Joseph Campbell y la forma invisible de las historias

Hay relatos que se olvidan en cuanto terminan, y otros que dejan una sensación extraña, como si ya los hubiéramos escuchado antes. No exactamente iguales, ni con los mismos personajes ni siquiera en los mismos escenarios, pero sí con una familiaridad difícil de explicar. Algo en su recorrido, en su ritmo, en la forma en que avanzan, nos resulta conocido, incluso inevitable, como si la historia no se mostrara ante nosotros por primera vez, sino que regresara desde algún lugar anterior.

Esa sensación —la de reconocer una historia sin haberla vivido— es el punto de partida de El héroe de las mil caras. El libro no se presenta como una recopilación ni como un estudio aislado, sino como una revelación progresiva: la idea de que, bajo la diversidad de mitos, leyendas y relatos, existe una estructura común que se repite con variaciones a lo largo del tiempo y de las culturas.

Campbell la llamó el “viaje del héroe”, pero más allá del término, lo que propone es algo más inquietante. No se trata solo de que ciertas historias compartan elementos, sino de que siguen un mismo recorrido: una salida del mundo conocido, una ruptura inicial, una serie de pruebas, un descenso a lo desconocido, una transformación y un regreso. Una forma que parece adaptarse a cualquier relato, desde los mitos antiguos hasta las narraciones contemporáneas, como si fuera una plantilla flexible que cada cultura reescribe sin saberlo.

Lo interesante no es tanto la estructura en sí —que podría parecer una simplificación— como la persistencia con la que aparece. Campbell no la inventa, la detecta. Observa cómo culturas separadas en el tiempo y el espacio repiten ese mismo esquema sin contacto entre ellas, como si respondieran a una lógica común, anterior incluso a las historias que la encarnan. Esa recurrencia no se impone como una ley, sino que se insinúa como una posibilidad difícil de ignorar.

Y, sin embargo, ahí es donde el libro se vuelve incómodo para algunos lectores. Porque surge una pregunta inevitable: si todas las historias siguen el mismo patrón, ¿qué ocurre con su singularidad? ¿Estamos ante una herramienta que ayuda a comprender mejor los relatos… o ante un molde que los reduce? ¿Se trata de una forma que explica… o de una forma que simplifica?

Campbell no responde de forma definitiva, y quizá tampoco lo pretende. Su propuesta no funciona como una teoría cerrada, sino como una lente. Una vez que la adoptas, empiezas a ver el mismo recorrido en todas partes: en la literatura, en el cine, en los relatos tradicionales… e incluso, de manera más inquietante, en ciertas experiencias personales. Como si el viaje del héroe no fuera solo una forma de contar historias, sino una forma de atravesarlas.

Ahí es donde el libro empieza a desplazarse. Ya no habla únicamente de relatos, sino de una estructura que parece operar también en la experiencia. El paso de un estado a otro, la necesidad de ruptura, el enfrentamiento con lo desconocido, la transformación que no siempre es evidente… Todo empieza a organizarse según un patrón que, una vez percibido, resulta difícil ignorar.

Y en ese punto ocurre algo curioso. La estructura deja de ser un concepto y se convierte en una forma de percepción. No es que el lector memorice etapas o esquemas, sino que empieza a intuirlas, a reconocerlas antes de que se completen, a sentir que ciertas transiciones son necesarias para que la historia —o la experiencia— pueda continuar.

Puede que ese sea el verdadero alcance del libro. No tanto explicar por qué las historias son como son, sino revelar que esa forma ya estaba operando, silenciosamente, mucho antes de que fuéramos conscientes de ella. Que no es el relato el que inventa la estructura, sino la estructura la que hace posible el relato. Y una vez que la ves, resulta difícil dejar de verla.

El héroe de las mil caras (The Hero with a Thousand Faces) fue publicado en 1949.

Robert Graves y la persistencia del mito

Algunos libros ordenan el mundo como un mapa, mientras que otros lo fracturan sutilmente, como una grieta. Uno cree estar accediendo a una serie de relatos antiguos, ordenados y explicados, pero en algún punto la lectura cambia de dirección y empieza a operar de otra manera. Ya no se trata de comprender, sino de percibir, como si bajo la superficie narrativa comenzara a latir un sistema que no se deja reducir a una simple suma de historias.

