Metallica – Load

Cuando Load salió en junio de 1996, Metallica ya no era solo una banda de metal: era un fenómeno cultural. El Black Album había vendido millones de copias, sus canciones sonaban en todas partes, y James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett y Jason Newsted eran ya iconos más allá de los géneros. En ese contexto, lo fácil habría sido repetir la fórmula de Enter Sandman hasta la saciedad. Pero Metallica eligió lo contrario: cambiar la estética y grabar un álbum que gravitaba hacia el hard rock, el blues y un groove oscuro y denso. El resultado fue Load, un disco que dividió para siempre a sus seguidores.

Para un adolescente que descubría entonces la banda —como fue mi caso—, el impacto fue distinto. Load no arrastraba la sombra de los discos anteriores porque simplemente no los conocía aún. Entrar en Metallica a través de este álbum era descubrir a un grupo que sonaba enorme, moderno, lleno de matices y con una voz personal. Y aunque pronto comprendí que para muchos fans era un sacrilegio, el tiempo ha demostrado que Load guarda canciones que hoy, casi treinta años después, siguen vivas y frescas.

La polémica y el cambio

Más que musical, la polémica de Load fue estética. El pelo corto, el rímel, la ropa alternativa, la portada provocadora de Serrano (Semen and Blood III) parecían la renuncia definitiva al aura metalera que habían cultivado en los 80. Muchos fans lo vivieron como una traición. Pero más allá de la superficie, lo cierto es que el grupo estaba explorando un territorio nuevo: riffs más pesados y lentos, atmósferas cargadas, un sonido que bebía tanto del hard rock setentero como del rock alternativo noventero. Algunas influencias notables son Led Zeppelin, ZZ Top, AC/DC, Black Sabbath, Lynyrd Skynyrd, Alice in Chains, Trouble, Danzig, Soundgarden, COC, Bob Seger y Ted Nugent entre otras.

No era thrash, desde luego. Tampoco era el heavy metal del Black Album. Era otra cosa: una búsqueda de identidad y supervivencia en plena década de los 90, una de las épocas más convulsas y fértiles a nivel creativo para la música. Y ese riesgo —fallido para muchos— es lo que convierte hoy al disco en una pieza interesante de revisar.

Los músicos y el sonido

Load también es el retrato de Metallica en su madurez técnica. James Hetfield alcanza aquí quizá la mejor interpretación vocal de toda su carrera: su voz no es ya el rugido metálico de los ochenta, sino un registro más amplio, capaz de sonar vulnerable en Bleeding Me o demoledor en King Nothing. Esa evolución también se refleja en sus letras, más introspectivas y personales que nunca. Lars Ulrich, criticado tantas veces por su estilo, se vuelve aquí un baterista más minimalista y preciso; abandona los redobles veloces, pero aporta un pulso pesado y seguro que encaja perfectamente con el groove de estas canciones.

Kirk Hammett abusa del pedal wah, sí, pero aún con estilo: en temas como Hero of the Day o Until It Sleeps su guitarra aporta dramatismo, y cuando se lanza al solo, todavía tiene un instinto melódico inconfundible. Jason Newsted sigue sin tener el protagonismo que merece, pero su bajo sostiene las canciones con solidez y cuando emerge, suena denso y oscuro, y nos recuerda que su marcha dejó un vacío del que la banda nunca terminó de recuperarse.

Otro detalle importante es la afinación: la mayoría del disco está medio tono por debajo del estándar, lo que refuerza la densidad del sonido y da a Hetfield más margen para explorar registros graves y expresivos. En cortes como The House Jack Built incluso recurrieron al Drop D, logrando un tono más oscuro.
Parte del encanto de Load está en cómo fue grabado: la sensación es la de una banda tocando en directo en el estudio, con un sonido más fresco y espontáneo que en el Black Album. La producción de Bob Rock es de auténtico lujo: todo suena nítido y contundente, las guitarras cortan con claridad, la batería reverbera con fuerza y la mezcla equilibra cada instrumento en un espacio amplio y poderoso.

Canciones de altura

La gran paradoja de Load es que, en medio de lo que muchos consideran un disco irregular, Metallica grabó dos de las canciones más intensas y fascinantes de toda su carrera: Bleeding Me y The Outlaw Torn.

Bleeding Me es un viaje de casi nueve minutos que comienza con unos acordes hipnóticos, como un murmullo cuyo eco se repite en círculos. Poco a poco se abre paso una confesión amarga en la que Hetfield se desnuda, cantando sobre un dolor que se enrosca en su interior como una raíz oscura imposible de arrancar. La canción avanza desangrándose lentamente, transmitiendo una sensación de arrastre y de catarsis prolongada. Cuando por fin irrumpe el estallido final, todo se convierte en una tormenta purificadora: guitarras, batería y voz ardiendo juntas como si el dolor hubiera encontrado al fin su forma de liberarse.

Más extensa aún, The Outlaw Torn es quizá el mayor logro de Metallica en los 90: una canción lenta y expansiva, guiada desde el inicio por el bajo distorsionado de Newsted, que marca un latido constante. Hetfield canta con una mezcla de dureza y fragilidad, y el estribillo, reforzado por los coros, suena como una súplica que se repite y cala cada vez más hondo. Todo el tema gira en torno a una espera interminable, a una búsqueda que se consume en sí misma. En la segunda mitad, Hammett desata un solo devastador que rompe la tensión y abre paso al desenlace. El cierre lo firma Hetfield con una sección instrumental larga y crepuscular, donde la guitarra parece hablar por él: no busca lucirse, solo dejar salir el dolor. The Outlaw Torn no es un tema hecho para agradar: es un descenso a las entrañas de la pérdida, con una intensidad que desarma. Una de las piezas más profundas de la historia de Metallica, y quizá su obra maestra.

Junto a ellas, el disco ofrece un mapa variado: Until It Sleeps, su gran single, con un aire alternativo y melódico que la convirtió en un éxito de radio y en la MTV, con un videoclip inspirado en obras de El Bosco. King Nothing, heredera del pulso de Enter Sandman, con un riff adictivo y directo. Hero of the Day, que mostraba un lado más melódico, casi una power ballad alternativa, The House Jack Built, un medio tiempo opresivo, con riffs pesados en afinación grave y una atmósfera sofocante y 2 x 4, que con su groove pesado, nos remite a unos Black Sabbath más densos y acelerados.

El disco también contiene piezas más directas como Wasting My Hate, Ain’t My Bitch y Thorn Within, que se apoyan en la fuerza de los riffs y las melodías. Otras, como Poor Twisted Me y Cure, cumplen un papel menor y funcionan más como relleno. Y en los márgenes aparecen dos rarezas inesperadas: Mama Said, donde la banda se adentra en el country rock, y Ronnie, con un claro acento de rock sureño.

El disco que pudo ser

Quizá lo más frustrante de esta etapa es que Load fue concebido como un disco doble. Sin embargo, cuando se acercaba la fecha de publicación, varias canciones no estaban terminadas y la banda decidió guardarlas para un segundo lanzamiento. Así, en lugar de un solo álbum ambicioso y coherente, terminaron apareciendo Load y Reload como dos discos separados, inflados con temas menores que diluyeron el conjunto. Sin embargo, si uno recorta lo superfluo y se queda con lo esencial, surge un álbum alternativo que habría cambiado la percepción de Metallica en los noventa.

De Load podrían haberse rescatado:

  • Ain’t My Bitch
  • 2×4
  • The House Jack Built
  • Until It Sleeps
  • King Nothing
  • Bleeding Me
  • Thorn Within
  • The Outlaw Torn

Y de Reload:

  • Fuel
  • Devil’s Dance
  • The Unforgiven II
  • Low Man’s Lyric
  • Fixxxer

Con esta selección, la banda habría entregado un álbum compacto y variado, lleno de momentos brillantes. Un disco capaz de unir riesgo y contundencia en lugar de quedar disperso entre dos trabajos muy desiguales.

Relectura tres décadas después

Hoy Load ya no provoca indignación, sino curiosidad. Lo que en 1996 parecía traición se entiende ahora como un riesgo necesario: Metallica se atrevió a cambiar de piel y a desmarcarse de los moldes que ellos mismos habían impuesto. Y aunque no todas las canciones brillan con la misma intensidad, el álbum en conjunto sigue sonando fresco y actual, mientras muchos discos de la época han envejecido mal. 

