El atlas de las puertas

Debo la noticia de ese libro imposible a una nota marginal en un ejemplar mutilado de la Historia Naturalis de Plinio el Viejo, adquirido hace años en una subasta menor de Marsella. Entre observaciones sobre minerales y monstruos orientales, una mano del siglo XVIII había escrito en latín vacilante: Omnes portae ad eandem cameram ducunt (todas las puertas conducen a la misma cámara).

El comentario me habría parecido una extravagancia de lector ocioso, de no ser porque, unas páginas más adelante, reaparecía la misma caligrafía con una referencia precisa: Vide Atlas Portarum, fol. 73. No conocía ese título. Consulté catálogos, repertorios y bibliografías imaginariamente exhaustivas. Nada hallé. Un bibliotecario de la Biblioteca Nacional de España, hombre de cortesía fatigada, me dijo que los libros más peligrosos no son los prohibidos, sino los dudosos; los que acaso existieron.

Durante meses perseguí la sombra de ese atlas. En inventarios monásticos de Ávila apareció una mención a “un volumen de puertas grabadas”. En un catálogo privado de Coimbra se consignaba “Atlas sin mapas, de procedencia incierta”. En una carta atribuida falsamente a Cornelius Agrippa se aludía a “un libro que enseña a entrar, no a viajar”. No niego que me sedujo menos la promesa de encontrarlo que la arquitectura de sus rumores.

El hallazgo ocurrió donde menos debía: en una tienda de muebles usados de un barrio periférico, entre lámparas rotas y vitrinas de falsa caoba. Un dependiente joven, que ignoraba el valor de casi todo lo que vendía, me mostró un volumen grande encuadernado en cuero negro sin letras en el lomo.

—Eso venía dentro de un armario —me dijo—. Igual era del abuelo.

Lo compré por una suma ridícula.

El libro era muy voluminoso. Sus hojas eran gruesas y olían a humedad, polvo y algo anterior al papel. No había texto en la portada interior, sólo una lámina grabada: una puerta cerrada. Debajo, en francés antiguo: La première est toutes.

Las páginas siguientes mostraban puertas de todas las épocas y estilos: pórticos asirios, cancelas románicas, entradas de tabernas, umbrales de casas humildes, portones de fortalezas, trampillas de barcos, compuertas de aljibes, puertas de jardines chinos, de mezquitas, de cárceles, de teatros, de establos. Algunas estaban abiertas; otras, selladas; otras parecían no pertenecer a edificio alguno, erigidas solas en llanuras o desiertos.

Cada lámina llevaba un número, pero no consecutivo. La primera era la 1; la segunda, la 19; luego la 403; luego una cifra compuesta por signos que no eran arábigos ni romanos. Pensé en un capricho tipográfico. Después advertí algo peor: el orden cambiaba cada vez que cerraba el libro.

No hablo de una ilusión. Comprobé con marcas discretas, notas y fotografías. La puerta que una noche ocupaba el folio 73 amanecía en el 212 o desaparecía por semanas. Algunas retornaban envejecidas: una aldaba rota, una grieta nueva, un musgo reciente sobre la piedra.

La razón aconsejaba abandonar aquel objeto; la curiosidad, perseverar. Como suele ocurrir, obedecí a la segunda.

Descubrí pronto que ciertas puertas ejercían efectos singulares. Al contemplar una pequeña puerta verde de una casa colonial de México, recordé con nitidez una tarde de mi infancia que creía olvidada. Frente a una puerta de hierro de Moscú soñé esa noche con calles que nunca he visitado. Una compuerta marina, numerada con caracteres fenicios, me dejó durante horas una intensa nostalgia de algo que jamás poseí.

El atlas no representaba puertas: las convocaba. Esa hipótesis, que juzgo absurda y sin embargo inevitable, se confirmó por accidente. Una madrugada observaba una puerta humilde, de madera blanca, ligeramente entreabierta. Vi detrás de ella un corredor oscuro. Incliné el libro para acercarlo a la lámpara; el corredor se iluminó. Oí, distintamente, el eco de mis propios pasos. Cerré el volumen con violencia.

Durante días no lo abrí. Después cedí de nuevo. El hombre que ha entrevisto un abismo desarrolla con él una intimidad vergonzosa.

