Savatage – Hall of the Mountain King

Corría el año 1987 y Savatage se encontraban en una encrucijada. Después de dos discazos (Sirens y Power of the Night) y un magnífico EP (The Dungeons are Calling), que los había situado en lo más alto de la escena power/heavy metal norteamericana, habían dado un paso en falso con Fight for the Rock, su último disco dónde, presionados por su discográfica, habían coqueteado con el glam metal en busca de un éxito comercial que nunca llegó, dañando en el proceso parte de la credibilidad que tanto les había costado ganarse.

La banda tomó nota de esto y decidió salir a matar con su siguiente LP. Hall of the Mountain King es un disco brutal de heavy metal de la vieja escuela, lleno de riffs memorables, solos abrasivos, estribillos pegadizos y sobre todo, canciones magníficamente compuestas.
También supone el final de una etapa para Savatage, porque a partir de ese momento comenzarían a desarrollar un estilo más sinfónico y progresivo, que terminaría convirtiéndose en una de las señas de identidad de la banda.

El album fue grabado en los Record Plant Studios de New York, con la producción de Paul O’Neill, que consiguió un sonido paradójicamente crudo y pulido al mismo tiempo. El disco no suena sucio, pero tampoco está sobreproducido. Tiene una claridad enorme: cada instrumento ocupa su lugar y, sin embargo, conserva una agresividad casi física. Esa mezcla explica por qué el album sigue sonando tan fresco casi cuarenta años después.

Toda la banda está a un altísimo nivel, pero hay dos componentes que sobresalen sobre el resto. Criss Oliva brilla con luz propia, ya que su trabajo de guitarra es sin duda el eje central de Hall of the Mountain King. El sonido y los riffs de este álbum están entre los mejores que ha dado el heavy metal clásico. Aquí impera la música pegadiza y electrizante que invita a mover la cabeza y corear con el puño en alto. Sus solos virtuosos y melódicos, encajan en cada canción como la pieza faltante de un rompecabezas, pero sin eclipsar al resto de la música. Este album y el siguiente (Gutter Ballet), probablemente sean el momento álgido de Oliva, antes de su trágica muerte en 1993.

La interpretación vocal de Jon Oliva es insuperable, despliega un registro que se mueve entre lo gutural y el alarido desgarrador que encaja a la perfección con la agresividad melódica de este disco. Nunca fue el vocalista más dotado técnicamente, pero al igual que ocurre con Ozzy Osbourne, Dave Mustaine y tantos otros, nadie más habría encajado tan bien con la música de este álbum. Transmite una convicción absoluta en lo que canta; como si realmente creyera que más allá de la frágil estructura de la realidad, existe otra, más oscura y macabra poblada por terrores inimaginables.

Johnny Lee Middleton y Steve “Doc” Wacholz forman una base rítmica contundente y eficaz. Su trabajo siempre está al servicio de las canciones y nunca busca opacar a los hermanos Oliva, sino darles el terreno perfecto para que brillen. La batería de Wacholz sabe alternar potencia y contención según lo requiere cada tema, mientras que el bajo de Middleton aporta el cuerpo necesario para que los riffs de Criss Oliva suenen todavía más sólidos. Juntos mantienen en todo momento el equilibrio entre fuerza y claridad que caracteriza al álbum.

El disco abre con una triada demoledora que no hace prisioneros. El riff inicial de 24 Hrs. Ago te pilla por sorpresa y tu destino está sellado: quedas atrapado en las mazmorras del Rey de la Montaña durante los siguientes cuarenta minutos. Jon Oliva se desgañita como un poseso mientras su hermano Criss salpica todo el tema de solos incendiarios, hasta que, en el minuto 3:25, la canción se detiene por un instante para volver a arrancar con una sección más groovy y otra brillante exhibición de Criss Oliva.

Beyond the Doors of the Dark es el tema más oscuro del disco. Comienza con una intro que podrían haber firmado los Black Sabbath de la era Dio, para desembocar en un riff descomunal que nos arrastra cual Caronte cruzando el río Estigia. La voz de Jon Oliva adquiere tintes dramáticos para dar voz a un personaje consumido por sus propios fantasmas. El doble bombo y los teclados terminan de envolver la canción en una atmósfera inquietante, antes de que Criss Oliva vuelva a demostrar por qué era uno de los guitarristas más innovadores de su generación.

El nivel no baja ni un ápice con Legions, un tema repleto de groove y con un estribillo que invita a ser coreado a pleno pulmón. Jon Oliva juega aquí con dos pistas de voz simultáneas, utilizando registros distintos que crean un efecto tan extraño como impactante. Sin embargo, lo que siempre me atrapa es el segundo solo de guitarra, ya que tiene una carga melódica y emocional extraordinaria. Es de esos solos que, por muchas veces que los escuches, siguen poniendo la piel de gallina.

Strange Wings recupera el lado más melódico que Savatage había explorado en Fight for the Rock, aunque esta vez con una personalidad mucho más definida. Su melodía recuerda inevitablemente a los Scorpions de los años ochenta y posee todos los ingredientes para haber sido un gran single. Un tema muy accesible que demuestra que la banda podía sonar comercial sin renunciar a su identidad. Le sigue Prelude to Madness, una reinterpretación metálica del célebre fragmento En la gruta del rey de la montaña, perteneciente a la música incidental de Peer Gynt, del compositor noruego Edvard Grieg. Este interludio es mucho más importante de lo que parece, ya que empieza a prefigurar el camino sinfónico que seguiría la banda a partir de su siguiente disco. Su introducción posee un aire marcial y amenazante que recuerda al Marte de Gustav Holst, antes de desembocar en la célebre melodía de Grieg y preparar el terreno para la locura que está a punto de desatarse con la canción que da título al disco.

Hall of the Mountain King es el corazón del álbum y el tema que mejor condensa todos los elementos que convirtieron a Savatage en una banda única. Riffs letales y pegadizos, ritmo machacón, interpretación teatral de Jon Oliva, solos relampagueantes, un puente que va acumulando intensidad y un estribillo que se te queda clavado en el cerebro para el resto de tu vida: “Madness reigns in the hall of the mountain king!” Como si todo esto fuera poco, la canción vino acompañada de un videoclip tan delirante como entrañable, convertido hoy en una pequeña pieza de culto para los seguidores de la banda.

The Price You Pay es probablemente el tema más cercano al heavy metal clásico del álbum y también uno de los más pausados, permitiendo a Criss Oliva desplegar todo su repertorio técnico con una colección de solos memorables. Como contrapunto, White Witch acelera el pulso con un auténtico puñetazo de speed metal repleto de grandes riffs y doble bombo. The Last Dawn actúa como un bellísimo interludio acústico que sirve de antesala a otro de los grandes clásicos de la banda: Devastation. Su riff principal parece salido directamente de un álbum setentero de Black Sabbath, mientras Jon Oliva vuelve a ofrecer una interpretación intensa y dramática sobre unas letras de marcado carácter apocalíptico. Lejos de bajar la intensidad, Savatage cierra el álbum con la misma energía con la que lo abrió, rematando así, una colección de canciones difícil de igualar.

Hall of the Mountain King representa la cima de Savatage y una de las grandes cumbres del heavy metal. Cuatro décadas después sigue teniendo una pegada increíble y no importa las veces que lo escuches: tarde o temprano regresarás a los dominios del Rey de la Montaña. Y cuando las puertas se cierren a tu espalda, recordarás por qué este disco sigue siendo una auténtica obra maestra.

Black Sabbath – Mob Rules

Después del éxito de Heaven and Hell, Black Sabbath decidieron entrar al estudio otra vez para grabar su continuación y certificar así su resurrección en el mundo del metal. Y lo hicieron con otro puñetazo en la mesa: Mob Rules. Un disco que no tiene nada que envidiar a su predecesor y que en algunos momentos incluso lo supera.

Musicalmente este disco es un retorno a sus raíces oscuras, pero sin abandonar la senda melódica que habían iniciado con Heaven and Hell. Es un disco directo y cañero, pero también atmosférico.

Mob Rules fue el primer disco que grabó Vinny Appice en la batería tras la salida de Bill Ward durante la gira del anterior disco por problemas con el alcohol, el duelo por la muerte de sus padres y, como confesó años más tarde, porque no concebía la banda sin Ozzy cantando y se le hacía difícil subir al escenario todas las noches.

La verdad es que la elección de Appice fue muy acertada, ya que es un batería muy percusivo que se adapta bien a cualquier estilo. Su trabajo en Mob Rules es demoledor.
Dio parece mucho más asentado en la banda y su interpretación es aún mejor que en el anterior disco; su gran variedad de registros y sus letras fantásticas suben el nivel un peldaño más.

Iommi vuelve con sus riffs densos y oscuros. En este álbum su esencia se nota de manera aún más marcada y, en el apartado de los solos, continúa en modo guitar god, descargando un gran solo tras otro.
Geezer Butler nos regala su maestría habitual con el bajo, experimentando con efectos en algunas canciones. Trabajazo como siempre.

La banda decidió comprarse una casa-estudio propio para ahorrar dinero, pero al empezar a grabar el disco se dieron cuenta de que no conseguían sacar el sonido de guitarra que querían. Probaron en todas las partes de la casa y al final tuvieron que ir a un estudio profesional, después de haberse gastado un montón de dinero para nada. Muy típico de Sabbath.

Así que el álbum se acabó grabando en los Record Plant de Los Ángeles, otra vez bajo la supervisión y producción de Martin Birch, que en aquella época, al igual que algunos miembros de la banda, tenía serios problemas con las drogas. Aun así, y a pesar de todos los inconvenientes, consiguieron sacar adelante esta obra maestra con una producción limpia y muy contundente.

El enfoque de grabación, en esta ocasión, fue más grupal: la banda se dedicaba a hacer jam sessions y sacaban el material de manera orgánica y directa. Iommi recuerda que fue un proceso bastante extraño y que acabaron desechando un montón de buen material sin ningún motivo aparente. Me encantaría poder escuchar esas sesiones; tiene que haber oro.

