La resucitada – Un relato de Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán casi no necesita presentación, es una de las grandes escritoras que han dado las letras hispanas. Poseedora de una mente privilegiada, fue toda una revolucionaria para su época, reivindicando y defendiendo los derechos de las mujeres y la igualdad. Además de novelista, fue poetisa, ensayista, periodista, crítica literaria, profesora de universidad y dramaturga. Autora de novelas como La madre naturaleza, La tribuna, Insolación, El saludo de las brujas o su obra maestra: Los pazos de Ulloa. Su estilo fue variando del realismo de las primeras obras al simbolismo, pasando por el naturalismo (del que fue impulsora en España) y el espiritualismo literario.

Rica de cuna, ya que provenía de una familia de la aristocracia gallega, la condesa de Pardo Bazán tuvo una educación privilegiada y fue una viajera incansable. El sexismo reinante y su posición feminista le acarrearon no pocos problemas a lo largo de su vida, uno de ellos, el rechazo por tres veces de su candidatura a la Real Academia Española. Además su ensayo titulado La cuestión palpitante, le costó el matrimonio, ya que su marido, horrorizado por el revuelo que había montado en los estamentos religioso y político, le pidió que se retractara y dejara de escribir, a lo que Pardo Bazán se negó. Estás situaciones y alguna más, provocaron que en su día declarara, no sin razón: “Si en mi tarjeta pusiera Emilio, en lugar de Emilia, que distinta habría sido mi vida”. A pesar de ello, llegó a ser la primera mujer presidenta de la sección de literatura del Ateneo de Madrid y nombrada consejera de Instrucción Pública por el rey Alfonso XIII. Admiradora de Zola y Tolstoi, estuvo muy influenciada por ambos en distintas etapas de su carrera. Persona de gran actividad social, cultivó amistades como Unamuno, Sorolla, Cánovas, Carvajal y sobre todo con Benito Pérez Galdós, amistad que con el tiempo desembocaría en un apasionado romance.

Su producción cuentística fue impresionante: más de 650 cuentos publicados en diversos periódicos y revistas de la época, muchos de ellos de gran factura, acabaron recopilados en varios volúmenes. En sus relatos Pardo Bazán trató temas históricos, realistas, policiacos, feministas, intimistas o la violencia ejercida sobre las mujeres. También escribió relatos fantásticos, de misterio y de terror, como el que os presento hoy.

La resucitada apareció en el diario El imparcial en junio de 1908, para más tarde ser incluido en el volumen Cuentos trágicos, publicado en 1912. A mi entender el tema del cuento: la muerta que vuelve de la tumba, está de alguna manera influenciado por Poe y su relato Ligeia. Solo que el enfoque de la escritora gallega es diametralmente opuesto, pero no por ello menos efectivo y macabro.

La resucitada

Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.

Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía -como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios…, y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.

Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena… Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.

Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó… Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.

Diez pasos hasta su morada… El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. «¿Esta casa es mi casa, en efecto?», pensó, al secundar al aldabonazo firme… Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:

-¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?

-Abre, Pedralvar, por tu vida… ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!… ¡Abre presto!…

-Váyase enhoramala el borracho… ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!…

-Soy doña Dorotea… Abre… ¿No me conoces en el habla?

Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió al través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito…

Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea -ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto… De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban… ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre… Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.

Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan… Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición…

Por su parte, el esposo -guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura… En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.

-De donde tú has vuelto no se vuelve…

Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie…

– Emilia Pardo Bazán.

“La resucitada” (1908).

La tormenta de nieve

“Winter Troika” Nikolai Sverchkov (1888)

“A derecha e izquierda todo es blancura, espejismos. En vano busca el ojo un objeto nuevo: no se ve nada, ni un poste, ni un almiar, ni una valla. Todo es blanco alrededor, blanco y movedizo: a veces el horizonte parece hallarse inconmensurablemente lejos; pero otras, da la impresión de haberse comprimido y estar ciñéndonos a dos pasos de distancia […] Si miras hacia arriba, la primera impresión es de claridad, te parece que a través de la niebla puedes ver las estrellas; pero las estrellas escapan a tu vista y se elevan cada vez más y más, y sólo ves la nieve que se derrama sobre tu rostro; el cielo es en todos lados igualmente claro, igualmente blanco, incoloro, uniforme; en perpetuo movimiento”.


