En 1617 y de la mano de Michael Maier, apareció un libro imposible: La fuga de Atalanta (Atalanta Fugiens). No era un tratado alquímico al uso, sino un artefacto hermético en el sentido más literal, pues une palabra, imagen y música en una experiencia total. Un diálogo enigmático que parece haber sido concebido para el deleite de los iniciados y la confusión de los profanos.
Michael Maier, médico, alquimista y músico, publicó este libro en Oppenheim, en pleno corazón del Sacro Imperio, bajo el mecenazgo de un tiempo y un ambiente muy precisos. La obra se inscribe en el movimiento espiritual rosacruz que floreció en los principados alemanes a comienzos del siglo XVII, ese hervidero de manifiestos, símbolos y promesas de renovación universal que agitó Europa durante unos años febriles. No es casual que el editor fuera Theodor de Bry, vinculado a la difusión de las corrientes esotéricas, ni que los grabados fueran obra de Matthäus Merian, maestro de las imágenes visionarias. Todos ellos trabajaron en un clima intelectual que respiraba la atmósfera de sociedades secretas, esperanzas mesiánicas y un renacimiento del hermetismo.
La estructura del libro es tan fascinante como su contexto: cincuenta emblemas, y cada uno de ellos compuesto por tres partes inseparables. Primero, una imagen grabada que condensa un enigma visual en clave alquímica o mitológica; después, un epigrama en verso latino que formula la lección oculta con brevedad lapidaria; y finalmente, una fuga musical a tres voces, que podía ser interpretada en clave instrumental o cantada. El lector, convertido en intérprete, debía pasar de mirar a leer y de leer a escuchar, entrando así en una cadena de correspondencias donde el conocimiento no se entendía solo con la razón, sino con todos los sentidos.
En el centro simbólico del libro está la figura de Atalanta, la heroína de la mitología griega que solo pudo ser vencida en carrera con la astucia de Hipómenes y las manzanas doradas de Afrodita. Maier convierte esa persecución mítica en metáfora de la búsqueda alquímica: la velocidad de lo femenino y lo natural, la astucia de lo masculino y lo espiritual, y la necesidad de reconciliar contrarios para alcanzar la unidad.
Algunos emblemas muestran con claridad este juego de oposiciones. En uno de los más célebres, el Sol y la Luna aparecen entrelazados como símbolos del oro y la plata, de lo masculino y lo femenino, que deben unirse para dar nacimiento a la Piedra Filosofal: una imagen que es al mismo tiempo cosmológica y erótica. Otro emblema recurre al lenguaje de la putrefacción —el nigredo alquímico— mostrando figuras que recuerdan la corrupción de la carne junto a signos de renovación, como advirtiendo que la vida nueva solo surge de la muerte previa. La serpiente ouroboros, mordiéndose la cola, refuerza esa idea de ciclo eterno en el que el fin es también un comienzo. Y quizás el más desconcertante sea el del dios Bóreas, representado embarazado: fuerza del viento que destruye y fecunda, imagen del azufre alquímico, principio ardiente y vital de la transmutación.
Lo extraordinario de La fuga de Atalanta es que no ofrece un único nivel de lectura. Puede ser contemplado como una galería de arte en miniatura, como un cancionero de polifonías, como un poema alquímico o como un tratado filosófico. Pero lo más valioso ocurre en la conjunción: al leer el epigrama mientras se mira la imagen y se escucha la fuga, el lector percibe algo más, una vibración que es estética y espiritual al mismo tiempo. En esto, Maier anticipa lo que siglos después se llamaría “obra de arte total”, pero con un propósito alquímico.
En su trasfondo late la corte de Rodolfo II en Praga, con su fascinación por lo oculto, sus gabinetes de curiosidades, sus astrónomos y alquimistas. Maier, como tantos otros, fue atraído por esa atmósfera, y Atalanta Fugiens puede leerse como la cristalización artística de un momento en que Europa creyó que el saber oculto podía transformar el mundo.
Cuatro siglos después, el libro sigue siendo un enigma fascinante. No se trata de “entenderlo” del todo —quizá nunca se pueda—, sino de dejarse arrastrar por su juego de símbolos, por la extraña armonía entre la música y la imagen, por la intuición de que lo hermético también podía ser bello. La fuga de Atalanta es un monumento a la imaginación hermética: una invitación a correr junto a Atalanta, a perseguir un secreto que siempre se escapa, pero que en su fuga nos revela la profundidad de nuestro deseo de saber.
La editorial Atalanta tiene una edición (descatalogada por desgracia) de esta obra que es una auténtica joya.
Os dejo además un link de una web en la que aparecen las ilustraciones originales en color.
Stalker no es una película que avanza apoyada en la arquitectura del argumento, en la progresión clara de los hechos o en la lógica que los enlaza. Stalker se desplaza por otra vía. Propone una experiencia perceptiva antes que narrativa, una forma de mirar que se instala en la respiración y la modifica. Cada plano exige una disposición interior distinta, una quietud que permita que la imagen se despliegue con toda su duración. Desde los primeros minutos se percibe que la película funciona como un poema expandido: la cadencia no depende del verso, sino del tiempo que la cámara concede a la materia.
El mundo exterior aparece bañado por un sepia denso, casi terroso, que impregna el aire de una fatiga silenciosa. La erosión que se percibe en ese entorno no procede del desgaste físico, sino de un agotamiento más hondo, como si la realidad hubiera extraviado el impulso que la sostenía. Las fábricas, los muros desconchados, los bares en penumbra, los corredores interminables, configuran un espacio donde el tiempo parece haberse espesado. La limitación cromática no responde a una elección meramente estética; transmite una atmósfera moral. Todo comparte la misma temperatura, la misma vibración apagada. El sepia opera como una memoria sedimentada: el mundo continúa, aunque su energía interior se haya vuelto opaca.
El trayecto en la vagoneta constituye uno de los momentos decisivos de la película. Más que un desplazamiento físico, funciona como un rito de transformación perceptiva. Tarkovski prolonga el plano hasta que el traqueteo metálico adquiere una cualidad hipnótica; la cámara se acerca a los rostros, registra las vibraciones mínimas, deja que el sonido irregular de los raíles invada la escena. El montaje ralentiza la expectativa narrativa y desplaza la atención hacia la duración misma del viaje. Cuando el color irrumpe, el espectador ya ha atravesado una mutación casi orgánica. La Zona todavía permanece fuera de campo, y sin embargo su presencia comienza a sentirse como una presión invisible que reorganiza la mirada.
La entrada en la Zona intensifica ese desplazamiento. El paso al color se experimenta como una expansión de la profundidad visual. La luz se vuelve húmeda, las superficies adquieren relieve táctil, el agua asume un protagonismo que desborda su función paisajística. Tarkovski filma charcos, metales oxidados, hierbas inclinadas por el viento con una paciencia que transforma cada elemento en portador de memoria. La materia registra el tiempo como si lo absorbiera. La cámara se desliza en travellings prolongados que recorren el agua con una lentitud casi ritual, invitando a contemplar lo que suele pasar inadvertido. El color no embellece: revela capas latentes de realidad.
Esa transformación se sostiene en una ética del plano largo. Tarkovski mantiene la imagen más allá de la expectativa dramática convencional, permitiendo que el espectador habite el encuadre. El movimiento pausado, la composición precisa y la atención al sonido ambiente construyen una sensación de vigilia continua. Los restos industriales, semisumergidos entre vegetación y agua, aparecen como vestigios recientes de una tecnología detenida, elevados a la condición de reliquias. La Zona conserva lo que el exterior ha desatendido y lo integra en una nueva configuración simbólica.
La música de Eduard Artemyev amplifica este estado sin imponerse. Su tema principal, construido con sintetizadores y timbres metálicos procesados electrónicamente, introduce una vibración flotante que parece emerger del propio territorio. El sonido no subraya la acción; crea una atmósfera suspendida que prolonga la experiencia visual. Cuando la música se retira, el silencio adquiere densidad, como si el espacio mismo respirara.
Los tres viajeros penetran en la Zona cargando sus propias tensiones. El Stalker avanza con una fe frágil y urgente, sostenida por la necesidad de que el lugar conserve su potencia reveladora. El Escritor oscila entre la ironía y el temor de enfrentarse a la raíz de su impulso creativo. El Profesor encarna la racionalidad inquieta ante un espacio que escapa a toda formulación estable. En sus diálogos, Tarkovski desplaza la discusión hacia el territorio del deseo y la responsabilidad moral, evitando cualquier definición cerrada.
