El horror del túmulo – Un relato de Robert E. Howard

Aprovechando que es Halloween, Samhain, Gau Beltza, Víspera de Todos los Santos o como queráis llamarlo y que en esta época se estila pasar miedo, se me ha ocurrido contribuir a ello con un poco de terror. Hoy os traigo un relato del gran escritor de pulps: Robert E. Howard. A muchos no os sonará su nombre, pero este tipo fue el creador de Conan el Bárbaro y Solomon Kane entre otros personajes. De fértil imaginación y corta vida, pues se suicidó a los 30 años, Howard escribió cientos de relatos de temáticas variadas que van desde el género fantástico al Western, además de aventuras, terror, misterio y ciencia ficción. Durante varios años fue una de las estrellas indiscutibles de la revista Weird Tales, junto con H. P. Lovecraft, Clark Ashton Smith y Seabury Quinn.

No me voy a extender mucho con su biografía, ya que estoy preparando una entrada más exhaustiva sobre su vida y obra. Aunque sí os diré que este relato ambientado en Texas, es uno de mis favoritos, ya que mezcla dos géneros que me apasionan: el Western y el terror. Una historia en la que encontramos viejas supersticiones, misterio, conquistadores españoles y sobre todo, mucho terror.

Así que sin más preámbulos os dejo con El horror del túmulo.

Espero que paséis un mal rato leyéndolo.

 

