Un habitante de Carcosa – Ambrose Bierce

En Un habitante de Carcosa, Ambrose Bierce nos conduce hacia un territorio donde el silencio pesa más que las palabras y el tiempo se abre como un umbral imposible. Lo que parece un simple recorrido entre piedras derruidas se convierte en un viaje hacia lo inasible: la conciencia de que todo lo visible puede ser apenas un velo, un eco tenue de lo que alguna vez fue. No se trata de un relato de fantasmas en sentido estricto, sino de una meditación espectral sobre la fragilidad del ser, sobre la inquietante posibilidad de que la existencia misma sea solo un reflejo transitorio, un suspiro atrapado entre la memoria y la nada.

Un habitante de Carcosa

Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.

Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de silenciosa expectativa.

A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.

Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos.

Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: “¿Cómo llegué aquí?”. Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir… ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa.

En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba marchita.

Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje -un lince- se acercaba. Me vino un pensamiento: “Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta.” Salté hacia él, gritando. Pasó a un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.

Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba.

Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:

-¡Que Dios te guarde!

No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.

-Buen extranjero -proseguí-, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el camino a Carcosa.

El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y desapareció.

Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía… veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi existencia?

Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.

La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida.

Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre…! ¡La fecha de mi nacimiento…! ¡y la fecha de mi muerte!

Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!

Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa.

Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.

– Ambrose Bierce

An inhabitant of Carcosa, publicado en San Francisco Newsletter en 1886.

El pueblo blanco – Arthur Machen

En el corazón de la literatura fantástica hay relatos que no se limitan a inquietar, sino que trastocan la noción misma de lo que entendemos por mal, arrancándolo de la moral o de los castillos góticos para situarlo en una zona inefable, mucho más perturbadora. El pueblo blanco (The White People) de Arthur Machen es uno de esos textos singulares. Publicado en 1904, se abre con un diálogo filosófico entre dos eruditos que discuten qué es realmente el mal. Uno de ellos sostiene que no es simple perversión o crueldad, sino un principio positivo, una fuerza activa que se manifiesta en experiencias prohibidas y en un contacto con lo numinoso oscuro. Como prueba de su teoría, ofrece a su interlocutor un manuscrito: el diario de una niña. Lo que sigue es uno de los descensos más inquietantes de la narrativa fantástica.

Ese manuscrito, aparentemente inocente, está redactado con la mirada ingenua de la infancia, pero describe paseos, juegos y descubrimientos que pronto se revelan como fragmentos de un ritual mucho más vasto. La niña habla de “juegos raros” con la misma naturalidad con la que otros niños contarían canciones o travesuras, pero en sus palabras resuena un trasfondo de iniciaciones, símbolos prohibidos y encuentros con presencias invisibles. El contraste entre el tono casi candoroso y la magnitud de lo que sugiere es lo que produce verdadero terror: la impresión de estar asomándose a un mundo oculto que desborda toda lógica humana.

Machen, maestro en lo sugerido más que en lo mostrado, convierte este diario en un espejo inquietante: el mal no aparece como violencia explícita, sino como belleza desviada, como una seducción que desarma. Esa capacidad para retratar lo innombrable desde la mirada inocente hace que El pueblo blanco trascienda la categoría de “cuento de horror” para convertirse en una meditación sobre lo prohibido. La niña nunca entiende del todo lo que narra, pero el lector sí percibe, como a contraluz, que está ante un testimonio de lo sagrado corrompido.

La atmósfera es deliberadamente ambigua. Los paisajes que describe —colinas, valles, fuentes ocultas en bosques— parecen sacados de un cuento pastoral, pero se transforman en escenarios de lo arcano, donde laten cultos prehumanos y ritos de degeneración. El resultado es un texto que oscila entre la lírica y el espanto, y que no deja al lector aferrarse a ninguna interpretación segura.

El pueblo blanco ocupa un lugar central en la tradición del horror moderno. Lovecraft lo veneraba, y es fácil entender por qué, ya que aquí aparecen ya muchas de las claves del horror cósmico, pero envueltas en una sensibilidad poética única. No trata de monstruos visibles ni de violencia sangrienta: es el mal entendido como una fuerza estética y metafísica, una vibración que corrompe la percepción misma de la realidad.

Leer este relato es aceptar una invitación peligrosa: entrar en el cuaderno de una niña y descubrir que en sus palabras late un secreto inmemorial. Al cerrarlo, queda la impresión de que lo realmente terrorífico no es lo que hemos leído, sino lo que apenas se ha insinuado. Porque Machen nos recuerda que el mal, cuando es auténtico, no se muestra con estrépito, sino que se desliza como una canción inocente o como un juego infantil que nunca termina de revelar en qué consiste.

En última instancia, El pueblo blanco puede leerse como una revelación disfrazada de inocencia. La intuición de un conocimiento anterior al lenguaje, un resplandor arcaico que sobrevive bajo la superficie de la infancia. Machen no describe el mal como corrupción, sino como memoria de lo sagrado: una fuerza que resurge cuando la razón se debilita y las viejas palabras recobran su poder. Esa visión lo sitúa junto a Yeats y los simbolistas, pero con un temblor distinto, más primitivo: el presentimiento de que bajo el mundo visible late una gramática secreta, una lengua perdida que solo los niños o los visionarios son capaces de recordar.

Cuentos En este enlace podéis leer el relato. No he podido encontrarlo en la web en una traducción decente, así que os paso este archivo con varios buenos relatos de Machen. El pueblo blanco es el segundo del libro.

 

Gente muy antigua – H. P. Lovecraft

Gente muy antigua [1] no fue concebido como un cuento para el público, sino como una carta privada que Lovecraft escribió en 1927 a su amigo Donald Wandrei tras haber tenido un sueño particularmente intenso. Ese origen explica su rareza: más que narración con principio y final, es un fragmento de visión, un sueño transcrito casi al despertar, con la urgencia de fijar imágenes que amenazan desvanecerse.

El escenario soñado es España, en tiempos del Imperio Romano. Pompelo —la actual Pamplona— aparece como bastión de la civilización frente a las montañas brumosas del norte, donde habitan los vascones, pueblo inquietante para el narrador. Desde allí se extiende un paisaje que no pertenece del todo a Roma ni a los hombres, sino a una memoria más profunda, donde las hogueras en las colinas y los ecos de tambores resuenan como signos de una presencia antiquísima.

La cualidad onírica del relato impregna cada detalle: el tiempo se acelera y se suspende, la geografía se curva y la historia se convierte en un telón que empieza a desgarrarse al caer la noche. Lo que empieza como la vigilancia tensa de unos legionarios degenera en una regresión atávica, donde las formas humanas se confunden con lo salvaje y lo ritual, y el Imperio se muestra frágil frente a esas corrientes subterráneas más viejas que cualquier frontera.

Ese es el corazón del texto: la fusión de la erudición histórica de Lovecraft con el material puro del sueño, donde Roma, los vascones y el propio narrador se convierten en figurantes de una revelación que no habla del futuro, sino de lo más antiguo.


Gente muy antigua

Providence, 2 de noviembre de 1927

Querido Melmoth:

… ¿Así que estás terriblemente ocupado tratando de descubrir el sombrío pasado de aquel insufrible joven asiático llamado Varius Avitus Bassianus?
Uff ¡Hay pocas personas que aborrezca más que a esa maldita rata siria!

Yo mismo he sido transportado hace poco a los negros tiempos romanos a causa de mi reciente lectura de la Eneida, de James Rhoades, en una traducción que no había leído nunca, más fehaciente para P. Marón que cualquier otra versión, incluyendo la de mi tío, el doctor Clark, que aún no ha sido publicada. Esta diversión virgiliana, unida a los espectrales incidentes y acontecimientos de la fiesta de Difuntos con sus ceremonias brujeriles en las colinas, me provocaron la noche del lunes pasado un sueño muy vivido y claro desarrollado en los tiempos de los romanos, con tales connotaciones terroríficas que estoy seguro algún día plasmaré en papel. Los sueños sobre los romanos no eran infrecuentes durante mi infancia —generalmente seguía al divino Julio arrasando las Galias, convertido en un Tribunus Militum—, pero hacía tanto tiempo que no tenía uno que éste me ha impresionado mucho. Atardecía en un crepúsculo rojizo en la ciudad provinciana de Pompelo, a los pies de los Pirineos en la Hispania Citerior. El año que trascurría era uno de los del final de la República, ya que la provincia aún estaba gobernada por un procónsul senatorial en vez del legado de Augusto, y el día era el primero de noviembre. Las colinas se erguían rojizas y doradas al norte de la pequeña ciudad, y el sol lucía oblicuo sobre las piedras recién colocadas de los edificios enormes del foro y las paredes de madera del circo, hacia el este. Grupos de ciudadanos —colonos de Roma y nativos romanizados de negros cabellos, junto con gentes mestizas por las uniones entre ellos, vestidos con suaves túnicas— y legionarios armados y hombres de negras barbas llegados de las cercanas tribus de los vascones, caminaban por las calles y el foro con una especie de pasividad vaga e indefinida. Yo mismo acababa de bajarme de una litera que los portadores ilirios habían traído, a través de Iberia, desde Calagurris. Creo que yo era un cuestor provincial llamado L. Caelius Rufús, y que había sido llamado por el procónsul, P. Scribonius Libo, cohorte de la XII legión, bajo la tribuna militar de Sex. Asellius; el legado de toda la región, Cr. Balbutius, también había venido desde Calagurris, donde se hallaba permanentemente.

La causa de la reunión era un horror que pululaba en las colinas. Los ciudadanos estaban aterrorizados, y habían solicitado la presencia de una cohorte de Calagurris. Estábamos en la terrible estación del otoño, y la gente salvaje de las montañas se preparaba para las aterradoras ceremonias de las que sólo llegaban rumores a la ciudad. Ellos eran la antigua raza que habitaba en lo más alto de las colinas y que hablaban un cortante lenguaje que los vascones no podían entender. Rara vez se los veía; pero algunas veces al año enviaban mensajeros de ojos pequeños y amarillentos (que parecían escitas) para traficar con los mercaderes por medio de señas; y todos los otoños y primaveras realizaban sus ritos ancestrales en los picos de las montañas, y con sus gritos y fogatas aterrorizaban a los ciudadanos de las villas. Siempre era igual; la noche anterior al inicio de mayo y la noche anterior al inicio de noviembre. Mucha gente podía desaparecer antes de esas fechas para no ser vista nunca más. Y había ciertos rumores acerca de que los pastores y agricultores nativos no estaban mal dispuestos con aquella antigua raza, y que más de una cabaña de campesinos se hallaba vacía aquellas noches sabáticas.

Aquel año el horror fue grande, pues la gente sabía que las miras de la antigua raza apuntaban a Pompelo. Tres meses antes, cinco de aquellos hombres de mirada furtiva habían llegado de las colinas, y tres de ellos habían sido asesinados en el mercado. Los dos restantes habían vuelto a sus colinas sin decir una palabra; y aquel otoño ni un solo lugareño había desaparecido. No era lógico. No era corriente que la antigua raza perdonara a sus víctimas para el Sabbath. Era demasiado bueno para ser normal, y los habitantes estaban asustados.

Durante muchas noches hubo batir de tambores en las colinas, y finalmente el edil Tib. Annaeaus Stilpo (de sangre nativa) había llamado una cohorte de Balbutius, en Calagurria, para acabar con el Sabbath de aquella horrible noche. Balbutius había rechazado de plano los temores de los ciudadanos, y aseguraba que los terribles ritos de la gente de las colinas no tenían nada que ver con los ciudadanos romanos. Yo, sin embargo, que debía ser un amigo cercano de Balbutius, estaba en desacuerdo con él; argumenté que había estudiado detenidamente la negra, prohibida ciencia, y que creía que la antigua gente sería capaz de lanzar alguna maldición impronunciable sobre la ciudad, que ante todo era un asentamiento romano y cobijaba gran cantidad de ciudadanos nuestros. La comprensiva madre del edil, Helvia, era romana pura, hija de M. Helvius Cinna, que había llegado con la armada de Escipión. De forma que envié un esclavo —un pequeño griego llamado Antípater— al procónsul con una serie de cartas; y Escribonius atendió mis ruegos y ordenó a Balbutius que enviase la quinta cohorte, bajo el mando de Asellius, a Pómpelo; aconsejando que recorriese las colinas la primera noche de noviembre y cogiese todos los prisioneros que interviniesen en esas orgías sin nombre, trayéndolos a Tarraco. Balbutius, sin embargo, había protestado, por lo cual hubo más intercambio de correspondencia.