Continué los experimentos con mayor prudencia. Algunas puertas no conducían a lugar alguno visible; otras revelaban patios, escaleras, jardines, bibliotecas, mares inmóviles. Una mostraba otra puerta idéntica. Otra daba a una habitación donde alguien leía un libro muy semejante al mío.

Comprendí entonces que el atlas no era una colección de entradas dispersas, sino un sistema. Todas las puertas remitían, por bifurcaciones innumerables, a una única cámara central que ninguna lámina mostraba de frente. Esa ausencia ordenaba el conjunto.

No tardé en obsesionarme con hallar la ruta hacia esa cámara. Elaboré tablas, genealogías de picaportes, analogías entre estilos, correspondencias entre maderas y siglos. Sospeché que las puertas góticas acercaban más que las modernas; que las orientadas al norte retrocedían; que las puertas humildes eran más eficaces que las monumentales. Reduje mi vida a esa cartografía insensata.

Una noche di con una secuencia prometedora: página 88, luego 5, luego 610, luego un signo triangular, luego 233. Cada puerta conducía a otra más próxima, según deduje por la luz creciente y por una música lejana que acaso imaginé. Llegué al fin a un umbral de piedra desnuda sin cerradura ni hojas. Tras él había claridad.

Iba a pasar la página cuando comprendí algo que me inmovilizó: la piedra no enmarcaba un cuarto, sino mi propia habitación. Vi mi mesa, la lámpara, la ventana, los libros amontonados y a un hombre inclinado sobre un gran volumen negro. Ese hombre era yo.

No diré cuánto tiempo permanecí mirando aquella imagen que me miraba. Tal vez segundos; tal vez años, pues el tiempo ante ciertos espejos pierde la costumbre de avanzar.

El otro levantó una mano y señaló detrás de sí.

Giré instintivamente.

En la pared de mi cuarto, donde nunca hubo nada, se alzaba una puerta de madera oscura. Era antigua y sencilla. Reconocí en ella vetas, herrajes y una muesca lateral: pertenecía a la página 1. El miedo me pudo y no la abrí.

Al amanecer, la puerta había desaparecido. El atlas descansaba cerrado sobre la mesa. Desde entonces he intentado vivir con sensatez. Trabajo, paseo, converso, cumplo con las distracciones comunes. A veces lo consigo.

Pero sé que toda casa contiene una puerta exacta que no vemos. Sé también que cada decisión trivial —entrar en una tienda, descolgar un teléfono, aceptar una invitación, doblar una esquina— es una forma menor de abrirla.

No he vuelto a consultar el atlas. Sin embargo, algunas noches oigo en la pared tres golpes muy suaves… Y temo menos que llamen desde fuera que desde dentro.

– Mikel Alonso.


El comepecados

Durante siglos, en algunas regiones de Gales y del oeste de Inglaterra, hubo personas conocidas como comepecados. Cuando alguien moría, su presencia era requerida para llevar a cabo un ritual que apenas había variado desde tiempos remotos: sobre el pecho del difunto se colocaban un trozo de pan, sal y una jarra de cerveza. El comepecados consumía aquellos alimentos y pronunciaba una plegaria, mientras los familiares observaban en silencio, convencidos de que las culpas del muerto abandonaban el cuerpo y se transferían al desconocido que había acudido a la casa. Después se marchaba solo.

La comunidad necesitaba su presencia, pero evitaba su compañía. Vivían en los márgenes de los pueblos, en cabañas apartadas o en los límites del bosque. Apenas participaban en la vida de la comunidad, rara vez compartían mesa con los demás y casi nunca cruzaban el umbral de una iglesia. Se les temía porque llevaban consigo una carga invisible y porque existía la sospecha de que quien absorbe las faltas ajenas termina transformándose en algo distinto.

Las autoridades religiosas contemplaban aquellos rituales con abierta hostilidad. La idea de que un ser humano pudiera asumir los pecados de otro resultaba intolerable para una institución que reservaba el perdón y el juicio únicamente a Dios. Para muchos sacerdotes, los comepecados eran el vestigio incómodo de antiguas creencias paganas que habían logrado sobrevivir bajo la superficie del cristianismo. Y, sin embargo, incluso quienes condenaban el ritual terminaban recurriendo a él cuando la muerte entraba en sus hogares.