Eso ocurre con Los mitos griegos. Bajo la apariencia de una recopilación rigurosa, casi académica, empieza a insinuarse otra cosa. Graves no se limita a ordenar versiones ni a aclarar genealogías: lee los mitos como si respondieran a una lógica profunda, como si cada variación, cada desviación en el relato y cada elemento aparentemente accesorio, formara parte de una estructura coherente que ha sobrevivido fragmentada a lo largo del tiempo.

Esa mirada transforma por completo la experiencia de lectura. Lo que en otros autores aparece como material arqueológico, en Graves se comporta como un lenguaje. Los mitos dejan de ser relatos heredados para convertirse en signos, en piezas de un sistema simbólico que parece haberse deformado y reconfigurado sin perder del todo su coherencia interna. Hay una sensación persistente de que, si uno pudiera reunir todas las versiones, todas las variantes, todas las anomalías, emergería algo parecido a una gramática secreta.

Y, sin embargo, esa gramática nunca se muestra del todo.

Ahí aparece una de las tensiones más interesantes de su obra: Graves escribe como si esa estructura pudiera reconstruirse, como si el mito admitiera una lectura total, pero al mismo tiempo la propia materia con la que trabaja —fragmentaria, contradictoria, dispersa— impide cualquier cierre definitivo. El lector se mueve así en un territorio inestable, donde cada interpretación parece abrir nuevas capas en lugar de resolverlas.

Esa inestabilidad lejos de debilitar el texto; lo intensifica. Leer a Graves implica aceptar que el mito no es un objeto que pueda delimitarse con precisión, sino una forma de pensamiento que se resiste a ser fijada. En ese sentido, su aproximación se acerca más a una exploración que a una explicación.

Esta sensación alcanza otro nivel en La diosa blanca, donde la intuición deja de ser un recurso y se convierte en el eje mismo del libro. Aquí Graves ya no se limita a leer los mitos: intenta reconstruir el horizonte simbólico del que habrían surgido. Su propuesta —la existencia de una tradición poética ligada a una figura femenina primordial— no se presenta como una teoría cerrada, sino como una constelación de indicios, resonancias y correspondencias que apuntan hacia una forma de conocimiento anterior a la lógica racional.

La Diosa, en este contexto, no es solo una figura mitológica. Funciona como un principio organizador, como una presencia que articula el lenguaje poético, el ritmo y la imagen. Graves sugiere que la verdadera poesía no nace de la técnica ni de la voluntad, sino de una relación con ese fondo simbólico que desborda al individuo. Es una idea que, leída superficialmente, puede parecer excesiva o incluso arbitraria, pero que gana fuerza a medida que el libro avanza y las asociaciones comienzan a entrelazarse.

Hay algo casi hipnótico en ese proceso. El lector empieza a reconocer patrones, a establecer conexiones, a intuir relaciones que no estaban ahí en una primera lectura. Y en ese reconocimiento, por tenue que sea, se produce un desplazamiento: uno deja de leer el texto desde fuera y empieza a participar en su lógica interna.

Quizá sea ahí donde la obra de Graves revela su verdadero alcance. No tanto en lo que afirma, sino en lo que activa. Sus libros no buscan únicamente transmitir un contenido, sino provocar una forma de atención, una disposición distinta hacia el mito, el lenguaje y las imágenes que lo atraviesan todo.

Por eso resulta difícil situarlo con precisión. Su escritura se mueve en un territorio intermedio, donde la erudición convive con la intuición y donde la interpretación roza en ocasiones lo visionario. Esa mezcla, que podría parecer inestable, es precisamente lo que permite que el mito reaparezca no como objeto de estudio, sino como experiencia.

Y es en ese punto donde emerge la sospecha.

La sensación de que estos relatos no son solo restos de un pasado remoto, ni construcciones que podamos archivar con comodidad, sino estructuras que siguen operando de manera silenciosa. Que el mito no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma, infiltrándose en los relatos contemporáneos, en las imágenes que consumimos o en las formas narrativas que seguimos reproduciendo sin darnos cuenta.