Yo había escrito tantas veces al procónsul que éste llegó a interesarse profundamente en el tema, y decidió intervenir personalmente en el horrible asunto. Finalmente se dirigió a Pómpelo con su consejero y asistentes personales; allí escuchó los suficientes rumores como para preocuparse, y decidió acabar con aquellos ritos. Deseoso de ser acompañado por alguien que hubiese estudiado el tema, me ordenó que acompañase a la cohorte de Asellius; Balbutius también vino con nosotros para insistir en sus creencias, pues él pensaba sinceramente que las acciones militares drásticas podrían desarrollar un resentimiento peligroso en contra de los vascones. De esta forma nos hallábamos en el místico crepúsculo de las colinas otoñales: el viejo Escribonius Libo con su toga de mando, los rayos dorados reflejándose en su cabeza lisa y en su rostro de halcón; Balbutius con su casco resplandeciente, con los labios contraídos en una mueca de oposición; el joven Asellius con sus maneras graves y su aire de superioridad, y la curiosa mezcolanza de gentes, legionarios, aldeanos, paseantes, esclavos y criados. Yo mismo llevaba una simple toga, sin ningún distintivo especial.

Y por todos sitios se hacía patente el horror. Las gentes de la ciudad no se atrevían a hablar en voz alta, y los hombres del cortejo de Libo, que llevaban aquí una semana, parecían haber adquirido algo de esas tétricas maneras. Incluso el viejo Escribonius parecía muy serio, y las fuertes voces de los que habíamos llegado después sonaban inapropiadas, como si estuviéramos en un lugar de muerte o en el templo de algún dios mítico. Entramos en el praetorium y nos entregamos a una grave conversación. Balbutius presentó sus objeciones, y fue apoyado por Asellius, que parecía ser muy contemplativo con los nativos a la vez que creía inoportuno excitarlos. Ambos soldados mantenían que era mejor afrontar los miedos de los pocos nativos colonizados no haciendo nada que levantara las iras de los muchos pobladores y lugareños de las colinas acabando con sus ritos ancestrales. Yo, en cambio, mantenía que debíamos entrar en acción, y me ofrecí voluntario para una posible expedición. Apunté que los salvajes vascones eran como poco turbulentos e inciertos, de tal forma que un encuentro armado con ellos era inevitable más pronto o más tarde, fuesen cuales fuesen los cuidados que dispusiéramos; que en el pasado no habían demostrado ser serios adversarios a las legiones romanas, y que podría ser peligroso que los mandos de la Roma imperial no tomasen medidas para proteger a sus ciudadanos. También dije que el éxito de la administración de una provincia dependía en primer lugar de la seguridad de los elementos civilizados en cuyas manos descansaban los resortes del comercio y la prosperidad, y por cuyas venas circulaba la sangre del pueblo romano. Estos elementos, aunque eran minoría, daban estabilidad al conjunto, y su cooperación mantenía firme el poder en la provincia del Imperio, del Senado y la gente de Roma. Era materia primordial proteger a los ciudadanos romanos; incluso (y aquí lancé una mirada sarcástica a Balbutius y Aselius) aunque fuese necesario algo de actividad y se interrumpiesen las fiestas y banquetes en el campamento de Calagurria.

De acuerdo a mis estudios, no tenía ninguna duda de que el peligro sobre la ciudad y habitantes de Pompelo era algo real. Había leído muchos manuscritos sirios, egipcios y de las crípticas ciudades de Etruria, y había hablado frecuentemente con los sacerdotes de Diana Aricina en su templo en los bosques que bordean el Lacus Nemorensis. Había ciertas maldiciones horripilantes que podían ser invocadas en las colinas la noche del Sabbath; maldiciones que no debían existir dentro de los límites de la nación romana; y no era menester permitir la realización de orgías que ya habían sido condenadas por A. Postumius que, cuando era cónsul, había ejecutado a muchos ciudadanos romanos por la práctica de bacanales; estos acontecimientos fueron recogidos por el senador consular de Bacanalia, que mandó esculpirlos en bronce y mostrarlos a las gentes.

Además, antes de que el poder de las invocaciones pudiesen traer algo material, el hierro de la pilum romana podría acabar con ellos, esta festividad no podía significar mucho para la fuerza de una simple cohorte. Sólo se necesitaría apresar a los participantes, y la liberación de los simples espectadores reduciría el resentimiento que pudieran haber adquirido los simpatizantes de los ritos de la antigua raza. Resumiendo, los principios políticos requerían acciones drásticas; y yo no albergaba ninguna duda de que Publius Escribonius, con su sentimiento de dignidad y sus obligaciones para con las gentes romanas, ordenaría avanzar a la cohorte, y a mí con ella, a pesar de las objeciones de Balbutius y Asellius; que, en verdad, hablaban más como provincianos que como ciudadanos romanos.

El sol se hallaba muy bajo ahora, y toda la ciudad parecía sumida en un fulgor irreal y maligno. Entonces el procónsul P. Escribonius dijo que estaba de acuerdo con mis consejos, y me emplazó en una de las cohortes con el rango provisional de centurio prímipilus; Balbutius y Asellius accedieron, el primero con mejor ánimo que el segundo.

Mientras el crepúsculo caía sobre los precipicios otoñales, un extraño, horrible batir de tambores se diseminó en la distancia con monótono ritmo. Algunos de los legionarios se estremecieron, pero las fuertes voces de mando les hicieron ponerse firmes; y pronto toda la cohorte fue conducida hacia el este desde el circo. Libo, al igual que Balbutius, insistió en acompañar a la cohorte; pero tuvimos gran dificultad para encontrar un nativo que nos mostrase las escabrosas sendas de las montanas. Por fin, un joven llamado Varcellius, hijo de romanos de sangre pura, accedió a llevarnos al inicio de las colinas. Comenzamos a caminar bajo la oscuridad creciente, con los rayos de una plateada luna luciendo sobre los bosques que se extendían a nuestra izquierda.

Lo que más nos inquietaba era el hecho de que el aquelarre fuera celebrado de cualquier forma. Las nuevas de que una cohorte se hallaba en camino deberían haber llegado a las colinas, incluso aunque la decisión hubiese sido otra que la tomada, el rumor debería haber sido igual de alarmante; sin embargo, los horribles tambores continuaban batiendo, como si los participantes tuvieran alguna razón peculiar para mostrarse totalmente indiferentes marcharan o no contra ellos las legiones romanas.

El sonido creció en intensidad según nos adentrábamos en las primeras cuestas de las colinas, con tupidos bosques rodeándonos por todos sitios, cuyos troncos adoptaban fantasmagóricas formas a la luz de nuestras antorchas. Todos iban a pie excepto Libo, Balbutius, Asellius, dos o tres centuriones y yo mismo; y poco a poco el camino se fue haciendo tan abrupto y estrecho que aquellos que teníamos caballos nos vimos forzados a dejarlos; dejamos una guardia de diez hombres para guardarlos, aunque las bandas de ladrones difícilmente se atreverían a actuar en semejante noche de horror. Después de media hora de marcha, escalando por escarpes y riscos, el avance llegó a hacerse muy dificultoso para una fuerza tan grande de hombres —unos trescientos— que se veían obligados continuamente a atravesar dificultades rocosas.

Y entonces, con una claridad horrible, escuchamos un sonido helador que provenía de abajo de nosotros. Llegaba del lugar donde habíamos dejado a los caballos; gritaban… no relinchaban, sino que gritaban… y no se veía ninguna luz, no se oía el sonido de voces humanas, que pudiesen indicar qué estaba sucediendo. En el mismo momento, cientos de fuegos se encendieron en los picachos que estaban sobre nuestras cabezas, de tal forma que el horror parecía venirnos tanto de arriba como de abajo. Dirigimos la vista hacia nuestro joven guía Varcellius y sólo pudimos contemplar una cabeza cortada en mitad de un charco de sangre. En su mano lucía una corta espada que había cogido del cinturón de D. Vinulanus, un subcenturio, y su rostro mostraba tal expresión de horror que incluso los más aguerridos veteranos se pusieron lívidos con su sola contemplación. Se había matado a sí mismo al escuchar los gritos de los caballos… él, que había nacido y vivido toda su vida en la región, y conocía qué clase de hombres murmuraba acerca de las colinas.

Las antorchas empezaron a apagarse, y los gritos de los espantados legionarios se mezclaron con los de los caballos. El aire se tornó perceptiblemente más frío, más de lo normal para los primeros días de noviembre, y parecía batir con terribles vibraciones que yo no me atrevía a conexionar con el zumbido de los tambores. Toda la cohorte permaneció quieta, y, cuando las antorchas terminaron de apagarse, contemplé unas sombras fantásticas que se dibujaban en el cielo sobre la luminosidad de la Vía Láctea, como si proviniesen de Perseus, Casiopea, Cefeus y Cygnus.

De pronto, todas las estrellas se esfumaron del cielo, incluso las brillantes Deneb y Vega, así como la solitaria Altair y Fomalhaut. Las antorchas se apagaron completamente, todas a la vez, y sobre la cohorte aterrada y aullante sólo quedó el desconcierto y la luminosidad de los horribles fuegos que ardían en las cumbres; un infierno rojo, y la silueta de las formas imposibles y colosales de bestias tan innombrables que ni los sacerdotes frigios ni los hechiceros se han atrevido a murmurar en su más alocadas historias.

Y por encima del clamor de los gritos de hombres y caballos el demoniaco batir de los tambores se incrementó, mientras que un viento salvaje y helado barría las cumbres llevando consigo el terror, sacudiendo a cada hombre por separado hasta que la cohorte se dispersó gritando en la oscuridad, como si se enfrentasen a los designios de Laocoon y sus hijos. Sólo el viejo Escribonius parecía resignado. Pronunció unas quedas palabras que pude escuchar claramente entre aquel clamor, y aún resuena su eco en mi cerebro. “Malitia vetus; malitia vetus est… venit… tándem venit…”[2]

Y entonces desperté. Fue el sueño más vivido que he tenido desde hace años, superpuesto en mi subconsciente sobre lugares y cosas olvidadas. No existe ninguna crónica del destino de aquella cohorte, pero la ciudad, al menos, fue salvada; las enciclopedias hablan de la existencia de Pompelo en nuestros días, cuyo nombre español contemporáneo es Pamplona…

Siempre tuyo por la Supremacía del Godo:

G. Iulius Verus Maximinus.


[1] Gente muy antigua procede de un sueño que Lovecraft tuvo la noche de Halloween de 1927, tras leer la Eneida en la traducción de James Rhoades. Relató la visión en varias cartas —la más extensa en noviembre de ese año— con la intención de convertirla en cuento, aunque nunca lo hizo. En 1931, Frank Belknap Long incorporó el sueño casi literalmente en su novela The Horror from the Hills, con permiso del propio Lovecraft.

[2] «Maldad antigua; maldad antigua es… viene… al fin viene».

– Howard Philips Lovecraft

The Very Old Folk (1927).

Los Mitos de Cthulhu de Lovecraft: la cartografía del abismo

Mientras que en el Ciclo onírico el viaje avanza hacia dentro, por territorios moldeados por la memoria y el deseo. En los Mitos de Cthulhu, en cambio, el movimiento se invierte: la imaginación ya no se repliega hacia lo íntimo, sino que mira hacia un cosmos inmenso, impersonal y antiguamente ajeno. Lovecraft sustituye la melancolía de lo soñado por el vértigo de lo real.

El soñador cede su lugar al investigador, y lo maravilloso se transforma en revelación insoportable. Donde antes había ciudades doradas y mares suspendidos, ahora se extienden ruinas ciclópeas, océanos indiferentes y arquitecturas imposibles que no admiten mirada humana.

Si las Tierras del Sueño insinuaban el infinito que habita en nosotros, los Mitos nos obligan a enfrentar el infinito que existe a pesar de nosotros.

Un cosmos disperso

El llamado “Ciclo de Cthulhu” —denominación posterior, atribuida a August Derleth— nunca fue concebido por Lovecraft como un corpus cerrado. Más bien se trata de una constelación de relatos escritos entre 1917 y 1935, unidos por un mismo impulso: revelar un universo anterior al hombre, ajeno a sus dioses y a su moral.

Los protagonistas son apenas testigos de una realidad que no los necesita. Los mitos no narran la historia de los dioses, sino el desconcierto de quienes los entrevén.

Relatos principales del ciclo de Cthulhu:

  • Dagon (1917)
  • La ciudad sin nombre (The Nameless City, 1921)
  • El ceremonial (The Festival, 1923)
  • La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu, 1926)
  • El color del espacio exterior (The Colour Out of Space, 1927)
  • El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward, 1927–28)
  • El horror de Dunwich (The Dunwich Horror, 1928)
  • El que susurra en la oscuridad (The Whisperer in Darkness, 1930)
  • La sombra sobre Innsmouth (The Shadow over Innsmouth, 1931)
  • En las montañas de la locura (At the Mountains of Madness, 1931)
  • Los sueños en la casa de la bruja (The Dreams in the Witch House, 1932)
  • El ser en el umbral (The Thing on the Doorstep, 1933)
  • La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out of Time, 1934–35)
  • El morador de las tinieblas (The Haunter of the Dark, 1935)

(y otros fragmentos, correspondencias y alusiones que, más que ampliar el mito, lo desdoblan, creando un universo que no crece por continuidad, sino por contagio).

