Este pasado viernes fui con un par de colegas a ver a Megadeth en su gira de despedida. Fue una noche intensa, ruidosa y extrañamente emotiva. Antes del concierto estuvimos tomando algo y charlando de discos, conciertos y viejas historias, pero cuando las luces se apagaron y la banda apareció sobre el escenario, volví a sentirme como ese chaval que descubría fascinado las bandas con las que acabaría creciendo. Al final, llevo prácticamente media vida acompañado por toda esa música: canciones, discos y músicos que han terminado formando parte de mi propia historia.
Ver a Dave Mustaine y compañía tocar con esa intensidad más de cuarenta años después sigue siendo algo impresionante. Los años, las operaciones y el desgaste son visibles, claro, pero también lo es el entusiasmo de alguien que ayudó a construir un lenguaje musical propio y que todavía hoy sigue subiéndose a un escenario dispuesto a descargar riffs y solos como si estuviera en 1986.
El concierto acabó convirtiéndose en uno de esos rituales colectivos donde banda y público se retroalimentan constantemente. Miles de personas coreando riffs y estribillos mientras Megadeth dispara canción tras canción a un volumen demencial. Si has estado en uno ya sabes de lo que te hablo.
El setlist fue magnífico, aunque personalmente eché en falta algo más de material de la época thrash de los ochenta. Aun así, cayeron varias joyas de aquella era, entre ellas Mechanix, posiblemente una de las primeras composiciones importantes de Mustaine cuando todavía formaba parte de Metallica.
Y precisamente por eso hoy me apetecía hablar del disco con el que Megadeth y Dave Mustaine comenzaron realmente a construir el camino que terminaría convirtiéndolos en leyendas: Killing Is My Business… and Business Is Good!

En 1985 Megadeth era probablemente la banda underground más peligrosa y salvaje del planeta. Cuatro yonkis desatados componiendo canciones llenas de riffs imposibles, cambios de ritmo y tempos extraños. Aquí no hay baladas ni intención de sonar accesibles. Solo caos, violencia, odio, autodestrucción y una sed de venganza que atraviesa el disco entero.
Mustaine estaba completamente consumido por la rabia tras su expulsión de Metallica y quería demostrarle al mundo y a sus antiguos compañeros, que podían echarlo de una banda, pero no destruirlo. Toda esa furia terminó cristalizando en uno de los debuts más salvajes e incontrolables de la historia del metal.
La formación también era una anomalía fascinante. Dave Mustaine a la guitarra y voz, David Ellefson al bajo, Chris Poland como guitarra solista y Gar Samuelson a la batería. Mustaine y Ellefson eran metalheads obsesivos, mientras que Poland y Samuelson venían del jazz. Y esa mezcla extrañísima se escucha constantemente en las canciones.
De hecho, tanto este disco como el siguiente podrían definirse perfectamente como jazzy thrash metal. Había riffs agresivos y velocidad, sí, pero también una libertad rítmica y una sensación de caos improvisado que no tenía nada que ver con el resto de bandas de la época. Y lo más probable es que ni ellos mismos fueran conscientes de lo diferentes que sonaban.
Killing Is My Business… fue un despropósito absoluto de principio a fin. De hecho, lo verdaderamente increíble es que el disco llegara a grabarse.
La banda fue fichada por Combat Records después de escuchar su demo y recibió un presupuesto de 8000 dólares para grabar el álbum. El problema es que aproximadamente la mitad de ese dinero desapareció rápidamente entre drogas, alcohol y caos generalizado.
Con los 4000 dólares restantes tuvieron que improvisar soluciones desesperadas. La primera fue despedir al productor, un tal Jay Jones, al que Mustaine definió directamente como “un perdedor”. Después de eso, el propio Mustaine tuvo la genial idea de ponerse al mando de la producción junto al ingeniero de sonido Karat Faye, a pesar de no tener ninguna idea de como hacerlo.
¿Qué podía salir mal?