Graves no intenta domesticar el mito. Se acerca a él como quien reconoce una presencia que no necesita justificarse, una fuerza que persiste incluso cuando ha sido desplazada, reinterpretada e incluso negada.

Y quizá por eso, al cerrar estos libros, queda una impresión difícil de disipar. No la de haber comprendido un sistema, sino la de haber rozado algo que continúa operando bajo la superficie de lo real, algo que no pertenece únicamente a la antigüedad, sino a una capa más profunda de la experiencia.

Una capa que no se limita a ser leída, sino que, de algún modo, nos lee a nosotros.


Los mitos griegos (The Greek Myths) fue publicado en 1955 y La diosa blanca (The White Goddess: a Historical Grammar of Poetic Myth) en 1948.

 

El mito de Perseo por Edward Burne-Jones

Edward Burne-Jones fue un pintor de la Hermandad Prerrafaelita. Nacido en 1833 en Birmingham, ya desde muy joven demostró una gran pasión por el arte. En 1853 ingresa en el Exeter College de Oxford, donde se hace amigo inseparable del poeta William Morris, juntos se apasionaron por la historia y la literatura medieval, al mismo tiempo que denostaban la imparable revolución industrial, que a sus ojos estaba acabando con las tradiciones y la belleza del arte. Un año después conoce a los prerrafaelitas y queda prendado por el arte de Dante Gabriel Rossetti, que le anima a dejar sus estudios y dedicarse a la pintura.

Éste fue el punto de inflexión en la vida de Burne-Jones. Gracias a los consejos y a la ayuda de Rossetti y sobre todo a su gran talento, poco a poco comienza a hacerse un nombre en la escena. La poesía, las leyendas medievales, los temas religiosos y la mitología grecorromana, constituirán gran parte de su producción artística. Y entre todos esos temas mitológicos, hoy os quiero presentar una serie de pinturas que realizó sobre el mito de Perseo.

El mito de Perseo.

Perseo fue un semidiós, hijo de Zeus y de Dánae. Creció en la isla de Serifos junto a su madre. En la isla gobernaba el rey Polidectes, que se enamoró de Dánae y pensando que Perseo iba a ser un estorbo, urdió un plan para desembarazarse de él. Hizo creer a todo el mundo que estaba enamorado de otra princesa y pidió a todos los habitantes de la isla que le entregaran un caballo como presente para conquistarla. Perseo le dijo al rey que no tenía caballos ni oro para comprarlos, pero que si dejaba en paz a su madre, le regalaría lo que quisiera, incluso la cabeza de Medusa, la gorgona que convertía en piedra a todo aquel que la miraba. Así que se lo puso en bandeja a Polidectes, que obviamente le pidió la cabeza de Medusa y al joven no le quedó otra que cumplir su promesa.

La llamada de Perseo (1877). Southampton City Art Gallery.

Perseo se pone en camino.

Con la ayuda de Atenea y Hermes, se pone a buscar a las hijas de Forcis: las Grayas, hermanas de las Gorgonas. Las Grayas eran tres ancianas decrépitas que tenían un solo diente y un solo ojo para las tres, y que se los iban pasando entre ellas. Perseo les arrebató el ojo y a cambio de devolvérselo, les obligó a confesar donde vivían las Náyades, sus otras hermanas (aquí por lo que parece todo dios estaba emparentado). Las Grayas accedieron, pero al final Perseo no cumplió su promesa y arrojó el ojo al lago Tritonis.

Las grayas y perseo (1882). Staatsgalerie Stuttgart.

Perseo se arma hasta los dientes.

Estas Náyades que moraban en la laguna Estigia, le ofrecieron unas sandalias aladas, un Kibisis o bolsa mágica, donde podía guardar la cabeza de Medusa sin peligro y el casco de Hades, que volvía invisible a todo aquel que lo llevara puesto. Además, Atenea le entregó un escudo-espejo y Hermes una hoz con hoja de diamante para decapitar a Medusa. Armado hasta los dientes, nuestro protagonista fue a la caza de la gorgona.