La película rehúye explicaciones sobre el origen o las reglas de la Zona. Esa reserva forma parte de su coherencia interna. El espacio parece reorganizarse, responder a la actitud de quienes lo atraviesan, reflejar zonas ocultas de la conciencia. La Zona actúa como una superficie de resonancia: amplifica aquello que cada visitante lleva consigo. La experiencia culmina en la habitación de los deseos, donde la promesa de cumplimiento se convierte en exposición interior. Allí emerge la pregunta decisiva: ¿qué deseo habita en el fondo, más allá de la voluntad consciente?
El umbral se vuelve insoportable porque obliga a enfrentarse a esa raíz. La belleza del espacio no ofrece consuelo; intensifica la introspección. La travesía, que comenzó como exploración de un territorio externo, desemboca en una confrontación íntima.
En la secuencia final, la hija del Stalker desplaza lentamente los vasos sobre la mesa mientras suena un fragmento de Ludwig Van Beethoven. El gesto ocurre con una naturalidad casi doméstica. La frontera entre la Zona y el mundo cotidiano se ha vuelto porosa. La transformación no necesita espectacularidad; se manifiesta como una variación sutil en la textura de lo real. La película concluye sin clausura, dejando abierta la impresión de que el desplazamiento ha afectado a la estructura misma del mundo.
Stalker, dirigida por Andrei Tarkovski en 1979, permanece en la memoria como una experiencia que continúa expandiéndose. Cada visionado reactiva matices nuevos, como si la película contuviera una reserva inagotable de tiempo. Sus imágenes no se orientan hacia una explicación, sino hacia una intensificación de la percepción. La Zona se ofrece como clima antes que enigma. Y esa atmósfera, una vez interiorizada, modifica la manera de mirar el exterior, que comienza a revelarse con una profundidad inesperada.
Entre los libros más extraños del Renacimiento, pocos poseen el poder de fascinación del Sueño de Polífilo (Hypnerotomachia Poliphili) [1], atribuido al fraile dominico Francesco Colonna [2] y publicado en Venecia en 1499 en la imprenta de Aldo Manuzio. No se trata de una novela en el sentido moderno, ni tampoco de un simple tratado alegórico, sino de un híbrido inasible: un sueño impreso que convierte el acto de leer en un viaje iniciático por un mundo de jardines imposibles, templos paganos y edificios descritos con la minuciosidad de un arquitecto obsesivo. Desde sus primeras páginas el lector entiende que no se encuentra ante una narración convencional, sino ante un texto que exige ser habitado como se habita un sueño.
La trama es casi un pretexto. Polífilo, el soñador, persigue a su amada Polia en un periplo que atraviesa paisajes fantásticos, rituales arcaicos y escenas mitológicas. Pero la línea argumental, tenue como un hilo de humo, se disuelve pronto en lo que constituye la verdadera esencia del libro: la descripción. Columnas corintias, fuentes talladas, inscripciones en latín y griego, arcos triunfales, pirámides, jardines geométricos y exóticas bestias heráldicas se suceden en un inventario exuberante. Polífilo nombra cada material, cada proporción, cada ornamento, como si el sueño fuera al mismo tiempo catálogo y enciclopedia. El efecto es doble: por un lado, abruma con su exceso; por otro, envuelve al lector en una atmósfera hipnótica, como esos sueños donde los detalles se multiplican sin fin y lo esencial parece siempre posponerse.
Este torrente descriptivo no es neutro: responde a una idea central que atraviesa toda la obra. El deseo de Polífilo por Polia se desdobla en clave alegórica: es amor erótico, sí, pero también ansia de belleza y de conocimiento. El eros se convierte en fuerza iniciática, y el viaje del protagonista es también un rito de paso hacia un saber secreto. Cada templo que atraviesa, cada procesión, cada escena pagana tiene una doble lectura: por un lado, celebra el gozo sensual y la exaltación del cuerpo; por otro, es metáfora de la unión con la idea platónica de la Belleza. El libro entero se mueve en esa frontera entre lo erótico y lo filosófico, entre el mito pagano y el neoplatonismo cristianizado que dominaba el humanismo florentino.
Las fuentes de Colonna son múltiples: Dante, Petrarca y Boccaccio inspiran la voz confesional; Vitruvio y Alberti, el repertorio arquitectónico; Apuleyo y Macrobio, la dimensión onírica y filosófica; Horapolo los conocimientos de simbología. Y aunque no lo cite expresamente, la presencia de Ovidio se deja sentir en el trasfondo mitológico: transformaciones, dioses y ninfas que pueblan las visiones de Polífilo parecen emerger del venero inagotable de las Metamorfosis.
El resultado es mucho más que una narración fantástica: el Sueño de Polífilo funciona como una enciclopedia humanista disfrazada de sueño. A la erudición literaria se suman conocimientos precisos de arquitectura, jardinería, epigrafía, numismática y simbología, desplegados con el rigor de un tratado y la imaginación de una fábula. El autor domina lenguas clásicas, recurre al neoplatonismo y a la tradición hermética, e inventa incluso neologismos para dar forma a lo inefable. Todo ello convierte el libro en un compendio del saber renacentista, un gabinete de disciplinas articuladas en forma de enigma onírico.
No menos importante es el objeto-libro. La edición de 1499, célebre por la tipografía refinada de Manuzio y sus más de 170 xilografías, es una de las cumbres del arte editorial. Las ilustraciones no solo decoran sino que prolongan el texto y lo acompañan en su carácter de catálogo visual. Ver El sueño de Polífilo es tan importante como leerlo. El lector contemporáneo que se acerque a sus páginas no debería pensar solo en la historia, sino en la experiencia total: texto, imagen y tipografía formando un artefacto único.
Algunos estudiosos han llegado incluso a invertir la jerarquía del libro: las ilustraciones serían lo esencial, y el texto un mero acompañamiento para descifrarlas. Bajo esta mirada, el Sueño de Polífilo no sería tanto una novela alegórica como un enigma visual, un repertorio de símbolos destinados a iniciados capaces de leer más allá de las palabras, descubriendo en las imágenes el verdadero código oculto.
La dificultad del libro, escrito en un estilo híbrido que mezcla italiano, toscano, latín, griego y hasta neologismos inventados, no es un obstáculo sino parte de su hechizo. Esa lengua barroca y oscura contribuye a la sensación de hallarse en un sueño cifrado, como si el propio lenguaje fuera una clave hermética. No sorprende que durante siglos el texto haya sido considerado casi ilegible, reservado a bibliófilos y curiosos, y que solo en el siglo XX, con nuevas traducciones y estudios, comenzara a ser valorado como un monumento de la imaginación renacentista.
Lo más asombroso es cómo El sueño de Polífilo fue dejando huellas dispersas en la tradición. Rabelais lo menciona en las Historias de Gargantúa y Pantagruel (1532-34), al evocar el carácter hermético de los jeroglíficos. Siglos más tarde, Umberto Eco lo integra en La misteriosa llama de la reina Loana, donde uno de los protagonistas prepara sobre él una tesis doctoral. Incluso se ha especulado con la posibilidad de que Cervantes llegara a conocerlo, aunque no existe constancia documental. Y en tiempos recientes, el cine lo rescató fugazmente: en La novena puerta de Roman Polanski aparece citado como uno de esos volúmenes malditos que custodian un secreto indescifrable. Estas apariciones confirman que, más allá de su difícil lectura, el libro se convirtió en un símbolo persistente: un texto enigmático que parecía reclamar siempre una nueva interpretación.
La lectura de este libro es exigente. No se avanza como en una novela de intriga, sino que se deambula por sus páginas como quien recorre un jardín renacentista lleno de fuentes, estatuas y galerías. Lo que cautiva no es la resolución de la historia, sino la experiencia de perderse en su mundo, de dejarse arrastrar por su enumeración infinita. Es un libro que no se entiende del todo, y quizá esa sea su mayor virtud: recordarnos que el conocimiento y el amor —los dos motores de Polífilo— no se conquistan con claridad absoluta, sino a través de símbolos, desvíos y excesos.
Un aspecto intrigante de este libro es la cuestión de su origen: ¿se trata del recuerdo literario de sueños reales, o de un artificio narrativo que adoptó la forma onírica como vehículo? La crítica coincide en que lo segundo es lo más probable. El sueño, en la tradición renacentista, era un instrumento privilegiado para explorar lo inefable: permitía mezclar lo erudito y lo fantástico, lo pagano y lo cristiano, lo sensual y lo espiritual, sin tener que dar explicaciones racionales. El autor parece haber diseñado un sueño literario a conciencia, lleno de referencias a otros autores, y al mismo tiempo cargado de imágenes tan potentes que no cuesta imaginar que pudieran brotar de la experiencia onírica personal. El resultado es un híbrido único: un sueño (dentro de otro sueño) demasiado preciso para ser espontáneo, pero demasiado visionario para ser solo un ejercicio libresco.