Pues casi todo salió mal. El disco suena como una patata, está mal producido y mezclado. El sonido es pobre y caótico, pero debajo de todo el lío musical, hay unas canciones increíbles y la interpretación de cuatro músicos tocando al límite y haciendo cosas que nadie había hecho hasta ese momento. Aún no lo sabían pero estaban redefiniendo el thrash metal.
Los músicos se pasaban el día colocados y Samuelson y Poland la mitad de los días ni siquiera aparecían por el estudio y cuando lo hacían estaban tan destrozados por la heroína que casi no podían ni tocar. Megadeth estaba al borde del desastre todos los días a todas horas y su futuro era más oscuro que el agujero más negro de la galaxia, por el que parecía que la banda se estaba deslizando cada vez más rápido. Pero a pesar de todo esto, lograron sacarlo delante.

Imagina que estás en una sala de conciertos viendo a un pianista clásico reinterpretar la Tocata y fuga en re menor de Bach. Sus dedos se deslizan elegantemente sobre el teclado mientras el público escucha en absoluto silencio… hasta que, de repente, cuatro chavales melenudos con cara de asesinos irrumpen en el escenario y le dan una paliza tan salvaje que te duele hasta a ti. Eso es exactamente Last Rites/Loved to Deth, la canción que abre este disco imposible.
El riff principal es una patada directa en la cabeza: hiper rápido, caótico y aun así ejecutado con una precisión letal. La batería de Gar Samuelson durante los versos resulta extrañísima para la época. Alterna golpes de caja con acentos en los timbales, creando una sensación casi inestable antes de volver a acelerar y descargar doble bombo sin ningún tipo de misericordia.
El solo de Mustaine destila violencia pura. Aquí no hay elegancia ni virtuosismo limpio; parece más bien el sonido de alguien intentando arrancarle el mástil a la guitarra. Y cuando termina, aparece otro riff brutal y unas risas maníacas empiezan a surgir por todas partes, como si la canción hubiera perdido definitivamente la cabeza. Mientras tanto, Mustaine grita las letras como un poseso, narrando una perturbadora historia de desamor. Solo llevamos una canción y Megadeth ya nos ha destrozado el cerebro.
Le sigue Killing Is My Business… and Business Is Good!, el tema que da título al disco y una de mis canciones favoritas de todo el álbum. La letra está inspirada en el cómic The Punisher y cuenta la historia de un asesino a sueldo contratado para eliminar a un objetivo que, intentando salvar la vida, termina ofreciéndole más dinero para que mate a la persona que lo contrató originalmente. Como buena historia salida de la mente de Mustaine, todo termina de la peor manera posible.
Musicalmente el tema es una absoluta locura. Los riffs son retorcidos, caóticos y están llenos de pequeños cambios que hacen que la canción nunca termine de asentarse del todo. Los constantes cambios de ritmo convierten el tema en una maravilla para mover la cabeza mientras Samuelson vuelve a demostrar que probablemente era el batería más extraño y creativo de toda la primera generación del thrash metal.
Otro detalle genial son las voces de Mustaine. Grabó dos pistas distintas: una cantada y otra prácticamente hablada. Escucharlas simultáneamente le da a la canción una sensación todavía más enfermiza y desquiciada.
The Skull Beneath the Skin es otra auténtica barbaridad. El tema comienza con un solo de guitarra ascendente y siniestro que parece anunciar que algo horrible está a punto de ocurrir.
Los riffs cromáticos son técnicos, afilados y retorcidos, mientras la batería de Gar Samuelson vuelve a moverse con ese swing errático que hace que todo parezca permanentemente al borde del caos. Las transiciones son frenéticas, los cambios aparecen constantemente y los solos de Mustaine elevan todavía más el nivel de violencia del tema. Incluso Ellefson se marca un pequeño solo de bajo absolutamente brutal que añade todavía más tensión a la canción.
Las letras narran la creación de Vic Rattlehead, la mascota de la banda, mediante una especie de ritual grotesco de tortura y brujería. Todo en la canción desprende una sensación insana que la convierte, sin ninguna duda, en una de las grandes joyas de este disco.
