Stefan Zweig: la fragilidad de un mundo

Hay una incomodidad particular en la lectura de Stefan Zweig: sus personajes suelen parecernos comprensibles mucho antes de que sepamos si seríamos capaces de perdonarlos. Los escuchamos contar lo que hicieron o sufrieron, asistimos a sus vacilaciones y entramos en una intimidad desde la que resulta cada vez más difícil juzgarlos con la seguridad que teníamos al principio. Zweig sabe acercarnos a ese momento en que una emoción empieza a condicionar una vida, y lo hace con tal atención a sus pequeños avances que, cuando advertimos el alcance de lo sucedido, también nosotros hemos recorrido una parte del camino. Quizá nunca actuaríamos de ese modo, pero ahora conocemos algo de la persona que lo hizo y esa cercanía nos obliga a pensar de nuevo.

Su escritura posee una claridad que invita a seguir leyendo y que a veces puede ocultar la complejidad de lo que tenemos delante. Bajo el impulso de la narración se van acumulando preguntas sobre nuestra libertad y sobre los motivos que preferimos desconocer cuando explicamos nuestros actos. Una muestra de afecto puede encerrar una exigencia insoportable, y la compasión puede comprometernos más allá de lo que estamos dispuestos a asumir. En sus novelas y relatos, Zweig observa esas tensiones con una curiosidad que también atraviesa sus biografías, donde busca comprender cómo una persona llega a tomar las decisiones que acabarán dando forma a su destino.

Esa mirada adquiere una profundidad dolorosa cuando el escritor vuelve sobre su propia vida en El mundo de ayer. El hombre acostumbrado a explorar las crisis ajenas intenta entonces comprender la desaparición de la Europa en la que se había formado y cuyas promesas habían alimentado su confianza en el porvenir. En sus memorias conviven el afecto por aquel mundo y la experiencia de haber visto cómo sus seguridades cedían ante la violencia, hasta convertir en exiliado a quien había hecho de la cultura europea su hogar. Leerlas hoy nos lleva a preguntarnos por la confianza que depositamos en la estabilidad de nuestra propia vida, y por todo aquello que damos por seguro mientras todavía podemos permitirnos hacerlo.

Las vidas que dejan de pertenecernos

En muchas historias de Zweig, alguien necesita contar lo que le ha sucedido. A veces encuentra a un desconocido dispuesto a escuchar; otras, confía a una carta lo que nunca pudo decir en presencia de su destinatario. Esa necesidad de hablar da a sus relatos una intimidad particular, porque recibimos la historia cuando ya se ha convertido en una carga para quien la cuenta. La confesión permite volver sobre los hechos, detenerse en un gesto cuyo significado solo se comprendió después y tratar de explicar por qué, en un momento determinado, las cosas tomaron aquel rumbo. Quien escucha recibe algo más que un recuerdo, y Zweig nos coloca a su lado, con el privilegio y la responsabilidad de entrar en una vida que hasta entonces desconocíamos.

En Carta de una desconocida, esa distancia entre lo que sabemos de otra persona y lo que hemos significado para ella alcanza una intensidad dolorosa. Una mujer escribe al hombre al que ha amado desde su adolescencia, y su relato va revelando la desigualdad entre dos experiencias que han compartido algunos momentos sin llegar a encontrarse verdaderamente. Lo que para él pudo quedar reducido a un episodio pasajero ocupa en ella un lugar alrededor del cual se ordena toda una existencia. Zweig nos hace habitar esa desproporción a través de los recuerdos de la protagonista, de la importancia que adquieren ciertos encuentros y de una espera que acaba penetrándolo todo. Conforme avanza la carta, sentimos el desamparo de alguien que ha entregado tanto de sí a una relación cuyo sentido apenas existe fuera de su propia conciencia.

La fuerza del relato también está en la dificultad de acomodar esa voz a una interpretación tranquilizadora. Su entrega conmueve, aunque por momentos nos inquiete el modo en que el amor absorbe las demás posibilidades de su vida. Podemos reconocer la indiferencia del destinatario y preguntarnos a la vez cuánto conoce ella al hombre que ha situado en el centro de su mundo. Zweig sostiene esa incomodidad al permitir que la protagonista cuente su historia desde dentro, con las razones y los silencios que le pertenecen. La cercanía que establece con ella nos obliga a permanecer ante una experiencia que quizá querríamos resolver demasiado pronto con una palabra como «obsesión», como si nombrarla bastara para comprenderla.

En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, el problema del juicio aparece desde el entorno social que rodea la narración. La conducta de una mujer provoca una discusión en la que los demás se apresuran a decidir qué clase de persona es y qué motivos pueden explicar sus actos. Frente a esa seguridad surge otra historia, confiada en privado, que devuelve a la conversación todo lo que las opiniones habían dejado fuera. El encuentro de una mujer con un joven consumido por el juego abre un intervalo en el que sus hábitos y la imagen que tiene de sí misma dejan de ofrecerle una orientación suficiente. Su deseo de ayudarla a él —de intervenir en una desesperación que cree haber reconocido— la implica de una manera que apenas habría podido imaginar antes de aquel encuentro.

Zweig sigue con especial atención ese tránsito entre el impulso de socorrer a alguien y el vínculo que empieza a formarse al hacerlo. La protagonista actúa ante un sufrimiento concreto, pero en sus decisiones también intervienen necesidades propias que va descubriendo mientras intenta comprender lo ocurrido. Ahí reside buena parte de la riqueza del relato: una acción puede nacer de una intención sincera y adquirir después un significado inesperado para quien la realiza. Las horas a las que alude el título bastan para alterar la percepción de toda una vida, porque dejan al descubierto posibilidades de uno mismo que habían permanecido al margen de la experiencia cotidiana. Contarlas exige admitir que la persona que las vivió también forma parte de quien ahora trata de explicarlas.