El horror del túmulo

Steve Brill no creía en fantasmas ni en demonios. Juan López sí. Pero ni la precaución de uno ni el obstinado escepticismo del otro pudieron protegerlos contra el horror que recayó sobre ellos… un horror olvidado por los hombres durante más de trescientos años, un monstruoso horror que procedente de épocas oscuras había resucitado.
Sin embargo, mientras Steve Brill se hallaba sentado en su desvencijado porche aquella última noche, sus pensamientos estaban tan alejados de extrañas amenazas como los pensamientos de cualquier hombre puedan estarlo. Los suyos eran pensamientos amargos pero materialistas. Miró sus tierras y luego blasfemó en voz alta. Brill era alto, delgado y tan duro como la piel de unas botas… un digno descendiente de los pioneros de cuerpos acerados que arrebataron a la tierra virgen el oeste de Texas. Estaba tostado por el sol y era fuerte como un novillo de cuerno largo. Sus delgadas piernas y las botas que las sostenían delataban sus instintos de vaquero, y ahora se maldecía a sí mismo por haber bajado de los lomos de su gruñón potro mesteño y haber dedicado su tiempo a sacar adelante una granja. El no era granjero, admitió el joven vaquero maldiciéndose una vez más.
Sin embargo, su fracaso no había sido totalmente culpa suya. Lluvia abundante en el invierno, tan escasa en el oeste texano, había creado fundadas esperanzas de buenas cosechas. Pero, como de costumbre, algo sucedió. Una helada tardía echó a perder toda la fruta. El grano que había prosperado tanto estaba ahora abierto, descascarillado y aplastado en el suelo tras una terrible granizada justo cuando ya estaba amarilleando. Un periodo de intensa sequía, seguido de otro granizo, acabó con el maíz.
Luego el algodón, que a duras penas había sobrevivido, sufrió una plaga de saltamontes que vació el campo de Brill de un día para otro. Así que Brill estaba sentado y jurando que no renovaría el arrendamiento, y daba las gracias fervientemente por no ser el propietario de aquella tierra en la que había malgastado su sudor, y por que hubiera todavía anchas cordilleras ondulantes hacia el Oeste en las que un hombre joven podía ganarse la vida cabalgando y echando el lazo.
En ese momento, allí sentado y descorazonado, vio que se acercaba una figura. Era su vecino más próximo, Juan López, un viejo mexicano taciturno que vivía en una cabaña al otro lado de la colina y el riachuelo, y que trabajaba por cuenta ajena como labriego para ganarse la vida. Últimamente había estado labrando una franja de tierra de una granja cercana, y al regresar a su choza solía cruzar una esquina de los pastos de Brill.
Brill observó ociosamente cómo subía por la cerca de alambre de espino y caminaba penosamente por el camino que él mismo había marcado con el uso chafando las yerbas ya resecas. Llevaba haciendo ese trabajo más de un mes, talando duros y nudosos mezquites y desenterrando las increíblemente largas raíces, y sabía que su vecino siempre tomaba el mismo camino a casa. Y al mirarlo, Brill se percató del largo rodeo que daba por un lado, como si evitara pasar cerca de un montículo que sobresalía por encima de los pastos. López vadeó ampliamente esa loma y Brill recordó que el viejo mexicano siempre lo rodeaba manteniéndose a cierta distancia. Y entonces otro pensamiento se apoderó de la mente de Brill… López siempre aceleraba el paso cuando pasaba más cerca del promontorio, y siempre se aseguraba de cruzarlo antes de la puesta de sol… Sin embargo, los trabajadores mexicanos normalmente trabajaban desde la primera luz de la mañana hasta el último resplandor del crepúsculo, especialmente en estos trabajos de campo, en los que cobraban por acre trabajado y no por jornada. La curiosidad de Brill aumentó.
Se levantó y, bajando lentamente el suave repecho en el que se elevaba su cabaña, detuvo al mexicano que avanzaba lentamente.
—¡Eh, López, espera un minuto!
López se detuvo; miró a su alrededor y se quedó inmóvil, pero sin mostrar entusiasmo alguno mientras el hombre blanco se aproximaba.
—López —dijo Brill perezosamente—, ya sé que no es asunto mío, pero sólo quería preguntarte… ¿por qué siempre bordeas a tanta distancia aquel viejo túmulo indio?
—No entiende —gruñó López secamente.
—Mentiroso —respondió Brill cordialmente—. Y tanto que entiendes; hablas inglés tan bien como yo. ¿Qué ocurre?… ¡Piensas que esa colina está embrujada o algo parecido!
Brill podía hablar español, y leerlo también, pero como la mayoría de los anglosajones prefería hablar su propio idioma.
López se encogió de hombros.
—No es un buen sitio, no bueno —farfulló, evitando la mirada de Brill—. Dejemos en paz las cosas ocultas.
—Supongo que tienes miedo a los fantasmas —bromeó Brill—. ¡Diantre, si aquello es un túmulo indio, esos indios han estado muertos desde hace tanto tiempo que sus fantasmas ya deben de haberse desgastado!
Brill sabía que los mexicanos analfabetos miraban con aversión supersticiosa los túmulos que hay esparcidos profusamente en el suroeste como vestigios de épocas pasadas y olvidadas, y que contenían los huesos mohosos de jefes y guerreros de una raza perdida.
—Mejor no remover lo que hay escondido bajo tierra —gruñó López.
—Tonterías —dijo Brill—. Algunos de los chicos y yo asaltamos uno de aquellos sepulcros allá en el condado de Palo Pinto y desenterramos huesos de un esqueleto, además de collares y flechas de sílex y cosas similares. Guardé algunos de los dientes durante mucho tiempo, hasta que los perdí, y nunca se me ha aparecido fantasma alguno.
—¿Indios? —bramó López súbitamente—. ¿Quién ha hablado de indios? Ha habido más que indios en este país. En la Antigüedad, aquí sucedieron cosas muy extrañas. He oído las historias de mi gente, que han pasado de generación en generación. Y mi gente había vivido aquí mucho antes que la suya, señor Brill.
—Sí, tienes razón —admitió Steve—. Los primeros hombres blancos que poblaron este país fueron los españoles, por supuesto. Coronado pasó no muy lejos de aquí, según he oído, y la expedición de Hernando de Estrada atravesó aquellas tierras de allá, hace no sé cuánto tiempo.
—En 1545 —dijo López—. Acamparon más allá, donde ahora está su corral.
Brill se giró para echar una ojeada a su corral vallado con raíles, habitado ahora por su caballo de montar, un par de jamelgos para las labores y una vaca esquelética.
—¿Cómo es que sabes tanto de eso? —preguntó con curiosidad.
—Uno de mis antepasados acompañaba a De Estrada —respondió López—. Un soldado: Porfirio López. El le habló a su hijo de aquella expedición, y el hijo a su hijo, y así unos a otros siguiendo la línea familiar hasta llegar a mí, pero yo no tengo hijos a los que contar la historia.
—No sabía que estuvieras tan bien relacionado —dijo Brill—. Quizás sepas algo sobre el oro que se suponía que De Estrada había escondido por aquí, en algún lugar.
—No había oro —bramó López—. Los soldados de De Estrada sólo llevaban sus armas, y tuvieron que abrirse camino luchando en un país hostil… muchos de sus huesos quedaron por el camino. Más tarde, muchos años después, una caravana de mulas de Santa Fe fue atacada por comanches a no mucha distancia de aquí, y los atacados escondieron el oro y escaparon; por eso las leyendas se confunden. Pero ni tan siquiera ese oro está allí ahora, porque unos gringos cazadores de búfalos lo encontraron y desenterraron.
Bill asentía abstraído, casi sin prestar atención. De todo el continente de Norteamérica no hay ninguna zona tan azotada por historias de tesoros perdidos o enterrados como el suroeste. Innumerables riquezas transitaron de un lado a otro a través de las colinas y llanuras de Texas y Nuevo México en los viejos tiempos, cuando España era propietaria de las minas de oro y plata del Nuevo Mundo y controlaba el comercio de pieles del Oeste, y aún sobreviven algunos ecos de aquella riqueza en las historias de alijos de oro. Un sueño similar, originado por el fracaso y la apremiante pobreza, vagaba ahora en la mente de Brill.
—Bueno, de todas formas, no tengo nada más que hacer —dijo en voz alta—, y creo que hurgaré en ese viejo túmulo a ver qué encuentro.
La reacción de López por ese simple comentario fue de lo más sobrecogedora.