Turn Up the Night es el primer disparo del disco, un tema de heavy ochentero rápido con Dio cantando como nunca y con unos solos pirotécnicos de Tony Iommi. Son destacables los que hace en el estribillo. Un gran inicio.

Le sigue Voodoo y aquí empieza el festival de riffs de Iommi. Un tema pegajoso que te hace mover la cabeza al ritmo de un Dio muy agresivo y un bajo serpenteante. Temazo.

The Sign of the Southern Cross es una de las joyas de este disco, un tema doom y pesado con otro riffazo de Iommi que avanza como un mastodonte machacando todo lentamente a su paso. También es destacable el inicio acústico y los efectos de bajo creando atmósfera. Mi canción favorita del álbum, sin duda.

E5150 es un interludio atmosférico que sirve para presentar el tema título. Como curiosidad sin fundamento, si traducimos los números del título a números romanos nos sale la palabra EVIL.

Le sigue The Mob Rules, otro puñetazo rápido y compacto, con otro riff brutal de Iommi (otro más, sí) que avanza en espiral. La batería tiene mucho groove y Dio se desgañita en su interpretación más agresiva. Temazo pegadizo. If you listen to fools…

Country Girl es otro medio tiempo contundente y pegadizo con… adivinad… efectivamente: más riffs brutales de Iommi. Y a estas alturas muchos de los que no conocéis a Black Sabbath os preguntaréis: ¿pero cuántos riffs buenos puede componer este tipo? Respuesta corta: Iommi nunca ha compuesto un riff malo; todos son nivel dios.

Seguimos con Slipping Away, un tema muy heavy y machacón donde resalta el duelo de solos de Iommi y Butler y que recuerda un poco a Led Zeppelin.

Falling off the Edge of the World comienza de manera dramática y desemboca en otro riff brutal marca de la casa que, junto con la batería de Appice y el bajo, nos lleva en volandas mientras Dio canta sobre el destino de los olvidados (el destino de todos en el fondo). Este tema es el otro gran clásico del disco.

Over and Over es la “balada doom” del disco, un tema pausado en el que Dio canta de manera emocional e Iommi nos ofrece grandes solos. Un gran cierre para un álbum de 10.

Muchos críticos dijeron en su momento que la banda había intentado hacer un Heaven and Hell Part 2, copiando la estructura del disco y de las canciones, y puede que en algunos momentos tengan razón. Pero el resultado final es otra obra maestra. Así que yo no lo veo como algo malo en este caso.

Black Sabbath saldría de gira aquel mismo año para presentar este álbum, en la que grabaron el directo Live Evil. Pero las grietas empezaron a aparecer en el seno de la banda y un año después Dio abandonaría el barco para iniciar su carrera en solitario, mientras que para Black Sabbath empezaría una era caótica que duraría toda la década de los 80 y parte de los 90, en la que por la banda pasarían un sinfín de músicos distintos y una mano negra haría que pasaran cosas muy raras.

A pesar de ello, Tony Iommi, que fue el único miembro constante, conseguiría componer algunos de los mejores discos de la historia del Heavy Metal.

Mob Rules queda como el testimonio de una banda que renació de sus cenizas y sus excesos y se reinventó para afrontar una década convulsa, pero muy fértil para el metal.

Black Sabbath – Heaven and Hell

Hay discos que aparecen de repente en una lista de reproducción y te obligan a detenerte. Esto me ha pasado esta mañana con Heaven and Hell. En cuanto empezó a sonar recordé por qué este álbum siempre me ha parecido uno de los grandes giros de timón de la historia del heavy metal.

Además recuerdo perfectamente el día que lo compré. Era una tarde fría, probablemente de finales de otoño de hace ya un par de décadas. Cogí un autobús para ir a una tienda de discos que estaba en un centro comercial cerca de donde hoy trabajo, aunque aquella tienda ya no existe.

Normalmente iba con una idea definida de lo que quería comprar, pero ese día no lo tenía nada claro, así que me puse a hablar con el dueño. Era un tipo que controlaba muchísimo y que me solía traer discos de importación, además de hacer muy buenas recomendaciones.

Me sugirió tres discos. Uno era el debut de Motörhead. Otro era Heaven and Hell. El tercero, curiosamente, ya no logro recordarlo. En mi memoria veo con bastante nitidez las portadas de los dos primeros sobre el mostrador, mientras que la tercera imagen se ha vuelto completamente nebulosa con los años.

Como ya conocía a Black Sabbath, decidí arriesgarme con este. En el trayecto de vuelta en autobús hice lo que hacía siempre: quitar el precinto y empezar a leer el libreto con curiosidad. Los créditos, el estudio, el productor… y por supuesto las letras. Era una parte divertida, porque cuando llegaba a casa ya tenía medio disco imaginado en la cabeza.

Recuerdo que lo puse en el equipo de mi cuarto y me senté en el escritorio, justo en el punto donde convergían los dos altavoces. El primer tema no me impactó demasiado en ese momento, pero el resto del disco sí. Me quedé impresionado con la voz de Dio y con el nuevo enfoque de la banda. Sonaba distinto a los Sabbath de los 70: más cercano al heavy metal ochentero, un estilo que yo no escuchaba demasiado por entonces porque estaba más metido en el thrash. Aun así, en la primera escucha ya me di cuenta de que estaba ante una obra maestra.

Y lo cierto es que el contexto de la banda en aquel momento hacía difícil imaginar un resultado así.

En 1979 las cosas no iban muy bien para Black Sabbath. Tras años de abusos de drogas y alcohol, problemas financieros, luchas con managers y el propio peso de la fama, la banda había llegado a un punto límite, aunque aún no lo sabían. El último disco —Never Say Die!— había sido un fiasco a nivel de crítica (un disco flojo y muy experimental, pero para nada malo) y en el seno del grupo cada uno iba a su bola, sumidos en sus adicciones.

La banda pasó once meses intentando componer material nuevo, pero el proceso se volvió interminable. Nada terminaba de fluir y la situación se volvió insostenible. Finalmente tomaron la dura decisión de echar a Ozzy, que estaba muy desconectado del resto y completamente quemado, y comenzaron la búsqueda de un nuevo cantante.

Sharon Arden, hija del entonces mánager de la banda Don Arden, sugirió a Ronnie James Dio, que acababa de abandonar Rainbow tras sus desavenencias con Ritchie Blackmore. Iommi le llamó y le invitó a pasar por su casa para asistir a una sesión de ensayo. Allí le mostraron algunas canciones a las que Dio empezó a poner letras prácticamente en el momento.
Ensayaron juntos… y de repente todo cobró sentido. El flujo creativo que llevaba meses bloqueado comenzó a desbordarse.

El resultado fue Heaven and Hell, un disco donde Black Sabbath se reinventan sin perder su esencia y, de paso, redefinen el género que ellos mismos habían creado una década antes.
Musicalmente el álbum no es tan oscuro como los anteriores. Tiene un toque más directo y melódico, cercano a la NWOBHM, con estructuras más definidas propias del heavy metal de los 80 y muy poca experimentación.

En cierto modo, Heaven and Hell funciona como un puente entre dos épocas: mantiene el peso y la identidad de los Sabbath de los 70, pero abre la puerta al heavy metal cañero y melódico que dominaría buena parte de los años 80.

La llegada de Dio fue clave. No solo aportó su versátil voz, sino también su imaginario: fantasía, mitología y ese tono épico y poético tan característico que atraviesa sus letras. Además, su forma de cantar permitió que la banda compusiera de otra manera, con más espacio para la melodía.
Mientras Ozzy Osbourne tendía a cantar siguiendo las guitarras y duplicando a menudo el riff vocalmente. Dio, con su formación operística, experimentaba más, componiendo melodías vocales complejas y sostenidas que a menudo iban sobre la instrumentación en lugar de seguirla, lo que definía un sonido más grande y polifónico. Su interpretación en este disco es sencillamente magistral.

Tony Iommi ofrece aquí sus riffs marca de la casa, aunque quizá algo menos sombríos que en los discos de los 70. A cambio, se destapa como un gran solista, desplegando algunos de los mejores solos de guitarra de sus carrera. Una faceta que hasta ese momento había pasado ciertamente desapercibida.

Bill Ward se adapta al nuevo enfoque del grupo y se le nota más contenido, trabajando claramente al servicio de las canciones, dejando un poco de lado sus improvisaciones más jazzísticas. Algo que tuvo que ser todo un reto para un batería tan anárquico como él.

Y Geezer Butler se sale directamente. Sus líneas de bajo están llenas de pequeños detalles que aportan una dimensión extra a todas las canciones.

La producción corrió a cargo de Martin Birch, que había trabajado con Deep Purple y Rainbow y que poco después produciría los discos más icónicos de Iron Maiden durante los años 80. Birch supo sacar lo mejor de Black Sabbath respetando su esencia, pero empujándolos a nuevos territorios. El sonido es nítido, contundente y muy equilibrado.

Neon Knights abre el disco con un riff rápido y muy rockero. Cuando entra la voz de Dio ya sabes que esto va en serio y que cualquier duda sobre si Black Sabbath podía existir sin Ozzy desaparece al instante. Neon Knights es pura intensidad melódica con potentes estribillos y buenos solos.

El delicado inicio acústico de Children of the Sea precede a una auténtica tormenta doom. La canción está construida para resaltar la melodía vocal de Dio más que los riffs de Iommi, y el contraste entre ambos funciona de maravilla, mientras Butler hace diabluras con su bajo. El estribillo y la parte previa al solo, con esos coros casi monásticos, ponen los pelos de punta. Temazo.

Lady Evil es un medio tiempo con mucho groove, muy bailable. Dio contaba que después de grabar las canciones solían ir a un club de striptease y les ponían los temas a las bailarinas: si ellas los bailaban, sabían que habían dado en la tecla. Los solos de Iommi abusando con estilo del pedal wah son magníficos.