Amok lleva esa pérdida de dominio hacia una zona más febril. Un médico destinado en las colonias neerlandesas de Asia recibe una petición que hiere su orgullo y despierta en él una reacción cuyas consecuencias lo comprometen cada vez más. En el relato que hace de los acontecimientos se mezclan el deseo, la humillación y una necesidad de reparar el daño que acaba adquiriendo su propia violencia. Zweig imprime a esa voz una urgencia que nos hace sentir cómo se estrecha su campo de visión: las obligaciones que antes sostenían su vida pierden peso y cada nueva decisión queda subordinada a una exigencia que reclama toda su atención. Podemos seguir el curso de sus razonamientos mientras advertimos hasta qué punto han quedado sometidos a aquello que lo arrastra.

Estos relatos dejan una inquietud que persiste después de conocer lo sucedido, porque sus protagonistas han podido explicarse sin que la explicación cierre todas nuestras preguntas. Zweig les concede el tiempo necesario para mostrar cómo vivieron sus actos, y esa atención modifica nuestra manera de mirarlos. Comprender puede aumentar el dolor de una historia e incluso volver más difícil el juicio, sobre todo cuando descubrimos que algunas de las emociones que condujeron a sus personajes tan lejos también nos resultan familiares.

Cuando la compasión nos compromete

Ayudar a alguien puede cambiar el lugar que ocupamos en su vida antes de que lleguemos a comprender qué estamos ofreciendo. Si en Veinticuatro horas en la vida de una mujer, el encuentro con el sufrimiento ajeno abre una experiencia que desborda la intención inicial de socorrer; en La impaciencia del corazón, Zweig se detiene en los vínculos que se forman cuando esa ayuda empieza a generar expectativas. Una visita puede convertirse en algo que se espera durante todo el día, y una palabra pronunciada para aliviar un momento difícil puede seguir creciendo en la conciencia de quien la recibe. El compromiso se construye a través de esos pequeños actos, mientras quien los realiza todavía cree disponer de la libertad de retirarse.

El joven oficial Anton Hofmiller entra en esa situación después de cometer una torpeza durante una velada en casa de una familia acomodada. Invita a bailar a Edith, la hija de su anfitrión, sin saber que una discapacidad le impide caminar, y la vergüenza que siente al descubrirlo lo impulsa a reparar el daño. Sus posteriores visitas nacen de un deseo comprensible de mostrarse considerado, aunque también lo ayuda a soportar el recuerdo de su propia indiscreción. Zweig encuentra en esa mezcla el punto de partida de la novela: Hofmiller quiere aliviar a Edith y recuperar cierta tranquilidad consigo mismo, y al principio ambas cosas parecen poder conseguirse mediante los mismos gestos.

Las visitas adquieren pronto un significado distinto para cada uno. Hofmiller descubre la satisfacción de ser bien recibido, de comprobar que su presencia anima a Edith y de sentirse necesario en una casa donde se le dispensa un afecto al que termina acostumbrándose. Para ella, esos encuentros van abriendo una posibilidad que compromete mucho más hondamente su futuro. La relación crece dentro de esa diferencia, favorecida por las palabras que él aplaza y por la facilidad con que acepta una cercanía cuyas consecuencias le cuesta examinar. Su dificultad para hablar con claridad se vuelve especialmente dolorosa porque puede reconocer la esperanza que está alimentando y, aun así, seguir encontrando razones para posponer una conversación que teme.

Aquí la atención de Zweig a los movimientos de la conciencia alcanza una precisión incómoda. Hofmiller puede sentirse generoso mientras permanece junto a Edith y atrapado cuando imagina lo que ella espera de él; puede desear sinceramente su bienestar y experimentar alivio al alejarse de la casa. Cada emoción encuentra una justificación que le permite continuar durante un tiempo, pero juntas van formando una situación que exige una respuesta. El lector asiste a esas vacilaciones desde una cercanía suficiente para entenderlas, incluso cuando empieza a percibir el daño que producen. Zweig nos permite conocer el esfuerzo con que el protagonista trata de conservar una imagen aceptable de sí mismo mientras sus actos lo comprometen cada vez más.

La novela plantea así una dificultad que va más allá de sus circunstancias concretas: cuánto sufrimiento estamos dispuestos a acompañar cuando descubrimos que nuestra presencia apenas puede remediarlo. Hofmiller desea que Edith mejore y se aferra a cuanto pueda sostener esa esperanza, porque la posibilidad de una solución también le promete liberarlo del conflicto. Permanecer junto a alguien cuya situación quizá no cambie exige una paciencia muy diferente de la emoción que nos impulsa a prestar ayuda en un primer momento. A través del médico Condor, Zweig da espacio a esa forma de atención sostenida, capaz de asumir los límites de lo que puede hacerse sin convertir la necesidad de consuelo del acompañante en el centro de la relación.

También importa el mundo al que Hofmiller pertenece. Su condición de oficial lo sitúa dentro de un ambiente donde pesan la reputación, las convenciones de sus compañeros y una idea del honor que resulta más fácil defender en público que trasladar a la intimidad. Lo que siente al lado de Edith cambia cuando imagina la mirada de los demás, y esa presión descubre la distancia entre su deseo de actuar bien y el valor que necesita para hacerse responsable de sus decisiones. Zweig integra el conflicto en la sociedad que lo rodea, de modo que podemos ver cómo las vacilaciones personales encuentran apoyo en prejuicios compartidos y en formas de conducta que rara vez se someten a examen.

La impaciencia del corazón obliga a pensar en lo que comunicamos cuando intentamos evitarle una decepción a otra persona. Hay ocasiones en que una verdad aplazada permite que la esperanza siga creciendo, y entonces la dificultad de hablar aumenta con cada gesto que parecía facilitarnos las cosas. Zweig se queda junto a su protagonista durante ese proceso, atento al miedo que lo paraliza y al sufrimiento de Edith, cuya vida está siendo afectada por decisiones que él todavía considera provisionales. La compasión adquiere aquí todo su peso porque nos vincula con alguien que seguirá viviendo las consecuencias de nuestras palabras cuando nosotros hayamos abandonado la habitación.