Retrocedió y su moreno rostro se tornó color ceniza; los negros ojos brillaron y lanzó los brazos hacia arriba a modo de intenso desacuerdo.
—¡Dios, no! —gritó—. ¡No haga eso, señor Brill! Hay una maldición… mi abuelo me lo contó.
—¿Qué te contó? —preguntó Brill.
López se calló en un hosco silencio.
—No puedo hablar —murmuró—. Juré permanecer en silencio. Sólo a un primogénito varón podría abrir mi corazón. Pero créame cuando le digo que sería mejor que le rebanasen el pescuezo a que profanara aquel túmulo maldito.
—Bueno —dijo Brill harto de supersticiones mexicanas—, si es tan peligroso, ¿por qué no me lo cuentas? Dame una razón lógica por la que no debiera destriparlo.
—¡No puedo hablar! —gritó el mexicano desesperadamente—. ¡Lo sé!… pero juré silencio sobre la Santa Cruz, igual que lo juraron todos los miembros de mi familia. ¡Es algo tan oscuro, es una maldición demasiado peligrosa incluso para hablar de ella! Si se lo contase, haría que su alma explotara escapándose de su cuerpo. Pero lo he jurado… y no tengo primogénito, así que mis labios estás sellados para siempre.
—Oh, bueno —dijo Brill sarcásticamente—, ¿por qué no lo escribes entonces?
López dio un respingo, le miró y, para sorpresa de Steve, se mostró entusiasmado con la propuesta.
—¡Lo haré! Gracias a Dios, el buen sacerdote me enseñó a escribir cuando era niño. Mi juramento no decía nada de escribir. Juré no contarlo, pero escribiré todo para usted si jura que no lo contará a nadie después, y que destruirá el papel en cuanto lo haya leído.
—Claro que lo haré —dijo Brill para congraciarse, y el viejo mexicano pareció más aliviado.
—¡Bueno! Iré inmediatamente a escribirlo. ¡Mañana, cuando vaya a trabajar, le traeré el papel y entenderá por qué nadie debe abrir aquella tumba maldita!
Y López se alejó a toda prisa por el camino, con los hombros encogidos balanceándose de un lado al otro por el esfuerzo de tan inusual velocidad en él. Steve sonrió al ver cómo se alejaba, se encogió de hombros y giró en redondo dirigiéndose a su propia cabaña. Luego se detuvo y observó de nuevo el bajo promontorio con los bordes cubiertos de hierba. Debía de ser una tumba india, concluyó, por su simetría y similitud con los otros túmulos indios que había visto. Frunció el entrecejo intentando imaginar alguna posible conexión entre el misterioso montículo y el antecesor marcial de Juan López.
Brill observó la figura del viejo mexicano a lo lejos. Un valle plano, cortado por un riachuelo medio seco y rodeado de árboles y matorrales, separaba los pastos de Brill de la colina de suave pendiente tras la cual se hallaba la cabaña de López. El viejo mexicano desapareció al fin entre los árboles que bordeaban la ribera del río, y Brill tomó una súbita decisión.

