Black Sabbath – Mob Rules

Después del éxito de Heaven and Hell, Black Sabbath decidieron entrar al estudio otra vez para grabar su continuación y certificar así su resurrección en el mundo del metal. Y lo hicieron con otro puñetazo en la mesa: Mob Rules. Un disco que no tiene nada que envidiar a su predecesor y que en algunos momentos incluso lo supera.

Musicalmente este disco es un retorno a sus raíces oscuras, pero sin abandonar la senda melódica que habían iniciado con Heaven and Hell. Es un disco directo y cañero, pero también atmosférico.

Mob Rules fue el primer disco que grabó Vinny Appice en la batería tras la salida de Bill Ward durante la gira del anterior disco por problemas con el alcohol, el duelo por la muerte de sus padres y, como confesó años más tarde, porque no concebía la banda sin Ozzy cantando y se le hacía difícil subir al escenario todas las noches.

La verdad es que la elección de Appice fue muy acertada, ya que es un batería muy percusivo que se adapta bien a cualquier estilo. Su trabajo en Mob Rules es demoledor.
Dio parece mucho más asentado en la banda y su interpretación es aún mejor que en el anterior disco; su gran variedad de registros y sus letras fantásticas suben el nivel un peldaño más.

Iommi vuelve con sus riffs densos y oscuros. En este álbum su esencia se nota de manera aún más marcada y, en el apartado de los solos, continúa en modo guitar god, descargando un gran solo tras otro.
Geezer Butler nos regala su maestría habitual con el bajo, experimentando con efectos en algunas canciones. Trabajazo como siempre.

La banda decidió comprarse una casa-estudio propio para ahorrar dinero, pero al empezar a grabar el disco se dieron cuenta de que no conseguían sacar el sonido de guitarra que querían. Probaron en todas las partes de la casa y al final tuvieron que ir a un estudio profesional, después de haberse gastado un montón de dinero para nada. Muy típico de Sabbath.

Así que el álbum se acabó grabando en los Record Plant de Los Ángeles, otra vez bajo la supervisión y producción de Martin Birch, que en aquella época, al igual que algunos miembros de la banda, tenía serios problemas con las drogas. Aun así, y a pesar de todos los inconvenientes, consiguieron sacar adelante esta obra maestra con una producción limpia y muy contundente.

El enfoque de grabación, en esta ocasión, fue más grupal: la banda se dedicaba a hacer jam sessions y sacaban el material de manera orgánica y directa. Iommi recuerda que fue un proceso bastante extraño y que acabaron desechando un montón de buen material sin ningún motivo aparente. Me encantaría poder escuchar esas sesiones; tiene que haber oro.

Turn Up the Night es el primer disparo del disco, un tema de heavy ochentero rápido con Dio cantando como nunca y con unos solos pirotécnicos de Tony Iommi. Son destacables los que hace en el estribillo. Un gran inicio.

Le sigue Voodoo y aquí empieza el festival de riffs de Iommi. Un tema pegajoso que te hace mover la cabeza al ritmo de un Dio muy agresivo y un bajo serpenteante. Temazo.

The Sign of the Southern Cross es una de las joyas de este disco, un tema doom y pesado con otro riffazo de Iommi que avanza como un mastodonte machacando todo lentamente a su paso. También es destacable el inicio acústico y los efectos de bajo creando atmósfera. Mi canción favorita del álbum, sin duda.

E5150 es un interludio atmosférico que sirve para presentar el tema título. Como curiosidad sin fundamento, si traducimos los números del título a números romanos nos sale la palabra EVIL.

Le sigue The Mob Rules, otro puñetazo rápido y compacto, con otro riff brutal de Iommi (otro más, sí) que avanza en espiral. La batería tiene mucho groove y Dio se desgañita en su interpretación más agresiva. Temazo pegadizo. If you listen to fools…

Country Girl es otro medio tiempo contundente y pegadizo con… adivinad… efectivamente: más riffs brutales de Iommi. Y a estas alturas muchos de los que no conocéis a Black Sabbath os preguntaréis: ¿pero cuántos riffs buenos puede componer este tipo? Respuesta corta: Iommi nunca ha compuesto un riff malo; todos son nivel dios.

Seguimos con Slipping Away, un tema muy heavy y machacón donde resalta el duelo de solos de Iommi y Butler y que recuerda un poco a Led Zeppelin.