Algunas tradiciones populares atribuían al ritual una función aún más inquietante. El comepecados no solo ayudaba al difunto a abandonar este mundo: también impedía su regreso. En una época en la que el miedo a los muertos que volvían para atormentar a los vivos estaba muy extendido, absorber las culpas del fallecido equivalía a anular aquello que podía retenerlo entre ambos mundos.

Me pregunto qué ocurría realmente con aquello que el comepecados recibía, pues las culpas son difíciles de medir, pero existen otras cargas menos visibles: remordimientos, deseos inconfesables y recuerdos que uno ha dedicado toda una vida a ocultar. Resulta fácil imaginar que, después de años desempeñando aquel oficio, un comepecados acabara convertido en un archivo ambulante de vidas ajenas.

Quizá despertaran sobresaltados por sueños que no les pertenecían. Tal vez pronunciaran nombres desconocidos o sintieran nostalgia de lugares que nunca habían visitado. Puede que algunos llegaran a olvidar dónde terminaban sus propios recuerdos y dónde comenzaban los heredados.

Existe una antigua historia, probablemente apócrifa, sobre un comepecados galés que, tras asistir al funeral de un anciano al que nadie apreciaba, regresó a su cabaña al borde del bosque y pasó la noche escribiendo febrilmente en un cuaderno. Cuando murió, años después, los vecinos encontraron cientos de páginas llenas de nombres, fechas, confesiones y detalles minuciosos de vidas que nunca había vivido. Nadie quiso leerlas.

Tal vez porque comprendieron que el verdadero peso de los pecados nunca fue moral, sino narrativo. Quizá lo insoportable consista en cargar con los secretos de otros y descubrir que cada ser humano alberga un universo entero de sombras y que algunos oficios exigen convertirse en el guardián involuntario de todas ellas.

Después de todo, seguimos buscando maneras de entregar nuestras culpas a desconocidos.

 

La habitación Cero

Durante muchos años creí que los hoteles eran una forma menor del infinito. Ningún otro lugar reúne con tanta economía las dos condiciones esenciales del laberinto: la repetición y el extravío. Pasillos iguales, puertas numeradas, ascensores que prometen orden y sólo distribuyen incertidumbre, habitaciones donde miles de vidas se rozan sin conocerse. Tal pensamiento, que juzgué una ociosidad metafísica, adquirió otra gravedad la noche en que conocí la habitación Cero.

Yo había viajado a Viena por un asunto irrelevante que el tiempo ha borrado. Recuerdo, sí, el hotel: antiguo, sobrio, de techos altos y alfombras gastadas, cerca de una avenida donde pasaban tranvías amarillos. Mi cuarto era el 417. Cenaba tarde, leía poco y dormía mal. En la recepción trabajaba un hombre flaco de cortesía exacta que parecía conocer de antemano las preguntas de los huéspedes.

La tercera noche, al volver de una caminata sin rumbo, advertí en el tablero de llaves una etiqueta de bronce donde se leía: 0. No colgaba de ningún gancho; reposaba sola, como si alguien la hubiera dejado allí un instante antes. Pregunté al recepcionista qué habitación era ésa. El hombre alzó los ojos con visible desgana y respondió que no lo sabía; añadió, tras mi insistencia, que nadie la pedía. Consultó un libro enorme de tapas negras, pasó páginas en blanco y concluyó que no figuraba en ningún registro. Debí subir a dormir; en cambio, pedí examinar la llave. Vaciló apenas antes de entregármela y abandonar el mostrador.

Era de metal pálido, más fría que el aire. No tenía dientes, sino una serie de muescas curvas semejantes a letras de un alfabeto olvidado. La guardé en el bolsillo con la culpable satisfacción de quien roba una nimiedad y subí por el ascensor hasta el cuarto piso. Antes de entrar en mi habitación recorrí el pasillo buscando una puerta sin número, pero no hallé ninguna. Bajé al tercero, al segundo, subí al quinto. Nada. Los corredores repetían sus cifras razonables: 201, 202, 203… 518, 519… Ninguna omisión, ninguna anomalía. Volví al vestíbulo y, mientras el recepcionista atendía a una pareja inglesa, observé el plano de evacuación junto a la escalera: indicaba sótanos, salidas, patios interiores y habitaciones hasta el número 623. No había cero.

