El grafógrafo – Salvador Elizondo

Algunos textos no se leen en el sentido habitual. Se ejecutan.

El grafógrafo no propone una historia ni desarrolla una idea: pone en marcha un proceso, donde la escritura se observa a sí misma, se recuerda, se imagina y se contrae hasta borrar cualquier distancia entre el acto y la conciencia del acto.

El yo que escribe no se afirma ni se explica, sino que se multiplica, se curva y se pierde en la repetición de su propio gesto. Leer este texto exige atención y abandono: seguir el movimiento sin intentar fijarlo, dejar que el lenguaje avance y se repliegue como una corriente cerrada sobre sí misma.

El resto ocurre durante la lectura.

El grafógrafo

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

Salvador Elizondo

Este texto metaficcional forma parte de la recopilación de cuentos El grafógrafo publicada en 1972 en México.