Una vida entre los libros

En Mendel, el de los libros, Zweig se acerca a un hombre cuya presencia parece haberse vuelto inseparable de un café vienés. Jakob Mendel ocupa allí su mesa, atendiendo consultas bibliográficas y entregado a una actividad que organiza sus días. Su memoria conserva títulos y ediciones, y puede recuperar el rastro de un volumen con una precisión que asombra a quienes acuden a él. Alrededor de esa dedicación ha encontrado una forma de vivir, sostenida por las costumbres del establecimiento y por el trato con quienes reconocen su singularidad. El café le proporciona un lugar desde el que relacionarse con un mundo de libros que atraviesa fronteras y al que pertenece con una naturalidad ajena a las divisiones políticas.

La guerra transforma el significado de esas relaciones sin que Mendel comprenda hasta qué punto han cambiado las cosas. Continúa pendiente de sus asuntos bibliográficos y escribe a países convertidos en enemigos, siguiendo la lógica de unos intercambios que para él conservan el sentido de siempre. Las autoridades leen aquellas comunicaciones desde la sospecha y descubren en su origen extranjero un motivo para intervenir en su vida. La detención y el internamiento lo arrancan de la mesa donde había transcurrido su existencia, sometiéndolo a unas condiciones que quebrantan su salud y sus facultades. Zweig hace sentir la violencia de ese desplazamiento a través de la distancia entre lo que Mendel cree estar haciendo y lo que el poder decide ver en sus actos.

Lo que se destruye con esa intervención alcanza el centro de su identidad. La memoria extraordinaria que le permitía orientarse entre miles de libros dependía también de una vida cotidiana en la que podía ejercerla, de unas horas disponibles y de la tranquilidad de saberse aceptado en su rincón. Al privarlo de esas condiciones, la guerra daña aquello que parecía más íntimamente suyo. Su dedicación había podido parecer una forma de aislamiento, pero el relato descubre cuánto necesitaba de la tolerancia y del cuidado de otras personas. Mendel estaba unido al mundo que apenas miraba por unos vínculos cuya importancia se vuelve dolorosamente visible cuando se rompen.

El regreso al café permite percibir la profundidad de esa pérdida. Volver a un lugar conocido lleva consigo la esperanza de recuperar algo de quien se era allí, y Zweig nos hace sentir el desamparo de un hombre que busca acomodo en una continuidad ya quebrada. Mendel ha cambiado, mientras el establecimiento queda sometido a criterios que conceden cada vez menos espacio a una presencia como la suya. Aquella mesa deja de ofrecerle la protección que había encontrado durante años, y el lector comprende que sobrevivir a una agresión puede dejar pendiente la tarea inmensa de reconstruir una vida. Los demás siguen con sus ocupaciones mientras él intenta regresar a una existencia cuyas condiciones han desaparecido.

La historia llega hasta nosotros mediante el esfuerzo del narrador por recuperar su recuerdo y la memoria de quienes compartieron sus días. En ese acto hay un afecto que devuelve importancia a cuanto la guerra y la indiferencia habían tratado como prescindible. Zweig consigue que sintamos la ausencia de Mendel porque antes nos ha permitido conocer el lugar que ocupaba, y con él percibimos la pérdida de una pequeña forma de convivencia. Hay en el destino de Mendel algo que, leído desde la vida posterior de Zweig, adquiere una resonancia casi profética: también el escritor vería cómo los lugares y los vínculos que habían sostenido su vida se convertían en parte de un mundo al que ya no podía regresar.

El mundo que parecía seguro

Cuando Zweig vuelve la mirada hacia su juventud en El mundo de ayer, lo hace desde una existencia que ha perdido sus puntos de apoyo. La distancia que lo separa de aquellos años está hecha de guerras y destierros, de personas desaparecidas y de lugares a los que ya no puede regresar en las mismas condiciones. Recordar adquiere entonces una urgencia particular: necesita contar cómo era la vida antes de que lo sucedido transformara incluso la manera de evocarla. En sus páginas, la Viena de su formación recupera la actividad de sus teatros y cafés, la pasión por la literatura y aquella confianza en que el futuro permitiría ampliar las posibilidades del presente. El lector entra en ese mundo sabiendo que va a desaparecer, mientras las personas que lo habitan todavía hacen planes dentro de él.

La seguridad que Zweig recuerda tenía algo de herencia. En el ambiente de la burguesía acomodada en el que creció, resultaba posible imaginar una vida cuyo desarrollo conservaría cierta continuidad con la de los padres, y el progreso parecía ofrecer razones suficientes para confiar en las décadas venideras. Su relato permite sentir el atractivo de esa promesa, aunque también nos obliga a situarla: la estabilidad de su familia convivía con desigualdades y conflictos que afectaban de manera muy distinta a quienes carecían de sus recursos. El antisemitismo formaba parte de aquella sociedad, y bajo la convivencia del Imperio se acumulaban tensiones que la memoria de sus realizaciones culturales apenas puede resolver. La nostalgia de Zweig tiene una verdad íntima que merece ser escuchada junto a los límites del mundo que añora.

Su educación sentimental e intelectual estuvo ligada a la posibilidad de salir al encuentro de otros. Leer y viajar, conocer a escritores admirados o descubrir una ciudad contribuían a formar una pertenencia que atravesaba las fronteras políticas. En esa experiencia se apoyaba su idea de Europa: había construido vínculos reales con personas y obras de distintos países, y encontraba en ellos razones para creer que la comprensión podía imponerse a la hostilidad. Por eso el entusiasmo que acompañó al comienzo de la Primera Guerra Mundial ocupa un lugar tan doloroso en sus memorias. Ver cómo la exaltación patriótica alcanzaba también a los medios culturales lo obligó a enfrentarse a la facilidad con que las afinidades podían quedar subordinadas a una identidad enfrentada al vecino.