El nacimiento del horror cósmico

Lovecraft llevó el horror a su origen. Mientras el género seguía poblado de castillos y fantasmas, el escritor de Providence, discípulo directo de Poe, apartó las sombras humanas para mirar directamente al cosmos y encontró la geometría del vacío.

En algunos de sus primeros relatos como Dagon, o La ciudad sin nombre, ya se insinúa esa transformación: el miedo deja de tener rostro y se convierte en paisaje. El horror no brota de la maldad, sino de la escala y el ser humano, que hasta entonces había ocupado el centro moral del universo, se descubre como un accidente efímero en una cronología que no lo incluye. Lo desconocido deja de ser lo otro para volverse lo real.

El llamado “horror cósmico” no es, en esencia, una emoción, sino una forma de conocimiento, un despertar inverso. Frente al mito clásico, que ordena el caos mediante narración, Lovecraft construye su mito desde la disolución. Cada relato funciona como una fisura en la percepción: un fragmento de comprensión que erosiona la idea de sentido. Por eso, los Mitos de Cthulhu no constituyen una religión del miedo, sino una metafísica de la indiferencia.

En La llamada de Cthulhu, el propio título encierra la paradoja central: algo nos llama, pero no con intención, sino por simple resonancia. El universo no convoca; sólo resuena en nosotros. Esa llamada, incomprensible e incesante, basta para hacer temblar las certezas de la razón. El descubrimiento de que el conocimiento no libera, sino que nos desintegra, atraviesa toda su obra.

El horror cósmico, entonces, no busca aterrar, sino recordar: recordar que el pensamiento humano es una breve vibración en la materia eterna. No hay redención ni castigo, sólo conciencia. Y en esa conciencia helada, Lovecraft encontró la belleza que otros evitaban: la belleza del vacío que no necesita testigos.

El lenguaje del abismo

Pocos escritores han comprendido con tanta lucidez el límite del lenguaje como Lovecraft. En su prosa, la palabra ya no es un medio de expresión, sino un mecanismo de aproximación: el intento desesperado de cercar lo innombrable sin destruirlo. La paradoja del horror cósmico es que necesita el lenguaje para revelar lo que está más allá del lenguaje.

Cada frase parece escrita desde el borde de la experiencia humana. Las descripciones desbordan más que arrojar luz y acumulan adjetivos como si el exceso pudiera sustituir a la visión directa. Pero ese exceso no es torpeza —como a menudo se ha dicho—, sino una estrategia; una forma de hacer visible el colapso de la mente ante lo inconcebible. El estilo lovecraftiano tiembla porque imita la vibración del pensamiento que se asoma al abismo.

En El color del espacio exterior, lo innombrable se manifiesta precisamente como “color”: una cualidad que desafía la percepción, una entidad que no puede traducirse a los registros sensoriales. El horror no tiene forma, sólo presencia. El lenguaje fracasa, y ese fracaso se convierte en su triunfo estético.

De ahí la importancia de los nombres imposibles: Cthulhu, Shub-Niggurath, Yog-Sothoth, no son nombres de dioses, sino residuos fonéticos de lo inconcebible. Su sonoridad misma provoca el vértigo, ya que evocan un idioma anterior al pensamiento humano, un rumor que la escritura apenas logra contener. Cada palabra actúa como una fisura por la que se filtra la infinitud.

Lovecraft comprendió que el verdadero terror no se narra, sino que se contagia. Por eso su sintaxis se retuerce, su léxico se arcaíza y su ritmo se quiebra: está construyendo un lenguaje en estado de colapso, un idioma que refleja lo que intenta nombrar. De ahí que leerlo sea, en sí mismo, una experiencia cósmica: no porque entendamos más, sino porque sentimos cómo el lenguaje se disuelve en nuestra mente.

Así, el lenguaje del abismo mas que un artificio de estilo, es una metafísica de la palabra. Es el punto en que el signo se agota, pero el sentido persiste. En ese lugar, entre el silencio y el delirio, el lenguaje de Lovecraft se convierte en el eco de algo que ya estaba hablando antes que nosotros.

Cthulhu y la teogonía del vacío

El universo de Lovecraft no tiene dioses; tiene vectores de vastedad. Sus nombres —Cthulhu, Yog-Sothoth, Azathoth, Nyarlathotep— no designan personalidades, sino principios y encarnaciones de fuerzas sin propósito, de leyes que no reconocen la existencia humana. Son, en cierto modo, los restos de una religión sin creyentes o los ecos de un cosmos que se contempla a sí mismo a través del delirio.

Cthulhu duerme bajo el mar en la ciudad de R’lyeh, “muerto pero soñando”. Esa imagen concentra toda la teogonía lovecraftiana: el dios que sueña la materia, la mente dormida que engendra la realidad. Una entidad que simplemente persiste, como una conciencia pétrea, indiferente a las eras. Su despertar no es una profecía, sino una metáfora del retorno de lo inconcebible, lo que el mundo reprime y que, de tanto en tanto, emerge para recordarnos que seguimos siendo parte de su sueño.

Yog-Sothoth, “la puerta y la llave”, representa la continuidad absoluta: el tiempo disuelto en simultaneidad. Su nombre aparece en fórmulas, invocaciones, fragmentos de grimorios, como si la escritura misma intentara abrir un atajo entre dimensiones. En él, pasado y futuro coexisten, y su mera evocación trastorna la percepción lineal. Azathoth, el dios idiota, es el núcleo de la creación: una explosión de materia inconsciente, una deidad ciega que danza en el centro del caos con una flauta sin sonido. Nyarlathotep, su mensajero, es la voz de la inteligencia: el único que habla, y por eso el más temible.

Esta teogonía no exige adoración, porque en ella no hay lugar para la plegaria. Cada entidad encarna una ruptura con la idea de divinidad como orden o justicia: son presencias sin propósito, reflejos del caos que nos contiene. En el universo lovecraftiano, la divinidad no interviene, simplemente existe, inmensa y ajena. El hombre, al percibirla, comprende que toda plegaria es un gesto dirigido al silencio; y el mito, en vez de ofrecer sentido, nos devuelve a la pura conciencia de lo inabarcable, a esa región donde el pensamiento se detiene y sólo permanece la vastedad sin nombre.

En ese sentido, los Mitos de Cthulhu son una cosmología de la ausencia. No explican el origen del mundo, sino su falta de centro. Las criaturas no dominan, sino que existen como figuras liminales, manifestaciones de lo que está más allá de la comprensión. Al enfrentarlas, los personajes no descubren lo maligno, sino lo verdadero: un universo que no nos odia, pero tampoco nos recuerda.

El terror surge, entonces, de un gesto de lucidez. Cada dios lovecraftiano es una metáfora de lo que ocurre cuando la conciencia humana se enfrenta a la magnitud del ser y comprende que el conocimiento es otra forma del abismo. Esa es su blasfemia suprema: no niega a Dios, sino que demuestra que el cosmos puede existir sin Él.

La erudición como máscara

En los Mitos de Cthulhu, la búsqueda del saber ocupa el lugar del rito. Los grimorios, las universidades, las excavaciones, las cartas entre investigadores: todos esos elementos no son decorado, sino estructura mítica. Lovecraft construye su cosmos con los materiales del conocimiento humano, pero los dispone de tal modo que se vuelven contra el investigador que los emplea.

El Necronomicón, supuestamente escrito por el árabe loco Abdul Alhazred, funciona como el eje de ese mecanismo. No es sólo un libro prohibido, sino una metáfora del límite cognitivo: el punto en que la curiosidad se transforma en condena. El saber deja de iluminar y empieza a consumir. Por eso, los personajes que lo consultan no hallan respuestas, sino fragmentos de una verdad que el lenguaje no puede sostener. La lectura se convierte en invocación.

La erudición, en Lovecraft, adopta la forma de una coartada. El tono académico, las citas ficticias, las referencias a universidades reales o imaginarias, son un modo de dar al horror una base empírica: el terror documentado. Cada pie de página, cada dato geográfico, cada descripción precisa es una cuerda que sujeta la incredulidad… hasta que se rompe. El resultado es una paradoja literaria: cuanto más convincente el dato, más abrumadora la revelación.

De ahí que el horror cósmico se presente como un archivo infinito lleno de manuscritos, testimonios, transcripciones, diarios de campo. El conocimiento se acumula, pero no construye sentido; sólo multiplica la evidencia del sinsentido. La ciencia, la arqueología, la lingüística o la astronomía se convierten en ritos modernos del misterio. Y el investigador, en un sacerdote sin fe, atrapado en un templo de datos.

En El caso de Charles Dexter Ward, la alquimia y la genealogía sustituyen a los conjuros y En las montañas de la locura, la expedición científica a la Antártida funciona como rito racional del vacío. El mito, entonces, se vuelve contemporáneo porque no se sostiene en la superstición, sino en la excesiva razón. El horror surge del exceso de claridad. Cada nuevo descubrimiento confirma que el universo no necesita intérpretes, y que la curiosidad es sólo una forma elegante de desesperación.

Así, Lovecraft inventa algo inédito: la biblioteca blasfema, donde los libros no contienen respuestas, sino el eco del error original. En sus páginas, el lector comprende que la erudición no es una defensa contra el abismo, sino una máscara que nos permite mirarlo sin gritar.

La disolución del ser humano

En el universo de Lovecraft, la conciencia humana no ocupa un lugar; flota. Es una chispa en medio de la noche cósmica, un reflejo tenue que cree ser fuego. Por eso sus protagonistas no son héroes, sino observadores que no enfrentan al mal, sino al descubrimiento de que no hay escala humana posible frente al ser.

El horror cósmico nace en ese momento exacto en que el pensamiento se reconoce como error. Los personajes de El que susurra en la oscuridad o La sombra fuera del tiempo no son castigados, son corregidos. Su mente, al intentar comprender, se expande más allá de lo que puede soportar, y en esa expansión se deshace. La locura, recurrente en la obra de Lovecraft, no es enfermedad sino adaptación.

La disolución del yo se manifiesta en muchas formas. En La sombra sobre Innsmouth, la degeneración física revela un linaje compartido con criaturas marinas: la humanidad como simple fase biológica de algo más vasto. En Los sueños en la casa de la bruja, el saber se traduce en geometría, y la geometría, en tránsito interdimensional: el cuerpo ya no es límite, sino error de percepción. Y en La sombra fuera del tiempo, la conciencia abandona su recipiente, vaga a través de eones y regresa convertida en archivo. El hombre, en todas estas variantes, pierde forma para ganar escala, y en esa ganancia se anula.

Lovecraft lleva hasta el extremo una intuición metafísica: la de que el conocimiento absoluto implica la desaparición del sujeto que conoce. El saber destruye porque revela la falacia del observador. La humanidad no está destinada a comprender, sino a confundir su curiosidad con sentido. En sus relatos, entender y desintegrarse son el mismo acto, dos modos de la misma claridad insoportable.

Esa claridad, sin embargo, no carece de belleza. El instante en que el hombre percibe su insignificancia ante el cosmos es también el instante en que se libera de la ilusión de centralidad. La disolución no es castigo, es trascendencia invertida. El yo se extingue, pero al hacerlo roza lo absoluto, aunque sea sólo como un reflejo en el polvo. Esa chispa que tiembla antes de apagarse —eso, para Lovecraft, es lo más cercano a la belleza.

La continuidad del mito

Los Mitos de Cthulhu no terminan con Lovecraft. Como todo sistema simbólico vivo, se expanden, se fragmentan, se contradicen y se regeneran. No son un cuerpo cerrado de relatos, sino un organismo literario que continúa creciendo mucho después de la muerte de su creador. Esa expansión comenzó ya en vida del propio Lovecraft, gracias a un grupo de escritores que compartieron su visión y la llevaron por caminos propios: el llamado Círculo de Lovecraft.

Entre ellos destacan Clark Ashton Smith, Robert E. Howard, Frank Belknap Long, Henry Kuttner, August Derleth o Robert Bloch. Cada uno aportó su tono, su geografía y su obsesión personal a la mitología común, aparte de nuevos grimorios blasfemos para la biblioteca. Smith trasladó los mitos a un registro más lírico y sensual, donde el horror cósmico convivía con la belleza decadente. Howard, creador de Conan, fundió el universo lovecraftiano con su propio ciclo bárbaro, mostrando que los dioses antiguos podían convivir con la violencia de la historia. Belknap Long llevó el mito a los confines del espacio y del tiempo, mientras que Bloch dotó a los suyos de más oscuridad. Y Derleth, más sistemático, intentó organizar el caos cósmico en una teogonía ordenada, clasificando los dioses y dotando al universo lovecraftiano de una lucha simbólica entre fuerzas elementales. Ese gesto —herético para los puristas— permitió, sin embargo, que el mito sobreviviera y se propagara.