Escuchado hoy, revela también otra cosa: Metallica no tuvo miedo de equivocarse en público, de probar registros nuevos y enfrentarse a sus propios seguidores. Esa valentía —más allá de los resultados desiguales— es lo que hace de Load un disco digno de revisitar. Lo que entonces dividió, ahora permite entender mejor a la banda: no solo como arquitectos del thrash, sino como músicos capaces de explorar sus raíces, sus sombras y sus contradicciones.

Para mí, fue el inicio de una relación con ellos; para otros, el comienzo de la decepción. No está a la altura de los clásicos thrash de los 80, pero sigue siendo un disco que me gusta mucho y que ocupa un lugar especial. Y, en perspectiva, refleja una verdad inevitable de los 90: si no salías en la MTV y no seguías las modas, estabas sentenciado. Metallica creyó que debía reinventarse para sobrevivir, cuando en realidad no lo necesitaba: ya era la banda de metal más grande, y lo siguió siendo incluso después de que la moda del grunge y el rock alternativo se desvanecieran. Pero esa decisión, aun así, tuvo sentido: les permitió expandir su sonido, explorar otros registros y enriquecer su música y dejó un testimonio valioso de una época en la que se atrevieron a ser distintos.

Como siempre, os dejo el disco completo y como bonus, un video de 1995 de la banda en el estudio ensayando The Outlaw Torn y en el que suenan acojonantes.

Motörhead – Orgasmatron

Grabado en 1986, Orgasmatron captura a Motörhead en un momento extraño. Tres años antes habían publicado Another Perfect Day, un álbum atípico, marcado por la presencia del ex- Thin Lizzy Brian Robertson y una inclinación hacia estructuras más elaboradas, armonías melódicas y un sonido cercano al rock progresivo. Fue un disco brillante, pero también divisivo, que dejó a la banda en una especie de limbo identitario. Orgasmatron llegó como respuesta a esa fractura: el disco más sombrío y opaco de su carrera. En plena transición del metal hacia sonidos más extremos, y con una formación renovada que incluía a Pete Gill de Saxon en la batería y a Phil Campbell y Würzel a las guitarras, el álbum supuso un paréntesis inesperado. La portada —una locomotora infernal fusionada con la icónica mandíbula metálica de Snaggletooth— anticipa perfectamente lo que se escucha: una máquina asesina que arrasa con todo a su paso. La producción corrió a cargo de Bill Laswell, un outsider con inclinaciones experimentales que decidió no embellecer nada: capturó el sonido en su forma más densa y enferma. El resultado no gustó a todos, pero quedó como testimonio de una mutación: unos Motörhead que avanzan sin prisa, sin necesidad de demostrar nada, pero que sin embargo siguen cargando con todo.

Desde el arranque, Orgasmatron se presenta como una declaración de intenciones, y Lemmy escupe versos como si fueran metralla. Deaf Forever es el himno de un soldado perdido, sordo ya no solo por el estruendo de la guerra, sino por elección. Aquí la gloria es una farsa, la muerte una rutina, y el riff un vehículo para arrollarlo todo. El estribillo es casi una consigna nihilista: si vas a luchar, hazlo sin esperar redención. Nothing Up My Sleeve continúa ese pulso bélico pero lo traslada a las arenas del engaño personal. Es una canción rápida y cínica, con una energía que conecta con el espíritu más clásico de Motörhead, aunque aquí todo suena más turbio, como si algo en el sonido estuviera atrapado en un pozo sin fondo. Built for Speed cierra este primer tríptico con su homenaje a la velocidad como forma de vida, pero no hay romanticismo en esta carrera: solo impulso ciego. Es rock’n’roll sucio y directo, con un groove que te sacude.

En la segunda parte del disco, la máquina ya no es símbolo de libertad o adrenalina: se vuelve entidad devoradora. Claw plantea una especie de monstruo invisible que atrapa, consume y domina. ¿Es una figura literal? ¿Una metáfora del sistema? ¿Del propio ego? Lemmy no lo aclara, pero el riff parece una garra rítmica, cerrándose con cada compás. Mean Machine retoma la velocidad pero con una sonoridad más hardcore, casi punk-thrash. Es una de las canciones más violentas del disco, una ráfaga de golpes que encapsula el espíritu de furia autodestructiva de mediados de los ochenta. Ridin’ with the Driver parece una continuación temática de Built for Speed, pero su tono es más lúgubre. Ya no se trata de correr por placer: ahora se trata de aguantar en un viaje sin dirección. Es una canción que suena a carretera interminable, donde la máquina ya no es aliada, es una prisión.

Doctor Rock podría parecer una pausa lúdica: una especie de himno al desquicio y la noche eterna. Pero hay algo demoníaco en el personaje. No es un médico, sino un dealer de distorsión, un sacerdote pagano del ruido y una encarnación ambulante del exceso. Su riff circular e hipnótico, instala la sensación de que asistimos a un ritual oscuro, en un templo corrupto con apariencia de bar de carretera.

Y entonces llega Orgasmatron.

La canción que cierra el disco con una condena. Lemmy, sin cambiar el tono, se convierte en encarnación de todas las instituciones que rigen la violencia: la religión, la guerra, la ley, la mentira. Pero no se limita a denunciarlas: las pronuncia como si fueran máscaras de un mismo poder ancestral, una máquina que sigue funcionando aunque todos sus operarios estén muertos. Cada estrofa es un monólogo dictado desde una autoridad absoluta. El sujeto que habla no es humano: es una fuerza estructural, una arquitectura de opresión que ha sobrevivido a todos los imperios.

“I am the one, Orgasmatron, the outstretched grasping hand / My name is called religion; sadistic, sacred whore”.

Musicalmente, es una anomalía dentro del catálogo de la banda. En lugar de impulsarse hacia adelante como otras piezas, se arrastra con una pesadez ritual, como un ídolo de piedra deslizándose sobre raíles. La batería marca un compás monótono que parece dictado por una maquinaria olvidada, mientras el bajo hace temblar el suelo con un zumbido continuo. La guitarra aparece a intervalos, como una sombra intermitente, sin buscar protagonismo. La voz de Lemmy mantiene un tono inmutable, casi burocrático. No dramatiza ni se deja llevar: recita cada frase como si leyera un antiguo manifiesto que nadie había osado pronunciar en voz alta.

El título, con su ironía sexual, oculta una carga teológica y política profunda. Lo que se invoca aquí no es un personaje, sino una estructura: el Orgasmatron es una entidad sin rostro que habla en nombre del poder, de la violencia justificada, de la mentira institucionalizada. Es el corazón negro del disco y no necesita velocidad ni furia explícita para imponer su presencia. Su fuerza se concentra en el pulso y en la tensión interna. Cuando acaba, lo que queda no es silencio, sino una especie de vibración estática y al fondo los railes aún calientes por lo que acaba de pasar.

El sonido de Orgasmatron fue motivo de discusión durante años. La producción de Bill Laswell, dotó al disco de una atmósfera casi industrial. Las guitarras no suenan potentes: suenan lejanas y retorcidas, como si alguien las estuviera arrastrando por el barro. El bajo de Lemmy es una criatura viva que emite un zumbido constante, una amenaza subterránea. Y la batería, sin buscar protagonismo, marca el paso de un ejército fantasmal. El resultado puede incomodar a quienes esperan claridad o brillo. Pero encaja con el mensaje del disco: un viaje sin paradas, en un tren cargado de explosivos que no quiere frenar y cuya vía muere en un muro de piedra.

Led Zeppelin – IV

Hay discos que se anuncian con estruendo, con nombres grabados en oro o portadas diseñadas para atraer miradas. Led Zeppelin IV, en cambio, calla. No tiene título, ni el nombre de la banda, ni una sola palabra en la portada. Solo una imagen: la pintura de un anciano encorvado que carga leña, colgado como un retazo olvidado en una pared desconchada. Al otro lado del vinilo, el reverso muestra un edificio moderno en ruinas, como si alguien hubiese tendido un puente secreto entre dos mundos —el rural y el urbano, lo antiguo y lo moderno—, y hubiera insertado entre ambos una carta sin firmar. Una señal para quien supiera leerla.

Esa figura que carga ramas recuerda de inmediato al Diez de Bastos del Tarot Rider-Waite: el hombre vencido por el peso de su carga, doblado por el esfuerzo y aplastado por tareas que quizás ya no le pertenecen. Es el símbolo del mundo antes de la comprensión. El peso que debe ser transportado sin saber por qué. La imagen de alguien que aún no ha cruzado el umbral, pero que lo transporta consigo.