La ruptura afecta a una convicción que atraviesa toda su obra. El conocimiento de otras vidas había alimentado su confianza en la capacidad humana de comprender, pero esa familiaridad con la cultura podía convivir con la adhesión a discursos que justificaban la violencia. Admirar la sensibilidad de un poeta dejaba abierta la posibilidad de mostrarse insensible ante una persona concreta, especialmente cuando se había aprendido a verla como integrante de un grupo enemigo. En sus memorias sentimos el desconcierto de quien descubre que aquello a lo que ha dedicado su vida ofrece una protección mucho más frágil de lo que esperaba. La cultura necesita una relación activa con la conciencia y con los actos; su prestigio puede seguir intacto mientras esa relación se abandona.

Una reflexión de su contemporáneo Dietrich Bonhoeffer ayuda a profundizar en esta herida. Al escribir sobre la estupidez, el teólogo alemán describió una pérdida de independencia interior que podía afectar también a personas inteligentes: bajo el influjo del poder, alguien deja de elaborar una posición propia y permite que las consignas ocupen el lugar de su juicio. Su observación dirige la atención hacia una forma de sometimiento en la que las facultades intelectuales permanecen disponibles, incluso para defender aquello que ha dejado de examinarse. Puesta en diálogo con la experiencia de Zweig, nos lleva a preguntarnos qué sucede cuando una sociedad conserva sus conocimientos y aprende a utilizarlos para justificar la persecución de otros.

En el avance del nazismo, esa persecución fue transformando las condiciones concretas de la existencia. La condición judía de Zweig adquirió, bajo la mirada de quienes lo excluían, un significado que pretendía imponerse sobre cuanto él había hecho y sobre los vínculos que había construido. El escritor reconocido internacionalmente fue viendo cómo se destruía su posibilidad de pertenecer, y el exilio convirtió el desplazamiento en una experiencia muy distinta de los viajes de juventud. Atravesar una frontera pasó a depender de documentos y autorizaciones que decidían dónde podía permanecer. En ese cambio se hace visible la distancia entre conocer el mundo con la confianza de encontrar acogida y necesitar que algún lugar acepte recibirte.

Hay una violencia particular en descubrir que la continuidad de tu vida depende de categorías establecidas por otros. Los recuerdos siguen unidos a una casa o a una ciudad, pero el derecho a regresar puede desaparecer; las amistades y el trabajo conservan su valor para quien los ha vivido, aunque una administración pueda tratarlos como irrelevantes. Zweig permite sentir esa desposesión desde dentro, atendiendo al desgaste de tener que demostrar quién eres ante un mundo que ha cambiado las condiciones para reconocerte. Su experiencia nos devuelve a una pregunta que sus ficciones habían planteado en la intimidad: cuánto de nuestra existencia queda a merced de la manera en que otros deciden mirarnos.

La cercanía que estas páginas pueden adquirir para un lector actual exige detenerse en los mecanismos que describen. El malestar social ofrece oportunidades a quienes prometen resolverlo señalando a una población vulnerable, y esa promesa puede proporcionar una explicación emocionalmente satisfactoria a problemas cuyas causas resultan más difíciles de afrontar. Cuando el resentimiento encuentra un destinatario, quienes se benefician de las desigualdades pueden quedar fuera del campo de atención. La retórica fascista explota esa posibilidad al convertir la exclusión en una promesa de recuperación colectiva y al ofrecer a sus seguidores una pertenencia construida alrededor de las personas que deben quedar fuera.

El lenguaje participa en ese proceso porque modifica la relación que mantenemos con el sufrimiento. Una víctima presentada como amenaza encuentra más obstáculos para despertar solidaridad, y una violencia descrita mediante abstracciones puede volverse más fácil de aceptar. A fuerza de repetición, ciertas expresiones dejan de provocar rechazo y empiezan a formar parte de la conversación ordinaria, hasta que las medidas que anuncian encuentran un terreno preparado. Para quien lee a Zweig desde la inquietud por su propio presente, una de las preguntas más difíciles es reconocer qué ha empezado a tolerar y qué explicaciones le permiten seguir haciéndolo. Esa pregunta nos incluye, con nuestras lealtades y nuestras comodidades, en el problema que estamos examinando.

También sería un error atribuir el derrumbe de una sociedad únicamente a la capacidad de engaño de sus dirigentes. El miedo puede favorecer la obediencia y la propaganda puede orientar el descontento, pero hay decisiones personales en lo que se repite, en aquello de lo que uno prefiere apartar la vista y en las injusticias que acepta mientras cree estar protegido de ellas. La lectura de El mundo de ayer adquiere una fuerza especial cuando nos hace percibir esa responsabilidad dentro de la vida cotidiana. El trabajo continúa y las obligaciones reclaman atención mientras cambian las condiciones de la convivencia, y conservar cierta normalidad puede llevarnos a posponer una y otra vez el momento de preguntarnos qué estamos admitiendo para sostenerla.

Zweig reconstruye aquel mundo con el conocimiento de su destrucción, y esa perspectiva da a sus recuerdos una tristeza que acompaña incluso los pasajes más luminosos. Nosotros podemos reconocer resonancias en sus páginas sin conocer todavía el desenlace de nuestra propia época. Ahí permanece un margen que la lectura puede ayudarnos a habitar con mayor conciencia: las seguridades compartidas requieren cuidado, y los derechos que organizan una vida pueden debilitarse mientras todavía parecen firmes. Volver a sus memorias permite prestar atención a ese desgaste y recordar que las personas afectadas por él tienen una existencia tan concreta y compleja como la que Zweig nos enseñó a escuchar en sus novelas.

La última partida

Después de recorrer en El mundo de ayer la destrucción de una forma de vida, volver a la ficción de Zweig permite percibir cómo aquella violencia podía penetrar en la intimidad de una persona. Novela de ajedrez nos lleva a un barco que viaja hacia Buenos Aires, donde la presencia del campeón mundial Mirko Czentovic despierta la curiosidad de algunos pasajeros. El deseo de verlo jugar da lugar a un encuentro cuyo alcance resulta difícil de imaginar al principio: entre quienes se acercan al tablero hay un hombre para el que las piezas están unidas a una experiencia que todavía conserva un poder doloroso sobre él. Zweig prepara esa revelación desde la aparente normalidad de una distracción a bordo, dejando que la inquietud aparezca cuando empezamos a comprender qué significa el juego para cada uno.