Falling off the Edge of the World comienza de manera dramática y desemboca en otro riff brutal marca de la casa que, junto con la batería de Appice y el bajo, nos lleva en volandas mientras Dio canta sobre el destino de los olvidados (el destino de todos en el fondo). Este tema es el otro gran clásico del disco.

Over and Over es la “balada doom” del disco, un tema pausado en el que Dio canta de manera emocional e Iommi nos ofrece grandes solos. Un gran cierre para un álbum de 10.

Muchos críticos dijeron en su momento que la banda había intentado hacer un Heaven and Hell Part 2, copiando la estructura del disco y de las canciones, y puede que en algunos momentos tengan razón. Pero el resultado final es otra obra maestra. Así que yo no lo veo como algo malo en este caso.

Black Sabbath saldría de gira aquel mismo año para presentar este álbum, en la que grabaron el directo Live Evil. Pero las grietas empezaron a aparecer en el seno de la banda y un año después Dio abandonaría el barco para iniciar su carrera en solitario, mientras que para Black Sabbath empezaría una era caótica que duraría toda la década de los 80 y parte de los 90, en la que por la banda pasarían un sinfín de músicos distintos y una mano negra haría que pasaran cosas muy raras.

A pesar de ello, Tony Iommi, que fue el único miembro constante, conseguiría componer algunos de los mejores discos de la historia del Heavy Metal.

Mob Rules queda como el testimonio de una banda que renació de sus cenizas y sus excesos y se reinventó para afrontar una década convulsa, pero muy fértil para el metal.

Black Sabbath – Heaven and Hell

Hay discos que aparecen de repente en una lista de reproducción y te obligan a detenerte. Esto me ha pasado esta mañana con Heaven and Hell. En cuanto empezó a sonar recordé por qué este álbum siempre me ha parecido uno de los grandes giros de timón de la historia del heavy metal.

Además recuerdo perfectamente el día que lo compré. Era una tarde fría, probablemente de finales de otoño de hace ya un par de décadas. Cogí un autobús para ir a una tienda de discos que estaba en un centro comercial cerca de donde hoy trabajo, aunque aquella tienda ya no existe.

Normalmente iba con una idea definida de lo que quería comprar, pero ese día no lo tenía nada claro, así que me puse a hablar con el dueño. Era un tipo que controlaba muchísimo y que me solía traer discos de importación, además de hacer muy buenas recomendaciones.

Me sugirió tres discos. Uno era el debut de Motörhead. Otro era Heaven and Hell. El tercero, curiosamente, ya no logro recordarlo. En mi memoria veo con bastante nitidez las portadas de los dos primeros sobre el mostrador, mientras que la tercera imagen se ha vuelto completamente nebulosa con los años.

Como ya conocía a Black Sabbath, decidí arriesgarme con este. En el trayecto de vuelta en autobús hice lo que hacía siempre: quitar el precinto y empezar a leer el libreto con curiosidad. Los créditos, el estudio, el productor… y por supuesto las letras. Era una parte divertida, porque cuando llegaba a casa ya tenía medio disco imaginado en la cabeza.

Recuerdo que lo puse en el equipo de mi cuarto y me senté en el escritorio, justo en el punto donde convergían los dos altavoces. El primer tema no me impactó demasiado en ese momento, pero el resto del disco sí. Me quedé impresionado con la voz de Dio y con el nuevo enfoque de la banda. Sonaba distinto a los Sabbath de los 70: más cercano al heavy metal ochentero, un estilo que yo no escuchaba demasiado por entonces porque estaba más metido en el thrash. Aun así, en la primera escucha ya me di cuenta de que estaba ante una obra maestra.

Y lo cierto es que el contexto de la banda en aquel momento hacía difícil imaginar un resultado así.

En 1979 las cosas no iban muy bien para Black Sabbath. Tras años de abusos de drogas y alcohol, problemas financieros, luchas con managers y el propio peso de la fama, la banda había llegado a un punto límite, aunque aún no lo sabían. El último disco —Never Say Die!— había sido un fiasco a nivel de crítica (un disco flojo y muy experimental, pero para nada malo) y en el seno del grupo cada uno iba a su bola, sumidos en sus adicciones.