Dormí inquieto y soñé con corredores circulares donde todas las puertas llevaban mi nombre. A la mañana siguiente, la llave seguía en mi bolsillo. Quise devolverla, pero el recepcionista no estaba; lo reemplazaba una mujer joven que aseguró no conocer tal objeto ni a ningún compañero con su descripción. Añadió que trabajaba sola por las noches desde hacía seis años. No insistí; en ciertos asuntos la incredulidad ajena parece una forma de censura. Pasé el día visitando museos y fingiendo normalidad. Al regresar, ya tarde, el hotel estaba casi vacío. El vestíbulo olía a cera y silencio, y ningún empleado vigilaba el mostrador.

Detrás de la escalera principal, donde antes sólo había paneles de madera, se abría ahora un corredor estrecho que desembocaba en una puerta gris con el número 0 pintado discretamente sobre el marco. No recuerdo haber sentido miedo; sentí algo más fuerte y más noble: curiosidad. Introduje la llave y giró con una suavidad que me pareció, por algún motivo, escandalosa.

La habitación era modesta y perfectamente iluminada: una cama estrecha, una mesa, una silla, una lámpara verde y una ventana cerrada por cortinas claras. Sobre la mesa descansaba un único objeto: un volumen encuadernado en cuero oscuro. Me acerqué con cautela. No tenía título ni marcas visibles; parecía antiguo, pero no sabría decir de qué época, pues su aspecto no correspondía a ninguna tradición editorial que yo conociera. Lo abrí y la primera línea decía: “Durante muchos años creí que los hoteles eran una forma menor del infinito”. No sentí sorpresa, sino una forma precisa de reconocimiento. A medida que avanzaba en la lectura, esa sensación se transformó en inquietud: allí estaban mis pasos por Viena, el recepcionista imposible, la llave sustraída, la búsqueda inútil en los pisos. La prosa no era enteramente mía, pero tampoco ajena; se parecía a lo que yo habría escrito si hubiera sabido de antemano lo que iba a ocurrir.

Continué leyendo con una atención cada vez más tensa, advirtiendo que el libro no sólo registraba lo ya sucedido, sino que describía con minuciosa precisión gestos que aún no había realizado, pausas que todavía no había decidido e incluso vacilaciones que en ese mismo instante comenzaban a formarse en mi pensamiento. En un pasaje reconocí la frase que acababa de leer segundos antes; en otro, encontré la descripción de mi mano pasando la página que yo estaba a punto de pasar. Comprendí entonces que el libro no contenía mi historia: era el lugar donde estaba ocurriendo. Busqué el final con una ansiedad que ya no era del todo mía y hallé las últimas páginas en blanco.

Cerré el volumen y permanecí inmóvil un tiempo que no sabría medir. La habitación, perfectamente ordenada, parecía ignorar lo que acababa de suceder, como si su función no fuera albergar, sino permitir. Me alejé de la mesa y abandoné el cuarto sin volver la vista atrás. El corredor había desaparecido; en su lugar encontré un espejo alto donde me vi envejecido por una sola noche. Detrás del mostrador estaba la mujer joven, que me saludó como si acabara de llegar. Subí a la habitación 417 y dormí profundamente.

A la mañana siguiente quise comprobarlo todo. No había puerta alguna tras la escalera, nadie conocía la habitación Cero y en mi bolsillo no estaba la llave, sino una tarjeta del hotel con mi nombre mal escrito. He regresado dos veces a Viena; el edificio existe, pero ahora alberga oficinas. Los pasillos fueron demolidos para crear espacios abiertos, lo cual me parece una superstición moderna. No he vuelto a encontrar la habitación ni he intentado hacerlo. Con el tiempo he aprendido a no interrogar ciertas interrupciones de la realidad: hay hechos que no se repiten porque no pertenecen al orden de lo que puede repetirse.

A veces, sin embargo, ocurre algo menor. Estoy en casa, o en una sala de espera, o en el vestíbulo de algún hotel cualquiera; todo parece en su sitio, pero por un instante que no sabría medir tengo la impresión de que una puerta se ha abierto en algún punto que no alcanzo a ver. No oigo nada, no siento corriente de aire, nadie entra ni sale, y sin embargo algo —una disposición apenas alterada, una espera inexplicable, una leve discordancia en lo inmediato— sugiere que el mundo ha dejado de ser del todo continuo. No intento verificarlo. He comprendido que hay habitaciones que no se encuentran, sino que se conceden, y que la más improbable de todas es aquella en la que uno sospecha haber estado.

– Mikel Alonso.