Czentovic posee un talento extraordinario que convive con una acusada estrechez fuera de su especialidad. Su figura introduce una fisura en la facilidad con que asociamos la excelencia intelectual a una comprensión amplia del mundo. Ante el tablero puede imponerse a sus adversarios, y esa superioridad le proporciona una posición desde la que administra su prestigio y establece las condiciones del encuentro. Zweig lo presenta a través de una mirada poco favorable, atenta a su vanidad y a su trato con los demás, pero también hace sentir la solidez de su dominio. Para los pasajeros, enfrentarse a él tiene algo de desafío colectivo: desean encontrar una debilidad en alguien cuya suficiencia los irrita tanto como su habilidad los atrae.

La intervención del doctor B. cambia la naturaleza de esa curiosidad. Su relación con el ajedrez procede del aislamiento al que fue sometido por la Gestapo, una forma de tortura que buscaba quebrarlo mediante la privación de contacto y de estímulos. Encerrado en una habitación, entre interrogatorios, queda expuesto a un tiempo que apenas puede organizar y a unos pensamientos que regresan continuamente sobre las mismas incertidumbres. Zweig consigue que sintamos la presión de esa espera atendiendo a lo que ha sido retirado de su vida. Leer, conversar o realizar una tarea adquieren entonces el valor inmenso de las cosas que permiten dirigir la atención hacia algo situado fuera de uno mismo.

La aparición de un libro de ajedrez abre una posibilidad de ocupar ese vacío. Las partidas ofrecen problemas que pueden estudiarse, secuencias que recordar y una actividad cuyo desarrollo depende, al menos en parte, de su esfuerzo. En medio de una existencia sometida a decisiones ajenas, el doctor B. encuentra un ámbito sobre el que ejercer sus facultades. Hay algo profundamente conmovedor en esa recuperación de la atención: la mente consigue vincularse a una tarea y vuelve a disponer de diferencias, objetivos y pequeños descubrimientos con los que dar forma a las horas. El valor del libro nace de las condiciones en que llega a sus manos, y Zweig nos permite comprender hasta qué punto una actividad puede convertirse en un sostén cuando todo lo demás ha sido arrebatado.

Pero la exigencia de obtener de ese recurso cuanto necesita para resistir va alterando su relación con él. A medida que el juego ocupa más espacio, la concentración adquiere una intensidad que amenaza el equilibrio que había ayudado a conservar. La inquietud del relato crece porque podemos seguir la necesidad que impulsa ese proceso: conocemos el vacío del que intenta protegerse y entendemos por qué le resulta tan difícil poner un límite a su refugio. Zweig explora una forma especialmente cruel de vulnerabilidad, aquella en la que incluso los medios encontrados para soportar una agresión pueden quedar marcados por ella. La supervivencia tiene una historia que continúa después del encierro y que los demás apenas pueden reconocer desde fuera.

Cuando regresamos al barco, sabemos algo que modifica nuestra percepción de la partida. Los espectadores siguen pendientes de los movimientos y de la posibilidad de vencer al campeón, mientras nosotros empezamos a atender al esfuerzo que el encuentro exige al doctor B. Una misma posición sobre el tablero pertenece a experiencias radicalmente distintas, y la tensión nace también de esa desigualdad entre lo que se ve y lo que está ocurriendo en quien juega. Zweig nos hace sentir la facilidad con que el entusiasmo de los presentes puede pasar por alto un sufrimiento al que no tienen acceso, y nos coloca ante la responsabilidad que acompaña a ese conocimiento. Ahora cada gesto puede tener un significado que habría resultado invisible antes de escuchar su historia.

Escrita durante el exilio, en el tramo final de su vida, Novela de ajedrez posee una cercanía con las preocupaciones de Zweig que invita a leerla junto a sus memorias. La violencia política alcanza aquí a alguien cuyos recursos interiores son puestos a prueba hasta un extremo insoportable, y la cultura aparece en su capacidad de ofrecer amparo, aunque sometida también a los límites de la persona que necesita aferrarse a ella. Conviene conservar la singularidad de esa experiencia literaria al acercarnos a la biografía del autor. Zweig y su esposa, Lotte, murieron por suicidio en Petrópolis, Brasil, en febrero de 1942; la devastación histórica y el desarraigo forman parte del contexto de sus últimos años, pero su muerte merece una sobriedad que nos impida convertirla en la explicación definitiva de cuanto escribió.

Al terminar este recorrido, permanece la atención que Zweig dedicó a unas vidas que podían parecer comprensibles desde lejos y se volvían más complejas al escucharlas. Su escritura nos permite sentir cuánto puede quedar fuera de nuestro juicio cuando apenas conocemos la superficie de una existencia. Quizá por eso volvemos a sus libros: porque durante unas páginas nos detenemos lo suficiente para percibir el peso de algo que, en la vida de otra persona, podríamos haber pasado por alto.

La estrella sobre el bosque – Un relato de Stefan Zweig

El austriaco Stefan Zweig era todo un esteta, uno de esos que llevan el arte de la escritura a otro nivel y aunque a priori, los temas que trata en sus obras parecen ser mundanos, su estilo elegante y su manera de retratar las profundidades del alma humana, convierten su lectura en una experiencia sublime.

La estrella sobre el bosque es un buen ejemplo de todo esto, es un relato triste e intenso. Zweig, con pocas palabras nos hace sentir el amor irracional y platónico del protagonista. Nos mete bajo su piel y nos hace sentir su corazón palpitar desbocado en nuestro pecho. Vamos deslizándonos por la historia al ritmo impuesto precisamente por ese corazón, que se ha adueñado del protagonista, en el que la mente ya no rige, ya no tiene el control de sus actos.

El final; aunque desolador, tiene algo de justicia poética, algo de magia divina, como si un aciago Cupido hubiera disparado una flecha a última hora, para que ese dolor nacido del amor, pudiera ser transferido y compartido de alguna manera.

