Cannibal Corpse — Anatomía del exceso (1990–1994)

Entre Ficciones siempre ha sido un espacio donde las formas del imaginario se cruzan sin jerarquías ni permisos. En ese territorio cambiante, Cannibal Corpse aparece con la naturalidad de aquello que ya pertenece a la tradición del cuerpo simbólico. Su ciclo de álbumes inicial, publicados entre 1990 y 1994, prolonga una línea estética muy antigua: la exploración de la carne como superficie narrativa, como materia plástica y como escenario donde lo humano se desborda hasta transformarse.

Estos discos construyen un lenguaje propio basado en la organización de la violencia. El cuerpo se abre para revelar una estructura interna que respira en ritmos, imágenes y gestos; la brutalidad se dispone como arquitectura y el exceso adopta la lógica de una composición visual. La banda trabaja con una claridad que transforma lo visceral en forma y convierte la anatomía en un territorio donde cada fragmento encuentra su función dentro del conjunto.

Cannibal Corpse participa de una genealogía del exceso que atraviesa el arte desde hace siglos: lo grotesco. Donde convergen el manierismo más deformado, los Caprichos de Goya, el teatro de la crueldad de Artaud o las metamorfosis del body horror moderno de Clive Barker y David Cronenberg. Sus primeros discos prolongan ese linaje desde un ángulo extremo, utilizando el cuerpo como superficie narrativa y explorando las posibilidades estéticas de la violencia cuando se convierte en forma. En ese territorio amplio y a veces incómodo, la banda ocupa un lugar propio, plenamente coherente con el imaginario que sostiene este espacio.

Eaten Back To Life (1990)

Nacimiento macabro

Eaten Back to Life encarna el instante en que un nuevo lenguaje surge desde la materia cruda, todavía sin forma, pero cargado de una energía que empuja hacia adelante con una urgencia casi biológica. El disco se comporta como un organismo recién despertado, tembloroso y brillante, que tantea la realidad arrancándole fragmentos. Todo vibra con la luz inicial de los comienzos: esa mezcla de torpeza y clarividencia que solo aparece cuando una fuerza nueva intenta existir antes de entenderse a sí misma.

La estética del álbum se sostiene en un imaginario que no pretende ser símbolo ni metáfora: la carne se muestra como carne, desnuda, directa, sin mediación conceptual. El cuerpo aparece como matriz y como límite, como el lugar donde todo sucede. Las imágenes sangrientas actúan como impulsos primarios, más cercanas al gesto instintivo que a cualquier elaboración consciente. Cada destello gore surge con la sinceridad de un animal que prueba sus propios dientes para saber que están ahí, y en ese tanteo nace una identidad que todavía no conoce sus límites.

Las canciones funcionan como ráfagas irregulares de energía, pequeñas convulsiones que avanzan sin un plan aparente, pero que dejan ver, entre golpes, la sombra de un orden futuro. No existe orden ni estructura emocional, existe un estallido que aún no distingue entre impulso y forma. Eaten Back to Life respira como una criatura que aprende a moverse mientras se desgarra, como si el género mismo estuviera naciendo en tiempo real, torpe y fascinante a la vez.

La portada captura este espíritu con una claridad feroz: un cadáver que regresa al mundo devorándose a sí mismo, una entidad que afirma su existencia a través del acto de destruirse. La imagen no representa un renacer metafórico, sino un nacimiento violento desde el interior de la propia carne. Ese gesto define la naturaleza del disco como un origen que se construye con restos, una vida que surge desde la contradicción material y que encuentra en el desgarramiento su forma más pura de afirmación.
Este primer capítulo no busca perfección ni equilibrio. Es un despertar macabro. La primera respiración del monstruo antes de reconocerse como tal.

Un disco que se escucha como se atraviesa un nacimiento abrupto: con sobresalto, intensidad y la certeza de estar presenciando algo que todavía no posee nombre, pero que ya exige permanecer.

Anatomía del sonido

El debut de Cannibal Corpse nació en un contexto particularmente fértil: Tampa (Florida), finales de los 80, cuando el thrash se oscurecía y aceleraba hasta descomponerse en algo nuevo. Eaten Back to Life salió en agosto de 1990 bajo Metal Blade Records y se grabó en los míticos Morrisound Studios, el laboratorio donde Scott Burns definió el sonido del death metal temprano.