Rattlehead es el tema más rápido y thrasher de todo el álbum. Aquí Megadeth pisa el acelerador hasta el fondo y decide no hacer prisioneros. La canción funciona prácticamente como un homenaje a los fans del metal extremo, aunque por aquel entonces seguramente ni la propia banda imaginaba que después de este disco el número de seguidores crecería de forma descomunal.
Los riffs son vertiginosos, la batería parece estar permanentemente al borde del colapso y los solos de Chris Poland rozan directamente lo imposible. Y digo imposible literalmente, porque cuando era niño sufrió un accidente que le dejó parcialmente dañado un tendón de la mano izquierda, permitiéndole estirar su dedo índice muchísimo más de lo normal y alcanzar posiciones que resultaban inalcanzables para la mayoría de guitarristas. El resultado es un estilo de tocar extraño, elástico y casi alienígena que encaja perfectamente con el caos técnico de los primeros Megadeth.
Si alguien te pregunta qué es el thrash metal y le pones esta canción, probablemente no necesite más explicaciones.

Las revoluciones bajan ligeramente con Chosen Ones, un tema con un clarísimo regusto a la NWOBHM y mucho más cercano al heavy metal clásico que el resto del disco… al menos hasta que la canción decide ponerse violenta justo antes del solo de Mustaine.
Es un tema que aporta contraste y deja muy claras las raíces metaleras de la banda más allá del caos thrash que domina el álbum. Ellefson brilla especialmente aquí gracias a unas líneas de bajo muy marcadas que sostienen toda la canción con muchísima personalidad.
Las letras están inspiradas en Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python, concretamente en la escena del conejo asesino. Humor delirante para un disco completamente delirante y, probablemente, una de las canciones más infravaloradas y desconocidas de toda la primera etapa de Megadeth.
Llegamos a la maravilla absoluta del disco: Looking Down the Cross. Un tema que rezuma oscuridad y maldad de principio a fin. También es la canción más extraña, ambiciosa y progresiva de todo el álbum y, probablemente, una de las composiciones más inusuales que podían encontrarse en el metal de mediados de los ochenta.
Las letras narran los pensamientos de Jesús durante la crucifixión y están inspiradas parcialmente por La última tentación de Cristo de Martin Scorsese. Solo Dave Mustaine podía escribir algo así en pleno 1985 mientras intentaba construir la banda más peligrosa del metal.
Musicalmente la canción es fascinante. En apenas cinco minutos Megadeth comprime una cantidad increible de ideas y cambios de atmósfera. Todo empieza de forma lenta, triste y siniestra, acompañado por un tapping de guitarra que suena casi fantasmal. Poco a poco la tensión va creciendo mientras Mustaine pasa de recitar las letras a escupirlas cada vez con más rabia y desesperación.
La intensidad instrumental sigue aumentando hasta desembocar en un clímax final donde parece que toda la banda está a punto de descarrilar violentamente. Pero, igual que ocurre durante todo el disco, nunca terminan de hacerlo. Siempre están al borde del desastre y precisamente ahí es donde nacen maravillas como esta.
Looking Down the Cross no solo es la mejor canción de este álbum; también es uno de los primeros momentos donde empiezan a verse claramente los mimbres del thrash técnico y progresivo que Megadeth desarrollaría más adelante.
Mechanix es otro asalto implacable y descontrolado. Aquí Mustaine escupe gran parte de la rabia acumulada contra sus antiguos compañeros de Metallica, ya que esta fue una de las canciones que compuso durante su etapa en la banda y que ellos transformarían posteriormente en The Four Horsemen tras expulsarlo.
Y sinceramente, es difícil no entender parte de ese resentimiento. No solo acababan de echarlo del grupo; también estaban utilizando material compuesto por él mientras intentaban convertirse en la banda más grande del thrash metal. Eso tuvo que ser devastador para Mustaine. Pero lejos de derrumbarse, terminó fundando una de las bandas más peligrosas y técnicamente salvajes de toda la historia del metal.
