.

El pueblo blanco ocupa un lugar central en la tradición del horror moderno. Lovecraft lo veneraba, y es fácil entender por qué, ya que aquí aparecen ya muchas de las claves del horror cósmico, pero envueltas en una sensibilidad poética única. No trata de monstruos visibles ni de violencia sangrienta: es el mal entendido como una fuerza estética y metafísica, una vibración que corrompe la percepción misma de la realidad.

Leer este relato es aceptar una invitación peligrosa: entrar en el cuaderno de una niña y descubrir que en sus palabras late un secreto inmemorial. Al cerrarlo, queda la impresión de que lo realmente terrorífico no es lo que hemos leído, sino lo que apenas se ha insinuado. Porque Machen nos recuerda que el mal, cuando es auténtico, no se muestra con estrépito, sino que se desliza como una canción inocente o como un juego infantil que nunca termina de revelar en qué consiste.

En última instancia, El pueblo blanco puede leerse como una revelación disfrazada de inocencia. La intuición de un conocimiento anterior al lenguaje, un resplandor arcaico que sobrevive bajo la superficie de la infancia. Machen no describe el mal como corrupción, sino como memoria de lo sagrado: una fuerza que resurge cuando la razón se debilita y las viejas palabras recobran su poder. Esa visión lo sitúa junto a Yeats y los simbolistas, pero con un temblor distinto, más primitivo: el presentimiento de que bajo el mundo visible late una gramática secreta, una lengua perdida que solo los niños o los visionarios son capaces de recordar.

Cuentos En este enlace podéis leer el relato. No he podido encontrarlo en la web en una traducción decente, así que os paso este archivo con varios buenos relatos de Machen. El pueblo blanco es el segundo del libro.

 

Diarios de las estrellas – Stanisław Lem

Algunos libros parecen escritos para hacer pensar, otros para entretener, y unos pocos —muy raros— logran ambas cosas con la misma soltura. Diarios de las estrellas pertenece a esa última categoría. Publicado en distintas etapas entre 1957 y 1971, este volumen es una de las obras más personales y sorprendentes de Stanisław Lem, el gran escritor polaco de ciencia ficción filosófica.

Quien se acerque esperando un tratado solemne sobre el futuro tecnológico se encontrará con algo muy distinto: un carnaval cósmico, un catálogo de imposibles narrados con ironía y frescura, en el que los viajes espaciales sirven de pretexto para desnudar la condición humana.

El caballero andante cósmico

El protagonista de estas aventuras es Ijon Tichy, viajero espacial, explorador involuntario y, en ocasiones, filósofo de circunstancias. Tichy es un personaje fascinante porque encarna al mismo tiempo la figura del héroe y la de su parodia: viaja de planeta en planeta como un nuevo Gulliver, se topa con civilizaciones extrañas, con inventos descabellados, con paradojas temporales, pero nunca pierde esa mezcla de ingenuidad y sarcasmo que lo convierte en nuestro cómplice.

Con Tichy, Lem construye una voz narrativa única: ligera, irónica, capaz de narrar la catástrofe más improbable con el tono con que alguien cuenta lo que cenó ayer. Esa distancia cómica es lo que hace que los relatos resulten tan divertidos y, al mismo tiempo, tan inquietantes.

Humor y filosofía disfrazada

El humor en Diarios de las estrellas no es gratuito. Cada aventura —por absurda que parezca— encierra una reflexión filosófica. Lem se sirve de extraterrestres, máquinas y paradojas espacio-temporales para poner sobre la mesa cuestiones profundamente humanas:

  • ¿Qué pasa cuando el lenguaje deja de ser un puente y se convierte en un muro?
  • ¿Qué ocurre si la tecnología promete resolver nuestros problemas pero termina multiplicándolos?
  • ¿Qué sentido tiene la política, la religión o la moral cuando se trasladan fuera de la Tierra?

Las respuestas nunca llegan de manera directa. Lem prefiere la fábula, la exageración satírica y la carcajada que deja un regusto amargo. El lector se ríe, sí, pero inmediatamente después se descubre reflexionando.