Y sin embargo, al abrir el álbum y descubrir al Ermitaño ilustrado en el interior —con su linterna alzada en la cima de una montaña—, la lectura cambia. Esa figura encarna otro arquetipo del tarot: el del portador del conocimiento silencioso, el que se retira del mundo para contemplarlo y vigilarlo desde los márgenes. Él no carga con ramas: porta una luz. La luz que solo puede encontrarse después de la introspección y el esfuerzo.

No hay contradicción entre ambas imágenes, sino una progresión. Una conduce a la otra como la fatiga al descanso o la noche al sueño. Toda iniciación comienza con un paso a ciegas, con el cuerpo inclinado por cargas que aún no comprenden su propósito. Y solo cuando se ha caminado lo suficiente bajo ese peso y se ha meditado, la figura se endereza y aparece la luz. La linterna no guía el inicio: lo consagra.

Cada símbolo del disco —los glifos, la ausencia de palabras, la figura arquetípica— compone un pequeño sistema de iniciación. Este disco es un objeto que exige que lo descifres, una escalera que solo aparece si estás dispuesto a subirla.

Dentro de esta obra sin nombre, alguien dejó señales veladas: símbolos íntimos, trazados como marcas rituales en el umbral de un templo invisible. Cuatro símbolos que no están dispuestos para explicar, sino para custodiar. Cada uno protege algo que no puede decirse en voz alta, y ninguno se abre del todo si no llevas dentro la pregunta adecuada.

Los cuatro sellos

Abres la carpeta del vinilo y ahí están: cuatro signos. No hay nombres, ni fotos, ni créditos. Solo eso: cuatro glifos dibujados con trazo firme, que parecen marcas de conjuro o tatuajes de un antiguo pacto. Son los sellos de los oficiantes. Y cada uno guarda un fragmento del poder que está a punto de desatarse.

El primero parece una palabra imposible: Zoso. Pero no suena a nada. No significa nada, al menos en la lengua que conocemos. Parece sacado de un grimorio, de esos libros que no se abren si uno no ha sido iniciado. Dicen que lo creó Jimmy Page, el custodio del templo, y que nadie ha podido descifrarlo del todo. Algunos lo vinculan con Saturno, otros con el demonio Asmodeo. Pero él no dirá nada. Si entiendes, ya sabes. Y si no, mejor no preguntes.

Junto a él, otro símbolo más sereno: tres óvalos entrelazados dentro de un círculo, una geometría que parece danzar en silencio. Es el sello de John Paul Jones. Hay algo antiguo en él, algo que huele a piedra y a equilibrio. Representa lo invisible que sostiene. La estructura oculta que da forma al caos. El arquitecto callado.

A la derecha, un triángulo de círculos unidos por la fuerza. Es el signo de Bonham. Parece un simple logotipo, pero late y cuando lo miras mucho rato, empieza a girar. Representa el ritmo puro, el golpe primigenio, la tormenta contenida en carne y hueso. Su símbolo no pretende enmascarar nada, más bien te lo lanza a la cara.

Y por último, una pluma dentro de un círculo. Es el sello de Plant. Pero no es una firma: es una chispa vital. La pluma de la diosa Ma’at, dicen, aunque también podría ser el aliento del dios Thoth, o la llama que se enciende cuando una garganta se abre al cielo. Ese símbolo no se escribe: se canta. Y lo que canta, arde.

Los cuatro sellos no explican nada y no necesitan hacerlo ya que están ahí como advertencia, como mapa y como prueba. Una vez dentro, ya no puedes volver atrás. Porque no estás ante un álbum. Estás ante un ritual.

El Grito y la Carne

Led Zeppelin IV arranca con una sacudida. Black Dog es una trampa, ya que el riff parece simple, pero no lo es: se pliega, se retuerce, se esconde. No sigue el compás, lo esquiva con precisión mesmérica. Cada vez que el oyente cree haberlo atrapado, se le escapa por medio compás. Como el deseo, como la carne: se ofrece y se niega a la vez.

Aquí la voz de Robert Plant emerge de un lugar donde el cuerpo ya no es instrumento, sino una herida abierta. Todo en esta canción gira en torno al ansia, a la seducción como circuito cerrado. La repetición se vuelve ritual, como si el acto mismo de desear fuera una prisión sin salida. Y en esa cárcel, el ritmo de Bonham es el carcelero.

Y sin darte respiro, Rock and Roll irrumpe con una batería que no parece grabada, sino invocada. El golpe de Bonham al principio no es un conteo: es el latido de algo que acaba de despertar. La canción es circular, vertiginosa, repetitiva, parece un conjuro antiguo: una de esas formas que, al repetirlas, transforman el aire que las rodea.

La letra “It’s been a long time…” es un mantra, que se repite como si intentara devolver al mundo un pulso olvidado. Plant grita como si su garganta ardiera con cada verso, y Page lo empuja aún más lejos con guitarras tensas y cargadas de fiebre.

Estas dos canciones no nos invitan a entrar: nos arrojan al barro. Son el plomo inicial, la materia bruta con la que toda transmutación debe comenzar. La alquimia antigua lo sabía: nada puede elevarse si antes no se sumerge. No hay oro sin podredumbre. Y Led Zeppelin IV lo entiende desde el primer alarido.

Aquí todo es cuerpo, todo es ritmo, todo es carne.

La Pérdida y la Prueba

Después del grito viene la separación. El cuerpo ya no manda: algo se desprende, se aleja y se desdobla. The Battle of Evermore suena como si viniera desde un lugar que no es el nuestro.

Cada nota que emerge de la mandolina de Page parece flotar en una habitación sin paredes. El ritmo ya no está en la tierra, sino en la niebla. Sandy Denny lo acompaña como la sacerdotisa de un oráculo cuya voz el disco no había revelado aún y su presencia señala el umbral donde lo mítico irrumpe. La canción ya no habla solo de batallas: habla de separación, de pérdida, de algo que se juega más allá del tiempo lineal.

Aquí se abren dos planos: el mundo y su reflejo, la historia y el mito, el yo y el otro. En este punto del viaje, el caminante empieza a entender que no basta con avanzar: debe atravesar una prueba. Y no está claro si saldrá entero.

Entonces aparece Stairway to Heaven como transición entre mundos. Comienza con guitarras acústicas envolviendo el sonido de una flauta pastoral, casi inocente, como si aún quedara algo del oro falso de los comienzos. Pero esa pureza se deshace ya que la guitarra va creciendo como una espiral. La voz sube, se dobla, se rompe. Y la letra va dejando caer pistas que nadie puede descifrar del todo.

¿Quién compra una escalera al cielo? ¿Por qué el camino se dobla con cada paso? ¿Qué verdad se revela solo cuando llega el silencio?.

Cada estrofa es un peldaño. Cada verso, una decisión. La canción crece como una iniciación lenta, irresistible, cargada de símbolos que parecen prometer respuestas, pero solo dejan más preguntas. Y cuando todo estalla en el solo de Page —que no es solo virtuosismo, sino expulsión de energía contenida— ya no hay vuelta atrás. Plant canta como si ardiera por dentro, como si su garganta fuera la antorcha del último ascenso.

Aquí el oro aún no ha aparecido. Solo hemos perdido la piel antigua. Y comenzamos a comprender que no basta con subir: hay que vaciarse en el proceso.

La Revelación y el Fuego

La subida no garantiza claridad. A veces, cuanto más alto se llega, más se descompone el mundo. Misty Mountain Hop es la primera señal de que algo se ha torcido. Ya no hay solemnidad; hay desorden, risas lejanas y confusión.

La canción empieza con un teclado extraño, casi irónico que parece una invitación al juego, pero enseguida se convierte en otra cosa: una caminata sin dirección por un mundo que ya no obedece las leyes antiguas.

La letra habla de huida, de desobediencia, de un viaje que no tiene mapa. Las montañas brumosas están al fondo, pero no llegamos nunca a ellas. Estamos atrapados en un espacio entre lo cotidiano y lo absurdo. La batería de Bonham martillea, pero no busca acompañar, sino anular el pensamiento lineal con un ritmo hipnótico, insistente y casi tribal.

Aquí la alquimia ya no separa ni purifica. Arde. Y arde sin explicación.

Four Sticks es todavía más inquietante ya que su estructura rítmica es anómala. Bonham toca con cuatro baquetas —dos en cada mano—, como si necesitara multiplicar el golpe para alcanzar algo que no se deja tocar con métodos normales. La guitarra es tensa, elástica, contenida en un espiral de repeticiones que no llegan a ningún clímax.