El tema título quizá sea el más famoso del álbum. Musicalmente es un medio tiempo épico que avanza con ritmo marcial, mientras Dio declama su poesía hasta que todo explota y acelera. En esta canción todo es perfecto: riffs, voces, letras, melodías, solos llenos de delay… El final con esas guitarras acústicas clásicas es bellísimo y melancólico.
Heaven and Hell parece el reverso luminoso de la canción Black Sabbath: ambas comparten esa estructura lenta que desemboca en una explosión final, pero mientras una nace del terror, la otra surge de la épica.

Wishing Well es quizá el tema que más recuerda a los Sabbath de los 70. La banda se desata y tanto Geezer como Bill Ward aprovechan para añadir pequeños detalles rítmicos. Un tema que suele quedar algo eclipsado entre tanto clásico, pero que a mi me encanta.

La velocidad vuelve con Die Young, otro temazo que arranca con teclados atmosféricos de Geoff Nicholls antes de que las guitarras dobladas exploten. La interpretación de Dio aquí es especialmente agresiva y la sección central con los parones y mini solos de Iommi es brutal.

Walk Away es la canción más rockera del álbum. Quizá la que más suena a Rainbow y la más floja del conjunto, aunque sigue manteniendo buen nivel. Destacan una vez más las líneas de bajo y los solos.

El cierre llega con Lonely Is the Word, mi favorita del disco. Este tema es puro blues rock y un gran homenaje al género del que tanto bebieron en sus comienzos. El riff principal es simple y letal y Dio nos ofrece aquí una de sus interpretaciones más emocionales, pero lo que comienza a partir del minuto 1:55 es tremendo: sobre una base rítmica hipnótica y acompañado de sutiles teclados, Iommi descarga unos solos de guitarra maravillosos y llenos de pasión, ocupando todo el espacio mientras la canción se va desvaneciendo lentamente hacia el silencio.

En definitiva, un disco que demostró a mucha gente que Black Sabbath no estaban acabados, sino que simplemente necesitaban un cambio de rumbo. Dio revitalizó a una banda que parecía perdida y los hizo aún más grandes.

Al año siguiente grabarían otro gran disco, Mob Rules, pero poco después Dio abandonaría la banda para comenzar su meteórica carrera en solitario. Aunque volvería a principios de los 90 para grabar otro discazo más: Dehumanizer.

Más de cuarenta años después, Heaven and Hell sigue sonando como el momento en que una banda al borde del colapso decidió reinventarse y, contra todo pronóstico, volvió a levantar el vuelo. Y lo hizo con uno de los discos más elegantes, poderosos y atemporales de toda su carrera.

Megadeth – Countdown to Extinction

Cuando Countdown to Extinction fue editado en julio de 1992, Megadeth venía de haber entregado uno de los discos más técnicos y reverenciados de la historia del thrash: Rust in Peace (1990). La pregunta era inevitable: ¿cómo continuar después de semejante cima? Dave Mustaine lo tenía claro. En plena era MTV y tras el terremoto del Black Album de Metallica, decidió dar un paso hacia un sonido más directo y accesible, pero sin perder filo ni discurso. El resultado fue el mayor éxito comercial de su carrera, un álbum que llegó al número 2 de Billboard y los consolidó como uno de los gigantes del metal.

Del thrash a la MTV: la encrucijada de Megadeth

El salto estilístico se notó. Countdown to Extinction era de lejos, menos intrincado que su predecesor, con estructuras más sencillas y un aire más melódico. Para algunos fans radicales, aquello sonó a concesión. Pero al mismo tiempo, fue un movimiento estratégico brillante: Megadeth alcanzó audiencias mucho más amplias sin renunciar a su esencia. Mustaine encontró el equilibrio perfecto entre agresividad y accesibilidad, entre riffs cortantes y estribillos memorables.

Más allá de la polémica, el disco tiene una coherencia propia: alterna medios tiempos solemnes con ráfagas veloces, equilibra la crítica política y social con delirios personales y paranoicos, y sabe cerrar con un golpe de ferocidad que recuerda el pasado thrash de la banda. Su duración es medida, sin excesos, lo que le da una contundencia que otros discos de la época perdieron.

En un momento en que el metal se diversificaba y MTV dictaba tendencias, este álbum consiguió una difícil hazaña: sonar moderno y masivo sin perder la huella reconocible de Megadeth. Fue la encrucijada en la que Mustaine apostó por la claridad y la amplitud, y el resultado, lejos de diluir la banda, la catapultó al estrellato.

Riffs, paranoias y profecías

El arranque con Skin o’ My Teeth deja claro que Megadeth no había perdido su sed de sangre: un tema rápido, irónico, con Mustaine escupiendo frases a contratiempo y una energía que engancha desde el primer golpe. Tras esa apertura, llega Symphony of Destruction, quizá la canción más conocida de la banda: un riff minimalista, casi hipnótico, que avanza como una maquinaria imparable mientras Mustaine adopta el papel de narrador sombrío de una distopía política muy real, acompañado de un magistral solo de Friedman cargado de virtuosismo.

El disco alterna velocidad y medios tiempos con una precisión calculada. Sweating Bullets es una rareza fascinante y paranoica, con Mustaine desdoblándose en voces que parecen hablarse entre sí, como si el oyente asistiera a un diálogo interno de una mente sumida en la locura. En Foreclosure of a Dream, el tono cambia por completo: es la canción más política y amarga del álbum, con la recesión económica de fondo y un Ellefson especialmente protagonista en la línea de bajo.

El tema que da título al disco, Countdown to Extinction, encierra uno de los grandes momentos: un medio tiempo solemne, cargado de reflexiones ecológicas y filosóficas, que aporta respiro y amplitud en medio del arsenal de riffs. Y el cierre, Ashes in Your Mouth, es una bomba atómica llena de riffs veloces y giros técnicos con una sección instrumental y solos de guitarra demoledores que recuerda que Megadeth aun podía ser tan enrevesados como en Rust in Peace. Para mi, la mejor canción del álbum y una de las mejores de todo su catálogo.

Entre esos pilares, el álbum se completa con un puñado de canciones que aportan matices distintos sin perder fuerza. This Was My Life es uno de los cortes más personales: Mustaine escupe resentimiento y dolor con un tono confesional que convierte la canción en un ajuste de cuentas. Architecture of Aggression, otra de mis favoritas, se alza como un ataque quirúrgico, con riffs tensos, mucho groove y una atmósfera bélica que refleja la obsesión de Mustaine por los conflictos armados y la maquinaria de la guerra. High Speed Dirt, por contraste, es un desahogo visceral, un chute de adrenalina inspirado en el paracaidismo, que convierte la caída libre en metáfora de riesgo y liberación.

Más extraña es Psychotron, un delirio mecánico y sombrío inspirado en el cómic Deathlok que añade un registro diferente al conjunto. Y finalmente, Captive Honour condensa en pocos minutos una atmósfera teatral, con guitarras densas y ritmo contenido, que desemboca directamente en el violento clímax final del álbum. Son piezas que, con sus distintas intensidades, muestran a una banda en control absoluto de su rango expresivo, capaz de alternar velocidad, reflexión y experimentación sin perder identidad.

Virtuosismo con bisturí

La alineación clásica de Megadeth estaba en su punto álgido. Dave Mustaine firma algunos de sus riffs y solos más memorables y unas letras cargadas de ironía, paranoia y crítica social; además, su voz encuentra aquí un punto medio entre la ferocidad de antaño y una claridad que lo hace más accesible. A su lado, Marty Friedman despliega solos brillantes, llenos de melodía y de esas inflexiones exóticas que lo distinguían del resto de guitarristas de la época.

El bajo de David Ellefson no solo sostiene, sino que aporta carácter: se percibe con fuerza y late en todo el disco como columna vertebral. Nick Menza, por su parte, da el equilibrio perfecto: potencia sin caer en la pirotecnia y groove sin perder precisión. Su batería hace que las canciones respiren con naturalidad, apoyando tanto la agresividad como los pasajes más contenidos.

La producción de Max Norman jugó un papel decisivo. El sonido es cristalino y contundente a la vez: guitarras que cortan como bisturís, una batería con pegada seca, y una mezcla que coloca la voz de Mustaine al frente sin tapar la base instrumental. Es un disco pensado para sonar en MTV y en estadios, pero no por ello deja de ser afilado y reconocible como Megadeth.

Un clásico a prueba del tiempo

Treinta y cinco años después, Countdown to Extinction sigue siendo un pilar en la historia de Megadeth. Era imposible superar la cima de Rust in Peace, pero este álbum encontró su propio lugar: reunió canciones que han resistido el paso del tiempo y aún suenan con la misma potencia en directo. Fue el disco que los consolidó ante las masas, sin que la banda perdiera su identidad.

Más que un simple giro hacia la accesibilidad, mostró que Megadeth podía crecer y arriesgar sin dejar de ser reconocible. Y ese equilibrio —entre la ferocidad de su pasado y la ambición de llegar más lejos— es lo que lo convierte en un clásico atemporal.

Top 10 Power/Speed Metal alemán

Diez discos. Diez formas de entender el metal cuando aún era una cuestión de fe y no de algoritmos.

Durante semanas he vuelto a recorrer los caminos del Power alemán, ese territorio donde la melodía no suaviza la rabia, sino que la eleva. He escuchado estos discos como se mira un fuego antiguo: reconociendo en cada chispa algo que ya estaba en mí desde la primera vez que sentí que el mundo temblaba con un acorde.

No he buscado los más populares, sino los que conservan esa vibración que hace que el metal siga siendo grande: velocidad, emoción, luz y sombra. Discos que no envejecen porque fueron creados con honestidad y no buscando fama fácil.

Al final, este viaje ha sido más que una lista: ha sido una conversación entre pasado y presente, entre recuerdos asociados a estos discos y (re)descubrimientos fascinantes.

Si te atreves a escucharlos, que sea con el volumen al máximo y la mente abierta.

Iron Savior – Iron Savior (1997, Noise Records)

El debut de Iron Savior es una apisonadora de power/speed metal que no da respiro. Cada tema está construido sobre riffs monumentales y estribillos que se graban a fuego —pocos grupos manejan el arte del estribillo pegadizo con tanta precisión como ellos. Lo que los distingue del resto de la escena alemana es su imaginario de ciencia ficción y ese sonido de acero que combina el pulso ochentero de Judas Priest y Accept, pero con un enfoque más áspero y agresivo.