Este primer álbum no suena todavía al Cannibal Corpse que todos tienen en mente, y esa es precisamente su virtud: conserva una dosis muy intensa de thrash rabioso (influencias de Kreator, Dark Angel, Slayer y Death) combinada con una brutalidad poco habitual para la época. Las guitarras están afinadas en E Standard, más altas que en los discos posteriores; por eso el álbum tiene una cualidad más aguda y nerviosa, casi impulsiva.

Musicalmente, el disco introduce varios rasgos que serán esenciales en la identidad de la banda:

  • riffs en zigzag y cortes abruptos
  • palm-mutes velocísimos
  • estructuras fragmentadas
  • fraseos que funcionan como pequeñas viñetas sangrientas

La voz de Chris Barnes todavía no es el rugido abisal de años posteriores. En este álbum utiliza un otro tipo de gutural, un registro medio-grave que se acerca al estilo de Chuck Schuldiner pero con un filo más cavernoso, que aún no está refinado, pero sí completamente reconocible.

Entre los temas más representativos destacan Shredded Humans, A Skull Full of Maggots, Born in a Casket y Edible Autopsy. No solo por su violencia lírica, sino porque ofrecen una vista temprana del engranaje que la banda estaba construyendo: un estilo basado en el cambio constante de secciones, la ausencia de melodía explícita y un enfoque del ritmo como martillo.

Lo que hace especial a Eaten Back to Life en retrospectiva es que captura el momento exacto en el que el death metal deja de ser una extensión del thrash y empieza a reclamar su propio espacio.

Un disco imperfecto, frenético y lleno de la electricidad irrepetible de los comienzos verdaderos.

Butchered at Birth (1991)

Renacimiento grotesco

Butchered at Birth representa el momento en que el universo de Cannibal Corpse se asienta en una forma consciente. Todo lo que en el debut aparecía como impulso instintivo adopta aquí una dirección meticulosa, casi artesanal. La banda construye un espacio donde la anatomía deja de servir como materia bruta y se convierte en herramienta ritual. La violencia se despliega con una calma que inquieta: cada fragmento de cuerpo parece colocado para cumplir una función dentro de una ceremonia silenciosa.

La estética del álbum gravita alrededor de una inversión profunda de lo que consideramos sagrado. La maternidad se transforma en un acto de disección, el nacimiento se repliega en un gesto trágico y la creación adopta la forma de una degradación consciente. No existe dramatismo en este universo: existe un orden. Una lógica interna donde el cuerpo se abre porque ese es su destino simbólico, porque la carne funciona como un texto inscrito en sí misma.

Las canciones avanzan con la precisión de un taller quirúrgico. Cada tramo se comporta como una operación donde los órganos conceptuales se distribuyen para revelar algo más que los restos que muestran. No hay búsqueda de impacto inmediato: hay un gesto metódico, una forma de frialdad deliberada que transmite la sensación de estar asistiendo a una liturgia desconocida, donde la sangre no se derrama como violencia, sino como secuencia.

La portada condensa ese espíritu con una claridad sombría. Las figuras que manipulan el cuerpo parecen atrapadas en un trance, concentradas en un acto que no pertenece al horror, sino a una rutina. Los instrumentos, los gestos, la disposición del cuerpo sobre la mesa: todo sugiere la presencia de un conocimiento heredado, como si ese mundo funcionara según reglas antiguas que nadie cuestiona. La escena respira una solemnidad extraña, una calma que desarma más que cualquier exceso visual.

En este segundo capítulo, Cannibal Corpse define con nitidez su mitología interna. El cuerpo no se ofrece como símbolo de vida, sino como soporte de un lenguaje que se despliega en fragmentos: manos que sostienen, torsos abiertos, fluidos que organizan el espacio. La carne funciona como texto, como superficie donde los gestos se repiten con la rigidez de una tradición. El imaginario se vuelve cerrado, compacto, coherente, como si el álbum fuera el primer templo de un culto sin rostro.

