Entre las muchas supersticiones literarias del siglo XX, pocas son tan persistentes como la que atribuye a Miguel de Cervantes una traducción parcial del llamado Kitab al-Azif, libro árabe al que H. P. Lovecraft dio más tarde el nombre de Necronomicón. La especie ha sido repetida en revistas menores, catálogos excéntricos y conversaciones de biblioteca con una tenacidad que no siempre acompaña a las verdades comprobables.
La versión más difundida sostiene que Cervantes, durante su cautiverio en Argel entre 1575 y 1580, habría tenido acceso a un conjunto de manuscritos árabes conservados en una cueva próxima a la costa o, según otros, en la biblioteca privada de un renegado griego al servicio de los turcos. Las variantes discrepan sobre el lugar y el custodio, pero coinciden en situar el encuentro en aquellos años argelinos, decisivos y todavía mal conocidos, cuyo recuerdo reaparecería transfigurado en su obra.
El cautiverio pudo proporcionarle cierta familiaridad con el árabe hablado, aunque el alcance de ese conocimiento resulta difícil de precisar. Cabe imaginarlo oyendo historias y aprendiendo que toda lengua extranjera contiene, para quien no la domina del todo, un prestigio ambiguo entre saber y encantamiento. La leyenda encuentra en esa familiaridad posible un antecedente tentador para la invención, en el Quijote, del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, figura cuya ironía no excluye una nostalgia.
La leyenda añade que, de regreso a España, Cervantes trabajó durante años sobre ciertos cartapacios oscuros y que dio a su versión castellana un título deliberadamente equívoco: El libro de los nombres extraviados. El nombre es admirable y sospechoso. Admirable, porque resume una metafísica entera: las palabras perdidas, los nombres que ya no encuentran cosa alguna, los vocablos capaces de convocar lo ausente. Sospechoso, porque parece concebido por un lector moderno de Borges más que por un escritor del Siglo de Oro.
No obstante, conviene recordar que el propio Cervantes gustó de manuscritos encontrados, autores fingidos y atribuciones desplazadas. El célebre episodio de Toledo, donde el narrador adquiere papeles arábigos en el Alcaná y busca quien se los traduzca, no solo parodia ciertos hábitos historiográficos de su tiempo; instituye además una poética de la mediación textual. La verdad llega siempre traducida, fragmentaria, contaminada por otra voz.
Hay un indicio menor que los partidarios de la leyenda suelen exagerar y que, sin embargo, no carece de encanto. En los últimos meses de su vida, mientras concluía Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Cervantes escribió con prisa inhabitual y dejó algunos pasajes menos pulidos de lo que su arte acostumbraba. De ello se ha inferido que otra labor secreta le disputaba el tiempo. Más razonable es pensar en la enfermedad y en la cercanía de la muerte; pero las conjeturas literarias rara vez obedecen a la razón.
La segunda etapa de la tradición sitúa el manuscrito en América. Según un catálogo hoy perdido —citado por el bibliógrafo uruguayo Adolfo Guevara en 1914 y jamás verificado— existió en Buenos Aires un voluminoso códice registrado como Libro de los nombres extraviados, sin autor ni fecha, procedente de antiguos fondos eclesiásticos. Otra versión, más novelesca, afirma que fue custodiado en dependencias del viejo Colegio de San Ignacio y trasladado después a la universidad naciente entre legajos jurídicos y sermones coloniales. En ese traslado, el libro habría perdido su procedencia y adquirido la discreción de los documentos que nadie consulta.
El nombre de Jorge Luis Borges aparece inevitablemente en esta genealogía. Director de la Biblioteca Nacional durante años decisivos, lector de enciclopedias apócrifas y amigo de las atribuciones imposibles, Borges habría sonreído ante una tradición semejante. Algunos aseguran que encontró una ficha antigua donde constaba aquel título y que la conservó por mero deleite; otros, que redactó una nota nunca publicada sobre “El rumor de los insectos por la noche”, traducción aproximada de Al-Azif. La ficha y la nota permanecen ausentes, como si también ellas hubieran seguido la suerte del libro.
Hay una razón más profunda para que la superstición perdure. Cervantes y Borges representan, para la lengua española, dos formas complementarias del infinito. El primero lo encarnó en la aventura errante, en la proliferación del mundo y de sus máscaras; el segundo, en los laberintos del pensamiento, en los espejos, en las bibliotecas y en la sospecha de que todo libro remite a otro. Vincularlos mediante un manuscrito perdido satisface una necesidad simbólica antes que histórica.
Acaso el llamado Kitab al-Azif no sea un grimorio oriental, sino el nombre tardío de cierta tentación recurrente: creer que existe, en alguna parte, un libro anterior a los libros y más peligroso que todos ellos. Cada época lo imagina a su manera. La nuestra prefirió atribuírselo a Lovecraft; otra pudo atribuírselo a los árabes; alguna futura lo situará quizá, en un archivo digital sin autor.
Ignoro si Cervantes tradujo aquel libro. Sé, en cambio, que prefirió escribir otro.

-Mikel Alonso.
Nota: este texto a modo de ficción bibliográfica, es un primer borrador de un relato mucho más extenso y elaborado.