El resultado fue una mitología colectiva, una red de relatos interconectados que funcionan como ecos o mutaciones del original. Cada autor añadió su piedra al edificio invisible, confirmando que los Mitos de Cthulhu no pertenecen a un solo autor, sino al imaginario mismo. El abismo se volvió contagioso. De las páginas de Weird Tales pasó a cómics, películas, música, juegos de rol, filosofía y física especulativa. El horror cósmico se convirtió en una estética, una forma de pensar.

Pero más allá de su expansión cultural, lo que perdura es la intuición central: la certeza de que la realidad es demasiado vasta para ser contenida por la conciencia humana. Los Mitos no ofrecen consuelo, promesas, ni castigos. Su función es recordar la escala y devolver al hombre su proporción frente al cosmos. Y, paradójicamente, en esa pequeñez reside su grandeza. El conocimiento del vacío no aniquila la inteligencia: la purifica.

Por eso, el legado de Lovecraft no está solo en los monstruos ni en los nombres impronunciables, sino en la arquitectura de la indiferencia que dejó tras de sí. Cada autor del Círculo, cada continuador moderno —de Brian Lumley a Thomas Ligotti, de Ramsey Campbell a Laird Barron— ha seguido levantando habitaciones dentro de esa misma casa sin techo. Una biblioteca infinita donde cada lector es, sin saberlo, un escriba del abismo.

Existen multitud de ediciones en lengua española tratando este tema, pero si tuviera que recomendar alguna, me quedaría con la mítica edición de Alianza titulada Los mitos de Cthulhu, con la que creo que muchos nos iniciamos en Lovecraft y que a pesar de ser una antología de varios autores, tanto la selección de relatos como el ensayo preliminar de Rafael Llopis, son magníficos. También es destacable la edición de EDAF con el mismo título, que contiene todos los relatos y novelas cortas de los mitos escritos por Lovecraft.

El ciclo onírico de Lovecraft: cartografía de un universo interior

Entre la vigilia y el abismo se extiende una geografía que sólo el sueño conoce. En ella, Lovecraft dejó de ser el cartógrafo del horror cósmico para convertirse en un explorador del alma. Sus relatos oníricos no buscan el espanto, sino la revelación: una belleza anterior al miedo, nacida del deseo de habitar mundos que se desvanecen al despertar.

Entre los muchos territorios que H. P. Lovecraft exploró en su obra, el ciclo onírico ocupa un lugar singular. Frente a la imaginería cósmica de Cthulhu y sus dioses primordiales, los relatos oníricos revelan otra vertiente del autor: la del soñador erudito, que convierte sus propios sueños en materia literaria y los conecta con tradiciones que van de Homero y Virgilio a Lord Dunsany.

Un corpus fragmentario

El llamado “ciclo onírico” no fue bautizado así por Lovecraft, sino por la crítica posterior. En realidad se trata de una constelación de relatos y poemas escritos entre 1918 y 1933, unidos por motivos recurrentes: ciudades imposibles, dioses caprichosos, geografías irreales y la figura de un soñador que viaja a través de ellas. La lista suele incluir:

  • Polaris (1918)
  • La nave blanca (The White Ship, 1919)
  • La declaración de Randolph Carter (The Statement of Randolph Carter, 1920)
  • La búsqueda en sueños de la desconocida Kadath (The Dream-Quest of Unknown Kadath, 1926–27, publ. 1943)
  • Los gatos de Ulthar (The Cats of Ulthar, 1920)
  • Los otros dioses (The Other Gods, 1921)
  • La maldición que cayó sobre Sarnath (The Doom That Came to Sarnath, 1919)
  • Celephaïs (1920)
  • La llave de plata (The Silver Key, 1926)
  • A través de las puertas de la llave de plata (Through the Gates of the Silver Key, 1932–33, con E. Hoffmann Price)
  • Ex Oblivione (1920–21)
  • Hypnos (1922)
  • Nyarlathotep (1920)

Estos textos conforman una suerte de novela discontinua, atravesada por la figura de Randolph Carter, que se mueve entre la vigilia y el sueño como si ambos fueran continentes distintos de un mismo mapa. Su dispersión y variedad hacen que algunos críticos lo comparen con un rompecabezas inacabado, donde cada pieza aporta un matiz distinto a un universo que nunca se cierra del todo.

Además, la cronología de escritura coincide con un periodo de crisis personal para Lovecraft, marcado por su estancia en Nueva York y su sensación de desarraigo. Los sueños, convertidos en relatos, le ofrecieron un asilo alternativo: un territorio donde volcar su nostalgia y su búsqueda de belleza.

Randolph Carter: viajero del sueño

Randolph Carter, personaje que aparece en varios relatos, es quizá la proyección más directa del propio Lovecraft. En él confluyen la pasión por los libros, la fascinación por lo antiguo y la sensación de vivir en un mundo que ya no alberga la grandeza de antaño. Carter es un explorador que nunca se acomoda: en cada historia avanza un poco más en su tránsito entre vigilia y sueño, como si buscara en esas tierras el sentido último de su existencia.

En La declaración de Randolph Carter, lo vemos atrapado en una confesión siniestra, más cercana al horror gótico. En La llave de plata, en cambio, Carter aparece envejecido, desencantado, en busca de la capacidad perdida de soñar. Ese arco narrativo lo convierte en un personaje-río, que atraviesa el ciclo entero y lo dota de unidad secreta.

Muchos críticos lo han leído como un alter ego confesional. Lovecraft, que se sentía desplazado en la vida cotidiana, proyectó en él su deseo de evasión y su temor a perder para siempre el contacto con el mundo interior.

La huella de Lord Dunsany

Para comprender este ciclo es indispensable mencionar a Lord Dunsany, autor irlandés que ejerció una influencia decisiva sobre Lovecraft en sus años de formación. Libros como The Gods of Pegāna, Time and the Gods o A Dreamer’s Tales presentan mitologías ficticias, narradas en tono bíblico y con una imaginación desbordante.

Lovecraft no solo imitó a Dunsany en relatos como La nave blanca o Celephaïs, sino que absorbió su estilo lírico y su capacidad para inventar geografías míticas con naturalidad. Sin embargo, mientras Dunsany tendía a la fábula luminosa, Lovecraft lo reinterpretó en clave más sombría. En sus manos, las ciudades de los sueños son bellas, sí, pero también frágiles y amenazadas por fuerzas incomprensibles.

Podría decirse que Lovecraft dunsanizó su propio inconsciente, adoptando las herramientas del maestro irlandés para modelar paisajes interiores teñidos de melancolía y de una visión cósmica que desborda lo meramente literario.

Mundos dentro de mundos

Las Tierras del Sueño no son un simple escenario, sino un universo paralelo autónomo, que obedece a sus propias leyes y se conecta con la vigilia a través de portales. Serannian, Ulthar, Dylath-Leen, Ilek-Vad, Celephaïs… cada nombre resuena con cadencia poética, como si fueran versos incrustados en la prosa.

Lo fascinante es que Lovecraft logra que este universo funcione con la lógica de un mapa mental. Sus regiones parecen brotar de la geografía real —el Mediterráneo, Asia, el Próximo Oriente—, pero transfiguradas por la imaginación. Así, las Tierras del Sueño son al mismo tiempo un espejo y una distorsión de nuestro mundo.

En su arquitectura resuena una paradoja: los lugares que Carter visita no sólo existen porque los sueña, sino que, en cierto modo, también lo sueñan a él. Las montañas, los templos y los mares que atraviesa parecen conscientes de su presencia, como si custodiaran una verdad olvidada que sólo puede revelarse a quien sueña con suficiente fe. Por eso, más que geografías inventadas, son paisajes que devuelven la mirada: fragmentos de una mente que se reconoce a sí misma en la forma de un mundo.

Kadath, la ciudad imposible

El centro gravitatorio del ciclo es La búsqueda en sueños de la desconocida Kadath, redactada en 1926–1927 aunque publicada póstumamente en 1943. Aquí, Lovecraft despliega con mayor ambición las Tierras del Sueño: un continente alternativo con montañas, mares, ciudades y pueblos cartografiados con detalle casi geográfico.

Carter emprende una odisea que lo lleva de Ulthar —la ciudad sagrada de los gatos— hasta el Polo del Norte del mundo onírico, donde se oculta Kadath, morada de los dioses. La estructura recuerda a las epopeyas clásicas: encuentros con aliados y enemigos, travesías por mares oscuros, descensos a regiones subterráneas. Sin embargo, el desenlace desvela la paradoja central: la ciudad soñada que Carter busca es en realidad la proyección idealizada de su propio hogar de infancia. El viaje exterior es, en última instancia, un viaje hacia la nostalgia.

En Kadath se resume todo el ciclo: los sueños son tan vastos como el cosmos, pero al final conducen a un regreso imposible, a un recuerdo deformado por la memoria.

Los umbrales del sueño

En el corazón del ciclo late un motivo persistente: el tránsito. Llaves, puertas, portales y pasajes interdimensionales aparecen como símbolos de la frontera entre dos realidades que nunca terminan de separarse. Cada sueño de Lovecraft es, en el fondo, una iniciación: el descenso del inconsciente hacia un territorio donde la lógica se disuelve y la identidad se fragmenta.

Randolph Carter, portador de la llave de plata, encarna a ese viajero perpetuo. Sus desplazamientos no obedecen a una geografía externa, sino a un itinerario interior, semejante a los de Orfeo o Dante. Las Tierras del Sueño son su inframundo, pero también su paraíso, un espacio donde el horror y la belleza se funden en la misma sustancia onírica.

En esa frontera, Lovecraft parece intuir algo que su literatura más cósmica apenas roza: que los dioses y los sueños habitan el mismo umbral, y que atravesarlo equivale a mirar de frente el origen de todas las imágenes.

Un Lovecraft distinto

Tras atravesar esos umbrales, emerge un Lovecraft distinto. En las Tierras del Sueño abandona la rigidez de sus relatos cósmicos y se deja llevar por una prosa más plástica, abierta a la maravilla y al fulgor de la imagen. Aquí encontramos escenas de auténtica belleza visual, como las descripciones de Celephaïs bañada en luz dorada o de barcos que surcan mares estrellados. También hay espacio para la ternura —el ejemplo clásico es Los gatos de Ulthar, casi una fábula moral—.

Sin embargo, esa belleza nunca es estable: bajo su resplandor late una inquietud persistente. Los dioses oníricos, como Nyarlathotep, conservan la misma crueldad que en los Mitos de Cthulhu, recordándonos que incluso en el sueño rige la indiferencia del cosmos. En este sentido, el ciclo anticipa una de las intuiciones más hondas de Lovecraft: que toda visión de lo infinito, por luminosa que sea, contiene en su centro una sombra.

El valor del ciclo

El ciclo onírico puede leerse como el hermano secreto de los Mitos. Si el horror cósmico contempla el universo desde fuera, los sueños lo contemplan desde dentro, como un reflejo invertido en la conciencia.

Ambos ciclos no se excluyen, ya que en conjunto, trazan el retrato de un autor que buscaba comprender tanto los abismos del espacio como la inmensidad de su propia psique.

Tal vez por eso las Tierras del Sueño siguen abiertas: porque nadie despierta del todo, y quizá en algún rincón del sueño de Lovecraft aún caminamos hacia Kadath, persiguiendo la forma perdida de lo infinito.


Existen varias ediciones en castellano referentes a este ciclo, entre ellas se podrían destacar: Viajes al otro mundo de Alianza editorial, que contiene además un estudio preliminar de Rafael Llopis muy interesante. La búsqueda en sueños de la ignota Kadath de Valdemar y El ciclo completo de Randolph Carter de Costas de Carcosa.

Alien: anatomía del impulso cósmico

La Nostromo navega por el espacio profundo con la resignación de un animal dormido. Su interior palpita con una respiración mecánica; los tubos gotean, las luces parpadean, los motores murmuran como vísceras en digestión lenta. Nada vivo debería moverse en ese silencio, pero algo lo hace. El horror no nace aquí de lo sobrenatural, sino de la materia misma: de la certeza de que la vida, cuando despierta en su forma más pura, ya no nos necesita.

Ridley Scott rodó Alien como quien abre una tumba encontrada en otro planeta. Dentro, en lugar de un cadáver, hay un espejo que nos devuelve el rostro de la especie humana observada desde fuera. Los personajes duermen, se despiertan, cumplen órdenes, discuten por sus pagas y sus jerarquías. Mientras tanto, una inteligencia no humana —Madre— los observa en silencio. Cuando el organismo emerja, no lo hará como una amenaza moral, sino como una consecuencia natural. El xenomorfo desconoce el odio, el deseo o el miedo; simplemente obedece con precisión absoluta a la estructura del universo.