Butchered at Birth avanza con una seguridad que revela la madurez del monstruo. Ya no hay ruido primario, ya no existe la incertidumbre del nacimiento. Hay método, orden y un sentido de inevitabilidad que convierte a este disco en el fundamento estético de todo lo que vendrá después. Es el momento en que el lenguaje del grupo se reconoce a sí mismo y decide permanecer.

Autopsia sónica

Con Butchered at Birth, Cannibal Corpse dio un salto decisivo: abandonó las últimas raíces del thrash y entró de lleno en un death metal puro, áspero y cavernoso. Grabado de nuevo en Morrisound Studios con Scott Burns a los mandos, el disco alcanzó una densidad sonora que influiría en incontables bandas en los años siguientes.

Aquí la afinación descendió a Eb Standard, otorgando a las guitarras un sonido más pesado y viscoso, como si cada nota arrastrara su propio eco de carne húmeda. La producción es deliberadamente turbia. Nada brilla y nada respira.

Las guitarras tienen un sonido áspero que recuerda a una sierra oxidada o a un enjambre de abejas enfurecido. El bajo de Alex Webster permanece hundido en la mezcla, reforzando la sensación de masa informe. La batería de Paul Mazurkiewicz introduce patrones más complejos, con golpes secos que funcionan como martillazos en un organismo en constante disección.

En el plano vocal, Butchered at Birth marca el nacimiento definitivo del “Barnes gutural”. Ya no hay restos del registro medio del primer disco, aquí aparece esa voz abismal, completamente subterránea, que lo convirtió en referencia absoluta del género. Barnes no narra, convierte la voz en materia orgánica que cae sobre la mezcla.

Las composiciones siguen una lógica interna muy definida. Se imponen:

  • cambios bruscos que funcionan como cortes de bisturí
  • ritmos sincopados
  • riffs que se repiten como un ritual
  • secciones que parecen fragmentos de cadáver ensamblados con precisión quirúrgica

Temas como Meat Hook Sodomy, Gutted, Vomit the Soul o Innards Decay consolidan el estilo de la banda: violencia directa, estructuras sin concesiones y una atmósfera mórbida que ningún otro grupo había llevado tan lejos en ese momento.

El impacto cultural fue inmediato. La portada de Vincent Locke, censurada en múltiples países y la venta del disco prohibida en las principales cadenas de tiendas, lo convirtió en un icono involuntario del metal extremo.
El disco dejó claro que Cannibal Corpse no iba a suavizar nada para entrar en ningún mercado. Y esa postura —más estética que comercial— cimentó su reputación.

Con Butchered at Birth, Cannibal Corpse rompe definitivamente la puerta del género y se convierte en la fuerza imparable que los convertiría en leyenda.

Tomb of the Mutilated (1992)

La sensualidad pervertida

Tomb of the Mutilated abre un espacio donde la carne deja de ser materia para convertirse en gesto. El universo de Cannibal Corpse alcanza aquí su forma más teatral: un territorio donde los cuerpos ya no representan nada humano, pero conservan un repertorio de posturas, sombras y movimientos que recuerdan, desde lejos, lo que alguna vez fueron. Este álbum encarna ese momento en el que una estructura simbólica se emancipa por completo del significado y subsiste como ritual vacío, mecánico y persistente.

Las canciones funcionan como escenas inscritas en un templo construido con restos. Cada tramo musical parece repetir un movimiento antiguo, como si los riffs, los ritmos y las voces surgieran de un repertorio gestual que sigue sobreviviendo más allá de toda memoria. La violencia adopta una forma coreográfica, ya que avanza, retrocede y vuelve a su punto original con la precisión de un mecanismo que ya no necesita intención consciente. Lo perturbador no es la brutalidad explícita, sino la sensación de que todo se ejecuta desde un estado de trance, sin emoción ni conflicto, como un ritual que se repite simplemente porque su estructura exige ser repetida.

La portada encarna esa idea con una claridad casi insoportable: dos cadáveres en un acto sexual que ya no pertenece al deseo, sino a la gramática vacía del deseo. No hay erotismo, pero sí una sensualidad devastada, una coreografía que imita la intimidad humana sin contenerla. Es una imagen donde eros y thanatos se entrelazan de forma tan literal que se neutralizan mutuamente: lo sexual se vuelve imposible, lo mortal se vuelve mecánico, y lo que queda es un simulacro del instinto, un gesto que se repite solo porque alguna vez significó algo.