Pero no quiero divagar más, mejor os invito a que disfrutéis de la prosa de Zweig y de este relato que, por cierto, podéis encontrar también en la recopilación Sueños olvidados y otros relatos editado por Alba.

La estrella sobre el bosque

Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y, cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino. Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto.

Estos minutos fueron el comienzo de un estado de ensueño muy extraño y ferviente, de un sentimiento tan impetuoso y exaltado que apenas le corresponde el término grave y noble de amor. Era ese amor, de fidelidad canina y desprovisto de deseos, que los seres humanos generalmente no experimentan en la flor de su vida, que sólo sienten las personas muy jóvenes o muy ancianas. Un amor sin reflexión, que sólo sueña y no piensa. Olvidó por completo ese injusto y, sin embargo, inalterable desprecio que incluso personas inteligentes y circunspectas manifiestan hacia seres humanos que visten el frac de camarero; no especuló sobre posibilidades y casualidades, sino que aumentó en su sangre esa extraña inclinación hasta que su profundidad escapó a toda burla y crítica. Su ternura no era la de las miradas secretamente alusivas y al acecho, la temeridad de los gestos atrevidos que de repente se desata, la pasión sin sentido de labios sedientos y manos temblorosas; era una aplicación silenciosa, un prevalecer de aquellos pequeños servicios que son tanto más excelsos y sagrados en su modestia cuanto que permanecen a sabiendas ocultos. Después de la cena alisaba las arrugas del mantel delante de la silla de la condesa con dedos tan tiernos y dulces como quien acaricia las manos queridas y plácidas de una mujer; colocaba las cosas en su proximidad con simetría devota, como si las dispusiera para una fiesta. Con el mayor cuidado llevaba las copas que habían tocado sus labios a su estrecha y poco aireada buhardilla y de noche las dejaba relucir a la luz perlada de la luna como si fueran joyas preciosas. Constantemente era, desde cualquier rincón, el secreto observador de sus movimientos y actividades. Bebía sus palabras como quien paladea lascivamente un vino dulce y de perfume embriagador, y recogía las palabras y las órdenes ávido como los niños la rápida pelota en el juego. Así su alma embelesada introdujo en su pobre e indiferente vida un brillo cambiante y opulento. Nunca se le ocurrió la sabia necesidad de trasponer todo el episodio a las palabras frías y destructivas de la realidad de que el miserable camarero François amaba a una condesa exótica y eternamente inalcanzable. Porque él no la sentía como realidad, sino como algo excelso, muy lejano, que bastaba con su reflejo de la vida. Amaba el imperioso orgullo de sus órdenes, el ángulo dominante de sus cejas negras que casi se tocaban, el pliegue indómito alrededor de la boca fina, la gracia segura de sus gestos. La sumisión le parecía a François algo natural y sentía como dicha la proximidad humillante del servicio modesto, porque gracias a ella podía entrar tan a menudo en el círculo seductor que rodeaba a su amada.

Así despertó de repente en la vida de un hombre sencillo un sueño, como una flor de jardín noble y cuidadosamente criada, que florece en una carretera donde el polvo de los caminantes ahoga todos los brotes. Era el vértigo de un ser sencillo, un sueño embriagador y narcótico en medio de una vida fría y monótona. Y los sueños de seres como él son como barcas sin timón, que van a la deriva presas de una voluptuosidad fluctuante sobre aguas silenciosas y espejeantes, hasta que de pronto su quilla choca con una sacudida seca en una orilla desconocida.

La realidad, sin embargo, es más fuerte y sólida que todos los sueños. Una noche el corpulento portero procedente del Waadtland le dijo a François al pasar: «La Ostrovska se marcha mañana en el tren de las ocho». Y luego añadió otros nombres sin importancia que él apenas escuchó. Porque esas palabras se habían transformado en su cerebro en un confuso remolino tumultuoso. Varias veces se pasó los dedos mecánicamente por la frente afligida, como si quisiera apartar un sedimento pesado, que allí reposaba y obnubilaba la razón. Dio unos pasos titubeantes. Inseguro y atemorizado cruzó delante de un alto espejo de marco dorado, del que le salió al encuentro un rostro mortalmente pálido y extraño. Los pensamientos no acudían a su mente, estaban por así decir aprisionados tras un muro oscuro y nebuloso. Casi inconsciente, descendió, agarrándose a la balaustrada, la amplia escalera hacia el jardín sumido en sombras, en el que los altos pinos se erguían solitarios como pensamientos sombríos. Su silueta intranquila dio unos inciertos pasos más, como el vuelo bajo y tambaleante de un ave nocturna enorme y oscura, y por fin se dejó caer en un banco, apoyando la cabeza en su frío respaldo. El silencio era absoluto. A su espalda, entre los arbustos redondeados, relucía el mar. Luces suaves y trémulas chispeaban sobre su superficie, y en el silencio se perdía la monótona cantinela murmurante de lejanos rompientes.

Y de pronto todo estaba claro, muy claro. Tan dolorosamente claro que François casi sonrió. Todo había acabado, sencillamente. La condesa Ostrovska se marcha a casa y el camarero François queda atrás en su puesto. ¿Acaso era tan raro? ¿No se marchaban al cabo de dos, tres o cuatro semanas todos los extranjeros que venían? Qué tontería no haberlo pensado antes. Porque todo estaba tan claro como para reír o llorar. Y sus pensamientos bullían y bullían. Mañana por la noche, en el tren de las ocho en dirección a Varsovia. A Varsovia…, horas y horas a través de bosques y valles, a través de colinas y montañas, a través de estepas y ríos y dinámicas ciudades. ¡Varsovia! ¡Qué lejos quedaba! No podía siquiera imaginar, aunque sí sentir en lo más profundo, esa palabra orgullosa y amenazadora, dura y lejana: Varsovia. Y él…

Durante un segundo aleteó una pequeña y fantástica esperanza. Podía seguirla. Y buscar empleo allí como criado, escribiente, cochero, esclavo; estar allí en la calle como mendigo, todo menos estar tan horriblemente lejos; al menos respirar el aliento de la misma ciudad, verla quizá pasar, ver su sombra, al menos, su vestido y su cabello negro. Ya surgían precipitadas visiones. Pero el momento era duro e implacable. François vio lo inalcanzable desnudo y claro. Calculó: cien o doscientos francos ahorrados, en el mejor de los casos. No bastaban ni para la mitad del camino. Y entonces ¿qué? Como a través de un velo desgarrado vio de pronto su vida, presintió lo pobre, miserable y fea que indefectiblemente sería de ahora en adelante. Años vacíos ejerciendo su profesión de camarero, torturado por un insensato deseo, esa ridiculez iba a ser su futuro. Lo recorrió un escalofrío. Y de pronto todas las cadenas de pensamientos confluyeron arrebatadas e imparables. Había únicamente una posibilidad.

