Durante siglos, en algunas regiones de Gales y del oeste de Inglaterra, hubo personas conocidas como comepecados. Cuando alguien moría, su presencia era requerida para llevar a cabo un ritual que apenas había variado desde tiempos remotos: sobre el pecho del difunto se colocaban un trozo de pan, sal y una jarra de cerveza. El comepecados consumía aquellos alimentos y pronunciaba una plegaria, mientras los familiares observaban en silencio, convencidos de que las culpas del muerto abandonaban el cuerpo y se transferían al desconocido que había acudido a la casa. Después se marchaba solo.

La comunidad necesitaba su presencia, pero evitaba su compañía. Vivían en los márgenes de los pueblos, en cabañas apartadas o en los límites del bosque. Apenas participaban en la vida de la comunidad, rara vez compartían mesa con los demás y casi nunca cruzaban el umbral de una iglesia. Se les temía porque llevaban consigo una carga invisible y porque existía la sospecha de que quien absorbe las faltas ajenas termina transformándose en algo distinto.

Las autoridades religiosas contemplaban aquellos rituales con abierta hostilidad. La idea de que un ser humano pudiera asumir los pecados de otro resultaba intolerable para una institución que reservaba el perdón y el juicio únicamente a Dios. Para muchos sacerdotes, los comepecados eran el vestigio incómodo de antiguas creencias paganas que habían logrado sobrevivir bajo la superficie del cristianismo. Y, sin embargo, incluso quienes condenaban el ritual terminaban recurriendo a él cuando la muerte entraba en sus hogares.

Algunas tradiciones populares atribuían al ritual una función aún más inquietante. El comepecados no solo ayudaba al difunto a abandonar este mundo: también impedía su regreso. En una época en la que el miedo a los muertos que volvían para atormentar a los vivos estaba muy extendido, absorber las culpas del fallecido equivalía a anular aquello que podía retenerlo entre ambos mundos.

Me pregunto qué ocurría realmente con aquello que el comepecados recibía, pues las culpas son difíciles de medir, pero existen otras cargas menos visibles: remordimientos, deseos inconfesables y recuerdos que uno ha dedicado toda una vida a ocultar. Resulta fácil imaginar que, después de años desempeñando aquel oficio, un comepecados acabara convertido en un archivo ambulante de vidas ajenas.

Quizá despertaran sobresaltados por sueños que no les pertenecían. Tal vez pronunciaran nombres desconocidos o sintieran nostalgia de lugares que nunca habían visitado. Puede que algunos llegaran a olvidar dónde terminaban sus propios recuerdos y dónde comenzaban los heredados.

Existe una antigua historia, probablemente apócrifa, sobre un comepecados galés que, tras asistir al funeral de un anciano al que nadie apreciaba, regresó a su cabaña al borde del bosque y pasó la noche escribiendo febrilmente en un cuaderno. Cuando murió, años después, los vecinos encontraron cientos de páginas llenas de nombres, fechas, confesiones y detalles minuciosos de vidas que nunca había vivido. Nadie quiso leerlas.

Tal vez porque comprendieron que el verdadero peso de los pecados nunca fue moral, sino narrativo. Quizá lo insoportable consista en cargar con los secretos de otros y descubrir que cada ser humano alberga un universo entero de sombras y que algunos oficios exigen convertirse en el guardián involuntario de todas ellas.

Después de todo, seguimos buscando maneras de entregar nuestras culpas a desconocidos.

 

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