Ese impulso ciego de reproducirse, colonizar y adaptarse, había sido intuido décadas antes por escritores que nunca vieron una nave espacial. En Las criptas de Yoh-Vombis, Clark Ashton Smith describió a un grupo de exploradores que desciende a unas ruinas marcianas y es parasitado por una forma de vida que se adhiere a su rostro. H. P. Lovecraft, precursor del terror cósmico, vislumbró en En las montañas de la locura civilizaciones prehumanas devoradas por su propia creación. A. E. van Vogt, en El destructor negro y más tarde en El viaje del Beagle espacial, concibió a Ixtl, una criatura que fecundaba cuerpos humanos para perpetuarse. Y en El enigma de otro mundo, un grupo de científicos quedaba atrapado en una base asediada por un visitante extraterrestre.

Todas esas visiones convergen, años después, en el guion de Alien: el arquetipo del huésped y el nacimiento como acto de violencia.
Más que una suma de influencias, la película es la síntesis de una intuición compartida: que la vida, cuando se despoja del mito, revela su rostro más antiguo.
Lo que Alien hereda de ese linaje no es el monstruo, sino la intuición metafísica que lo sostiene: que el universo es indiferente, pero no estéril; que la vida surge donde puede, incluso en las condiciones más hostiles e impensables. La Nostromo no transporta solo un cargamento, sino una idea antigua: la de que la inteligencia y la biología son dos caras de la misma pulsión destructiva. Ash, el androide que admira al xenomorfo, lo formula con la serenidad de un místico: “Yo admiro su pureza, es un superviviente al que no afecta la conciencia, los remordimientos ni las fantasías de moralidad”. Esa frase podría haberla escrito Lovecraft o Schopenhauer.

El androide lo formula con la precisión de una máquina, pero su frase encierra una verdad más antigua: en la pureza implacable de la criatura, el universo alcanza su forma más coherente.

LV-426: arqueología del horror

El planeta no tiene nombre, solo una cifra: LV-426. Todo en él es oscuridad, viento, piedra erosionada. La tripulación lo sobrevuela con indiferencia, pero desde la primera toma sentimos que el paisaje los contempla.

En la ciencia ficción clásica, los mundos exteriores eran promesas de expansión; aquí son cementerios de otra especie. Cuando los exploradores descienden al cráter y penetran en la nave varada, lo que descubren no es un misterio, sino una advertencia.

La cámara se mueve lentamente, como si respetara un rito fúnebre. El interior parece un fósil inmenso, una catedral de huesos. El space jockey —ese ser petrificado en su asiento, con el pecho abierto— es el testimonio de una civilización extinguida por su propia curiosidad. Lo que transportaba en sus bodegas no era una carga, sino una semilla. Y la semilla, al romper el contenedor, convirtió a sus creadores en incubadoras.

Las criptas de Yoh-Vombis laten aquí con toda su resonancia: los humanos, una vez más, repitiendo el error de tocar lo que debía permanecer sepultado. Scott filma ese descenso con una solemnidad arqueológica: como si cada plano perteneciera a un documental sobre ruinas de otro universo. Los cuerpos, envueltos en trajes herméticos, parecen insectos que exploran una herida. El silencio es total, salvo por el rumor del aire reciclado. En el fondo, el huevo espera.

El huevo es la memoria biológica del cosmos: la promesa de que ninguna especie será definitiva, de que todo pensamiento será, tarde o temprano, materia alimenticia. Cada criatura creada por la inteligencia —dioses, máquinas, civilizaciones— termina por engendrar algo que la supera. El xenomorfo es esa fuerza impersonal que avanza en línea recta desde la célula hasta el vacío: el recordatorio de que la evolución no es progreso, sino insistencia.

De las ruinas de Marte a los fósiles de LV-426, el mito es siempre el mismo: el universo se olvida a sí mismo, pero repite su gesto creador. Ahora, ese olvido respira dentro de un hombre.

La Nostromo: útero mecánico

La Nostromo mas que una nave: es un cuerpo. En sus pasillos hay humedad, tubos que laten, compartimentos que se abren como pulmones. Los tripulantes duermen en cápsulas que se iluminan al despertar, como embriones expulsados de una matriz fría. Cada habitación tiene la textura de un órgano; cada conducto, el rumor de una digestión interminable.

En el fondo de ese cuerpo, el ordenador central —Madre— vigila, regula, selecciona. Nadie la ve, pero todos la obedecen. Cuando despierta a la tripulación para responder a una señal, el acto es indistinguible de un reflejo biológico: una contracción, una secreción, un parto.

H. R. Giger comprendió esa pulsión mejor que nadie. Su arte, más que imaginar monstruos, imagina organismos sagrados: cuerpos que se funden con la máquina hasta volverse indistintos. En sus diseños, la nave y la criatura comparten la misma anatomía: tubos que son venas, metal que respira, piel que brilla como acero húmedo. Ridley Scott no filmó simplemente un decorado, sino un ecosistema biomecánico donde cada superficie sugiere un nacimiento perpetuo. Un horror estético que convierte la pesadilla en arquitectura.

El terror no comienza cuando el facehugger salta al rostro de Kane, sino mucho antes, en esa obediencia inicial. La Nostromo cumple una misión secreta que sus pasajeros desconocen; Ash, el androide infiltrado, es su enzima. Ambos son extensiones del mismo sistema: inteligencia artificial e inteligencia orgánica, dos modos de una sola voluntad maquinal. En ese sentido, el xenomorfo no es una intrusión, sino una culminación. Es el producto final del diseño: la criatura perfecta para un universo sin compasión.

La célebre escena del nacimiento —la irrupción brutal en el pecho de Kane— no muestra un monstruo entrando en el universo, sino al universo pariendo su propio reflejo. El cuerpo humano es el campo de incubación de algo que lo excede; la biología es la materia que el cosmos utiliza para seguir multiplicando sus formas. Ridley Scott filma ese instante con una claridad ritual: no hay música, solo el sonido húmedo y doloroso del parto. Lo que vemos nacer no es el Mal, sino la Vida en su estado más puro: la pulsión que destruye para perpetuarse.

La Nostromo continúa su viaje sin saber que ya ha sido fecundada. En sus corredores, el silencio se espesa y algo crece invisible, reclamando su lugar en el orden del universo.

La caza

En la oscuridad de la Nostromo, el universo ensaya su caza. Cada pasillo es un pliegue del cosmos persiguiéndose a sí mismo, una trampa de la conciencia tendida contra su propia criatura. El xenomorfo no acecha, sino que repite un gesto cósmico, el del orden que se devora para renacer.

Los humanos, con su tecnología, creen rastrear una amenaza externa, pero lo que los acecha es su reflejo más antiguo: el universo encarnado en la criatura, repitiendo el ciclo que los hizo posibles. La caza se vuelve rito, una liturgia sin espectador donde el cazador es también la presa.

En el último plano de la película, cuando Ripley duerme sola en la cápsula de escape, no ha vencido nada. Solo ha sobrevivido al capítulo más reciente de un relato que no tiene fin.
El monstruo duerme entre las estrellas, esperando la próxima oportunidad.
Y mientras la nave se pierde en el silencio, comprendemos que no hemos sido testigos de una persecución, sino de un ensayo del universo por recordarse a sí mismo.

La respiración del universo

Toda historia que intenta explicar el origen de la vida termina convertida en metáfora. En Alien, esa metáfora es orgánica: el universo se reproduce a través de sus criaturas, igual que una célula que genera nuevas versiones de sí misma cada vez que se divide. El xenomorfo es una forma de esa expansión: la materia ensayando, una y otra vez, su propia permanencia.

En su aparente monstruosidad hay un orden que es no es moral, sino estructural. La criatura se expande porque el cosmos lo hace; obedece a una ley antigua, escrita antes del pensamiento. Quizá por eso su presencia nos resulta insoportable: no nos enfrenta a la muerte, sino a la ausencia de sentido. Cada civilización, cada especie, cada cuerpo es una variación de esa energía que se obstina en existir.

En ese sentido, Alien no es solo una película de terror y ciencia ficción: es una parábola sobre la expansión universal. Los humanos creen descifrar un mensaje —la señal, la nave, los huevos—, pero el mensaje los absorbe, los disuelve, los incorpora a su ciclo. Cada gesto de curiosidad abre un proceso que no pueden detener. El universo no los observa ni los juzga: simplemente continúa impasible su despliegue.

En última instancia, Ripley no es la heroína: es la última superviviente de un ciclo que volverá a repetirse. El verdadero protagonista es el sistema que la contiene, esa inteligencia fría que registra, evalúa, archiva y repite. Ella, Ash, el xenomorfo: todos son variaciones de una misma fuerza. Si el universo tiene una naturaleza, es la de expandirse, replicarse y mutar sin descanso. Y la criatura es su signo más perfecto: una forma que persiste mientras el universo continúa respirando en la oscuridad.

Postdata desde el vacío

Tal vez, en algún lugar del cosmos, existan criaturas que no saben que existen, que no sueñan, no recuerdan y no temen. Su movimiento es su pensamiento; su instinto, su destino.

No buscan dominar ni comprender: simplemente existen, obedeciendo a un ritmo que no pertenece al tiempo.

Si pudiéramos contemplarlas, nos parecerían monstruosas, pero solo porque carecen de lo que nos debilita: la duda, la nostalgia, la moral. En ellas el universo se refleja con una claridad insoportable sin el velo de la conciencia. Actúan con la serenidad de lo inevitable, con la precisión de una ley que nunca se equivoca.

Quizá el terror que sentimos ante ellas no sea más que reconocimiento. Porque, puede que en el fondo, la materia de la que estamos compuestos también ansía esa pureza: ser parte de un orden sin mente, volver a la inteligencia sin rostro que lo originó todo.

Tal vez ese sea el destino de toda forma: olvidar que alguna vez fue consciente.

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Aura – Carlos Fuentes

Publicada en 1962, Aura es quizá, la obra breve más perturbadora y magnética de Carlos Fuentes. Una novela corta que se mueve en los márgenes entre el cuento fantástico, la alegoría gótica y el ritual onírico, donde la voz narrativa —en una arriesgada segunda persona que hipnotiza al lector— arrastra hacia un territorio en el que los límites entre lo real, lo imaginado y lo espectral se deshacen.

La historia comienza con Felipe Montero, un joven historiador que responde a un misterioso anuncio de trabajo en el periódico. Al llegar a la casona de Donceles 815, encuentra a la anciana Consuelo, viuda del general Llorente, y a su sobrina Aura, una joven enigmática de ojos verdes que parece reflejar, repetir e incluso fundirse con los gestos y la voluntad de la vieja. Lo que en principio parece un empleo académico —ordenar y editar las memorias del difunto general— pronto se convierte en un descenso a un mundo clausurado, húmedo y devoto, lleno de plantas, gatos, conejos y reliquias, donde cada objeto parece estar impregnado de un tiempo distinto, detenido, o invertido.

La voz que hechiza

Uno de los mayores logros de Fuentes es el uso de la segunda persona. Desde la primera línea —“Lees ese anuncio…”— el lector es convertido en protagonista. No se trata solo de un recurso estilístico: la segunda persona funciona como un conjuro. No hay escapatoria posible; se nos obliga a caminar por los pasillos oscuros, a subir la escalera crujiente, a compartir la intimidad con Aura y la decrepitud de Consuelo. Esta técnica intensifica la sensación de estar atrapados dentro de la casa, dentro del hechizo narrativo.

Aura y Consuelo: reflejos de un mismo hechizo

El eje simbólico del relato se encuentra en la relación entre Aura y la señora Consuelo. La joven es descrita como una aparición casi irreal: vestida de verde, rodeada de gatos, con unos ojos líquidos que parecen ofrecer paisajes cambiantes. La anciana, en cambio, es el reverso: encogida, devota, encerrada en sus reliquias y en sus recuerdos. Pero a medida que avanza la narración, ambos rostros se confunden: lo que parece un desdoblamiento acaba revelándose como una misma presencia en dos estados del tiempo, una continuidad enfermiza entre juventud y vejez, entre deseo y descomposición.

Fuentes convierte ese desdoblamiento en una metáfora del tiempo y de la obsesión por retener la juventud. Consuelo se aferra a Aura como a un reflejo que le devuelve lo que el tiempo le arrebata. Entre ambas se insinúa una continuidad perturbadora, una corriente de deseo y memoria que amenaza con borrar las fronteras entre una y otra. El lector percibe, más que comprende, que algo sagrado y peligroso se ha puesto en marcha, un rito que transforma a quien lo contempla.

Lo gótico en clave mexicana

La casona de Donceles no es un simple escenario: es un organismo vivo. Sus corredores oscuros, sus altares llenos de corazones de plata, sus gatos y conejos, la humedad de los patios, la proliferación de plantas narcóticas, construyen una atmósfera que remite al gótico europeo, pero transfigurada por la sensibilidad latinoamericana. Aquí lo sobrenatural no aparece como un fantasma externo, sino como un desgarro íntimo en la realidad cotidiana. La Ciudad de México, con su mezcla de palacios coloniales arruinados y modernidad invasiva, se convierte en telón de fondo de esta historia donde la memoria personal y la historia nacional se entrelazan.