Allegro para dos sombras

El camino era de tierra compacta, ancho lo justo para el paso de un carro, y se extendía entre prados húmedos donde el verde parecía beberse la luz. A un lado, las cercas de madera se inclinaban hacia la hierba alta; al otro, un pequeño arroyo dejaba oír el goteo constante del agua que se escapaba entre las piedras.

Avancé sin prisa, disfrutando del olor a tierra mojada que había dejado la tormenta de la mañana. El cielo, cubierto de nubes bajas, filtraba una luz uniforme que no marcaba sombras. No pensé en ello como algo extraño; solo era uno de esos días grises que se instalan sin anunciarse.

Tras una curva, el camino desembocó en una encrucijada. Cuatro sendas se abrían en direcciones distintas, cada una bordeada por árboles jóvenes que se inclinaban suavemente sobre el paso. Me detuve en el centro, girando sobre mí mismo para examinar cada una: una subía hacia un grupo de colinas, otra se perdía entre un campo abierto, la tercera se hundía en un corredor de árboles más densos, y la última parecía seguir el curso del arroyo hasta que se disolvía en la distancia.

No había indicaciones, ni huellas recientes. Me quedé inmóvil, escuchando, y fue entonces cuando lo noté: nada se movía. Ni el viento rozaba las hojas, ni la hierba respondía. Incliné un poco la cabeza, como si así pudiera percibirlo mejor, pero en ese gesto la ausencia se hizo más evidente, extendiéndose a todo lo demás: ni el más leve crujido rompía la quietud, ni siquiera el canto de los pájaros vibraba en el aire, como si el campo entero hubiera quedado suspendido en un silencio ensordecedor. Di un paso, casi por probar, y el gesto me resultó extraño, como si lo hubiera hecho fuera de tiempo.

Mientras decidía qué camino tomar, avancé hacia el sendero que se internaba entre los árboles densos. Luego me detuve, dudando, y retrocedí al centro de la encrucijada. Volví a girar lentamente sobre mis talones, observando cada dirección como si en una de ellas hubiera algo esperándome.

Fue entonces cuando lo vi. Estaba de pie en el inicio del sendero que conducía a las colinas, quieto, como si llevara allí mucho tiempo. No escuché pasos, ni el crujido de ramas que anunciara su llegada. Simplemente, estaba.

La túnica oscura le cubría hasta los tobillos, y el tejido parecía absorber la poca luz de la tarde. Sus rasgos se me escapaban cada vez que intentaba fijarlos, como si un velo invisible los distorsionara, pero sus ojos… sus ojos no cambiaban. Azules, fríos e inamovibles, me sostenían la mirada con una intensidad que fue desplazando todo lo demás.

No me moví. Sentí un cosquilleo en la nuca, como cuando se sabe que algo decisivo está a punto de suceder. Fue él quien rompió la distancia, avanzando despacio. Cuando estuvo lo bastante cerca, dijo mi nombre. No vi que moviera los labios. La voz llegó directa a mi cabeza, clara y segura, como un pensamiento que no me pertenecía. Guardó silencio después, como si esperara algo. Y comprendí que esperaba mi reconocimiento. No sabía de dónde, pero sí: había en él algo familiar.

Pensé en preguntarle quién era. —Ya lo sabes —respondió, como si leyera mis pensamientos.

“Te observo desde hace tiempo”, continuó. “Sé lo que buscas, lo que anhelas con toda tu alma, aunque aún no te atrevas a decirlo en voz alta.” Su tono no era amenazante. Era cercano, casi cómplice. “Podría ayudarte. Podría darte lo que quieres. No solo escribir… sino escribir como siempre has soñado. Ser leído, ser recordado. Ser el más célebre, el más respetado, el más fascinante.”

Algo en mí avanzó hacia esas palabras antes de que pudiera detenerlo. Al mismo tiempo, otra parte se resistió. Había una precisión incómoda en todo aquello, como si no estuviera proponiendo nada, sino recordándome algo que ya había aceptado.

Tomé aire mentalmente. —¿Qué quieres a cambio?

—Nada—respondió. Pero la respuesta llegó demasiado rápido. —Solo que, de vez en cuando, me acompañes. Hablaremos y te propondré ideas.

Intenté pensar con claridad. Intenté encontrar una fisura. —¿Y por qué yo?

Durante un instante, no respondió. Luego: —Porque ya me has escuchado antes.

