El prisionero de Zenda – Anthony Hope

Ayer volví a Ruritania. Conocía el camino, había recorrido varias veces sus bosques y sabía qué me esperaba tras los muros del castillo de Zenda, pero cinco horas después seguía leyendo, incapaz de abandonar una historia publicada hace más de un siglo. El prisionero de Zenda (1894) conserva una fuerza narrativa que se manifiesta desde las primeras páginas, y Anthony Hope la despliega con maestría al conducir al lector directamente a la acción y mantener la historia siempre en movimiento, porque unas pocas escenas bastan para que un viaje ocioso se convierta en una conspiración y el destino de un reino dependa del rostro de un desconocido.

Rudolf Rassendyll es un caballero inglés que viaja a Ruritania a finales del siglo XIX para asistir a la coronación de su nuevo monarca. En principio, se trata de un simple viaje de vacaciones, una ocasión para conocer el país y distraerse antes de regresar a su vida habitual, aunque lleva consigo una peculiar herencia familiar: el cabello rojo y los rasgos de la dinastía de los Elphberg, la casa reinante en Ruritania, resultado de un antiguo escándalo que dejó su huella en varias generaciones. Cuando el azar lo conduce hasta el futuro rey, el parecido entre ambos resulta tan extraordinario que parecen encontrarse ante su propio reflejo. Conviene reservarse los detalles, porque una parte del placer consiste en descubrir cómo esa semejanza, al principio recibida con asombro y buen humor, va cerrándose sobre Rassendyll hasta obligarlo a ocupar un lugar que jamás habría imaginado para sí mismo.

Ruritania no figura en ningún mapa, pero Hope la vuelve reconocible sin detenerse a reconstruir toda su historia. Una capital dividida entre dos aspirantes al poder, una princesa, un bosque y una fortaleza rodeada por un foso bastan para que el país adquiera la consistencia de los lugares que quizá solo existen mientras alguien los cuenta. Sus fronteras pueden cruzarse en tren y su situación recuerda vagamente a la Europa central, aunque la verdadera distancia que lo separa de Inglaterra se mide en otra clase de experiencia: al llegar allí, la curiosidad de Rassendyll se transforma en destino y el espectador de una coronación comienza a intuir que quizá tendrá que contemplarla desde un lugar mucho más cercano al trono.

El éxito de la novela hizo que Ruritania sobreviviera al libro y se convirtiera en el modelo de otros reinos imaginarios, territorios vagamente europeos donde las coronas se disputan, las lealtades cambian y un viajero puede verse atrapado en una intriga ajena. Anthony Hope encontró un escenario perfecto para la aventura porque su país parece familiar sin estar sometido a la historia de ningún lugar real. Reconocemos sus palacios, sus uniformes y sus tensiones políticas, pero desconocemos qué existe más allá de las fronteras que necesita la narración, de modo que Ruritania permanece disponible para quien abra la novela y acepte viajar hasta ella.

La historia avanza con la misma economía con la que está construido el país. Los planes nacen incompletos, las decisiones deben tomarse antes de conocer todas sus consecuencias y cada solución abre un peligro nuevo, aunque la narración conserva su ligereza y evita explicar aquello que la acción puede mostrar por sí sola. El coronel Sapt parece haber envejecido resolviendo situaciones imposibles; Fritz von Tarlenheim conserva una lealtad que no necesita discursos, y Michael el Negro permanece al otro lado de cada movimiento esperando el momento de aprovechar cualquier error. Entre ellos aparece Rupert de Hentzau, uno de esos villanos cuya presencia altera inmediatamente una escena. Resulta difícil prever sus actos y todavía más difícil apartar la mirada cuando los ejecuta, porque posee el encanto peligroso de quien parece divertirse incluso cuando todos los demás se juegan la vida.

Bajo las persecuciones, los duelos y las conspiraciones existe también una pregunta que Hope integra naturalmente en la aventura. Rassendyll llega a Ruritania sin buscar nada, pero su rostro le abre el acceso a una vida ajena y lo obliga a descubrir qué parte de una identidad depende del nombre que recibimos y cuál nace de aquello que hacemos cuando los demás esperan algo de nosotros. La novela permite que esa posibilidad crezca sin interrumpir su movimiento, y quizá por eso continúa resonando después de que la última espada haya sido envainada. Quien entra en Ruritania buscando una aventura puede terminar preguntándose si regresamos siendo los mismos después de haber pasado por lugares donde, durante un momento, tuvimos la oportunidad de convertirnos en otro.

El prisionero de Zenda puede leerse en una tarde, aunque conviene tener tiempo libre porque cuesta abandonarlo una vez que sus piezas han empezado a moverse. También conviene llegar con la menor información posible. Basta conocer a un viajero inglés, un reino ausente de los mapas y dos hombres que comparten el mismo rostro; lo demás pertenece a los bosques, a las calles de Strelsau y al castillo que espera al final del camino. Ruritania existe únicamente en la imaginación y, aun así, después de haberla recorrido resulta extraño pensar que nunca estuvo allí.