La voz rasgada de Piet Sielck, el genio melódico de Kai Hansen y la pegada implacable de Thomen Stauch convierten este álbum en un clásico instantáneo. El sonido es crudo y agresivo, pero envuelto en melodías heroicas que rozan la épica. Los solos de Sielck y Hansen —a menudo doblados o armonizados— crean esa sensación inconfundible de volumen y grandeza, con guitarras que parecen resonar desde distintos planos del espacio.

Es difícil elegir entre tanto temazo: Atlantis Falling abre el viaje con energía y velocidad desbordante, mientras Brave New World reafirma el espíritu conquistador del grupo, acelerando hasta el límite y martilleando con un estribillo perfecto. Y luego está Children of the Wasteland, cuyos solos parecen venir de otra dimensión: pura electricidad melódica suspendida en el vacío.

Este álbum es solo el principio de una discografía impecable: Iron Savior no tiene ni un solo disco malo y aquí es donde empezó a forjarse la leyenda. Piet Sielck nunca necesitó reinventar el género porque ya hablaba su idioma con fluidez. Iron Savior no busca sorprender, busca permanecer, y en ese empeño ha conseguido lo más difícil, mantener intacta la esencia del Power Metal.

Blind Guardian – Somewhere Far Beyond (1992, Virgin Records)

Descubrí este disco por culpa de un amigo metalero que lo describía con tanta pasión —intenso, melódico, vertiginoso— que terminé comprándolo a ciegas en una tienda, porque después de ponerme los dientes largos… ¡no me lo quiso prestar!. Aquella noche, al llegar a casa, lo puse y me voló la cabeza: nunca había escuchado algo tan rápido, limpio, desbordante y emocional al mismo tiempo.

La batería de Thomen Stauch parecía una bestia desbocada; los riffs y solos de Olbrich y Siepen, doblados y armonizados hasta el exceso, levantaban una auténtica catedral de guitarras. Y los coros de Hansi Kürsch —múltiples, majestuosos, casi a lo Queen— convertían cada estribillo en un himno de otra era. Pasé semanas escuchándolo sin parar, intentando comprender cómo podía existir tanta intensidad sin brutalidad.

El disco suena agresivo y melódico a partes iguales. Es una mezcla precisa, potenciada por una producción no muy nítida, pero sí orgánica, que permite que todos los instrumentos dialoguen como si contaran una historia con notas musicales y las letras fueran su traducción final. Si tuviera que definirlo con una sola palabra, sería intensidad. Incluso en los momentos más lentos y melódicos late esa corriente eléctrica que recorre el álbum de principio a fin. Buena parte de esa energía nace del estilo inconfundible de Thomen Stauch, que imprime el pulso vital sobre el que el resto de la banda construye su arquitectura sonora.

Time What Is Time abre el viaje con una calma engañosa que pronto se convierte en tormenta; Journey Through the Dark condensa la furia y la precisión del grupo; The Bard’s Song – In the Forest, la balada convertida en clásico absoluto de la banda y Somewhere Far Beyond cierra el trayecto con una velocidad épica, una despedida a fuego que aún resuena décadas después.

Este cuarto álbum marcó un antes y un después en la discografía de Blind Guardian. Aquí dejaron atrás el speed metal clásico y encontraron, por fin, su propio lenguaje: una combinación de agresividad, fantasía y precisión que cristalizaría en los dos discos siguientes. A partir de ahí se adentraron en terrenos más sinfónicos y controlados, y aunque ganaron en grandeza, perdieron algo de la frescura de esta época. Somewhere Far Beyond quedó como el testamento sonoro de una juventud desbordada, cuando cuatro chavales de Krefeld creyeron de verdad que podían conquistar el mundo con su música.

Running Wild – Black Hand Inn (1994, Noise Records)

Probablemente Running Wild —junto con Iron Savior— haya sido la banda más consistente de todas las que aparecen en esta lista. Entre 1987 y 1998 lanzaron ocho álbumes que rozan la perfección uno tras otro. Elegir solo uno de ellos es tarea casi imposible, pero al final me he quedado con Black Hand Inn: un disco variado, inspirado, y uno de los que mejor representan su imaginería y estética pirata.

Aquí todos los miembros están en estado de gracia. Rolf Kasparek brilla como siempre, componiendo temazos con riffs poderosos y melodías vocales inolvidables. Thilo Hermann se luce con solos llenos de virtuosismo melódico, y aunque el bajo de Thomas Smuszynski no busca protagonismo, sostiene el conjunto con solidez para que esa apisonadora llamada Jörg Michael destroce su batería a velocidad terminal.

La producción es de auténtico lujo: nítida y contundente, pero sin perder la crudeza que caracteriza a la banda. Todo suena vivo, orgánico y equilibrado.

En cuanto a las canciones, cuesta elegir favoritas porque el nivel es altísimo. Tras la intro The Curse, que prepara la atmósfera, Black Hand Inn estalla sin previo aviso con doble bombo y guitarras sincronizadas —esos riffs gemelos, tocados al unísono, tan característicos del heavy alemán— a toda velocidad. Para cuando llega el solo, tan rockero como inspirado, ya estamos rendidos al disco… ¡y solo es la primera canción!

The Privateer continúa en la misma línea: doble bombo incansable, letras épicas y un estribillo de los que se te quedan grabados a fuego. Los solos, melódicos y precisos, son una clase magistral de equilibrio entre técnica y sentimiento. Fight the Fire of Hate baja un poco las revoluciones, un medio tiempo con groove irresistible que te hace mover la cabeza sin parar, y una vez más las guitarras se roban el protagonismo.

Podría hablar de todas las canciones, porque el resto del álbum mantiene el mismo nivel. Si no conocéis a Running Wild, os recomiendo empezar por este disco o por cualquiera del período comprendido entre Under Jolly Roger y The Rivalry. Después de eso, la magia se esfumó… pero mientras duró, fue pura leyenda.

Gamma Ray – Somewhere Out in Space (1997, Noise Records)

De todas las bandas de esta lista, Gamma Ray es probablemente la que más he escuchado a lo largo de los años. Siempre me ha fascinado su estilo inconfundible, capaz de mezclar múltiples vertientes del metal sin perder identidad.

La banda fue fundada por Kai Hansen tras su marcha de Helloween, y después de unos comienzos algo experimentales, su sonido maduró definitivamente con Land of the Free. Ese hallazgo cristalizó en su siguiente obra, la que considero su mejor disco: Somewhere Out in Space.

Aquí, Hansen, Richter, Schlächter y Zimmermann están desatados. Es un álbum monumental, donde cada integrante brilla y la banda alcanza una cohesión sonora perfecta, ayudados también por una producción impecable, en la todo suena equilibrado, nítido y diseñado para resaltar cada instrumento en el momento justo.

Beyond the Black Hole abre el disco como un meteorito impactando: veloz, agresiva, con un estribillo pegadizo, un doble bombo sin fin y una sección instrumental donde ambos guitarristas ejecutan diferentes solos simultáneos que se entrelazan y complementan con precisión quirúrgica —una verdadera joya técnica y emocional. Es mi favorita del álbum.

Men, Martians and Machines representa el arquetipo del power metal: pegadiza, melódica y con un puente antes del estribillo simplemente magistral. El tema que da título al disco, Somewhere Out in Space, coquetea con el thrash, pero mantiene un espíritu épico con duelos de guitarra apabullantes y una energía desbordante. Solo con estas tres canciones podría definirse el género entero. Valley of the Kings, el single, es pura melodía, mientras que Watcher in the Sky (versión de Iron Savior, la otra banda de Hansen) redondea el conjunto con un aire más espacial y marcial.

La música de Gamma Ray es tan épica y luminosa que puede arreglarte hasta el peor día. Un clásico absoluto del metal alemán y una oda para mirar más allá de las estrellas.

Helloween – Keeper of the Seven Keys Part II (1988, Noise Records)

Reconozco que nunca he sido un gran fan de Helloween. A pesar de su fama y su enorme legión de seguidores, siempre me ha parecido una banda algo irregular, con una discografía que combina luces y sombras. Pero hay una excepción clara: el EP y sus tres primeros discos son auténticas obras maestras del metal europeo.

Todos tienen esa frescura, urgencia y garra que solo se da en los comienzos, y una calidad fuera de toda duda. Así que, sin saber cuál elegir, lo eché a suertes… y el destino decidió por mí: Keeper of the Seven Keys Part II, una joya absoluta, repleta de temazos de principio a fin.

Aquí Helloween suena en estado de gracia: grandes composiciones, guitarras virtuosas, estribillos memorables y un cantante que roza lo imposible, pero siempre con ese equilibrio entre melodía y energía que define su mejor etapa. La producción, para ser de 1988, es de auténtico lujo: todo suena claro, potente y perfectamente equilibrado.

Elegir canciones destacadas no es fácil entre tantas joyas, pero Dr. Stein es irresistible con sus letras irónicas, su ritmo contagioso y esos teclados maravillosos. I Want Out, el gran himno del pop metálico, una canción perfecta, diseñada para enganchar, que es imposible no cantar, y que contiene uno de los mejores solos de guitarra de todos los tiempos (este tema es obra de Kai Hansen, quien quizá ya empezaba a plasmar en ella su propio deseo de libertad). March of Time es el arquetipo del tema power metalero: velocidad, técnica y un Kiske desatado que lleva sus agudos al límite. Y el cierre, Keeper of the Seven Keys, una mini suite de más de trece minutos, lo tiene todo: cambios de ritmo, pasajes teatrales, melodías cuidadísimas y solos soberbios. Es la pieza más ambiciosa y, quizá, la más hermosa del disco.

Este álbum es un clásico absoluto del metal europeo: la cristalización perfecta de un estilo que marcó una época. Un disco luminoso, contagioso y épico, donde cada nota respira la sensación de que algo nuevo y grande estaba naciendo.