Sentí que algo no encajaba, como una pieza colocada en la posición correcta pero en un tablero equivocado.

Dio un paso más y me tendió las manos, con la naturalidad de quien no espera rechazo.

—Ven, amigo. Vamos a sellar el pacto con un baile.

—No sé bailar —respondí.

—No importa. Yo te enseño.

Sus manos, frías y firmes como grilletes, se cerraron sobre las mías. Intenté ajustar el cuerpo, buscar un ritmo… pero mis pies ya se movían antes de que yo los pensara. Me llevó al centro de la encrucijada. Un paso. Luego otro. Tardé un instante en comprender que ya estábamos bailando. Él marcaba el compás, y mi cuerpo lo seguía con una docilidad que no reconocía como propia. Cuando intenté resistirme, el movimiento no se detuvo; simplemente me atravesó. Comenzó a girar, tarareando una melodía apenas audible.

—Esta danza pide más color —dijo, con un brillo helado en los ojos—. Permíteme presentarte a mi amigo Paganini. Será él quien nos regale un allegro furioso.

La música llegó antes que la figura. Una primera nota, tensada hasta el límite, rasgó el aire inmóvil. Y entonces lo vi. No supe de dónde había surgido. Estaba allí, apenas separado de nosotros, como si hubiera formado parte del paisaje desde el principio y yo no lo hubiera percibido.

Altísimo. Consumido. El cabello largo caía sobre un rostro que parecía dividido entre carne putrefacta y osamenta. La mano que sujetaba el arco era puro hueso, y el violín ardía sin consumirse.

Cuando el arco volvió a tensar la cuerda, el mundo aceleró. La música era un torbellino afilado. Nuestros pasos respondieron de inmediato, más y más rápido, como si siempre hubieran estado esperando ese ritmo. Girábamos vertiginosamente y el paisaje comenzó a deformarse, los bordes de las cosas se desdibujaron, y la encrucijada se convirtió en una espiral sin centro.

Ya no sentía el suelo ni el peso del cuerpo. Solo sus ojos, fijos en los míos. Y entonces me soltó.

El vértigo se cortó de golpe. Abrí los ojos. Estaba en la cama, despierto, con el corazón desbocado y una certeza imprecisa: no sabía si el pacto se había sellado… o si la danza apenas acababa de empezar.

– Mikel Alonso

La cuarta moneda

Leí por primera vez el I Ching como quien se acerca a una curiosidad antigua, con una atención más próxima al diseño que a la creencia. Lo que me retuvo no fue su capacidad de anticipar nada —esa facultad siempre me pareció secundaria—, sino la arquitectura que lo sostenía: la idea de que el devenir podía ser ordenado en una serie finita de configuraciones, cada una de ellas lo bastante amplia como para contener una situación humana completa.

Había en ello una forma de serenidad intelectual, un límite aceptado. Tres monedas bastaban. Tres gestos, repetidos con una disciplina mínima, permitían inscribir una pregunta en el interior de un sistema que sabía detenerse. El resultado no era una respuesta en el sentido habitual, sino una figura estable, una forma que admitía lectura y que, al mismo tiempo, la contenía.

Durante un tiempo me limité a observar ese equilibrio. Me interesaba menos su uso que su diseño y menos aún su aplicación que la evidencia de que alguien, en un pasado remoto, había concebido un mecanismo capaz de sostener tantas variantes sin perder coherencia. Aquella economía de medios —tres monedas, sesenta y cuatro figuras— no era una limitación, sino la condición misma de su consistencia.

La decisión de construir un sistema propio surgió de manera gradual, casi sin intención. No obedecía a un impulso de mejora ni a una voluntad de corrección, sino a una forma de curiosidad que encontraba insuficiente cualquier estructura cerrada. Si aquel sistema había logrado contener lo posible dentro de un número definido de combinaciones, cabía preguntarse qué quedaba fuera, qué clase de residuo se producía en cada operación de reducción.

Trabajé durante semanas en la forma. El contenido parecía desplegarse sin esfuerzo, como si ya existiera en otra parte, pero el modo de hacerlo accesible exigía una precisión distinta. Buscaba una estructura que mantuviera la apariencia de sencillez del modelo original y que, al mismo tiempo, introdujera una apertura que no pudiera ser clausurada sin violencia.

La solución, cuando apareció, resultó casi trivial.

Añadí una cuarta moneda.

