Savatage – Hall of the Mountain King

Corría el año 1987 y Savatage se encontraban en una encrucijada. Después de dos discazos (Sirens y Power of the Night) y un magnífico EP (The Dungeons are Calling), que los había situado en lo más alto de la escena power/heavy metal norteamericana, habían dado un paso en falso con Fight for the Rock, su último disco dónde, presionados por su discográfica, habían coqueteado con el glam metal en busca de un éxito comercial que nunca llegó, dañando en el proceso parte de la credibilidad que tanto les había costado ganarse.

La banda tomó nota de esto y decidió salir a matar con su siguiente LP. Hall of the Mountain King es un disco brutal de heavy metal de la vieja escuela, lleno de riffs memorables, solos abrasivos, estribillos pegadizos y sobre todo, canciones magníficamente compuestas.
También supone el final de una etapa para Savatage, porque a partir de ese momento comenzarían a desarrollar un estilo más sinfónico y progresivo, que terminaría convirtiéndose en una de las señas de identidad de la banda.

El album fue grabado en los Record Plant Studios de New York, con la producción de Paul O’Neill, que consiguió un sonido paradójicamente crudo y pulido al mismo tiempo. El disco no suena sucio, pero tampoco está sobreproducido. Tiene una claridad enorme: cada instrumento ocupa su lugar y, sin embargo, conserva una agresividad casi física. Esa mezcla explica por qué el album sigue sonando tan fresco casi cuarenta años después.

Toda la banda está a un altísimo nivel, pero hay dos componentes que sobresalen sobre el resto. Criss Oliva brilla con luz propia, ya que su trabajo de guitarra es sin duda el eje central de Hall of the Mountain King. El sonido y los riffs de este álbum están entre los mejores que ha dado el heavy metal clásico. Aquí impera la música pegadiza y electrizante que invita a mover la cabeza y corear con el puño en alto. Sus solos virtuosos y melódicos, encajan en cada canción como la pieza faltante de un rompecabezas, pero sin eclipsar al resto de la música. Este album y el siguiente (Gutter Ballet), probablemente sean el momento álgido de Oliva, antes de su trágica muerte en 1993.

La interpretación vocal de Jon Oliva es insuperable, despliega un registro que se mueve entre lo gutural y el alarido desgarrador que encaja a la perfección con la agresividad melódica de este disco. Nunca fue el vocalista más dotado técnicamente, pero al igual que ocurre con Ozzy Osbourne, Dave Mustaine y tantos otros, nadie más habría encajado tan bien con la música de este álbum. Transmite una convicción absoluta en lo que canta; como si realmente creyera que más allá de la frágil estructura de la realidad, existe otra, más oscura y macabra poblada por terrores inimaginables.

Johnny Lee Middleton y Steve “Doc” Wacholz forman una base rítmica contundente y eficaz. Su trabajo siempre está al servicio de las canciones y nunca busca opacar a los hermanos Oliva, sino darles el terreno perfecto para que brillen. La batería de Wacholz sabe alternar potencia y contención según lo requiere cada tema, mientras que el bajo de Middleton aporta el cuerpo necesario para que los riffs de Criss Oliva suenen todavía más sólidos. Juntos mantienen en todo momento el equilibrio entre fuerza y claridad que caracteriza al álbum.

El disco abre con una triada demoledora que no hace prisioneros. El riff inicial de 24 Hrs. Ago te pilla por sorpresa y tu destino está sellado: quedas atrapado en las mazmorras del Rey de la Montaña durante los siguientes cuarenta minutos. Jon Oliva se desgañita como un poseso mientras su hermano Criss salpica todo el tema de solos incendiarios, hasta que, en el minuto 3:25, la canción se detiene por un instante para volver a arrancar con una sección más groovy y otra brillante exhibición de Criss Oliva.

Beyond the Doors of the Dark es el tema más oscuro del disco. Comienza con una intro que podrían haber firmado los Black Sabbath de la era Dio, para desembocar en un riff descomunal que nos arrastra cual Caronte cruzando el río Estigia. La voz de Jon Oliva adquiere tintes dramáticos para dar voz a un personaje consumido por sus propios fantasmas. El doble bombo y los teclados terminan de envolver la canción en una atmósfera inquietante, antes de que Criss Oliva vuelva a demostrar por qué era uno de los guitarristas más innovadores de su generación.

El nivel no baja ni un ápice con Legions, un tema repleto de groove y con un estribillo que invita a ser coreado a pleno pulmón. Jon Oliva juega aquí con dos pistas de voz simultáneas, utilizando registros distintos que crean un efecto tan extraño como impactante. Sin embargo, lo que siempre me atrapa es el segundo solo de guitarra, ya que tiene una carga melódica y emocional extraordinaria. Es de esos solos que, por muchas veces que los escuches, siguen poniendo la piel de gallina.

Strange Wings recupera el lado más melódico que Savatage había explorado en Fight for the Rock, aunque esta vez con una personalidad mucho más definida. Su melodía recuerda inevitablemente a los Scorpions de los años ochenta y posee todos los ingredientes para haber sido un gran single. Un tema muy accesible que demuestra que la banda podía sonar comercial sin renunciar a su identidad. Le sigue Prelude to Madness, una reinterpretación metálica del célebre fragmento En la gruta del rey de la montaña, perteneciente a la música incidental de Peer Gynt, del compositor noruego Edvard Grieg. Este interludio es mucho más importante de lo que parece, ya que empieza a prefigurar el camino sinfónico que seguiría la banda a partir de su siguiente disco. Su introducción posee un aire marcial y amenazante que recuerda al Marte de Gustav Holst, antes de desembocar en la célebre melodía de Grieg y preparar el terreno para la locura que está a punto de desatarse con la canción que da título al disco.

Hall of the Mountain King es el corazón del álbum y el tema que mejor condensa todos los elementos que convirtieron a Savatage en una banda única. Riffs letales y pegadizos, ritmo machacón, interpretación teatral de Jon Oliva, solos relampagueantes, un puente que va acumulando intensidad y un estribillo que se te queda clavado en el cerebro para el resto de tu vida: “Madness reigns in the hall of the mountain king!” Como si todo esto fuera poco, la canción vino acompañada de un videoclip tan delirante como entrañable, convertido hoy en una pequeña pieza de culto para los seguidores de la banda.

The Price You Pay es probablemente el tema más cercano al heavy metal clásico del álbum y también uno de los más pausados, permitiendo a Criss Oliva desplegar todo su repertorio técnico con una colección de solos memorables. Como contrapunto, White Witch acelera el pulso con un auténtico puñetazo de speed metal repleto de grandes riffs y doble bombo. The Last Dawn actúa como un bellísimo interludio acústico que sirve de antesala a otro de los grandes clásicos de la banda: Devastation. Su riff principal parece salido directamente de un álbum setentero de Black Sabbath, mientras Jon Oliva vuelve a ofrecer una interpretación intensa y dramática sobre unas letras de marcado carácter apocalíptico. Lejos de bajar la intensidad, Savatage cierra el álbum con la misma energía con la que lo abrió, rematando así, una colección de canciones difícil de igualar.

Hall of the Mountain King representa la cima de Savatage y una de las grandes cumbres del heavy metal. Cuatro décadas después sigue teniendo una pegada increíble y no importa las veces que lo escuches: tarde o temprano regresarás a los dominios del Rey de la Montaña. Y cuando las puertas se cierren a tu espalda, recordarás por qué este disco sigue siendo una auténtica obra maestra.

Megadeth – Killing Is My Business… and Business Is Good!

Este pasado viernes fui con un par de colegas a ver a Megadeth en su gira de despedida. Fue una noche intensa, ruidosa y extrañamente emotiva. Antes del concierto estuvimos tomando algo y charlando de discos, conciertos y viejas historias, pero cuando las luces se apagaron y la banda apareció sobre el escenario, volví a sentirme como ese chaval que descubría fascinado las bandas con las que acabaría creciendo. Al final, llevo prácticamente media vida acompañado por toda esa música: canciones, discos y músicos que han terminado formando parte de mi propia historia.

Ver a Dave Mustaine y compañía tocar con esa intensidad más de cuarenta años después sigue siendo algo impresionante. Los años, las operaciones y el desgaste son visibles, claro, pero también lo es el entusiasmo de alguien que ayudó a construir un lenguaje musical propio y que todavía hoy sigue subiéndose a un escenario dispuesto a descargar riffs y solos como si estuviera en 1986.

El concierto acabó convirtiéndose en uno de esos rituales colectivos donde banda y público se retroalimentan constantemente. Miles de personas coreando riffs y estribillos mientras Megadeth dispara canción tras canción a un volumen demencial. Si has estado en uno ya sabes de lo que te hablo.

El setlist fue magnífico, aunque personalmente eché en falta algo más de material de la época thrash de los ochenta. Aun así, cayeron varias joyas de aquella era, entre ellas Mechanix, posiblemente una de las primeras composiciones importantes de Mustaine cuando todavía formaba parte de Metallica.

Y precisamente por eso hoy me apetecía hablar del disco con el que Megadeth y Dave Mustaine comenzaron realmente a construir el camino que terminaría convirtiéndolos en leyendas: Killing Is My Business… and Business Is Good!

En 1985 Megadeth era probablemente la banda underground más peligrosa y salvaje del planeta. Cuatro yonkis desatados componiendo canciones llenas de riffs imposibles, cambios de ritmo y tempos extraños. Aquí no hay baladas ni intención de sonar accesibles. Solo caos, violencia, odio, autodestrucción y una sed de venganza que atraviesa el disco entero.

Mustaine estaba completamente consumido por la rabia tras su expulsión de Metallica y quería demostrarle al mundo y a sus antiguos compañeros, que podían echarlo de una banda, pero no destruirlo. Toda esa furia terminó cristalizando en uno de los debuts más salvajes e incontrolables de la historia del metal.

La formación también era una anomalía fascinante. Dave Mustaine a la guitarra y voz, David Ellefson al bajo, Chris Poland como guitarra solista y Gar Samuelson a la batería. Mustaine y Ellefson eran metalheads obsesivos, mientras que Poland y Samuelson venían del jazz. Y esa mezcla extrañísima se escucha constantemente en las canciones.

De hecho, tanto este disco como el siguiente podrían definirse perfectamente como jazzy thrash metal. Había riffs agresivos y velocidad, sí, pero también una libertad rítmica y una sensación de caos improvisado que no tenía nada que ver con el resto de bandas de la época. Y lo más probable es que ni ellos mismos fueran conscientes de lo diferentes que sonaban.

Killing Is My Business… fue un despropósito absoluto de principio a fin. De hecho, lo verdaderamente increíble es que el disco llegara a grabarse.

La banda fue fichada por Combat Records después de escuchar su demo y recibió un presupuesto de 8000 dólares para grabar el álbum. El problema es que aproximadamente la mitad de ese dinero desapareció rápidamente entre drogas, alcohol y caos generalizado.

Con los 4000 dólares restantes tuvieron que improvisar soluciones desesperadas. La primera fue despedir al productor, un tal Jay Jones, al que Mustaine definió directamente como “un perdedor”. Después de eso, el propio Mustaine tuvo la genial idea de ponerse al mando de la producción junto al ingeniero de sonido Karat Faye, a pesar de no tener ninguna idea de como hacerlo.

¿Qué podía salir mal?

Pues casi todo salió mal. El disco suena como una patata, está mal producido y mezclado. El sonido es pobre y caótico, pero debajo de todo el lío musical, hay unas canciones increíbles y la interpretación de cuatro músicos tocando al límite y haciendo cosas que nadie había hecho hasta ese momento. Aún no lo sabían pero estaban redefiniendo el thrash metal.

Los músicos se pasaban el día colocados y Samuelson y Poland la mitad de los días ni siquiera aparecían por el estudio y cuando lo hacían estaban tan destrozados por la heroína que casi no podían ni tocar. Megadeth estaba al borde del desastre todos los días a todas horas y su futuro era más oscuro que el agujero más negro de la galaxia, por el que parecía que la banda se estaba deslizando cada vez más rápido. Pero a pesar de todo esto, lograron sacarlo delante.

Poland, Mustaine, Samuelson, Ellefson.

Imagina que estás en una sala de conciertos viendo a un pianista clásico reinterpretar la Tocata y fuga en re menor de Bach. Sus dedos se deslizan elegantemente sobre el teclado mientras el público escucha en absoluto silencio… hasta que, de repente, cuatro chavales melenudos con cara de asesinos irrumpen en el escenario y le dan una paliza tan salvaje que te duele hasta a ti. Eso es exactamente Last Rites/Loved to Deth, la canción que abre este disco imposible.

El riff principal es una patada directa en la cabeza: hiper rápido, caótico y aun así ejecutado con una precisión letal. La batería de Gar Samuelson durante los versos resulta extrañísima para la época. Alterna golpes de caja con acentos en los timbales, creando una sensación casi inestable antes de volver a acelerar y descargar doble bombo sin ningún tipo de misericordia.

El solo de Mustaine destila violencia pura. Aquí no hay elegancia ni virtuosismo limpio; parece más bien el sonido de alguien intentando arrancarle el mástil a la guitarra. Y cuando termina, aparece otro riff brutal y unas risas maníacas empiezan a surgir por todas partes, como si la canción hubiera perdido definitivamente la cabeza. Mientras tanto, Mustaine grita las letras como un poseso, narrando una perturbadora historia de desamor. Solo llevamos una canción y Megadeth ya nos ha destrozado el cerebro.

Le sigue Killing Is My Business… and Business Is Good!, el tema que da título al disco y una de mis canciones favoritas de todo el álbum. La letra está inspirada en el cómic The Punisher y cuenta la historia de un asesino a sueldo contratado para eliminar a un objetivo que, intentando salvar la vida, termina ofreciéndole más dinero para que mate a la persona que lo contrató originalmente. Como buena historia salida de la mente de Mustaine, todo termina de la peor manera posible.

Musicalmente el tema es una absoluta locura. Los riffs son retorcidos, caóticos y están llenos de pequeños cambios que hacen que la canción nunca termine de asentarse del todo. Los constantes cambios de ritmo convierten el tema en una maravilla para mover la cabeza mientras Samuelson vuelve a demostrar que probablemente era el batería más extraño y creativo de toda la primera generación del thrash metal.

Otro detalle genial son las voces de Mustaine. Grabó dos pistas distintas: una cantada y otra prácticamente hablada. Escucharlas simultáneamente le da a la canción una sensación todavía más enfermiza y desquiciada.

The Skull Beneath the Skin es otra auténtica barbaridad. El tema comienza con un solo de guitarra ascendente y siniestro que parece anunciar que algo horrible está a punto de ocurrir.

Los riffs cromáticos son técnicos, afilados y retorcidos, mientras la batería de Gar Samuelson vuelve a moverse con ese swing errático que hace que todo parezca permanentemente al borde del caos. Las transiciones son frenéticas, los cambios aparecen constantemente y los solos de Mustaine elevan todavía más el nivel de violencia del tema. Incluso Ellefson se marca un pequeño solo de bajo absolutamente brutal que añade todavía más tensión a la canción.

Las letras narran la creación de Vic Rattlehead, la mascota de la banda, mediante una especie de ritual grotesco de tortura y brujería. Todo en la canción desprende una sensación insana que la convierte, sin ninguna duda, en una de las grandes joyas de este disco.

Rattlehead es el tema más rápido y thrasher de todo el álbum. Aquí Megadeth pisa el acelerador hasta el fondo y decide no hacer prisioneros. La canción funciona prácticamente como un homenaje a los fans del metal extremo, aunque por aquel entonces seguramente ni la propia banda imaginaba que después de este disco el número de seguidores crecería de forma descomunal.

Los riffs son vertiginosos, la batería parece estar permanentemente al borde del colapso y los solos de Chris Poland rozan directamente lo imposible. Y digo imposible literalmente, porque cuando era niño sufrió un accidente que le dejó parcialmente dañado un tendón de la mano izquierda, permitiéndole estirar su dedo índice muchísimo más de lo normal y alcanzar posiciones que resultaban inalcanzables para la mayoría de guitarristas. El resultado es un estilo de tocar extraño, elástico y casi alienígena que encaja perfectamente con el caos técnico de los primeros Megadeth.

Si alguien te pregunta qué es el thrash metal y le pones esta canción, probablemente no necesite más explicaciones.

Las revoluciones bajan ligeramente con Chosen Ones, un tema con un clarísimo regusto a la NWOBHM y mucho más cercano al heavy metal clásico que el resto del disco… al menos hasta que la canción decide ponerse violenta justo antes del solo de Mustaine.