Primal Fear – Black Sun (2002, Nuclear Blast)

Primal Fear es la banda que Ralf Scheepers formó junto a Mat Sinner tras su salida de Gamma Ray, y fue, sin duda, la decisión correcta. Su estilo vocal —poderoso, agudo y teatral— no terminaba de encajar en el metal más desenfadado y experimental de Kai Hansen. En cambio, aquí encuentra su territorio natural: un Power Metal que bascula hacia el Heavy clásico, con claras influencias de Judas Priest, Accept y Iron Maiden.

Black Sun es su cuarto álbum y, junto con el debut, uno de los más inspirados. Scheepers ofrece una interpretación colosal, llena de matices y energía, mientras que las guitarras de Stefan Leibing y Henny Wolter combinan riffs afilados con solos vertiginosos y melódicos. La producción, densa y metálica, refuerza esa sensación de poder absoluto que recorre todo el disco.

El inicio no da tregua: Black Sun irrumpe con velocidad y precisión quirúrgica. Armageddon añade un punto más técnico, con un trabajo de guitarras excelente. Revolution baja el tempo y despliega un groove aplastante donde Scheepers brilla especialmente gracias a las voces dobladas de los estribillos. Fear podría haber figurado perfectamente en Painkiller: pura adrenalina de acero. Cold Day in Hell vuelve a los medios tiempos, con un riff tan pesado que parece arrastrar el cielo sobre la Tierra.

Black Sun es un disco para disfrutar sin prejuicios: clásico y contundente, cargado de energía, melodía y poder. Uno de los grandes pilares del Power Metal alemán de los 2000.

Rage – Secrets in a Weird World (1989, Noise Records)

Probablemente Rage sea la banda más infravalorada de toda esta lista y, al mismo tiempo, la que más riesgos artísticos ha asumido a lo largo de su carrera. Comandada por el genial Peter “Peavy” Wagner, ha contado siempre con músicos de primer nivel y una visión propia del metal: técnica, melódica y profundamente emocional.

Con una discografía tan extensa, elegir un disco representativo no es tarea fácil. Me he quedado con Secrets in a Weird World, su cuarto trabajo, un álbum que perfecciona la fórmula iniciada en Perfect Man: riffs memorables, melodías inspiradas, baterías atronadoras y solos virtuosos. El trabajo de Manni Schmidt es sencillamente apabullante; aquí se erige como la verdadera estrella del disco.

La producción, aunque no alcanza la nitidez de otras obras contemporáneas, tiene un encanto particular. Las guitarras suenan afiladas y punzantes, el bajo queda algo sepultado en la mezcla y la batería de Chris Efthimiadis, con su eco característico, aporta una atmósfera inconfundible.

El álbum abre con una breve introducción al piano basada en una composición de Prokófiev, preludio perfecto para lo que está por venir: Time Waits for No One y Make My Day, dos trallazos llenos de velocidad, riffs salvajes y estribillos irresistibles. Invisible Horizons es la joya absoluta del disco, cercana al arquetipo del power metal, con un solo legendario en el que Manni Schmidt despliega un tapping melódico que todavía hoy parece imposible.

Y si hay que elegir un cierre perfecto, ese es Without a Trace, una pieza de casi nueve minutos dividida en tres secciones, llena de matices y de giros, con un Peavy inspiradísimo que conduce el tema hasta un final que estalla como una tormenta.

Secrets in a Weird World confirma lo que muchos ya sabíamos: que Rage no necesitaba seguir modas para ser grandes. Solo necesitaban ser ellos mismos.

Grave Digger – Heart of Darkness (1995, GUN Records)

A primera vista, Heart of Darkness podría parecer un disco simple, directo, sin demasiados secretos. Pero cuanto más se escucha, más se abre su arquitectura interna: un trabajo lleno de matices, con una ejecución impecable y un equilibrio perfecto entre el Heavy/Power metal clásico y pasajes más atmosféricos, casi experimentales, que envuelven el álbum en una oscuridad magnética.

La producción es de auténtico lujo. Todo suena nítido y poderoso: las guitarras cortan como cuchillas, el bajo y la batería golpean con autoridad, y los efectos ambientales expanden la sensación de sombría que domina el disco. Esa mezcla entre claridad y densidad convierte a Heart of Darkness en una experiencia inmersiva.

Los riffs de Uwe Lulis son monumentales, simples pero demoledores, herederos de Accept, Saxon o Judas Priest. Y los solos —afilados, melódicos, precisos— están entre lo más inspirados de su carrera. Chris Boltendahl, con su voz rasgada y áspera, no es un cantante académico, pero su timbre crudo es parte esencial del carácter de la banda: el barro que hace brillar el oro.

El álbum no tiene un solo tema flojo. Shadowmaker y Warchild son pura velocidad, doble bombo y acero. The Grave Dancer y Demon’s Day se mueven con groove contagioso y un aura casi ritual. La pieza central, Heart of Darkness, es una composición de doce minutos: oscura, envolvente, alternando pasajes acústicos, riffs devastadores y atmósferas que podrían sonar en un sueño febril. Circle of Witches, inspirada en las tres brujas de Macbeth, comienza como una invocación de horror gótico y termina en uno de los mejores solos del álbum.

En conjunto, Heart of Darkness es una joya del Power Metal noventero más sombrío: denso, elegante y poderoso. Un disco que demuestra que la oscuridad, cuando se ejecuta con inteligencia, puede ser tan luminosa como el fuego.

Edguy – Mandrake (2001, AFM Records)

Edguy es una de esas bandas que siempre han orbitado a cierta distancia de mis escuchas habituales. Sin embargo, cada vez que me acerco a ellos percibo algo innegable: talento, energía y una forma muy personal de entender el Power Metal.

Mandrake, su sexto álbum, llegó después de los considerados puntos culminantes de su discografía —Theater of Salvation y The Savage Poetry—, y aunque quizá no alcanza la grandeza de aquellos, sigue siendo un trabajo notable, lleno de inspiración y oficio.

La producción es excelente: clara, potente y equilibrada. Las guitarras rugen con fuerza, la base rítmica sostiene con firmeza y los teclados aportan esa atmósfera casi mágica que recorre todo el álbum.

El disco abre con Tears of a Mandrake,  una pieza épica y envolvente, con un estribillo irresistible y una voz de Tobias Sammet que se adueña del espacio. Golden Dawn estalla con velocidad y una sección de solos armonizados que roza la perfección. Nailed to the Wheel y Fallen Angels son auténticos cañonazos, con riffs demoledores y una energía contagiosa. Y la ambición de The Pharaoh con sus diez minutos de cambios, pasajes acústicos, teclados atmosféricos y riffs y solos melódicos, confirma que aquí hay un compositor que piensa a lo grande.
Quizá el punto más débil del álbum esté en las baladas: correctas, pero previsibles y algo azucaradas para el tono general del disco.

Aun así, Mandrake funciona como una obra sólida y vibrante, que combina teatralidad y potencia con una ejecución impecable. No es el Edguy más inspirado, pero sí uno capaz de recordarte por qué este género puede ser, al mismo tiempo, espectacular y sincero.

Savage Circus – Dreamland Manor (2005, Dockyard 1)

Si alguien te pone este disco sin decirte el nombre de la banda, jurarías que estás escuchando a Blind Guardian. Lo digo con conocimiento de causa porque a mí me pasó. Dreamland Manor suena tan a la época dorada de los Guardian que podría pasar perfectamente por el sucesor perdido de Imaginations from the Other Side.

La razón es sencilla: Thomen Stauch, batería original de Blind Guardian, fundó esta banda cuando abandonó a sus antiguos compañeros, cansado de la deriva más sinfónica que estaba tomando el grupo. Para acompañarlo reclutó a Piet Sielck (Iron Savior) a las guitarras, bajo y producción —un trabajo monumental— y a Jens Carlsson y Emil Norberg, guitarrista y cantante de los suecos Persuader. El resultado: un clon perfecto del sonido clásico de los de Krefeld, pero con una frescura brutal y una producción más pulida.

La batería tiene una pegada descomunal, las guitarras suenan como cuchillas encadenadas y los solos —hiperarmonizados y melódicos— son una lección de cómo equilibrar técnica y emoción. Es un álbum intenso, muy intenso… no da tregua.

Evil Eyes abre sin advertencia, con riffs arrolladores y redobles de batería que parecen marcar el fin del mundo. Luego llegan Between the Devil and the Seas, It – The Gathering, When Hell Awaits y Ghost Story, todas explosivas, llenas de cambios de ritmo, solos encadenados y melodías que se clavan en la cabeza. En todas ellas, las guitarras desarrollan auténticos laberintos melódicos, enlazando microsecciones y variaciones con una naturalidad pasmosa; los solos están tan armonizados que parecen flotar sobre el doble bombo infinito de Stauch, empujándote sin respiro hacia el clímax. Born Again by the Night, cierra el círculo con un estallido final de velocidad, armonías y agresividad.

Dreamland Manor es intensidad melódica pura, un exceso glorioso que te deja el cuello contracturado y una sonrisa imborrable. Si amas los cinco primeros discos de Blind Guardian, antes de sus giros sinfónicos y progresivos, este álbum es tu portal de regreso.

Solo te advierto una cosa… tus cervicales no volverán a ser las mismas.

Black Sabbath – Black Sabbath



Cada vez que entraba en la tienda de discos en mi adolescencia, la portada de este album me esperaba en el estante como una maldición silenciosa. La figura espectral en primer plano, el molino en ruinas, la atmósfera siniestra: parecía una fotografía tomada desde dentro de un sueño antiguo.

Durante mucho tiempo, dudé si comprármelo, hasta que un día, salí de allí con Black Sabbath bajo el brazo y con —el injustamente denostado— Forbidden, el álbum que cerraba su discografía hasta ese momento.

Por aquel entonces yo andaba metido en otros clásicos como Deep Purple o Queen. Pero Black Sabbath lo cambió todo para mí, con ellos descubrí un sonido más oscuro y primitivo, o mejor dicho, menos sofisticado que el de las bandas antes mencionadas. Fue todo un descubrimiento, que me internó por paisajes sonoros cada vez más duros y salvajes.
Fue mi bautizo en el heavy metal.