Este tercer capítulo encarna un orden inquietante en el que la violencia ya no busca el golpe, la sorpresa o la transgresión. Se despliega como un lenguaje que se ha desprendido de su origen humano y ha encontrado una vida propia. La música se coloca en un punto donde lo brutal y lo ceremonial forman una sola estructura. No existe progreso narrativo; existe un bucle. Una repetición que se multiplica sobre sí misma con un rigor casi matemático, como si el álbum fuera la memoria autónoma de un acto ancestral que nadie recuerda haber originado. Tomb of the Mutilated expone esa autonomía con una belleza feroz.

En este disco, Cannibal Corpse alcanzan la forma final del monstruo que venían creando desde el debut: una criatura que ya no necesita explicar su propio lenguaje porque el lenguaje se sostiene por sí solo. El ciclo alcanza aquí su centro, un núcleo oscuro que respira desde la repetición y encuentra en ella su identidad más sólida.

Exhumación sónica

Tomb of the Mutilated suele describirse como el canon del death metal. No es exageración: este disco fijó la estética, el sonido y la estructura que definirían al género durante décadas. Grabado de nuevo en Morrisound Studios con Scott Burns, representa la cristalización de un lenguaje que Cannibal Corpse llevaba dos álbumes intentando inventar.

La afinación se mantuvo en Eb Standard, pero la producción es más sólida y afilada. Las guitarras de Jack Owen y Bob Rusay alcanzan aquí su forma definitiva: riffs tensos, entrecortados, casi geométricos, que avanzan como un mecanismo implacable. La sensación no es de caos, sino de ritual, de un patrón oculto que se repite con una lógica interna que no busca ser comprendida, solo ejecutada.

El trabajo vocal de Chris Barnes llega a su punto culminante. Su gutural es tan profundo que, por primera vez, se convierte en textura más que en voz. En este disco, Barnes desarrolla su famosa técnica de vibración gutural descendente, generando un registro cercano al infragrave que se siente físico, casi táctil.

Pero lo realmente importante es la construcción de los temas.
Aquí Cannibal Corpse abandona cualquier rastro de espontaneidad juvenil:

  • los riffs están colocados como piezas de un ritual
  • los cambios de ritmo actúan como escenas
  • la batería marca transiciones con una frialdad quirúrgica
  • cada silencio es un golpe narrativo

La banda perfecciona lo que después se convertiría en un sello: la estructura AB–C–AB distorsionada, donde el tema vuelve sobre sí mismo de manera enfermiza, como si se replegara hacia una misma imagen obsesiva.

Temas como Hammer Smashed Face —posiblemente la canción más famosa de la banda— introdujeron un tipo de groove brutal, pesado y sincopado, que influiría incluso fuera del metal extremo. La apertura es uno de los momentos más reconocibles del género.

Otros temas, como Addicted to Vaginal Skin, I Cum Blood, Post Mortal Ejaculation o The Cryptic Stench, llevaron la estética gore a un punto de histrionismo que rozaba la teatralidad grotesca. No era violencia literal: era un gesto estético llevado a su límite absoluto.

Históricamente, el disco también marcó un pico de visibilidad. La aparición en la película Ace Ventura puso a Cannibal Corpse frente a una audiencia inesperada, convirtiendo a la banda en fenómeno cultural sin que ellos cambiaran su propuesta.

Tomb of the Mutilated es el álbum donde Cannibal Corpse deja de ser un proyecto prometedor y se convierte en un monstruo estilístico perfectamente definido. Su influencia es tan vasta que muchos grupos posteriores son, en esencia, variaciones sobre su estructura.

The Bleeding (1994)

La técnica como violencia

The Bleeding representa el momento en que la brutalidad de la banda encuentra una forma depurada, consciente y precisa. La violencia adquiere una claridad inesperada pues se ordena, se afila y se vuelve un lenguaje que respira con exactitud. Después del caos primario del debut, de la liturgia anatómica del segundo disco y de la necrofilia distorsionada de Tomb of the Mutilated, este capítulo final de la era Barnes muestra a la criatura plenamente formada, modulando su ferocidad con una lucidez que inquieta más que cualquier exceso.