Una sátira universal

Lem escribió esta serie de relatos en un contexto muy concreto —la Polonia de la Guerra Fría—, pero el libro ha trascendido su época porque no satiriza solo a un sistema político. Su blanco es más amplio: la burocracia absurda, la fe ciega en el progreso, las contradicciones de la naturaleza humana. Y lo hace con tal ingenio que los relatos siguen siendo actuales: lo que Lem ridiculizaba en los años sesenta resuena hoy en debates sobre la inteligencia artificial, la manipulación genética o la política internacional.

Entre la ciencia ficción y la fábula

Lo más fascinante de Diarios de las estrellas es su hibridez. No es una novela, ni una colección de cuentos en sentido estricto, ni un tratado filosófico. Es todo eso a la vez. Se puede leer como una serie de peripecias disparatadas, como sátira política, como experimento de lógica o incluso como alegoría teológica. Cada lector encuentra una entrada distinta, y todas son válidas.

Por eso Lem se ha ganado el lugar de “autor de culto” dentro y fuera de la ciencia ficción. Su humor ácido recuerda a Swift; su ingenio lingüístico y erudición, a Borges; su visión cósmica, a los mejores relatos de Calvino. Y sin embargo, su voz es única: una inteligencia lúcida que no se deja atrapar por etiquetas.

La vigencia del asombro

Más de medio siglo después de su publicación, Diarios de las estrellas sigue siendo un libro fresco, desbordante de imaginación, capaz de sorprender incluso a lectores acostumbrados a la ciencia ficción más sofisticada. Su vigencia no está en la predicción tecnológica, sino en su capacidad para mostrar lo ridículos, contradictorios y entrañables que somos los humanos cuando tratamos de darle sentido al universo.

Leer a Lem es aceptar una invitación a la risa pensativa. Uno se divierte con las desventuras de Tichy, pero al cerrar el libro se queda con la incómoda certeza de que las civilizaciones más absurdas que ha visitado este viajero intergaláctico no están tan lejos: viven en nuestras propias sociedades, en nuestros gobiernos, en nuestras obsesiones y en nuestras máquinas.

Diarios de las estrellas es, en definitiva, un espejo cósmico: divertido, deformante y certero. Un recordatorio de que la mejor ciencia ficción no habla del futuro ni de planetas lejanos, sino de nosotros mismos.

Gente muy antigua – H. P. Lovecraft

Gente muy antigua [1] no fue concebido como un cuento para el público, sino como una carta privada que Lovecraft escribió en 1927 a su amigo Donald Wandrei tras haber tenido un sueño particularmente intenso. Ese origen explica su rareza: más que narración con principio y final, es un fragmento de visión, un sueño transcrito casi al despertar, con la urgencia de fijar imágenes que amenazan desvanecerse.

El escenario soñado es España, en tiempos del Imperio Romano. Pompelo —la actual Pamplona— aparece como bastión de la civilización frente a las montañas brumosas del norte, donde habitan los vascones, pueblo inquietante para el narrador. Desde allí se extiende un paisaje que no pertenece del todo a Roma ni a los hombres, sino a una memoria más profunda, donde las hogueras en las colinas y los ecos de tambores resuenan como signos de una presencia antiquísima.

La cualidad onírica del relato impregna cada detalle: el tiempo se acelera y se suspende, la geografía se curva y la historia se convierte en un telón que empieza a desgarrarse al caer la noche. Lo que empieza como la vigilancia tensa de unos legionarios degenera en una regresión atávica, donde las formas humanas se confunden con lo salvaje y lo ritual, y el Imperio se muestra frágil frente a esas corrientes subterráneas más viejas que cualquier frontera.

Ese es el corazón del texto: la fusión de la erudición histórica de Lovecraft con el material puro del sueño, donde Roma, los vascones y el propio narrador se convierten en figurantes de una revelación que no habla del futuro, sino de lo más antiguo.


Gente muy antigua

Providence, 2 de noviembre de 1927

Querido Melmoth:

… ¿Así que estás terriblemente ocupado tratando de descubrir el sombrío pasado de aquel insufrible joven asiático llamado Varius Avitus Bassianus?
Uff ¡Hay pocas personas que aborrezca más que a esa maldita rata siria!