En enero de 1854 Lev Tolstói estuvo perdido toda una noche en una tormenta de nieve a 100 km de Cherkassk, en el territorio de los Cosacos del Don, la experiencia debió de impresionarle tanto, que dos años después decidió escribir este relato contando lo acontecido en aquella aciaga noche.

La tormenta de nieve, es una de la primeras obras de este autor ruso, apareció publicada en el magazine Sovremennik en 1856 y aunque aún no es el Tolstói que escribiría obras maestras como Guerra y paz, Anna Karenina o La muerte de Ivan Ilich, en este relato ya se empiezan a vislumbrar un poco sus inquietudes existenciales y la calidad literaria que le afianzaría poco tiempo después en el Olimpo de los grandes escritores

El argumento del relato es bastante simple: El narrador de la historia, decide emprender un viaje nocturno desde la aldea en la que se encuentra a pesar del mal tiempo, viajará en una troika o trineo tirado por caballos junto con su criado y el cochero, poco tiempo después estallará la tormenta, cuya intensidad acabará por borrar totalmente el camino, haciendo que se pierdan en la inmensidad de la estepa nevada, durante su vagar nocturno, se encontrarán con otras troikas y convoyes a los que seguirán en un intento de encontrar el camino y llegar a la siguiente stanitsa, pero no será fácil. El narrador debido al cansancio, al frío y a la monotonía del paisaje, se sumerge en un estado de somnolencia en el que tiene sueños bastante extraños y simbólicos. 


Tuve que leer dos veces el relato para darme cuenta de que el principal protagonista de esta historia es la tormenta, lo impregna absolutamente todo y las descripciones de Tolstói, siempre certeras e incluso me atrevería a decir que sinestésicas, hacen que te introduzcas totalmente en esa ventisca, sintiendo el frío, el viento, los escalofríos, la cegadora nieve golpeando el rostro, los síntomas de congelación y sobre todo el desconcierto de no saber si al final, uno podrá encontrar el camino en un paisaje tan monótono como inmenso. 

La tormenta es protagonista del relato hasta tal punto que se podría decir que realmente no hay argumento, sólo una oda al poderío de la naturaleza, tanto es así, que todos los personajes en este relato son irrelevantes, narrador incluido, pues sólo son el medio para poder expresar la magnificencia y la brutalidad de una naturaleza desbocada, para la que los humanos somos totalmente insignificantes.

Hay un punto de contraste en la historia, cuando el narrador tiene esos extraños sueños, en los que se pasea por los campos de su hacienda en un soleado y caluroso día de verano, toda una antítesis con la situación que está viviendo en la realidad a punto de congelarse, creo que esto puede desconcertar a algunos lectores, pero lo cierto es que la simbología del sueño junto con el contrapunto que crea es muy interesante.


Tal y como dije al principio, este no es el Tolstoi de Guerra y Paz o Anna Karenina, todavía no es dueño de todos su recursos, es un relato primerizo pero de gran calidad, que os animo a leer, aunque sólo sea por pasar un poco de frío vagando por una estepa infinita y helada.

 

Las muertes concéntricas – Jack London

Hacía mucho tiempo que quería releer a Jack London, pero tenía miedo de que al volver a encontrarme con sus novelas y relatos, mis recuerdos de adolescencia se cubrieran con el velo de la decepción o la indiferencia, recuerdos llenos de aventuras y diversión recorriendo en trineo los páramos helados de Alaska o a bordo de un barco surcando los mares del sur.

Es lo que nos suele pasar ¿verdad?, cuando revisamos las obras que leímos de jóvenes y nos hicieron vibrar, algunas no pasan el test del tiempo, envejecen muy mal, otras veces somos nosotros los que hemos envejecido y nos decepcionan, puesto que ya no somos la misma persona que leyó aquel libro, la vida y las experiencias nos han hecho cambiar en cuanto a gustos y percepciones y lo que antes nos emocionaba o asustaba, ahora nos puede parecer inocuo e irrelevante.