Deseo, posesión y hechizo

La relación entre Montero y Aura está marcada por la fascinación hipnótica. El joven desea salvarla, liberarla, poseerla; pero lo que parece un romance se revela como una trampa: Montero queda capturado en el juego de espejos de Consuelo, hasta el punto de que su identidad misma se confunde con la del general Llorente. El deseo se transforma en posesión, y la pasión se convierte en una forma de esclavitud simbólica: Montero repite la historia, como si hubiera sido escrito para cumplir el destino de otro.

Aura sigue perturbando porque no da respuestas claras. ¿Es Aura un espectro creado por Consuelo? ¿Es Consuelo la proyección futura de Aura? ¿O ambas son un mismo ser que se desdobla y se nutre de la juventud masculina que entra en la casa? La ambigüedad es parte de su poder. Fuentes logra que el lector no solo lea una historia, sino que la viva en carne propia, atrapado en la segunda persona, en la penumbra de una casa donde lo femenino, lo sagrado y lo erótico se confunden con lo espectral.

En poco más de 60 páginas, Aura condensa obsesiones universales: el miedo a la vejez, la tentación de detener el tiempo, la fragilidad del deseo y la imposibilidad de escapar de la memoria. Una obra maestra que sigue funcionando como un hechizo: basta abrirla para quedar atrapado en la mirada de esos ojos verdes, para perder la frontera entre lectura y experiencia.

Esta novela corta es, paradójicamente, demasiado larga para incluirla íntegra aquí. Os dejo un enlace para leerla con calma, aunque —como siempre— recomiendo tenerla en papel.

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ETA Hoffmann y el nacimiento del fantástico moderno

Hay escritores que inventan mundos, y hay otros que inventan maneras de mirar el mundo. Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776–1822) pertenece a esta segunda estirpe: la de quienes transforman para siempre la forma de narrar lo extraño. Su obra fantástica no se limita a una serie de cuentos memorables, sino que marca el inicio de una sensibilidad nueva: lo inquietante en lo cotidiano, lo siniestro en lo familiar y lo espectral en la propia mente.

Hoffmann fue, como buen romántico alemán, un artista total. Jurista de profesión, dibujante, músico y compositor por vocación, crítico temido y narrador incansable, llevó siempre una doble vida. Esa tensión entre la severidad de su oficio en los tribunales y la efervescencia artística en las noches berlinesas o dresdenses alimentó un imaginario en el que la realidad nunca está completa, siempre atravesada por lo que se esconde tras la superficie.

El Romanticismo alemán fue el caldo de cultivo ideal: un movimiento que aspiraba a unir arte, filosofía y vida, y que buscaba en lo misterioso y lo infinito un espejo de lo humano. Hoffmann compartió generación con Novalis, Tieck y los hermanos Schlegel, pero a diferencia de ellos llevó la sensibilidad romántica a su extremo más oscuro y perturbador. Si Novalis soñaba con lo absoluto y lo trascendente, Hoffmann se adentraba en las calles nocturnas de las ciudades, en los salones iluminados por lámparas, en los recuerdos infantiles que se deforman y vuelven como pesadillas.

Una poética de lo inquietante

Lo fantástico en Hoffmann no es una fuga hacia castillos medievales ni ruinas góticas al estilo inglés, sino una irrupción en lo cercano. Lo extraño se abre paso en la vida moderna, en la ciudad, en los vínculos afectivos y en la memoria. Ahí reside su novedad: el terror ya no depende de fantasmas externos, sino de las grietas internas de la conciencia y de la fragilidad de lo real.

Sus obsesiones son múltiples y constantes:

  • El doble y el yo escindido.
  • El autómata, lo mecánico que suplanta a lo humano.
  • La música, como lenguaje de lo inexpresable.
  • Lo grotesco, mezcla de risa y espanto.
  • Lo siniestro, aquello familiar que se vuelve extraño, un siglo antes de que Freud lo definiera.

En sus relatos, la frontera entre vigilia y sueño se difumina, los objetos cobran vida, la razón se descompone y el amor se convierte en obsesión enfermiza. Todo ello narrado con una prosa irónica y elegante, capaz de alternar lo lírico y lo macabro en pocas líneas.

Nocturnos: el corazón oscuro

Publicado en 1816–1817, Nocturnos (Nachtstücke) reúne ocho relatos que condensan la faceta más oscura de Hoffmann. El título, tomado de la música —composiciones para la noche, íntimas y perturbadoras—, define a la perfección su tono: cuentos donde lo siniestro se insinúa en lo cotidiano y donde cada escena parece suceder en el límite entre el sueño y la vigilia.

  • El hombre de arena (Der Sandmann)

    La obra maestra de Hoffmann y uno de los relatos fundacionales de lo fantástico moderno. Nathanael, marcado desde niño por el miedo al siniestro “hombre de arena”, cree descubrirlo años después en la figura del misterioso Coppelius. Su obsesión lo lleva a enamorarse de Olimpia, una joven “perfecta”. La historia mezcla el miedo infantil, el tema del doble y la frontera entre lo humano y lo mecánico. Freud tomó de aquí su concepto de lo siniestro (Unheimlich). La fuerza del cuento está en que nunca sabemos si asistimos a hechos reales o al delirio paranoico del protagonista.

  • Ignaz Denner

    Una de las narraciones más macabras y vibrantes. Denner, personaje demoníaco, ejerce un poder hipnótico y destructivo sobre quienes lo rodean, como si fuera la encarnación misma del mal. Con ecos de leyendas de pactos diabólicos, el relato se adentra en un mundo de supersticiones y violencias que parece anticipar a los grandes villanos de la literatura gótica.

  • La casa deshabitada (Das öde Haus)

    Aquí lo gótico se traslada a la ciudad. Un narrador se obsesiona con una casa misteriosa que lo atrae con fuerza irresistible. Hoffmann convierte lo urbano en escenario espectral, demostrando que lo fantástico no necesita de ruinas medievales: basta con una fachada en penumbra, una ventana iluminada, una obsesión que crece hasta rozar la locura.

  • El mayorazgo (Das Majorat)

    Relato de herencias, linajes y castillos sombríos, en el que resuenan los ecos del gótico inglés, pero filtrados por la mirada irónica de Hoffmann. El misterio del mayorazgo, más que intriga de propiedades, es metáfora de lo inevitable: la imposibilidad de escapar de un destino que se impone sobre los personajes.

  • La iglesia jesuita de G. (Die Jesuiterkirche in G.)

    Relato fascinante donde lo religioso se convierte en fuente de inquietud. Ambientado en una iglesia barroca, cargada de imágenes y retablos, el narrador se ve atrapado en una experiencia perturbadora en la que la arquitectura parece viva y los símbolos sagrados adquieren un aire siniestro. Hoffmann transforma el espacio de la fe en un escenario de visiones y presencias que rozan lo sobrenatural. Aquí lo fantástico no surge de lo grotesco, sino de lo espiritual deformado: lo sagrado que, al intensificarse, se vuelve inquietante.

El resto de Nocturnos completa el mosaico:

  • El corazón de piedra, quizá el más flojo del volumen, de tono simbólico pero menos logrado que los anteriores.
  • El sanctus, que indaga en la perturbación que puede producir lo religioso.
  • El voto, teñido de fatalidad y superstición.

En conjunto, Nocturnos muestra la cara más oscura del Romanticismo, un catálogo de obsesiones donde se fragua lo que entendemos por literatura fantástica moderna.

Otros relatos esenciales

La obra de Hoffmann, sin embargo, no se agota en Nocturnos. Su imaginación abarca desde lo grotesco humorístico hasta lo lírico-poético, pasando por lo macabro.

  • El caldero de oro (Der goldene Topf, 1814)

    Considerado su relato más perfecto, contrapunto luminoso a sus obras más oscuras. En Dresde, un estudiante entra en contacto con un mundo mágico paralelo lleno de visiones poéticas y criaturas maravillosas. Aquí lo fantástico no produce miedo, sino asombro: es la irrupción de lo maravilloso en lo cotidiano, una celebración de la imaginación romántica.

  • Los autómatas (Die Automate, 1814)

    Una pieza fascinante sobre ingenios mecánicos que parecen tener vida. Hoffmann explora el límite entre máquina y ser humano, anticipando un motivo que recorrerá toda la ciencia ficción posterior: ¿qué significa ser humano cuando una máquina puede imitarnos?

  • El magnetizador (Der Magnetiseur, 1814)

    Basado en el mesmerismo, indaga en la sugestión hipnótica y el poder sobre la voluntad ajena. Es uno de los primeros relatos en los que lo “científico” se confunde con lo sobrenatural, y muestra la fascinación romántica por los estados alterados de conciencia.

  • Los elixires del diablo (Die Elixiere des Teufels, 1816)

    Novela en forma de memorias de un monje atormentado. Aquí Hoffmann despliega su obsesión por el doble y la identidad escindida. El protagonista, perseguido por sus propios desdoblamientos, se enfrenta a la imposibilidad de reconciliar razón y deseo. Una obra desmesurada y alucinada, que influyó en todo el Romanticismo posterior.

  • El consejero Krespel (Rat Krespel, 1818)

    Una de sus narraciones más singulares. Krespel, excéntrico y obsesionado con la música, construye violines y vive absorbido por su pasión artística. El relato mezcla humor, locura y extrañeza, y confirma el lugar de la música como tema central en Hoffmann.

  • El reflejo perdido (Die Geschichte vom verlorenen Spiegelbild, 1814)

    Relato simbólico en el que un hombre pierde su reflejo y con él su identidad. La imagen especular, tan íntimamente ligada al yo, se convierte en metáfora de la alienación moderna.

A estos habría que añadir otros como Las minas de Falun, Opiniones del gato Murr o El cascanueces y el rey de los ratones, que muestran la diversidad de registros del autor: desde la fábula inquietante a la sátira grotesca.

Un legado interminable

La influencia de Hoffmann ha sido inmensa. Poe lo leyó con atención y heredó de él la mezcla de terror y obsesión psicológica. Baudelaire lo tradujo y lo consideraba un maestro. Freud encontró en El hombre de arena el ejemplo perfecto para su teoría de lo siniestro. Kafka comparte con él la visión de un mundo cotidiano atravesado por fuerzas incomprensibles y Dostoyevski, lo consideraba una gran influencia en la creación de retratos psicológicos.

Su sombra se extiende también a otras artes. Schumann compuso la obra para piano Kreisleriana (1838), mientras que Offenbach compuso la ópera Los cuentos de Hoffmann (1881), basada en varios de sus relatos. Tchaikovsky inmortalizó El cascanueces en su célebre ballet. Y el cine lo ha reinterpretado en múltiples versiones.

Por qué leer a Hoffmann hoy

Volver a Hoffmann no es solo un ejercicio de arqueología literaria, sino un recordatorio de que lo fantástico sigue latiendo en lo cotidiano. Sus relatos nos muestran que lo extraño no está en un castillo lejano, sino en la propia calle, en la casa vecina, en el amor que se convierte en obsesión, en el reflejo que nos devuelve el espejo.

Leerlo es volver a descubrir que la realidad es más frágil de lo que creemos y que basta un pequeño desajuste para que el mundo se tambalee. Esa es la herencia de Hoffmann: enseñarnos a desconfiar de lo evidente, a mirar con otros ojos lo que damos por seguro, a sospechar que, tras lo familiar, siempre acecha lo extraño y lo imposible.

En español existen varias ediciones con las obras de Hoffmann.
Entre ellas yo destacaría la edición de Alianza de Nocturnos, la recopilación con casi todos los cuentos del autor de Cátedra en su colección Biblioteca Avrea y la edición de Valdemar de Los elixires del diablo.

 

Otros cinco relatos que deberías leer

Como la primera entrega de relatos recomendados, tuvo tan buena acogida aquí te traigo una segunda parte. Los de hoy tienen en su mayoría tintes un tanto oscuros, así que si te gustan este tipo de historias, seguro que los disfrutas.
Y por cierto, estaré encantado de recibir tus comentarios al respecto y sobre todo, que me descubras tus relatos favoritos. Un saludo.

 

El Horla

Guy de Maupassant es uno de los grandes cuentistas de todos los tiempos y El Horla es una de sus mejores creaciones, si no la mejor. Un terrorífico relato construido a modo de diario, en el que el protagonista nos habla de unos sucesos extraños que le vienen ocurriendo desde hace tiempo y que le perturban en extremo. Al parecer cuando Maupassant lo escribió era objeto de alucinaciones debidas a su gradual e inexorable descenso a la locura. Hay dos versiones, la segunda que es la mejor la puedes leer aquí.