Yo mismo he sido transportado hace poco a los negros tiempos romanos a causa de mi reciente lectura de la Eneida, de James Rhoades, en una traducción que no había leído nunca, más fehaciente para P. Marón que cualquier otra versión, incluyendo la de mi tío, el doctor Clark, que aún no ha sido publicada. Esta diversión virgiliana, unida a los espectrales incidentes y acontecimientos de la fiesta de Difuntos con sus ceremonias brujeriles en las colinas, me provocaron la noche del lunes pasado un sueño muy vivido y claro desarrollado en los tiempos de los romanos, con tales connotaciones terroríficas que estoy seguro algún día plasmaré en papel. Los sueños sobre los romanos no eran infrecuentes durante mi infancia —generalmente seguía al divino Julio arrasando las Galias, convertido en un Tribunus Militum—, pero hacía tanto tiempo que no tenía uno que éste me ha impresionado mucho. Atardecía en un crepúsculo rojizo en la ciudad provinciana de Pompelo, a los pies de los Pirineos en la Hispania Citerior. El año que trascurría era uno de los del final de la República, ya que la provincia aún estaba gobernada por un procónsul senatorial en vez del legado de Augusto, y el día era el primero de noviembre. Las colinas se erguían rojizas y doradas al norte de la pequeña ciudad, y el sol lucía oblicuo sobre las piedras recién colocadas de los edificios enormes del foro y las paredes de madera del circo, hacia el este. Grupos de ciudadanos —colonos de Roma y nativos romanizados de negros cabellos, junto con gentes mestizas por las uniones entre ellos, vestidos con suaves túnicas— y legionarios armados y hombres de negras barbas llegados de las cercanas tribus de los vascones, caminaban por las calles y el foro con una especie de pasividad vaga e indefinida. Yo mismo acababa de bajarme de una litera que los portadores ilirios habían traído, a través de Iberia, desde Calagurris. Creo que yo era un cuestor provincial llamado L. Caelius Rufús, y que había sido llamado por el procónsul, P. Scribonius Libo, cohorte de la XII legión, bajo la tribuna militar de Sex. Asellius; el legado de toda la región, Cr. Balbutius, también había venido desde Calagurris, donde se hallaba permanentemente.

La causa de la reunión era un horror que pululaba en las colinas. Los ciudadanos estaban aterrorizados, y habían solicitado la presencia de una cohorte de Calagurris. Estábamos en la terrible estación del otoño, y la gente salvaje de las montañas se preparaba para las aterradoras ceremonias de las que sólo llegaban rumores a la ciudad. Ellos eran la antigua raza que habitaba en lo más alto de las colinas y que hablaban un cortante lenguaje que los vascones no podían entender. Rara vez se los veía; pero algunas veces al año enviaban mensajeros de ojos pequeños y amarillentos (que parecían escitas) para traficar con los mercaderes por medio de señas; y todos los otoños y primaveras realizaban sus ritos ancestrales en los picos de las montañas, y con sus gritos y fogatas aterrorizaban a los ciudadanos de las villas. Siempre era igual; la noche anterior al inicio de mayo y la noche anterior al inicio de noviembre. Mucha gente podía desaparecer antes de esas fechas para no ser vista nunca más. Y había ciertos rumores acerca de que los pastores y agricultores nativos no estaban mal dispuestos con aquella antigua raza, y que más de una cabaña de campesinos se hallaba vacía aquellas noches sabáticas.

Aquel año el horror fue grande, pues la gente sabía que las miras de la antigua raza apuntaban a Pompelo. Tres meses antes, cinco de aquellos hombres de mirada furtiva habían llegado de las colinas, y tres de ellos habían sido asesinados en el mercado. Los dos restantes habían vuelto a sus colinas sin decir una palabra; y aquel otoño ni un solo lugareño había desaparecido. No era lógico. No era corriente que la antigua raza perdonara a sus víctimas para el Sabbath. Era demasiado bueno para ser normal, y los habitantes estaban asustados.