Subió a toda prisa el suave repecho que llevaba a su casa, y tomó un pico y una pala del cobertizo de las herramientas que había construido en la parte trasera de la cabaña. El sol aún no se había puesto y Brill pensó que podría abrir el túmulo lo suficiente como para determinar su naturaleza antes de que anocheciese. En caso contrario, podía trabajar a la luz de un quinqué. Steve, como la mayoría de los de su raza, actuaba principalmente por impulsos, y su actual desvelo era destripar aquel misterioso promontorio y averiguar qué escondía dentro, si es que escondía algo. La idea de un tesoro retornó a su mente, avivada por la actitud evasiva de López.
¿Qué ocurriría si, después de todo, aquel bulto de tierra marrón recubierto de hierba escondiese riquezas… mineral virgen de minas olvidadas, o monedas acuñadas de la vieja España? ¿No era posible que los hombres de De Estrada hubiesen construido aquel promontorio sobre un tesoro que no pudieron llevarse con ellos, haciéndolo parecer un túmulo indio para engañar a los que intentaran encontrarlo? ¿Sabía eso el viejo López? No sería de extrañar que, a sabiendas de que el tesoro seguía allí, el viejo mexicano se abstuviese de profanarlo. Guiado por lúgubres miedos y supersticiones, podría perfectamente preferir una vida de árido trabajo que arriesgarse a la ira de los fantasmas o demonios que merodeaban… y es que los mexicanos dicen que el oro escondido siempre está maldito, y sin duda supondrían que había un funesto destino agazapado bajo este túmulo. Bueno, reflexionó Brill, los demonios de los indígenas latinos no causan terror alguno a los anglosajones; éstos más bien son atormentados por demonios de sequías, y tormentas y cosechas malogradas.
Steve se dispuso a trabajar con la salvaje energía característica de su raza. La tarea no era sencilla; la tierra, cocida bajo el sol fiero, era dura como el acero y estaba mezclada con rocas y gravilla. Brill sudaba abundantemente y gruñía con cada esfuerzo, pero el fuego del cazador de tesoros se había apoderado de él. Se sacudía el sudor de los ojos y hundía el pico con poderosos golpes que rompían y resquebrajaban la tierra compacta.
El sol se puso, y a la larga y ensoñadora luz del crepúsculo de verano siguió trabajando, olvidándose casi por completo del tiempo y el espacio. Empezó a convencerse de que el túmulo era una tumba india genuina cuando encontró rastros de carbón en el suelo. Los hombres de la Antigüedad que levantaron estos sepulcros mantenían hogueras durante días en alguna fase de su construcción. Todos los túmulos que Steve había abierto contenían una capa sólida de carbón cerca de la superficie. Pero los restos de carbón que encontró en esta ocasión estaban muy quebrados y esparcidos por el suelo.
Su idea de un tesoro oculto español se difuminó ligeramente, pero persistió. ¿Quién sabe? Quizás aquellas extrañas gentes, ahora llamadas Constructores de Túmulos, tenían sus propios tesoros que enterraban junto a los muertos.
En ese momento el pico de Steve golpeó sobre un trozo de metal y gritó exultante. Lo cogió y lo sostuvo en alto cerca de los ojos, aguzando la vista a la luz cada vez más débil. Estaba manchado y corroído con óxido, tan fino por el desgaste como un papel, pero supo enseguida de qué se trataba: la roseta de una espuela, sin duda de origen español, con sus crueles y largas puntas. En ese momento se paró en seco, completamente anonadado. Ningún español había levantado ese túmulo, pues había marcas innegables de construcción indígena. Sin embargo, ¿cómo es que había una reliquia de caballeros españoles escondida profundamente bajo el suelo compacto?

Brill sacudió la cabeza y reanudó el trabajo. Sabía que en el centro del túmulo, si realmente era una tumba indígena, encontraría una cámara estrecha construida con pesadas piedras que contendría los huesos del jefe por el que se había construido la tumba y las víctimas sacrificadas sobre él. Y en la creciente oscuridad notó que su pico golpeaba fuertemente contra una superficie impenetrable de algo parecido al granito. Tras palpar con la mano y mirar por el agujero excavado, comprobó que se trataba de un bloque sólido de piedra, toscamente tallado. Sin duda era uno de los extremos de la cámara mortuoria. Era inútil intentar romperlo, de modo que desconchó y picó la superficie, retirando la suciedad y los guijarros de las esquinas, hasta que comprobó que lo único que se podía hacer para levantarlo era hundir el pico por debajo y hacer palanca.
Pero ahora repentinamente fue consciente de que ya había caído la noche. Bajo la luna nueva los objetos se veían borrosos y misteriosos. Su potro mesteño relinchó en el corral, de donde llegaba el reconfortante crujir de mandíbulas de las cansadas bestias masticando maíz. Un chotacabras cantó lúgubremente desde las oscuras sombras del angosto y serpenteante riachuelo. Brill se enderezó de mala gana. Sería mejor coger un quinqué y continuar su exploración con luz.
Se tocó los bolsillos barajando la idea de quitar la piedra y explorar la cavidad a la luz de las cerillas. Luego se tensó. ¿Era su imaginación o acababa de oír un débil y siniestro crujido que parecía provenir de detrás del bloque de piedra? ¡Serpientes! Sin duda había agujeros en algún extremo de la base del túmulo, de modo que no sería raro que se cobijaran allí una docena de serpientes de cascabel de lomo de diamante enroscadas en aquella cámara con apariencia de cueva, esperando que introdujera las manos entre ellas. Tembló ligeramente ante la idea y salió rápidamente del hoyo que había cavado.
Desde luego, no era una buena idea hurgar a ciegas dentro de agujeros. Y durante los últimos minutos, ahora se daba cuenta, había estado percibiendo un tenue olor que salía de entre los intersticios que había alrededor del bloque de piedra, aunque admitió que podría tratarse del hedor típico de reptiles o de cualquier otro hedor amenazante. Olía ligeramente a osario, y a gases acumulados en la cámara de los muertos, sin duda peligrosos para los vivos.
Steve dejó el pico y regresó a la casa, impaciente por la obligada interrupción. Al entrar en el edificio a oscuras, encendió una cerilla y localizó el quinqué de queroseno que colgaba de un clavo en la pared. Sacudiéndolo, comprobó que estaba casi lleno de aceite de carbón, y lo encendió. A continuación volvió a salir hacia la tumba; la excitación no le permitía pararse ni tan siquiera a tomar un bocado. El hecho en sí de abrir y profanar el túmulo le intrigaba, como intrigaría a cualquier hombre con imaginación, y el descubrimiento de la espuela española había estimulado su curiosidad.