La banda pasó once meses intentando componer material nuevo, pero el proceso se volvió interminable. Nada terminaba de fluir y la situación se volvió insostenible. Finalmente tomaron la dura decisión de echar a Ozzy, que estaba muy desconectado del resto y completamente quemado, y comenzaron la búsqueda de un nuevo cantante.

Sharon Arden, hija del entonces mánager de la banda Don Arden, sugirió a Ronnie James Dio, que acababa de abandonar Rainbow tras sus desavenencias con Ritchie Blackmore. Iommi le llamó y le invitó a pasar por su casa para asistir a una sesión de ensayo. Allí le mostraron algunas canciones a las que Dio empezó a poner letras prácticamente en el momento.
Ensayaron juntos… y de repente todo cobró sentido. El flujo creativo que llevaba meses bloqueado comenzó a desbordarse.

El resultado fue Heaven and Hell, un disco donde Black Sabbath se reinventan sin perder su esencia y, de paso, redefinen el género que ellos mismos habían creado una década antes.
Musicalmente el álbum no es tan oscuro como los anteriores. Tiene un toque más directo y melódico, cercano a la NWOBHM, con estructuras más definidas propias del heavy metal de los 80 y muy poca experimentación.

En cierto modo, Heaven and Hell funciona como un puente entre dos épocas: mantiene el peso y la identidad de los Sabbath de los 70, pero abre la puerta al heavy metal cañero y melódico que dominaría buena parte de los años 80.

La llegada de Dio fue clave. No solo aportó su versátil voz, sino también su imaginario: fantasía, mitología y ese tono épico y poético tan característico que atraviesa sus letras. Además, su forma de cantar permitió que la banda compusiera de otra manera, con más espacio para la melodía.
Mientras Ozzy Osbourne tendía a cantar siguiendo las guitarras y duplicando a menudo el riff vocalmente. Dio, con su formación operística, experimentaba más, componiendo melodías vocales complejas y sostenidas que a menudo iban sobre la instrumentación en lugar de seguirla, lo que definía un sonido más grande y polifónico. Su interpretación en este disco es sencillamente magistral.

Tony Iommi ofrece aquí sus riffs marca de la casa, aunque quizá algo menos sombríos que en los discos de los 70. A cambio, se destapa como un gran solista, desplegando algunos de los mejores solos de guitarra de sus carrera. Una faceta que hasta ese momento había pasado ciertamente desapercibida.

Bill Ward se adapta al nuevo enfoque del grupo y se le nota más contenido, trabajando claramente al servicio de las canciones, dejando un poco de lado sus improvisaciones más jazzísticas. Algo que tuvo que ser todo un reto para un batería tan anárquico como él.

Y Geezer Butler se sale directamente. Sus líneas de bajo están llenas de pequeños detalles que aportan una dimensión extra a todas las canciones.

La producción corrió a cargo de Martin Birch, que había trabajado con Deep Purple y Rainbow y que poco después produciría los discos más icónicos de Iron Maiden durante los años 80. Birch supo sacar lo mejor de Black Sabbath respetando su esencia, pero empujándolos a nuevos territorios. El sonido es nítido, contundente y muy equilibrado.

Neon Knights abre el disco con un riff rápido y muy rockero. Cuando entra la voz de Dio ya sabes que esto va en serio y que cualquier duda sobre si Black Sabbath podía existir sin Ozzy desaparece al instante. Neon Knights es pura intensidad melódica con potentes estribillos y buenos solos.

El delicado inicio acústico de Children of the Sea precede a una auténtica tormenta doom. La canción está construida para resaltar la melodía vocal de Dio más que los riffs de Iommi, y el contraste entre ambos funciona de maravilla, mientras Butler hace diabluras con su bajo. El estribillo y la parte previa al solo, con esos coros casi monásticos, ponen los pelos de punta. Temazo.

Lady Evil es un medio tiempo con mucho groove, muy bailable. Dio contaba que después de grabar las canciones solían ir a un club de striptease y les ponían los temas a las bailarinas: si ellas los bailaban, sabían que habían dado en la tecla. Los solos de Iommi abusando con estilo del pedal wah son magníficos.