Las copas de los árboles se mecían en una brisa apenas perceptible. La noche oscura y negra se alzaba amenazadora ante él. Entonces se alzó, seguro y sereno, del banco y se dirigió por la grava crujiente hacia el gran edificio que dormía en blanco silencio. Debajo de una de sus ventanas hizo un alto. Estaba ciega y sin un signo brillante de luz en el que se hubiera podido encender el deseo soñador. Ahora su sangre circulaba con latidos tranquilos, y se alejó como alguien al que ya nada confunde y engaña. En su cuarto se echó sin agitación alguna sobre la cama y durmió con un sueño denso y sin imágenes hasta la señal matutina del despertar.

Al día siguiente, su comportamiento se ciñó por completo a los límites de la deliberación meticulosamente definida y de la calma forzada. Con fría indiferencia cumplió con sus obligaciones, y sus gestos tenían una seguridad tan absoluta y tan despreocupada, que nadie hubiera imaginado detrás de la máscara falaz la amarga decisión. Poco antes de la hora de la cena, acudió con sus pequeños ahorros a la floristería más selecta y compró flores exquisitas que en su espléndido colorido le sugerían palabras: tulipanes del color del oro fogoso, que eran como la pasión; crisantemos blancos de amplia corola, como sueños luminosos y exóticos; finas orquídeas, las imágenes estilizadas del deseo, y unas soberbias rosas embriagadoras. Y luego compró un valioso jarrón de cristal con destellos opalescentes. Los pocos francos que aún le quedaban se los regaló al pasar, con un gesto rápido y distraído, a un niño que pedía limosna. Luego volvió al hotel. Con solemnidad melancólica colocó el jarrón con las flores delante del cubierto de la condesa, que dispuso por última vez con voluptuoso y minucioso esmero.

Llegó el momento de la cena. François sirvió la mesa como siempre: reservado, silencioso y competente, sin alzar los ojos. Sólo al final envolvió la silueta cimbreante y orgullosa de la condesa con una mirada infinita, que ella no percibió. Nunca le había parecido tan bella como en esta mirada última y libre de todo deseo. Luego se apartó con serenidad de la mesa, sin gesto alguno de despedida, y abandonó la sala. Como un huésped ante el que se inclinan los criados, atravesó los pasillos y descendió la elegante escalera de recepción hasta la calle: era evidente que en ese momento dejaba atrás su pasado. Delante del hotel se detuvo un segundo, indeciso; entonces empezó a caminar, bordeando iluminadas villas y amplios jardines, siempre adelante como un paseante ensimismado, sin saber adónde se dirigía.

Así vagó inciertamente hasta el anochecer en un estado de enajenación ensoñada. Ya no pensaba más en las cosas. Ni en las pasadas ni en las inevitables. Ya no le daba vueltas a la idea de la muerte, como sin duda en los últimos momentos el suicida circunspecto sopesa en la mano el brillante y amenazador revólver de profundo ojo y lo vuelve a dejar en la mesa. Hacía tiempo que se había sentenciado a sí mismo. Por su mente sólo pasaban imágenes en raudo vuelo, como golondrinas de viaje. Primero, los días de la juventud hasta aquella fatal hora de clase cuando una estúpida aventura lo propulsó violentamente desde la perspectiva de un futuro prometedor a la confusión del mundo. Luego los viajes incesantes, las dificultades por el sueldo, los proyectos, una y otra vez fracasados, hasta que la gran oleada negra, que llamamos el destino, quebró su orgullo y lo dejó abandonado en un puesto indigno. Muchos recuerdos multicolores pasaron revoloteando por su mente. Por fin relució el suave reflejo de los últimos días en sus sueños despiertos; y de nuevo abrieron violentamente la oscura puerta de la realidad que debía traspasar. Recordó que deseaba morir en ese mismo día.

Durante un rato recapacitó sobre los muchos caminos que conducen a la muerte, y comparó su respectiva amargura y su definitiva prontitud. Hasta que lo traspasó un pensamiento. En su sombría cavilación se le ocurrió un funesto símbolo: así como la condesa había arrasado inconsciente y destructivamente su vida, así debía arrollar también su cuerpo. Ella misma lo llevaría a cabo. Ella misma consumaría su obra. Y ahora sus pensamientos se aceleraron con increíble seguridad. En algo menos de una hora, a las ocho, salía el expreso que la llevaba a su encuentro. Se arrojaría debajo de sus ruedas, se dejaría destrozar por la misma fuerza arrebatadora que le arrancaba a la mujer de sus sueños. Se desangraría debajo de sus pies. Los pensamientos galopaban y se perseguían jubilosos. François ya conocía el lugar. Más arriba, al borde del bosque, donde las copas frondosas de los árboles oscurecían la última vista sobre la cercana bahía. Miró el reloj: los segundos y los latidos de su sangre casi marcaban el mismo ritmo. Era hora de ponerse en camino. Y ahora, de repente, sus pasos cansinos se volvieron elásticos y decididos, con ese ritmo duro y precipitado que el sueño mata en su avance. Agitado se precipitó en el esplendoroso crepúsculo del anochecer meridional hacia el lugar en el que, entre lejanas colinas cubiertas de bosque, el cielo aparecía incrustado como una línea color púrpura. Y corrió hasta llegar a las vías del tren, que relucían como dos líneas plateadas y le mostraban el camino. Lo condujeron por una ruta sinuosa hacia la altura, a través de perfumados y profundos valles, cuyos velos de niebla atenuaban plateados la luz cansina de la luna; lo condujeron ascendiendo a las colinas, desde las que se veía lo lejos que el mar vasto y nocturno refulgía con sus brillantes luces costeras. Y le mostraron por fin el profundo bosque mecido por el inquieto viento, que sumergió las vías en las sombras que se cernían.