Durante muchas noches hubo batir de tambores en las colinas, y finalmente el edil Tib. Annaeaus Stilpo (de sangre nativa) había llamado una cohorte de Balbutius, en Calagurria, para acabar con el Sabbath de aquella horrible noche. Balbutius había rechazado de plano los temores de los ciudadanos, y aseguraba que los terribles ritos de la gente de las colinas no tenían nada que ver con los ciudadanos romanos. Yo, sin embargo, que debía ser un amigo cercano de Balbutius, estaba en desacuerdo con él; argumenté que había estudiado detenidamente la negra, prohibida ciencia, y que creía que la antigua gente sería capaz de lanzar alguna maldición impronunciable sobre la ciudad, que ante todo era un asentamiento romano y cobijaba gran cantidad de ciudadanos nuestros. La comprensiva madre del edil, Helvia, era romana pura, hija de M. Helvius Cinna, que había llegado con la armada de Escipión. De forma que envié un esclavo —un pequeño griego llamado Antípater— al procónsul con una serie de cartas; y Escribonius atendió mis ruegos y ordenó a Balbutius que enviase la quinta cohorte, bajo el mando de Asellius, a Pómpelo; aconsejando que recorriese las colinas la primera noche de noviembre y cogiese todos los prisioneros que interviniesen en esas orgías sin nombre, trayéndolos a Tarraco. Balbutius, sin embargo, había protestado, por lo cual hubo más intercambio de correspondencia.

Yo había escrito tantas veces al procónsul que éste llegó a interesarse profundamente en el tema, y decidió intervenir personalmente en el horrible asunto. Finalmente se dirigió a Pómpelo con su consejero y asistentes personales; allí escuchó los suficientes rumores como para preocuparse, y decidió acabar con aquellos ritos. Deseoso de ser acompañado por alguien que hubiese estudiado el tema, me ordenó que acompañase a la cohorte de Asellius; Balbutius también vino con nosotros para insistir en sus creencias, pues él pensaba sinceramente que las acciones militares drásticas podrían desarrollar un resentimiento peligroso en contra de los vascones. De esta forma nos hallábamos en el místico crepúsculo de las colinas otoñales: el viejo Escribonius Libo con su toga de mando, los rayos dorados reflejándose en su cabeza lisa y en su rostro de halcón; Balbutius con su casco resplandeciente, con los labios contraídos en una mueca de oposición; el joven Asellius con sus maneras graves y su aire de superioridad, y la curiosa mezcolanza de gentes, legionarios, aldeanos, paseantes, esclavos y criados. Yo mismo llevaba una simple toga, sin ningún distintivo especial.

Y por todos sitios se hacía patente el horror. Las gentes de la ciudad no se atrevían a hablar en voz alta, y los hombres del cortejo de Libo, que llevaban aquí una semana, parecían haber adquirido algo de esas tétricas maneras. Incluso el viejo Escribonius parecía muy serio, y las fuertes voces de los que habíamos llegado después sonaban inapropiadas, como si estuviéramos en un lugar de muerte o en el templo de algún dios mítico. Entramos en el praetorium y nos entregamos a una grave conversación. Balbutius presentó sus objeciones, y fue apoyado por Asellius, que parecía ser muy contemplativo con los nativos a la vez que creía inoportuno excitarlos. Ambos soldados mantenían que era mejor afrontar los miedos de los pocos nativos colonizados no haciendo nada que levantara las iras de los muchos pobladores y lugareños de las colinas acabando con sus ritos ancestrales. Yo, en cambio, mantenía que debíamos entrar en acción, y me ofrecí voluntario para una posible expedición. Apunté que los salvajes vascones eran como poco turbulentos e inciertos, de tal forma que un encuentro armado con ellos era inevitable más pronto o más tarde, fuesen cuales fuesen los cuidados que dispusiéramos; que en el pasado no habían demostrado ser serios adversarios a las legiones romanas, y que podría ser peligroso que los mandos de la Roma imperial no tomasen medidas para proteger a sus ciudadanos. También dije que el éxito de la administración de una provincia dependía en primer lugar de la seguridad de los elementos civilizados en cuyas manos descansaban los resortes del comercio y la prosperidad, y por cuyas venas circulaba la sangre del pueblo romano. Estos elementos, aunque eran minoría, daban estabilidad al conjunto, y su cooperación mantenía firme el poder en la provincia del Imperio, del Senado y la gente de Roma. Era materia primordial proteger a los ciudadanos romanos; incluso (y aquí lancé una mirada sarcástica a Balbutius y Aselius) aunque fuese necesario algo de actividad y se interrumpiesen las fiestas y banquetes en el campamento de Calagurria.