Pioneros del Metal

La banda integrada por Tony Iommi (guitarra), Ozzy Osbourne (voces), Geezer Butler (bajo) y Bill Ward (batería) se fundó en Birmingham en 1968, primero con el nombre de Polka Tulk Blues Band y después Earth. No fue hasta 1969 cuando cambiaron el nombre a Black Sabbath en homenaje a la película de Mario Brava, interpretada por Boris Karloff. Inspirados por ella, la banda se propuso crear el equivalente musical al cine de terror.

Muy pronto, la banda empezó a crear un sonido distintivo que se alejaba bastante de las tendencias de la época, ya que era un sonido oscuro, denso y pesado, que contrastaba mucho con la psicodelia y la alegría “Flower Power” de los hippies. Lo más curioso de todo esto es que este sonido tan característico fue creado por accidente y no un accidente en sentido figurado, sino uno real que el guitarrista Tony Iommi sufrió en la fábrica donde trabajaba.

El accidente que lo cambió todo

A los 17 años, una guillotina seccionó las puntas de los dedos anular y medio de la mano derecha de Iommi, en su último día de trabajo en una fabrica de chapas de metal. Los médicos le dijeron que nunca volvería a tocar la guitarra, que se olvidara. Pero Iommi no se vino abajo y decidió que seguiría tocándola, para ello fabricó unos dedales de plástico que recortó de una botella de Fairy y a los que moldeó en forma de dedo, cubriéndolos con tiras de cuero de una vieja chaqueta. Estas prótesis caseras le permitieron tocar, pero crearon a su vez dos problemas. Primero, los dedales no le permitían sentir las cuerdas, derivando esto en una tendencia a presionarlas muy fuerte. En segundo lugar, tenía dificultades para doblar las cuerdas, lo que le llevó a buscar cuerdas de guitarra de calibre ligero para que le resultara más fácil hacerlo. Sin embargo, Iommi recuerda que este tipo de cuerdas no se fabricaban en ese momento, por lo que utilizó cuerdas de banjo en su lugar, hasta alrededor de 1970-71, cuando Picato Strings comenzó a fabricar cuerdas de guitarra de calibre ligero. Además, utilizó los dedos lesionados predominantemente para tocar acordes en lugar de solos de una sola nota. Más tarde, también comenzó a afinar su guitarra en tonos más bajos, a veces hasta tres semitonos por debajo de la afinación estándar. Aunque Iommi afirma que el objetivo principal al hacerlo era crear un «sonido más grande y pesado», aflojar las cuerdas hace que sea más fácil doblarlas. De cualquier modo, Iommi creó un sonido totalmente nuevo y distintivo que ha influenciado a incontables guitarristas a lo largo de los años y de paso se convirtió en el rey absoluto del riff.

Butler, Iommi, Ward & Osbourne

El génesis del Heavy metal

1970 es el año considerado casi por unanimidad del nacimiento del heavy metal, pero antes de esta fecha ya existían algunas bandas que se podrían considerar proto-heavy como Blue Cheer, Vanilla Fudge, Iron Butterfly, Led Zeppelin o Deep Purple. Todas estas bandas intentaron crear un sonido más pesado y más enfocado en los riffs de guitarra, pero no fue hasta la llegada de Black Sabbath cuando todo esto cristalizó de alguna manera, para dar vida a un nuevo género musical.

Aunque es considerado el punto de partida del heavy metal, el álbum debut de Black Sabbath, todavía arrastra los ecos de los años 60: las atmósferas psicodélicas, las estructuras heredadas del blues o ciertos pasajes jazzeros en la batería de Bill Ward, pero todo envuelto en un tono lúgubre.

Lo cierto es que lo que hoy consideramos el nacimiento del heavy metal fue, en su momento, poco más que una sesión maratoniana y barata.
El primer disco de Black Sabbath se grabó en un solo día: el 16 de octubre de 1969, en los estudios Regent Sound de Londres. La banda entró al estudio como si fuera un directo: tocando juntos, sin apenas overdubs, con una producción mínima y sin filtros. Venían de tocar en clubes y pubs donde solían alargar los temas e improvisar, así que llegaron con todo muy ensayado. El productor Rodger Bain capturó la esencia del grupo en bruto. No hubo grandes decisiones técnicas, solo micrófonos, válvulas, distorsión y atmósfera. El resultado fue un álbum crudo, oscuro y sin pulir, como si alguien hubiera grabado una sesión de espiritismo con instrumentos eléctricos.

Pero la clave no fue solo la rapidez, fue la honestidad del sonido: lo que se escucha es exactamente lo que eran. No hay efectos, solo una banda joven que, sin saberlo, estaba inventando un lenguaje musical nuevo con cada acorde.

El riff que surgió del abismo: Black Sabbath

Llueve.
La primera vez que escuchas este disco, lo primero que llega no es una guitarra, ni una voz, ni siquiera una melodía.
Es la lluvia.
Y una campana.
Una campana solitaria, fúnebre, como la que anunciaría el paso de un cortejo en mitad de la niebla, mientras una tormenta se acerca lentamente.
Nada en esa introducción parece querer seducirte, parece el inicio de una película de terror.
Y entonces, un trueno estalla anunciando la llegada del riff.
Tres notas.
Sol, Do sostenido, Sol.
El infame tritono, el intervalo maldito que durante siglos fue desterrado de la música sacra por parecer invocar algo que no debía nombrarse. Tony Iommi lo manifiesta con una guitarra afinada más grave de lo habitual, y con unos dedos mutilados que parecieran conocer el secreto del abismo. El resultado es primitivo, denso, como el retumbar de una puerta ancestral que se abre sola.

Y luego, Ozzy.
Su voz como un susurro aterrado.“What is this that stands before me?”
No canta, más bien parece lanzar una advertencia.
Y tú, aunque no veas lo que él ve, sabes que está ahí.
Hay algo en ese timbre nasal, quebradizo y espectral que te coloca de inmediato en estado de alarma. Como si estuvieras asistiendo a una aparición, pero no desde la seguridad de la lejanía, sino desde el lugar del testigo… de la víctima.

El bajo de Geezer serpentea amenazante en la penumbra, mientras Bill Ward marca el ritmo con golpes espaciados, como pasos que se acercan en la oscuridad.

Pero la canción no permanece estática.
Se acelera, se sacude. Pasa de ser un ritual a una huida, de lo contenido a lo desatado.
Ya no hay testimonio, hay vértigo. El miedo ha tomado el control de la música y ahora corre, jadea, se desborda… Pero no hay salida.

Escuchar esta canción en 1998 fue para mí como abrir una puerta hacia lo que la música rara vez se atreve a mostrar: su lado verdaderamente oscuro.
Imagino el impacto que tuvo que tener en 1970, cuando aún resonaban las guitarras soleadas del flower power, y de pronto alguien —cuatro tipos de Birmingham, uno con los dedos amputados— llegó con esto: con la música del miedo.
Un miedo nuevo, un miedo que aún estaba por inventarse.

La letra fue compuesta por Ozzy, inspirada en una experiencia paranormal que vivió Butler. Al parecer, una noche se despertó y vio una enorme figura oscura y amenazante a los pies de su cama que poco después se desvaneció, junto con un viejo libro de ocultismo que había estado leyendo esos días.

Otro dato interesante es que el riff —Sol, Do♯, Sol— no solo invoca al mismísimo diablo musical, sino que está inspirado en la marcha ominosa de “Marte, el portador de la guerra” de Gustav Holst. Al igual que aquella composición orquestal, el tema avanza con solemnidad bélica, como si anunciara un cataclismo inminente. La diferencia es que, en lugar de una batalla cósmica, lo que se avecina aquí es la irrupción de lo inexplicable en lo cotidiano. Una visita desde el lado oscuro.

The Wizard

Inspirada en Gandalf de El Señor de los Anillos, The Wizard es una de las pocas canciones del álbum que transmite algo parecido a energía positiva o entusiasmo. Geezer Butler, fan declarado de Tolkien, compuso la letra pensando en un personaje mágico que aparece para ayudar, transformar o guiar.

La canción presenta al arquetipo chamánico: el mago que irrumpe en medio de la oscuridad para traer una revelación. Algunos han querido ver aquí una alegoría de las drogas psicodélicas —el “hechicero” que abre puertas—, pero la banda siempre negó esa lectura.

Musicalmente, es un respiro tras el tono fúnebre de la canción inicial. El riff es rápido, con un ritmo casi boogie, y se acompaña de una armónica (tocada por el propio Ozzy) que le da un aire blues rock muy sesentero.

A pesar de su ligereza aparente, no fue una canción fácil de grabar. Bill Ward ha contado que fue una de las más complejas del disco por sus sutiles cambios de tempo y sus matices. Aquí Iommi usa afinación estándar, lo que contribuye al contraste sonoro con lo que vendría después.

Behind the Wall of Sleep

El título está tomado de un relato de H. P. Lovecraft, Beyond the Wall of Sleep (1919) y aunque la letra no es una adaptación directa, evoca los mismos temas: realidades paralelas, sueños que revelan otros mundos, el velo que separa dimensiones.

La canción parece describir una transformación: un despertar trascendental tras el paso por la oscuridad, como si el protagonista hubiera cruzado un umbral entre lo real y lo onírico. La luz surge, pero lo hace desde dentro del abismo.

En lo musical, es uno de los riffs más groovy del disco. El bajo de Geezer Butler toma protagonismo, especialmente en los pasajes instrumentales, y los cambios de ritmo están muy bien marcados. La línea vocal es sencilla, casi hipnótica, y contribuye a esa sensación de trance que recorre todo el tema. Oscila entre lo lisérgico y lo ritual.

Aunque suele pasar desapercibida entre otros clásicos del álbum, Behind the Wall of Sleep tiene una atmósfera muy particular, casi suspendida, como si la hubieran grabado en mitad de un sueño lúcido.

