La casualidad —esa forma modesta del destino— me puso sobre la pista de una sociedad que, según creo, existe desde hace siglos y acaso desde siempre. No me refiero a una orden visible, provista de templos, jerarquías y ceremonias, sino a una fraternidad dispersa cuyos miembros, sin conocerse entre sí, obedecen una antigua y única pasión: hallar el Hexágono Original.
Todo comenzó con un manuscrito árabe adquirido en Toledo, en una tienda donde abundaban espadas falsas, astrolabios recientes y pergaminos manifiestamente apócrifos. El vendedor, hombre de barba canosa y cortesía teatral, juró que el códice provenía de una casa derruida de Fez. Como casi todos los juramentos comerciales, aquel era dudoso; no así el manuscrito, cuya tinta había envejecido con dignidad.
Constaba de ciento treinta y una hojas y carecía de principio. La última página, acaso por una ironía del copista, estaba intacta. En ella leí estas palabras:
Quien encuentre la Cámara de los Seis Muros verá que todo recinto es copia, todo mapa recuerdo y toda biblioteca comentario.
El texto alternaba relatos de viajeros, diagramas geométricos y admoniciones teológicas. Su autor —o compilador— citaba a sabios de dudosa existencia, a dinastías olvidadas y a un tal Abu Nasr al-Mutakabbir, llamado “el geómetra de los espejos”, de quien no he hallado otra noticia en crónica alguna. La doctrina central era simple y monstruosa: el universo entero imita una estancia primordial de forma hexagonal; cada casa, cada plaza, cada fortaleza y cada libro serían versiones degradadas de ese arquetipo.
No me sorprendió la tesis. Toda metafísica es, en el fondo, una nostalgia arquitectónica. Me sorprendió en cambio otra cosa: las numerosas notas marginales, escritas en latín, en francés del siglo XVIII, en un alemán minucioso y hasta en un español casi contemporáneo. Varias manos, separadas por siglos, habían comentado el mismo códice. Una de ellas afirmaba:
La Cámara no está en el espacio, sino en la repetición.
Otra advertía:
No contéis los muros.
Y otra, más lacónica:
Buscad las bibliotecas.
Durante meses perseguí esas sombras. En Lisboa consulté el catálogo de un coleccionista muerto que enumeraba “seis salas idénticas abiertas sobre un patio circular”. En Buenos Aires un anticuario me habló de una logia extinguida cuyos miembros cambiaban cada año de nombre para no anclarse en la historia. En El Cairo un ciego me recitó, en pésimo castellano, una sentencia atribuida a los iniciados: “Perderse seis veces es entrar”. No niego que la empresa empezó a fascinarme. He desconfiado siempre de las verdades evidentes; las absurdas poseen, al menos, el mérito de exigirnos algo.
La pista decisiva me aguardaba en Córdoba, cerca de la Mezquita. Un bibliotecario jubilado, cuyo nombre omitiré porque acaso aún vive, me recibió una tarde lluviosa en un piso donde los libros ocupaban también la cocina y parte del dormitorio. Al mostrarle una copia del manuscrito, sonrió con una mezcla de piedad y cansancio.
—Llega usted tarde —me dijo—. O temprano. Nunca he sabido cuál de las dos cosas.
Abrió un armario y extrajo seis volúmenes encuadernados en piel verde. Eran catálogos de bibliotecas destruidas: monasterios incendiados, palacios saqueados, universidades cerradas por decretos o guerras. Cada uno contenía, subrayado con tinta roja, el registro de una sala hexagonal.
—Creí durante cuarenta años que la secta buscaba un lugar —prosiguió—. Después entendí que buscaba una forma. Luego comprendí algo peor: no buscaba ninguna de las dos cosas.
Me condujo a una habitación interior. Era pequeña, desordenada y vulgarmente rectangular. En el centro había una mesa con seis espejos apoyados unos contra otros, formando un hexágono imperfecto. Me invitó a mirar. Vi reflejos multiplicados hasta un fondo incalculable: la lámpara repetida, mi cara deformándose en corredores de vidrio, los lomos de los libros convertidos en murallas. Cada imagen engendraba otras seis, y estas otras, con una rapidez que ningún ojo puede seguir.
—Éste es el símbolo pedagógico —dijo—. El verdadero Hexágono no está hecho de piedra.
Guardó silencio, como quien cede la palabra a una evidencia. Entonces comprendí que la secta no buscaba una cámara perdida en desiertos o catacumbas. Buscaba la estructura que rige ciertas proliferaciones: las bibliotecas, los espejos, las herejías, los linajes, las ciudades, los comentarios de un texto, las interpretaciones de un sueño. Todo sistema que se replica en seis direcciones era, para ellos, una huella del Primer Recinto.
—¿Y lo encontraron? —pregunté.
El anciano rió.
—Lo inventaron. Que suele ser lo mismo.
Nos despedimos. Volví algunos días después para devolverle los catálogos, pero el piso estaba vacío. Los vecinos aseguraron que allí no había vivido nadie en años. El portero, hombre práctico, sostuvo que yo confundía el edificio.
Conservo todavía los seis catálogos verdes. Los he examinado muchas veces. Son auténticos, salvo por un detalle: todos los registros subrayados corresponden a salas cuadradas. He pensado que el viejo me engañó. He pensado también que quiso curarme de una credulidad tardía. Prefiero una tercera hipótesis, más digna de la secta: comprendió que yo ya era miembro de ella.
Porque desde aquella tarde advierto hexágonos donde antes veía azar: en los panales, en ciertos barrios, en la trama de algunas novelas, en los dados, en la nieve agrietada, en las conversaciones que se bifurcan y regresan. Y ahora, mientras escribo estas líneas, descubro con una mezcla de alarma y resignación que toda página tiene seis márgenes: cuatro visibles y dos imaginarios.

– Mikel Alonso