Es un tema que aporta contraste y deja muy claras las raíces metaleras de la banda más allá del caos thrash que domina el álbum. Ellefson brilla especialmente aquí gracias a unas líneas de bajo muy marcadas que sostienen toda la canción con muchísima personalidad.

Las letras están inspiradas en Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python, concretamente en la escena del conejo asesino. Humor delirante para un disco completamente delirante y, probablemente, una de las canciones más infravaloradas y desconocidas de toda la primera etapa de Megadeth.

Llegamos a la maravilla absoluta del disco: Looking Down the Cross. Un tema que rezuma oscuridad y maldad de principio a fin. También es la canción más extraña, ambiciosa y progresiva de todo el álbum y, probablemente, una de las composiciones más inusuales que podían encontrarse en el metal de mediados de los ochenta.

Las letras narran los pensamientos de Jesús durante la crucifixión y están inspiradas parcialmente por La última tentación de Cristo de Martin Scorsese. Solo Dave Mustaine podía escribir algo así en pleno 1985 mientras intentaba construir la banda más peligrosa del metal.

Musicalmente la canción es fascinante. En apenas cinco minutos Megadeth comprime una cantidad increible de ideas y cambios de atmósfera. Todo empieza de forma lenta, triste y siniestra, acompañado por un tapping de guitarra que suena casi fantasmal. Poco a poco la tensión va creciendo mientras Mustaine pasa de recitar las letras a escupirlas cada vez con más rabia y desesperación.

La intensidad instrumental sigue aumentando hasta desembocar en un clímax final donde parece que toda la banda está a punto de descarrilar violentamente. Pero, igual que ocurre durante todo el disco, nunca terminan de hacerlo. Siempre están al borde del desastre y precisamente ahí es donde nacen maravillas como esta.

Looking Down the Cross no solo es la mejor canción de este álbum; también es uno de los primeros momentos donde empiezan a verse claramente los mimbres del thrash técnico y progresivo que Megadeth desarrollaría más adelante.

Mechanix es otro asalto implacable y descontrolado. Aquí Mustaine escupe gran parte de la rabia acumulada contra sus antiguos compañeros de Metallica, ya que esta fue una de las canciones que compuso durante su etapa en la banda y que ellos transformarían posteriormente en The Four Horsemen tras expulsarlo.

Y sinceramente, es difícil no entender parte de ese resentimiento. No solo acababan de echarlo del grupo; también estaban utilizando material compuesto por él mientras intentaban convertirse en la banda más grande del thrash metal. Eso tuvo que ser devastador para Mustaine. Pero lejos de derrumbarse, terminó fundando una de las bandas más peligrosas y técnicamente salvajes de toda la historia del metal.

Mechanix es thrash puro y duro. La banda vuelve a pisar el acelerador hasta el fondo mientras Mustaine canta sobre ligar en una gasolinera. Sí, las letras de este disco son completamente delirantes y parecen pertenecer a universos distintos según la canción.

El tema avanza como una estampida descontrolada hasta desembocar en un solo final que funciona como la culminación perfecta de toda la violencia, el caos y la rabia acumulada durante el álbum.

Y por supuesto, y para terminar, no podía faltar otro disparate más: la versión aceleradísima y completamente desquiciada de These Boots, el clásico de Nancy Sinatra.

Mustaine decidió coger una canción pop de los sesenta, llenarla de velocidad, mala leche y cambiar parte de las letras para volverlas más vulgares y agresivas. El resultado fue tan absurdo que años después surgirían problemas legales y algunas reediciones eliminarían la canción y otras terminarían censurando partes de la canción con pitidos ridículos, como si el propio disco siguiera negándose a existir de forma normal décadas después de haber sido grabado.

Y sinceramente, cuesta imaginar un final más apropiado para un álbum tan anárquico como Killing Is My Business… Un disco que existe a pesar de su obstinación por autodestruirse.

La portada original del disco es otro despropósito maravilloso. Otra gran idea ejecutada de manera lamentable, muy en sintonía con absolutamente todo lo que rodeó este álbum.

Originalmente Mustaine había dibujado un boceto inspirado en las letras de The Skull Beneath the Skin y lo envió a la discográfica, pero alguien perdió el diseño y, a última hora, decidieron improvisar una portada deprimentemente cutre. El resultado fue esa calavera de plástico con una vela que parece sacada del atrezo de una película barata de la Hammer junto a un logo gótico gigantesco colocado sin demasiada delicadeza. Mustaine y compañía casi se desmayan cuando vieron la portada por primera vez, no se lo podían creer.

Por suerte, cuando el disco fue reeditado en 2002, Megadeth pudo recuperar parcialmente la idea original y publicar una portada mucho más cercana a lo que Mustaine y Ellefson habían imaginado desde el principio.

Todo esto parece otra prueba más de que Killing Is My Business… estaba condenado a no convertirse nunca en la versión perfecta de sí mismo. Pero quizá ahí resida precisamente su magia.

Porque a pesar del caos, de las drogas, de la producción desastrosa y de una banda que parecía al borde de implosionar cada día, el disco terminó convirtiéndose en el álbum más vendido de la historia de Combat Records hasta aquel momento. La gente se volvió completamente loca con Megadeth y poco después Capitol Records los ficharía para grabar su siguiente trabajo.

Killing Is My Business… and Business Is Good! quedará para siempre como el nacimiento de una de las bandas más importantes e influyentes de la historia del metal. Un grupo que sobrevivió a adicciones, pobreza, cambios de formación y autodestrucción constante gracias a una combinación casi irrepetible de pasión, técnica, intensidad y pura obstinación.

Y si hablamos de debuts thrash, probablemente este siga siendo el más peligroso y violento de todos. En 1985 nadie alcanzaba los niveles de locura, agresividad y caos técnico de Megadeth. Ni siquiera Exodus o Slayer.

Mustaine no regresó después de Metallica para sobrevivir. Regresó para devorar a todas las demás bandas. Y durante unos cuantos años, realmente lo consiguió.

Os dejo la versión remezclada de 2018, en la que se aprecia perfectamente la calidad de estos temas.

Black Sabbath – Mob Rules

Después del éxito de Heaven and Hell, Black Sabbath decidieron entrar al estudio otra vez para grabar su continuación y certificar así su resurrección en el mundo del metal. Y lo hicieron con otro puñetazo en la mesa: Mob Rules. Un disco que no tiene nada que envidiar a su predecesor y que en algunos momentos incluso lo supera.

Musicalmente este disco es un retorno a sus raíces oscuras, pero sin abandonar la senda melódica que habían iniciado con Heaven and Hell. Es un disco directo y cañero, pero también atmosférico.

Mob Rules fue el primer disco que grabó Vinny Appice en la batería tras la salida de Bill Ward durante la gira del anterior disco por problemas con el alcohol, el duelo por la muerte de sus padres y, como confesó años más tarde, porque no concebía la banda sin Ozzy cantando y se le hacía difícil subir al escenario todas las noches.

La verdad es que la elección de Appice fue muy acertada, ya que es un batería muy percusivo que se adapta bien a cualquier estilo. Su trabajo en Mob Rules es demoledor.
Dio parece mucho más asentado en la banda y su interpretación es aún mejor que en el anterior disco; su gran variedad de registros y sus letras fantásticas suben el nivel un peldaño más.

Iommi vuelve con sus riffs densos y oscuros. En este álbum su esencia se nota de manera aún más marcada y, en el apartado de los solos, continúa en modo guitar god, descargando un gran solo tras otro.
Geezer Butler nos regala su maestría habitual con el bajo, experimentando con efectos en algunas canciones. Trabajazo como siempre.

La banda decidió comprarse una casa-estudio propio para ahorrar dinero, pero al empezar a grabar el disco se dieron cuenta de que no conseguían sacar el sonido de guitarra que querían. Probaron en todas las partes de la casa y al final tuvieron que ir a un estudio profesional, después de haberse gastado un montón de dinero para nada. Muy típico de Sabbath.

Así que el álbum se acabó grabando en los Record Plant de Los Ángeles, otra vez bajo la supervisión y producción de Martin Birch, que en aquella época, al igual que algunos miembros de la banda, tenía serios problemas con las drogas. Aun así, y a pesar de todos los inconvenientes, consiguieron sacar adelante esta obra maestra con una producción limpia y muy contundente.

El enfoque de grabación, en esta ocasión, fue más grupal: la banda se dedicaba a hacer jam sessions y sacaban el material de manera orgánica y directa. Iommi recuerda que fue un proceso bastante extraño y que acabaron desechando un montón de buen material sin ningún motivo aparente. Me encantaría poder escuchar esas sesiones; tiene que haber oro.

Turn Up the Night es el primer disparo del disco, un tema de heavy ochentero rápido con Dio cantando como nunca y con unos solos pirotécnicos de Tony Iommi. Son destacables los que hace en el estribillo. Un gran inicio.

Le sigue Voodoo y aquí empieza el festival de riffs de Iommi. Un tema pegajoso que te hace mover la cabeza al ritmo de un Dio muy agresivo y un bajo serpenteante. Temazo.

The Sign of the Southern Cross es una de las joyas de este disco, un tema doom y pesado con otro riffazo de Iommi que avanza como un mastodonte machacando todo lentamente a su paso. También es destacable el inicio acústico y los efectos de bajo creando atmósfera. Mi canción favorita del álbum, sin duda.

E5150 es un interludio atmosférico que sirve para presentar el tema título. Como curiosidad sin fundamento, si traducimos los números del título a números romanos nos sale la palabra EVIL.

Le sigue The Mob Rules, otro puñetazo rápido y compacto, con otro riff brutal de Iommi (otro más, sí) que avanza en espiral. La batería tiene mucho groove y Dio se desgañita en su interpretación más agresiva. Temazo pegadizo. If you listen to fools…

Country Girl es otro medio tiempo contundente y pegadizo con… adivinad… efectivamente: más riffs brutales de Iommi. Y a estas alturas muchos de los que no conocéis a Black Sabbath os preguntaréis: ¿pero cuántos riffs buenos puede componer este tipo? Respuesta corta: Iommi nunca ha compuesto un riff malo; todos son nivel dios.

Seguimos con Slipping Away, un tema muy heavy y machacón donde resalta el duelo de solos de Iommi y Butler y que recuerda un poco a Led Zeppelin.

Falling off the Edge of the World comienza de manera dramática y desemboca en otro riff brutal marca de la casa que, junto con la batería de Appice y el bajo, nos lleva en volandas mientras Dio canta sobre el destino de los olvidados (el destino de todos en el fondo). Este tema es el otro gran clásico del disco.

Over and Over es la “balada doom” del disco, un tema pausado en el que Dio canta de manera emocional e Iommi nos ofrece grandes solos. Un gran cierre para un álbum de 10.

Muchos críticos dijeron en su momento que la banda había intentado hacer un Heaven and Hell Part 2, copiando la estructura del disco y de las canciones, y puede que en algunos momentos tengan razón. Pero el resultado final es otra obra maestra. Así que yo no lo veo como algo malo en este caso.

Black Sabbath saldría de gira aquel mismo año para presentar este álbum, en la que grabaron el directo Live Evil. Pero las grietas empezaron a aparecer en el seno de la banda y un año después Dio abandonaría el barco para iniciar su carrera en solitario, mientras que para Black Sabbath empezaría una era caótica que duraría toda la década de los 80 y parte de los 90, en la que por la banda pasarían un sinfín de músicos distintos y una mano negra haría que pasaran cosas muy raras.

A pesar de ello, Tony Iommi, que fue el único miembro constante, conseguiría componer algunos de los mejores discos de la historia del Heavy Metal.

Mob Rules queda como el testimonio de una banda que renació de sus cenizas y sus excesos y se reinventó para afrontar una década convulsa, pero muy fértil para el metal.

Black Sabbath – Heaven and Hell

Hay discos que aparecen de repente en una lista de reproducción y te obligan a detenerte. Esto me ha pasado esta mañana con Heaven and Hell. En cuanto empezó a sonar recordé por qué este álbum siempre me ha parecido uno de los grandes giros de timón de la historia del heavy metal.

Además recuerdo perfectamente el día que lo compré. Era una tarde fría, probablemente de finales de otoño de hace ya un par de décadas. Cogí un autobús para ir a una tienda de discos que estaba en un centro comercial cerca de donde hoy trabajo, aunque aquella tienda ya no existe.

Normalmente iba con una idea definida de lo que quería comprar, pero ese día no lo tenía nada claro, así que me puse a hablar con el dueño. Era un tipo que controlaba muchísimo y que me solía traer discos de importación, además de hacer muy buenas recomendaciones.

Me sugirió tres discos. Uno era el debut de Motörhead. Otro era Heaven and Hell. El tercero, curiosamente, ya no logro recordarlo. En mi memoria veo con bastante nitidez las portadas de los dos primeros sobre el mostrador, mientras que la tercera imagen se ha vuelto completamente nebulosa con los años.

Como ya conocía a Black Sabbath, decidí arriesgarme con este. En el trayecto de vuelta en autobús hice lo que hacía siempre: quitar el precinto y empezar a leer el libreto con curiosidad. Los créditos, el estudio, el productor… y por supuesto las letras. Era una parte divertida, porque cuando llegaba a casa ya tenía medio disco imaginado en la cabeza.

Recuerdo que lo puse en el equipo de mi cuarto y me senté en el escritorio, justo en el punto donde convergían los dos altavoces. El primer tema no me impactó demasiado en ese momento, pero el resto del disco sí. Me quedé impresionado con la voz de Dio y con el nuevo enfoque de la banda. Sonaba distinto a los Sabbath de los 70: más cercano al heavy metal ochentero, un estilo que yo no escuchaba demasiado por entonces porque estaba más metido en el thrash. Aun así, en la primera escucha ya me di cuenta de que estaba ante una obra maestra.

Y lo cierto es que el contexto de la banda en aquel momento hacía difícil imaginar un resultado así.

En 1979 las cosas no iban muy bien para Black Sabbath. Tras años de abusos de drogas y alcohol, problemas financieros, luchas con managers y el propio peso de la fama, la banda había llegado a un punto límite, aunque aún no lo sabían. El último disco —Never Say Die!— había sido un fiasco a nivel de crítica (un disco flojo y muy experimental, pero para nada malo) y en el seno del grupo cada uno iba a su bola, sumidos en sus adicciones.

La banda pasó once meses intentando componer material nuevo, pero el proceso se volvió interminable. Nada terminaba de fluir y la situación se volvió insostenible. Finalmente tomaron la dura decisión de echar a Ozzy, que estaba muy desconectado del resto y completamente quemado, y comenzaron la búsqueda de un nuevo cantante.

Sharon Arden, hija del entonces mánager de la banda Don Arden, sugirió a Ronnie James Dio, que acababa de abandonar Rainbow tras sus desavenencias con Ritchie Blackmore. Iommi le llamó y le invitó a pasar por su casa para asistir a una sesión de ensayo. Allí le mostraron algunas canciones a las que Dio empezó a poner letras prácticamente en el momento.
Ensayaron juntos… y de repente todo cobró sentido. El flujo creativo que llevaba meses bloqueado comenzó a desbordarse.

El resultado fue Heaven and Hell, un disco donde Black Sabbath se reinventan sin perder su esencia y, de paso, redefinen el género que ellos mismos habían creado una década antes.
Musicalmente el álbum no es tan oscuro como los anteriores. Tiene un toque más directo y melódico, cercano a la NWOBHM, con estructuras más definidas propias del heavy metal de los 80 y muy poca experimentación.

En cierto modo, Heaven and Hell funciona como un puente entre dos épocas: mantiene el peso y la identidad de los Sabbath de los 70, pero abre la puerta al heavy metal cañero y melódico que dominaría buena parte de los años 80.

La llegada de Dio fue clave. No solo aportó su versátil voz, sino también su imaginario: fantasía, mitología y ese tono épico y poético tan característico que atraviesa sus letras. Además, su forma de cantar permitió que la banda compusiera de otra manera, con más espacio para la melodía.
Mientras Ozzy Osbourne tendía a cantar siguiendo las guitarras y duplicando a menudo el riff vocalmente. Dio, con su formación operística, experimentaba más, componiendo melodías vocales complejas y sostenidas que a menudo iban sobre la instrumentación en lugar de seguirla, lo que definía un sonido más grande y polifónico. Su interpretación en este disco es sencillamente magistral.

Tony Iommi ofrece aquí sus riffs marca de la casa, aunque quizá algo menos sombríos que en los discos de los 70. A cambio, se destapa como un gran solista, desplegando algunos de los mejores solos de guitarra de sus carrera. Una faceta que hasta ese momento había pasado ciertamente desapercibida.