Pero he de decir que he disfrutado mucho leyendo esta pequeña antología de La Biblioteca de Babel de la editorial Siruela, he recordado otros tiempos acompañando a los personajes en situaciones límite, luchando contra los elementos de una naturaleza implacable, me he sentido otra vez como aquel niño que quería recorrer el mundo viviendo aventuras y la verdad es que me ha hecho muy feliz saber que ese niño aún sigue en mi interior, con sus capacidades de asombro y disfrute intactas.

Jack London, todo un trotamundos.

Uno de los rasgos más interesantes de las obras de Jack London, es el realismo que imprime a sus narraciones y esto lo hace con conocimiento de causa, puesto que su corta vida fue intensa y llena de aventuras y peligros, además de escritor, fue vagabundo, marinero, cazador de focas en Siberia, guardacostas en California, buscador de oro en Klondike, empresario y corresponsal de guerra en México y Japón.

Sus relatos están plagados de personajes que viven vidas al límite en la naturaleza virgen, una naturaleza que no hace distinciones ni concesiones y que trata a todos los seres vivos con la misma letal indiferencia y dureza.

También fue uno de los primeros escritores que alcanzaron fama mundial en vida y amasó una considerable fortuna con obras como Colmillo Blanco, El lobo de mar, La llamada de lo salvaje, Martin Eden o El vagabundo de las estrellas.

A la altura de los mejores cuentistas.

Las muertes concéntricas reúne cinco relatos, a cada cual más interesante, además de un prólogo a cargo de Jorge Luis Borges, en el que nos presenta una breve reseña de la vida del autor con la maestría que le caracteriza.

Los relatos son de temática variada pero todos tienen en común personajes luchando por sus vidas frente a la adversidad que les rodea y engulle.

El estilo de London está lleno de fuerza y sus descripciones crean imágenes muy poderosas que perduran en la mente del lector haciendo que la lectura se convierta en un auténtico deleite.

Son narraciones crudas, realistas y violentas como la vida salvaje donde se desarrollan, aunque no exentas de sensibilidad. 

Cuando examinamos su narrativa breve podemos llegar a la conclusión de que estamos ante un gran escritor, a la altura de otros maestros del cuento como Cortázar, Borges, Chéjov o Maupassant y podemos entender el hecho de que fuera el escritor más famoso de su tiempo y uno de los más leídos aún hoy en día en todo el mundo.

 

Los Relatos.

La antología se abre con La casa de Mapuhi (The House of Mapuhi) 1909, que nos narra la llegada de un devastador tifón a las costas de una isla del Pacífico y los estragos que causa entre sus habitantes, que pese a todo persisten en sobrevivir, entre éstos se encuentran el comerciante Raoul y Mapuhi que es el poseedor de una valiosa perla que desea canjear por una casa nueva en otra isla. Las imágenes creadas por  Jack London de la furia del tifón son impactantes.

La ley de la vida (The Law of Life) 1901, ha sido el relato que más me ha sobrecogido y el que más me ha hecho reflexionar, narra las últimas horas de vida de Koskoosh, un anciano jefe indio que, demasiado débil para seguir a su tribu, es abandonado en la nieve para morir junto a una fogata y unas pocas ramas para alimentarla como es costumbre entre los suyos. Koskoosh escucha como todos le abandonan y en la helada soledad empieza a rememorar momentos de su vida mientras gradualmente acepta su destino como algo natural e inevitable. El final es ciertamente estremecedor.

Cara Perdida (Lost Face) 1902, nos cuenta la historia de Subiénkov, un aventurero polaco capturado por unos nativos americanos en el Yukón, un tipo duro que mientras observa maniatado como torturan brutalmente a su compañero de fechorías, intenta librarse a cualquier precio. Al igual que en el relato anterior, el final es tremendo.