N.I.B.

Contada desde una perspectiva inusual, N.I.B. es la historia de Lucifer enamorado.
Sí, la voz narrativa es el mismísimo Diablo, pero no viene a tentar ni a destruir. Viene a confesar que el amor lo ha transformado. Es una canción subversiva, oscura y sorprendentemente romántica.

No se trata de satanismo ritual ni de provocación vacía. Es más bien una exploración simbólica: el mal absoluto que, ante el amor, revela vulnerabilidad. Una inversión del imaginario cristiano que en su momento escandalizó… pero que hoy resuena como una pequeña joya narrativa.

Y por cierto, “N.I.B.” no significa “Nativity in Black”, aunque mucha gente lo cree. El título tiene un origen mucho más peculiar: era el apodo de Bill Ward. Sus compañeros decían que su perilla parecía una plumilla de estilográfica (nib, en inglés), y decidieron escribirlo como “N.I.B.” simplemente porque sonaba más misterioso.

En lo musical, es una de las piezas más redondas del disco.
Abre con una intro de bajo icónica —uno de los primeros solos de bajo en la historia del metal—, antes de desplegar un riff poderoso, oscuro y adictivo.
Los cambios de ritmo están cuidadosamente trabajados, y Ozzy entrega aquí una de sus interpretaciones vocales más expresivas.
La estructura ya apunta hacia una forma más desarrollada de lo que sería el heavy metal.

Evil Woman

Evil Woman no es una composición de Black Sabbath, sino una versión del grupo estadounidense Crow, publicada originalmente en 1969. Fue incluida en el álbum por decisión de la discográfica, que la eligió como single de presentación —en contra de los deseos de la banda.

La letra es mucho más convencional: mujer fatal, engaño, traición amorosa. Nada que ver con el universo oscuro y simbólico que Sabbath estaba empezando a construir.

En lo musical, suena más cercana al blues rock psicodélico de finales de los 60. Tiene un groove atractivo, con buen trabajo rítmico, pero no representa el sonido Sabbath. Muchos fans la consideran un punto débil del disco, o al menos una anomalía dentro del conjunto.

Curiosamente, en la versión norteamericana del álbum fue sustituida por Wicked World, una decisión muy acertada, ya que esta última sí era una composición original, con la identidad del grupo claramente definida.

Sleeping Village

En apenas unos minutos, Sleeping Village construye un mundo detenido en el tiempo.

“Red sun rising in the skySleeping village, cockerel’s crySoft breeze blowing in the treesPeace of mind, feel at ease.”

La letra es fragmentaria, casi muda, y más que contar algo, sugiere imágenes: un lugar al amanecer, inmóvil, en el que parece haberse detenido la vida. No hay historia lineal, ni personajes, ni propósito. Todo está quieto, como en un cuadro onírico o una ensoñación oscura.

La música acompaña esa sensación desde el primer segundo.
Empieza con una guitarra acústica cargada de reverb y una guimbarda que suenan como si vinieran de otra habitación, de otro siglo.
Pero ese paisaje onírico se rompe abruptamente: la distorsión entra, y lo que parecía una meditación se convierte en una invocación.
En su tramo final, el tema explota en un riff denso, cortante, puro embrión del doom metal. Aquí es donde se anticipan los desarrollos más pesados y sabáticos de discos posteriores como Master of Reality o Vol. 4.
Y hay un detalle fascinante: Iommi graba varios solos tocados simultáneamente, como si respondieran entre sí desde diferentes planos. No hay intención de claridad: hay superposición, confusión controlada, como si estuvieran dejando que el caos decida cuál es el camino a seguir.

Es también una de las canciones donde más claramente se percibe la herencia del blues, pero transformada en otra cosa.

Warning

Warning es una versión ampliada —y totalmente transformada— de una canción original de Aynsley Dunbar Retaliation, un grupo británico de blues psicodélico activo a finales de los años 60.
La letra habla de una traición amorosa, sin simbolismo ni referencias oscuras. Es blues puro: decepción, advertencia, desconfianza. Pero lo que hace Sabbath aquí no es repetir una fórmula: es desbordarla.
En manos del grupo, Warning se convierte en una jam de casi diez minutos, una exploración libre de riffs, solos y cambios rítmicos que rompe con todo lo anterior del disco. Iommi se explaya sin límites: riffs que aparecen y desaparecen, fraseos que mutan, silencios, escaladas… Es su primer gran despliegue como guitarrista solista y ya se intuye su enfoque: no busca lucirse, busca construir atmósfera a través del exceso.

Musicalmente, el tema tiene poco de lo que después se asociaría con el doom metal. Es un ejercicio psicodélico-blusero, casi improvisado, donde se siente claramente la transición desde el sonido de Earth hacia algo más personal y pesado. Hay momentos de calma tensa, explosiones repentinas y pasajes en los que la banda parece volar.

Warning funciona como una especie de documento sonoro: una grabación que captura cómo sonaba la banda en directo, sin filtros ni ataduras. Por eso, aunque algunos fans más cercanos al doom suelen pasarla por alto, para los que quieren entender el ADN de Black Sabbath, es una pieza de museo.

Es el fin del viaje, pero también el comienzo de otra cosa.

Un cierre abierto, como si dejaran la puerta entreabierta para que la oscuridad vuelva a entrar en cualquier momento.

Wicked World*

Aquí Black Sabbath empieza a mirar el mundo con otros ojos. Wicked World es una crítica social y política directa: pobreza, guerras, desigualdad, alienación. Ya no hay psicodelia ni escapismo: hay una observación desencantada de la realidad.

They can put a man on the moon quite easy / While people here on earth are dying of old diseases.”

La letra traza un retrato gris del presente, una especie de conciencia de clase distorsionada por la electricidad. No hay esperanza en el sistema, pero sí hay rabia. Y eso ya es una forma de acción.

Musicalmente, el tema combina un riff afilado con una estructura menos repetitiva que en otras canciones del disco. Tiene momentos que suenan a jam improvisada, especialmente en la sección instrumental intermedia. La música, más directa y rockera, contrasta con la crudeza de la letra, lo que refuerza la tensión del conjunto.

Aunque no suele figurar entre los temas más celebrados, Wicked World marca un cambio de tono que será clave en la evolución futura de Sabbath: la mirada crítica hacia el mundo real.

*Originalmente Wicked World era la cara B del single Evil Woman, aunque en las reediciones del album se incluye como Bonus Track.

Epilogo: El comienzo del abismo

El primer disco de Black Sabbath no es solo el origen de un género. Es el punto exacto en que el rock descendió al inframundo y escuchó su eco más oscuro.
Un álbum grabado en un día, con medios precarios, por una banda sin pretensiones de leyenda… pero que, sin saberlo, abrió la puerta a un lenguaje nuevo: el lenguaje de la densidad, del miedo y del vacío. Escucharlo hoy es regresar al origen del vértigo. No es un disco perfecto ni busca serlo. Es un artefacto primitivo, cargado de intuición, de accidentes milagrosos, de atmósfera densa y preguntas sin respuesta.

Desde entonces, muchos otros perfeccionarían la fórmula. Más técnica, más pirotecnia, más volumen. Pero ninguno volvería a ese lugar exacto donde la distorsión aún no era un estilo, sino una sombra viva. Una sombra de la que surgieron cuatro chavales de Birmingham tocando como si estuvieran intentando invocar algo real, algo que poseía sus mentes y su época.

Y tal vez lo hicieron.

Para quien quiera sumergirse en este disco como merece, aquí os dejo los enlaces al álbum completo en Spotify y YouTube, junto con una versión en directo de la canción Black Sabbath que me parece sencillamente brutal.

En este directo —grabado en enero de 1970 en Bruselas—, Iommi abre el tema con una intro acústica inesperada, que añade una dimensión nueva a la pieza. Musicalmente, está más cerca del barroco sombrío que del folk: usa acordes menores con mucho espacio entre notas, generando una sensación de espera tensa. Un preludio perfecto para la oscuridad que vendrá después.

 

 

Motörhead – Orgasmatron

Grabado en 1986, Orgasmatron captura a Motörhead en un momento extraño. Tres años antes habían publicado Another Perfect Day, un álbum atípico, marcado por la presencia del ex- Thin Lizzy Brian Robertson y una inclinación hacia estructuras más elaboradas, armonías melódicas y un sonido cercano al rock progresivo. Fue un disco brillante, pero también divisivo, que dejó a la banda en una especie de limbo identitario. Orgasmatron llegó como respuesta a esa fractura: el disco más sombrío y opaco de su carrera. En plena transición del metal hacia sonidos más extremos, y con una formación renovada que incluía a Pete Gill de Saxon en la batería y a Phil Campbell y Würzel a las guitarras, el álbum supuso un paréntesis inesperado. La portada —una locomotora infernal fusionada con la icónica mandíbula metálica de Snaggletooth— anticipa perfectamente lo que se escucha: una máquina asesina que arrasa con todo a su paso. La producción corrió a cargo de Bill Laswell, un outsider con inclinaciones experimentales que decidió no embellecer nada: capturó el sonido en su forma más densa y enferma. El resultado no gustó a todos, pero quedó como testimonio de una mutación: unos Motörhead que avanzan sin prisa, sin necesidad de demostrar nada, pero que sin embargo siguen cargando con todo.

Desde el arranque, Orgasmatron se presenta como una declaración de intenciones, y Lemmy escupe versos como si fueran metralla. Deaf Forever es el himno de un soldado perdido, sordo ya no solo por el estruendo de la guerra, sino por elección. Aquí la gloria es una farsa, la muerte una rutina, y el riff un vehículo para arrollarlo todo. El estribillo es casi una consigna nihilista: si vas a luchar, hazlo sin esperar redención. Nothing Up My Sleeve continúa ese pulso bélico pero lo traslada a las arenas del engaño personal. Es una canción rápida y cínica, con una energía que conecta con el espíritu más clásico de Motörhead, aunque aquí todo suena más turbio, como si algo en el sonido estuviera atrapado en un pozo sin fondo. Built for Speed cierra este primer tríptico con su homenaje a la velocidad como forma de vida, pero no hay romanticismo en esta carrera: solo impulso ciego. Es rock’n’roll sucio y directo, con un groove que te sacude.