Bill Ward se adapta al nuevo enfoque del grupo y se le nota más contenido, trabajando claramente al servicio de las canciones, dejando un poco de lado sus improvisaciones más jazzísticas. Algo que tuvo que ser todo un reto para un batería tan anárquico como él.

Y Geezer Butler se sale directamente. Sus líneas de bajo están llenas de pequeños detalles que aportan una dimensión extra a todas las canciones.

La producción corrió a cargo de Martin Birch, que había trabajado con Deep Purple y Rainbow y que poco después produciría los discos más icónicos de Iron Maiden durante los años 80. Birch supo sacar lo mejor de Black Sabbath respetando su esencia, pero empujándolos a nuevos territorios. El sonido es nítido, contundente y muy equilibrado.

Neon Knights abre el disco con un riff rápido y muy rockero. Cuando entra la voz de Dio ya sabes que esto va en serio y que cualquier duda sobre si Black Sabbath podía existir sin Ozzy desaparece al instante. Neon Knights es pura intensidad melódica con potentes estribillos y buenos solos.

El delicado inicio acústico de Children of the Sea precede a una auténtica tormenta doom. La canción está construida para resaltar la melodía vocal de Dio más que los riffs de Iommi, y el contraste entre ambos funciona de maravilla, mientras Butler hace diabluras con su bajo. El estribillo y la parte previa al solo, con esos coros casi monásticos, ponen los pelos de punta. Temazo.

Lady Evil es un medio tiempo con mucho groove, muy bailable. Dio contaba que después de grabar las canciones solían ir a un club de striptease y les ponían los temas a las bailarinas: si ellas los bailaban, sabían que habían dado en la tecla. Los solos de Iommi abusando con estilo del pedal wah son magníficos.

El tema título quizá sea el más famoso del álbum. Musicalmente es un medio tiempo épico que avanza con ritmo marcial, mientras Dio declama su poesía hasta que todo explota y acelera. En esta canción todo es perfecto: riffs, voces, letras, melodías, solos llenos de delay… El final con esas guitarras acústicas clásicas es bellísimo y melancólico.
Heaven and Hell parece el reverso luminoso de la canción Black Sabbath: ambas comparten esa estructura lenta que desemboca en una explosión final, pero mientras una nace del terror, la otra surge de la épica.

Wishing Well es quizá el tema que más recuerda a los Sabbath de los 70. La banda se desata y tanto Geezer como Bill Ward aprovechan para añadir pequeños detalles rítmicos. Un tema que suele quedar algo eclipsado entre tanto clásico, pero que a mi me encanta.

La velocidad vuelve con Die Young, otro temazo que arranca con teclados atmosféricos de Geoff Nicholls antes de que las guitarras dobladas exploten. La interpretación de Dio aquí es especialmente agresiva y la sección central con los parones y mini solos de Iommi es brutal.

Walk Away es la canción más rockera del álbum. Quizá la que más suena a Rainbow y la más floja del conjunto, aunque sigue manteniendo buen nivel. Destacan una vez más las líneas de bajo y los solos.

El cierre llega con Lonely Is the Word, mi favorita del disco. Este tema es puro blues rock y un gran homenaje al género del que tanto bebieron en sus comienzos. El riff principal es simple y letal y Dio nos ofrece aquí una de sus interpretaciones más emocionales, pero lo que comienza a partir del minuto 1:55 es tremendo: sobre una base rítmica hipnótica y acompañado de sutiles teclados, Iommi descarga unos solos de guitarra maravillosos y llenos de pasión, ocupando todo el espacio mientras la canción se va desvaneciendo lentamente hacia el silencio.

En definitiva, un disco que demostró a mucha gente que Black Sabbath no estaban acabados, sino que simplemente necesitaban un cambio de rumbo. Dio revitalizó a una banda que parecía perdida y los hizo aún más grandes.

Al año siguiente grabarían otro gran disco, Mob Rules, pero poco después Dio abandonaría la banda para comenzar su meteórica carrera en solitario. Aunque volvería a principios de los 90 para grabar otro discazo más: Dehumanizer.

Más de cuarenta años después, Heaven and Hell sigue sonando como el momento en que una banda al borde del colapso decidió reinventarse y, contra todo pronóstico, volvió a levantar el vuelo. Y lo hizo con uno de los discos más elegantes, poderosos y atemporales de toda su carrera.

Top 10 Power/Speed Metal alemán

Diez discos. Diez formas de entender el metal cuando aún era una cuestión de fe y no de algoritmos.

Durante semanas he vuelto a recorrer los caminos del Power alemán, ese territorio donde la melodía no suaviza la rabia, sino que la eleva. He escuchado estos discos como se mira un fuego antiguo: reconociendo en cada chispa algo que ya estaba en mí desde la primera vez que sentí que el mundo temblaba con un acorde.

No he buscado los más populares, sino los que conservan esa vibración que hace que el metal siga siendo grande: velocidad, emoción, luz y sombra. Discos que no envejecen porque fueron creados con honestidad y no buscando fama fácil.

Al final, este viaje ha sido más que una lista: ha sido una conversación entre pasado y presente, entre recuerdos asociados a estos discos y (re)descubrimientos fascinantes.

Si te atreves a escucharlos, que sea con el volumen al máximo y la mente abierta.

Iron Savior – Iron Savior (1997, Noise Records)

El debut de Iron Savior es una apisonadora de power/speed metal que no da respiro. Cada tema está construido sobre riffs monumentales y estribillos que se graban a fuego —pocos grupos manejan el arte del estribillo pegadizo con tanta precisión como ellos. Lo que los distingue del resto de la escena alemana es su imaginario de ciencia ficción y ese sonido de acero que combina el pulso ochentero de Judas Priest y Accept, pero con un enfoque más áspero y agresivo.

La voz rasgada de Piet Sielck, el genio melódico de Kai Hansen y la pegada implacable de Thomen Stauch convierten este álbum en un clásico instantáneo. El sonido es crudo y agresivo, pero envuelto en melodías heroicas que rozan la épica. Los solos de Sielck y Hansen —a menudo doblados o armonizados— crean esa sensación inconfundible de volumen y grandeza, con guitarras que parecen resonar desde distintos planos del espacio.

Es difícil elegir entre tanto temazo: Atlantis Falling abre el viaje con energía y velocidad desbordante, mientras Brave New World reafirma el espíritu conquistador del grupo, acelerando hasta el límite y martilleando con un estribillo perfecto. Y luego está Children of the Wasteland, cuyos solos parecen venir de otra dimensión: pura electricidad melódica suspendida en el vacío.

Este álbum es solo el principio de una discografía impecable: Iron Savior no tiene ni un solo disco malo y aquí es donde empezó a forjarse la leyenda. Piet Sielck nunca necesitó reinventar el género porque ya hablaba su idioma con fluidez. Iron Savior no busca sorprender, busca permanecer, y en ese empeño ha conseguido lo más difícil, mantener intacta la esencia del Power Metal.

Blind Guardian – Somewhere Far Beyond (1992, Virgin Records)

Descubrí este disco por culpa de un amigo metalero que lo describía con tanta pasión —intenso, melódico, vertiginoso— que terminé comprándolo a ciegas en una tienda, porque después de ponerme los dientes largos… ¡no me lo quiso prestar!. Aquella noche, al llegar a casa, lo puse y me voló la cabeza: nunca había escuchado algo tan rápido, limpio, desbordante y emocional al mismo tiempo.

La batería de Thomen Stauch parecía una bestia desbocada; los riffs y solos de Olbrich y Siepen, doblados y armonizados hasta el exceso, levantaban una auténtica catedral de guitarras. Y los coros de Hansi Kürsch —múltiples, majestuosos, casi a lo Queen— convertían cada estribillo en un himno de otra era. Pasé semanas escuchándolo sin parar, intentando comprender cómo podía existir tanta intensidad sin brutalidad.

El disco suena agresivo y melódico a partes iguales. Es una mezcla precisa, potenciada por una producción no muy nítida, pero sí orgánica, que permite que todos los instrumentos dialoguen como si contaran una historia con notas musicales y las letras fueran su traducción final. Si tuviera que definirlo con una sola palabra, sería intensidad. Incluso en los momentos más lentos y melódicos late esa corriente eléctrica que recorre el álbum de principio a fin. Buena parte de esa energía nace del estilo inconfundible de Thomen Stauch, que imprime el pulso vital sobre el que el resto de la banda construye su arquitectura sonora.

Time What Is Time abre el viaje con una calma engañosa que pronto se convierte en tormenta; Journey Through the Dark condensa la furia y la precisión del grupo; The Bard’s Song – In the Forest, la balada convertida en clásico absoluto de la banda y Somewhere Far Beyond cierra el trayecto con una velocidad épica, una despedida a fuego que aún resuena décadas después.

Este cuarto álbum marcó un antes y un después en la discografía de Blind Guardian. Aquí dejaron atrás el speed metal clásico y encontraron, por fin, su propio lenguaje: una combinación de agresividad, fantasía y precisión que cristalizaría en los dos discos siguientes. A partir de ahí se adentraron en terrenos más sinfónicos y controlados, y aunque ganaron en grandeza, perdieron algo de la frescura de esta época. Somewhere Far Beyond quedó como el testamento sonoro de una juventud desbordada, cuando cuatro chavales de Krefeld creyeron de verdad que podían conquistar el mundo con su música.

Running Wild – Black Hand Inn (1994, Noise Records)

Probablemente Running Wild —junto con Iron Savior— haya sido la banda más consistente de todas las que aparecen en esta lista. Entre 1987 y 1998 lanzaron ocho álbumes que rozan la perfección uno tras otro. Elegir solo uno de ellos es tarea casi imposible, pero al final me he quedado con Black Hand Inn: un disco variado, inspirado, y uno de los que mejor representan su imaginería y estética pirata.

Aquí todos los miembros están en estado de gracia. Rolf Kasparek brilla como siempre, componiendo temazos con riffs poderosos y melodías vocales inolvidables. Thilo Hermann se luce con solos llenos de virtuosismo melódico, y aunque el bajo de Thomas Smuszynski no busca protagonismo, sostiene el conjunto con solidez para que esa apisonadora llamada Jörg Michael destroce su batería a velocidad terminal.

La producción es de auténtico lujo: nítida y contundente, pero sin perder la crudeza que caracteriza a la banda. Todo suena vivo, orgánico y equilibrado.

En cuanto a las canciones, cuesta elegir favoritas porque el nivel es altísimo. Tras la intro The Curse, que prepara la atmósfera, Black Hand Inn estalla sin previo aviso con doble bombo y guitarras sincronizadas —esos riffs gemelos, tocados al unísono, tan característicos del heavy alemán— a toda velocidad. Para cuando llega el solo, tan rockero como inspirado, ya estamos rendidos al disco… ¡y solo es la primera canción!

The Privateer continúa en la misma línea: doble bombo incansable, letras épicas y un estribillo de los que se te quedan grabados a fuego. Los solos, melódicos y precisos, son una clase magistral de equilibrio entre técnica y sentimiento. Fight the Fire of Hate baja un poco las revoluciones, un medio tiempo con groove irresistible que te hace mover la cabeza sin parar, y una vez más las guitarras se roban el protagonismo.

Podría hablar de todas las canciones, porque el resto del álbum mantiene el mismo nivel. Si no conocéis a Running Wild, os recomiendo empezar por este disco o por cualquiera del período comprendido entre Under Jolly Roger y The Rivalry. Después de eso, la magia se esfumó… pero mientras duró, fue pura leyenda.

Gamma Ray – Somewhere Out in Space (1997, Noise Records)

De todas las bandas de esta lista, Gamma Ray es probablemente la que más he escuchado a lo largo de los años. Siempre me ha fascinado su estilo inconfundible, capaz de mezclar múltiples vertientes del metal sin perder identidad.

La banda fue fundada por Kai Hansen tras su marcha de Helloween, y después de unos comienzos algo experimentales, su sonido maduró definitivamente con Land of the Free. Ese hallazgo cristalizó en su siguiente obra, la que considero su mejor disco: Somewhere Out in Space.

Aquí, Hansen, Richter, Schlächter y Zimmermann están desatados. Es un álbum monumental, donde cada integrante brilla y la banda alcanza una cohesión sonora perfecta, ayudados también por una producción impecable, en la todo suena equilibrado, nítido y diseñado para resaltar cada instrumento en el momento justo.

Beyond the Black Hole abre el disco como un meteorito impactando: veloz, agresiva, con un estribillo pegadizo, un doble bombo sin fin y una sección instrumental donde ambos guitarristas ejecutan diferentes solos simultáneos que se entrelazan y complementan con precisión quirúrgica —una verdadera joya técnica y emocional. Es mi favorita del álbum.

Men, Martians and Machines representa el arquetipo del power metal: pegadiza, melódica y con un puente antes del estribillo simplemente magistral. El tema que da título al disco, Somewhere Out in Space, coquetea con el thrash, pero mantiene un espíritu épico con duelos de guitarra apabullantes y una energía desbordante. Solo con estas tres canciones podría definirse el género entero. Valley of the Kings, el single, es pura melodía, mientras que Watcher in the Sky (versión de Iron Savior, la otra banda de Hansen) redondea el conjunto con un aire más espacial y marcial.

La música de Gamma Ray es tan épica y luminosa que puede arreglarte hasta el peor día. Un clásico absoluto del metal alemán y una oda para mirar más allá de las estrellas.

Helloween – Keeper of the Seven Keys Part II (1988, Noise Records)

Reconozco que nunca he sido un gran fan de Helloween. A pesar de su fama y su enorme legión de seguidores, siempre me ha parecido una banda algo irregular, con una discografía que combina luces y sombras. Pero hay una excepción clara: el EP y sus tres primeros discos son auténticas obras maestras del metal europeo.

Todos tienen esa frescura, urgencia y garra que solo se da en los comienzos, y una calidad fuera de toda duda. Así que, sin saber cuál elegir, lo eché a suertes… y el destino decidió por mí: Keeper of the Seven Keys Part II, una joya absoluta, repleta de temazos de principio a fin.

Aquí Helloween suena en estado de gracia: grandes composiciones, guitarras virtuosas, estribillos memorables y un cantante que roza lo imposible, pero siempre con ese equilibrio entre melodía y energía que define su mejor etapa. La producción, para ser de 1988, es de auténtico lujo: todo suena claro, potente y perfectamente equilibrado.

Elegir canciones destacadas no es fácil entre tantas joyas, pero Dr. Stein es irresistible con sus letras irónicas, su ritmo contagioso y esos teclados maravillosos. I Want Out, el gran himno del pop metálico, una canción perfecta, diseñada para enganchar, que es imposible no cantar, y que contiene uno de los mejores solos de guitarra de todos los tiempos (este tema es obra de Kai Hansen, quien quizá ya empezaba a plasmar en ella su propio deseo de libertad). March of Time es el arquetipo del tema power metalero: velocidad, técnica y un Kiske desatado que lleva sus agudos al límite. Y el cierre, Keeper of the Seven Keys, una mini suite de más de trece minutos, lo tiene todo: cambios de ritmo, pasajes teatrales, melodías cuidadísimas y solos soberbios. Es la pieza más ambiciosa y, quizá, la más hermosa del disco.

Este álbum es un clásico absoluto del metal europeo: la cristalización perfecta de un estilo que marcó una época. Un disco luminoso, contagioso y épico, donde cada nota respira la sensación de que algo nuevo y grande estaba naciendo.

Primal Fear – Black Sun (2002, Nuclear Blast)

Primal Fear es la banda que Ralf Scheepers formó junto a Mat Sinner tras su salida de Gamma Ray, y fue, sin duda, la decisión correcta. Su estilo vocal —poderoso, agudo y teatral— no terminaba de encajar en el metal más desenfadado y experimental de Kai Hansen. En cambio, aquí encuentra su territorio natural: un Power Metal que bascula hacia el Heavy clásico, con claras influencias de Judas Priest, Accept y Iron Maiden.

Black Sun es su cuarto álbum y, junto con el debut, uno de los más inspirados. Scheepers ofrece una interpretación colosal, llena de matices y energía, mientras que las guitarras de Stefan Leibing y Henny Wolter combinan riffs afilados con solos vertiginosos y melódicos. La producción, densa y metálica, refuerza esa sensación de poder absoluto que recorre todo el disco.

El inicio no da tregua: Black Sun irrumpe con velocidad y precisión quirúrgica. Armageddon añade un punto más técnico, con un trabajo de guitarras excelente. Revolution baja el tempo y despliega un groove aplastante donde Scheepers brilla especialmente gracias a las voces dobladas de los estribillos. Fear podría haber figurado perfectamente en Painkiller: pura adrenalina de acero. Cold Day in Hell vuelve a los medios tiempos, con un riff tan pesado que parece arrastrar el cielo sobre la Tierra.