El procedimiento apenas variaba. Tres decisiones consecutivas seguían siendo necesarias, y la disposición final conservaba la claridad de una figura reconocible. Sin embargo, la presencia de la cuarta moneda introducía un elemento que no podía integrarse en la lectura sin modificarla. Cada tirada producía ahora una configuración que contenía una discrepancia, un punto de tensión que no encontraba resolución dentro del propio sistema.

Al principio interpreté ese exceso como un defecto. Supuse que se trataba de una interferencia, de un resto generado por la superposición de combinaciones incompatibles. Intenté depurarlo, reducirlo, encontrar una forma de absorberlo en la estructura general. Ninguno de esos intentos resultó satisfactorio. La cuarta moneda no añadía una variación más, ni ampliaba el repertorio de figuras. Alteraba la naturaleza misma de la operación.

Con tres monedas, el sistema ofrecía una lectura. Con cuatro, ofrecía varias, igualmente plausibles y mutuamente excluyentes.

Decidí entonces redactar una versión mínima de las instrucciones, no para facilitar su uso, sino para fijar sus límites aparentes. El texto, que circuló entre los primeros interesados, decía:

El usuario formulará su consulta en silencio.
Lanzará las cuatro monedas de manera consecutiva, sin corregir ningún resultado.
Registrará la configuración obtenida.

No intentará resolver la discrepancia.
Leerá cada una de las interpretaciones como igualmente válidas.
Repetirá el procedimiento solo si la consulta ha cambiado.

La última línea fue añadida más tarde.

El sistema no responde a preguntas que ya han sido formuladas.

Durante los primeros días, el uso fue prudente, casi experimental. La mayoría de los usuarios trataba la discrepancia como un elemento secundario, una irregularidad que podía ser ignorada sin consecuencias. Sin embargo, una de las primeras consultas produjo un resultado que no admitía esa reducción.

La pregunta había sido banal, una decisión menor aplazada durante semanas. La configuración ofrecía dos lecturas claramente diferenciadas, ambas coherentes con la situación planteada. El usuario eligió una de ellas y actuó en consecuencia. Horas más tarde, relató con naturalidad una acción que correspondía a la otra interpretación, como si ambas hubieran tenido lugar sin excluirse.

El episodio fue registrado como una curiosidad, una posible distorsión del recuerdo. Sin embargo, en los días siguientes comenzaron a aparecer variaciones de ese mismo fenómeno. No se trataba de errores evidentes ni de acontecimientos extraordinarios, sino de pequeñas desviaciones, de una imprecisión creciente en la correspondencia entre lo ocurrido y lo recordado. Ciertos usuarios afirmaban haber tomado decisiones que no coincidían con las registradas, o recordaban variantes de una misma situación con una nitidez que no podía atribuirse a la imaginación.

En otros casos, la discrepancia se manifestaba como una sensación persistente de haber dejado algo sin resolver, incluso en circunstancias que, según todos los criterios habituales, habían quedado cerradas.

Durante un tiempo atribuí estos efectos a la sugestión. La introducción de una ambigüedad en el sistema podía haber generado una disposición mental propicia a la duda, una forma de atención que encontraba bifurcaciones allí donde antes había continuidad. Sin embargo, esa explicación resultaba insuficiente. La intensidad de algunas experiencias, su coherencia interna y su recurrencia en usuarios que no se conocían entre sí, apuntaban hacia una modificación más profunda.

Fue en ese punto cuando advertí algo que, en retrospectiva, siempre había estado presente.

El sistema no estaba produciendo esas discrepancias. Estaba haciéndolas visibles.

La realidad, tal como la experimentamos, opera mediante una selección constante. Cada instante implica la clausura de una serie de posibilidades que, al no realizarse, quedan excluidas de la experiencia. Ese proceso de reducción es tan continuo que rara vez se percibe como tal. Vivimos en la ilusión de una continuidad estable porque olvidamos lo que ha sido descartado.

La cuarta moneda impedía ese olvido.

Cada configuración contenía, junto a la lectura principal, la persistencia de aquello que no había sido elegido. No como una abstracción, sino como una posibilidad estructurada, dotada de la misma consistencia que la opción realizada. El sistema no ampliaba el campo de lo posible; lo mantenía abierto.