Las ninfas armando a Perseo (1887). Southampton City Art Gallery

La caza de Medusa.

Perseo viaja hasta el País de los Hiperbóreos y se introduce en la guarida de las Gorgonas, mientras éstas duermen entre formas erosionadas de humanos y animales salvajes petrificados. Guiado por Atenea y gracias al escudo-espejo, pudo ver reflejada a Medusa sin convertirse en piedra y la decapitó de un solo tajo. De su cuello ensangrentado nacieron Pegaso y el guerrero Crisaor.

El encuentro con Medusa (1882). Southampton City Art Gallery. (Inacabado).

Las dos Gorgonas restantes e inmortales: Esteno y Euríale, intentan cazar a Perseo para vengar la muerte de su hermana. Pero éste se pone el casco de Hades y consigue escapar gracias a su invisibilidad.

La muerte de Medusa I (1882). Southampton City Art Gallery.
La muerte de Medusa II (1881-82). Southampton City Art Gallery.

Perseo en los dominios de Atlas.

Una vez que escapa de la morada de las Gorgonas; Perseo vuela hasta los dominios de Atlas y le pide hospitalidad, pero el titán recordando una profecía que le había hecho un oráculo, vaticinándole que un día llegaría un hijo de Zeus a robarle las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, se niega y le expulsa de malas maneras. Perseo no se lo toma muy bien y lo convierte en piedra usando la cabeza de Medusa.

Atlas convertido en piedra (1878). Southampton City Art Gallery.

Perseo y Andrómeda.

Nuestro héroe llega a Filistia y allí se encuentra a Andrómeda encadenada a una roca, y como suele pasar en estas historias, ambos se enamoran ipso facto. Pero como también suele suceder en estas historias, la cosa estaba jodida, pintaba a amor imposible. Andrómeda estaba encadenada porque iba a ser ofrecida en sacrificio a Ceto. Una bestia marina que había sido enviada por Poseidón para destruir el reino, ya que Casiopea (la madre de Andrómeda), había tenido la osadía de afirmar que su hija y ella eran más bellas que las Nereidas. Gran error, en temas de egocentrismo y vanidad, los dioses griegos no admitían competencia.

La roca de la perdición (1888). Staatsgalerie Stuttgart.

Pero nuestro protagonista no se da por vencido, así que urde un plan, cuando Ceto aparece para devorar a su víctima, Perseo lo mata con su espada y libera a su amada. Más tarde, en el banquete de bodas, se presenta de improviso Agenor; el prometido de Andrómeda  y la cosa se pone fea. Perseo en vista de que de esa igual no sale airoso, puesto que Agenor ha acudido con un pequeño ejército de esbirros, decide que lo mejor es sacar otra vez la cabeza de Medusa a pasear y convierte a todo dios en piedra.

El destino cumplido (1888). Staatsgalerie Stuttgart.
La cabeza siniestra (1887). Staatsgalerie Stuttgart.

El retorno a casa.

Los dos enamorados deciden volver a Serifos, donde Perseo se entera de que su madre ha huido a refugiarse en un templo para escapar del acoso de Polidectes. Perseo decide tomar cartas en el asunto y se presenta en la corte del rey para darle su “regalo”. Como le había cogido gusto a lo de convertir en piedra a la gente, saca la cabeza una vez más y petrifica a todo el mundo, rey incluido. Después devuelve la sandalias y el casco a Hermes y regala la cabeza de Medusa a Atenea, que la coloca en su escudo.

Y hasta aquí el mito de Perseo (he obviado el final, cuando mata a su abuelo sin querer y acaba convirtiéndose en rey de Tirinto y Micenas), hay unas cuantas variantes y he cogido un poco de cada una. Tampoco he profundizado mucho en la vida del pintor, esto me lo guardo para un futuro artículo, ya que hay mucho de lo que hablar. Espero que hayáis disfrutado con esta entretenida historia, acompañada de estas maravillosas pinturas que creo, la ilustran de manera sublime.

Ya sabéis, espero vuestros comentarios. Siento curiosidad por saber cuáles son vuestros mitos favoritos o qué opináis de los pintores prerrafaelitas como Burne-Jones. Un saludo.