Black Sun es un disco para disfrutar sin prejuicios: clásico y contundente, cargado de energía, melodía y poder. Uno de los grandes pilares del Power Metal alemán de los 2000.

Rage – Secrets in a Weird World (1989, Noise Records)

Probablemente Rage sea la banda más infravalorada de toda esta lista y, al mismo tiempo, la que más riesgos artísticos ha asumido a lo largo de su carrera. Comandada por el genial Peter “Peavy” Wagner, ha contado siempre con músicos de primer nivel y una visión propia del metal: técnica, melódica y profundamente emocional.

Con una discografía tan extensa, elegir un disco representativo no es tarea fácil. Me he quedado con Secrets in a Weird World, su cuarto trabajo, un álbum que perfecciona la fórmula iniciada en Perfect Man: riffs memorables, melodías inspiradas, baterías atronadoras y solos virtuosos. El trabajo de Manni Schmidt es sencillamente apabullante; aquí se erige como la verdadera estrella del disco.

La producción, aunque no alcanza la nitidez de otras obras contemporáneas, tiene un encanto particular. Las guitarras suenan afiladas y punzantes, el bajo queda algo sepultado en la mezcla y la batería de Chris Efthimiadis, con su eco característico, aporta una atmósfera inconfundible.

El álbum abre con una breve introducción al piano basada en una composición de Prokófiev, preludio perfecto para lo que está por venir: Time Waits for No One y Make My Day, dos trallazos llenos de velocidad, riffs salvajes y estribillos irresistibles. Invisible Horizons es la joya absoluta del disco, cercana al arquetipo del power metal, con un solo legendario en el que Manni Schmidt despliega un tapping melódico que todavía hoy parece imposible.

Y si hay que elegir un cierre perfecto, ese es Without a Trace, una pieza de casi nueve minutos dividida en tres secciones, llena de matices y de giros, con un Peavy inspiradísimo que conduce el tema hasta un final que estalla como una tormenta.

Secrets in a Weird World confirma lo que muchos ya sabíamos: que Rage no necesitaba seguir modas para ser grandes. Solo necesitaban ser ellos mismos.

Grave Digger – Heart of Darkness (1995, GUN Records)

A primera vista, Heart of Darkness podría parecer un disco simple, directo, sin demasiados secretos. Pero cuanto más se escucha, más se abre su arquitectura interna: un trabajo lleno de matices, con una ejecución impecable y un equilibrio perfecto entre el Heavy/Power metal clásico y pasajes más atmosféricos, casi experimentales, que envuelven el álbum en una oscuridad magnética.

La producción es de auténtico lujo. Todo suena nítido y poderoso: las guitarras cortan como cuchillas, el bajo y la batería golpean con autoridad, y los efectos ambientales expanden la sensación de sombría que domina el disco. Esa mezcla entre claridad y densidad convierte a Heart of Darkness en una experiencia inmersiva.

Los riffs de Uwe Lulis son monumentales, simples pero demoledores, herederos de Accept, Saxon o Judas Priest. Y los solos —afilados, melódicos, precisos— están entre lo más inspirados de su carrera. Chris Boltendahl, con su voz rasgada y áspera, no es un cantante académico, pero su timbre crudo es parte esencial del carácter de la banda: el barro que hace brillar el oro.

El álbum no tiene un solo tema flojo. Shadowmaker y Warchild son pura velocidad, doble bombo y acero. The Grave Dancer y Demon’s Day se mueven con groove contagioso y un aura casi ritual. La pieza central, Heart of Darkness, es una composición de doce minutos: oscura, envolvente, alternando pasajes acústicos, riffs devastadores y atmósferas que podrían sonar en un sueño febril. Circle of Witches, inspirada en las tres brujas de Macbeth, comienza como una invocación de horror gótico y termina en uno de los mejores solos del álbum.

En conjunto, Heart of Darkness es una joya del Power Metal noventero más sombrío: denso, elegante y poderoso. Un disco que demuestra que la oscuridad, cuando se ejecuta con inteligencia, puede ser tan luminosa como el fuego.

Edguy – Mandrake (2001, AFM Records)

Edguy es una de esas bandas que siempre han orbitado a cierta distancia de mis escuchas habituales. Sin embargo, cada vez que me acerco a ellos percibo algo innegable: talento, energía y una forma muy personal de entender el Power Metal.

Mandrake, su sexto álbum, llegó después de los considerados puntos culminantes de su discografía —Theater of Salvation y The Savage Poetry—, y aunque quizá no alcanza la grandeza de aquellos, sigue siendo un trabajo notable, lleno de inspiración y oficio.

La producción es excelente: clara, potente y equilibrada. Las guitarras rugen con fuerza, la base rítmica sostiene con firmeza y los teclados aportan esa atmósfera casi mágica que recorre todo el álbum.

El disco abre con Tears of a Mandrake,  una pieza épica y envolvente, con un estribillo irresistible y una voz de Tobias Sammet que se adueña del espacio. Golden Dawn estalla con velocidad y una sección de solos armonizados que roza la perfección. Nailed to the Wheel y Fallen Angels son auténticos cañonazos, con riffs demoledores y una energía contagiosa. Y la ambición de The Pharaoh con sus diez minutos de cambios, pasajes acústicos, teclados atmosféricos y riffs y solos melódicos, confirma que aquí hay un compositor que piensa a lo grande.
Quizá el punto más débil del álbum esté en las baladas: correctas, pero previsibles y algo azucaradas para el tono general del disco.

Aun así, Mandrake funciona como una obra sólida y vibrante, que combina teatralidad y potencia con una ejecución impecable. No es el Edguy más inspirado, pero sí uno capaz de recordarte por qué este género puede ser, al mismo tiempo, espectacular y sincero.

Savage Circus – Dreamland Manor (2005, Dockyard 1)

Si alguien te pone este disco sin decirte el nombre de la banda, jurarías que estás escuchando a Blind Guardian. Lo digo con conocimiento de causa porque a mí me pasó. Dreamland Manor suena tan a la época dorada de los Guardian que podría pasar perfectamente por el sucesor perdido de Imaginations from the Other Side.

La razón es sencilla: Thomen Stauch, batería original de Blind Guardian, fundó esta banda cuando abandonó a sus antiguos compañeros, cansado de la deriva más sinfónica que estaba tomando el grupo. Para acompañarlo reclutó a Piet Sielck (Iron Savior) a las guitarras, bajo y producción —un trabajo monumental— y a Jens Carlsson y Emil Norberg, guitarrista y cantante de los suecos Persuader. El resultado: un clon perfecto del sonido clásico de los de Krefeld, pero con una frescura brutal y una producción más pulida.

La batería tiene una pegada descomunal, las guitarras suenan como cuchillas encadenadas y los solos —hiperarmonizados y melódicos— son una lección de cómo equilibrar técnica y emoción. Es un álbum intenso, muy intenso… no da tregua.

Evil Eyes abre sin advertencia, con riffs arrolladores y redobles de batería que parecen marcar el fin del mundo. Luego llegan Between the Devil and the Seas, It – The Gathering, When Hell Awaits y Ghost Story, todas explosivas, llenas de cambios de ritmo, solos encadenados y melodías que se clavan en la cabeza. En todas ellas, las guitarras desarrollan auténticos laberintos melódicos, enlazando microsecciones y variaciones con una naturalidad pasmosa; los solos están tan armonizados que parecen flotar sobre el doble bombo infinito de Stauch, empujándote sin respiro hacia el clímax. Born Again by the Night, cierra el círculo con un estallido final de velocidad, armonías y agresividad.

Dreamland Manor es intensidad melódica pura, un exceso glorioso que te deja el cuello contracturado y una sonrisa imborrable. Si amas los cinco primeros discos de Blind Guardian, antes de sus giros sinfónicos y progresivos, este álbum es tu portal de regreso.

Solo te advierto una cosa… tus cervicales no volverán a ser las mismas.

ZZ Top – Eliminator

En 1983, ZZ Top decidieron reinventarse. Tras más de una década de riffs polvorientos, boogie sureño y blues rock crudo, los barbudos de Texas dieron un salto hacia el futuro con un disco que transformó por completo su carrera: Eliminator. La imagen de aquel coche rojo brillante —convertido en icono visual gracias a la MTV— resumía lo que estaba por venir: velocidad, energía y un viaje directo a los años ochenta sin perder el alma tejana por el camino.

El cambio no fue casual. Los tiempos habían cambiado y, con ellos, la manera en que la música se consumía. MTV estaba en su apogeo, los sintetizadores dominaban la radio y la estética importaba tanto como el sonido. ZZ Top comprendieron que, si querían trascender su público tradicional, debían dar un golpe de timón. Lo hicieron sin complejos: incorporaron cajas de ritmos, sintetizadores y una producción pulida, pero mantuvieron el boogie y los riffs como columna vertebral. El resultado fue un híbrido explosivo que sonaba fresco entonces y sigue sonando entero hoy, con una atemporalidad sorprendente.

Si algo destaca en este álbum, además de sus himnos, es el sonido de la guitarra. Nunca antes ZZ Top habían sonado tan potentes. Billy Gibbons logra riffs nítidos, agresivos y a la vez hipnóticos, que cortan sobre el colchón electrónico. Ese contraste entre lo sintético y lo crudo convierte cada riff en una descarga inolvidable, tan fresca hoy como en 1983.

El disco se abre con Gimme All Your Lovin’, que desde los primeros segundos muestra la fórmula: guitarras ásperas, ritmo bailable y un estribillo hecho para quedarse pegado. En Got Me Under Pressure la tensión aumenta con riffs más cortantes y un pulso que no suelta al oyente. Sharp Dressed Man es el equilibrio perfecto entre el sonido clásico de la banda y el glamour ochentero: un riff que corta como cuchillo, un estribillo brillante y un aire de sofisticación que la convirtió en himno instantáneo.

El álbum también se permite respirar. I Need You Tonight es su cara más sensual y nocturna, un blues lento donde las guitarras parecen flotar en la penumbra. I Got the Six mantiene el pulso divertido de la banda: riffs juguetones y un aire ligero que contrasta con la tensión de otros cortes. Legs se convierte en el gran momento de modernidad: sintetizadores al frente, groove hipnótico y un videoclip que catapultó a la banda a la cima.

Además de los hits, Eliminator ofrece sorpresas. Thug se mueve en terrenos cercanos al funk, con un bajo minimalista y un ritmo magnético. TV Dinners mezcla humor absurdo con un sonido futurista, recordando que ZZ Top nunca perdieron su ironía. Dirty Dog es pura energía, mientras que If I Could Only Flag Her Down devuelve momentáneamente al boogie más clásico. El cierre con Bad Girl es acelerado y vibrante, como un guiño a sus días setenteros, pero con el brillo inconfundible de la nueva década.

Más allá de su sonido, Eliminator fue un fenómeno cultural. Los videoclips con coches y humor surrealista se volvieron omnipresentes, convirtiendo a ZZ Top en iconos globales. Pasaron de ser una banda de culto sureño a un mito del rock con identidad visual propia.

Para mí, Eliminator fue también un disco decisivo. Recuerdo cómo me fascinaban aquellas canciones y cómo los videoclips, repetidos hasta la saciedad en televisión, parecían abrir un mundo distinto: divertido, veloz y cargado de energía. El sonido del álbum me atrapaba porque tenía algo hipnótico y bailable, muy distinto de otros grupos de rock que escuchaba entonces. Y, por supuesto, la estética de ZZ Top, con sus ropas polvorientas, sus barbas interminables y esas guitarras forradas de borreguillo, me parecía tan hortera como irresistible. Quizá ahí esté la clave: Eliminator es un artefacto extraño y seductor, imposible de confundir con cualquier otro.

Hoy, más de cuarenta años después, el álbum mantiene su magnetismo. Su mezcla de tradición y modernidad sigue siendo única: riffs polvorientos empapados en electrónica y boogie convertido en pop-rock sin perder las raíces. Eliminator no es solo un disco de éxito, es un ejemplo de reinvención artística. Intemporal, compacto y adictivo, sigue siendo un viaje donde el rugido de las guitarras y el brillo sintético de los ochenta avanzan juntos sin perder fuerza.

Cannibal Corpse — Anatomía del exceso (1990–1994)

Entre Ficciones siempre ha sido un espacio donde las formas del imaginario se cruzan sin jerarquías ni permisos. En ese territorio cambiante, Cannibal Corpse aparece con la naturalidad de aquello que ya pertenece a la tradición del cuerpo simbólico. Su ciclo de álbumes inicial, publicados entre 1990 y 1994, prolonga una línea estética muy antigua: la exploración de la carne como superficie narrativa, como materia plástica y como escenario donde lo humano se desborda hasta transformarse.

Estos discos construyen un lenguaje propio basado en la organización de la violencia. El cuerpo se abre para revelar una estructura interna que respira en ritmos, imágenes y gestos; la brutalidad se dispone como arquitectura y el exceso adopta la lógica de una composición visual. La banda trabaja con una claridad que transforma lo visceral en forma y convierte la anatomía en un territorio donde cada fragmento encuentra su función dentro del conjunto.

Cannibal Corpse participa de una genealogía del exceso que atraviesa el arte desde hace siglos: lo grotesco. Donde convergen el manierismo más deformado, los Caprichos de Goya, el teatro de la crueldad de Artaud o las metamorfosis del body horror moderno de Clive Barker y David Cronenberg. Sus primeros discos prolongan ese linaje desde un ángulo extremo, utilizando el cuerpo como superficie narrativa y explorando las posibilidades estéticas de la violencia cuando se convierte en forma. En ese territorio amplio y a veces incómodo, la banda ocupa un lugar propio, plenamente coherente con el imaginario que sostiene este espacio.

Eaten Back To Life (1990)

Nacimiento macabro

Eaten Back to Life encarna el instante en que un nuevo lenguaje surge desde la materia cruda, todavía sin forma, pero cargado de una energía que empuja hacia adelante con una urgencia casi biológica. El disco se comporta como un organismo recién despertado, tembloroso y brillante, que tantea la realidad arrancándole fragmentos. Todo vibra con la luz inicial de los comienzos: esa mezcla de torpeza y clarividencia que solo aparece cuando una fuerza nueva intenta existir antes de entenderse a sí misma.

La estética del álbum se sostiene en un imaginario que no pretende ser símbolo ni metáfora: la carne se muestra como carne, desnuda, directa, sin mediación conceptual. El cuerpo aparece como matriz y como límite, como el lugar donde todo sucede. Las imágenes sangrientas actúan como impulsos primarios, más cercanas al gesto instintivo que a cualquier elaboración consciente. Cada destello gore surge con la sinceridad de un animal que prueba sus propios dientes para saber que están ahí, y en ese tanteo nace una identidad que todavía no conoce sus límites.

Las canciones funcionan como ráfagas irregulares de energía, pequeñas convulsiones que avanzan sin un plan aparente, pero que dejan ver, entre golpes, la sombra de un orden futuro. No existe orden ni estructura emocional, existe un estallido que aún no distingue entre impulso y forma. Eaten Back to Life respira como una criatura que aprende a moverse mientras se desgarra, como si el género mismo estuviera naciendo en tiempo real, torpe y fascinante a la vez.

La portada captura este espíritu con una claridad feroz: un cadáver que regresa al mundo devorándose a sí mismo, una entidad que afirma su existencia a través del acto de destruirse. La imagen no representa un renacer metafórico, sino un nacimiento violento desde el interior de la propia carne. Ese gesto define la naturaleza del disco como un origen que se construye con restos, una vida que surge desde la contradicción material y que encuentra en el desgarramiento su forma más pura de afirmación.
Este primer capítulo no busca perfección ni equilibrio. Es un despertar macabro. La primera respiración del monstruo antes de reconocerse como tal.

Un disco que se escucha como se atraviesa un nacimiento abrupto: con sobresalto, intensidad y la certeza de estar presenciando algo que todavía no posee nombre, pero que ya exige permanecer.

Anatomía del sonido

El debut de Cannibal Corpse nació en un contexto particularmente fértil: Tampa (Florida), finales de los 80, cuando el thrash se oscurecía y aceleraba hasta descomponerse en algo nuevo. Eaten Back to Life salió en agosto de 1990 bajo Metal Blade Records y se grabó en los míticos Morrisound Studios, el laboratorio donde Scott Burns definió el sonido del death metal temprano.