Con el tiempo, algunos usuarios comenzaron a señalar una inversión inquietante. No solo percibían variantes de lo ocurrido, sino que ciertas lecturas secundarias —aquellas que en principio habían sido descartadas— parecían encontrar una forma de realizarse con retraso, como si el sistema no se limitara a exponerlas, sino que les concediera una especie de persistencia activa.

Un encuentro evitado tenía lugar días después, en circunstancias apenas modificadas. Una decisión descartada reaparecía bajo otra forma, con una coherencia que desafiaba la casualidad. Estas coincidencias, al principio aisladas, comenzaron a formar patrones difíciles de ignorar.

Fue entonces cuando surgió la hipótesis más inquietante.

El sistema no solo mostraba todas las posibilidades. Podía estar interviniendo en su realización.

Esa idea, en un primer momento, me pareció excesiva. Sin embargo, a medida que analizaba los registros, resultaba cada vez más difícil sostener una distinción clara entre la descripción y la influencia. La estructura misma del sistema, al conservar cada alternativa como igualmente válida, parecía erosionar el principio sobre el que se sostiene la experiencia ordinaria: la necesidad de elegir.

La realidad elige. El sistema, desde la introducción de la cuarta moneda, había dejado de hacerlo.

A partir de ese momento, la relación entre ambos dejó de ser estable. La selección constante sobre la que se organiza la experiencia comenzó a mostrar signos de fatiga, como si encontrara un obstáculo en esa estructura que se negaba a descartar. Las inconsistencias, al principio leves, se hicieron más frecuentes. Situaciones aparentemente simples adquirían una complejidad inesperada, como si en su interior se conservaran las huellas de desarrollos alternativos.

No todos reaccionaron de la misma manera. Hubo quienes abandonaron el sistema al percibir esa inestabilidad, quienes redujeron su uso a una curiosidad pasajera y quienes, por el contrario, se sintieron atraídos por esa apertura y comenzaron a consultarlo con una frecuencia creciente. Este último grupo fue el primero en señalar un cambio más radical: la dificultad para distinguir entre lo ocurrido y lo que podría haber ocurrido empezaba a erosionar la propia noción de lo que llamamos realidad.

En ese punto, advertí una variación en mi propio trabajo.

Las notas iniciales, que creía haber redactado con precisión, presentaban ahora ligeras divergencias. Algunas formulaciones aparecían modificadas, otras incluían matices que no recordaba haber introducido. En más de una ocasión encontré versiones distintas de un mismo pasaje, igualmente coherentes, sin que pudiera determinar cuál había sido escrita primero.

Durante varios días consideré la posibilidad de que se tratara de un error de archivo, de una superposición accidental de documentos. Sin embargo, esa explicación pronto resultó insuficiente. Las variaciones no eran aleatorias. Cada una de ellas desarrollaba una posibilidad latente en el texto original, como si el propio sistema hubiera comenzado a operar sobre el material que lo describía.

A veces me preguntan si funciona.

La pregunta, en sí misma, presupone una respuesta única, una correspondencia clara entre consulta y resultado. Cada vez me cuesta más sostener esa expectativa. Cuando intento explicarlo, las palabras parecen bifurcarse, como si cada formulación arrastrara consigo variantes igualmente válidas.

En ocasiones he considerado la posibilidad de abandonar el proyecto, de dejar de utilizar el sistema y permitir que sus efectos se disipen. Esa decisión, sin embargo, implica asumir que existe un punto de retorno, un momento a partir del cual las posibilidades pueden volver a reducirse sin dejar rastro.

No estoy seguro de que ese momento exista.

Hay días en los que tengo la impresión de que la cuarta moneda no fue añadida por mí, sino reconocida. Como si siempre hubiera estado ahí, fuera del campo de lo visible, esperando una manera de manifestarse. Bajo esa perspectiva, mi intervención deja de ser un acto de creación y se convierte en una operación de apertura.

Si esto es así, el sistema no habría sido construido, sino completado.

Y su uso, lejos de ser una práctica ocasional, formaría parte de un proceso más amplio, cuya extensión todavía no alcanzo a determinar.

A veces, al releer estas páginas, tengo la sensación de que existen versiones ligeramente distintas de este mismo texto, desarrollándose en paralelo, sin anularse entre sí.

No sabría decir cuál de ellas es la que ahora termina.

– Mikel Alonso

El I Ching o Libro de las mutaciones, es un libro oracular chino escrito hace más de 3000 años.