Salió a toda prisa de la cabaña, y el oscilante quinqué reflejaba largas y distorsionadas sombras frente a él y a sus espaldas. Se rió imaginándose los pensamientos y acciones de López cuando se enterase por la mañana de que su túmulo prohibido había sido profanado. Hacía bien en abrirlo esa noche, reflexionó Brill. López podría incluso haber intentado detenerle para que no lo abriese, si es que conocía su secreto.
En el ensoñador sosiego de la noche veraniega, Brill llegó al túmulo… levantó el quinqué… y maldijo estupefacto. El quinqué iluminó el hoyo excavado, las herramientas esparcidas por el suelo, donde las había dejado… ¡y una gran abertura negra! El enorme bloque de piedra estaba al fondo del hoyo que había excavado, como si hubiera sido apartado descuidadamente a un lado. Adelantó el quinqué con cautela y echó un vistazo a la pequeña cámara con aspecto de cueva, esperando descubrir algo. Pero allí sólo estaban las paredes en piedra viva de la celda estrecha y alargada, lo suficientemente grande para alojar el cuerpo de un hombre, y que aparentemente había sido construida con bloques toscamente tallados pero ingeniosa y sólidamente ensamblados.
—¡López! —exclamó Steve furioso—. ¡Sucio coyote! Seguro que ha estado espiándome mientras trabajaba… y cuando fui a por el quinqué se coló aquí, movió la roca y agarró todo lo que había ahí dentro… ¡Maldita sea su sombra, le daré su merecido!
Airado, apagó el quinqué y escudriñó a través del valle recubierto de yerbajos. Y mientras estaba allí mirando, algo le hizo ponerse en tensión. Una sombra se movía en un extremo de la colina que ocultaba la cabaña de López. La delgada luna se estaba poniendo y la débil luz y el efecto de las sombras eran desconcertantes. Pero los ojos de Steve estaban afinados por el sol y los vientos de los desiertos, y sabía que lo que desaparecía por la suave pendiente de la colina de mezquites era una criatura de dos piernas.
—Ahí va corriendo que se las pela a su cabaña —gruñó Brill—. Seguro que se ha hecho con algo de valor, o no estaría moviéndose a esa velocidad.
Brill tragó saliva, preguntándose por qué se había apoderado de él un extraño temblequeo. ¿Qué había de inusual en un viejo mexicano ladrón corriendo a casa con su botín? Intentó reprimir la sensación de que había algo peculiar en el modo de andar de la sombría silueta, que le había parecido que se movía con rápido paso furtivo. Vaya, el viejo y fornido Juan López debía de tener mucha necesidad de moverse rápido para ir a un ritmo tan extraño.
—Sea lo que sea que haya encontrado es tan mío como suyo —maldijo Brill, intentando alejar su mente la extraña manera de huir de la criatura—. Me arrendaron estas tierras y encima he hecho la mayor parte del trabajo cavando. ¡Maldita sea, diablos! No me extraña que me contase todas esas historias. Quería que dejase el túmulo tranquilo para poder quedárselo él. Es extraño que no lo hubiera desenterrado mucho antes. Pero uno nunca sabe cuando se trata de mexicanos.

Mientras reflexionaba sobre todo esto, Brill bajaba a zancadas la suave pendiente del prado en dirección al riachuelo. Se adentró en las sombras de los árboles y densos arbustos y cruzó el seco cauce del riachuelo, percatándose vagamente de que no se oía ni al chotacabras ni a la lechuza en la oscuridad. Había una expectante y vigilante tensión en la noche que no le hacía ninguna gracia. Las sombras en el cauce del riachuelo parecían demasiado densas, demasiado aterradoras. En ese momento deseó no haber apagado el quinqué, que aún llevaba con él, y se alegró de haber traído el pico, que sujetaba como un hacha de guerra en la mano derecha. Sintió el impulso de ponerse a silbar para romper el silencio, pero luego blasfemó y desechó la idea. Sin embargo se alegró aliviado cuando subió la ribera al otro lado del cauce y volvió a emerger bajo la luz de las estrellas.
Rebasó la cima y miró abajo, donde estaba la escuálida choza de López. Se veía una luz en una de las ventanas.
—Recogiendo el equipaje para largarse, supongo —gruñó Steve—. Oh, qué demonios…
En ese momento se tambaleó como si hubiera recibido un impacto físico al escuchar un terrorífico alarido rasgando la quietud. Deseó taparse las orejas con las manos para acallar el horror de aquel grito, que se elevó insoportablemente hasta quedar reducido finalmente a un abominable gorgoteo.
—¡Dios mío! —Steve sintió que le empapaba un sudor frío—. López… o alguien…
Incluso en el momento de pronunciar estas palabras bajaba corriendo por la colina tan rápido como sus largas piernas le permitían. Algún terror impronunciable se estaba desatando en aquella solitaria caseta, pero él iba a averiguarlo aunque significase enfrentarse con el mismísimo Diablo. Aferró con más fuerza el mango del pico y corrió.
Forajidos errantes, que tal vez estaban asesinando al viejo López por el botín que había cogido del túmulo, pensó Steve, y en ese momento olvidó toda su ira. Lo iba a pasar mal quien estuviera asaltando al viejo sinvergüenza, por muy ladrón que éste fuera.
Saltó sobre el llano, corriendo con todas sus fuerzas… y entonces la luz de la cabaña se apagó y Steve se tambaleó pasmado en plena carrera, chocándose contra un mezquite con tal fuerza que le hizo escupir un gemido, y arañándose las manos con las espinas. Rebotando y blasfemando, volvió a correr hacia la choza preparándose mentalmente para lo que pudiera ver allí, mientras los pelos se le erizaban ante lo que ya había visto.