Este primer álbum no suena todavía al Cannibal Corpse que todos tienen en mente, y esa es precisamente su virtud: conserva una dosis muy intensa de thrash rabioso (influencias de Kreator, Dark Angel, Slayer y Death) combinada con una brutalidad poco habitual para la época. Las guitarras están afinadas en E Standard, más altas que en los discos posteriores; por eso el álbum tiene una cualidad más aguda y nerviosa, casi impulsiva.

Musicalmente, el disco introduce varios rasgos que serán esenciales en la identidad de la banda:

  • riffs en zigzag y cortes abruptos
  • palm-mutes velocísimos
  • estructuras fragmentadas
  • fraseos que funcionan como pequeñas viñetas sangrientas

La voz de Chris Barnes todavía no es el rugido abisal de años posteriores. En este álbum utiliza un otro tipo de gutural, un registro medio-grave que se acerca al estilo de Chuck Schuldiner pero con un filo más cavernoso, que aún no está refinado, pero sí completamente reconocible.

Entre los temas más representativos destacan Shredded Humans, A Skull Full of Maggots, Born in a Casket y Edible Autopsy. No solo por su violencia lírica, sino porque ofrecen una vista temprana del engranaje que la banda estaba construyendo: un estilo basado en el cambio constante de secciones, la ausencia de melodía explícita y un enfoque del ritmo como martillo.

Lo que hace especial a Eaten Back to Life en retrospectiva es que captura el momento exacto en el que el death metal deja de ser una extensión del thrash y empieza a reclamar su propio espacio.

Un disco imperfecto, frenético y lleno de la electricidad irrepetible de los comienzos verdaderos.

Butchered at Birth (1991)

Renacimiento grotesco

Butchered at Birth representa el momento en que el universo de Cannibal Corpse se asienta en una forma consciente. Todo lo que en el debut aparecía como impulso instintivo adopta aquí una dirección meticulosa, casi artesanal. La banda construye un espacio donde la anatomía deja de servir como materia bruta y se convierte en herramienta ritual. La violencia se despliega con una calma que inquieta: cada fragmento de cuerpo parece colocado para cumplir una función dentro de una ceremonia silenciosa.

La estética del álbum gravita alrededor de una inversión profunda de lo que consideramos sagrado. La maternidad se transforma en un acto de disección, el nacimiento se repliega en un gesto trágico y la creación adopta la forma de una degradación consciente. No existe dramatismo en este universo: existe un orden. Una lógica interna donde el cuerpo se abre porque ese es su destino simbólico, porque la carne funciona como un texto inscrito en sí misma.

Las canciones avanzan con la precisión de un taller quirúrgico. Cada tramo se comporta como una operación donde los órganos conceptuales se distribuyen para revelar algo más que los restos que muestran. No hay búsqueda de impacto inmediato: hay un gesto metódico, una forma de frialdad deliberada que transmite la sensación de estar asistiendo a una liturgia desconocida, donde la sangre no se derrama como violencia, sino como secuencia.

La portada condensa ese espíritu con una claridad sombría. Las figuras que manipulan el cuerpo parecen atrapadas en un trance, concentradas en un acto que no pertenece al horror, sino a una rutina. Los instrumentos, los gestos, la disposición del cuerpo sobre la mesa: todo sugiere la presencia de un conocimiento heredado, como si ese mundo funcionara según reglas antiguas que nadie cuestiona. La escena respira una solemnidad extraña, una calma que desarma más que cualquier exceso visual.

En este segundo capítulo, Cannibal Corpse define con nitidez su mitología interna. El cuerpo no se ofrece como símbolo de vida, sino como soporte de un lenguaje que se despliega en fragmentos: manos que sostienen, torsos abiertos, fluidos que organizan el espacio. La carne funciona como texto, como superficie donde los gestos se repiten con la rigidez de una tradición. El imaginario se vuelve cerrado, compacto, coherente, como si el álbum fuera el primer templo de un culto sin rostro.

Butchered at Birth avanza con una seguridad que revela la madurez del monstruo. Ya no hay ruido primario, ya no existe la incertidumbre del nacimiento. Hay método, orden y un sentido de inevitabilidad que convierte a este disco en el fundamento estético de todo lo que vendrá después. Es el momento en que el lenguaje del grupo se reconoce a sí mismo y decide permanecer.

Autopsia sónica

Con Butchered at Birth, Cannibal Corpse dio un salto decisivo: abandonó las últimas raíces del thrash y entró de lleno en un death metal puro, áspero y cavernoso. Grabado de nuevo en Morrisound Studios con Scott Burns a los mandos, el disco alcanzó una densidad sonora que influiría en incontables bandas en los años siguientes.

Aquí la afinación descendió a Eb Standard, otorgando a las guitarras un sonido más pesado y viscoso, como si cada nota arrastrara su propio eco de carne húmeda. La producción es deliberadamente turbia. Nada brilla y nada respira.

Las guitarras tienen un sonido áspero que recuerda a una sierra oxidada o a un enjambre de abejas enfurecido. El bajo de Alex Webster permanece hundido en la mezcla, reforzando la sensación de masa informe. La batería de Paul Mazurkiewicz introduce patrones más complejos, con golpes secos que funcionan como martillazos en un organismo en constante disección.

En el plano vocal, Butchered at Birth marca el nacimiento definitivo del “Barnes gutural”. Ya no hay restos del registro medio del primer disco, aquí aparece esa voz abismal, completamente subterránea, que lo convirtió en referencia absoluta del género. Barnes no narra, convierte la voz en materia orgánica que cae sobre la mezcla.

Las composiciones siguen una lógica interna muy definida. Se imponen:

  • cambios bruscos que funcionan como cortes de bisturí
  • ritmos sincopados
  • riffs que se repiten como un ritual
  • secciones que parecen fragmentos de cadáver ensamblados con precisión quirúrgica

Temas como Meat Hook Sodomy, Gutted, Vomit the Soul o Innards Decay consolidan el estilo de la banda: violencia directa, estructuras sin concesiones y una atmósfera mórbida que ningún otro grupo había llevado tan lejos en ese momento.

El impacto cultural fue inmediato. La portada de Vincent Locke, censurada en múltiples países y la venta del disco prohibida en las principales cadenas de tiendas, lo convirtió en un icono involuntario del metal extremo.
El disco dejó claro que Cannibal Corpse no iba a suavizar nada para entrar en ningún mercado. Y esa postura —más estética que comercial— cimentó su reputación.

Con Butchered at Birth, Cannibal Corpse rompe definitivamente la puerta del género y se convierte en la fuerza imparable que los convertiría en leyenda.

Tomb of the Mutilated (1992)

La sensualidad pervertida

Tomb of the Mutilated abre un espacio donde la carne deja de ser materia para convertirse en gesto. El universo de Cannibal Corpse alcanza aquí su forma más teatral: un territorio donde los cuerpos ya no representan nada humano, pero conservan un repertorio de posturas, sombras y movimientos que recuerdan, desde lejos, lo que alguna vez fueron. Este álbum encarna ese momento en el que una estructura simbólica se emancipa por completo del significado y subsiste como ritual vacío, mecánico y persistente.

Las canciones funcionan como escenas inscritas en un templo construido con restos. Cada tramo musical parece repetir un movimiento antiguo, como si los riffs, los ritmos y las voces surgieran de un repertorio gestual que sigue sobreviviendo más allá de toda memoria. La violencia adopta una forma coreográfica, ya que avanza, retrocede y vuelve a su punto original con la precisión de un mecanismo que ya no necesita intención consciente. Lo perturbador no es la brutalidad explícita, sino la sensación de que todo se ejecuta desde un estado de trance, sin emoción ni conflicto, como un ritual que se repite simplemente porque su estructura exige ser repetida.

La portada encarna esa idea con una claridad casi insoportable: dos cadáveres en un acto sexual que ya no pertenece al deseo, sino a la gramática vacía del deseo. No hay erotismo, pero sí una sensualidad devastada, una coreografía que imita la intimidad humana sin contenerla. Es una imagen donde eros y thanatos se entrelazan de forma tan literal que se neutralizan mutuamente: lo sexual se vuelve imposible, lo mortal se vuelve mecánico, y lo que queda es un simulacro del instinto, un gesto que se repite solo porque alguna vez significó algo.

Este tercer capítulo encarna un orden inquietante en el que la violencia ya no busca el golpe, la sorpresa o la transgresión. Se despliega como un lenguaje que se ha desprendido de su origen humano y ha encontrado una vida propia. La música se coloca en un punto donde lo brutal y lo ceremonial forman una sola estructura. No existe progreso narrativo; existe un bucle. Una repetición que se multiplica sobre sí misma con un rigor casi matemático, como si el álbum fuera la memoria autónoma de un acto ancestral que nadie recuerda haber originado. Tomb of the Mutilated expone esa autonomía con una belleza feroz.

En este disco, Cannibal Corpse alcanzan la forma final del monstruo que venían creando desde el debut: una criatura que ya no necesita explicar su propio lenguaje porque el lenguaje se sostiene por sí solo. El ciclo alcanza aquí su centro, un núcleo oscuro que respira desde la repetición y encuentra en ella su identidad más sólida.

Exhumación sónica

Tomb of the Mutilated suele describirse como el canon del death metal. No es exageración: este disco fijó la estética, el sonido y la estructura que definirían al género durante décadas. Grabado de nuevo en Morrisound Studios con Scott Burns, representa la cristalización de un lenguaje que Cannibal Corpse llevaba dos álbumes intentando inventar.

La afinación se mantuvo en Eb Standard, pero la producción es más sólida y afilada. Las guitarras de Jack Owen y Bob Rusay alcanzan aquí su forma definitiva: riffs tensos, entrecortados, casi geométricos, que avanzan como un mecanismo implacable. La sensación no es de caos, sino de ritual, de un patrón oculto que se repite con una lógica interna que no busca ser comprendida, solo ejecutada.

El trabajo vocal de Chris Barnes llega a su punto culminante. Su gutural es tan profundo que, por primera vez, se convierte en textura más que en voz. En este disco, Barnes desarrolla su famosa técnica de vibración gutural descendente, generando un registro cercano al infragrave que se siente físico, casi táctil.

Pero lo realmente importante es la construcción de los temas.
Aquí Cannibal Corpse abandona cualquier rastro de espontaneidad juvenil:

  • los riffs están colocados como piezas de un ritual
  • los cambios de ritmo actúan como escenas
  • la batería marca transiciones con una frialdad quirúrgica
  • cada silencio es un golpe narrativo

La banda perfecciona lo que después se convertiría en un sello: la estructura AB–C–AB distorsionada, donde el tema vuelve sobre sí mismo de manera enfermiza, como si se replegara hacia una misma imagen obsesiva.

Temas como Hammer Smashed Face —posiblemente la canción más famosa de la banda— introdujeron un tipo de groove brutal, pesado y sincopado, que influiría incluso fuera del metal extremo. La apertura es uno de los momentos más reconocibles del género.

Otros temas, como Addicted to Vaginal Skin, I Cum Blood, Post Mortal Ejaculation o The Cryptic Stench, llevaron la estética gore a un punto de histrionismo que rozaba la teatralidad grotesca. No era violencia literal: era un gesto estético llevado a su límite absoluto.

Históricamente, el disco también marcó un pico de visibilidad. La aparición en la película Ace Ventura puso a Cannibal Corpse frente a una audiencia inesperada, convirtiendo a la banda en fenómeno cultural sin que ellos cambiaran su propuesta.

Tomb of the Mutilated es el álbum donde Cannibal Corpse deja de ser un proyecto prometedor y se convierte en un monstruo estilístico perfectamente definido. Su influencia es tan vasta que muchos grupos posteriores son, en esencia, variaciones sobre su estructura.

The Bleeding (1994)

La técnica como violencia

The Bleeding representa el momento en que la brutalidad de la banda encuentra una forma depurada, consciente y precisa. La violencia adquiere una claridad inesperada pues se ordena, se afila y se vuelve un lenguaje que respira con exactitud. Después del caos primario del debut, de la liturgia anatómica del segundo disco y de la necrofilia distorsionada de Tomb of the Mutilated, este capítulo final de la era Barnes muestra a la criatura plenamente formada, modulando su ferocidad con una lucidez que inquieta más que cualquier exceso.

El universo simbólico del álbum vive en un contraste sutil: los gestos más salvajes aparecen presentados con una nitidez casi elegante. La sangre ya no es un estallido, sino un trazo; la carne abierta se comporta como una estructura; la violencia adopta un orden propio. Cada composición parece diseñada como un mecanismo frío, donde los movimientos internos encajan con una precisión que revela una madurez estética insólita dentro de un género nacido de la impulsividad.

La portada concentra esta idea con una fuerza singular. Un cuerpo pálido, exhausto, desangrándose, se integra en un muro de figuras que parecen crecer unas sobre otras, como un organismo colectivo formado por rostros, torsos y fragmentos que respiran al mismo ritmo. La escena transmite una serenidad perturbadora: el cuerpo central se vacía en silencio, y su sangre fluye hacia la multitud, como si alimentara una estructura mayor que lo absorbe y lo transforma. Esa quietud convierte el desangramiento en arquitectura y revela el sentido profundo del álbum: una violencia ordenada y meticulosa, que alcanza una forma de claridad que parecía imposible en los capítulos anteriores.

Las canciones avanzan con una firmeza nueva. Cada sección se sitúa en un punto exacto de la composición, cada tránsito se decide desde una intención que no busca el impacto inmediato, sino la coherencia interna. La brutalidad se convierte en diseño y la repetición adquiere un valor narrativo más profundo. La banda encuentra un modo de respiración conjunta que transmite control en medio del desgarro.

The Bleeding cierra la era Barnes desde una perspectiva elevada, pero sin ofrecer un final explosivo ni un gesto definitivo, sino un equilibrio extraño, casi clínico, donde la violencia deja de depender del exceso para sostenerse sobre su propia estructura. Es el punto en que la criatura reconoce su forma definitiva y la afirma con una serenidad inquietante. Un cierre maduro, afilado y luminoso dentro de la penumbra que canoniza todo lo que vino antes.

Disección del sonido

Si Tomb of the Mutilated es el canon, The Bleeding es el refinamiento. Grabado otra vez en Morrisound Studios pero con un cambio decisivo en la producción —esta vez a cargo de Scott Burns junto a la propia banda y con un enfoque más audaz en la mezcla— el disco suena nítido, definido y extraño. Es el álbum más accesible de su primera etapa sin dejar de ser un muro de violencia y quizá el mejor de su discografía.

La afinación se mantiene en Eb Standard, pero la claridad de la mezcla permite escuchar por primera vez cada línea instrumental con nitidez real.
Las guitarras de Rob Barrett y Jack Owen aportan un nivel técnico mayor, con riffs más precisos y quirúrgicos. Barrett introduce un fraseo más seco y mejor articulado, que ayuda a que el disco tenga un sonido más profesional sin perder oscuridad.

La batería de Paul Mazurkiewicz abandona parte del caos rítmico anterior y apuesta por patrones más reconocibles, que funcionan como ejes alrededor de los cuales la canción respira. Y por esos huecos se cuela el bajo de Webster haciendo alarde de su depurada técnica.

En lugar de aplastarlo todo con blast beats, el álbum apuesta por grooves densos, secciones en las que la brutalidad se vuelve casi hipnótica. Esto se aprecia especialmente en temas como Staring Through the Eyes of the Dead, Fucked with a Knife, Stripped, Raped and Strangled (una de sus canciones más “pegadizas”) o el tema título.

Aquí las canciones tienen una arquitectura más clara. Los riffs se desarrollan, los cambios de ritmo funcionan como capítulos y la repetición adquiere un valor casi narrativo.

La voz de Chris Barnes se encuentra en un punto alto de expresividad. Aunque su registro ya empezaba a mostrar señales de desgaste, aquí todavía mantiene su gutural profundo, pero con una dicción más comprensible y una respiración mejor distribuida. Es el Barnes más variado y más “controlado” de su carrera.

Históricamente, The Bleeding representa el final de una etapa.
Es el último álbum con Barnes y, en cierta forma, el último momento en que Cannibal Corpse sonó a esa mezcla de caos ritual y estructura cerrada. Tras su salida, el sonido de la banda se volvería más técnico, rápido y limpio, pero perdería parte de la densidad opresiva que caracterizaba esta tetralogía inicial.

Lo que distingue a The Bleeding es su equilibrio: la violencia sigue ahí, pero ahora respira.
Pero ya no lo hace en un cementerio.
Sino en un quirófano.
Frío, aséptico, iluminado… y aún más perturbador.

Las portadas: el exceso visual

En Cannibal Corpse la imagen nunca fue un accesorio.
Sus portadas forman parte del mismo lenguaje que la música: un catálogo de muertos vivientes, violencia y cuerpos imposibles, escenas que funcionan como rituales anatómicos y que elevan lo grotesco a categoría estética.