El sueño de Polífilo no es un texto para resolver, sino para habitar. Es un sueño impreso en papel veneciano, un monumento renacentista que sigue irradiando ecos en la literatura contemporánea. Su verdadero sentido está en la experiencia misma de atravesar el laberinto: perderse en él, aceptar que la belleza se alcanza también a través del exceso, y descubrir que lo onírico puede ser una forma tan fiel —y acaso más profunda— de conocimiento que la vigilia. Tal vez esa sea su verdad más perdurable: recordarnos que los sueños, a veces, saben más que nosotros.
[1] Título completo: Hypnerotomachia Poliphili, ubi humana omnia non nisi somnium esse docet, atque obiter plurima scitu sane quam digna commemorat. (La lucha de amor en sueños de Polífilo, donde enseña que todas las cosas humanas no son más que un sueño, y de paso, menciona muchas cosas dignas de conocimiento).
[2] Aunque realmente su autor es anónimo, si se toma la primera letra de cada uno de los treinta y ocho capítulos que lo componen, se obtiene la frase acróstica Poliam frater Franciscus Columna peramavit (El hermano Francesco Colonna amaba mucho a Polia), razón por la cual se le atribuye a éste su autoría.
Hace algún tiempo publiqué una entrada analizando tres pinturas de René Magritte. En aquella entrada (que podéis leer aquí), hablaba un poco sobre su arte y elegí tres de mis pinturas favoritas para analizar qué sensaciones me producían, esta vez por diversión, voy a repetir el experimento, solo que en esta ocasión he elegido tres pinturas al azar.
Hay pocas cosas en esta vida que encuentro más inquietantes que las pinturas de Magritte. Sombrías, perturbadoras y melancólicas, tienen una extraña habilidad para alterar mi sentido del tiempo, el espacio y la percepción de la realidad.
Lo que más me gusta de Magritte es su capacidad de provocarnos con imágenes cotidianas, su intención es que el observador cambie su percepción precondicionada de la realidad y que aprenda a observarla con una mirada metafísica. De algún modo, intenta sacar al observador de los patrones de pensamiento habituales, modificando algo que se da por sentado y mostrando lo extraña que es o puede llegar a ser la realidad.
En 1956 en una entrevista en TV, Magritte declaraba esto sobre sus intenciones artísticas al hilo del análisis de una de sus obras: Para mí, el concepto de una pintura es una idea de una cosa o muchas cosas que mi pintura puede hacer visibles… La idea no es visible en la pintura: una idea no se puede ver con los ojos. Lo que se representa en una imagen es lo que es visible a los ojos; son los elementos que se necesitan para la idea. Entonces lo que se representa en L’empire des lumières son las cosas que me dieron la idea, es decir, un paisaje nocturno y un cielo que vemos a plena luz del día… esta evocación de la noche y el día me parece dotada del poder de sorprender y encantarnos. A este poder lo llamo: poesía. Así que, a la mirada metafísica, también podríamos añadirle la búsqueda de una mirada poética de la realidad cotidiana.
La obra de la que hablaba en la cita es ésta que os muestro a continuación, en la que podéis ver como el artista nos hace dudar de la realidad, mezclando dos conceptos aparentemente antagónicos como son el día y la noche en un entorno ordinario.
L’empire des lumières (1950).
También sería interesante destacar que en las obras del pintor belga siempre hay una dimensión psicológica, algo así como un buceo hacia las profundidades del inconsciente y su interacción con la realidad y con el lenguaje, éste último es el que de alguna manera, nos permite ordenar la realidad para poder habitarla. Él mismo describía esa búsqueda en estos términos: En el curso de mí investigación, tuve la certeza de que el elemento a descubrir, la característica única que reside oscuramente en cada objeto, siempre me era conocida de antemano, pero que mi conocimiento sobre él estaba, por así decirlo, oculto en las profundidades de mi pensamiento. Como mi investigación tenía necesariamente que llegar a una única respuesta correcta para cada objeto, ésto me llevó a tratar de encontrar la solución del problema con tres puntos de referencia: el objeto, el “algo” vinculado a él en la oscuridad de mi conciencia y la luz a la que ese “algo” tenía que ser llevado.
Después de leer esta declaración podríamos deducir que más que los objetos ordinarios, los dobles, las imágenes especulares, las inversiones inescrutables o las figuras inmóviles, lo que en realidad nos desorienta y desconcierta en las obras meticulosamente terminadas de Magritte, es su perpetua búsqueda de la esencia del objeto mediante un esfuerzo mental y la representación de esa esencia intuida en toda su inevitable oscuridad. A diferencia del lenguaje, en la pintura, no siempre impera la metáfora, pero cuando esto sucede, nos encontramos en un mundo hiperbólico y algunas veces de pesadilla, que parece haber perdido toda conexión con la realidad.
Bueno, dicho todo esto vamos a empezar con el análisis de las tres obras de Magritte, ejercicio que espero que vosotros y vosotras también hagáis porque creo que es sumamente interesante, divertido y relajante. Podéis dejarme vuestras impresiones en comentarios si os apetece.
El cheque en blanco (1965).
El cheque en blanco (Le blanc-seign) es todo un asalto a los sentidos, además de ser un buen ejemplo de cómo la mente es capaz de construir lo imposible para darle coherencia a la realidad que nos rodea. Aquí podemos ver a una mujer montando un caballo en un bosque, pero algo no encaja, ambos están diseccionados y mezclados con el entorno, como si hubiera fallos en el continuo de la realidad. Magritte se sirve de la oclusión para esconder unas imágenes con otras, creando un efecto desconcertante, sobre todo en una de las patas traseras del caballo, que está simultáneamente detrás y delante de los árboles. Mirando esta pintura no tenemos forma de saber sí los árboles están realmente delante del jinete y su caballo o viceversa, es muy desconcertante, pero también es un desafío para la mente y la percepción.
Me pregunto al verla, cómo sería la percepción si en lugar de una pintura bidimensional, estuviera construida en 3 dimensiones. ¿Se desentrañaría el misterio que ofrece o crearía más desconcierto? Pero se me ocurre llevarlo un poco más allá, imaginemos que estamos paseando tranquilamente por un bosque y vemos esto… imagino la primera sensación de irrealidad y después nuestro cerebro intentando ordenar toda la información para decirnos (tranquilizarnos) a nosotros mismos, que lo que hay ahí es una mujer montando a caballo entre unos árboles, pero no, las leyes de la naturaleza no se están cumpliendo y la realidad se ha distorsionado (o quizá nosotros estemos descendiendo hacia la locura). Estamos ante lo imposible. Eso es lo que busca Magritte con su arte, sorprendemos constantemente, porque lo creamos o no, un encuentro con lo extraño puede suceder en cualquier momento.
Le lieu commun (1964).
Esta pintura me recuerda a otra con la misma temática, en la que también juega con los planos y las percepciones. En ella podemos ver a su icónico hombre del sombrero simultáneamente desde dos perspectivas distintas y en el fondo vuelve a aparecer ese misterioso bosque. La pintura se titula El lugar común, y puede parecer un intento un poco naif de representar esas dos dimensiones o puntos de vista, pero admitámoslo, aquí hay mucha genialidad, esta pintura al igual que la anterior, tiene el poder de perturbarnos y maravillarnos con su rareza.
Intentando lo imposible (1928).
Al ver esta pintura lo primero que pienso es en el mito de Pigmalión. La historia del artista que enamorado de su creación anhela darle vida (en su caso mediante la intervención divina de la diosa Afrodita). Quizá Magritte nos quiere decir lo mismo, el título parece darnos pistas: Intentando lo imposible. ¿Qué es lo imposible aquí? ¿Está intentando crear algo vivo mediante sus pinceles o simplemente es un simulacro de vida? ¿Qué o quién es esa mujer?.
Esta pintura y lo que representa puede estar abierta a muchas interpretaciones. La mujer puede ser simplemente una imagen pintada, una modelo viva, una estatua sólida, o quizás simplemente una representación de los deseos del pintor. ¿Es una figura bidimensional, tridimensional o alucinatoria? ¿Es un truco de magia o una ilusión en la propia mente del artista? ¿Es una especie de milagro o simplemente una metáfora?.