Ya era tarde cuando François llegó con respiración entrecortada a la ladera oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba, entre las copas transparentes, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna entre las ramas, que se quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron por completo en esa aprensiva soledad. François sólo esperaba, esperaba y miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente, asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren. Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse congelado.

Por fin brilló allá abajo la luz. En ese segundo François sintió una sacudida en el corazón, aunque no hubiera podido decir si de temor o de alegría. Con un movimiento impetuoso se tiró sobre las vías. Al principio sólo sintió un instante el agradable frío de los raíles de hierro en su sien. Luego aguzó el oído. El tren aún estaba lejos. Podía tardar algunos minutos. Ahora no se oía nada excepto el susurro de los árboles en el viento. Los pensamientos saltaban confusos. Y, de pronto, uno que permaneció clavado como una dolorosa flecha en su corazón: que él moría por ella y que ella nunca lo sabría. Que ni la más pequeña ola de su vida encrespada había tocado la de ella. Que ella nunca sabría que una vida ajena había venerado la suya y se había destrozado contra ella.

Apenas perceptible y muy lejano se oía jadear por el aire casi quieto el golpeteo rítmico de la máquina que remontaba la pendiente. Pero el pensamiento seguía quemando con igual fuerza y atormentaba los últimos minutos del moribundo. El tren se aproximaba más y más con su estrépito metálico. Y entonces François abrió una vez más los ojos. Sobre él se extendía un cielo mudo de un azul casi negro y las copas intranquilas de unos árboles. Y sobre el bosque resplandecía una estrella blanca. Una estrella solitaria sobre el bosque… Los raíles empezaron a vibrar suavemente y a zumbar bajo su cabeza. Pero el pensamiento ardía como fuego en su corazón y en la mirada que abarcaba toda la intensidad y la desesperación de su amor. Todo el deseo y esta última dolorosa pregunta se volcaron en la estrella blanca y reluciente, que miraba benignamente sobre él. El tren se aproximaba más y más. Y el moribundo envolvió una vez más con una última e inefable mirada la estrella sobre el bosque. Luego cerró los ojos. Los raíles temblaron y vibraron, la marcha estrepitosa del presuroso tren se acercaba más y más y el bosque resonaba como grandes y martilleantes campanas. La tierra pareció tambalearse. Aún un aturdidor chirrido, un estruendo arremolinado, luego un estridente pitido, el grito de animal asustado del silbato del tren y la queja disonante de un freno inútil.

La bella condesa Ostrovska ocupaba en el tren un compartimiento reservado. Desde el inicio del viaje leía una novela francesa, mecida suavemente por el balanceo del vagón. El aire del estrecho habitáculo era sofocante y estaba cargado del denso perfume de muchas flores a punto de marchitarse. En las magníficas cestas de despedida los racimos de lilas blancas ya dejaban caer la cabeza, cansinas como frutas excesivamente maduras, las flores colgaban flácidas de sus tallos, y los cálices pesados y dilatados de las rosas parecían consumirse en la nube caliente de los aromas embriagadores. Un atosigante bochorno calentaba las pesadas oleadas de perfume, suspendidas perezosas incluso en la presteza acelerada del tren.

De pronto, la condesa dejó caer el libro con dedos fatigados. Ni ella misma sabía por qué. Una sensación misteriosa la invadió. Sintió una presión sorda y dolorosa. Un dolor repentino, inexplicable y angustioso se apoderó de su corazón. Creyó que iba a asfixiarse en el vaho turbador y cálido de las flores. Y ese aterrador dolor no cedía, sentía cada vibración de las ruedas veloces, la ciega marcha hacia delante la martirizaba indeciblemente. La asaltó un deseo fulminante de parar el impulso acelerado del tren, de detenerlo ante el oscuro dolor hacia el que se precipitaba. Nunca en su vida había sentido su corazón atenazado por algo tan horrible, invisible y cruel como en esos segundos de dolor inconcebible y miedo inexplicable. Y esa sensación se hizo más y más acuciante, y más apretada la presión alrededor de su garganta. Como una plegaria surgió en ella el deseo de que el tren parara.

Ahí, de repente, un estridente silbato, el grito salvaje de aviso del tren y el quejido de los frenos con su lamentable chirrido. Y el ritmo ralentizado de las ruedas aladas, más y más lento, luego un tartamudeo mecánico y un golpe brusco.

Con dificultad se acercó a la ventanilla para aspirar a bocanadas el aire fresco. El cristal descendió ruidosamente. Afuera siluetas negras, corriendo… Palabras al vuelo de múltiples voces: un suicida… Bajo las ruedas… Muerto… En pleno campo…

La condesa se estremece. Instintivamente su mirada se alza hacia el cielo alto y silencioso y hacia los árboles negros mecidos por el viento. Y sobre ellos una estrella solitaria sobre el bosque. La condesa siente su mirada como una lágrima refulgente. La contempla y de pronto siente una tristeza como nunca la ha sentido. Una tristeza llena de fuego y deseo, como nunca existió en su vida…

El tren reanuda lentamente su marcha. La condesa se reclina en la esquina de su butaca y lágrimas silenciosas se deslizan por sus mejillas. La angustia sorda ha desaparecido, ya sólo siente un profundo y extraño dolor, cuyo origen busca explicarse en vano. Un dolor como el que tienen los niños asustados, cuando despiertan en la noche oscura e impenetrable y sienten que están por completo solos…

–Stefan Zweig.

“Der Stern über dem Walde”, 1904.