Metallica – Load

Cuando Load salió en junio de 1996, Metallica ya no era solo una banda de metal: era un fenómeno cultural. El Black Album había vendido millones de copias, sus canciones sonaban en todas partes, y James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett y Jason Newsted eran ya iconos más allá de los géneros. En ese contexto, lo fácil habría sido repetir la fórmula de Enter Sandman hasta la saciedad. Pero Metallica eligió lo contrario: cambiar la estética y grabar un álbum que gravitaba hacia el hard rock, el blues y un groove oscuro y denso. El resultado fue Load, un disco que dividió para siempre a sus seguidores.

Para un adolescente que descubría entonces la banda —como fue mi caso—, el impacto fue distinto. Load no arrastraba la sombra de los discos anteriores porque simplemente no los conocía aún. Entrar en Metallica a través de este álbum era descubrir a un grupo que sonaba enorme, moderno, lleno de matices y con una voz personal. Y aunque pronto comprendí que para muchos fans era un sacrilegio, el tiempo ha demostrado que Load guarda canciones que hoy, casi treinta años después, siguen vivas y frescas.

La polémica y el cambio

Más que musical, la polémica de Load fue estética. El pelo corto, el rímel, la ropa alternativa, la portada provocadora de Serrano (Semen and Blood III) parecían la renuncia definitiva al aura metalera que habían cultivado en los 80. Muchos fans lo vivieron como una traición. Pero más allá de la superficie, lo cierto es que el grupo estaba explorando un territorio nuevo: riffs más pesados y lentos, atmósferas cargadas, un sonido que bebía tanto del hard rock setentero como del rock alternativo noventero. Algunas influencias notables son Led Zeppelin, ZZ Top, AC/DC, Black Sabbath, Lynyrd Skynyrd, Alice in Chains, Trouble, Danzig, Soundgarden, COC, Bob Seger y Ted Nugent entre otras.

No era thrash, desde luego. Tampoco era el heavy metal del Black Album. Era otra cosa: una búsqueda de identidad y supervivencia en plena década de los 90, una de las épocas más convulsas y fértiles a nivel creativo para la música. Y ese riesgo —fallido para muchos— es lo que convierte hoy al disco en una pieza interesante de revisar.

Los músicos y el sonido

Load también es el retrato de Metallica en su madurez técnica. James Hetfield alcanza aquí quizá la mejor interpretación vocal de toda su carrera: su voz no es ya el rugido metálico de los ochenta, sino un registro más amplio, capaz de sonar vulnerable en Bleeding Me o demoledor en King Nothing. Esa evolución también se refleja en sus letras, más introspectivas y personales que nunca. Lars Ulrich, criticado tantas veces por su estilo, se vuelve aquí un baterista más minimalista y preciso; abandona los redobles veloces, pero aporta un pulso pesado y seguro que encaja perfectamente con el groove de estas canciones.

Kirk Hammett abusa del pedal wah, sí, pero aún con estilo: en temas como Hero of the Day o Until It Sleeps su guitarra aporta dramatismo, y cuando se lanza al solo, todavía tiene un instinto melódico inconfundible. Jason Newsted sigue sin tener el protagonismo que merece, pero su bajo sostiene las canciones con solidez y cuando emerge, suena denso y oscuro, y nos recuerda que su marcha dejó un vacío del que la banda nunca terminó de recuperarse.

Otro detalle importante es la afinación: la mayoría del disco está medio tono por debajo del estándar, lo que refuerza la densidad del sonido y da a Hetfield más margen para explorar registros graves y expresivos. En cortes como The House Jack Built incluso recurrieron al Drop D, logrando un tono más oscuro.
Parte del encanto de Load está en cómo fue grabado: la sensación es la de una banda tocando en directo en el estudio, con un sonido más fresco y espontáneo que en el Black Album. La producción de Bob Rock es de auténtico lujo: todo suena nítido y contundente, las guitarras cortan con claridad, la batería reverbera con fuerza y la mezcla equilibra cada instrumento en un espacio amplio y poderoso.

Canciones de altura

La gran paradoja de Load es que, en medio de lo que muchos consideran un disco irregular, Metallica grabó dos de las canciones más intensas y fascinantes de toda su carrera: Bleeding Me y The Outlaw Torn.

Bleeding Me es un viaje de casi nueve minutos que comienza con unos acordes hipnóticos, como un murmullo cuyo eco se repite en círculos. Poco a poco se abre paso una confesión amarga en la que Hetfield se desnuda, cantando sobre un dolor que se enrosca en su interior como una raíz oscura imposible de arrancar. La canción avanza desangrándose lentamente, transmitiendo una sensación de arrastre y de catarsis prolongada. Cuando por fin irrumpe el estallido final, todo se convierte en una tormenta purificadora: guitarras, batería y voz ardiendo juntas como si el dolor hubiera encontrado al fin su forma de liberarse.