El pintor del cuadro es el propio Magritte y obviamente está intentando lo imposible, pintar algo en el aire. Pero hay un detalle que es bastante inquietante… la mujer, al igual que el pintor, proyecta sombra y eso nos señala la solidez de su cuerpo. Quizá no está pintando a la mujer en el aire, sino que la está borrando, haciéndola desaparecer… sea lo que sea, es perturbador.
Pero por otra parte quizá no haya ningún misterio metafísico, ya que Magritte no es muy dado a pintar visiones ni situaciones oníricas, es el más realista de los surrealistas, así que quizá solo sea una alegoría de la creación artística, una muy literal además: un pintor que pinta a un pintor pintando a una mujer. Eso es lo que hacen los pintores ¿no? Pintar y de algún modo perpetuar esas imágenes, convertir una idea, un recuerdo o una sensación en algo físico. Para mí esa es la verdadera alquimia, transmutar lo inmaterial en libros, esculturas, melodías, pinturas…
Si esta segunda interpretación es la correcta, lo cierto es que el pintor consigue transmitirlo con una pintura realmente sencilla y directa y quizás eso sea lo que la hace tan subversiva.
Los paseos de Euclides (1955).
Aquí tenemos otro de los temas recurrentes del pintor belga: las pinturas sobre pinturas. En esta ocasión vemos el panorama de una ciudad con una torre cónica en primer plano y una gran avenida que simula ser otra torre o viceversa. Magritte crea una ilusión óptica muy ambigua, ya que tanto la panorámica de la ventana como la del lienzo supuestamente coinciden.
Pero la pintura frente a la ventana, puede reproducir la realidad oculta u ocultarla y alterarla. Lo que parece posible o incluso evidente, puede ser en realidad una ilusión engañosa y surgen múltiples posibilidades a medida que uno piensa más allá de lo inmediatamente obvio. Quizá el pintor del lienzo lo puso frente a la ventana para mostrar su habilidad para crear copias exactas de la realidad. Quizá el propósito del lienzo era ocultar una realidad indeseable y sustituirla por otra más atractiva o tal vez no hay ningún lienzo y lo que vemos es simplemente una vista desde una ventana a través de un cristal transparente. Para rizar el rizo, creo que sería interesante poder ver como Magritte pinta esta panorámica delante de esa panorámica, como en su pintura La clairvoyance, de la que existe una foto del autor mientras la pinta, creando un efecto paradójico muy interesante.
La clairvoyance, (1936).
Y por último, aunque la mención de Euclides en el título parece fuera de lugar, puede leerse como un comentario sobre la estrecha relación entre la pintura y la geometría proyectiva, un tipo de geometría no euclidiana, pero que puede tratarse como euclidiana.
Títulos de las pinturas y localización:
– Le empire des lumières (1950) MOMA Museum of Modern Art, New York.
– Le blanc-seign (1965) National Gallery of Art, Washington D.C.
– Le lieu commun (1964) Colección privada.
– Tentative de l’impossible (1928) Toyota Museum of Art, Toyota.
– Les promenades d’Euclide (1955) Minneapolis Institute of Art.
La Primera Guerra mundial tuvo un efecto devastador para el continente europeo y en especial para el Imperio Alemán, ya que fue derrotado y posteriormente humillado en Versalles, provocando una reacción en cadena que llevaría a los nazis al poder, desembocando años después en otra guerra mundial aún más salvaje y destructora.
Fue una época dura en la que el Imperio alemán pasó a convertirse en la República de Weimar. Una época de inflación desmedida, pobreza rampante, disturbios y violencia política. Pero también una época de gran efervescencia cultural. Fue en aquellos tiempos cuando surgieron algunas de las mejores obras literarias del siglo XX, apareció la Bauhaus, se desarrolló el cine, el Jazz inundó los cabarets y los tugurios de Berlin y también nacieron multitud de movimientos artísticos como el expresionismo y la Nueva objetividad. Es en esta última corriente pictórica donde se movió nuestro protagonista de hoy; Otto Dix.
A la belleza (Autorretrato), 1922. Museo Von der Heydt, Wuppertal.
Retratando la fealdad
Otto Dix fue uno de los principales referentes de la Nueva objetividad, una forma de realismo descarnado que distorsiona las imágenes para enfatizar la fealdad. El arte de Dix es brutal, satírico y provocador; experto en despojar a la realidad de todo lo bello, para mostrar esa fealdad ante la que el ser humano mira hacia otro lado, intentando sin exito negar su existencia.
El punto de inflexión en su vida fue su experiencia en combate durante la Primera Guerra Mundial. Lo que vivió en los campos de batalla le marcó profundamente y buena parte de esos traumas quedaron reflejados en sus obras posteriores.
La guerra, 1932. Albertinum – Staatliche Kunstsammlungen. Dresden.
En su tríptico “La guerra” pintado entre 1929 y 1932 se puede ver muy bien reflejada la destrucción y el horror que provocan las batallas, sembrando de muerte campos y ciudades.
Contemplando esta pintura, uno puede sentir de alguna manera la desesperación, la ansiedad y el miedo que sintió el artista cuando estuvo luchando en aquellas trincheras y también su deseo de exorcizar esos fantasmas. Me parece una de las representaciones artísticas de la guerra más brutales que existen.
Soldado herido, 1924.
Prager straße 1920. Staatsgalerie Stuttgart, Stuttgart.
Tras la guerra, probablemente sufrió estrés postraumático, algo que también acabo por influir en su percepción de la realidad y en su desencanto con la sociedad degradada que había surgido entre las ruinas de la contienda.
Es en esa época cuando Dix pinta algunos de sus cuadros más famosos, retratando prostitutas y soldados lisiados mendigando por las calles alemanas. Y lo hace de una manera totalmente original; sus pinturas son como caricaturas, pero no son divertidas, ya que su objetivo es provocar malestar. Además esa serie de personajes grotescos, eran un recordatorio de los horrores de la guerra y de la gran desigualdad social y decadencia moral de la Alemania de los años 20.
Los jugadores de Skat, 1920. Alte Nationalgalerie, Berlin.
Lisiados de guerra, 1920.
Enemigo de los nazis
Dix, como otros tantos artistas de la época, fue perseguido y defenestrado por el regimen nazi. Nada más llegar éstos al poder, fue despojado de su cátedra en la Academia de arte de Dresden y en 1937 fue considerado un “artista degenerado” ya que su obra no cumplía con los ideales artísticos nazis e insultaba a las fuerzas armadas. Sus obras (unas 260) fueron retiradas de los museos, para ser posteriormente destruidas o vendidas a otros países.
En 1938 fue arrestado por la Gestapo, acusado de participar en un atentado contra Adolf Hitler, por lo que fue encarcelado durante dos semanas. Además en 1945 fue llamado otra vez a filas y desplegado en el frente occidental, donde fue hecho prisionero por los franceses, hasta su puesta en libertad un año después.
Los siete pecados capitales, 1933. Staatliche Kunsthalle Karlsruhe.
Mujer reclinada sobre piel de leopardo, 1927. Johnson Museum of Art, Ithaca.
Metropolis, 1928.
Últimos años
Tras su liberación volvió a Alemania donde continuó pintando, aunque se encontró con que no encajaba en ninguna de las corrientes artísticas que predominaban en las dos Alemanias: el Realismo socialista y el arte abstracto de posguerra. Dix siguió innovando a su manera, pintando con ese estilo tan característico suyo que le valió numerosos reconocimientos en ambos lados del telón de acero. Murió en 1964.
Otto Dix supo crear un estilo propio y reconocibe, combinando su talento y sus influencias renacentistas, cubistas y dadaístas con sus traumáticas experiencias vitales, para entrar en la historia como uno de los pintores más inusuales de su tiempo.
Retrato de la periodista Sylvia von Harden, 1926. Centre Pompidou, Paris.
La loca, 1925. Kunsthalle Mannheim. Mannheim.
Esto es todo, espero que hayáis disfrutado con las pinturas de este artista de lo grotesco. Yo reconozco que su arte me remueve, esa fealdad cruda que retrata tiene cierto magnetismo irresistible. Como por ejemplo en estas dos últimas pinturas: en la primera vemos a la periodista y poeta Sylvia von Harden como el estereotipo ambivalente de la nueva mujer alemana, una representación radicalmente alejada de los cánones femeninos tradiciones, que Dix subvierte para reflejar a una mujer moderna, libre y autónoma y por extensión a toda una época. En la segunda pintura, creo que podemos contemplar una de las representaciones de la locura más geniales y acertadas de la historia de las artes plásticas. ¿Qué os parece? Espero vuestros comentarios y sugerencias. Un saludo.
Os dejo un par de enlaces donde podéis ver más obras del pintor.