Plant canta desde lejos, como si lo hiciera a través de un laberinto que cambia de forma mientras avanza y donde parece no haber centro ni tierra firme. Esta es la fase del fuego ritual, la combustión sin control. Todo lo que no fue destruido en el cuerpo o en la prueba, arde aquí. Lo simbólico deja de tener bordes y las palabras no significan, sino que golpean.

Esta no es la iluminación. Es el precio a pagar por ella.

Interludio: El suspiro antes de la tormenta

Después del fuego, el mundo parece detenerse. Going to California no llega como una continuación, ni como una resolución. Es una grieta en el tejido del disco en la que todo queda en animación suspendida. Aquí no hay gritos ni tambores, ni tambores que parezcan gritos. Hay silencio, cuerdas suaves y una voz que por fin parece no invocar, sino recordar.

La letra parece sencilla, nos habla de un viaje, una promesa, una búsqueda. Pero debajo late algo más, quizá una huida sin dirección clara. El sonido es acústico, limpio, casi puro. Pero esa pureza no redime, más bien entristece porque no se ha alcanzado nada y se ha dejado atrás todo.

Esta canción es el exilio interior del alquimista. El momento en que, tras el fuego, no aparece aún el oro, sino una nostalgia que no pertenece a ninguna fase del proceso. Es el deseo de otro mundo y también, tal vez, la aceptación de que no lo habrá.

Y justo ahí, en esa calma imposible, empieza a oírse lo que viene: el rumor de la lluvia.

El juicio final

Y entonces, el agua.

When the Levee Breaks te arrastra con ella. El ritmo no golpea como en las canciones anteriores. Aquí no hay batería, hay tierra que se rompe. Bonham no toca: se convierte en una maquinaria tectónica. Su batería fue grabada al pie de una escalera de piedra, buscando una reverberación que no sonara humana. Y no suena humana. Suena a destino sellado, a cataclismo.

El riff principal es lento, denso e  hipnótico y se repite sin desarrollarse, como si no necesitara avanzar: le basta con hundir todo lo que encuentra. La armónica de Plant gime filtrada, arrastrada por el mismo barro que empieza a tragarse todo. La voz llega distorsionada, lejana, como si ya viniera desde después del desastre.

La letra, “If it keeps on rainin’, the levee’s gonna break,” basada en un viejo blues de Memphis Minnie, no es una metáfora. Es una sentencia que constata lo que es inevitable, que lo que antes contenía, ahora arrasa.

Este es el final del ritual. No hay redención ni epifanía. El diluvio no viene para limpiar, sino para borrar. Aquí ya no hay símbolos, solo fuerza primigenia que provoca que la estructura colapse y tras ello lo que queda es el eco de algo que ya ha pasado y que nadie podrá explicar del todo.

Pero Led Zeppelin IV no termina.

Se inunda.

Once veces Ozzy

Hace unos días el mundo del metal saltó por los aires con la noticia de la muerte de Ozzy Osbourne, una de las estrellas más icónicas de la historia de la música. Me escribió un colega para decírmelo y lo cierto es que me sentí raro y triste. No suelo idolatrar a nadie, pero después de pensarlo, Ozzy ha sido parte de mi vida musical los últimos 27 años, desde que lo descubrí con el primer disco de Black Sabbath.

Reconozco que el Madman nunca destacó por tener una gran voz, pero siempre supe que lo suyo iba por otro lado. Suplía sus carencias con muchísima presencia y sobre todo con su personalidad desequilibrada y excesiva. Puro carisma y locura.

Pero aunque el personaje de Ozzy devoró a John Michael Osbourne llevándolo al límite y casi a la autodestrucción, hay que darle todo el crédito como uno de los creadores del Heavy metal y también como descubridor de grandísimos guitarristas.

Ozzy, como mito viviente, siguió subiéndose a los escenarios hasta casi el último aliento. Tan solo dos semanas antes de su muerte, daba su último concierto en el homenaje a Black Sabbath que hubo en su ciudad natal, Birmingham. Estaba enfermo, no podía caminar… pero aun así salió al escenario y desde su trono lo dio todo, como solo lo hacen los que nacieron para estar ahí.

Hoy para rendirle tributo, os traigo 11 de mis canciones favoritas de su carrera en solitario.

Crazy Train

All aboard!! Con este grito salvaje, el bueno de Ozzy nos invita a subirnos a su tren de la locura. Crazy Train, incluida en su debut en solitario Blizzard of Ozz (1980), fue el pistoletazo de salida de una nueva etapa tras la ruptura con Black Sabbath. Y no pudo ser más certero: un tema explosivo, melódico y afilado, con uno de los riffs más míticos de la historia del metal, cortesía del malogrado Randy Rhoads —la primera de las joyas a la guitarra que descubrió el loco de Birmingham.

La canción tiene algo que la hace irresistible: es agresiva pero pegadiza, con una estructura brillante que combina la urgencia del punk con la precisión técnica del heavy clásico. La letra es casi una profecía: habla de la locura colectiva, de la paranoia social, de una realidad que se escapa de las manos… y todo esto en 1980.

La primera vez que escuché esta canción, el solo de Rhoads me voló la cabeza. Estuve escuchándolo en bucle una y otra vez. Es demencial. Pero no por su velocidad ni sus artificios, sino por cómo está construido: tiene una lógica interna casi matemática, pero cargada de emoción. Va subiendo, girando, rompiendo el espacio con una claridad casi barroca. Ahí entendí que Randy no solo era un guitarrista técnico: era un arquitecto del caos, alguien que tocaba con el alma y la cabeza al mismo tiempo.

Crazy Train no fue solo un Hit. Fue una declaración de independencia, una puerta que se abrió y por la que Ozzy salió disparado… y no volvió a mirar atrás.

Mr. Crowley

Esta canción, escrita por el bajista Bob Daisley, nos habla del famoso mago y ocultista Aleister Crowley, uno de los personajes más oscuros y polémicos del siglo XX. Pero no lo presenta como un héroe, ni mucho menos; al contrario, parece más bien una advertencia entre líneas.

Aun así, para los cristianos fundamentalistas norteamericanos la letra fue escandalosa. Y si a eso le sumamos la portada de Blizzard of Ozz, con Ozzy blandiendo una cruz, y su pasado en Black Sabbath, no tardaron en etiquetarlo como adorador del diablo. Paradójicamente, esa misma acusación lo convirtió también en un icono para algunos satanistas. Ozzy, mientras tanto, disfrutaba de la controversia y la publicidad gratuita.

Musicalmente, el tema es una maravilla. Empieza con unos teclados oscuros y atmosféricos, cortesía del gran Don Airey, hasta que entra Rhoads con otro brutal riff de guitarra, rematado por un par de solos estratosféricos en los que hace gala de todo su virtuosismo y técnica.

Los solos de Randy en Mr. Crowley suenan como si estuviera invocando algo desde otra dimensión. No se limitan a adornar la canción: la transforman, arrastrándola a un plano casi ritual. Son elegantes, articulados y llenos de una lógica interna casi barroca, pero con una agresividad latente que los hace explotar en el momento justo.
El primero es melódico y teatral, con escalas ascendentes que parecen elevar una pregunta al cielo, y el segundo responde con una avalancha de técnica y furia, como si el infierno contestara. Ambos están perfectamente construidos, con frases claras, pausas expresivas y una mezcla única de virtuosismo clásico y violencia eléctrica.

Una canción que sigue poniéndome los pelos de punta cada vez que suena. Randy aquí toca como si el infierno se abriera bajo sus dedos. A veces pienso que este tema es más poderoso que cualquier misa negra.

Over the Mountain

El tema que abre Diary of a Madman, el segundo disco en solitario de Ozzy, es una apisonadora de puro heavy metal. Desde ese arranque vertiginoso de batería hasta el último riff, todo suena afilado, agresivo y preciso. Una vez más, Randy Rhoads acapara todos los focos con otra interpretación magistral a la guitarra.

El solo que irrumpe tras la melodía oscura del puente podría hacer que Paganini se revolviera en su tumba… pero de pura admiración eléctrica.
No es solo técnica: es una descarga emocional con forma de espiral, una de esas que no se olvidan fácilmente.

Desgraciadamente, un año después, Rhoads fallecería en un accidente de avioneta, truncando una de las carreras más prometedoras de la historia del rock y dejando a Ozzy hundido en un pozo de desesperación, alcohol y autodestrucción.

Cada vez que escucho cualquiera de sus canciones, me cuesta no imaginar qué más podría haber creado este genio si hubiera vivido más tiempo.

