Allegro para dos sombras

El camino era de tierra compacta, ancho lo justo para el paso de un carro, y se extendía entre prados húmedos donde el verde parecía beberse la luz. A un lado, las cercas de madera se inclinaban hacia la hierba alta; al otro, un pequeño arroyo dejaba oír el goteo constante del agua que se escapaba entre las piedras.

Avancé sin prisa, disfrutando del olor a tierra mojada que había dejado la tormenta de la mañana. El cielo, cubierto de nubes bajas, filtraba una luz uniforme que no marcaba sombras. No pensé en ello como algo extraño; solo era uno de esos días grises que se instalan sin anunciarse.

Tras una curva, el camino desembocó en una encrucijada. Cuatro sendas se abrían en direcciones distintas, cada una bordeada por árboles jóvenes que se inclinaban suavemente sobre el paso. Me detuve en el centro, girando sobre mí mismo para examinar cada una: una subía hacia un grupo de colinas, otra se perdía entre un campo abierto, la tercera se hundía en un corredor de árboles más densos, y la última parecía seguir el curso del arroyo hasta que se disolvía en la distancia.

No había indicaciones, ni huellas recientes. Me quedé inmóvil, escuchando, y fue entonces cuando lo noté: nada se movía. Ni el viento rozaba las hojas, ni la hierba respondía. Incliné un poco la cabeza, como si así pudiera percibirlo mejor, pero en ese gesto la ausencia se hizo más evidente, extendiéndose a todo lo demás: ni el más leve crujido rompía la quietud, ni siquiera el canto de los pájaros vibraba en el aire, como si el campo entero hubiera quedado suspendido en un silencio ensordecedor. Di un paso, casi por probar, y el gesto me resultó extraño, como si lo hubiera hecho fuera de tiempo.

Mientras decidía qué camino tomar, avancé hacia el sendero que se internaba entre los árboles densos. Luego me detuve, dudando, y retrocedí al centro de la encrucijada. Volví a girar lentamente sobre mis talones, observando cada dirección como si en una de ellas hubiera algo esperándome.

Fue entonces cuando lo vi. Estaba de pie en el inicio del sendero que conducía a las colinas, quieto, como si llevara allí mucho tiempo. No escuché pasos, ni el crujido de ramas que anunciara su llegada. Simplemente, estaba.

La túnica oscura le cubría hasta los tobillos, y el tejido parecía absorber la poca luz de la tarde. Sus rasgos se me escapaban cada vez que intentaba fijarlos, como si un velo invisible los distorsionara, pero sus ojos… sus ojos no cambiaban. Azules, fríos e inamovibles, me sostenían la mirada con una intensidad que fue desplazando todo lo demás.

No me moví. Sentí un cosquilleo en la nuca, como cuando se sabe que algo decisivo está a punto de suceder. Fue él quien rompió la distancia, avanzando despacio. Cuando estuvo lo bastante cerca, dijo mi nombre. No vi que moviera los labios. La voz llegó directa a mi cabeza, clara y segura, como un pensamiento que no me pertenecía. Guardó silencio después, como si esperara algo. Y comprendí que esperaba mi reconocimiento. No sabía de dónde, pero sí: había en él algo familiar.

Pensé en preguntarle quién era. —Ya lo sabes —respondió, como si leyera mis pensamientos.

“Te observo desde hace tiempo”, continuó. “Sé lo que buscas, lo que anhelas con toda tu alma, aunque aún no te atrevas a decirlo en voz alta.” Su tono no era amenazante. Era cercano, casi cómplice. “Podría ayudarte. Podría darte lo que quieres. No solo escribir… sino escribir como siempre has soñado. Ser leído, ser recordado. Ser el más célebre, el más respetado, el más fascinante.”

Algo en mí avanzó hacia esas palabras antes de que pudiera detenerlo. Al mismo tiempo, otra parte se resistió. Había una precisión incómoda en todo aquello, como si no estuviera proponiendo nada, sino recordándome algo que ya había aceptado.

Tomé aire mentalmente. —¿Qué quieres a cambio?

—Nada—respondió. Pero la respuesta llegó demasiado rápido. —Solo que, de vez en cuando, me acompañes. Hablaremos y te propondré ideas.

Intenté pensar con claridad. Intenté encontrar una fisura. —¿Y por qué yo?

Durante un instante, no respondió. Luego: —Porque ya me has escuchado antes.

Sentí que algo no encajaba, como una pieza colocada en la posición correcta pero en un tablero equivocado.

Dio un paso más y me tendió las manos, con la naturalidad de quien no espera rechazo.

—Ven, amigo. Vamos a sellar el pacto con un baile.

—No sé bailar —respondí.

—No importa. Yo te enseño.

Sus manos, frías y firmes como grilletes, se cerraron sobre las mías. Intenté ajustar el cuerpo, buscar un ritmo… pero mis pies ya se movían antes de que yo los pensara. Me llevó al centro de la encrucijada. Un paso. Luego otro. Tardé un instante en comprender que ya estábamos bailando. Él marcaba el compás, y mi cuerpo lo seguía con una docilidad que no reconocía como propia. Cuando intenté resistirme, el movimiento no se detuvo; simplemente me atravesó. Comenzó a girar, tarareando una melodía apenas audible.

—Esta danza pide más color —dijo, con un brillo helado en los ojos—. Permíteme presentarte a mi amigo Paganini. Será él quien nos regale un allegro furioso.

La música llegó antes que la figura. Una primera nota, tensada hasta el límite, rasgó el aire inmóvil. Y entonces lo vi. No supe de dónde había surgido. Estaba allí, apenas separado de nosotros, como si hubiera formado parte del paisaje desde el principio y yo no lo hubiera percibido.

Altísimo. Consumido. El cabello largo caía sobre un rostro que parecía dividido entre carne putrefacta y osamenta. La mano que sujetaba el arco era puro hueso, y el violín ardía sin consumirse.

Cuando el arco volvió a tensar la cuerda, el mundo aceleró. La música era un torbellino afilado. Nuestros pasos respondieron de inmediato, más y más rápido, como si siempre hubieran estado esperando ese ritmo. Girábamos vertiginosamente y el paisaje comenzó a deformarse, los bordes de las cosas se desdibujaron, y la encrucijada se convirtió en una espiral sin centro.

Ya no sentía el suelo ni el peso del cuerpo. Solo sus ojos, fijos en los míos. Y entonces me soltó.

El vértigo se cortó de golpe. Abrí los ojos. Estaba en la cama, despierto, con el corazón desbocado y una certeza imprecisa: no sabía si el pacto se había sellado… o si la danza apenas acababa de empezar.

– Mikel Alonso

Nota: este breve texto está inspirado en un sueño bastante perturbador que tuve hace años y que escribí tal cual está al despertarme.

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