El universo simbólico del álbum vive en un contraste sutil: los gestos más salvajes aparecen presentados con una nitidez casi elegante. La sangre ya no es un estallido, sino un trazo; la carne abierta se comporta como una estructura; la violencia adopta un orden propio. Cada composición parece diseñada como un mecanismo frío, donde los movimientos internos encajan con una precisión que revela una madurez estética insólita dentro de un género nacido de la impulsividad.

La portada concentra esta idea con una fuerza singular. Un cuerpo pálido, exhausto, desangrándose, se integra en un muro de figuras que parecen crecer unas sobre otras, como un organismo colectivo formado por rostros, torsos y fragmentos que respiran al mismo ritmo. La escena transmite una serenidad perturbadora: el cuerpo central se vacía en silencio, y su sangre fluye hacia la multitud, como si alimentara una estructura mayor que lo absorbe y lo transforma. Esa quietud convierte el desangramiento en arquitectura y revela el sentido profundo del álbum: una violencia ordenada y meticulosa, que alcanza una forma de claridad que parecía imposible en los capítulos anteriores.

Las canciones avanzan con una firmeza nueva. Cada sección se sitúa en un punto exacto de la composición, cada tránsito se decide desde una intención que no busca el impacto inmediato, sino la coherencia interna. La brutalidad se convierte en diseño y la repetición adquiere un valor narrativo más profundo. La banda encuentra un modo de respiración conjunta que transmite control en medio del desgarro.

The Bleeding cierra la era Barnes desde una perspectiva elevada, pero sin ofrecer un final explosivo ni un gesto definitivo, sino un equilibrio extraño, casi clínico, donde la violencia deja de depender del exceso para sostenerse sobre su propia estructura. Es el punto en que la criatura reconoce su forma definitiva y la afirma con una serenidad inquietante. Un cierre maduro, afilado y luminoso dentro de la penumbra que canoniza todo lo que vino antes.

Disección del sonido

Si Tomb of the Mutilated es el canon, The Bleeding es el refinamiento. Grabado otra vez en Morrisound Studios pero con un cambio decisivo en la producción —esta vez a cargo de Scott Burns junto a la propia banda y con un enfoque más audaz en la mezcla— el disco suena nítido, definido y extraño. Es el álbum más accesible de su primera etapa sin dejar de ser un muro de violencia y quizá el mejor de su discografía.

La afinación se mantiene en Eb Standard, pero la claridad de la mezcla permite escuchar por primera vez cada línea instrumental con nitidez real.
Las guitarras de Rob Barrett y Jack Owen aportan un nivel técnico mayor, con riffs más precisos y quirúrgicos. Barrett introduce un fraseo más seco y mejor articulado, que ayuda a que el disco tenga un sonido más profesional sin perder oscuridad.

La batería de Paul Mazurkiewicz abandona parte del caos rítmico anterior y apuesta por patrones más reconocibles, que funcionan como ejes alrededor de los cuales la canción respira. Y por esos huecos se cuela el bajo de Webster haciendo alarde de su depurada técnica.

En lugar de aplastarlo todo con blast beats, el álbum apuesta por grooves densos, secciones en las que la brutalidad se vuelve casi hipnótica. Esto se aprecia especialmente en temas como Staring Through the Eyes of the Dead, Fucked with a Knife, Stripped, Raped and Strangled (una de sus canciones más “pegadizas”) o el tema título.

Aquí las canciones tienen una arquitectura más clara. Los riffs se desarrollan, los cambios de ritmo funcionan como capítulos y la repetición adquiere un valor casi narrativo.

La voz de Chris Barnes se encuentra en un punto alto de expresividad. Aunque su registro ya empezaba a mostrar señales de desgaste, aquí todavía mantiene su gutural profundo, pero con una dicción más comprensible y una respiración mejor distribuida. Es el Barnes más variado y más “controlado” de su carrera.

Históricamente, The Bleeding representa el final de una etapa.
Es el último álbum con Barnes y, en cierta forma, el último momento en que Cannibal Corpse sonó a esa mezcla de caos ritual y estructura cerrada. Tras su salida, el sonido de la banda se volvería más técnico, rápido y limpio, pero perdería parte de la densidad opresiva que caracterizaba esta tetralogía inicial.