He tenido un verano bastante extremo y metalero a nivel musical y todo ello a raíz de una conversación sobre música con un buen colega, en la que ambos descubrimos que en nuestra juventud escuchábamos los mismos grupos y en la que los géneros más extremos salieron a la palestra, sobresaliendo entre ellos uno en particular: El Death Metal.
Este género se caracteriza por composiciones muy técnicas y rápidas, voces guturales, guitarras con afinaciones bajas y sonido muy distorsionado, además de baterías agresivas llenas de doble bombo y blast beats. La temática de sus letras suele ser muerte, destrucción, satanismo, historias de terror, etc… Ya veis, una maravilla y un sonido que puede volver loco o ahuyentar a quién no lo haya escuchado nunca.
Reconozco que de vez en cuando me gusta machacarme los tímpanos con este estilo, sobre todo porque me encantan las canciones con múltiples cambios de ritmo, riffs variados y técnicos y cierta agresividad. Ahora entiendo y disfruto esta música de una manera más analítica, pero cuando era chaval la vivía visceral e intensamente. No concebía el metal sin esa dosis de agresividad. Empecé como muchos de mi generación escuchando bandas de Thrash Metal como Megadeth, Overkill, Slayer o Metallica y cuando ya no eran suficientes los niveles de dureza que ofrecían, la cosa fue derivando a otros sonidos más duros, como los que proveían los texanos Pantera o los brasileños Sepultura, pero esto es como todo, uno siempre quiere más, así que acabé por escuchar bandas más extremas como Death, Morbid Angel, Deicide, Cannibal Corpse, Obituary… pero no pasé de ahí, perdí el interés durante varios años y no continué explorando, pero hay estilos mucho más duros y extremos.
Os preguntaréis a qué vendrá esta historia sobre mis gustos musicales y qué tiene que ver con el arte… pues bien, repasando este verano los discos más icónicos de este género de música, me di cuenta que en muchos de ellos las portadas estaban firmadas por el mismo artista, un tal Dan Seagrave e investigando un poco su arte, me di cuenta de que el tío es una pasada y hoy os lo quiero descubrir a los que no lo conozcáis.
The Erosion of Sanity.
Mundos de pesadilla.
Dan Seagrave nació en Worksop cerca de Nottingham (Reino Unido) en 1970. Es un artista autodidacta, cuyas composiciones se caracterizan por ser muy detalladas y oscuras. Paisajes desolados, extrañas criaturas antropomorfas y monstruosidades varias pueblan sus trabajos. Mundos que parecen salidos de los relatos de Lovecraft o directamente de las pesadillas de Zdzisław Beksiński. Tras abandonar Bellas Artes después de cursar un año, su carrera profesional comenzó casi por accidente cuando algunas de sus ilustraciones llegaron por casualidad a Earache Records y Roadrunner, discográficas especializadas en música extrema. A partir de ahí su carrera y la de las algunas bandas clásicas de Death Metal van de la mano, emergiendo de las sombras lentamente.
Souls to Deny.
Su arte esta asociado en el imaginario metalero a bandas como Morbid Angel, Malevolent Creation, Entombed, Suffocation, Gorguts o Pestilence entre otras. Y es que sus mundos de pesadilla parecen ilustrar muy bien lo que esos grupos quieren comunicar con su música y letras.
Sus influencias van desde El Bosco a Piranesi, pasando por pintores románticos como Caspar David Friedrich o Henry Fusseli. Arquitectos como Gaudí o Frank Gehrye ilustradores se perspectivas imposibles como M. C. Escher o “biomecánicos” como H. R. Giger. Detalles de estos artistas se pueden observar en sus extrañas y ruinosas arquitecturas, en el surrealismo y onirismo de sus escenas y sobre todo en la oscuridad que proyectan. También detecto cierta influencia del norteamericano Ivan Albright, el maestro del Realismo Mágico macabro.
Cuenta en su página web que la creación de algunas de sus pinturas se convierte en un esfuerzo titánico muchas veces, llevándole en algunos casos todo un año de trabajo.
And Time Begins.Considered Dead / … and Then Comes Lividity.
Realismo oscuro.
Al observar algunas de sus ilustraciones, uno no puede evitar sentir cierta sensación de desasosiego y terror. Son mundos descarnados, moribundos y apocalípticos, poblados por criaturas monstruosas e imposibles y humanos despojados de todo rasgo, como meras sombras o cuerpos vacíos. Parece como si el artista nos quisiera transmitir la alienación y vacuidad del ser humano, lo tristemente vacíos y solos que nos encontramos en esta sociedad igualmente vacía y carente de profundidad en la que la apariencia lo es todo.
Demented Perception.Untitled.
Arquitecto de la devastación.
Las estructuras que aparecen en sus ilustraciones son siempre laberínticas y ruinosas. Quizá con esto nos quiere decir que bajo la fachada de belleza y perfección tan anhelados por el ser humano, se esconde un mundo devastado y lleno de fealdad. Como si al igual que nosotros, el propio universo llevara una máscara para hacernos más llevadera la existencia. Un universo en el que el caos es la norma, no la excepción. Es como si estuviéramos atrapados en la mente de un dios loco, un demiurgo psicópata que se deleita engañándonos continuamente, disfrazando la realidad para seguir exprimiéndonos.
Skin Town.None Survive the Sun.
Surrealismo macabro.
Creo que a Seagrave se le podría enmarcar dentro del surrealismo, pero uno muy macabro y oscuro. Sus escenas oníricas parecen pesadillas, son paisajes y situaciones imposibles, pero la fuerza que transmiten sus imágenes, unida a los colores que elige para plasmarlas, provocan la sensación de que cualquiera de nosotros podría visitar estos mundos en sueños. Otro aspecto a destacar es la sensación de movimiento e inmovilidad a la vez. Esta afirmación es contradictoria lo sé, pero me pasa observando sus ilustraciones, es difícil de explicar.
Clandestine.Mind Reflections.Like an Everflowing Stream/Eternity Reflections.Penetralia.
Bueno pues hasta aquí la entrada de hoy, espero que os haya gustado. A mí me parece un arte interesante y ciertamente evocador, pero que al igual que la música extrema, no es para todos los públicos. ¿Qué os parece este tipo de arte? ¿Habéis escuchado alguna vez Death Metal? Ya sabéis que me encantan vuestros comentarios.
Os dejo el link de la página de autor, donde podéis ver todas sus ilustraciones y para los curiosos de como suena el Death Metal, os dejo un par de videos de grupos famosos.
A Paul Delvaux normalmente se le suele enmarcar dentro del surrealismo, aunque él nunca se consideró un surrealista per se. Lo cierto es que su pinturas tienen un aire surreal, pero también onírico, como si se tratase de imágenes congeladas o instantáneas tomadas durante un sueño. Esto es precisamente lo que me atrae de su arte. Sus escenas, normalmente nocturnas parecen representar personajes en actitudes oníricas, es más, incluso en una suerte de metaficcion, parecen representar los sueños de los propios personajes del cuadro. Además de transmitir ese silencio inquietante tan característico de las obras de Giorgio de Chirico. Pensaréis que todo esto es representativo del surrealismo, pero Delvaux tiene algo que lo diferencia del resto.
Otto Lidenbrock por Édouard Riou, 1864.
La serie de pinturas que os presento hoy se titula Las fases de la luna y son tres escenas independientes entre sí, pero que están conectadas por dos elementos: la Luna y un personaje que se repite. En un principio pensé que ese personaje era el propio autor, pero también tenía la sensación de que lo había visto anteriormente en otra parte. Hasta que hace unos días caí en la cuenta de que lo había visto en una vieja edición de Viaje al centro de la tierra de Jules Verneque tengo en casa. Se trata del profesor Otto Lidenbrock, uno de los protagonistas de la novela. Al parecer Delvaux estaba muy influenciado desde niño por las obras de Verney quiso rendir homenaje de esta manera al gran escritor francés. Y es aquí donde encontramos el principal elemento diferenciador de Delvaux con otros surrealistas: en sus pinturas no solo hay una transferencia de su inconsciente y de sus mundos oníricos al lienzo, sino también una deliberada representación de sus recuerdos de infancia y adolescencia. Delvaux lo mezcla todo para crear algo totalmente original. La irrealidad que permea sus obras, unido a su estilo tan particular, pero influido entre otros por Magritte, De Chirico y Mesens, convierte su arte en algo muy atractivo para la vista y la especulación.