Symptom of the Universe (Live)

En 1982, la compañía discográfica pidió a Ozzy que grabara un disco en directo con versiones de su antigua banda, Black Sabbath. La idea no le hizo mucha gracia al Príncipe de las Tinieblas, sobre todo porque aún estaba de duelo tras la muerte de Randy Rhoads. Aun así, hizo de tripas corazón y reclutó a otro grandísimo guitarrista: Brad Gillis.

El resultado fue Speak of the Devil, y he de reconocer que es uno de mis discos favoritos de Ozzy. Algunas versiones aquí son incluso más duras que las originales. Me cuesta elegir una sola canción del álbum, pero me voy a quedar con Symptom of the Universe. Si bien es cierto que no alcanza la majestuosidad de la original, aquí la banda la toca con una crudeza y ferocidad brutales, omitiendo eso sí la parte acústica final, que habría sido la guinda del pastel.

Escuchando este disco tengo la sensación que Ozzy lo dio todo en el escenario, exorcizando parte de los demonios que le devoraban desde dentro.

Bark at the Moon

El tema que da título al siguiente disco de Ozzy es una auténtica clase magistral de guitarra. Para este álbum, reclutó al que para muchos es el mejor guitarrista que ha pasado por su banda: Jake E. Lee. Un virtuoso que tocaba como si le fuera la vida en ello, pero con una elegancia felina. Aquí la banda está totalmente enfocada: Ozzy aúlla como el hombre lobo de la portada, mientras la base rítmica de Tommy Aldridge y Bob Daisley avanza como una apisonadora, allanando el terreno para que Lee desate una tormenta eléctrica con las seis cuerdas.

Su riff principal es rápido, agresivo y contagioso —como una carrera a cuatro patas bajo la luna llena—, pero es en el solo donde Jake E. Lee deja su huella. Una mezcla de velocidad, técnica y melodía que fluye con una naturalidad escalofriante. No hay pose, solo ferocidad estilizada. Un lobo tocando con guantes de terciopelo… hasta que los desgarra.

Pocas veces, una canción ha reflejado tan bien lo que muestra la portada.

Killer of Giants

The Ultimate Sin fue lanzado en 1986 y supuso un intento por comercializar el sonido de la banda, con resultados dispares. El enfoque compositivo se acerca demasiado al glam rock, y la producción tiene un punto extraño, como si el disco estuviera mal mezclado: todo suena algo enlatado, con poca profundidad, como si los instrumentos no terminaran de encontrarse entre ellos. Aun así, reconozco que el disco me gusta bastante, ya que está lleno de buenos temas como Lightning Strikes, Shot in the Dark, Never o el que da título al álbum. Pero entre todos ellos hay uno que sobresale claramente: Killer of Giants.

Un alegato antibelicista que comienza con unas guitarras acústicas sublimes y desemboca en una tempestad de riffs llenos de fuerza, acentuados aún más por los sintetizadores, que aportan una atmósfera dramática, casi cinematográfica. Un tema que mezcla fuerza y belleza de una forma maravillosa, como si una oración se transformara en grito antes de apagarse en la oscuridad.

De todos los Ozzy “ochenteros”, este es el que más me emociona. Es su lamento por un mundo que sigue fabricando gigantes para matarlos después.

Miracle Man

Para el disco No Rest for the Wicked de 1989, Ozzy renovó la banda una vez más: el bajista Bob Daisley volvió a filas, Randy Castillo se incorporó a la batería, y el Madman presentó al mundo a su nuevo diamante: Zakk Wylde, el guitarrista que más tiempo ha permanecido a su lado.

Miracle Man abre el álbum como un cañonazo: un riff cargado de armónicos marca de la casa, batería ochentera con reverbs desatadas, y Ozzy despachándose a gusto contra el televangelista Jimmy Swaggart, un tipo que había sido durante años uno de sus mayores críticos… hasta que lo pillaron con prostitutas, contradiciendo todo lo que predicaba. La canción se remata con un solo breve pero fulminante de Wylde, disparado a la velocidad de la luz, donde ya se intuía que este chico venía a jugar en la liga de los grandes.

El videoclip es todo un despliegue de sátira salvaje: rodado en una especie de iglesia llena de cerdos (el rebaño del pastor, claro), lanza dardos visuales a Swaggart y a toda su maquinaria hipócrita. Ozzy se ríe… pero enseñando los colmillos.

Miracle Man es la venganza en forma de riff: directa, burlona y con olor a azufre.

No More Tears

Los 90 llegaron y el heavy metal no pasaba por su mejor momento, pero a Ozzy eso le trajo sin cuidado. Tanto, que parió su mejor álbum.
Un disco lleno de temazos, riffs colosales, melodías memorables, emoción, letras profundas y solos vertiginosos. Acompañado por Zakk Wylde, Randy Castillo y Mike Inez, dio forma a una obra que plantó cara al sonido de Seattle que dominaba la época… y salió victorioso.

Elegir entre tanto cañonazo es difícil, pero yo me quedo con el tema que da título al disco. Siete minutos de puro metal que comienzan con un bajo hipnótico, flotando entre los golpes de batería, hasta que un slide afilado estira las guitarras y empieza a tejer el diálogo entre la voz de Ozzy —que aquí relata la mente distorsionada de un asesino en serie— y los demoledores riffs de Zakk Wylde. La conversación entre instrumento y cantante avanza como un mastodonte encadenado, hasta que llega el parón: un piano solitario entona unas notas bellas y espectrales, que anuncian la tormenta que está por venir. Y entonces estalla: un solo infernal de Wylde, lleno de garra, velocidad y furia lírica. Una descarga que lo arrasa todo.

No More Tears no es solo una canción: es un monumento. La prueba de que Ozzy, incluso en sus horas más inciertas, podía seguir dictando las reglas del juego.

Hellraiser

Hellraiser es uno de los temas más icónicos de No More Tears, y también uno de los más especiales por lo que representa: una colaboración entre Ozzy y Lemmy Kilmister, su amigo, cómplice y reflejo en otro infierno. La canción fue escrita por ambos, y también aparece en el álbum March ör Die de Motörhead, aunque la versión de Ozzy tiene una oscuridad más teatral y melódica.

La letra es casi un manifiesto: habla de la carretera, de la rabia, del destino y del precio de vivir al límite. Pero no como un lamento, sino como declaración de principios. Ozzy canta como si estuviera esculpiendo cada palabra con fuego. Su voz aquí suena más rasgada y dramática, y Zakk Wylde refuerza cada línea con riffs punzantes y un solo cargado de tensión y furia.

Hellraiser no es solo una canción sobre la autodestrucción: es una celebración de quienes sobrevivieron a sí mismos lo suficiente como para contarlo. Ozzy y Lemmy lo hicieron. Por eso, cuando suena este tema, lo que se escucha no es solo música: es un pacto sellado con sangre y distorsión.

Perry Mason

¿Quién, sino Ozzy, podría dedicarle una canción al protagonista de una serie de abogados de los años 60 y salirse con la suya? Solo él. Y el resultado es glorioso.

Perry Mason abre Ozzmosis (1995), el álbum con el que Ozzy regresaba tras varios años de silencio discográfico, y lo hace como una declaración de intenciones.

La canción arranca con un riff afilado como una cuchilla, directo al cuello, acompañado de una base rítmica pesadísima. El tema avanza con una energía casi industrial, sostenida por un Zakk Wylde más agresivo que nunca y unos teclados siniestros que refuerzan la atmósfera opresiva. La letra, extraña pero fascinante, convierte a Perry Mason en una especie de salvador mitológico que viene a poner orden en un mundo podrido.

Ozzy canta como si invocara a un justiciero imposible, entre el sarcasmo y el delirio y cuando llega el estribillo, con ese grito de “Who can we get on the case?”, no queda otra que rendirse.

Perry Mason es una rareza… pero también un temazo. Una forma perfecta de demostrar que, incluso en los 90, Ozzy seguía sabiendo cómo golpear con estilo.

Gets Me Through

Incluida en Down to Earth (2001), Gets Me Through es una de las canciones más honestas que ha escrito Ozzy. Aquí no hay disfraces, ni demonios, ni vampiros: hay un hombre que se mira en el espejo y le habla directamente a sus fans.

I’m not the kind of person you think I am, I’m not the anti-Christ or the Iron Man…

La letra desmonta el mito a la vez que lo habita. Es como si Ozzy dijera: “Sí, soy el loco, el bufón, el que se ha caído mil veces… pero también soy alguien que siente, que duda, que ha sobrevivido a cosas que no le desearía ni a su peor enemigo.”