El tema título quizá sea el más famoso del álbum. Musicalmente es un medio tiempo épico que avanza con ritmo marcial, mientras Dio declama su poesía hasta que todo explota y acelera. En esta canción todo es perfecto: riffs, voces, letras, melodías, solos llenos de delay… El final con esas guitarras acústicas clásicas es bellísimo y melancólico.
Heaven and Hell parece el reverso luminoso de la canción Black Sabbath: ambas comparten esa estructura lenta que desemboca en una explosión final, pero mientras una nace del terror, la otra surge de la épica.

Wishing Well es quizá el tema que más recuerda a los Sabbath de los 70. La banda se desata y tanto Geezer como Bill Ward aprovechan para añadir pequeños detalles rítmicos. Un tema que suele quedar algo eclipsado entre tanto clásico, pero que a mi me encanta.

La velocidad vuelve con Die Young, otro temazo que arranca con teclados atmosféricos de Geoff Nicholls antes de que las guitarras dobladas exploten. La interpretación de Dio aquí es especialmente agresiva y la sección central con los parones y mini solos de Iommi es brutal.

Walk Away es la canción más rockera del álbum. Quizá la que más suena a Rainbow y la más floja del conjunto, aunque sigue manteniendo buen nivel. Destacan una vez más las líneas de bajo y los solos.

El cierre llega con Lonely Is the Word, mi favorita del disco. Este tema es puro blues rock y un gran homenaje al género del que tanto bebieron en sus comienzos. El riff principal es simple y letal y Dio nos ofrece aquí una de sus interpretaciones más emocionales, pero lo que comienza a partir del minuto 1:55 es tremendo: sobre una base rítmica hipnótica y acompañado de sutiles teclados, Iommi descarga unos solos de guitarra maravillosos y llenos de pasión, ocupando todo el espacio mientras la canción se va desvaneciendo lentamente hacia el silencio.

En definitiva, un disco que demostró a mucha gente que Black Sabbath no estaban acabados, sino que simplemente necesitaban un cambio de rumbo. Dio revitalizó a una banda que parecía perdida y los hizo aún más grandes.

Al año siguiente grabarían otro gran disco, Mob Rules, pero poco después Dio abandonaría la banda para comenzar su meteórica carrera en solitario. Aunque volvería a principios de los 90 para grabar otro discazo más: Dehumanizer.

Más de cuarenta años después, Heaven and Hell sigue sonando como el momento en que una banda al borde del colapso decidió reinventarse y, contra todo pronóstico, volvió a levantar el vuelo. Y lo hizo con uno de los discos más elegantes, poderosos y atemporales de toda su carrera.

Black Sabbath – Black Sabbath



Cada vez que entraba en la tienda de discos en mi adolescencia, la portada de este album me esperaba en el estante como una maldición silenciosa. La figura espectral en primer plano, el molino en ruinas, la atmósfera siniestra: parecía una fotografía tomada desde dentro de un sueño antiguo.

Durante mucho tiempo, dudé si comprármelo, hasta que un día, salí de allí con Black Sabbath bajo el brazo y con —el injustamente denostado— Forbidden, el álbum que cerraba su discografía hasta ese momento.

Por aquel entonces yo andaba metido en otros clásicos como Deep Purple o Queen. Pero Black Sabbath lo cambió todo para mí, con ellos descubrí un sonido más oscuro y primitivo, o mejor dicho, menos sofisticado que el de las bandas antes mencionadas. Fue todo un descubrimiento, que me internó por paisajes sonoros cada vez más duros y salvajes.
Fue mi bautizo en el heavy metal.

Pioneros del Metal

La banda integrada por Tony Iommi (guitarra), Ozzy Osbourne (voces), Geezer Butler (bajo) y Bill Ward (batería) se fundó en Birmingham en 1968, primero con el nombre de Polka Tulk Blues Band y después Earth. No fue hasta 1969 cuando cambiaron el nombre a Black Sabbath en homenaje a la película de Mario Brava, interpretada por Boris Karloff. Inspirados por ella, la banda se propuso crear el equivalente musical al cine de terror.

Muy pronto, la banda empezó a crear un sonido distintivo que se alejaba bastante de las tendencias de la época, ya que era un sonido oscuro, denso y pesado, que contrastaba mucho con la psicodelia y la alegría “Flower Power” de los hippies. Lo más curioso de todo esto es que este sonido tan característico fue creado por accidente y no un accidente en sentido figurado, sino uno real que el guitarrista Tony Iommi sufrió en la fábrica donde trabajaba.

El accidente que lo cambió todo

A los 17 años, una guillotina seccionó las puntas de los dedos anular y medio de la mano derecha de Iommi, en su último día de trabajo en una fabrica de chapas de metal. Los médicos le dijeron que nunca volvería a tocar la guitarra, que se olvidara. Pero Iommi no se vino abajo y decidió que seguiría tocándola, para ello fabricó unos dedales de plástico que recortó de una botella de Fairy y a los que moldeó en forma de dedo, cubriéndolos con tiras de cuero de una vieja chaqueta. Estas prótesis caseras le permitieron tocar, pero crearon a su vez dos problemas. Primero, los dedales no le permitían sentir las cuerdas, derivando esto en una tendencia a presionarlas muy fuerte. En segundo lugar, tenía dificultades para doblar las cuerdas, lo que le llevó a buscar cuerdas de guitarra de calibre ligero para que le resultara más fácil hacerlo. Sin embargo, Iommi recuerda que este tipo de cuerdas no se fabricaban en ese momento, por lo que utilizó cuerdas de banjo en su lugar, hasta alrededor de 1970-71, cuando Picato Strings comenzó a fabricar cuerdas de guitarra de calibre ligero. Además, utilizó los dedos lesionados predominantemente para tocar acordes en lugar de solos de una sola nota. Más tarde, también comenzó a afinar su guitarra en tonos más bajos, a veces hasta tres semitonos por debajo de la afinación estándar. Aunque Iommi afirma que el objetivo principal al hacerlo era crear un «sonido más grande y pesado», aflojar las cuerdas hace que sea más fácil doblarlas. De cualquier modo, Iommi creó un sonido totalmente nuevo y distintivo que ha influenciado a incontables guitarristas a lo largo de los años y de paso se convirtió en el rey absoluto del riff.

Butler, Iommi, Ward & Osbourne

El génesis del Heavy metal

1970 es el año considerado casi por unanimidad del nacimiento del heavy metal, pero antes de esta fecha ya existían algunas bandas que se podrían considerar proto-heavy como Blue Cheer, Vanilla Fudge, Iron Butterfly, Led Zeppelin o Deep Purple. Todas estas bandas intentaron crear un sonido más pesado y más enfocado en los riffs de guitarra, pero no fue hasta la llegada de Black Sabbath cuando todo esto cristalizó de alguna manera, para dar vida a un nuevo género musical.

Aunque es considerado el punto de partida del heavy metal, el álbum debut de Black Sabbath, todavía arrastra los ecos de los años 60: las atmósferas psicodélicas, las estructuras heredadas del blues o ciertos pasajes jazzeros en la batería de Bill Ward, pero todo envuelto en un tono lúgubre.

Lo cierto es que lo que hoy consideramos el nacimiento del heavy metal fue, en su momento, poco más que una sesión maratoniana y barata.
El primer disco de Black Sabbath se grabó en un solo día: el 16 de octubre de 1969, en los estudios Regent Sound de Londres. La banda entró al estudio como si fuera un directo: tocando juntos, sin apenas overdubs, con una producción mínima y sin filtros. Venían de tocar en clubes y pubs donde solían alargar los temas e improvisar, así que llegaron con todo muy ensayado. El productor Rodger Bain capturó la esencia del grupo en bruto. No hubo grandes decisiones técnicas, solo micrófonos, válvulas, distorsión y atmósfera. El resultado fue un álbum crudo, oscuro y sin pulir, como si alguien hubiera grabado una sesión de espiritismo con instrumentos eléctricos.

Pero la clave no fue solo la rapidez, fue la honestidad del sonido: lo que se escucha es exactamente lo que eran. No hay efectos, solo una banda joven que, sin saberlo, estaba inventando un lenguaje musical nuevo con cada acorde.

El riff que surgió del abismo: Black Sabbath

Llueve.
La primera vez que escuchas este disco, lo primero que llega no es una guitarra, ni una voz, ni siquiera una melodía.
Es la lluvia.
Y una campana.
Una campana solitaria, fúnebre, como la que anunciaría el paso de un cortejo en mitad de la niebla, mientras una tormenta se acerca lentamente.
Nada en esa introducción parece querer seducirte, parece el inicio de una película de terror.
Y entonces, un trueno estalla anunciando la llegada del riff.
Tres notas.
Sol, Do sostenido, Sol.
El infame tritono, el intervalo maldito que durante siglos fue desterrado de la música sacra por parecer invocar algo que no debía nombrarse. Tony Iommi lo manifiesta con una guitarra afinada más grave de lo habitual, y con unos dedos mutilados que parecieran conocer el secreto del abismo. El resultado es primitivo, denso, como el retumbar de una puerta ancestral que se abre sola.

Y luego, Ozzy.
Su voz como un susurro aterrado.“What is this that stands before me?”
No canta, más bien parece lanzar una advertencia.
Y tú, aunque no veas lo que él ve, sabes que está ahí.
Hay algo en ese timbre nasal, quebradizo y espectral que te coloca de inmediato en estado de alarma. Como si estuvieras asistiendo a una aparición, pero no desde la seguridad de la lejanía, sino desde el lugar del testigo… de la víctima.

El bajo de Geezer serpentea amenazante en la penumbra, mientras Bill Ward marca el ritmo con golpes espaciados, como pasos que se acercan en la oscuridad.

Pero la canción no permanece estática.
Se acelera, se sacude. Pasa de ser un ritual a una huida, de lo contenido a lo desatado.
Ya no hay testimonio, hay vértigo. El miedo ha tomado el control de la música y ahora corre, jadea, se desborda… Pero no hay salida.

Escuchar esta canción en 1998 fue para mí como abrir una puerta hacia lo que la música rara vez se atreve a mostrar: su lado verdaderamente oscuro.
Imagino el impacto que tuvo que tener en 1970, cuando aún resonaban las guitarras soleadas del flower power, y de pronto alguien —cuatro tipos de Birmingham, uno con los dedos amputados— llegó con esto: con la música del miedo.
Un miedo nuevo, un miedo que aún estaba por inventarse.

La letra fue compuesta por Ozzy, inspirada en una experiencia paranormal que vivió Butler. Al parecer, una noche se despertó y vio una enorme figura oscura y amenazante a los pies de su cama que poco después se desvaneció, junto con un viejo libro de ocultismo que había estado leyendo esos días.

Otro dato interesante es que el riff —Sol, Do♯, Sol— no solo invoca al mismísimo diablo musical, sino que está inspirado en la marcha ominosa de “Marte, el portador de la guerra” de Gustav Holst. Al igual que aquella composición orquestal, el tema avanza con solemnidad bélica, como si anunciara un cataclismo inminente. La diferencia es que, en lugar de una batalla cósmica, lo que se avecina aquí es la irrupción de lo inexplicable en lo cotidiano. Una visita desde el lado oscuro.

The Wizard

Inspirada en Gandalf de El Señor de los Anillos, The Wizard es una de las pocas canciones del álbum que transmite algo parecido a energía positiva o entusiasmo. Geezer Butler, fan declarado de Tolkien, compuso la letra pensando en un personaje mágico que aparece para ayudar, transformar o guiar.

La canción presenta al arquetipo chamánico: el mago que irrumpe en medio de la oscuridad para traer una revelación. Algunos han querido ver aquí una alegoría de las drogas psicodélicas —el “hechicero” que abre puertas—, pero la banda siempre negó esa lectura.

Musicalmente, es un respiro tras el tono fúnebre de la canción inicial. El riff es rápido, con un ritmo casi boogie, y se acompaña de una armónica (tocada por el propio Ozzy) que le da un aire blues rock muy sesentero.

A pesar de su ligereza aparente, no fue una canción fácil de grabar. Bill Ward ha contado que fue una de las más complejas del disco por sus sutiles cambios de tempo y sus matices. Aquí Iommi usa afinación estándar, lo que contribuye al contraste sonoro con lo que vendría después.

Behind the Wall of Sleep

El título está tomado de un relato de H. P. Lovecraft, Beyond the Wall of Sleep (1919) y aunque la letra no es una adaptación directa, evoca los mismos temas: realidades paralelas, sueños que revelan otros mundos, el velo que separa dimensiones.

La canción parece describir una transformación: un despertar trascendental tras el paso por la oscuridad, como si el protagonista hubiera cruzado un umbral entre lo real y lo onírico. La luz surge, pero lo hace desde dentro del abismo.

En lo musical, es uno de los riffs más groovy del disco. El bajo de Geezer Butler toma protagonismo, especialmente en los pasajes instrumentales, y los cambios de ritmo están muy bien marcados. La línea vocal es sencilla, casi hipnótica, y contribuye a esa sensación de trance que recorre todo el tema. Oscila entre lo lisérgico y lo ritual.

Aunque suele pasar desapercibida entre otros clásicos del álbum, Behind the Wall of Sleep tiene una atmósfera muy particular, casi suspendida, como si la hubieran grabado en mitad de un sueño lúcido.

N.I.B.

Contada desde una perspectiva inusual, N.I.B. es la historia de Lucifer enamorado.
Sí, la voz narrativa es el mismísimo Diablo, pero no viene a tentar ni a destruir. Viene a confesar que el amor lo ha transformado. Es una canción subversiva, oscura y sorprendentemente romántica.

No se trata de satanismo ritual ni de provocación vacía. Es más bien una exploración simbólica: el mal absoluto que, ante el amor, revela vulnerabilidad. Una inversión del imaginario cristiano que en su momento escandalizó… pero que hoy resuena como una pequeña joya narrativa.

Y por cierto, “N.I.B.” no significa “Nativity in Black”, aunque mucha gente lo cree. El título tiene un origen mucho más peculiar: era el apodo de Bill Ward. Sus compañeros decían que su perilla parecía una plumilla de estilográfica (nib, en inglés), y decidieron escribirlo como “N.I.B.” simplemente porque sonaba más misterioso.

En lo musical, es una de las piezas más redondas del disco.
Abre con una intro de bajo icónica —uno de los primeros solos de bajo en la historia del metal—, antes de desplegar un riff poderoso, oscuro y adictivo.
Los cambios de ritmo están cuidadosamente trabajados, y Ozzy entrega aquí una de sus interpretaciones vocales más expresivas.
La estructura ya apunta hacia una forma más desarrollada de lo que sería el heavy metal.

Evil Woman

Evil Woman no es una composición de Black Sabbath, sino una versión del grupo estadounidense Crow, publicada originalmente en 1969. Fue incluida en el álbum por decisión de la discográfica, que la eligió como single de presentación —en contra de los deseos de la banda.

La letra es mucho más convencional: mujer fatal, engaño, traición amorosa. Nada que ver con el universo oscuro y simbólico que Sabbath estaba empezando a construir.

En lo musical, suena más cercana al blues rock psicodélico de finales de los 60. Tiene un groove atractivo, con buen trabajo rítmico, pero no representa el sonido Sabbath. Muchos fans la consideran un punto débil del disco, o al menos una anomalía dentro del conjunto.

Curiosamente, en la versión norteamericana del álbum fue sustituida por Wicked World, una decisión muy acertada, ya que esta última sí era una composición original, con la identidad del grupo claramente definida.

Sleeping Village

En apenas unos minutos, Sleeping Village construye un mundo detenido en el tiempo.

“Red sun rising in the skySleeping village, cockerel’s crySoft breeze blowing in the treesPeace of mind, feel at ease.”

La letra es fragmentaria, casi muda, y más que contar algo, sugiere imágenes: un lugar al amanecer, inmóvil, en el que parece haberse detenido la vida. No hay historia lineal, ni personajes, ni propósito. Todo está quieto, como en un cuadro onírico o una ensoñación oscura.

La música acompaña esa sensación desde el primer segundo.
Empieza con una guitarra acústica cargada de reverb y una guimbarda que suenan como si vinieran de otra habitación, de otro siglo.
Pero ese paisaje onírico se rompe abruptamente: la distorsión entra, y lo que parecía una meditación se convierte en una invocación.
En su tramo final, el tema explota en un riff denso, cortante, puro embrión del doom metal. Aquí es donde se anticipan los desarrollos más pesados y sabáticos de discos posteriores como Master of Reality o Vol. 4.
Y hay un detalle fascinante: Iommi graba varios solos tocados simultáneamente, como si respondieran entre sí desde diferentes planos. No hay intención de claridad: hay superposición, confusión controlada, como si estuvieran dejando que el caos decida cuál es el camino a seguir.

Es también una de las canciones donde más claramente se percibe la herencia del blues, pero transformada en otra cosa.

Warning

Warning es una versión ampliada —y totalmente transformada— de una canción original de Aynsley Dunbar Retaliation, un grupo británico de blues psicodélico activo a finales de los años 60.
La letra habla de una traición amorosa, sin simbolismo ni referencias oscuras. Es blues puro: decepción, advertencia, desconfianza. Pero lo que hace Sabbath aquí no es repetir una fórmula: es desbordarla.
En manos del grupo, Warning se convierte en una jam de casi diez minutos, una exploración libre de riffs, solos y cambios rítmicos que rompe con todo lo anterior del disco. Iommi se explaya sin límites: riffs que aparecen y desaparecen, fraseos que mutan, silencios, escaladas… Es su primer gran despliegue como guitarrista solista y ya se intuye su enfoque: no busca lucirse, busca construir atmósfera a través del exceso.

Musicalmente, el tema tiene poco de lo que después se asociaría con el doom metal. Es un ejercicio psicodélico-blusero, casi improvisado, donde se siente claramente la transición desde el sonido de Earth hacia algo más personal y pesado. Hay momentos de calma tensa, explosiones repentinas y pasajes en los que la banda parece volar.

Warning funciona como una especie de documento sonoro: una grabación que captura cómo sonaba la banda en directo, sin filtros ni ataduras. Por eso, aunque algunos fans más cercanos al doom suelen pasarla por alto, para los que quieren entender el ADN de Black Sabbath, es una pieza de museo.

Es el fin del viaje, pero también el comienzo de otra cosa.

Un cierre abierto, como si dejaran la puerta entreabierta para que la oscuridad vuelva a entrar en cualquier momento.

Wicked World*

Aquí Black Sabbath empieza a mirar el mundo con otros ojos. Wicked World es una crítica social y política directa: pobreza, guerras, desigualdad, alienación. Ya no hay psicodelia ni escapismo: hay una observación desencantada de la realidad.

They can put a man on the moon quite easy / While people here on earth are dying of old diseases.”

La letra traza un retrato gris del presente, una especie de conciencia de clase distorsionada por la electricidad. No hay esperanza en el sistema, pero sí hay rabia. Y eso ya es una forma de acción.

Musicalmente, el tema combina un riff afilado con una estructura menos repetitiva que en otras canciones del disco. Tiene momentos que suenan a jam improvisada, especialmente en la sección instrumental intermedia. La música, más directa y rockera, contrasta con la crudeza de la letra, lo que refuerza la tensión del conjunto.

Aunque no suele figurar entre los temas más celebrados, Wicked World marca un cambio de tono que será clave en la evolución futura de Sabbath: la mirada crítica hacia el mundo real.

*Originalmente Wicked World era la cara B del single Evil Woman, aunque en las reediciones del album se incluye como Bonus Track.

Epilogo: El comienzo del abismo

El primer disco de Black Sabbath no es solo el origen de un género. Es el punto exacto en que el rock descendió al inframundo y escuchó su eco más oscuro.
Un álbum grabado en un día, con medios precarios, por una banda sin pretensiones de leyenda… pero que, sin saberlo, abrió la puerta a un lenguaje nuevo: el lenguaje de la densidad, del miedo y del vacío. Escucharlo hoy es regresar al origen del vértigo. No es un disco perfecto ni busca serlo. Es un artefacto primitivo, cargado de intuición, de accidentes milagrosos, de atmósfera densa y preguntas sin respuesta.

Desde entonces, muchos otros perfeccionarían la fórmula. Más técnica, más pirotecnia, más volumen. Pero ninguno volvería a ese lugar exacto donde la distorsión aún no era un estilo, sino una sombra viva. Una sombra de la que surgieron cuatro chavales de Birmingham tocando como si estuvieran intentando invocar algo real, algo que poseía sus mentes y su época.

Y tal vez lo hicieron.

Para quien quiera sumergirse en este disco como merece, aquí os dejo los enlaces al álbum completo en Spotify y YouTube, junto con una versión en directo de la canción Black Sabbath que me parece sencillamente brutal.

En este directo —grabado en enero de 1970 en Bruselas—, Iommi abre el tema con una intro acústica inesperada, que añade una dimensión nueva a la pieza. Musicalmente, está más cerca del barroco sombrío que del folk: usa acordes menores con mucho espacio entre notas, generando una sensación de espera tensa. Un preludio perfecto para la oscuridad que vendrá después.