Las fases de la luna I (1939)
La primera pintura de la serie es quizá la más atípica de las tres, ya que se trata de una escena diurna, algo poco habitual en Delvaux. Lo cierto es que es extraña, puesto que el cielo nocturno donde resalta una luna creciente, está en contraste con la luminosidad solar, las sombras de los personajes y objetos delatan que la escena tiene que estar sucediendo cerca del mediodía. Esta paradoja me recuerda a El imperio de las luces de Magritte. El profesor Lidenbrockaparece en primer plano analizando una roca. A su lado aparece otro personaje que parece totalmente ausente, como si estuviera muerto o dormido dentro del sueño. Incluso a pesar de estar de frente, su mirada no esta dirigida al observador del cuadro, parece estar perdida mas allá. En la parte derecha encontramos a una mujer sentada y desnuda, cuyos senos están cubiertos con un lazo de regalo y que parece estar posando para alguien. Al fondo del jardín podemos ver al propio autor guiando (a lo flautista de Hamelin) a un grupo de mujeres desnudas (los desnudos femeninos son otra constante de su obra). En el centro de la imagen hay un caja de madera con una roca y unas cuantas más esparcidas cerca. ¿rocas lunares quizá?. Es una escena realmente extraña.
Las fases de la luna II (1941)
Les phases de la lune II, 1941. Colección privada.
En la segunda pintura de la serie, la acción transcurre en lo que parece ser un laboratorio o almacén lleno de rocas, calaveras y frascos. La escena es nocturna y al fondo podemos ver una luna casi llena sobre un paisaje que a mi se me antoja lunar. Como si la escena se hubiera trasladado a la Luna, o esa puerta fuera un portal hasta allí. Volvemos a encontrarnos a Lidenbrock analizando algo, a su lado hay otro personaje con sombrero que gesticula y parece interactuar con él o quizá no, puesto que no lo esta mirando, dando incluso la sensación de que pertenecen a planos distintos. Hay una mujer semi desnuda que parece ajena a todo, al igual que son ajenos a ella un trío de personajes conversando al fondo, que curiosamente parecen ser Lidenbrock y el personaje del sombrero. Como si se hubieran desdoblado (o triplicado en el caso del hombre del sombrero) o en esa escena se hubieran solapado varios planos dimensionales. Quizá sea la pintura más irreal de las tres.
Las fases de la luna III (1942)
Les phases de la lune III, 1942. Boijmans Van Beuningen Museum.
La tercera de la serie es una escena urbana y nocturna. Una vez más encontramos al sempiterno Lidenbrock observando una roca, junto a otro personaje que esta vez si parece interactuar con él, o al menos observa la misma roca detenidamente. A la derecha encontramos a una mujer sosteniendo una lámpara de bujía y saliendo por la puerta de una especie de torre. Esta mujer me recuerda a la que salía en la primera pintura con un lazo cubriendo sus senos. Se intuye un planetario o una esfera armillar en el piso superior y en su fachada encontramos un reloj solar. En la izquierda aparece el propio Delvaux de espaldas con un libro bajo el brazo, encaminándose hacia unas escaleras por las que suben y bajan varios hombres y mujeres vestidos elegantemente y que parecen sonámbulos. En lo alto parece haber un observatorio astronómico. Al fondo encontramos un paisaje yermo y sembrado de rocas, con un sendero que lleva hasta un tren (Delvauxestaba obsesionado con los trenes). Toda esta escena sucede bajo un cielo dominado por una luna en cuarto creciente que irradia gran luminosidad y proyecta sombras muy nítidas y marcadas, esto a mi parecer es, al igual que en la primera pintura, una anomalía, puesto que es algo que sólo ocurriría con la luz de la luna llena. Por otra parte es la única pintura de la serie en la que todo el mundo aparece vestido.
A pesar de que se repiten personajes y objetos en las tres pinturas, la Luna es la verdadera protagonista de la serie. Su simbolismo es amplio: Normalmente representa el poder femenino y a la diosa madre. Aunque también tiene otros significados como el lado oscuro e invisible de la naturaleza, lo irracional y por ello está asociada a la fantasía y a la imaginación. También representa la resurrección y el renacimiento. Es la mediadora entre el cielo y la tierra, ya que influye en las mareas, las estaciones y los cultivos. También influye en los ciclos del sueño de los humanos, así que podemos decir que su presencia en el reino onírico es muy importante. En el pasado se la vinculó con diosas como Selene, Artemisa, Hécate, Astarté, Rhiannon, Arianrhod, Epona, Luna o Metztli.
Sinceramente, creo que la interpretación de las pinturas ha sido bastante pobre pero… ¿cómo interpretar el sueño de otro? Si pudiéramos meternos en el mundo onírico de otra persona y ver o experimentar de primera mano sus sueños, ¿entenderíamos algo? Aunque la interpretación de los sueños es un arte que se lleva practicando milenios y es una parte importante del psicoanálisis, creo que es muy difícil interpretar un sueño de manera infalible. De todas maneras creo que un psicoanalista se lo pasaría en grande descifrando todos los símbolos que pueblan estas pinturas.
Los sueños son algo muy personal e intransferible y aunque haya sueños, símbolos o arquetipos universales, es harto complicado descifrar ese mundo (Jungdecía que eran manifestaciones del inconsciente). Si además en el caso de Delvaux añadimos que no solo representa sus sueños en la pinturas, sino que además incluye sus recuerdos, gustos y obsesiones, pues nos encontramos con que es casi imposible entender plenamente su arte. Solo él puede darnos la clave. Aunque he de decir que probablemente sea el pintor que mejor ha sabido plasmar lo absurdo y simbólico de los sueños en un lienzo y esto hace, a mi entender, que su arte no se preste tan bien a la interpretación, como las obras de otros surrealistas.
Aún así, mi enfoque parte de la base de que estas pinturas son representaciones oníricas. Puede haber múltiples enfoques, así que estaré encantado de conocer los vuestros y por supuesto, vuestras interpretaciones.
Años 30 en el Reich alemán. Los nazis acaparan todo el poder y deciden cada aspecto de la vida de los ciudadanos. Basándose en su deformado y retorcido criterio, imponen qué está bien y qué está mal y, con el transcurso del tiempo, llegarán a dictaminar quién merecerá vivir y quién no. También determinan qué es arte y para desgracia de nuestro protagonista de hoy, su arte se considera arte degenerado. Para los nazis, todo arte que tuviera connotaciones bolcheviques, judías o se alejara de los ideales de heroísmo y pureza aria, era arte degenerado. Así que si eras un pintor surrealista y esas cabezas cuadradas que decidían por ti no entendían tu arte, automáticamente te convertías en un degenerado. Esto fue lo que le pasó a Edgar Ende, que pasó de ser el primer pintor surrealista alemán a convertirse en un desconocido y en un paria artístico.
Prohibido pintar
En esos mismos años 30 de los que hablaba antes, la carrera de Ende estaba despegando y adquiriendo notoriedad, pero en 1936 los nazis le prohibieron pintar y exponer bajo pena de cárcel. La mayor parte de su obra de aquella época acabó reducida a cenizas en un bombardeo en Munich en 1944, así que las pocas pinturas que quedan de esa época, están muy cotizadas. Después de la guerra siguió pintando y alcanzó cierto reconocimiento, hasta su muerte en 1965.
Visionario surrealista
El enfoque de Ende buscando la inspiración era bastante peculiar, casi el de un visionario a lo William Blakeque entra en trance y se deja poseer por las imágenes, que más tarde plasmará en el lienzo. Su método para inspirarse consistía en tumbarse a oscuras en un sofá y literalmente no pensar en nada: dejar la conciencia vacía hasta que esas imágenes aparecían. Una especie de ejercicio de meditación de la que extraía algo totalmente puro, simbólico e ininteligible
Esas imágenes eran, la mayoría de las veces, estáticas aunque otras se movían y cambiaban de forma velozmente. Otro dato curioso es que esas imágenes no podían ser modificadas con el pensamiento o la imaginación. Para Ende, eran imágenes pre-lógicas, o sea, anteriores al pensamiento y más profundas. Él no daba a esas imágenes ninguna interpretación, si no que dejaba que fuera el observador posterior del cuadro el que lo hiciera. El título tampoco tenía mucha importancia para él, así que solía buscar los títulos más neutrales posibles.
Familia de artistas
A muchos os sonará su apellido y probablemente no vayáis desencaminados pensando que este señor tiene algo que ver con Michael Ende, el autor de La historia interminable y Momo. Pues bien, eran padre e hijo. Y es muy probable que las pinturas del progenitor influyeran en los escritos de su vástago, y si no solo tenéis que echar un vistazo a una de sus mejores obras: El espejo en el espejo, una colección de relatos basados en las pinturas y dibujos de Ende padre, que recomiendo mucho.