Más extensa aún, The Outlaw Torn es quizá el mayor logro de Metallica en los 90: una canción lenta y expansiva, guiada desde el inicio por el bajo distorsionado de Newsted, que marca un latido constante. Hetfield canta con una mezcla de dureza y fragilidad, y el estribillo, reforzado por los coros, suena como una súplica que se repite y cala cada vez más hondo. Todo el tema gira en torno a una espera interminable, a una búsqueda que se consume en sí misma. En la segunda mitad, Hammett desata un solo devastador que rompe la tensión y abre paso al desenlace. El cierre lo firma Hetfield con una sección instrumental larga y crepuscular, donde la guitarra parece hablar por él: no busca lucirse, solo dejar salir el dolor. The Outlaw Torn no es un tema hecho para agradar: es un descenso a las entrañas de la pérdida, con una intensidad que desarma. Una de las piezas más profundas de la historia de Metallica, y quizá su obra maestra.

Junto a ellas, el disco ofrece un mapa variado: Until It Sleeps, su gran single, con un aire alternativo y melódico que la convirtió en un éxito de radio y en la MTV, con un videoclip inspirado en obras de El Bosco. King Nothing, heredera del pulso de Enter Sandman, con un riff adictivo y directo. Hero of the Day, que mostraba un lado más melódico, casi una power ballad alternativa, The House Jack Built, un medio tiempo opresivo, con riffs pesados en afinación grave y una atmósfera sofocante y 2 x 4, que con su groove pesado, nos remite a unos Black Sabbath más densos y acelerados.

El disco también contiene piezas más directas como Wasting My Hate, Ain’t My Bitch y Thorn Within, que se apoyan en la fuerza de los riffs y las melodías. Otras, como Poor Twisted Me y Cure, cumplen un papel menor y funcionan más como relleno. Y en los márgenes aparecen dos rarezas inesperadas: Mama Said, donde la banda se adentra en el country rock, y Ronnie, con un claro acento de rock sureño.

El disco que pudo ser

Quizá lo más frustrante de esta etapa es que Load fue concebido como un disco doble. Sin embargo, cuando se acercaba la fecha de publicación, varias canciones no estaban terminadas y la banda decidió guardarlas para un segundo lanzamiento. Así, en lugar de un solo álbum ambicioso y coherente, terminaron apareciendo Load y Reload como dos discos separados, inflados con temas menores que diluyeron el conjunto. Sin embargo, si uno recorta lo superfluo y se queda con lo esencial, surge un álbum alternativo que habría cambiado la percepción de Metallica en los noventa.

De Load podrían haberse rescatado:

  • Ain’t My Bitch
  • 2×4
  • The House Jack Built
  • Until It Sleeps
  • King Nothing
  • Bleeding Me
  • Thorn Within
  • The Outlaw Torn

Y de Reload:

  • Fuel
  • Devil’s Dance
  • The Unforgiven II
  • Low Man’s Lyric
  • Fixxxer

Con esta selección, la banda habría entregado un álbum compacto y variado, lleno de momentos brillantes. Un disco capaz de unir riesgo y contundencia en lugar de quedar disperso entre dos trabajos muy desiguales.

Relectura tres décadas después

Hoy Load ya no provoca indignación, sino curiosidad. Lo que en 1996 parecía traición se entiende ahora como un riesgo necesario: Metallica se atrevió a cambiar de piel y a desmarcarse de los moldes que ellos mismos habían impuesto. Y aunque no todas las canciones brillan con la misma intensidad, el álbum en conjunto sigue sonando fresco y actual, mientras muchos discos de la época han envejecido mal. 

Escuchado hoy, revela también otra cosa: Metallica no tuvo miedo de equivocarse en público, de probar registros nuevos y enfrentarse a sus propios seguidores. Esa valentía —más allá de los resultados desiguales— es lo que hace de Load un disco digno de revisitar. Lo que entonces dividió, ahora permite entender mejor a la banda: no solo como arquitectos del thrash, sino como músicos capaces de explorar sus raíces, sus sombras y sus contradicciones.

Para mí, fue el inicio de una relación con ellos; para otros, el comienzo de la decepción. No está a la altura de los clásicos thrash de los 80, pero sigue siendo un disco que me gusta mucho y que ocupa un lugar especial. Y, en perspectiva, refleja una verdad inevitable de los 90: si no salías en la MTV y no seguías las modas, estabas sentenciado. Metallica creyó que debía reinventarse para sobrevivir, cuando en realidad no lo necesitaba: ya era la banda de metal más grande, y lo siguió siendo incluso después de que la moda del grunge y el rock alternativo se desvanecieran. Pero esa decisión, aun así, tuvo sentido: les permitió expandir su sonido, explorar otros registros y enriquecer su música y dejó un testimonio valioso de una época en la que se atrevieron a ser distintos.

Como siempre, os dejo el disco completo y como bonus, un video de 1995 de la banda en el estudio ensayando The Outlaw Torn y en el que suenan acojonantes.

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