Debo la noticia de ese libro imposible a una nota marginal en un ejemplar mutilado de la Historia Naturalis de Plinio el Viejo, adquirido hace años en una subasta menor de Marsella. Entre observaciones sobre minerales y monstruos orientales, una mano del siglo XVIII había escrito en latín vacilante: Omnes portae ad eandem cameram ducunt (todas las puertas conducen a la misma cámara).

El comentario me habría parecido una extravagancia de lector ocioso, de no ser porque, unas páginas más adelante, reaparecía la misma caligrafía con una referencia precisa: Vide Atlas Portarum, fol. 73. No conocía ese título. Consulté catálogos, repertorios y bibliografías imaginariamente exhaustivas. Nada hallé. Un bibliotecario de la Biblioteca Nacional de España, hombre de cortesía fatigada, me dijo que los libros más peligrosos no son los prohibidos, sino los dudosos; los que acaso existieron.

Durante meses perseguí la sombra de ese atlas. En inventarios monásticos de Ávila apareció una mención a “un volumen de puertas grabadas”. En un catálogo privado de Coimbra se consignaba “Atlas sin mapas, de procedencia incierta”. En una carta atribuida falsamente a Cornelius Agrippa se aludía a “un libro que enseña a entrar, no a viajar”. No niego que me sedujo menos la promesa de encontrarlo que la arquitectura de sus rumores.

El hallazgo ocurrió donde menos debía: en una tienda de muebles usados de un barrio periférico, entre lámparas rotas y vitrinas de falsa caoba. Un dependiente joven, que ignoraba el valor de casi todo lo que vendía, me mostró un volumen grande encuadernado en cuero negro sin letras en el lomo.

—Eso venía dentro de un armario —me dijo—. Igual era del abuelo.

Lo compré por una suma ridícula.

El libro era muy voluminoso. Sus hojas eran gruesas y olían a humedad, polvo y algo anterior al papel. No había texto en la portada interior, sólo una lámina grabada: una puerta cerrada. Debajo, en francés antiguo: La première est toutes. Las páginas siguientes mostraban puertas de todas las épocas y estilos: pórticos asirios, cancelas románicas, entradas de tabernas, umbrales de casas humildes, portones de fortalezas, trampillas de barcos, compuertas de aljibes, puertas de jardines chinos, de mezquitas, de cárceles, de teatros, de establos. Algunas estaban abiertas; otras, selladas; otras parecían no pertenecer a edificio alguno, erigidas solas en llanuras o desiertos.

Cada lámina llevaba un número, pero no consecutivo. La primera era la 1; la segunda, la 19; luego la 403; luego una cifra compuesta por signos que no eran arábigos ni romanos. Pensé en un capricho tipográfico. Después advertí algo peor: el orden cambiaba cada vez que cerraba el libro. No hablo de una ilusión. Comprobé con marcas discretas, notas y fotografías. La puerta que una noche ocupaba el folio 73 amanecía en el 212 o desaparecía por semanas. Algunas retornaban envejecidas: una aldaba rota, una grieta nueva, un musgo reciente sobre la piedra. La razón aconsejaba abandonar aquel objeto; la curiosidad, perseverar. Como suele ocurrir, obedecí a la segunda.

Descubrí pronto que ciertas puertas ejercían efectos singulares. Al contemplar una pequeña puerta verde de una casa colonial de México, recordé con nitidez una tarde de mi infancia que creía olvidada. Frente a una puerta de hierro de Moscú soñé esa noche con calles que nunca he visitado. Una compuerta marina, numerada con caracteres fenicios, me dejó durante horas una intensa nostalgia de algo que jamás poseí.

El atlas no representaba puertas: las convocaba. Esa hipótesis, que juzgo absurda y sin embargo inevitable, se confirmó por accidente. Una madrugada observaba una puerta humilde, de madera blanca, ligeramente entreabierta. Vi detrás de ella un corredor oscuro. Incliné el libro para acercarlo a la lámpara; el corredor se iluminó. Oí, distintamente, el eco de mis propios pasos. Cerré el volumen con violencia.

Durante días no lo abrí. Después cedí de nuevo. El hombre que ha entrevisto un abismo desarrolla con él una intimidad vergonzosa.

Continué los experimentos con mayor prudencia. Algunas puertas no conducían a lugar alguno visible; otras revelaban patios, escaleras, jardines, bibliotecas, mares inmóviles. Comprendí entonces que el atlas no era una colección de entradas dispersas, sino un sistema. Todas las puertas remitían, por bifurcaciones innumerables, a una única cámara central que ninguna lámina mostraba de frente. Esa ausencia ordenaba el conjunto.

No tardé en obsesionarme con hallar la ruta hacia esa cámara. Elaboré tablas, genealogías de picaportes, analogías entre estilos, correspondencias entre maderas y siglos. Sospeché que las puertas góticas acercaban más que las modernas; que las orientadas al norte retrocedían; que las puertas humildes eran más eficaces que las monumentales. Reduje mi vida a esa cartografía insensata.

Una noche di con una secuencia prometedora: página 88, luego 5, luego 610, luego un signo triangular, luego 233. Cada puerta conducía a otra más próxima, según deduje por la luz creciente y por una música lejana que acaso imaginé. Llegué al fin a un umbral de piedra desnuda sin cerradura ni hojas. Tras él había claridad. Iba a pasar la página cuando comprendí algo que me inmovilizó: la piedra no enmarcaba un cuarto, sino mi propia habitación. Vi mi mesa, la lámpara, la ventana, los libros amontonados y a un hombre inclinado sobre un gran volumen negro. Ese hombre era yo.

No diré cuánto tiempo permanecí mirando aquella imagen que me miraba. Tal vez segundos; tal vez años, pues el tiempo ante ciertos espejos pierde la costumbre de avanzar.

El otro levantó una mano y señaló detrás de sí.

Me giré instintivamente.

En la pared de mi cuarto, donde nunca hubo nada, se alzaba una puerta de madera oscura. Era antigua y sencilla. Reconocí en ella vetas, herrajes y una muesca lateral: pertenecía a la página 1. El miedo me pudo y no la abrí.

Al amanecer, la puerta había desaparecido. El atlas descansaba cerrado sobre la mesa. Desde entonces he intentado vivir con sensatez. Trabajo, paseo, converso, cumplo con las distracciones comunes. A veces lo consigo.

Pero sé que toda casa contiene una puerta exacta que no vemos. Sé también que cada decisión trivial —entrar en una tienda, descolgar un teléfono, aceptar una invitación, doblar una esquina— es una forma menor de abrirla.

No he vuelto a consultar el atlas. Sin embargo, algunas noches oigo en la pared tres golpes muy suaves… Y temo menos que llamen desde fuera que desde dentro.

– Mikel Alonso


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