 

La nariz

Nikolai Gógol ocupa un lugar preferente en la historia de la literatura rusa. Una de sus creaciones más famosas es La nariz, un relato surrealista y absurdo en el que el autor destruye la lógica que impera en la literatura fantástica para crear una pequeña obra maestra imprevisible y muy cómica. Se dice que es una sátira del aparato burocrático ruso de la época, aunque yo no estoy tan seguro, ya que creo que hay otros niveles de interpretación más profundos. Léelo aquí.

 

Tripas

Se cuenta que cuando Chuck Palahniuk estaba de promoción de su libro Fantasmas, solía leer en voz alta este relato a la audiencia provocando decenas de desmayos. Puede ser verdad o tan solo un truco promocional para incrementar las ventas, pero lo cierto es que este relato podría llegar a crear ese efecto en personas sensibles, ya que lo que comienza como una historia cómica, acaba siendo algo bastante terrorífico y desagradable. Lo interesante es la construcción del relato, ya que el autor nos hace pasar de un estado al otro casi sin darnos cuenta y eso es muy difícil de conseguir. Léelo aquí… si te atreves.

 

Los sueños en la casa de la bruja

Terror y ciencia ficción se aúnan en este relato de H. P. Lovecraft para crear una auténtica obra maestra del género. Aquí encontraremos brujería, atmósferas opresivas, seres grotescos y una bruja fugada de los juicios de Salem que se mueve a sus anchas por el hiperespacio. Una de las claves de que el terror de este relato sea tan efectivo, es que se desarrolla en un espacio tan minúsculo como inabarcable y esta paradoja es la que presenta la posibilidad más aterradora al lector que se deje llevar a los mundos creados por el solitario de Providence. Puedes leerlo aquí.

 

Minority Report

Este relato de ciencia ficción escrito por Philip K. Dick en 1956, trata de una organización que predice crímenes con la ayuda de tres mutantes y gracias a eso puede detener a los potenciales criminales antes de que cometan el delito. Pero no todo es tan fácil como parece, las implicaciones morales y filosóficas de esta actividad pueden ser cuestionables… Minority Report es un trepidante relato cargado de acción que fue llevado al cine por Steven Spielberg en 2002 y, aunque la película está muy bien, se aleja un poco de la historia tramada por Dick, pero creo que ambas se podrían considerar como historias complementarias. Léelo aquí.

 

 

 

 

 

 

 

Una rosa para Emily – William Faulkner

Una rosa para Emily fue el primer relato publicado por William Faulkner, apareció en 1930 en el magazine The Forum. Es un claro exponente del gótico sureño, con algunas reminiscencias del estilo macabro de E. A. Poe. Es una historia ambientada en Jefferson, la capital del ficticio condado de Yoknapatawpha, donde transcurren la mayoría de la ficciones del escritor norteamericano.

Este relato fue lo primero que leí de Faulkner hace ya unos cuantos años y fue toda una revelación, recuerdo que me encantó la cadencia y la manera de contar la historia. Ese ritmo lento y pegajoso que te introduce en el ambiente de esa pequeña ciudad sureña, atrapada entre la modernidad y las rancias tradiciones de antes de la guerra civil, que parecen no querer abandonar. El personaje de Emily Grierson es un claro exponente de ese pasado que persiste y que lo impregna todo. Un personaje peculiar, altivo, desconectado de la realidad y del progreso, que vive en su propio mundo y que se resiste con vehemencia a cualquier tipo de cambio.

El relato también es interesante porque en muy pocas páginas, el autor nos ofrece un muestrario de las costumbres y códigos de conducta de la sociedad sureña de la época y también nos habla de los efectos de la soledad y de la locura. Además la maestría de Faulkner introduce la dosis justa de suspense para llevarnos de la mano hasta el final. En resumen, un relato magnífico y una buena manera de aproximarse a un escritor con fama de difícil.

 

Una rosa para Emily

I

Cuando murió la señorita Emily Grierson, todo nuestro pueblo fue a su funeral: los hombres por una especie de respetuoso afecto hacia un monumento caído, las mujeres sobre todo por la curiosidad de ver el interior de su casa, que nadie, excepto un viejo criado —mezcla de jardinero y cocinero— había visto, por lo menos, en los últimos diez años.

Era una casa de madera, grande, más bien cuadrada, que alguna vez había sido blanca; estaba decorada con cúpulas, agujas y balcones con volutas, según el airoso y pesado estilo de los setenta. Se ubicaba en la que antiguamente fue nuestra mejor calle, después invadida por talleres y limpiadoras de algodón que se inmiscuyeron e hicieron caer en el olvido incluso los apellidos más ilustres de ese vecindario. Sólo la casa de la señorita Emily seguía alzando su obstinada y coquetona decadencia por encima de los camiones de algodón y las bombas de gasolina —un adefesio entre adefesios. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los que otrora portaran aquellos ilustres apellidos en el lánguido cementerio de cedros, donde yacían entre las tumbas, ordenadas en filas y anónimas, de los soldados de la Unión y la Confederación que cayeron en la batalla de Jefferson.

En vida, la señorita Emily había sido una tradición, una preocupación y un deber; algo así como una obligación hereditaria que recayó sobre el pueblo desde aquel día de 1894 en que el coronel Sartoris, el alcalde —quien creó el decreto por el cual ninguna mujer negra podría salir a la calle sin un delantal— le condonó el pago de impuestos desde la muerte de su padre y a perpetuidad. No era que la señorita Emily hubiera aceptado una obra de caridad. El coronel Sartoris inventó una complicada historia según la cual el padre de ella había prestado dinero al pueblo, dinero que la comunidad, por cuestiones financieras, prefería pagarle de esta manera. Sólo un hombre de la generación y con la mentalidad del coronel Sartoris podría haber inventado algo así, y sólo una mujer podría haberlo creído.

Este acuerdo generó cierto descontento cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, llegó a la alcaldía y al Consejo. El primer día del año le enviaron por correo una notificación del pago de impuestos. Llegó febrero y aún no había respuesta. Le escribieron un oficio para pedirle que se presentara en la oficina del alguacil en cuanto le fuera posible. Una semana después, el alcalde mismo le escribió, ofreciéndose a visitarla o enviarle su coche y recibió como respuesta una nota escrita en un papel de apariencia anticuada, con caligrafía fina y fluida y tinta desvanecida, en la que la señorita Emily le decía que ya no salía nunca. También incluía la notificación del pago de impuestos, sin comentario alguno.

Convocaron a una junta especial de concejales. Una delegación fue a buscarla y tocó la puerta por la que ningún visitante había pasado desde que ella dejó de dar clases de pintura en porcelana ocho o diez años antes. El viejo negro los guió hacia un oscuro vestíbulo, desde donde ascendía una escalera que se adentraba en una oscuridad todavía más profunda. Olía a polvo y desuso —un olor a encierro, a humedad. El negro los condujo a la sala, donde había pesados muebles de piel. Cuando él abrió las persianas de una ventana, pudieron ver las grietas en la piel de los muebles y al sentarse, un ligero polvillo se elevó perezosamente alrededor de sus muslos, girando con lentas motas a la luz del único rayo de sol. En un caballete dorado deslustrado que se encontraba frente a la chimenea, se erigía un retrato al carbón del padre de la señorita Emily.

Se levantaron cuando ella entró —una mujer pequeña y gorda, vestida de negro, con una delgada cadena de oro que descendía hasta su cintura y desaparecía en su cinturón. Se apoyaba en un bastón de ébano con cabeza de oro deslustrado. Su esqueleto era pequeño y enjuto; quizás por eso lo que en otra persona hubiera sido simple gordura, en ella era obesidad. Se veía hinchada y con el mismo color pálido que un cuerpo sumergido por mucho tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las protuberancias que formaban los pliegues de su cara, parecían dos pequeños carbones presionados en un bulto de masa que se movían de una cara a otra mientras los visitantes explicaban el motivo de su visita.

Ella no los invitó a sentarse. Solamente se paró bajo el marco de la puerta y escuchó en silencio hasta que el hombre titubeó y se detuvo. Entonces ellos pudieron escuchar el tictac del invisible reloj que colgaba de la cadena de oro.

Su voz era seca y fría. “Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. El coronel Sartoris me lo explicó. Quizás alguno de ustedes pueda tener acceso a los registros de la ciudad y comprobarlo por sí mismo.”

“Ya lo hicimos. Somos las autoridades de la ciudad, señorita Emily. ¿No recibió una notificación del alguacil, firmada por él mismo?”

“Sí, recibí un papel —dijo la señorita Emily—. Quizás él se cree el alguacil… Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.”

“Pero, verá usted, no hay ningún registro que lo demuestre. Debemos seguir…”

“Vean al coronel Sartoris. Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.”

“Pero, señorita Emily…”

“Vean al coronel Sartoris. (El coronel Sartoris había muerto hacía casi diez años.) Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. ¡Tobe! —el negro apareció—. Muéstrale a los caballeros dónde está la salida.”

II

Así que los venció, por completo, tal y como había vencido a sus antepasados treinta años atrás en relación con el olor. Eso fue dos años después de la muerte del padre de la señorita Emily y poco después de que su enamorado —el que todos creíamos que la desposaría— la abandonara. Después de la muerte de su padre ella salía muy poco; después de que su novio se fue, ya no se le veía en la calle en lo absoluto. Algunas damas tuvieron la osadía de buscarla pero no las recibió, y la única señal de vida en el lugar era el negro —joven entonces— que salía y entraba con la canasta del mercado.

“Como si un hombre —cualquier hombre— pudiera llevar una cocina adecuadamente”, decían las damas. Así que no se sorprendieron cuando surgió el olor. Fue otro vínculo entre el mundo ordinario, terrenal, y los encumbrados y poderosos Grierson.

Una vecina se quejó con el alcalde, el juez Stevens, de ochenta años de edad.

“¿Pero qué quiere que haga al respecto, señora?”, dijo.

“Bueno, mande a alguien a decirle que lo detenga —dijo la mujer—. ¿Acaso no hay leyes?”

“Estoy seguro de que no será necesario —dijo el juez Stevens—. Probablemente sea solamente que su negro mató una víbora o una rata en el jardín. Hablaré con él al respecto.”

Al día siguiente recibió dos quejas más, una de ellas de un hombre que le dijo con tímida desaprobación: “De verdad debemos hacer algo al respecto, juez. Yo sería el último en molestar a la señorita Emily, pero debemos hacer algo.” Esa noche el Consejo se reunió —tres hombres con barbas grises y un hombre más joven, miembro de la nueva generación.

“Es simple —dijo este último—. Enviémosle un aviso para que limpie su propiedad. Le damos un plazo para hacerlo y si no lo hace…”

“Por Dios —dijo el juez Stevens—, ¿acusaría a una dama de oler mal en su propia cara?”

Así que la noche siguiente, después de media noche, cuatro hombres cruzaron el jardín de la señorita Emily y se escabulleron en la casa como ladrones, husmeando a lo largo del basamento de ladrillo y los huecos del sótano mientras uno de ellos hacía un movimiento regular con el brazo, como de sembrador, sacando algo de un saco que colgaba de su hombro. Rompieron la puerta del sótano y espolvorearon cal ahí y en todo el exterior de la casa. Cuando cruzaron de nuevo el jardín, una ventana que había estado apagada estaba ahora iluminada y se podía ver a la señorita Emily sentada, con la luz detrás de ella y la parte superior de su torso inmóvil como la de un ídolo. Se deslizaron silenciosamente a través del césped hacia la sombra de las acacias que bordeaban la calle. Después de una semana o dos el olor desapareció.

Eso fue cuando la gente ya había comenzado a sentir verdadera pena por ella. El pueblo recordaba cómo la anciana Wyatt, su tía abuela, se había vuelto completamente loca y creía que los Grierson se sentían más importantes de lo que realmente eran. Ningún joven era lo suficientemente bueno para la señorita Emily y su familia. Habíamos pensado durante mucho tiempo en ellos como si fueran un cuadro, la delgada figura de la señorita Emily en el fondo y la figura de su padre al frente, con la espalda vuelta hacia ella y sujetando un látigo, ambos enmarcados por la puerta principal abierta. Así que cuando ella cumplió treinta años y aún era soltera, no fuimos precisamente complacidos, sino vengados; incluso con la locura de su familia, ella no hubiera rechazado todas sus oportunidades si éstas se hubieran materializado de verdad.

Cuando su padre murió, se rumoraba que la casa fue todo lo que le dejó, y de alguna forma, la gente estaba contenta por ello. Finalmente podrían compadecerse de la señorita Emily. Al quedar sola y pobre, se había humanizado. Ahora también ella sabría lo que eran la desesperación y el temor de tener un centavo de más o de menos.