Las muertes concéntricas (The Minions of Midas) 1901, es un relato de suspense en el que una misteriosa sociedad secreta llamada «Los sicarios de Midas«, le exige a un empresario millonario que abone una cantidad desorbitada de dinero a cambio de no asesinar a varias personas, un relato cargado de intriga in crescendo y crítica social.

El último relato de la antología me ha parecido el más flojo de los cinco pero no por ello falto de calidad. La sombra y el relámpago (The Shadow and the Flash) 1903, es un relato de ciencia ficción en el que se nos narra la historia de la encarnizada rivalidad entre dos químicos y su búsqueda de la invisibilidad total.

Lecturas para reflexionar.

En resumen, una colección de relatos fascinantes, cargados de acción, suspense y melancolía, que nos hacen reflexionar sobre la vida, la condición humana y nuestra relación con la naturaleza, escritos por un hombre que vivió una vida breve pero muy intensa y que como señalaba Borges en el prólogo: «Murió a los cuarenta años y agotó hasta las heces la vida del cuerpo y del espíritu. Ninguna lo satisfizo del todo y buscó en la muerte el tétrico esplendor de la nada».

 











Llamadas telefónicas – Roberto Bolaño

«Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad».

Historias de perdedores, de amores imposibles y desamores, de poetas y escritores, historias cargadas de nostalgia y de dolor, recuerdos desteñidos, a los que el tiempo ha robado su color.

Así son las historias del chileno Roberto Bolaño, relatos que arrancan de manera trivial, como si el autor estuviera rememorando algunos episodios de su vida, a los que poco a poco va añadiendo detalles ficticios, quizá para hacer más llevadero el dolor o la carga que acarrean esos recuerdos.

En sus páginas abundan los personajes infelices y derrotados, abandonados ya a la desesperanza y al fracaso. Hombres y mujeres rotos, maltratados por la vida y por la gente que se ha cruzado en su camino, que se han instalado en el tedio o en la locura y parecen no querer luchar para cambiar las cartas, que el destino ha barajado para ellos.

Conecto mucho con Bolaño, esa melancolía, dolor y soledad que destilan sus escritos, activa algunos resortes en mi mente y en mi corazón y me deja tocado por unos días, por eso mis acercamientos a su obra suelen ser muy espaciados en el tiempo, pero siempre gratificantes a su manera.

Su estilo, simple y lleno de reflexiones, me contagia y muchas veces me sorprendo pensando, no en lo que me cuenta, si no en episodios de mi vida, que a veces tienen poco o nada que ver con lo que estoy leyendo, pero que por una suerte de empatía o analogía extraña o quizá alquimia literaria, parecen estar relacionados. Quizá sea porque habla de sentimientos, sensaciones y experiencias vitales que todos hemos pasado o pasaremos algún día.

En cualquier caso, este libro de relatos, si bien irregular en cuanto a calidad literaria, bordea la excelencia en el aspecto emocional y al final para mi es lo que importa, que me remueva por dentro y me haga crecer de alguna manera.

El libro consta de catorce relatos, algunos de marcado tinte autobiográfico y entre ellos yo destacaría: Sensini, Henri Simon Leprince, Una aventura literaria, El Gusano, Detectives y Vida de Anne Moore. Son cuentos cortos, así que no quiero comentar nada de ellos, para no desvelar las tramas.

Roberto Bolaño es uno de los grandes escritores latinoamericanos, que por desgracia se fue pronto, esperando un transplante de hígado que nunca llegó.

Nunca sabremos hasta donde habría llegado su genio de haber seguido con vida, lo que si es cierto es que nos dejó un buen puñado de obras maestras, como Los detectives salvajes, Estrella distante o 2666, para deleite de quien quiera acercarse a un escritor diferente, que de adolescente robaba libros de Camus, Rulfo y Pierre Louys en las librerías de México D.F. y que en algunos momentos de su vida llevó una existencia paupérrima, casi de poeta maldito, como esos que pueblan sus historias y que acaban por consumirse en su propio genio y fuego interno, pero que antes de desaparecer nos legan obras sublimes, de esas que trascienden el tiempo y el espacio.

«Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. […] El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte».