La invención de una persona

Fue necesario que la literatura inventara héroes, monstruos, detectives, dioses y mundos enteros antes de atreverse a plantear una posibilidad mucho más extraña: ¿y si el personaje más complejo de una obra fuera, en realidad, su propio autor? La pregunta resulta desconcertante porque estamos acostumbrados a imaginar la escritura como un movimiento que parte siempre del mismo lugar. Existe un escritor reconocible, dotado de una identidad estable, que decide crear personajes diferentes a sí mismo para explorar otras vidas, otras voces o incluso otras formas de entender el mundo. Cambian los escenarios, cambian las historias y cambian los protagonistas, pero la figura que sostiene todo ese edificio permanece inalterable. El autor observa desde fuera el universo que ha construido y conserva siempre el privilegio de ocupar el centro de la creación.

Sin embargo, existen obras que parecen desafiar esa lógica hasta el punto de volverla irreconocible. Hay escritores que no utilizan la ficción únicamente para inventar personajes, sino también para cuestionar la propia idea de identidad sobre la que descansa el acto de escribir. En esos casos, la literatura deja de ser un espejo orientado hacia el mundo y comienza a reflejar al propio creador, fragmentándolo, multiplicándolo y devolviéndole un rostro que ya no resulta del todo familiar. Lo que parecía una herramienta para representar la realidad acaba convirtiéndose en un laboratorio donde la noción misma de individuo empieza a deshacerse.

Pocos autores llevaron esa intuición tan lejos como Fernando Pessoa. Resulta difícil no detenerse, aunque solo sea por un instante, en la curiosa coincidencia que acompaña a su nombre. Su apellido, Pessoa, significa simplemente “persona” en portugués, y aunque se trata de un apellido completamente real, el simbolismo parece casi demasiado perfecto para ser casual. El escritor que dedicaría buena parte de su vida a explorar las múltiples posibilidades de una conciencia llevaba precisamente por apellido aquello que parecía dispuesto a poner en duda. Como si la propia realidad hubiera decidido concederle, antes incluso de escribir una sola línea, una metáfora que resumía toda su obra.

Naturalmente, sería absurdo preguntarse si Fernando Pessoa existió. Sabemos cuándo nació, conocemos buena parte de su biografía, conservamos sus cartas y sus manuscritos, y nadie discutiría que fue una persona de carne y hueso que vivió en Lisboa durante las primeras décadas del siglo XX. No obstante, basta con adentrarse unos pasos en su universo literario para que esa certeza empiece a adquirir un matiz inesperado. Porque quizá la cuestión nunca consistió en averiguar si Pessoa existió, sino en preguntarse qué lugar ocupaba realmente dentro de la extraordinaria comunidad de escritores que fue construyendo a lo largo de su vida. Tal vez el mayor de sus artificios no consistiera en inventar autores imaginarios, sino en conseguir que el propio Fernando Pessoa acabara pareciendo uno más entre ellos.

La invención de un escritor

En este punto, resulta tentador recurrir a la explicación que suele acompañar siempre el nombre de Pessoa. Se dice que escribía bajo distintos seudónimos, como tantos otros autores antes y después de él, y durante mucho tiempo esa descripción pareció suficiente para resumir una de las aventuras literarias más singulares del siglo XX. Sin embargo, basta observar con un poco más de atención aquello que fue construyendo para comprender que la palabra “seudónimo” resulta demasiado pequeña. Un seudónimo es, al fin y al cabo, una firma distinta que permite ocultar temporalmente la identidad de quien escribe. La voz permanece siendo la misma, aunque cambie el nombre que aparece al final de la página. Pessoa perseguía algo mucho más ambicioso. Lo que surgía bajo cada una de aquellas firmas no era simplemente otra manera de escribir, sino otra manera de existir.

Sus heterónimos nacían acompañados de una biografía completa, de unos rasgos físicos definidos, de una educación concreta y de una sensibilidad irrepetible. Tenían una fecha de nacimiento, una profesión, amistades, lecturas predilectas y una forma particular de contemplar el mundo. Incluso aquello que para la mayoría de nosotros pertenecería al ámbito más íntimo de una persona parecía adquirir consistencia propia. Pessoa llegó a elaborar las cartas astrales de algunos de ellos, como si también el movimiento de los astros hubiera debido quedar registrado para explicar su carácter. El detalle suele citarse como una curiosidad extravagante, aunque quizá encierre algo mucho más revelador. Cuando un escritor siente la necesidad de calcular el horóscopo de un personaje que jamás ha existido, empieza a resultar evidente que ya no lo está tratando como una simple creación literaria.

Todo ello produce una impresión difícil de describir durante las primeras lecturas. Poco a poco deja de percibirse la mano del autor organizando aquel universo desde una posición privilegiada y comienza a aparecer algo parecido a una pequeña república de escritores. Cada uno posee una voz perfectamente reconocible, defiende una determinada concepción de la poesía y mantiene una relación distinta con la realidad. Leerlos de forma consecutiva no transmite la sensación de asistir a un brillante ejercicio de estilo, sino a un diálogo entre inteligencias diferentes que coinciden en un mismo tiempo y comparten un mismo espacio cultural. La ilusión resulta tan convincente que, por momentos, el lector olvida que todas esas páginas han salido físicamente de la misma mano.

Ese es, probablemente, el instante en que la obra de Pessoa empieza a desplegar toda su extrañeza. La pregunta deja de ser cuántos escritores habitaban en un solo hombre y pasa a dirigirse hacia un lugar mucho más incómodo. Si cada uno de aquellos autores posee una personalidad coherente, una voz inconfundible y una forma singular de comprender el mundo, ¿qué criterio seguimos utilizando para afirmar que solo uno de ellos merece el título de “real”? La respuesta parece obvia mientras observamos el problema desde fuera, pero pierde parte de su solidez cuando aceptamos el juego que Pessoa propone. Después de todo, conocemos a Alberto Caeiro o a Ricardo Reis exactamente del mismo modo que conocemos a tantos escritores del pasado: a través de sus textos, de sus ideas y de las huellas que dejaron tras de sí. Nuestra experiencia como lectores apenas distingue entre unos y otros.

Y es precisamente ahí donde la ficción comienza a producir un efecto inesperado. En lugar de preguntarnos cómo pudo un hombre imaginar semejante constelación de autores, empezamos a sospechar que quizá estamos formulando la pregunta equivocada. Tal vez el verdadero enigma no consista en explicar cómo Fernando Pessoa creó a sus heterónimos, sino en comprender por qué sentimos la necesidad de situarlo por encima de ellos, como si ocupara un lugar distinto dentro de ese universo. Quizá la costumbre de buscar siempre un creador último nos impide advertir que, en la literatura de Pessoa, esa jerarquía empieza a difuminarse hasta volverse casi invisible.

La ilusión del creador

Existe un detalle especialmente revelador dentro de ese complejo entramado de voces. Cuando Pessoa hablaba de Alberto Caeiro, rara vez lo hacía con la distancia de quien comenta una invención propia. Al contrario, lo presentaba como el gran acontecimiento de su vida literaria y lo reconocía abiertamente como su maestro. La afirmación resulta desconcertante desde el momento en que recordamos un hecho evidente: Caeiro solo podía existir porque Pessoa lo había creado. Sin embargo, el propio Pessoa parecía invertir espontáneamente esa relación. En sus cartas y anotaciones, el nacimiento de Caeiro aparece descrito casi como una revelación, como si aquel poeta hubiera irrumpido de pronto en su conciencia reclamando un espacio que ya le pertenecía. Más tarde haría algo semejante con el resto de sus heterónimos, hasta el punto de que la sensación de estar asistiendo a un proceso de invención fue cediendo terreno ante otra mucho más difícil de definir. Da la impresión de que Pessoa no construía pacientemente aquellas identidades, sino que las iba encontrando.

Conviene leer ese célebre relato con cierta prudencia. Es muy probable que el propio Pessoa contribuyera a convertir el origen de sus heterónimos en una especie de mito fundacional, mezclando recuerdos, reconstrucciones posteriores y una evidente voluntad literaria. Después de todo, nadie conocía mejor que él el poder de una buena historia. Sin embargo, incluso aceptando esa cautela, el episodio conserva toda su fuerza simbólica. Lo verdaderamente importante no es averiguar si Alberto Caeiro apareció una tarde concreta de la manera exacta en que Pessoa la describió, sino comprender que eligió contar su nacimiento de ese modo. Allí donde otro escritor habría hablado de inspiración, de trabajo o de búsqueda, Pessoa prefirió narrar un encuentro.

Y ese pequeño desplazamiento modifica profundamente nuestra forma de leer su obra. Descubrir un paisaje no es lo mismo que construirlo. Encontrar a una persona tampoco equivale a inventarla. El lenguaje que empleamos para describir una experiencia condiciona inevitablemente la naturaleza de esa experiencia, y Pessoa parecía sentirse mucho más cómodo utilizando verbos propios del descubrimiento que de la creación. Como si aquellos escritores hubieran permanecido siempre en alguna región inaccesible de su imaginación y él se hubiera limitado a abrirles la puerta.

Naturalmente, nadie está obligado a aceptar esa interpretación. Sabemos que detrás de cada poema se encontraba la misma mano. Sin embargo, la literatura posee una capacidad extraordinaria para alterar las jerarquías que damos por supuestas. Cuando una ficción alcanza suficiente consistencia, el vínculo entre creador y criatura deja de percibirse como una simple relación de dependencia. Los personajes comienzan a adquirir una autonomía inesperada, toman decisiones que el propio autor afirma no haber previsto y terminan ocupando un lugar estable en la memoria de los lectores. Todos los grandes novelistas han hablado alguna vez de esa sensación, aunque casi siempre como una metáfora del proceso creativo. Pessoa decidió llevar esa metáfora hasta un extremo del que ya no resultaba sencillo regresar.

Quizá por eso exista otra forma de contemplar todo este extraordinario edificio literario. No como una pirámide coronada por un único autor del que dependen todas las demás voces, sino como una constelación en la que cada una ilumina a las otras y recibe de ellas parte de su sentido. Desde esa perspectiva, el propio Fernando Pessoa deja de ocupar una posición privilegiada. Continúa siendo el punto desde el que físicamente nacen los textos, pero dentro de la ficción parece comportarse como un integrante más de aquella comunidad de escritores. Habla con ellos, aprende de ellos, los presenta, los edita e incluso se deja influir por sus ideas. El creador comienza a mezclarse con sus propias criaturas hasta que la frontera entre unos y otro pierde parte de la nitidez que solemos atribuirle.

Es entonces cuando la hipótesis inicial, aquella que al comienzo parecía apenas un juego literario, regresa convertida en una pregunta mucho más seria. ¿Y si lleváramos un siglo interpretando a Pessoa exactamente al revés? ¿Y si, al menos dentro del universo que él mismo construyó, Fernando Pessoa fuera también una figura necesaria para que Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y los demás pudieran llegar hasta nosotros? Evidentemente no hablamos de una afirmación histórica, sino de una posibilidad de lectura. Pero pocas veces una ficción ha conseguido alterar con tanta elegancia el lugar que solemos reservar al autor dentro de su propia obra.

La invención de una persona

Puede que esa sea también la razón por la que la obra de Pessoa sigue resultando tan contemporánea. No porque anticipara determinadas corrientes literarias o porque llevara el juego de los heterónimos más lejos que nadie, sino porque supo convertir en literatura una intuición que continúa acompañándonos. La extraordinaria comunidad de escritores que construyó provoca un asombro inmediato, pero esa sorpresa termina dejando paso a una sensación mucho más difícil de explicar. Poco a poco, aquellas voces imaginarias empiezan a resultarnos extrañamente familiares, como si detrás de su aparente extravagancia reconocieran una experiencia que, de alguna manera, también nos pertenece.

Nos gusta pensar que existe un único “yo” que permanece inalterable a lo largo del tiempo y que observa desde algún lugar estable las distintas etapas de nuestra vida. Esa imagen posee una enorme fuerza porque aporta continuidad a nuestra biografía y nos permite reconocernos en el niño que fuimos, en el adulto que somos y en la persona que imaginamos llegar a ser. Pero basta detenerse un instante para advertir que esa aparente unidad convive con una experiencia mucho más compleja.

Quien recuerda un episodio de la infancia no contempla el mundo con la misma mirada que quien toma una decisión importante, conversa con un amigo o permanece en silencio frente a una página en blanco. Cada una de esas situaciones parece convocar una voz diferente, una manera particular de ordenar los recuerdos y de interpretar cuanto sucede a nuestro alrededor. No se trata de personas distintas ni de identidades escindidas, sino de algo mucho más cotidiano y, precisamente por eso, más difícil de percibir. Vivimos rodeados de registros, de matices y de perspectivas que cambian continuamente mientras seguimos utilizando un único nombre para designarlos a todos. La sensación de unidad existe, sin duda, pero quizá se parezca menos a una roca inmóvil que a un delicado equilibrio entre muchas formas de ser.

Pessoa no inventó esa diversidad interior. Lo que hizo fue otorgarle una existencia literaria independiente. Allí donde la mayoría de nosotros dejamos que esas voces convivan silenciosamente bajo una misma identidad, él decidió concederles una biografía, una manera de escribir y una mirada propia sobre el mundo. La operación resulta tan extrema que durante un primer momento parece una extravagancia irrepetible. Sin embargo, conforme nos alejamos del asombro inicial, empieza a revelar algo inesperado. Tal vez los heterónimos nos resulten convincentes porque reconocemos en ellos un mecanismo que, de una forma mucho más discreta, también opera en nuestra experiencia cotidiana.

La filosofía y la psicología han intentado responder desde hace siglos a esa aparente paradoja. Algunas corrientes han defendido la existencia de un yo estable que permanece idéntico bajo los cambios de la experiencia, mientras que otras han descrito la identidad como un proceso siempre inacabado, una construcción que se modifica continuamente a medida que vivimos. Pessoa nunca pretendió resolver ese debate desde un sistema filosófico. Su territorio era la literatura, y precisamente por eso pudo permitirse una libertad que rara vez está al alcance del pensamiento teórico. En lugar de definir qué es una persona, imaginó qué ocurriría si cada una de las posibilidades que habitan en una conciencia pudiera desarrollar una vida completa y escribir con absoluta independencia de las demás.

Esa decisión convierte a los heterónimos en algo más que un brillante artificio literario. Cada uno de ellos explora una forma distinta de estar en el mundo y lleva hasta sus últimas consecuencias una determinada sensibilidad. Alberto Caeiro contempla la realidad con una inocencia casi radical, como si las cosas no necesitaran ser interpretadas para existir. Ricardo Reis encuentra en la serenidad clásica una manera de aceptar el tiempo y el destino, mientras que Álvaro de Campos abraza el exceso, la contradicción y el vértigo de la experiencia moderna. Ninguno de ellos agota por sí solo la complejidad de la condición humana, pero juntos componen una especie de mapa en el que distintas maneras de mirar la realidad pueden convivir sin necesidad de reducirse unas a otras.

Quizá esa sea una de las razones por las que la obra de Pessoa continúa ejerciendo una fascinación tan particular. Sus heterónimos nunca funcionan como simples recursos narrativos destinados a sorprender al lector. Tampoco parecen responder al deseo de ocultarse detrás de distintas máscaras, porque una máscara siempre presupone la existencia de un rostro definitivo que espera detrás de ella. En el universo de Pessoa ocurre exactamente lo contrario, ya que cada nueva voz amplía el conjunto sin cancelar las anteriores, y el resultado se asemeja menos a una colección de disfraces que a un organismo vivo cuyas partes conservan su autonomía mientras participan de una misma totalidad. La identidad deja entonces de entenderse como una esencia inmóvil y comienza a parecerse a una conversación permanente que nunca concluye del todo.

Vista desde esa perspectiva, la pregunta con la que iniciábamos este recorrido adquiere un sentido diferente. Tal vez ya no importe demasiado averiguar si Fernando Pessoa inventó realmente a sus heterónimos o si prefirió presentarlos como descubrimientos surgidos de su imaginación. Lo verdaderamente sugestivo es que esa ficción termina actuando como un espejo inesperado. La distancia que parecía separar la experiencia de Pessoa de la nuestra comienza entonces a reducirse hasta casi desaparecer, y aquello que al principio se presentaba como una de las propuestas más singulares de la literatura moderna acaba revelándose como una posibilidad profundamente humana. Al observar la extraordinaria comunidad de escritores que habita su obra, el lector termina reconociendo, aunque sea de una forma tenue, la complejidad de su propia vida interior.

El descubrimiento de una persona

Aquí, quizá resulte tentador volver a la pregunta con la que comenzábamos estas páginas. ¿Fue Fernando Pessoa un escritor extraordinariamente imaginativo que decidió repartir su talento entre varias voces ficticias o, por el contrario, utilizó la literatura para explorar una intuición mucho más profunda acerca de la naturaleza de la identidad? Probablemente ambas respuestas sean compatibles, y tal vez ahí resida precisamente la riqueza de su obra. Sus heterónimos continúan fascinándonos porque funcionan al mismo tiempo como una prodigiosa invención literaria y como una reflexión silenciosa sobre aquello que significa ser una persona. Cuanto más nos acercamos a ellos, más difícil resulta separar el juego de la ficción de la investigación sobre la conciencia humana.

Puede que esa sea también la razón por la que Pessoa sigue pareciendo un autor tan difícil de agotar. Cada nueva lectura desplaza ligeramente el centro de gravedad de su obra. A veces creemos estar leyendo a un poeta y descubrimos a un filósofo. Otras pensamos haber encontrado un brillante experimento literario y terminamos frente a una pregunta que afecta a nuestra propia manera de habitar el mundo. Sus libros rara vez ofrecen respuestas definitivas, pero poseen la extraña virtud de alterar la forma en que formulamos determinadas preguntas. Y, en ocasiones, esa transformación resulta mucho más valiosa que cualquier conclusión.

Existe una hermosa ironía en todo ello. El hombre cuyo apellido significaba simplemente persona dedicó buena parte de su vida a poner en duda que esa palabra pudiera contener una única voz. Mientras otros escritores utilizaron la ficción para inventar héroes, ciudades o mundos imaginarios, Pessoa la empleó para explorar el territorio más cercano y, quizá por ello, el más desconocido de todos: la conciencia de quien escribe y de quien lee. Sus heterónimos siguen dialogando entre sí mucho después de que cerremos sus libros porque ese diálogo ya no les pertenece únicamente a ellos, ya que de una manera casi imperceptible, termina incorporándose también al nuestro.

Tal vez por eso la pregunta que sobrevuela toda su obra nunca llegue a resolverse del todo. ¿Quién escribía realmente cuando Fernando Pessoa se sentaba ante una hoja en blanco? La respuesta más inmediata parece evidente y, sin embargo, después de recorrer su universo literario deja de poseer la misma claridad que tenía al principio. Quizá esa incertidumbre constituya su mayor legado. No porque nos obligue a dudar de la existencia de Pessoa o de sus heterónimos, sino porque nos invita a contemplar nuestra propia identidad con una curiosidad semejante.

Después de todo, una persona quizá no sea únicamente aquello que permanece inmutable a lo largo de los años. También puede ser la conversación silenciosa que mantiene unidas todas las voces que hemos sido, las que todavía somos y las que algún día llegaremos a descubrir.

Tabaquería – Un poema de Fernando Pessoa

Tabaquería es uno de los poemas más deslumbrantes del siempre poliédrico, Fernando Pessoa. Escrito en 1928 bajo la máscara de su heterónimo Álvaro de Campos, nos encontramos ante un poema que destila pesimismo a raudales. Pero también ante un ejercicio de introspección muy profundo y poderoso.

Porque aunque el tono del poema es derrotista y depresivo, ya desde el inicio nos podemos dar cuenta de que esta escrito de una manera sublime, construido con versos demoledores y acompañado de certeras metáforas, en las que Pessoa relaciona lo metafísico con lo cotidiano de una manera magistral. El poeta consigue hacernos partícipes de su dolor y de su sensación de fracaso, pero al final, todo ello actúa como un artefacto catártico. Esto me recuerda a Autopsicografía, otro de sus grandes poemas: “El poeta es un fingidor/Finge tan completamente,/que hasta finge que es dolor,/el dolor que en verdad siente./Y quienes leen lo que escribe,/sienten, en el dolor leído,/no los dos que el poeta vive,/sino aquél que no han tenido.”

Todos nos hemos sentido así en algún momento de nuestras vidas y quizá no encontramos las palabras para expresarlo, suerte que tenemos poetas como Pessoa, que transmutan sentires en palabras. Pero no quiero extenderme más, os dejo con esta joya en la soberbia traducción de Octavio Paz.

“Retrato de Fernando Pessoa” (1964) de José Almada Negreiros, Museu Calouste Gulbenkian, Lisboa.

 

Tabaquería

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe quién son
(y si lo supiesen, ¿qué sabrían?)
Ventanas que dan al misterio de una calle cruzada constantemente por la gente,
calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
con el de la muerte que traza manchas húmedas en las paredes,
con el del destino que conduce al carro de todo por la calle de nada.

Hoy estoy convencido como si supiese la verdad,
lúcido como si estuviese por morir
y no tuviese más hermandad con las cosas que la de una despedida,
y la hilera de trenes de un convoy desfila frente a mí
y hay un largo silbido
dentro de mi cráneo
y hay una sacudida en mis nervios y crujen mis huesos en la arrancada.

Hoy estoy perplejo, como quien pensó y encontró y olvidó,
hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fallé en todo.
Como no tuve propósito alguno tal vez todo fue nada.
Lo que me enseñaron
lo eché por la ventana del traspatio.
Ayer fui al campo con grandes propósitos.
encontré sólo hierbas y árboles
y la gente que había era igual a la otra.
Dejo la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué puedo saber de lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser esas mismas cosas que no podemos ser tantos!

¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se creen en sueños genios como yo
y la historia no recordará, ¿quién sabe?, ni uno,
y sólo habrá un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En tantos manicomios hay tantos locos con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna ¿puedo estar en lo cierto?
No, en mí no creo.
¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo
genios-para-sí-mismos a esta hora están soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, de veras altas y nobles y lúcidas-
quizá realizables,
no verán nunca la luz del sol real ni llegarán a oídos de la gente?

El mundo es para los que nacieron para conquistarlo
no para los que sueñan que pueden conquistarlo, aunque tengan razón.
He soñado más que todas las hazañas de Napoleón.
He abrazado en mi pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto más filosofías que las escritas por ningún Kant.
Pero soy y seré siempre el de la buhardilla,
aunque no viva en ella.
Seré siempre el que no nació para eso.
Seré siempre sólo el que tenía algunas cualidades,
seré siempre el que aguardó que le abrieran la puerta frente a un muro que no tenía puerta,
el que cantó el cántico del Infinito en un gallinero,
el que oyó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? Ni en mí ni en nada.
Derrame la naturaleza su sol y su lluvia
sobre mi ardiente cabeza y que su viento me despeine
y después que venga lo que viniere o tiene que venir o no ha de venir.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos al mundo antes de levantarnos de la cama;
nos despertamos y se vuelve opaco;
salimos a la calle y se vuelve ajeno,
es la tierra y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(Come chocolates, muchacha,
¡Come chocolates!
Mira que no hay metafísica en el mundo como los chocolates,
mira que todas las religiones enseñan menos que la confitería.
¡Come, sucia muchacha, come!
¡Si yo pudiese comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y al arrancar el papel de plata, que es de estaño,
echo por tierra todo, mi vida misma.)

Queda al menos la amargura de lo que nunca seré,
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico que mira hacia lo imposible.
Al menos me otorgo a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos por el gesto amplio con que arrojo,
sin prenda, la ropa sucia que soy al tumulto del mundo
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú que consuelas y no existes, y por eso consuelas,
Diosa griega, estatua engendrada viva,
patricia romana, imposible y nefasta,
princesa de los trovadores, escotada marquesa del dieciocho,
cocotte célebre del tiempo de nuestros abuelos,
o no sé cual moderna -no acierto bien la cual-
sea lo que seas y la que seas, ¡si puedes inspirar, inspírame!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco,
me invoco a mí mismo y nada aparece.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, la acera, veo los coches que pasan,
veo los entes vivos vestidos que pasan,
veo los perros que también existen,
y todo esto me parece una condena a la degradación
y todo esto, como todo, me es ajeno.)

Viví, estudié, amé y hasta tuve fe.
Hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por ser él y no yo.

En cada uno veo el andrajo, la llaga y la mentira.
y pienso: tal vez nunca viviste, ni estudiaste, ni amaste, ni creíste
(Porque es posible dar realidad a todo esto sin hacer nada de todo esto.)
Tal vez has existido apenas como la lagartija a la que cortan el rabo
Y el rabo salta, separado del cuerpo.

Hice conmigo lo que no sabía hacer.
Y no hice lo que podía.
El disfraz que me puse no era el mío.
Creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
la tenía pegada a la cara.
Cuando la arranqué y me vi en el espejo,
estaba desfigurado.
Estaba borracho, no podía entrar en mi disfraz.
Lo acosté y me quedé afuera,
Dormí en el guardarropa
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo.
Voy a escribir este cuento para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como cosa que yo hice
y no encontrarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente:
Pisan los pies la conciencia de estar existiendo
como un tapete en el que tropieza un borracho
o la esterilla que se roban los gitanos y que no vale nada.

El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta y se instala contra la puerta.
Con la incomodidad del que tiene el cuello torcido,
con la incomodidad de un alma torcida, lo veo.
El morirá y yo moriré.
El dejará su rótulo y yo dejaré mis versos.
En un momento dado morirá el rótulo y morirán mis versos.
Después, en otro momento, morirán la calle donde estaba pintado el rótulo
y el idioma en que fueron escritos los versos.
Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto.
En otros planetas de otros sistemas algo parecido a la gente
continuará haciendo cosas parecidas a versos,
parecidas a vivir bajo un rótulo de tienda,
siempre una cosa frente a otra cosa,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el misterio de la superficie,
siempre ésta o aquella cosa o ni una cosa ni la otra.

Un hombre entra a la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me enderezo a medias, enérgico, convencido, humano,
y se me ocurren estos versos en que diré lo contrario.

Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la libertad de todos los pensamientos.
Fumo y sigo al humo con mi estela,
y gozo, en un momento sensible y alerta,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es el resultado de una indisposición.
y después de esto me reclino en mi silla
y continúo fumando.
Seguiré fumando hasta que el destino lo quiera.

(Si me casase con la hija de la lavandera
quizá sería feliz).
Visto esto, me levanto. Me acerco a la ventana.
El hombre sale de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo del pantalón?),
ah, lo conozco, es Estevez, que ignora la metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta).
Movido por un instinto adivinatorio, Estevez se vuelve y me reconoce;
me saluda con la mano y yo le grito ¡Adiós, Estevez! y el universo
se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza
y el Dueño de la tabaquería sonríe.

– Fernando Pessoa

”Tabacaria” (1928).