Musicalmente, el tema tiene un pulso grave y mucho groove, con un riff hipnótico y una base rítmica poderosa. Robert Trujillo, al bajo, construye una línea densa y serpenteante que le da al tema un cuerpo oscuro y palpitante. Pero es en el solo donde todo se abre: una explosión melódica, llena de dolor contenido, que se despliega como un grito silenciado demasiado tiempo. Wylde descarga notas a una velocidad vertiginosa pero también le imprime mucho sentimiento.

Gets Me Through es, en el fondo, una carta abierta a quienes han estado ahí desde el principio. Y también una forma de decir: “Sigo aquí, y esto es lo que me mantiene vivo.”

 

Ozzy no era el mejor cantante, ni el más virtuoso, ni el más cuerdo. Pero eso da igual. Porque nadie ha sido Ozzy como Ozzy y jamás habrá otro igual.

Y en estas canciones —estas once bombas emocionales, oscuras, divertidas, salvajes y hermosas— está parte de su legado. El de un loco adorable, un superviviente de sí mismo, un bufón que se convirtió en rey, pero que no quiso dejar de ser bufón.

Gracias por la música, por el caos, por la eterna sonrisa… por todo.

 

 

Judas Priest – Sad Wings of Destiny


Hay pocos discos que combinen maestría musical, creatividad y talento en bruto como lo hace Sad Wings of Destiny. Este álbum tuvo un gran impacto en el heavy metal y sigue siendo uno de los mejores trabajos del género. A mediados de los 70 había unas cuantas bandas consideradas heavys con Black Sabbath a la cabeza como pioneros, hasta que llegaron Judas Priest con esta obra maestra y refinaron por completo el género. La banda de Birmingham cogió los riffs y las estructuras de las canciones inspirados en el blues que habían sido parte del heavy metal hasta ese momento y les inyectó una buena dosis de velocidad, potencia y agresividad. Sad Wings of Destiny presenta un conjunto de canciones único y diverso. Probablemente sea el disco más variado de la banda, en el que podemos encontrar auténticos temazos de heavy metal junto con baladas de piano, algo insólito en la discografía de los Judas Priest y que hace de este disco una maravillosa experiencia sonora.

Downing, Moore, Halford, Tipton y Hill.

Una obra maestra

Desde el blues heavy de Victim of Changes hasta la rápida y poderosa Tyrant, este álbum tiene mucho material diferente que ofrecer. Todas las canciones, con la excepción de Prelude, Dreamer Deceiver y Epitaph, son de tempo medio a rápido y son todas bastante heavys y compactas, especialmente para su época (1976). Además, otra de las innovaciones que introdujeron los Judas, fue la de tener dos guitarristas solistas en la banda, esto les permitió darle más contundencia y melodía a las canciones, además de “inventar” de alguna manera, esos duelos de solos y armonías duales tan característicos del género, aunque realmente creo que ese honor les corresponde a los irlandeses Thin Lizzy en su álbum Fighting de 1975.

Junto con el inconfundible sonido de heavy metal que tiene el álbum, hay un elemento progresivo fluctuando en algunas canciones. Si nos fijamos en Tyrant hay muchos riffs diferentes y progresiones de acordes dispuestos de forma única. Esto también es bastante evidente en The Ripper, que tiene un arreglo muy extraño, pero que funciona realmente bien. El riff principal suena oscuro y amenazante y encaja perfectamente con el tema de las letras, bueno, no es realmente un «riff», sino más bien un conjunto rápido de notas que queda increíble y muestra el verdadero talento para escribir canciones que tenía Judas Priest y que sentó las bases que seguirían poco después muchas bandas de la NWOBHM.

Genocide es un temazo de puro heavy metal, con un riff principal simple pero brutal y unas letras bastante oscuras, al igual que las de Island of Domination, un corte inspirado por Black Sabbath con varios cambios de ritmo y con un Halford desatado. Prelude y Epitaph son las canciones de piano del disco; la primera de corte barroco, actúa como intro del álbum y la segunda desde mi punto de vista, está muy influenciada por Queen y Elton John. Quizá pueda parecer que dan la nota discordante en el disco, pero lo cierto es que encajan muy bien con el resto de canciones. Tengo que decir que todos los temas tienen algo especial, pero para mi gusto hay tres que sobresalen sobre el resto y son Victim of Changes y la dupla Dreamer Deceiver/Deceiver.

Victim of Changes resume en sus casi ocho minutos de duración todo lo que es el heavy metal: Riffs potentes y pegadizos, solos desgarradores, voces salvajes y melódicas, diferentes pasajes… El inicio de la canción es insuperable con Tipton y Downing haciendo a duo una armonía descendente de guitarra que desemboca lentamente en uno de los riffs más icónicos de la historia del metal. Toda una innovación en un tema que aún tiene muy arraigado el blues en su composición y que va alternando pasajes melancólicos con otros más agresivos con Halford gritando en algunas partes como un Banshee, en un disco en el que hace auténticas maravillas con su voz, en una época en la que aún estaba buscando su estilo. Sin duda, esta es una de mis canciones favoritas de todos los tiempos.

Y qué decir de Dreamer Deceiver/Deceiver… otra joya. Una bellísima balada con letras oníricas en la que Halford se sale, haciendo uso de todo su rango vocal y con Glenn Tipton marcándose uno de sus mejores solos, lleno de sentimiento y virtuosismo, para acabar acelerando la canción en la segunda parte y llevar al oyente en volandas hasta el final en el que unas guitarras acústicas aparecen para apaciguar la tormenta de riffs y gritos. Temazo.

 

Sad Wings of Destiny es el álbum que permitió a los Judas Priest dar el primer paso en su ascenso al Olimpo destinado sólo a un puñado de bandas en la historia del metal y también sirvió como inspiración a incontables grupos durante los años posteriores, e incluso ahora, casi 50 años después de su lanzamiento, sigue siendo un álbum que todo amante de la buena música debería escuchar y me atrevo a decir que lo seguirá siendo dentro de 50 años y más allá (si la basura del reggaetón y demás “estilos” afines no acaban por destruir la música y todo vestigio de cultura e inteligencia).

Es cierto que los Judas evolucionarían y sacarían auténticos discos icónicos durante su dilatada carrera, pero nunca lograrían recapturar la magia y la espontaneidad de esta pequeña obra de arte y como a cualquier obra de arte, hay que darle tiempo y varias escuchas.
Al principio, puede que la producción pasada de moda y tanto grito os eche para atrás, pero creedme… lenta pero inevitablemente, la magia de este álbum se envolverá alrededor de vuestra psique… y luego la devorará, convirtiéndoos en acólitos de las tristes alas del destino para siempre.

 

Nota: Por una pifia de la discográfica el orden de las canciones esta cambiado en todas las ediciones… El tracklist original era:

1. Prelude
2. Tyrant
3. Genocide
4. Epitaph
5. Island of Domination
6. Victim of Changes
7. The Ripper
8. Dreamer Deceiver
9. Deceiver

La verdad es que escuchado en este orden el álbum tiene más coherencia.

Nota 2: La portada del álbum es obra de Patrick Woodroffe y es una de mis favoritas, con ese ángel caído en el infierno que lleva colgado al cuello el diapasón del diablo, que más tarde se convertiría en parte del logo de la banda.

 

 

 

 

Jethro Tull – Thick as a Brick

Corría el año 1971 cuando Ian Anderson, líder de la banda Jethro Tull, cansado de que los críticos musicales repitieran sin cesar que su último LP Aqualung era un disco conceptual, decide componer en respuesta, un verdadero disco conceptual que sería también una especie de sátira del rock progresivo que estaba de moda en la época. Así que armados con todo su arsenal musical y una buena dosis de humor a lo Monthy Python, parieron Thick as a Brick, un disco que les llevaría al estrellato y que irónicamente se convertiría en uno de los discos más importantes e influyentes de la historia del rock progresivo, género del que intentaban mofarse.

Broma genial

El disco esta concebido como la adaptación musical de un poema épico escrito por un niño prodigio de ocho años llamado Gerald Bostock, apodado por la prensa El pequeño Milton”. Para apoyar la broma, la portada y las cubiertas interiores del disco se diseñaron imitando un falso periódico de provincias de 12 páginas llamado St. Cleve Chronicle, cuya noticia principal cuenta que Bostock ha ganado un premio por un poema, pero que le ha sido retirado por haber usado una palabra malsonante durante un programa televisivo. Además el periódico también incluye varias noticias cómicas escritas por los miembros de la banda y el poema de Bostock, que a la vez es la letra del disco, acompañado de la noticia de que Jethro Tull lo va a usar como inspiración para su próximo álbum.