Vincent Locke, responsable de casi toda la iconografía visual de la banda, convirtió cada álbum en una especie de grabado anatómico deformado, como si la violencia no fuera un acto, sino una estructura: un modo de reorganizar el cuerpo para revelar algo que no puede expresarse con palabras.

No son solo ilustraciones gore, son viñetas simbólicas que actúan como preámbulo y a la vez representación visual de lo que contiene la música.
Entre ambas construyen un único gesto estético, una misma gramática brutalista.

Prácticamente todas las portadas han sido censuradas en medio mundo e incluso algunas de ellas directamente prohibidas en algunos países. Sin embargo, la censura no las debilitó: convirtió su imaginería en un símbolo aún más potente, amplificando el mito en lugar de contenerlo.

Y si la imagen define el territorio visual del cuerpo imposible, las letras completan ese mismo gesto desde el lenguaje, extendiendo el teatro de lo grotesco hacia su dimensión narrativa.

Las letras: el guion de lo grotesco

Las letras de Cannibal Corpse, consideradas durante años violentas, misóginas o excesivas, forman parte del mismo teatro de lo grotesco. No buscan realismo, sino que operan como parodias hiperbolizadas del cine de terror, slasher y gore, un catálogo exagerado de horrores imposibles donde la violencia es tan extrema que deja de ser literal y se vuelve estilización.
Por ellas fueron censurados en varios países —incluida Alemania, donde hasta 2006 la venta de sus tres primeros discos estuvo prohibida y por consiguiente no pudieron interpretar en directo ninguna canción de dichos álbumes—, pero la censura —al igual que con las portadas— tuvo el efecto contrario: reforzó la lectura mítica de estas letras, convirtiéndolas en el libreto exagerado de una obra que nunca pretende moralizar, sino explorar los límites del cuerpo como ficción y además reírse de ello.

Entre lo grotesco y lo sublime

La primera etapa de Cannibal Corpse deja la sensación de una estética que encuentra claridad dentro del exceso. En estos álbumes, la violencia adopta un orden propio y la anatomía se convierte en una forma de pensamiento que respira en cada riff, en cada ruptura rítmica, en cada gesto vocal. La música avanza con una lógica interna que sostiene el impulso, lo organiza y lo transforma en una gramática reconocible.

Y quizá convenga recordar algo que suele pasarse por alto: esta música, tantas veces reducida a la palabra “ruido”, exige una técnica extraordinaria. La velocidad, la precisión, la resistencia física, la coordinación extrema entre guitarra, bajo, batería y voz… componer y ejecutar death metal no es solo una cuestión de visceralidad: es una disciplina que roza lo atlético.
Quien quiera puede llamarlo excesivo, grotesco o brutal, pero nunca sencillo.

Confieso que mi primera escucha de Cannibal Corpse y otras bandas del género también fue eso: ruido. Tuve que entrenar el oído, subir la intensidad poco a poco dentro del metal, aprender a descifrar una agresividad que en el fondo no es caos sino una estructura bien planificada. Y cuando uno reconoce sus patrones internos —el ritmo oculto, la lógica del riff, la arquitectura de la brutalidad— lo que parecía un muro de sonido, poco a poco se convierte en lenguaje.

Lo que permanece tras este ciclo es un lenguaje que se sostiene en su propia intensidad: un modo de ordenar el exceso, de dar forma a la carne y de convertir la violencia en un pensamiento nítido. Cuatro discos que respiran como un cuerpo único, un organismo de ritmo y sombra que aún conserva su filo. Y en esa persistencia hay una verdad simple: todo símbolo que se afirma acaba encontrando su lugar, incluso cuando muerde.

 

 

Black Sabbath – Black Sabbath



Cada vez que entraba en la tienda de discos en mi adolescencia, la portada de este album me esperaba en el estante como una maldición silenciosa. La figura espectral en primer plano, el molino en ruinas, la atmósfera siniestra: parecía una fotografía tomada desde dentro de un sueño antiguo.

Durante mucho tiempo, dudé si comprármelo, hasta que un día, salí de allí con Black Sabbath bajo el brazo y con —el injustamente denostado— Forbidden, el álbum que cerraba su discografía hasta ese momento.

Por aquel entonces yo andaba metido en otros clásicos como Deep Purple o Queen. Pero Black Sabbath lo cambió todo para mí, con ellos descubrí un sonido más oscuro y primitivo, o mejor dicho, menos sofisticado que el de las bandas antes mencionadas. Fue todo un descubrimiento, que me internó por paisajes sonoros cada vez más duros y salvajes.
Fue mi bautizo en el heavy metal.

Pioneros del Metal

La banda integrada por Tony Iommi (guitarra), Ozzy Osbourne (voces), Geezer Butler (bajo) y Bill Ward (batería) se fundó en Birmingham en 1968, primero con el nombre de Polka Tulk Blues Band y después Earth. No fue hasta 1969 cuando cambiaron el nombre a Black Sabbath en homenaje a la película de Mario Brava, interpretada por Boris Karloff. Inspirados por ella, la banda se propuso crear el equivalente musical al cine de terror.

Muy pronto, la banda empezó a crear un sonido distintivo que se alejaba bastante de las tendencias de la época, ya que era un sonido oscuro, denso y pesado, que contrastaba mucho con la psicodelia y la alegría “Flower Power” de los hippies. Lo más curioso de todo esto es que este sonido tan característico fue creado por accidente y no un accidente en sentido figurado, sino uno real que el guitarrista Tony Iommi sufrió en la fábrica donde trabajaba.

El accidente que lo cambió todo

A los 17 años, una guillotina seccionó las puntas de los dedos anular y medio de la mano derecha de Iommi, en su último día de trabajo en una fabrica de chapas de metal. Los médicos le dijeron que nunca volvería a tocar la guitarra, que se olvidara. Pero Iommi no se vino abajo y decidió que seguiría tocándola, para ello fabricó unos dedales de plástico que recortó de una botella de Fairy y a los que moldeó en forma de dedo, cubriéndolos con tiras de cuero de una vieja chaqueta. Estas prótesis caseras le permitieron tocar, pero crearon a su vez dos problemas. Primero, los dedales no le permitían sentir las cuerdas, derivando esto en una tendencia a presionarlas muy fuerte. En segundo lugar, tenía dificultades para doblar las cuerdas, lo que le llevó a buscar cuerdas de guitarra de calibre ligero para que le resultara más fácil hacerlo. Sin embargo, Iommi recuerda que este tipo de cuerdas no se fabricaban en ese momento, por lo que utilizó cuerdas de banjo en su lugar, hasta alrededor de 1970-71, cuando Picato Strings comenzó a fabricar cuerdas de guitarra de calibre ligero. Además, utilizó los dedos lesionados predominantemente para tocar acordes en lugar de solos de una sola nota. Más tarde, también comenzó a afinar su guitarra en tonos más bajos, a veces hasta tres semitonos por debajo de la afinación estándar. Aunque Iommi afirma que el objetivo principal al hacerlo era crear un «sonido más grande y pesado», aflojar las cuerdas hace que sea más fácil doblarlas. De cualquier modo, Iommi creó un sonido totalmente nuevo y distintivo que ha influenciado a incontables guitarristas a lo largo de los años y de paso se convirtió en el rey absoluto del riff.

Butler, Iommi, Ward & Osbourne

El génesis del Heavy metal

1970 es el año considerado casi por unanimidad del nacimiento del heavy metal, pero antes de esta fecha ya existían algunas bandas que se podrían considerar proto-heavy como Blue Cheer, Vanilla Fudge, Iron Butterfly, Led Zeppelin o Deep Purple. Todas estas bandas intentaron crear un sonido más pesado y más enfocado en los riffs de guitarra, pero no fue hasta la llegada de Black Sabbath cuando todo esto cristalizó de alguna manera, para dar vida a un nuevo género musical.

Aunque es considerado el punto de partida del heavy metal, el álbum debut de Black Sabbath, todavía arrastra los ecos de los años 60: las atmósferas psicodélicas, las estructuras heredadas del blues o ciertos pasajes jazzeros en la batería de Bill Ward, pero todo envuelto en un tono lúgubre.

Lo cierto es que lo que hoy consideramos el nacimiento del heavy metal fue, en su momento, poco más que una sesión maratoniana y barata.
El primer disco de Black Sabbath se grabó en un solo día: el 16 de octubre de 1969, en los estudios Regent Sound de Londres. La banda entró al estudio como si fuera un directo: tocando juntos, sin apenas overdubs, con una producción mínima y sin filtros. Venían de tocar en clubes y pubs donde solían alargar los temas e improvisar, así que llegaron con todo muy ensayado. El productor Rodger Bain capturó la esencia del grupo en bruto. No hubo grandes decisiones técnicas, solo micrófonos, válvulas, distorsión y atmósfera. El resultado fue un álbum crudo, oscuro y sin pulir, como si alguien hubiera grabado una sesión de espiritismo con instrumentos eléctricos.

Pero la clave no fue solo la rapidez, fue la honestidad del sonido: lo que se escucha es exactamente lo que eran. No hay efectos, solo una banda joven que, sin saberlo, estaba inventando un lenguaje musical nuevo con cada acorde.

El riff que surgió del abismo: Black Sabbath

Llueve.
La primera vez que escuchas este disco, lo primero que llega no es una guitarra, ni una voz, ni siquiera una melodía.
Es la lluvia.
Y una campana.
Una campana solitaria, fúnebre, como la que anunciaría el paso de un cortejo en mitad de la niebla, mientras una tormenta se acerca lentamente.
Nada en esa introducción parece querer seducirte, parece el inicio de una película de terror.
Y entonces, un trueno estalla anunciando la llegada del riff.
Tres notas.
Sol, Do sostenido, Sol.
El infame tritono, el intervalo maldito que durante siglos fue desterrado de la música sacra por parecer invocar algo que no debía nombrarse. Tony Iommi lo manifiesta con una guitarra afinada más grave de lo habitual, y con unos dedos mutilados que parecieran conocer el secreto del abismo. El resultado es primitivo, denso, como el retumbar de una puerta ancestral que se abre sola.

Y luego, Ozzy.
Su voz como un susurro aterrado.“What is this that stands before me?”
No canta, más bien parece lanzar una advertencia.
Y tú, aunque no veas lo que él ve, sabes que está ahí.
Hay algo en ese timbre nasal, quebradizo y espectral que te coloca de inmediato en estado de alarma. Como si estuvieras asistiendo a una aparición, pero no desde la seguridad de la lejanía, sino desde el lugar del testigo… de la víctima.

El bajo de Geezer serpentea amenazante en la penumbra, mientras Bill Ward marca el ritmo con golpes espaciados, como pasos que se acercan en la oscuridad.

Pero la canción no permanece estática.
Se acelera, se sacude. Pasa de ser un ritual a una huida, de lo contenido a lo desatado.
Ya no hay testimonio, hay vértigo. El miedo ha tomado el control de la música y ahora corre, jadea, se desborda… Pero no hay salida.

Escuchar esta canción en 1998 fue para mí como abrir una puerta hacia lo que la música rara vez se atreve a mostrar: su lado verdaderamente oscuro.
Imagino el impacto que tuvo que tener en 1970, cuando aún resonaban las guitarras soleadas del flower power, y de pronto alguien —cuatro tipos de Birmingham, uno con los dedos amputados— llegó con esto: con la música del miedo.
Un miedo nuevo, un miedo que aún estaba por inventarse.

La letra fue compuesta por Ozzy, inspirada en una experiencia paranormal que vivió Butler. Al parecer, una noche se despertó y vio una enorme figura oscura y amenazante a los pies de su cama que poco después se desvaneció, junto con un viejo libro de ocultismo que había estado leyendo esos días.

Otro dato interesante es que el riff —Sol, Do♯, Sol— no solo invoca al mismísimo diablo musical, sino que está inspirado en la marcha ominosa de “Marte, el portador de la guerra” de Gustav Holst. Al igual que aquella composición orquestal, el tema avanza con solemnidad bélica, como si anunciara un cataclismo inminente. La diferencia es que, en lugar de una batalla cósmica, lo que se avecina aquí es la irrupción de lo inexplicable en lo cotidiano. Una visita desde el lado oscuro.

The Wizard

Inspirada en Gandalf de El Señor de los Anillos, The Wizard es una de las pocas canciones del álbum que transmite algo parecido a energía positiva o entusiasmo. Geezer Butler, fan declarado de Tolkien, compuso la letra pensando en un personaje mágico que aparece para ayudar, transformar o guiar.

La canción presenta al arquetipo chamánico: el mago que irrumpe en medio de la oscuridad para traer una revelación. Algunos han querido ver aquí una alegoría de las drogas psicodélicas —el “hechicero” que abre puertas—, pero la banda siempre negó esa lectura.

Musicalmente, es un respiro tras el tono fúnebre de la canción inicial. El riff es rápido, con un ritmo casi boogie, y se acompaña de una armónica (tocada por el propio Ozzy) que le da un aire blues rock muy sesentero.

A pesar de su ligereza aparente, no fue una canción fácil de grabar. Bill Ward ha contado que fue una de las más complejas del disco por sus sutiles cambios de tempo y sus matices. Aquí Iommi usa afinación estándar, lo que contribuye al contraste sonoro con lo que vendría después.

Behind the Wall of Sleep

El título está tomado de un relato de H. P. Lovecraft, Beyond the Wall of Sleep (1919) y aunque la letra no es una adaptación directa, evoca los mismos temas: realidades paralelas, sueños que revelan otros mundos, el velo que separa dimensiones.

La canción parece describir una transformación: un despertar trascendental tras el paso por la oscuridad, como si el protagonista hubiera cruzado un umbral entre lo real y lo onírico. La luz surge, pero lo hace desde dentro del abismo.

En lo musical, es uno de los riffs más groovy del disco. El bajo de Geezer Butler toma protagonismo, especialmente en los pasajes instrumentales, y los cambios de ritmo están muy bien marcados. La línea vocal es sencilla, casi hipnótica, y contribuye a esa sensación de trance que recorre todo el tema. Oscila entre lo lisérgico y lo ritual.

Aunque suele pasar desapercibida entre otros clásicos del álbum, Behind the Wall of Sleep tiene una atmósfera muy particular, casi suspendida, como si la hubieran grabado en mitad de un sueño lúcido.

N.I.B.

Contada desde una perspectiva inusual, N.I.B. es la historia de Lucifer enamorado.
Sí, la voz narrativa es el mismísimo Diablo, pero no viene a tentar ni a destruir. Viene a confesar que el amor lo ha transformado. Es una canción subversiva, oscura y sorprendentemente romántica.

No se trata de satanismo ritual ni de provocación vacía. Es más bien una exploración simbólica: el mal absoluto que, ante el amor, revela vulnerabilidad. Una inversión del imaginario cristiano que en su momento escandalizó… pero que hoy resuena como una pequeña joya narrativa.

Y por cierto, “N.I.B.” no significa “Nativity in Black”, aunque mucha gente lo cree. El título tiene un origen mucho más peculiar: era el apodo de Bill Ward. Sus compañeros decían que su perilla parecía una plumilla de estilográfica (nib, en inglés), y decidieron escribirlo como “N.I.B.” simplemente porque sonaba más misterioso.

En lo musical, es una de las piezas más redondas del disco.
Abre con una intro de bajo icónica —uno de los primeros solos de bajo en la historia del metal—, antes de desplegar un riff poderoso, oscuro y adictivo.
Los cambios de ritmo están cuidadosamente trabajados, y Ozzy entrega aquí una de sus interpretaciones vocales más expresivas.
La estructura ya apunta hacia una forma más desarrollada de lo que sería el heavy metal.

Evil Woman

Evil Woman no es una composición de Black Sabbath, sino una versión del grupo estadounidense Crow, publicada originalmente en 1969. Fue incluida en el álbum por decisión de la discográfica, que la eligió como single de presentación —en contra de los deseos de la banda.

La letra es mucho más convencional: mujer fatal, engaño, traición amorosa. Nada que ver con el universo oscuro y simbólico que Sabbath estaba empezando a construir.

En lo musical, suena más cercana al blues rock psicodélico de finales de los 60. Tiene un groove atractivo, con buen trabajo rítmico, pero no representa el sonido Sabbath. Muchos fans la consideran un punto débil del disco, o al menos una anomalía dentro del conjunto.

Curiosamente, en la versión norteamericana del álbum fue sustituida por Wicked World, una decisión muy acertada, ya que esta última sí era una composición original, con la identidad del grupo claramente definida.