Me encanta la pintura surrealista ya que se presta a múltiples interpretaciones. Al igual que hice en el artículo de Magritte que publiqué hace un tiempo, he elegido tres pinturas y a grandes rasgos y de manera espontánea, voy a contaros qué me inspiran.
Der Tänzer auf der Kugel (1948)
Esta pintura, que se podría traducir como El bailarín en la pelota, es una de las que más me han impactado de su catálogo. En ella aparecen representadas dos figuras. Una de ellas que parece ser la principal, está en armónico equilibrio sobre una esfera suspendida sobre un plano que parece ser infinito. Las estrellas que aparecen en dicha esfera parecen significar una representación del cosmos en miniatura. El personaje principal tiene algo de divino, ya que hay cierto resplandor que emana de su cabeza como una especie de aura. Dicho resplandor ilumina también sus hombros y brazos. La pierna que se eleva sobre la esfera está llena de heridas, como si el estar en contacto con ese universo condensado fuera perjudicial de alguna manera. En cuanto a las esferas representadas a su espalda, da la sensación de que están en movimiento generando algún tipo de energía.
El otro personaje transmite sensación de urgencia, como si tuviera prisa por cruzar otra vez esa puerta que está a sus espaldas. Además, uno de sus pies parece estar evitando que la puerta se cierre. Es como si hubiera cruzado solo para recibir ese líquido que le entrega el personaje principal. La puerta parece un lugar fronterizo entre dos dimensiones: la que parece ser infinita, que podemos ver en la pintura, y la otra, que solo podemos intuir y que quizá sea la nuestra. En cuanto al líquido que se vierte de una vasija a otra, quizá sea un elixir vital o una metáfora del conocimiento.
Genius loci (1936)
En la mitología romana un Genius loci era el espíritu protector de un lugar. En esta obra, podemos observar un plano desolado con árboles muertos y tierra baldía bajo un cielo plomizo. Tengo la sensación de que el monolito cúbico que aparece en la parte inferior izquierda es la representación del Genius loci. Mientras que ese conjunto flotante de rostros son los humanos que vivieron en ese lugar cuando era próspero y fértil. Y cuyas almas o espíritus se han petrificado, en una suerte de representación simbólica que parece indicar que no pueden abandonar ese lugar en el que han vivido. Aunque el hecho de que solo estén representadas las cabezas, me da a entender que quizá sean sus pensamientos y creencias las que embrujan ese lugar.
Das fensterkreuz (1953)
Esta pintura me resulta perturbadora. Me sugiere esclavitud, uniformidad, repetición. Esa hilera de humanos en la misma postura, avanzando hacia el fondo de la habitación, donde hay una especie de Cristo crucificado a trasluz, es inquietante. Parecen clones, humanos sin voluntad totalmente subyugados por la religión.
Pero, por otra parte, puede tener otra lectura: una hilera de hombres que marchan juntos para destruir ese símbolo cristiano, ya que uno de ellos lleva un martillo en la mano y presumiblemente el resto también. O también puede ser que solamente el último lleve el martillo, ya que su sombra es ligeramente distinta a la del resto. Una especie de héroe solitario y libertador, un pensador divergente en esa cadena uniforme. O quizá el martillo sea una alegoría del comunismo ateo, ya que fue pintada en los albores de la Guerra Fría.
Hasta aquí la entrada de hoy. Me parece un ejercicio imaginativo muy interesante, que os animo a que realicéis, no solo con estas tres pinturas, sino con cualquier obra de arte que os guste o que descubráis. Creo que es muy enriquecedor y además permite que os analicéis a vosotros mismos. Al final nuestras interpretaciones de una obra de arte, no dejan de ser reflejos de nuestro propio ser.
Espero que hayáis disfrutado con la entrada y ya sabéis que me encantará conocer vuestras propias interpretaciones de las pinturas en los comentarios. Un saludo.
Esta mañana paseando por el bosque, disfrutando de la explosión primaveral de la vida, me encontré el cadáver mutilado y en descomposición de un animal, que no pude reconocer. Me pareció paradójico que entre tanta vida latente, apareciera ese cuerpo inerte que otrora estuvo vivo. Recordándome que la vida también es muerte y que de la muerte nace la vida. Mientras me alejaba, me vino a la mente una pintura de Philippe de Champaigne titulada Naturaleza muerta con calavera y me puse a pensar en lo efímero de la existencia. Como vida y muerte se entrelazan de tal manera y están tan presentes, que a veces ni lo advertimos, a no ser que nos golpee directamente. Hoy me gustaría hablaros de la Vanitas, un género artístico que surgió en el Barroco, que mostraba eso: la futilidad de la vida y la presencia continua de la muerte.
“Naturaleza muerta con calavera” (1671) de Philippe de Champaigne, Musée de Tessé. Le Mans.
Orígenes
Los orígenes de la Vanitas se encuentran en las representaciones de la muerte, que han manifestado prácticamente todas las culturas desde la prehistoria. Generalmente se representan con esqueletos o calaveras. Pero la Vanitas tienen un carácter moralizante y reflexivo, así que podríamos decir que su antecedente directo más antiguo son los Memento Mori romanos. La frase que supuestamente repetían los siervos a los generales romanos en sus triunfos, para recordarles que eran mortales y las glorias efímeras. Normalmente aparecían en frescos, figurillas y mosaicos con frases como la manida Carpe diem (“aprovecha el día”), Nosce te ipsum (“conócete a ti mismo”) o la ya mencionada Memento mori (“recuerda que morirás”).
“Carpe diem” mosaico pompeyano. (s. I a. C.) Museo arqueológico nacional de Nápoles.
Las danzas de la muerte
Durante la Edad Media, la epidemia de peste negra que asoló Europa, hizo que la gente tomara conciencia de lo efímero de la vida de una manera brutal. La muerte a gran escala se convirtió en algo cotidiano y esa normalización le dio un carácter pavoroso.
Fue en esa época cuando aparecieron las danzas de la muerte, que tenían un doble sentido. Por una parte el religioso y moralizante y por otra el satírico, ya que en una sociedad tremendamente desigual, la muerte igualaba a todos al final del camino. En estas representaciones normalmente aparecen esqueletos bailando despreocupadamente o conduciendo vivos de todos los estratos sociales hacia la tumba. Algunas de las representaciones más famosas corrieron a cargo de Hans Holbeinel joven y de Michael Wolgemut.
“Danse Macabre” de Michael Wolgemut (1493).
Vanitas
Y llegamos al Barroco y a la Vanitas propiamente dicha. Su nombre deriva de una pasaje del Eclesiastes (Ec 1,2): Vanitas vanitatum et omnia vanitas (“vanidad de vanidades, todo es vanidad). Pero en este caso vanidad no tiene nada que ver con arrogancia, sino con la acepción latina de vanidad: futilidad, caducidad, vacío… Animando con ello a adoptar un punto de vista y modo de vida más estoico. Estas obras seguirán el camino marcado por sus predecesores, incidiendo en lo efímero de la vida y los placeres terrenales y en la omnipresente muerte que nos espera.
“Vanidades” (1658) de Harmen Steenwijk, National Gallery, Londres.
El movimiento surge en los Países Bajos donde gozó de muy buena fama, ya que su intención moralizante fue muy del agrado de la rígida religión calvinista profesada por entonces, para extenderse poco después por el resto de países de Europa occidental. Las pinturas tienen una temática similar a los bodegones, pero en lugar de mostrar frutas u otros manjares, muestran objetos valiosos, libros, armas o flores, pero siempre con el contrapunto de la muerte rondando, en forma de calaveras, fruta podrida, polvo y relojes de arena.
“Naturaleza muerta con autorretrato” (1628) de Pieter Claesz, Germanisches Nationalmuseum, Nuremberg.“Vanitas” (1663) de Edwaert Collier, Museo nacional de arte occidental, Tokyo.
Vanitas en España.
En España el genero Vanitas, también tuvo buena acogida, aunque se le denominó Desengaño. Dada la naturalidad contrarreformista del país, el genero adquirió un componente más religioso y pesimista aún si cabe. Dos pintores sobresalieron sobre el resto: El vallisoletano Antonio de Pereda y el sevillano Juan de Valdés Leal. El primero formado en la escuela tenebrista, gozó de popularidad y buenos encargos en la corte, gracias a su calidad y obras como El sueño del caballero o La inmaculada concepción. Por su parte Valdés Lealpintor de gran imaginación, pero irregular en sus acabados es conocido sobre todo por los dos Jeroglíficos de las postrimerías, pintados para el Hospital de la Caridad de Sevilla, donde aún se conservan. Son dos macabras alegorías de la vanidad y la muerte de gran factura.