Mechanix es thrash puro y duro. La banda vuelve a pisar el acelerador hasta el fondo mientras Mustaine canta sobre ligar en una gasolinera. Sí, las letras de este disco son completamente delirantes y parecen pertenecer a universos distintos según la canción.
El tema avanza como una estampida descontrolada hasta desembocar en un solo final que funciona como la culminación perfecta de toda la violencia, el caos y la rabia acumulada durante el álbum.
Y por supuesto, y para terminar, no podía faltar otro disparate más: la versión aceleradísima y completamente desquiciada de These Boots, el clásico de Nancy Sinatra.
Mustaine decidió coger una canción pop de los sesenta, llenarla de velocidad, mala leche y cambiar parte de las letras para volverlas más vulgares y agresivas. El resultado fue tan absurdo que años después surgirían problemas legales y algunas reediciones eliminarían la canción y otras terminarían censurando partes de la canción con pitidos ridículos, como si el propio disco siguiera negándose a existir de forma normal décadas después de haber sido grabado.
Y sinceramente, cuesta imaginar un final más apropiado para un álbum tan anárquico como Killing Is My Business… Un disco que existe a pesar de su obstinación por autodestruirse.
La portada original del disco es otro despropósito maravilloso. Otra gran idea ejecutada de manera lamentable, muy en sintonía con absolutamente todo lo que rodeó este álbum.
Originalmente Mustaine había dibujado un boceto inspirado en las letras de The Skull Beneath the Skin y lo envió a la discográfica, pero alguien perdió el diseño y, a última hora, decidieron improvisar una portada deprimentemente cutre. El resultado fue esa calavera de plástico con una vela que parece sacada del atrezo de una película barata de la Hammer junto a un logo gótico gigantesco colocado sin demasiada delicadeza. Mustaine y compañía casi se desmayan cuando vieron la portada por primera vez, no se lo podían creer.
Por suerte, cuando el disco fue reeditado en 2002, Megadeth pudo recuperar parcialmente la idea original y publicar una portada mucho más cercana a lo que Mustaine y Ellefson habían imaginado desde el principio.
Todo esto parece otra prueba más de que Killing Is My Business… estaba condenado a no convertirse nunca en la versión perfecta de sí mismo. Pero quizá ahí resida precisamente su magia.
Porque a pesar del caos, de las drogas, de la producción desastrosa y de una banda que parecía al borde de implosionar cada día, el disco terminó convirtiéndose en el álbum más vendido de la historia de Combat Records hasta aquel momento. La gente se volvió completamente loca con Megadeth y poco después Capitol Records los ficharía para grabar su siguiente trabajo.
Killing Is My Business… and Business Is Good! quedará para siempre como el nacimiento de una de las bandas más importantes e influyentes de la historia del metal. Un grupo que sobrevivió a adicciones, pobreza, cambios de formación y autodestrucción constante gracias a una combinación casi irrepetible de pasión, técnica, intensidad y pura obstinación.
Y si hablamos de debuts thrash, probablemente este siga siendo el más peligroso y violento de todos. En 1985 nadie alcanzaba los niveles de locura, agresividad y caos técnico de Megadeth. Ni siquiera Exodus o Slayer.
Mustaine no regresó después de Metallica para sobrevivir. Regresó para devorar a todas las demás bandas. Y durante unos cuantos años, realmente lo consiguió.
Os dejo la versión remezclada de 2018, en la que se aprecia perfectamente la calidad de estos temas.

Cuando Countdown to Extinction fue editado en julio de 1992, Megadeth venía de haber entregado uno de los discos más técnicos y reverenciados de la historia del thrash: Rust in Peace (1990). La pregunta era inevitable: ¿cómo continuar después de semejante cima? Dave Mustaine lo tenía claro. En plena era MTV y tras el terremoto del Black Album de Metallica, decidió dar un paso hacia un sonido más directo y accesible, pero sin perder filo ni discurso. El resultado fue el mayor éxito comercial de su carrera, un álbum que llegó al número 2 de Billboard y los consolidó como uno de los gigantes del metal.