Sleeping Village

En apenas unos minutos, Sleeping Village construye un mundo detenido en el tiempo.

“Red sun rising in the skySleeping village, cockerel’s crySoft breeze blowing in the treesPeace of mind, feel at ease.”

La letra es fragmentaria, casi muda, y más que contar algo, sugiere imágenes: un lugar al amanecer, inmóvil, en el que parece haberse detenido la vida. No hay historia lineal, ni personajes, ni propósito. Todo está quieto, como en un cuadro onírico o una ensoñación oscura.

La música acompaña esa sensación desde el primer segundo.
Empieza con una guitarra acústica cargada de reverb y una guimbarda que suenan como si vinieran de otra habitación, de otro siglo.
Pero ese paisaje onírico se rompe abruptamente: la distorsión entra, y lo que parecía una meditación se convierte en una invocación.
En su tramo final, el tema explota en un riff denso, cortante, puro embrión del doom metal. Aquí es donde se anticipan los desarrollos más pesados y sabáticos de discos posteriores como Master of Reality o Vol. 4.
Y hay un detalle fascinante: Iommi graba varios solos tocados simultáneamente, como si respondieran entre sí desde diferentes planos. No hay intención de claridad: hay superposición, confusión controlada, como si estuvieran dejando que el caos decida cuál es el camino a seguir.

Es también una de las canciones donde más claramente se percibe la herencia del blues, pero transformada en otra cosa.

Warning

Warning es una versión ampliada —y totalmente transformada— de una canción original de Aynsley Dunbar Retaliation, un grupo británico de blues psicodélico activo a finales de los años 60.
La letra habla de una traición amorosa, sin simbolismo ni referencias oscuras. Es blues puro: decepción, advertencia, desconfianza. Pero lo que hace Sabbath aquí no es repetir una fórmula: es desbordarla.
En manos del grupo, Warning se convierte en una jam de casi diez minutos, una exploración libre de riffs, solos y cambios rítmicos que rompe con todo lo anterior del disco. Iommi se explaya sin límites: riffs que aparecen y desaparecen, fraseos que mutan, silencios, escaladas… Es su primer gran despliegue como guitarrista solista y ya se intuye su enfoque: no busca lucirse, busca construir atmósfera a través del exceso.

Musicalmente, el tema tiene poco de lo que después se asociaría con el doom metal. Es un ejercicio psicodélico-blusero, casi improvisado, donde se siente claramente la transición desde el sonido de Earth hacia algo más personal y pesado. Hay momentos de calma tensa, explosiones repentinas y pasajes en los que la banda parece volar.

Warning funciona como una especie de documento sonoro: una grabación que captura cómo sonaba la banda en directo, sin filtros ni ataduras. Por eso, aunque algunos fans más cercanos al doom suelen pasarla por alto, para los que quieren entender el ADN de Black Sabbath, es una pieza de museo.

Es el fin del viaje, pero también el comienzo de otra cosa.

Un cierre abierto, como si dejaran la puerta entreabierta para que la oscuridad vuelva a entrar en cualquier momento.

Wicked World*

Aquí Black Sabbath empieza a mirar el mundo con otros ojos. Wicked World es una crítica social y política directa: pobreza, guerras, desigualdad, alienación. Ya no hay psicodelia ni escapismo: hay una observación desencantada de la realidad.

They can put a man on the moon quite easy / While people here on earth are dying of old diseases.”

La letra traza un retrato gris del presente, una especie de conciencia de clase distorsionada por la electricidad. No hay esperanza en el sistema, pero sí hay rabia. Y eso ya es una forma de acción.

Musicalmente, el tema combina un riff afilado con una estructura menos repetitiva que en otras canciones del disco. Tiene momentos que suenan a jam improvisada, especialmente en la sección instrumental intermedia. La música, más directa y rockera, contrasta con la crudeza de la letra, lo que refuerza la tensión del conjunto.

Aunque no suele figurar entre los temas más celebrados, Wicked World marca un cambio de tono que será clave en la evolución futura de Sabbath: la mirada crítica hacia el mundo real.

*Originalmente Wicked World era la cara B del single Evil Woman, aunque en las reediciones del album se incluye como Bonus Track.

Epilogo: El comienzo del abismo

El primer disco de Black Sabbath no es solo el origen de un género. Es el punto exacto en que el rock descendió al inframundo y escuchó su eco más oscuro.
Un álbum grabado en un día, con medios precarios, por una banda sin pretensiones de leyenda… pero que, sin saberlo, abrió la puerta a un lenguaje nuevo: el lenguaje de la densidad, del miedo y del vacío. Escucharlo hoy es regresar al origen del vértigo. No es un disco perfecto ni busca serlo. Es un artefacto primitivo, cargado de intuición, de accidentes milagrosos, de atmósfera densa y preguntas sin respuesta.

Desde entonces, muchos otros perfeccionarían la fórmula. Más técnica, más pirotecnia, más volumen. Pero ninguno volvería a ese lugar exacto donde la distorsión aún no era un estilo, sino una sombra viva. Una sombra de la que surgieron cuatro chavales de Birmingham tocando como si estuvieran intentando invocar algo real, algo que poseía sus mentes y su época.

Y tal vez lo hicieron.

Para quien quiera sumergirse en este disco como merece, aquí os dejo los enlaces al álbum completo en Spotify y YouTube, junto con una versión en directo de la canción Black Sabbath que me parece sencillamente brutal.

En este directo —grabado en enero de 1970 en Bruselas—, Iommi abre el tema con una intro acústica inesperada, que añade una dimensión nueva a la pieza. Musicalmente, está más cerca del barroco sombrío que del folk: usa acordes menores con mucho espacio entre notas, generando una sensación de espera tensa. Un preludio perfecto para la oscuridad que vendrá después.

 

 

Led Zeppelin – IV

Hay discos que se anuncian con estruendo, con nombres grabados en oro o portadas diseñadas para atraer miradas. Led Zeppelin IV, en cambio, calla. No tiene título, ni el nombre de la banda, ni una sola palabra en la portada. Solo una imagen: la pintura de un anciano encorvado que carga leña, colgado como un retazo olvidado en una pared desconchada. Al otro lado del vinilo, el reverso muestra un edificio moderno en ruinas, como si alguien hubiese tendido un puente secreto entre dos mundos —el rural y el urbano, lo antiguo y lo moderno—, y hubiera insertado entre ambos una carta sin firmar. Una señal para quien supiera leerla.

Esa figura que carga ramas recuerda de inmediato al Diez de Bastos del Tarot Rider-Waite: el hombre vencido por el peso de su carga, doblado por el esfuerzo y aplastado por tareas que quizás ya no le pertenecen. Es el símbolo del mundo antes de la comprensión. El peso que debe ser transportado sin saber por qué. La imagen de alguien que aún no ha cruzado el umbral, pero que lo transporta consigo.

Y sin embargo, al abrir el álbum y descubrir al Ermitaño ilustrado en el interior —con su linterna alzada en la cima de una montaña—, la lectura cambia. Esa figura encarna otro arquetipo del tarot: el del portador del conocimiento silencioso, el que se retira del mundo para contemplarlo y vigilarlo desde los márgenes. Él no carga con ramas: porta una luz. La luz que solo puede encontrarse después de la introspección y el esfuerzo.

No hay contradicción entre ambas imágenes, sino una progresión. Una conduce a la otra como la fatiga al descanso o la noche al sueño. Toda iniciación comienza con un paso a ciegas, con el cuerpo inclinado por cargas que aún no comprenden su propósito. Y solo cuando se ha caminado lo suficiente bajo ese peso y se ha meditado, la figura se endereza y aparece la luz. La linterna no guía el inicio: lo consagra.

Cada símbolo del disco —los glifos, la ausencia de palabras, la figura arquetípica— compone un pequeño sistema de iniciación. Este disco es un objeto que exige que lo descifres, una escalera que solo aparece si estás dispuesto a subirla.

Dentro de esta obra sin nombre, alguien dejó señales veladas: símbolos íntimos, trazados como marcas rituales en el umbral de un templo invisible. Cuatro símbolos que no están dispuestos para explicar, sino para custodiar. Cada uno protege algo que no puede decirse en voz alta, y ninguno se abre del todo si no llevas dentro la pregunta adecuada.

Los cuatro sellos

Abres la carpeta del vinilo y ahí están: cuatro signos. No hay nombres, ni fotos, ni créditos. Solo eso: cuatro glifos dibujados con trazo firme, que parecen marcas de conjuro o tatuajes de un antiguo pacto. Son los sellos de los oficiantes. Y cada uno guarda un fragmento del poder que está a punto de desatarse.

El primero parece una palabra imposible: Zoso. Pero no suena a nada. No significa nada, al menos en la lengua que conocemos. Parece sacado de un grimorio, de esos libros que no se abren si uno no ha sido iniciado. Dicen que lo creó Jimmy Page, el custodio del templo, y que nadie ha podido descifrarlo del todo. Algunos lo vinculan con Saturno, otros con el demonio Asmodeo. Pero él no dirá nada. Si entiendes, ya sabes. Y si no, mejor no preguntes.

Junto a él, otro símbolo más sereno: tres óvalos entrelazados dentro de un círculo, una geometría que parece danzar en silencio. Es el sello de John Paul Jones. Hay algo antiguo en él, algo que huele a piedra y a equilibrio. Representa lo invisible que sostiene. La estructura oculta que da forma al caos. El arquitecto callado.

A la derecha, un triángulo de círculos unidos por la fuerza. Es el signo de Bonham. Parece un simple logotipo, pero late y cuando lo miras mucho rato, empieza a girar. Representa el ritmo puro, el golpe primigenio, la tormenta contenida en carne y hueso. Su símbolo no pretende enmascarar nada, más bien te lo lanza a la cara.

Y por último, una pluma dentro de un círculo. Es el sello de Plant. Pero no es una firma: es una chispa vital. La pluma de la diosa Ma’at, dicen, aunque también podría ser el aliento del dios Thoth, o la llama que se enciende cuando una garganta se abre al cielo. Ese símbolo no se escribe: se canta. Y lo que canta, arde.

Los cuatro sellos no explican nada y no necesitan hacerlo ya que están ahí como advertencia, como mapa y como prueba. Una vez dentro, ya no puedes volver atrás. Porque no estás ante un álbum. Estás ante un ritual.

El Grito y la Carne

Led Zeppelin IV arranca con una sacudida. Black Dog es una trampa, ya que el riff parece simple, pero no lo es: se pliega, se retuerce, se esconde. No sigue el compás, lo esquiva con precisión mesmérica. Cada vez que el oyente cree haberlo atrapado, se le escapa por medio compás. Como el deseo, como la carne: se ofrece y se niega a la vez.

Aquí la voz de Robert Plant emerge de un lugar donde el cuerpo ya no es instrumento, sino una herida abierta. Todo en esta canción gira en torno al ansia, a la seducción como circuito cerrado. La repetición se vuelve ritual, como si el acto mismo de desear fuera una prisión sin salida. Y en esa cárcel, el ritmo de Bonham es el carcelero.

Y sin darte respiro, Rock and Roll irrumpe con una batería que no parece grabada, sino invocada. El golpe de Bonham al principio no es un conteo: es el latido de algo que acaba de despertar. La canción es circular, vertiginosa, repetitiva, parece un conjuro antiguo: una de esas formas que, al repetirlas, transforman el aire que las rodea.

La letra “It’s been a long time…” es un mantra, que se repite como si intentara devolver al mundo un pulso olvidado. Plant grita como si su garganta ardiera con cada verso, y Page lo empuja aún más lejos con guitarras tensas y cargadas de fiebre.

Estas dos canciones no nos invitan a entrar: nos arrojan al barro. Son el plomo inicial, la materia bruta con la que toda transmutación debe comenzar. La alquimia antigua lo sabía: nada puede elevarse si antes no se sumerge. No hay oro sin podredumbre. Y Led Zeppelin IV lo entiende desde el primer alarido.

Aquí todo es cuerpo, todo es ritmo, todo es carne.

La Pérdida y la Prueba

Después del grito viene la separación. El cuerpo ya no manda: algo se desprende, se aleja y se desdobla. The Battle of Evermore suena como si viniera desde un lugar que no es el nuestro.

Cada nota que emerge de la mandolina de Page parece flotar en una habitación sin paredes. El ritmo ya no está en la tierra, sino en la niebla. Sandy Denny lo acompaña como la sacerdotisa de un oráculo cuya voz el disco no había revelado aún y su presencia señala el umbral donde lo mítico irrumpe. La canción ya no habla solo de batallas: habla de separación, de pérdida, de algo que se juega más allá del tiempo lineal.

Aquí se abren dos planos: el mundo y su reflejo, la historia y el mito, el yo y el otro. En este punto del viaje, el caminante empieza a entender que no basta con avanzar: debe atravesar una prueba. Y no está claro si saldrá entero.

Entonces aparece Stairway to Heaven como transición entre mundos. Comienza con guitarras acústicas envolviendo el sonido de una flauta pastoral, casi inocente, como si aún quedara algo del oro falso de los comienzos. Pero esa pureza se deshace ya que la guitarra va creciendo como una espiral. La voz sube, se dobla, se rompe. Y la letra va dejando caer pistas que nadie puede descifrar del todo.

¿Quién compra una escalera al cielo? ¿Por qué el camino se dobla con cada paso? ¿Qué verdad se revela solo cuando llega el silencio?.

Cada estrofa es un peldaño. Cada verso, una decisión. La canción crece como una iniciación lenta, irresistible, cargada de símbolos que parecen prometer respuestas, pero solo dejan más preguntas. Y cuando todo estalla en el solo de Page —que no es solo virtuosismo, sino expulsión de energía contenida— ya no hay vuelta atrás. Plant canta como si ardiera por dentro, como si su garganta fuera la antorcha del último ascenso.

Aquí el oro aún no ha aparecido. Solo hemos perdido la piel antigua. Y comenzamos a comprender que no basta con subir: hay que vaciarse en el proceso.

La Revelación y el Fuego

La subida no garantiza claridad. A veces, cuanto más alto se llega, más se descompone el mundo. Misty Mountain Hop es la primera señal de que algo se ha torcido. Ya no hay solemnidad; hay desorden, risas lejanas y confusión.

La canción empieza con un teclado extraño, casi irónico que parece una invitación al juego, pero enseguida se convierte en otra cosa: una caminata sin dirección por un mundo que ya no obedece las leyes antiguas.

La letra habla de huida, de desobediencia, de un viaje que no tiene mapa. Las montañas brumosas están al fondo, pero no llegamos nunca a ellas. Estamos atrapados en un espacio entre lo cotidiano y lo absurdo. La batería de Bonham martillea, pero no busca acompañar, sino anular el pensamiento lineal con un ritmo hipnótico, insistente y casi tribal.

Aquí la alquimia ya no separa ni purifica. Arde. Y arde sin explicación.

Four Sticks es todavía más inquietante ya que su estructura rítmica es anómala. Bonham toca con cuatro baquetas —dos en cada mano—, como si necesitara multiplicar el golpe para alcanzar algo que no se deja tocar con métodos normales. La guitarra es tensa, elástica, contenida en un espiral de repeticiones que no llegan a ningún clímax.

Plant canta desde lejos, como si lo hiciera a través de un laberinto que cambia de forma mientras avanza y donde parece no haber centro ni tierra firme. Esta es la fase del fuego ritual, la combustión sin control. Todo lo que no fue destruido en el cuerpo o en la prueba, arde aquí. Lo simbólico deja de tener bordes y las palabras no significan, sino que golpean.

Esta no es la iluminación. Es el precio a pagar por ella.

Interludio: El suspiro antes de la tormenta

Después del fuego, el mundo parece detenerse. Going to California no llega como una continuación, ni como una resolución. Es una grieta en el tejido del disco en la que todo queda en animación suspendida. Aquí no hay gritos ni tambores, ni tambores que parezcan gritos. Hay silencio, cuerdas suaves y una voz que por fin parece no invocar, sino recordar.

La letra parece sencilla, nos habla de un viaje, una promesa, una búsqueda. Pero debajo late algo más, quizá una huida sin dirección clara. El sonido es acústico, limpio, casi puro. Pero esa pureza no redime, más bien entristece porque no se ha alcanzado nada y se ha dejado atrás todo.

Esta canción es el exilio interior del alquimista. El momento en que, tras el fuego, no aparece aún el oro, sino una nostalgia que no pertenece a ninguna fase del proceso. Es el deseo de otro mundo y también, tal vez, la aceptación de que no lo habrá.

Y justo ahí, en esa calma imposible, empieza a oírse lo que viene: el rumor de la lluvia.