El álbum fue lanzado en 1972 y fue todo un éxito, pese a que aquel año tuvo que competir con discos tan míticos como Close to the Edge de Yes, Foxtrot de Genesis, Octopus de Gentle Giant, Machine Head de Deep Purple, Argus de Wishbone Ash o Trilogy de Emerson, Lake & Palmer entre otros.

Excelencia musical

Thick as a Brick es considerado el primer álbum progresivo de Jethro Tull, ya que cuenta con una gran variedad de cambios de tempo y compás característicos del género. Consta de una única canción de 44 minutos de duración dividida en dos cortes, que en realidad es una amalgama de varias mini canciones unidas entre sí de manera magistral. La gran cantidad de instrumentos usados en el disco es difícil de enumerar, pero además de la flauta, guitarras eléctricas y acústicas y el órgano Hammond, la banda usa laúdes, un clavecín, trompetas, saxofones, violines y timbales, enriqueciendo sobre manera el sonido blues y folk rock de sus anteriores discos.

Las letras, basadas en el supuesto poema de Bostock, están cargadas de sátira social y humor estrambótico. Critican las estructuras de clase, la conformidad y las rígidas creencias moralistas del sistema que las perpetúa. Anderson comentó al respecto que parte de esas letras nacieron de algunas de sus experiencias de niñez. La broma estuvo tan bien ejecutada que durante un tiempo mucha gente creyó que tanto el poema como el niño, eran reales.

Todos los músicos están a un gran nivel, pero el líder de la banda Ian Anderson merece una mención aparte. Todo un genio multi instrumentista, compositor, showman y letrista. Su presencia sobre el escenario con sus greñas, sus ropas extravagantes y su energía inagotable, hacían de él en la década de los 70, una especie de fuerza de la naturaleza, como si el mismísimo dios Pan le hubiera poseído para hipnotizar y entretener al público al ritmo de su flauta travesera y sus ocurrencias. Es todo un deleite verle actuar en vídeos de directos de esa época.

En mi opinión el disco es una auténtica obra maestra, una sinfonía llena de pasajes y cambios de ritmo muy interesante. Recuerdo que cuando lo escuché por primera vez me encantó y me sentí un poco perdido a partes iguales. Pero este es uno de esos discos que van ganando con cada escucha, porque siempre encuentras nuevos matices y sonidos que en una primera escucha no se revelan. Yo lo recomiendo sin duda, creo que es un disco que puede intimidar por su concepto musical y la duración de esa única canción, pero sinceramente vale mucho la pena darle una oportunidad, aunque creo que se le puede hacer un poco largo a quien esté acostumbrado a temas de dos o tres minutos con estructuras clásicas y simples.

Durante la gira de presentación del álbum la banda tocaba el tema en toda su extensión, haciendo parones para insertar pequeñas bromas, pero no he podido encontrar ningún video en el que lo toquen integro. Así que os dejo con una versión abreviada en directo de 1977 y con el disco de estudio al completo. Espero que os guste. ¡Un saludo!

 

 

Rush – Moving Pictures

Para añadir más diversidad a la web, hoy inauguro una nueva sección en la que presentaré algunos de mis discos favoritos. Mis gustos musicales son amplios y peculiares en algunos casos y me suelo mover más por los derroteros del rock progresivo, metal, blues, jazz… Así que no esperéis mucho pop o atrocidades como el reggaetón, trap y demás estilos de tendencia actuales, de los que no tengo conocimiento (ni lo quiero tener). He pensado que para comenzar estaría muy bien hablaros de uno de mis discos favoritos, de la que probablemente sea mi banda favorita: el Moving Pictures de los canadienses Rush.

Rock Progresivo minimalista.

Los conceptos rock progresivo y minimalismo no casan muy bien, más bien parecen antagónicos, pero Rush consiguió sintetizar al máximo sus composiciones para crear pequeñas obras maestras en formato reducido. Ya en su anterior disco, el también magnífico Permanent Waves, la banda empezó a refinar su sonido y a simplificarlo, alejándose de la complejidad y el gran minutaje de sus discos de la década de los 70. El resultado fue este Moving Pictures lanzado en 1981 y que a la postre sería su disco más famoso y el pináculo de una exitosa carrera musical.

Geddy Lee, Neil Peart & Alex Lifeson.

Trio de virtuosos

¿Qué sucede cuando se juntan tres tipos muy talentosos que ponen sus egos al servicio del grupo? Pues que el resultado es Rush. Un trío de auténticas súper estrellas del rock que nunca fueron de ello. Tres tíos humildes a los que les encantaba juntarse para componer música y dar conciertos. Tres tíos que crearon auténticas obras de arte sónicas. Seguro que algunos de vosotros no habéis oído nunca hablar de esta banda, pero puede ser porque se alejaron del éxito fácil y siempre fueron fieles a lo que querían hacer en cada momento.

Este trío estaba compuesto por Geddy Lee (voz, bajo y sintetizadores), Alex Lifeson (guitarras) y la auténtica estrella de la banda: Neil Peart (batería y percusión).

Moving Pictures

Grabado durante el invierno de 1980 en Le Studio en Morin-Heights (Quebec) con el productor Terry Brown; Moving Pictures resultó un salto cualitativo a nivel musical y de producción. Como dije antes la banda enfocó las estructuras de las canciones de otra manera, mucho más comprimidas y más orientadas a la melodía que a los devaneos progresivos. Solo una canción supera la barrera de los 10 minutos, todo un hito para una banda que en la década de los 70 compuso temas de hasta 20 minutos de duración. La producción es de auténtico lujo, con un sonido cristalino en el que todos los instrumentos se escuchan perfectamente. Como dato curioso, sería interesante añadir que fue uno de los primeros discos que se grabaron de manera digital, algo que fue un reto para el productor y la banda, ya que nunca habían grabado de esa manera. La portada es del famoso artista gráfico Hugh Syme y como el título del disco anuncia, muestra imágenes en movimiento.

A nivel musical las interpretaciones de los tres músicos son magistrales, cada uno dando el 100%, pero trabajando por y para las canciones. Eso es lo bueno de poner el talento al servicio del grupo, que todos brillan individualmente pero dejan espacio a los demás para que también destaquen. La voz de Geddy Lee no es tan estridente como en discos anteriores, está más modulada y orientada en las melodías vocales, sus lineas de bajo son demoledoras e intrincadas y además empieza a usar los sintetizadores de manera más amplia, aportando texturas y acompañamiento a las canciones. Las guitarras de Alex Lifeson también están llenas de texturas sónicas, tan pronto son heavys y salvajes como se calman y desgranan melodías etereas. Creo que es uno de los guitarristas más infravalorados de la historia y probablemente uno de los mejores y más creativos.

Mención aparte merece Neil Peart; su trabajo es simplemente de otro planeta. Sus patrones rítmicos parecen sencillos, pero son de una complejidad increíble, tiene esa extraña cualidad que solo poseen los genios, de hacer que parezca fácil lo difícil. Su trabajo aporta mucho a las canciones, dotándolas de matices que las convierten siempre en algo memorable.
Hace cosa de un mes encontré por casualidad un vídeo en YouTube en el que un usuario había subido solo las pistas de batería de este disco, las escuché y me quedé anonadado por su capacidad para no repetir ningún patrón, para hacer siempre lo insospechado y sobre todo por su imaginación y recursos para mejorar las canciones. (Link aquí). Peart también era el letrista de la banda y en esta ocasión las letras de las canciones se vuelven mucho más profundas y directas que en anteriores discos, hablando de temas personales y frustraciones, como por ejemplo en Limelight, donde habla de su problema para lidiar con la fama, ya que era una persona introvertida y que gustaba de la soledad. O en Tom Sawyer donde cuenta la historia de un espíritu libre rebelde. La distópica Red Barchetta o la tensión dialéctica entre las emociones del ser humano y la estructura de las ciudades modernas donde habita en The Camera Eye, son algunos de los temas que toca.

Las canciones

Desde el primer golpe de plato y sintetizador de Tom Sawyer, hasta el fade out de Vital Signs, encontramos siete cortes de pura magia y virtuosismo repartidos en apenas 40 minutos.