Intentó abrir la única puerta de la caseta y comprobó que estaba cerrada. Gritó a López, y no recibió respuesta alguna. Sin embargo, el silencio no era total. Desde el interior llegaba un curioso y amenazador sonido que cesó en cuanto Brill golpeó la puerta con el pico. El endeble portón se hizo astillas y Brill se abalanzó al interior de la oscura cabaña con los ojos centelleantes y el pico en alto preparado para un ataque desesperado. Pero ningún sonido rasgó el lúgubre silencio, y en la oscuridad nada se movía, aunque la caótica imaginación de Brill pobló las sombrías esquinas de la choza con formas horrendas.
Con la mano húmeda por el sudor, encontró una cerilla y la encendió. Aparte de él, tan sólo López ocupaba la estancia… el viejo López, muerto sobre el sucio suelo, con los brazos extendidos a los lados como en un crucifijo, y la boca colgante abierta y una expresión de estupidez, mientras los ojos aparecían totalmente abiertos en una aterrada mirada que a Brill le resultó intolerable de contemplar. Una de las ventanas estaba abierta, mostrando por dónde había escapado el asesino, y puede que también por dónde había entrado. Brill se acercó a aquella ventana y miró fuera con precaución. Tan sólo vio la ladera de la colina a un lado, y el llano de mezquites al otro. De pronto dio un respingo… ¿era aquello un indicio de movimiento entre las raquíticas sombras de los mezquites y chaparrales… o simplemente se había imaginado que veía una borrosa forma avanzando ágilmente entre los árboles?
Se giró mientras la cerilla se apagaba chamuscándole los dedos.
Encendió la vieja lámpara de aceite de carbón que estaba sobre la tosca mesa, soltando blasfemias al quemarse la mano. La esfera de la lámpara estaba muy caliente, como si hubiera estado ardiendo durante horas.
De mala gana se giró hacia el cadáver que yacía en el suelo. Fuera cual fuera la muerte que había acabado con López, ésta había sido horrible; pero Brill, examinando cuidadosamente al hombre muerto, no encontró herida alguna… ni marca de cuchillo ni de contusión.
Pero… espera… Había un fino hilo de diminutos pinchazos en la garganta de López, de los que manaba sangre lentamente. Al principio pensó que habían sido hechos con un estilete, o un fino punzón de punta redonda, pero luego negó con la cabeza. Ya había visto antes heridas de estilete, él mismo tenía la cicatriz de una en su cuerpo. Estas heridas recordaban más bien la mordedura de algún animal… parecían marcas de colmillos afilados.
Sin embargo, no parecían lo suficientemente profundas como para causarle la muerte a alguien, ni tampoco había salido demasiada sangre a través de ellas. Una idea, abominable y de terribles significaciones, comenzó a apoderarse de los rincones oscuros de su mente: que López había muerto de miedo y que las heridas habían sido infringidas o bien simultáneamente en el momento de su muerte, o unos instantes después.
Pero Brill detectó algo más. Desparramadas por el suelo se veían varias hojas de papel sucias, con los garabatos de la tosca letra del viejo mexicano… Tal como había anunciado, había estado escribiendo sobre la maldición del túmulo. Tenía las hojas en las que había escrito, y el trozo de lápiz en el suelo, y tenía también la esfera caliente de la lámpara, todos ellos testigos mudos de que el viejo mexicano había permanecido sentado a la rústica mesa escribiendo durante horas. De modo que no había sido él quien había abierto la cámara del sepulcro y robado su contenido… Pero ¿quién lo había hecho, entonces, en nombre del cielo? ¿Y quién o qué era lo que Brill había visto moviéndose con rapidez en la cima de la colina?