El juicio final

Y entonces, el agua.

When the Levee Breaks te arrastra con ella. El ritmo no golpea como en las canciones anteriores. Aquí no hay batería, hay tierra que se rompe. Bonham no toca: se convierte en una maquinaria tectónica. Su batería fue grabada al pie de una escalera de piedra, buscando una reverberación que no sonara humana. Y no suena humana. Suena a destino sellado, a cataclismo.

El riff principal es lento, denso e  hipnótico y se repite sin desarrollarse, como si no necesitara avanzar: le basta con hundir todo lo que encuentra. La armónica de Plant gime filtrada, arrastrada por el mismo barro que empieza a tragarse todo. La voz llega distorsionada, lejana, como si ya viniera desde después del desastre.

La letra, “If it keeps on rainin’, the levee’s gonna break,” basada en un viejo blues de Memphis Minnie, no es una metáfora. Es una sentencia que constata lo que es inevitable, que lo que antes contenía, ahora arrasa.

Este es el final del ritual. No hay redención ni epifanía. El diluvio no viene para limpiar, sino para borrar. Aquí ya no hay símbolos, solo fuerza primigenia que provoca que la estructura colapse y tras ello lo que queda es el eco de algo que ya ha pasado y que nadie podrá explicar del todo.

Pero Led Zeppelin IV no termina.

Se inunda.

Once veces Ozzy

Hace unos días el mundo del metal saltó por los aires con la noticia de la muerte de Ozzy Osbourne, una de las estrellas más icónicas de la historia de la música. Me escribió un colega para decírmelo y lo cierto es que me sentí raro y triste. No suelo idolatrar a nadie, pero después de pensarlo, Ozzy ha sido parte de mi vida musical los últimos 27 años, desde que lo descubrí con el primer disco de Black Sabbath.

Reconozco que el Madman nunca destacó por tener una gran voz, pero siempre supe que lo suyo iba por otro lado. Suplía sus carencias con muchísima presencia y sobre todo con su personalidad desequilibrada y excesiva. Puro carisma y locura.

Pero aunque el personaje de Ozzy devoró a John Michael Osbourne llevándolo al límite y casi a la autodestrucción, hay que darle todo el crédito como uno de los creadores del Heavy metal y también como descubridor de grandísimos guitarristas.

Ozzy, como mito viviente, siguió subiéndose a los escenarios hasta casi el último aliento. Tan solo dos semanas antes de su muerte, daba su último concierto en el homenaje a Black Sabbath que hubo en su ciudad natal, Birmingham. Estaba enfermo, no podía caminar… pero aun así salió al escenario y desde su trono lo dio todo, como solo lo hacen los que nacieron para estar ahí.

Hoy para rendirle tributo, os traigo 11 de mis canciones favoritas de su carrera en solitario.

Crazy Train

All aboard!! Con este grito salvaje, el bueno de Ozzy nos invita a subirnos a su tren de la locura. Crazy Train, incluida en su debut en solitario Blizzard of Ozz (1980), fue el pistoletazo de salida de una nueva etapa tras la ruptura con Black Sabbath. Y no pudo ser más certero: un tema explosivo, melódico y afilado, con uno de los riffs más míticos de la historia del metal, cortesía del malogrado Randy Rhoads —la primera de las joyas a la guitarra que descubrió el loco de Birmingham.

La canción tiene algo que la hace irresistible: es agresiva pero pegadiza, con una estructura brillante que combina la urgencia del punk con la precisión técnica del heavy clásico. La letra es casi una profecía: habla de la locura colectiva, de la paranoia social, de una realidad que se escapa de las manos… y todo esto en 1980.

La primera vez que escuché esta canción, el solo de Rhoads me voló la cabeza. Estuve escuchándolo en bucle una y otra vez. Es demencial. Pero no por su velocidad ni sus artificios, sino por cómo está construido: tiene una lógica interna casi matemática, pero cargada de emoción. Va subiendo, girando, rompiendo el espacio con una claridad casi barroca. Ahí entendí que Randy no solo era un guitarrista técnico: era un arquitecto del caos, alguien que tocaba con el alma y la cabeza al mismo tiempo.

Crazy Train no fue solo un Hit. Fue una declaración de independencia, una puerta que se abrió y por la que Ozzy salió disparado… y no volvió a mirar atrás.

Mr. Crowley

Esta canción, escrita por el bajista Bob Daisley, nos habla del famoso mago y ocultista Aleister Crowley, uno de los personajes más oscuros y polémicos del siglo XX. Pero no lo presenta como un héroe, ni mucho menos; al contrario, parece más bien una advertencia entre líneas.

Aun así, para los cristianos fundamentalistas norteamericanos la letra fue escandalosa. Y si a eso le sumamos la portada de Blizzard of Ozz, con Ozzy blandiendo una cruz, y su pasado en Black Sabbath, no tardaron en etiquetarlo como adorador del diablo. Paradójicamente, esa misma acusación lo convirtió también en un icono para algunos satanistas. Ozzy, mientras tanto, disfrutaba de la controversia y la publicidad gratuita.

Musicalmente, el tema es una maravilla. Empieza con unos teclados oscuros y atmosféricos, cortesía del gran Don Airey, hasta que entra Rhoads con otro brutal riff de guitarra, rematado por un par de solos estratosféricos en los que hace gala de todo su virtuosismo y técnica.

Los solos de Randy en Mr. Crowley suenan como si estuviera invocando algo desde otra dimensión. No se limitan a adornar la canción: la transforman, arrastrándola a un plano casi ritual. Son elegantes, articulados y llenos de una lógica interna casi barroca, pero con una agresividad latente que los hace explotar en el momento justo.
El primero es melódico y teatral, con escalas ascendentes que parecen elevar una pregunta al cielo, y el segundo responde con una avalancha de técnica y furia, como si el infierno contestara. Ambos están perfectamente construidos, con frases claras, pausas expresivas y una mezcla única de virtuosismo clásico y violencia eléctrica.

Una canción que sigue poniéndome los pelos de punta cada vez que suena. Randy aquí toca como si el infierno se abriera bajo sus dedos. A veces pienso que este tema es más poderoso que cualquier misa negra.

Over the Mountain

El tema que abre Diary of a Madman, el segundo disco en solitario de Ozzy, es una apisonadora de puro heavy metal. Desde ese arranque vertiginoso de batería hasta el último riff, todo suena afilado, agresivo y preciso. Una vez más, Randy Rhoads acapara todos los focos con otra interpretación magistral a la guitarra.

El solo que irrumpe tras la melodía oscura del puente podría hacer que Paganini se revolviera en su tumba… pero de pura admiración eléctrica.
No es solo técnica: es una descarga emocional con forma de espiral, una de esas que no se olvidan fácilmente.

Desgraciadamente, un año después, Rhoads fallecería en un accidente de avioneta, truncando una de las carreras más prometedoras de la historia del rock y dejando a Ozzy hundido en un pozo de desesperación, alcohol y autodestrucción.

Cada vez que escucho cualquiera de sus canciones, me cuesta no imaginar qué más podría haber creado este genio si hubiera vivido más tiempo.

Symptom of the Universe (Live)

En 1982, la compañía discográfica pidió a Ozzy que grabara un disco en directo con versiones de su antigua banda, Black Sabbath. La idea no le hizo mucha gracia al Príncipe de las Tinieblas, sobre todo porque aún estaba de duelo tras la muerte de Randy Rhoads. Aun así, hizo de tripas corazón y reclutó a otro grandísimo guitarrista: Brad Gillis.

El resultado fue Speak of the Devil, y he de reconocer que es uno de mis discos favoritos de Ozzy. Algunas versiones aquí son incluso más duras que las originales. Me cuesta elegir una sola canción del álbum, pero me voy a quedar con Symptom of the Universe. Si bien es cierto que no alcanza la majestuosidad de la original, aquí la banda la toca con una crudeza y ferocidad brutales, omitiendo eso sí la parte acústica final, que habría sido la guinda del pastel.

Escuchando este disco tengo la sensación que Ozzy lo dio todo en el escenario, exorcizando parte de los demonios que le devoraban desde dentro.

Bark at the Moon

El tema que da título al siguiente disco de Ozzy es una auténtica clase magistral de guitarra. Para este álbum, reclutó al que para muchos es el mejor guitarrista que ha pasado por su banda: Jake E. Lee. Un virtuoso que tocaba como si le fuera la vida en ello, pero con una elegancia felina. Aquí la banda está totalmente enfocada: Ozzy aúlla como el hombre lobo de la portada, mientras la base rítmica de Tommy Aldridge y Bob Daisley avanza como una apisonadora, allanando el terreno para que Lee desate una tormenta eléctrica con las seis cuerdas.

Su riff principal es rápido, agresivo y contagioso —como una carrera a cuatro patas bajo la luna llena—, pero es en el solo donde Jake E. Lee deja su huella. Una mezcla de velocidad, técnica y melodía que fluye con una naturalidad escalofriante. No hay pose, solo ferocidad estilizada. Un lobo tocando con guantes de terciopelo… hasta que los desgarra.

Pocas veces, una canción ha reflejado tan bien lo que muestra la portada.

Killer of Giants

The Ultimate Sin fue lanzado en 1986 y supuso un intento por comercializar el sonido de la banda, con resultados dispares. El enfoque compositivo se acerca demasiado al glam rock, y la producción tiene un punto extraño, como si el disco estuviera mal mezclado: todo suena algo enlatado, con poca profundidad, como si los instrumentos no terminaran de encontrarse entre ellos. Aun así, reconozco que el disco me gusta bastante, ya que está lleno de buenos temas como Lightning Strikes, Shot in the Dark, Never o el que da título al álbum. Pero entre todos ellos hay uno que sobresale claramente: Killer of Giants.

Un alegato antibelicista que comienza con unas guitarras acústicas sublimes y desemboca en una tempestad de riffs llenos de fuerza, acentuados aún más por los sintetizadores, que aportan una atmósfera dramática, casi cinematográfica. Un tema que mezcla fuerza y belleza de una forma maravillosa, como si una oración se transformara en grito antes de apagarse en la oscuridad.

De todos los Ozzy “ochenteros”, este es el que más me emociona. Es su lamento por un mundo que sigue fabricando gigantes para matarlos después.

Miracle Man

Para el disco No Rest for the Wicked de 1989, Ozzy renovó la banda una vez más: el bajista Bob Daisley volvió a filas, Randy Castillo se incorporó a la batería, y el Madman presentó al mundo a su nuevo diamante: Zakk Wylde, el guitarrista que más tiempo ha permanecido a su lado.

Miracle Man abre el álbum como un cañonazo: un riff cargado de armónicos marca de la casa, batería ochentera con reverbs desatadas, y Ozzy despachándose a gusto contra el televangelista Jimmy Swaggart, un tipo que había sido durante años uno de sus mayores críticos… hasta que lo pillaron con prostitutas, contradiciendo todo lo que predicaba. La canción se remata con un solo breve pero fulminante de Wylde, disparado a la velocidad de la luz, donde ya se intuía que este chico venía a jugar en la liga de los grandes.

El videoclip es todo un despliegue de sátira salvaje: rodado en una especie de iglesia llena de cerdos (el rebaño del pastor, claro), lanza dardos visuales a Swaggart y a toda su maquinaria hipócrita. Ozzy se ríe… pero enseñando los colmillos.

Miracle Man es la venganza en forma de riff: directa, burlona y con olor a azufre.

No More Tears

Los 90 llegaron y el heavy metal no pasaba por su mejor momento, pero a Ozzy eso le trajo sin cuidado. Tanto, que parió su mejor álbum.
Un disco lleno de temazos, riffs colosales, melodías memorables, emoción, letras profundas y solos vertiginosos. Acompañado por Zakk Wylde, Randy Castillo y Mike Inez, dio forma a una obra que plantó cara al sonido de Seattle que dominaba la época… y salió victorioso.

Elegir entre tanto cañonazo es difícil, pero yo me quedo con el tema que da título al disco. Siete minutos de puro metal que comienzan con un bajo hipnótico, flotando entre los golpes de batería, hasta que un slide afilado estira las guitarras y empieza a tejer el diálogo entre la voz de Ozzy —que aquí relata la mente distorsionada de un asesino en serie— y los demoledores riffs de Zakk Wylde. La conversación entre instrumento y cantante avanza como un mastodonte encadenado, hasta que llega el parón: un piano solitario entona unas notas bellas y espectrales, que anuncian la tormenta que está por venir. Y entonces estalla: un solo infernal de Wylde, lleno de garra, velocidad y furia lírica. Una descarga que lo arrasa todo.

No More Tears no es solo una canción: es un monumento. La prueba de que Ozzy, incluso en sus horas más inciertas, podía seguir dictando las reglas del juego.

Hellraiser

Hellraiser es uno de los temas más icónicos de No More Tears, y también uno de los más especiales por lo que representa: una colaboración entre Ozzy y Lemmy Kilmister, su amigo, cómplice y reflejo en otro infierno. La canción fue escrita por ambos, y también aparece en el álbum March ör Die de Motörhead, aunque la versión de Ozzy tiene una oscuridad más teatral y melódica.

La letra es casi un manifiesto: habla de la carretera, de la rabia, del destino y del precio de vivir al límite. Pero no como un lamento, sino como declaración de principios. Ozzy canta como si estuviera esculpiendo cada palabra con fuego. Su voz aquí suena más rasgada y dramática, y Zakk Wylde refuerza cada línea con riffs punzantes y un solo cargado de tensión y furia.

Hellraiser no es solo una canción sobre la autodestrucción: es una celebración de quienes sobrevivieron a sí mismos lo suficiente como para contarlo. Ozzy y Lemmy lo hicieron. Por eso, cuando suena este tema, lo que se escucha no es solo música: es un pacto sellado con sangre y distorsión.

Perry Mason

¿Quién, sino Ozzy, podría dedicarle una canción al protagonista de una serie de abogados de los años 60 y salirse con la suya? Solo él. Y el resultado es glorioso.

Perry Mason abre Ozzmosis (1995), el álbum con el que Ozzy regresaba tras varios años de silencio discográfico, y lo hace como una declaración de intenciones.

La canción arranca con un riff afilado como una cuchilla, directo al cuello, acompañado de una base rítmica pesadísima. El tema avanza con una energía casi industrial, sostenida por un Zakk Wylde más agresivo que nunca y unos teclados siniestros que refuerzan la atmósfera opresiva. La letra, extraña pero fascinante, convierte a Perry Mason en una especie de salvador mitológico que viene a poner orden en un mundo podrido.

Ozzy canta como si invocara a un justiciero imposible, entre el sarcasmo y el delirio y cuando llega el estribillo, con ese grito de “Who can we get on the case?”, no queda otra que rendirse.

Perry Mason es una rareza… pero también un temazo. Una forma perfecta de demostrar que, incluso en los 90, Ozzy seguía sabiendo cómo golpear con estilo.

Gets Me Through

Incluida en Down to Earth (2001), Gets Me Through es una de las canciones más honestas que ha escrito Ozzy. Aquí no hay disfraces, ni demonios, ni vampiros: hay un hombre que se mira en el espejo y le habla directamente a sus fans.

I’m not the kind of person you think I am, I’m not the anti-Christ or the Iron Man…

La letra desmonta el mito a la vez que lo habita. Es como si Ozzy dijera: “Sí, soy el loco, el bufón, el que se ha caído mil veces… pero también soy alguien que siente, que duda, que ha sobrevivido a cosas que no le desearía ni a su peor enemigo.”

Musicalmente, el tema tiene un pulso grave y mucho groove, con un riff hipnótico y una base rítmica poderosa. Robert Trujillo, al bajo, construye una línea densa y serpenteante que le da al tema un cuerpo oscuro y palpitante. Pero es en el solo donde todo se abre: una explosión melódica, llena de dolor contenido, que se despliega como un grito silenciado demasiado tiempo. Wylde descarga notas a una velocidad vertiginosa pero también le imprime mucho sentimiento.

Gets Me Through es, en el fondo, una carta abierta a quienes han estado ahí desde el principio. Y también una forma de decir: “Sigo aquí, y esto es lo que me mantiene vivo.”

 

Ozzy no era el mejor cantante, ni el más virtuoso, ni el más cuerdo. Pero eso da igual. Porque nadie ha sido Ozzy como Ozzy y jamás habrá otro igual.

Y en estas canciones —estas once bombas emocionales, oscuras, divertidas, salvajes y hermosas— está parte de su legado. El de un loco adorable, un superviviente de sí mismo, un bufón que se convirtió en rey, pero que no quiso dejar de ser bufón.

Gracias por la música, por el caos, por la eterna sonrisa… por todo.