El álbum comienza con el que probablemente sea su tema más famoso: Tom Sawyer. Un medio tiempo lleno de sintetizadores que avanza grandiosamente y que contiene unos brutales mini solos de batería de Peart casi al final de la canción. El propio Peart comentó que son de una complejidad tal, que algunas veces le resultaba bastante difícil reproducirlos en directo. Después llega Red Barchetta, un tema que a pesar de su complicada estructura fue grabado en una sola toma, lo cual habla muy bien de las capacidades de los músicos. YYZ es el código del aeropuerto de Toronto y el título del tercer tema y mi favorito del album. Es un corte instrumental super técnico que comienza con la repetición en código morse del título (-.– -.– –..), tocada en un compás 10/8, para desembocar en un complicado y pegadizo riff de guitarra, acompañado de una batería y bajo demoledores. Todo un despliegue de técnica y virtuosismo. La cara A del disco se cierra con el single Limelight, un tema engañoso, puesto que parece muy accesible y comercial, pero que realmente es una composición bastante compleja. Una buena muestra de lo que os decía por ahí arriba de la capacidad de la banda de hacer que lo difícil parezca fácil.

La cara B se abre con la canción más larga del disco: The Camera Eye, una mini-suite de casi 11 minutos, llena de pasajes instrumentales, cambios de ritmo y melodías asincopadas donde predominan los teclados de una manera muy efectiva. Le sigue Witch Hunt, un tema tenebroso, extraño y experimental con unas letras muy interesantes y atemporales. El disco se cierra con Vital Signs, un corte muy influenciado por el reggae, pero con el toque de Rush que le da un enfoque muy particular. En conjunto es un disco que a priori parece accesible, pero que esconde una complejidad muy estudiada y que va ganando matices con cada nueva escucha.

Podría extenderme más, pero lo mejor de la música no es que alguien te cuente como suena, lo mejor es escucharla, así que sin más preámbulos os dejo con el link del disco entero en YouTube y Spotify (por si os ha interesado lo suficiente mi chapa).
Por supuesto me encantará conocer vuestras opiniones si le dais una escucha, ¡Un saludo!.

Dan Seagrave – Arte y música extrema

He tenido un verano bastante extremo y metalero a nivel musical y todo ello a raíz de una conversación sobre música con un buen colega, en la que ambos descubrimos que en nuestra juventud escuchábamos los mismos grupos y en la que los géneros más extremos salieron a la palestra, sobresaliendo entre ellos uno en particular: El Death Metal.

Este género se caracteriza por composiciones muy técnicas y rápidas, voces guturales, guitarras con afinaciones bajas y sonido muy distorsionado, además de baterías agresivas llenas de doble bombo y blast beats. La temática de sus letras suele ser muerte, destrucción, satanismo, historias de terror, etc… Ya veis, una maravilla y un sonido que puede volver loco o ahuyentar a quién no lo haya escuchado nunca.

Reconozco que de vez en cuando me gusta machacarme los tímpanos con este estilo, sobre todo porque me encantan las canciones con múltiples cambios de ritmo, riffs variados y técnicos y cierta agresividad. Ahora entiendo y disfruto esta música de una manera más analítica, pero cuando era chaval la vivía visceral e intensamente. No concebía el metal sin esa dosis de agresividad. Empecé como muchos de mi generación escuchando bandas de Thrash Metal como Megadeth, Overkill, Slayer o Metallica y cuando ya no eran suficientes los niveles de dureza que ofrecían, la cosa fue derivando a otros sonidos más duros, como los que proveían los texanos Pantera o los brasileños Sepultura, pero esto es como todo, uno siempre quiere más, así que acabé por escuchar bandas más extremas como Death, Morbid Angel, Deicide, Cannibal Corpse, Obituary… pero no pasé de ahí, perdí el interés durante varios años y no continué explorando, pero hay estilos mucho más duros y extremos.

Os preguntaréis a qué vendrá esta historia sobre mis gustos musicales y qué tiene que ver con el arte… pues bien, repasando este verano los discos más icónicos de este género de música, me di cuenta que en muchos de ellos las portadas estaban firmadas por el mismo artista, un tal Dan Seagrave e investigando un poco su arte, me di cuenta de que el tío es una pasada y hoy os lo quiero descubrir a los que no lo conozcáis.

The Erosion of Sanity.

Mundos de pesadilla.

Dan Seagrave nació en Worksop cerca de Nottingham (Reino Unido) en 1970. Es un artista autodidacta, cuyas composiciones se caracterizan por ser muy detalladas y oscuras. Paisajes desolados, extrañas criaturas antropomorfas y monstruosidades varias pueblan sus trabajos. Mundos que parecen salidos de los relatos de Lovecraft o directamente de las pesadillas de Zdzisław Beksiński. Tras abandonar Bellas Artes después de cursar un año, su carrera profesional comenzó casi por accidente cuando algunas de sus ilustraciones llegaron por casualidad a Earache Records y Roadrunner, discográficas especializadas en música extrema. A partir de ahí su carrera y la de las algunas bandas clásicas de Death Metal van de la mano, emergiendo de las sombras lentamente.

Souls to Deny.

Su arte esta asociado en el imaginario metalero a bandas como Morbid Angel,  Malevolent Creation, Entombed, Suffocation, Gorguts Pestilence entre otras. Y es que sus mundos de pesadilla parecen ilustrar muy bien lo que esos grupos quieren comunicar con su música y letras.

Sus influencias van desde El Bosco a Piranesi, pasando por pintores románticos como Caspar David Friedrich o Henry Fusseli. Arquitectos como Gaudí o Frank Gehry e ilustradores se perspectivas imposibles como M. C. Escher o “biomecánicos” como H. R. Giger. Detalles de estos artistas se pueden observar en sus extrañas y ruinosas arquitecturas, en el surrealismo y onirismo de sus escenas y sobre todo en la oscuridad que proyectan. También detecto cierta influencia del norteamericano Ivan Albright, el maestro del Realismo Mágico macabro.

Cuenta en su página web que la creación de algunas de sus pinturas se convierte en un esfuerzo titánico muchas veces, llevándole en algunos casos todo un año de trabajo.

And Time Begins.
Considered Dead / … and Then Comes Lividity.

Realismo oscuro.

Al observar algunas de sus ilustraciones, uno no puede evitar sentir cierta sensación de desasosiego y terror. Son mundos descarnados, moribundos y apocalípticos, poblados por criaturas monstruosas e imposibles y humanos despojados de todo rasgo, como meras sombras o cuerpos vacíos. Parece como si el artista nos quisiera transmitir la alienación y vacuidad del ser humano, lo tristemente vacíos y solos que nos encontramos en esta sociedad igualmente vacía y carente de profundidad en la que la apariencia lo es todo.

Demented Perception.
Untitled.

Arquitecto de la devastación.

Las estructuras que aparecen en sus ilustraciones son siempre laberínticas y ruinosas. Quizá con esto nos quiere decir que bajo la fachada de belleza y perfección tan anhelados por el ser humano, se esconde un mundo devastado y lleno de fealdad. Como si al igual que nosotros, el propio universo llevara una máscara para hacernos más llevadera la existencia. Un universo en el que el caos es la norma, no la excepción. Es como si estuviéramos atrapados en la mente de un dios loco, un demiurgo psicópata que se deleita engañándonos continuamente, disfrazando la realidad para seguir exprimiéndonos.

Skin Town.
None Survive the Sun.

Surrealismo macabro.

Creo que a Seagrave se le podría enmarcar dentro del surrealismo, pero uno muy macabro y oscuro. Sus escenas oníricas parecen pesadillas, son paisajes y situaciones imposibles, pero la fuerza que transmiten sus imágenes, unida a los colores que elige para plasmarlas, provocan la sensación de que cualquiera de nosotros podría visitar estos mundos en sueños. Otro aspecto a destacar es la sensación de movimiento e inmovilidad a la vez. Esta afirmación es contradictoria lo sé, pero me pasa observando sus ilustraciones, es difícil de explicar.

Clandestine.
Mind Reflections.
Like an Everflowing Stream/Eternity Reflections.
Penetralia.

Bueno pues hasta aquí la entrada de hoy, espero que os haya gustado. A mí me parece un arte interesante y ciertamente evocador, pero que al igual que la música extrema, no es para todos los públicos. ¿Qué os parece este tipo de arte? ¿Habéis escuchado alguna vez Death Metal? Ya sabéis que me encantan vuestros comentarios.

Os dejo el link de la página de autor, donde podéis ver todas sus ilustraciones y para los curiosos de como suena el Death Metal, os dejo un par de videos de grupos famosos.

Un saludo.