De acuerdo a mis estudios, no tenía ninguna duda de que el peligro sobre la ciudad y habitantes de Pompelo era algo real. Había leído muchos manuscritos sirios, egipcios y de las crípticas ciudades de Etruria, y había hablado frecuentemente con los sacerdotes de Diana Aricina en su templo en los bosques que bordean el Lacus Nemorensis. Había ciertas maldiciones horripilantes que podían ser invocadas en las colinas la noche del Sabbath; maldiciones que no debían existir dentro de los límites de la nación romana; y no era menester permitir la realización de orgías que ya habían sido condenadas por A. Postumius que, cuando era cónsul, había ejecutado a muchos ciudadanos romanos por la práctica de bacanales; estos acontecimientos fueron recogidos por el senador consular de Bacanalia, que mandó esculpirlos en bronce y mostrarlos a las gentes.

Además, antes de que el poder de las invocaciones pudiesen traer algo material, el hierro de la pilum romana podría acabar con ellos, esta festividad no podía significar mucho para la fuerza de una simple cohorte. Sólo se necesitaría apresar a los participantes, y la liberación de los simples espectadores reduciría el resentimiento que pudieran haber adquirido los simpatizantes de los ritos de la antigua raza. Resumiendo, los principios políticos requerían acciones drásticas; y yo no albergaba ninguna duda de que Publius Escribonius, con su sentimiento de dignidad y sus obligaciones para con las gentes romanas, ordenaría avanzar a la cohorte, y a mí con ella, a pesar de las objeciones de Balbutius y Asellius; que, en verdad, hablaban más como provincianos que como ciudadanos romanos.

El sol se hallaba muy bajo ahora, y toda la ciudad parecía sumida en un fulgor irreal y maligno. Entonces el procónsul P. Escribonius dijo que estaba de acuerdo con mis consejos, y me emplazó en una de las cohortes con el rango provisional de centurio prímipilus; Balbutius y Asellius accedieron, el primero con mejor ánimo que el segundo.

Mientras el crepúsculo caía sobre los precipicios otoñales, un extraño, horrible batir de tambores se diseminó en la distancia con monótono ritmo. Algunos de los legionarios se estremecieron, pero las fuertes voces de mando les hicieron ponerse firmes; y pronto toda la cohorte fue conducida hacia el este desde el circo. Libo, al igual que Balbutius, insistió en acompañar a la cohorte; pero tuvimos gran dificultad para encontrar un nativo que nos mostrase las escabrosas sendas de las montanas. Por fin, un joven llamado Varcellius, hijo de romanos de sangre pura, accedió a llevarnos al inicio de las colinas. Comenzamos a caminar bajo la oscuridad creciente, con los rayos de una plateada luna luciendo sobre los bosques que se extendían a nuestra izquierda.

Lo que más nos inquietaba era el hecho de que el aquelarre fuera celebrado de cualquier forma. Las nuevas de que una cohorte se hallaba en camino deberían haber llegado a las colinas, incluso aunque la decisión hubiese sido otra que la tomada, el rumor debería haber sido igual de alarmante; sin embargo, los horribles tambores continuaban batiendo, como si los participantes tuvieran alguna razón peculiar para mostrarse totalmente indiferentes marcharan o no contra ellos las legiones romanas.

El sonido creció en intensidad según nos adentrábamos en las primeras cuestas de las colinas, con tupidos bosques rodeándonos por todos sitios, cuyos troncos adoptaban fantasmagóricas formas a la luz de nuestras antorchas. Todos iban a pie excepto Libo, Balbutius, Asellius, dos o tres centuriones y yo mismo; y poco a poco el camino se fue haciendo tan abrupto y estrecho que aquellos que teníamos caballos nos vimos forzados a dejarlos; dejamos una guardia de diez hombres para guardarlos, aunque las bandas de ladrones difícilmente se atreverían a actuar en semejante noche de horror. Después de media hora de marcha, escalando por escarpes y riscos, el avance llegó a hacerse muy dificultoso para una fuerza tan grande de hombres —unos trescientos— que se veían obligados continuamente a atravesar dificultades rocosas.