En la segunda parte del disco, la máquina ya no es símbolo de libertad o adrenalina: se vuelve entidad devoradora. Claw plantea una especie de monstruo invisible que atrapa, consume y domina. ¿Es una figura literal? ¿Una metáfora del sistema? ¿Del propio ego? Lemmy no lo aclara, pero el riff parece una garra rítmica, cerrándose con cada compás. Mean Machine retoma la velocidad pero con una sonoridad más hardcore, casi punk-thrash. Es una de las canciones más violentas del disco, una ráfaga de golpes que encapsula el espíritu de furia autodestructiva de mediados de los ochenta. Ridin’ with the Driver parece una continuación temática de Built for Speed, pero su tono es más lúgubre. Ya no se trata de correr por placer: ahora se trata de aguantar en un viaje sin dirección. Es una canción que suena a carretera interminable, donde la máquina ya no es aliada, es una prisión.

Doctor Rock podría parecer una pausa lúdica: una especie de himno al desquicio y la noche eterna. Pero hay algo demoníaco en el personaje. No es un médico, sino un dealer de distorsión, un sacerdote pagano del ruido y una encarnación ambulante del exceso. Su riff circular e hipnótico, instala la sensación de que asistimos a un ritual oscuro, en un templo corrupto con apariencia de bar de carretera.

Y entonces llega Orgasmatron.

La canción que cierra el disco con una condena. Lemmy, sin cambiar el tono, se convierte en encarnación de todas las instituciones que rigen la violencia: la religión, la guerra, la ley, la mentira. Pero no se limita a denunciarlas: las pronuncia como si fueran máscaras de un mismo poder ancestral, una máquina que sigue funcionando aunque todos sus operarios estén muertos. Cada estrofa es un monólogo dictado desde una autoridad absoluta. El sujeto que habla no es humano: es una fuerza estructural, una arquitectura de opresión que ha sobrevivido a todos los imperios.

“I am the one, Orgasmatron, the outstretched grasping hand / My name is called religion; sadistic, sacred whore”.

Musicalmente, es una anomalía dentro del catálogo de la banda. En lugar de impulsarse hacia adelante como otras piezas, se arrastra con una pesadez ritual, como un ídolo de piedra deslizándose sobre raíles. La batería marca un compás monótono que parece dictado por una maquinaria olvidada, mientras el bajo hace temblar el suelo con un zumbido continuo. La guitarra aparece a intervalos, como una sombra intermitente, sin buscar protagonismo. La voz de Lemmy mantiene un tono inmutable, casi burocrático. No dramatiza ni se deja llevar: recita cada frase como si leyera un antiguo manifiesto que nadie había osado pronunciar en voz alta.

El título, con su ironía sexual, oculta una carga teológica y política profunda. Lo que se invoca aquí no es un personaje, sino una estructura: el Orgasmatron es una entidad sin rostro que habla en nombre del poder, de la violencia justificada, de la mentira institucionalizada. Es el corazón negro del disco y no necesita velocidad ni furia explícita para imponer su presencia. Su fuerza se concentra en el pulso y en la tensión interna. Cuando acaba, lo que queda no es silencio, sino una especie de vibración estática y al fondo los railes aún calientes por lo que acaba de pasar.

El sonido de Orgasmatron fue motivo de discusión durante años. La producción de Bill Laswell, dotó al disco de una atmósfera casi industrial. Las guitarras no suenan potentes: suenan lejanas y retorcidas, como si alguien las estuviera arrastrando por el barro. El bajo de Lemmy es una criatura viva que emite un zumbido constante, una amenaza subterránea. Y la batería, sin buscar protagonismo, marca el paso de un ejército fantasmal. El resultado puede incomodar a quienes esperan claridad o brillo. Pero encaja con el mensaje del disco: un viaje sin paradas, en un tren cargado de explosivos que no quiere frenar y cuya vía muere en un muro de piedra.

Judas Priest – Sad Wings of Destiny


Hay pocos discos que combinen maestría musical, creatividad y talento en bruto como lo hace Sad Wings of Destiny. Este álbum tuvo un gran impacto en el heavy metal y sigue siendo uno de los mejores trabajos del género. A mediados de los 70 había unas cuantas bandas consideradas heavys con Black Sabbath a la cabeza como pioneros, hasta que llegaron Judas Priest con esta obra maestra y refinaron por completo el género. La banda de Birmingham cogió los riffs y las estructuras de las canciones inspirados en el blues que habían sido parte del heavy metal hasta ese momento y les inyectó una buena dosis de velocidad, potencia y agresividad. Sad Wings of Destiny presenta un conjunto de canciones único y diverso. Probablemente sea el disco más variado de la banda, en el que podemos encontrar auténticos temazos de heavy metal junto con baladas de piano, algo insólito en la discografía de los Judas Priest y que hace de este disco una maravillosa experiencia sonora.

Downing, Moore, Halford, Tipton y Hill.

Una obra maestra

Desde el blues heavy de Victim of Changes hasta la rápida y poderosa Tyrant, este álbum tiene mucho material diferente que ofrecer. Todas las canciones, con la excepción de Prelude, Dreamer Deceiver y Epitaph, son de tempo medio a rápido y son todas bastante heavys y compactas, especialmente para su época (1976). Además, otra de las innovaciones que introdujeron los Judas, fue la de tener dos guitarristas solistas en la banda, esto les permitió darle más contundencia y melodía a las canciones, además de “inventar” de alguna manera, esos duelos de solos y armonías duales tan característicos del género, aunque realmente creo que ese honor les corresponde a los irlandeses Thin Lizzy en su álbum Fighting de 1975.

Junto con el inconfundible sonido de heavy metal que tiene el álbum, hay un elemento progresivo fluctuando en algunas canciones. Si nos fijamos en Tyrant hay muchos riffs diferentes y progresiones de acordes dispuestos de forma única. Esto también es bastante evidente en The Ripper, que tiene un arreglo muy extraño, pero que funciona realmente bien. El riff principal suena oscuro y amenazante y encaja perfectamente con el tema de las letras, bueno, no es realmente un «riff», sino más bien un conjunto rápido de notas que queda increíble y muestra el verdadero talento para escribir canciones que tenía Judas Priest y que sentó las bases que seguirían poco después muchas bandas de la NWOBHM.

Genocide es un temazo de puro heavy metal, con un riff principal simple pero brutal y unas letras bastante oscuras, al igual que las de Island of Domination, un corte inspirado por Black Sabbath con varios cambios de ritmo y con un Halford desatado. Prelude y Epitaph son las canciones de piano del disco; la primera de corte barroco, actúa como intro del álbum y la segunda desde mi punto de vista, está muy influenciada por Queen y Elton John. Quizá pueda parecer que dan la nota discordante en el disco, pero lo cierto es que encajan muy bien con el resto de canciones. Tengo que decir que todos los temas tienen algo especial, pero para mi gusto hay tres que sobresalen sobre el resto y son Victim of Changes y la dupla Dreamer Deceiver/Deceiver.

Victim of Changes resume en sus casi ocho minutos de duración todo lo que es el heavy metal: Riffs potentes y pegadizos, solos desgarradores, voces salvajes y melódicas, diferentes pasajes… El inicio de la canción es insuperable con Tipton y Downing haciendo a duo una armonía descendente de guitarra que desemboca lentamente en uno de los riffs más icónicos de la historia del metal. Toda una innovación en un tema que aún tiene muy arraigado el blues en su composición y que va alternando pasajes melancólicos con otros más agresivos con Halford gritando en algunas partes como un Banshee, en un disco en el que hace auténticas maravillas con su voz, en una época en la que aún estaba buscando su estilo. Sin duda, esta es una de mis canciones favoritas de todos los tiempos.

Y qué decir de Dreamer Deceiver/Deceiver… otra joya. Una bellísima balada con letras oníricas en la que Halford se sale, haciendo uso de todo su rango vocal y con Glenn Tipton marcándose uno de sus mejores solos, lleno de sentimiento y virtuosismo, para acabar acelerando la canción en la segunda parte y llevar al oyente en volandas hasta el final en el que unas guitarras acústicas aparecen para apaciguar la tormenta de riffs y gritos. Temazo.

 

Sad Wings of Destiny es el álbum que permitió a los Judas Priest dar el primer paso en su ascenso al Olimpo destinado sólo a un puñado de bandas en la historia del metal y también sirvió como inspiración a incontables grupos durante los años posteriores, e incluso ahora, casi 50 años después de su lanzamiento, sigue siendo un álbum que todo amante de la buena música debería escuchar y me atrevo a decir que lo seguirá siendo dentro de 50 años y más allá (si la basura del reggaetón y demás “estilos” afines no acaban por destruir la música y todo vestigio de cultura e inteligencia).

Es cierto que los Judas evolucionarían y sacarían auténticos discos icónicos durante su dilatada carrera, pero nunca lograrían recapturar la magia y la espontaneidad de esta pequeña obra de arte y como a cualquier obra de arte, hay que darle tiempo y varias escuchas.
Al principio, puede que la producción pasada de moda y tanto grito os eche para atrás, pero creedme… lenta pero inevitablemente, la magia de este álbum se envolverá alrededor de vuestra psique… y luego la devorará, convirtiéndoos en acólitos de las tristes alas del destino para siempre.

 

Nota: Por una pifia de la discográfica el orden de las canciones esta cambiado en todas las ediciones… El tracklist original era:

1. Prelude
2. Tyrant
3. Genocide
4. Epitaph
5. Island of Domination
6. Victim of Changes
7. The Ripper
8. Dreamer Deceiver
9. Deceiver

La verdad es que escuchado en este orden el álbum tiene más coherencia.

Nota 2: La portada del álbum es obra de Patrick Woodroffe y es una de mis favoritas, con ese ángel caído en el infierno que lleva colgado al cuello el diapasón del diablo, que más tarde se convertiría en parte del logo de la banda.