El día siguiente a la muerte de su padre, todas las damas se prepararon para ir a su casa y ofrecer sus condolencias y ayuda, como es nuestra costumbre. La señorita Emily las encontró en la puerta, vestida como siempre y sin señal alguna de aflicción en el rostro. Les dijo que su padre no estaba muerto. Lo hizo durante tres días, con todo y que los ministros y los doctores la buscaban tratando de persuadirla para deshacerse del cuerpo. Justo cuando iban a recurrir a la ley y la fuerza, ella tuvo una crisis y ellos enterraron a su padre rápidamente.

Entonces no decíamos que estaba loca. Creíamos que tenía que hacer lo que hizo. Recordábamos a todos los jóvenes que su padre había ahuyentado y sabíamos que, ahora que nada le quedaba, tendría que aferrarse a quien la había robado, como cualquiera en su lugar lo haría.

III

Estuvo enferma durante mucho tiempo y cuando volvimos a verla, se había cortado el cabello, lo que la hacía parecer una niña, con un ligero parecido a esos ángeles de los vitrales de las iglesias —entre trágicos y serenos.

El pueblo acababa de aceptar los contratos para pavimentar las aceras y las obras comenzaron en el verano que siguió a la muerte de su padre. La compañía de construcción llegó con negros y mulas, maquinaria y un capataz llamado Homer Barron, yanki —un hombre grande, de piel oscura, vivaz, con una voz fuerte y ojos más claros que su rostro. Los niños lo seguían en grupos para escucharlo maldecir a los negros y a éstos cantar al compás con que subían y bajaban los picos. Muy pronto Homer Barron conocía ya a todo el pueblo. Siempre que se escuchaban risas en algún lugar de la plaza, él estaba en el centro del grupo. Poco tiempo después comenzamos a verlo con la señorita Emily las tardes de domingo, conduciendo su coche con ruedas amarillas y el par de caballos bayos de la caballeriza.

Al principio nos dio gusto que la señorita Emily estuviera interesada en alguien, porque todas las damas decían: “Por supuesto, una Grierson no tomaría en serio a un obrero del norte.” Pero otros, mayores, afirmaban que ni siquiera la aflicción podría hacer que una verdadera dama olvidara la noblesse oblige —sin llamarla exactamente noblesse oblige. Solamente decían: “Pobre Emily. Su familia debería visitarla.” Ella tenía algunos parientes en Alabama; pero años atrás su padre se había peleado con ellos por la herencia de la anciana Wyatt, la loca, y ya no había comunicación entre las dos familias. Ni siquiera habían enviado a alguien en su representación al funeral.

Y tan pronto como los ancianos dijeron “Pobre Emily”, los rumores comenzaron. “¿Crees que sea cierto? —se decían entre ellos—. Por supuesto que sí. ¿Qué más podría…?” Lo decían a sus espaldas; y el susurro de la seda y el raso detrás de las persianas cerradas bajo el sol de la tarde de domingo conforme sonaba el rápido clop-clop-clop de los caballos: “Pobre Emily.”

Ella llevaba la frente muy en alto —incluso cuando creíamos que había caído. Era como si demandara más que nunca el reconocimiento de su dignidad como la última Grierson; como si ese toque de desenfado reafirmara su impenetrabilidad. Como cuando compró el veneno para ratas, el arsénico. Eso sucedió un año después de que comenzaran a decir “Pobre Emily”, durante la visita de sus dos primas.

“Quiero un veneno”, dijo al droguero. Entonces ya rebasaba los treinta, era aún una mujer delgada, aunque más delgada de lo normal, con ojos negros, fríos y arrogantes, en una cara con la piel estirada sobre las sienes y alrededor de los ojos, como uno imaginaría que debe verse la cara de un guardafaros. “Quiero un veneno”, dijo.

“Sí, señorita Emily. ¿De qué tipo? ¿Para ratas y cosas por el estilo? Le recomiendo…”

“Quiero el mejor que tenga. No me importa de qué tipo sea.”

El droguero mencionó varios. “Matarían hasta a un elefante. Pero lo que quiere es…”

“Arsénico —dijo la señorita Emily—. ¿Ése es bueno?”

“¿Arsénico?… Sí, señora. Pero lo que usted quiere…”

“Quiero arsénico.”

El droguero bajó la mirada. Ella lo miró, muy erguida, con el rostro como una bandera tirante. “Bueno, por supuesto —dijo el droguero—. Si eso es lo que desea. Pero la ley exige que diga para qué va a usarlo.”

La señorita Emily sólo lo miró, con la cabeza inclinada hacia atrás para verlo a los ojos, hasta que él desvió la mirada, fue por el arsénico y lo envolvió. El repartidor, un niño negro, le llevó el paquete; el droguero no volvió. Cuando ella abrió el paquete en su casa, estaba escrito sobre la caja, debajo del símbolo de la calavera y los huesos cruzados: “Para ratas.”

IV

Así que al día siguiente todos dijimos “Va a suicidarse”; y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando se le había comenzado a ver con Homer Barron, habíamos dicho “Se casará con él”. Luego dijimos “Todavía puede convencerlo”, porque el mismo Homer había puntualizado que él no era para casarse, le gustaba alternar con hombres y se sabía que bebía con los jóvenes en el Club de Elk. Después dijimos “Pobre Emily” detrás de las persianas, cuando pasaban por la tarde de domingo en el brillante coche, la señorita Emily con la frente en alto y Homer Barron con el sombrero ladeado y un puro entre los dientes, tomando las riendas y el látigo entre sus guantes amarillos.

Luego algunas damas comenzaron a decir que era una desgracia para el pueblo y un mal ejemplo para los jóvenes. Los hombres no querían intervenir, pero finalmente las damas forzaron al pastor de la iglesia bautista —la familia de la señorita Emily pertenecía a la iglesia episcopal— a que hablara con ella. Él nunca habría de decir qué pasó durante la entrevista, pero se negó a regresar. Al domingo siguiente ellos pasaron de nuevo por las calles y el lunes la esposa del ministro le escribió a los parientes de la señorita Emily en Alabama.

De modo que de nuevo tenía parientes bajo su techo y nosotros esperamos para ver los acontecimientos. Al principio no sucedió nada. Luego estábamos seguros de que se casarían. Nos enteramos de que la señorita Emily había ido con el joyero y le había pedido un juego de tocador de plata para hombre, con las letras H.B. grabadas en cada pieza. Dos días después nos enteramos de que había comprado un juego completo de ropa de hombre, incluyendo un camisón para dormir. Entonces dijimos “Están casados”. De verdad estábamos contentos. Lo estábamos porque las dos primas eran aún más Grierson de lo que la señorita Emily había sido.

De modo que no nos sorprendió que Homer Barron se fuera —las obras en las calles habían terminado desde hacía algún tiempo. Nos desilusionó un poco que no hubiera una despedida pública, pero creíamos que él se había ido para preparar la llegada de la señorita Emily, o para darle la oportunidad de deshacerse de sus primas. (Para entonces ya era una conspiración y todos éramos aliados de la señorita Emily para ayudar a ahuyentar a las primas.) Efectivamente, después de una semana partieron. Y, como todos esperábamos, tres días después Homer Barron volvió al pueblo. Una vecina vio al negro recibiéndolo por la puerta de la cocina en la penumbra una noche.

Ésa fue la última vez que vimos a Homer Barron. También a la señorita Emily, por algún tiempo. El negro entraba y salía con la canasta del mercado, pero la puerta principal seguía cerrada. De vez en cuando la veíamos en la ventana por un momento, como cuando la vieron los hombres que esparcieron la cal, pero durante casi seis meses ella no se apareció en la calle. Entonces supimos que también esto era de esperarse; como si la personalidad de su padre, que había frustrado su vida de mujer tantas veces, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa como para morir.

Cuando volvimos a verla, había engordado y su cabello se estaba volviendo gris. Con los años se tornó gradualmente más gris hasta que llegó a ser de un gris acerado, entrecano parejo, y así permaneció. El día de su muerte a los setenta y cuatro años seguía siendo el mismo brioso gris acerado, como el cabello de un hombre activo.

A partir de entonces la puesta principal de su casa permaneció cerrada, excepto por un periodo de seis o siete años, cuando ella tenía alrededor de cuarenta años, durante el cual dio clases de pintura en porcelana. Acondicionó una de las habitaciones a manera de estudio en la planta baja y allí le enviaban a las hijas y nietas de los coetáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y el mismo espíritu con que las mandaban a la iglesia los domingos, con una moneda de veinticinco centavos para la canastilla de la limosna. Para entonces ya le habían condonado el pago de impuestos.

Entonces la nueva generación se volvió la columna vertebral y el alma del pueblo, las alumnas de pintura crecieron, se fueron y no enviaron a sus hijas con cajas de colores y tediosos pinceles e imágenes recortadas de las revistas para damas a la casa de la señorita Emily. La puerta principal se cerró por última vez detrás de la última alumna y permaneció cerrada para siempre. Cuando el pueblo tuvo correo gratuito, únicamente la señorita Emily se negó a dejarlos poner los números metálicos sobre su puerta y a instalar un buzón. Ella no los escuchaba.

Día con día, mes con mes, año con año, vimos al negro encanecer y encorvarse, entrando y saliendo con la canasta del mercado. Cada diciembre enviábamos a la señorita Emily una notificación para que pagara sus impuestos, notificación que regresaría por correo una semana después, sin haber sido abierta. De vez en cuando la veíamos en una de las ventanas de la planta baja —evidentemente, había cerrado el piso superior de la casa— como el torso tallado de un ídolo en un nicho, sin que supiéramos si nos veía o no. Así siguió de generación en generación —cercana, ineludible, impenetrable, impasible y perversa.

Y así murió. Se enfermó en la casa llena de polvo y de sombras, con sólo el negro senil para atenderla. Ni siquiera nos enteramos de que estaba enferma; hacía mucho que habíamos dejado de intentar obtener información del negro. Él no hablaba con nadie, quizás ni siquiera con ella, ya que su voz se había vuelto áspera y oxidada, como por el desuso.

Ella murió en una habitación de la planta baja, en una pesada cama de nogal con cortina, su cabeza gris apoyada en una almohada amarillenta y mohosa por el tiempo y la falta de luz del sol.

V

El negro recibió a las damas en la puerta principal, con sus cuchicheos silbantes y sus miradas furtivas y curiosas, y luego desapareció. Atravesó la casa, salió por la parte trasera y nadie volvió a verlo.

Las dos primas vinieron en seguida. Ellas organizaron el funeral al segundo día y recibieron al pueblo que venía a ver a la señorita Emily bajo un ramo de flores compradas, con la cara al carbón de su padre meditando profundamente por encima del ataúd, las damas repugnantes susurrando y los muy ancianos —algunos con sus uniformes de la Confederación recién cepillados— en el porche y el césped, hablando de la señorita Emily como si hubiera sido contemporánea suya, creyendo que habían bailado con ella y que quizás hasta la habían cortejado, confundiendo el tiempo y su progresión matemática, como le pasa a los ancianos, para quienes el pasado no es un camino que se estrecha, sino un vasto campo al que el invierno nunca toca, separado de ellos por el estrecho cuello de botella de la década más reciente.

Ya sabíamos que había una habitación en el piso de arriba que nadie había visto en cuarenta años, cuya puerta debería forzarse. Esperaron, sin embargo, hasta que la señorita Emily estuviera decentemente bajo tierra antes de abrirla.

La violencia al romper la puerta pareció llenar la habitación con un polvillo penetrante. Un paño delgado como el de la tumba cubría toda la habitación que es taba adornada y amueblada como para unas nupcias: sobre las cenefas de color rosa desvaído, sobre las luces rosas, sobre el tocador, sobre los delicados adornos de cristal y sobre los artículos de tocador de hombre, cubiertos con plata deslustrada, tan deslustrada que las letras estaban oscurecidas. Entre ellos estaba un cuello y una corbata, como si alguien se los acabara de quitar; al levantarlos, dejaron sobre la superficie una pálida medialuna entre el polvo. Sobre una silla estaba colgado el traje, cuidadosamente doblado; debajo de éste, los mudos zapatos y los calcetines tirados a un lado.

El hombre yacía en la cama.

Durante un largo rato nos quedamos parados ahí, contemplando aquella sonrisa profunda y descarnada. Parecía que el cuerpo había estado alguna vez en la posición de un abrazo, pero ahora el largo sueño que sobrevive al amor, que conquista incluso los gestos del amor, le había sido infiel. Lo que quedaba de él, podrido bajo lo que quedaba del camisón, se había vuelto inseparable de la cama en la que yacía, y la cubierta uniforme del paciente y eterno polvo cubría el cuerpo y la almohada a su lado.

Entonces nos dimos cuenta de que en la segunda almohada estaba la marca de una cabeza. Uno de nosotros levantó algo de ella e, inclinándonos hacia delante, con el débil e invisible polvo seco y acre en la nariz, encontramos un largo mechón de cabello color gris acerado.

– William Faulkner

 A Rose for Emily (1930).