“Alegoría de la vanidad” (1636) de Antonio de Pereda. Kunsthistorischesmuseum Vienna.“In ictu oculi & Finis gloriae mundi” (1672) de Juan de Valdés Leal, Iglesia del hospital de la caridad, Sevilla.
Hasta aquí la breve entrada de hoy, ya veis lo que da de sí un encuentro con una animal muerto en un bosque. Viene bien como recordatorio de que hay que vivir el presente de una manera más consecuente y consciente. Al final de cada uno de nuestros caminos nos espera lo mismo. La Parca; la gran niveladora. A esa le da igual cuántas posesiones y riquezas tengamos o cuánta fama hayamos atesorado. Todo eso no nos lo podremos llevar al otro lado en nuestro viaje con ella. Al final lo único que cuenta son las experiencias vividas. Porque realmente y a una escala cósmica, no somos nada, somos insignificantes. Incluso los personajes más famosos de la historia, algún día serán totalmente olvidados. Nos encaminamos hacia el vacío y el olvido. Incluso me atrevería a decir que hasta la muerte morirá algún día, cuando se haya enseñoreado de todo el universo, cuando no quede nada vivo que llevarse, su función habrá acabado y por lo tanto desaparecerá.
“Naturaleza muerta” (1642) de Adrien Van Utrecht, Colección privada.
Bueno, pintar sí que sabía pintar, pero con un estilo tan primitivo e infantil que según quien lo mire, podría resultar cómico o incluso lamentable. Lo cierto es que Henri Rousseau fue ridiculizado en vida debido a que era un pintor autodidacta, no tenía formación académica de ningún tipo. Pero a la larga ese estilo tan peculiar le convirtió en todo un referente dentro de las vanguardias de principios del siglo XX; más bien podríamos afirmar que él fue una vanguardia en sí mismo.
El aduanero.
Se sabe muy poco de la vida personal de Rousseau antes de su llegada a París, puesto que él mismo se encargó de crear ese misterio inventándose parte de su vida para darse importancia. Pero lo que sí sabemos es que nació en Laval en 1844, que tuvo una infancia bastante dura, rozando la indigencia en Angers y que a los 24 años se trasladó a París, donde se casó y consiguió un empleo de recaudador de impuestos en la oficina arancelaria, de ahí su apodo de “El aduanero”.
Desempeñó este trabajo hasta 1893, cuando decidió que ya podía vivir de su arte. Lo cierto es que se equivocaba puesto que en muchas ocasiones tuvo que vender sus cuadros en la calle o dar clases de violín para poder subsistir.
Autodidacta.
La clave del éxito de Rousseau estriba paradójicamente en su nula formación académica, vamos, que el tipo era un auténtico desastre a nivel técnico. Era incapaz por ejemplo, de pintar caras o de colocar figuras correctamente sobre un plano, todas sus pinturas tienen un aire infantil y naíf mas propio de los intentos por dibujar de un niño, que de un adulto. Pero quizá sea por eso por lo que atraen y fascinan, por esa frescura e ingenuidad, además su colorido es espectacular. Sus escenas selváticas llenas de exuberante vegetación y animales al acecho son sencillamente geniales, incluso se ha contado en una de sus pinturas hasta 48 tonos distintos de verde, todos ellos muy bien definidos y combinados.
“La encantadora de serpientes” (1907), Musée d’Orsay, Paris.
Rousseau nunca salió de Francia, así que para poder pintar esas escenas de frondosas selvas tiró mucho de imaginación, pero también de un exhaustivo trabajo de documentación, libros, fotografías de junglas, bosques y animales salvajes. Además era un asiduo del zoológico y del jardín botánico de París, donde cuenta que se maravillaba paseando entre todas esas especies exóticas de plantas. Aunque él siempre contó una versión totalmente distinta (y falsa), la de que adquirió sus conocimientos siendo soldado en México en la expedición militar francesa de apoyo a Maximiliano de Habsburgo.
“Tigre en una tormenta tropical” (1891), National Gallery, London.
Estas escenas tropicales son realmente cautivadoras, el salvaje cromatismo, la frondosidad y la gran variedad de plantas y animales le dan un toque psicodélico, incluso sinestésico, no en vano el mismo Kandinsky además de considerarle uno de los padres del nuevo realismo y un referente del arte moderno, dijo de él que había llegado a un estado emocional puro en el arte y que sus pinturas “emanaban uno de los sonidos mas especiales que jamas había escuchado”.
“La gitana dormida” (1897), MoMA, New York.
Aunque la intención Rousseau era pintar cuadros realistas, su particular estilo y pocos conocimientos le llevaron a crear obras de corte surrealista aún sin quererlo; La gitana dormida, es su máximo exponente. Es una escena muy onírica (para algunos clara precursora del surrealismo), que influyó en grandes como Ernst, Magritte o Delvaux entre otros.
“La guerra” (1894), Musée d’Orsay, Paris.
Veinte años después del final de la guerra franco-prusiana, Rousseau pintó La guerra. En ella vemos una escena dantesca, una mujer que parece la encarnación de Belona, la diosa romana de la guerra, cabalga sobre una especie de caballo monstruoso, que parece volar sobre un grotesco mar de cadáveres mutilados y descompuestos, mientras los cuervos se dan un festín en un paisaje del que la muerte se ha enseñoreado completamente. A nivel técnico es una chapuza, pero a nivel visual tiene una fuerza arrolladora. Pues bien, esta pintura fue adquirida en su día por Pablo Picasso y estoy segurísimo de que si no hubiera contemplado esta carnicería, no habría pintado nunca su famoso Guernica, ni habría desarrollado el cubismo, ya que para ello tomó de Rousseau la redefinición del espacio pictórico, ordenando los elementos desde el fondo hasta el primer plano, como si de collages superpuestos se trataran.
“Vista de la Ille de la Cité” (1890), Ackland Art Museum, Chapel Hill.
La relación entre Picasso y Rousseau fue bastante curiosa. Cuenta la historia que en 1908, paseando un día por la calle, el malagueño se encontró a nuestro protagonista vendiendo sus cuadros y se acercó a él con la intención de comprarle uno, además se le ocurrió invitarle a un banquete en su honor, una especie de homenaje/mofa con toda la créme de las vanguardias de la época. Rousseau aceptó el convite y al día siguiente acudió al Bateau Lavoir a una celebración que tuvo mucho de la hilaridad de La cena de los idiotas. Rousseau que se comportaba como si realmente fuera una celebridad, le comentó a Picasso tras varias copas “nosotros dos somos los pintores más grandes de nuestra época, tú en el estilo egipcio y yo en el moderno” y es que al parecer el español había declarado en una ocasión con sorna “si este señor hace arte moderno, lo mío debe ser arte egipcio”. Nunca sabremos si quiso devolvérsela o si en su aparente ingenuidad, se tomaba todo a bien, ironías y comentarios hirientes incluidos.
“Noche de carnaval” (1886), Philadelphia Museum of Art, Philadelphia.
Rousseau fue un incomprendido en su época, y por ello pasó desapercibido muriendo en la pobreza más absoluta en 1910, fue enterrado en una fosa común, pero días después de su sepelio varios de sus amigos organizaron una colecta entre los artista de Montmartre para darle un entierro digno al que solo asistieron siete amigos, entre ellos el poetaGuillaume Apollinaire, que escribió un bello epitafio para que Constantin Brâncusi lo esculpiera en su lápida.
“El sueño” (1910), MoMA, New York.
Días antes de su muerte, Rousseau había acabado de pintar la que quizá sea su obra maestra: El sueño, una bellísima pintura donde se resume todo su arte, exuberancia, colorido, vivacidad, onirismo, frescura y sobre todo pureza.
Rousseau demostró que la perseverancia y el amor al arte están por encima de todo; se obstinó en ser artista a pesar de sus limitaciones y las devastadoras críticas; influyó en cubistas, surrealistas y fauvistas; cumplió su sueño con honestidad y al final, esa pasión tuvo premio: la inmortalidad.
“Yo mismo: Retrato-paisaje” (1890). Národní galerie v Praze, Praha.
Y hasta aquí la entrada de hoy, espero que hayáis disfrutado con ella. Me gustaría conocer vuestras impresiones, ¿Qué os parece interesante de Rousseau? ¿A quién os recuerda? ¿Os gusta este formato?. Ya sabéis que vuestros comentarios, al igual que vuestras sugerencias son siempre bien recibidos, me sirven para seguir aprendiendo y mejorando.
Por cierto, en este link podéis ver la práctica totalidad de las obras del artista.
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