Bueno, tan sólo cabía hacer una cosa; ensillar su mustang y cabalgar las diez millas que lo separaban de Coyote Wells, la población más cercana, e informar allí al sheriff del asesinato.
Recogió los papeles. El último estaba aún arrugado entre los crispados dedos del viejo y Brill pudo recuperarlo con cierta dificultad. Entonces, al girarse para apagar la luz, permaneció indeciso, y se maldijo a sí mismo por el miedo reptante que crecía en el fondo de su mente… miedo a la lúgubre forma que había visto cruzar la ventana un segundo antes de que se apagara la luz en la cabaña. Probablemente se trataba del largo brazo del asesino, pensó, extendido para apagar la lámpara, sin duda. ¿Qué era lo anormal o inhumano que había detectado en aquella visión, a pesar de estar distorsionada por la tenue luz de la lámpara y las sombras? Como un hombre que lucha por recordar los detalles de una pesadilla, Steve intentó definir en su mente algún motivo claro que explicase por qué aquella fugaz visión lo había sobrecogido hasta el punto de hacerle chocar de frente contra un árbol, y por qué el mero y vago recuerdo de ello le producía ahora un profuso sudor frío.
Maldiciéndose a sí mismo para recobrar parte del coraje, encendió su quinqué, apagó la lámpara que había encima de la mesa y avanzó con decisión agarrando su pico como si fuera una espada. Después de todo, ¿por qué unas simples irregularidades en un sórdido caso de asesinato iban a afectarle tanto? Estos crímenes eran abominables, es cierto, pero también eran lo suficientemente comunes, especialmente entre mexicanos que alimentaban disputas de lo más estrafalarias.
Salió a la silenciosa noche salpicada de estrellas, pero enseguida se paró en seco. Del otro lado del riachuelo se oyó el repentino y sobrecogedor relincho de un caballo totalmente aterrorizado… luego un enloquecido entrechocar de cascos alejándose en la distancia. Brill maldijo iracundo y consternado. ¿Se trataría de una pantera que merodeaba por las colinas… o tal vez un gato gigante lo que había asesinado al viejo López? Pero, entonces, ¿por qué la víctima no estaba marcada con las heridas de fieras y curvadas garras? ¿Y quién apagó la luz de la cabaña?
Mientras se hacía estas preguntas, Brill corría a toda pastilla hacia el oscuro riachuelo. Ningún vaquero permanece impasible ante la estampida de su ganado. Al cruzar la oscuridad de la maleza que rodeaba el cauce seco, notó que su lengua estaba extrañamente seca. Siguió tragando saliva y sostuvo en alto la linterna. Poco efecto hacía en la penumbra, pero parecía acentuar la negrura de las agobiantes sombras. Por alguna extraña razón, en la caótica mente de Brill surgió la idea de que, a pesar de que la tierra era nueva para los anglosajones, en realidad era muy vieja. Aquella tumba rota y profanada era la prueba silenciosa de que estas tierras habían acogido al hombre desde tiempos inmemoriales, y repentinamente la noche, las colinas y las sombras se cernieron sobre él con una sensación de repugnante antigüedad. Aquí habían vivido y muerto largas generaciones de hombres antes de que los antepasados de Brill hubieran siquiera tenido noticia de la existencia de estas tierras. De noche, entre las sombras de este mismo riachuelo, sin duda había habido hombres que habían sacrificado sus almas de forma a cada cual más terrible. Con estos pensamientos, se apresuró entre las sombras de los frondosos árboles.