Lo que distingue a The Bleeding es su equilibrio: la violencia sigue ahí, pero ahora respira.
Pero ya no lo hace en un cementerio.
Sino en un quirófano.
Frío, aséptico, iluminado… y aún más perturbador.

Las portadas: el exceso visual

En Cannibal Corpse la imagen nunca fue un accesorio.
Sus portadas forman parte del mismo lenguaje que la música: un catálogo de muertos vivientes, violencia y cuerpos imposibles, escenas que funcionan como rituales anatómicos y que elevan lo grotesco a categoría estética.

Vincent Locke, responsable de casi toda la iconografía visual de la banda, convirtió cada álbum en una especie de grabado anatómico deformado, como si la violencia no fuera un acto, sino una estructura: un modo de reorganizar el cuerpo para revelar algo que no puede expresarse con palabras.

No son solo ilustraciones gore, son viñetas simbólicas que actúan como preámbulo y a la vez representación visual de lo que contiene la música.
Entre ambas construyen un único gesto estético, una misma gramática brutalista.

Prácticamente todas las portadas han sido censuradas en medio mundo e incluso algunas de ellas directamente prohibidas en algunos países. Sin embargo, la censura no las debilitó: convirtió su imaginería en un símbolo aún más potente, amplificando el mito en lugar de contenerlo.

Y si la imagen define el territorio visual del cuerpo imposible, las letras completan ese mismo gesto desde el lenguaje, extendiendo el teatro de lo grotesco hacia su dimensión narrativa.

Las letras: el guion de lo grotesco

Las letras de Cannibal Corpse, consideradas durante años violentas, misóginas o excesivas, forman parte del mismo teatro de lo grotesco. No buscan realismo, sino que operan como parodias hiperbolizadas del cine de terror, slasher y gore, un catálogo exagerado de horrores imposibles donde la violencia es tan extrema que deja de ser literal y se vuelve estilización.
Por ellas fueron censurados en varios países —incluida Alemania, donde hasta 2006 la venta de sus tres primeros discos estuvo prohibida y por consiguiente no pudieron interpretar en directo ninguna canción de dichos álbumes—, pero la censura —al igual que con las portadas— tuvo el efecto contrario: reforzó la lectura mítica de estas letras, convirtiéndolas en el libreto exagerado de una obra que nunca pretende moralizar, sino explorar los límites del cuerpo como ficción y además reírse de ello.

Entre lo grotesco y lo sublime

La primera etapa de Cannibal Corpse deja la sensación de una estética que encuentra claridad dentro del exceso. En estos álbumes, la violencia adopta un orden propio y la anatomía se convierte en una forma de pensamiento que respira en cada riff, en cada ruptura rítmica, en cada gesto vocal. La música avanza con una lógica interna que sostiene el impulso, lo organiza y lo transforma en una gramática reconocible.

Y quizá convenga recordar algo que suele pasarse por alto: esta música, tantas veces reducida a la palabra “ruido”, exige una técnica extraordinaria. La velocidad, la precisión, la resistencia física, la coordinación extrema entre guitarra, bajo, batería y voz… componer y ejecutar death metal no es solo una cuestión de visceralidad: es una disciplina que roza lo atlético.
Quien quiera puede llamarlo excesivo, grotesco o brutal, pero nunca sencillo.

Confieso que mi primera escucha de Cannibal Corpse y otras bandas del género también fue eso: ruido. Tuve que entrenar el oído, subir la intensidad poco a poco dentro del metal, aprender a descifrar una agresividad que en el fondo no es caos sino una estructura bien planificada. Y cuando uno reconoce sus patrones internos —el ritmo oculto, la lógica del riff, la arquitectura de la brutalidad— lo que parecía un muro de sonido, poco a poco se convierte en lenguaje.

Lo que permanece tras este ciclo es un lenguaje que se sostiene en su propia intensidad: un modo de ordenar el exceso, de dar forma a la carne y de convertir la violencia en un pensamiento nítido. Cuatro discos que respiran como un cuerpo único, un organismo de ritmo y sombra que aún conserva su filo. Y en esa persistencia hay una verdad simple: todo símbolo que se afirma acaba encontrando su lugar, incluso cuando muerde.

 

 

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