Y entonces, con una claridad horrible, escuchamos un sonido helador que provenía de abajo de nosotros. Llegaba del lugar donde habíamos dejado a los caballos; gritaban… no relinchaban, sino que gritaban… y no se veía ninguna luz, no se oía el sonido de voces humanas, que pudiesen indicar qué estaba sucediendo. En el mismo momento, cientos de fuegos se encendieron en los picachos que estaban sobre nuestras cabezas, de tal forma que el horror parecía venirnos tanto de arriba como de abajo. Dirigimos la vista hacia nuestro joven guía Varcellius y sólo pudimos contemplar una cabeza cortada en mitad de un charco de sangre. En su mano lucía una corta espada que había cogido del cinturón de D. Vinulanus, un subcenturio, y su rostro mostraba tal expresión de horror que incluso los más aguerridos veteranos se pusieron lívidos con su sola contemplación. Se había matado a sí mismo al escuchar los gritos de los caballos… él, que había nacido y vivido toda su vida en la región, y conocía qué clase de hombres murmuraba acerca de las colinas.

Las antorchas empezaron a apagarse, y los gritos de los espantados legionarios se mezclaron con los de los caballos. El aire se tornó perceptiblemente más frío, más de lo normal para los primeros días de noviembre, y parecía batir con terribles vibraciones que yo no me atrevía a conexionar con el zumbido de los tambores. Toda la cohorte permaneció quieta, y, cuando las antorchas terminaron de apagarse, contemplé unas sombras fantásticas que se dibujaban en el cielo sobre la luminosidad de la Vía Láctea, como si proviniesen de Perseus, Casiopea, Cefeus y Cygnus.

De pronto, todas las estrellas se esfumaron del cielo, incluso las brillantes Deneb y Vega, así como la solitaria Altair y Fomalhaut. Las antorchas se apagaron completamente, todas a la vez, y sobre la cohorte aterrada y aullante sólo quedó el desconcierto y la luminosidad de los horribles fuegos que ardían en las cumbres; un infierno rojo, y la silueta de las formas imposibles y colosales de bestias tan innombrables que ni los sacerdotes frigios ni los hechiceros se han atrevido a murmurar en su más alocadas historias.

Y por encima del clamor de los gritos de hombres y caballos el demoniaco batir de los tambores se incrementó, mientras que un viento salvaje y helado barría las cumbres llevando consigo el terror, sacudiendo a cada hombre por separado hasta que la cohorte se dispersó gritando en la oscuridad, como si se enfrentasen a los designios de Laocoon y sus hijos. Sólo el viejo Escribonius parecía resignado. Pronunció unas quedas palabras que pude escuchar claramente entre aquel clamor, y aún resuena su eco en mi cerebro. “Malitia vetus; malitia vetus est… venit… tándem venit…”[2]

Y entonces desperté. Fue el sueño más vivido que he tenido desde hace años, superpuesto en mi subconsciente sobre lugares y cosas olvidadas. No existe ninguna crónica del destino de aquella cohorte, pero la ciudad, al menos, fue salvada; las enciclopedias hablan de la existencia de Pompelo en nuestros días, cuyo nombre español contemporáneo es Pamplona…

Siempre tuyo por la Supremacía del Godo:

G. Iulius Verus Maximinus.


[1] Gente muy antigua procede de un sueño que Lovecraft tuvo la noche de Halloween de 1927, tras leer la Eneida en la traducción de James Rhoades. Relató la visión en varias cartas —la más extensa en noviembre de ese año— con la intención de convertirla en cuento, aunque nunca lo hizo. En 1931, Frank Belknap Long incorporó el sueño casi literalmente en su novela The Horror from the Hills, con permiso del propio Lovecraft.

[2] «Maldad antigua; maldad antigua es… viene… al fin viene».

– Howard Philips Lovecraft

The Very Old Folk (1927).