Profundamente aliviado, exhaló aire cuando emergió de entre los árboles ya en tierra propia. Subió a toda prisa la suave pendiente hasta el cercado del corral y lo enfocó con la linterna. El corral estaba vacío; ni siquiera se veía a la plácida vaca. Y los barrotes estaban echados. Aquello apuntaba a un agente humano implicado en el asunto, lo cual lo hacía un tanto más siniestro. Alguien intentaba que Brill no cabalgase a Coyote Wells esa noche. Significaba que el asesino intentaba huir y quería conseguir suficiente ventaja para escapar de la ley, o si no… Brill sonrió irónicamente. A lo lejos, al otro lado de un llano de mezquites, le pareció oír todavía el débil y lejano ruido de caballos al galope. En nombre de Dios, ¿qué es lo que los había asustado de esa manera? Gélidos dedos de terror le recorrieron estremecedoramente la columna vertebral.
Steve se dirigió a la casa. No entró directamente. Se arrastró apartándose y rodeando la cabaña, mirando sobrecogido hacia las oscuras ventanas, escuchando con dolorosa atención para detectar cualquier ruido que delatase la presencia del asesino. Finalmente, se aventuró a entrar. Lanzó con fuerza la puerta hacia atrás y contra la pared para comprobar que no había nadie escondido allí, levantó la linterna y entró con el corazón latiéndole violentamente y sujetando el pico con fiereza. Sus sentimientos eran una mezcla de miedo y roja ira. Pero ningún asesino escondido se abalanzó sobre él, y una exhaustiva exploración de la cabaña no reveló nada.
Con un suspiro de alivio, cerró las puertas, aseguró las ventanas y encendió su vieja lámpara de aceite de carbón. La imagen del viejo López yaciendo en el suelo, un cadáver de ojos vidriosos abandonado en la cabaña al otro lado del riachuelo, le hizo estremecerse y temblar, pero no tenía intención de comenzar su viaje a la ciudad de noche.
Sacó de un escondrijo su viejo y leal Colt 45, giró el cilindro de acero azul, y sonrió tristemente. Quizás el asesino tenía la intención de no dejar vivo a ningún testigo de su crimen. Bueno, ¡pues que viniera! El, o ellos, descubrirían que un joven vaquero con un revólver de seis disparos no es tan fácil de atrapar como un viejo desarmado. Y aquello le hizo acordarse de los papeles que había cogido de la choza.
Asegurándose de que no estaba en línea de fuego de alguna ventana por la que pudiera entrar una bala, se dispuso a leer, con una oreja alerta a cualquier ruido sigiloso.
Y mientras leía el tosco y retorcido escrito, un lento y gélido horror fue creciendo
en su alma. Era una historia de terror que el viejo mexicano había garabateado… una historia que había ido pasando de generación en generación… una historia de épocas antiguas.
Y Brill leyó acerca de las andanzas del caballero Hernando de Estrada y sus lanceros con armadura, que se adentraron en los desiertos del suroeste cuando todo era extraño y desconocido. Al principio eran unos cuarenta entre soldados, sirvientes y señores, según narraba el manuscrito. Estaban el capitán De Estrada, y el sacerdote, y el joven Juan Zavilla y don Santiago de Valdez, un misterioso noble que había sido rescatado de un barco a la deriva en el mar Caribe; el resto de la tripulación y los pasajeros habían muerto de una plaga, según dijo el tal Valdez, y había lanzado sus cadáveres por la borda. Así que De Estrada lo hizo subir a bordo del barco que portaba la expedición de España, y De Valdez se unió a sus exploraciones.
Brill leyó algo sobre sus andanzas, narradas en el crudo estilo del viejo López, según había sido contado por sus antepasados durante más de trescientos años. Las crudas palabras escritas reflejaban débilmente los terribles sufrimientos que los exploradores padecieron; sequías, sed, inundaciones, tormentas de arena en el desierto, las flechas de los hostiles pieles rojas. Pero había otra amenaza en la narración de López; un monstruo abominable que acechó y atacó a la solitaria caravana que vagaba a través de la inmensidad de la naturaleza. Hombre a hombre, todos fueron cayendo, y ninguno supo quién fue el asesino. El miedo y las negras suposiciones se extendieron por la expedición como una gangrena, y el jefe no sabía hacia dónde dirigirse. De una cosa estaban seguros: entre ellos había un demonio con forma humana.
Los hombres comenzaron a distanciarse unos de otros, a esparcirse y separarse en la fila en la que marchaban, y estas sospechas mutuas que hacían que se buscase seguridad en la soledad facilitó las cosas al demonio. El esqueleto de la expedición avanzaba tambaleante a través de la maleza, perdidos, aturdidos y desvalidos, y el horror invisible aún flotaba entre sus filas, abatiendo y arrastrando a los rezagados, asaltando a centinelas somnolientos y hombres dormidos. Y en todas las gargantas se hallaban heridas de unos colmillos afilados que desangraban a la víctima hasta dejar la carne macilenta y blanca; y de este modo los vivos fueron conscientes del tipo de ser infernal al que se enfrentaban. Los hombres giraban como peonzas por entre la maleza, invocando a los santos, o pronunciando blasfemias aterrorizados, luchando frenéticamente contra el sueño, hasta que caían exhaustos y el sueño los embargaba de horror y muerte.
Las sospechas se centraron en un negro enorme, un esclavo caníbal de Calabar. Y lo encadenaron. Y entonces Juan Zavilla desapareció al igual que los anteriores, y luego le llegó el turno al sacerdote. Pero el sacerdote logró repeler a su demoníaco asaltante y vivió lo suficiente para susurrar el nombre del demonio a De Estrada. Y Brill, sobrecogido y con los ojos como platos, leyó:

«… y ahora era evidente para De Estrada que el buen sacerdote había dicho la verdad, y que el asesino era don Santiago de Valdez, un vampiro, un no-muerto, que existía gracias a la sangre de los vivos. Y De Estrada recordó entonces a un noble loco que había merodeado por las montañas de Castilla desde los tiempos de los Moros, que se alimentaba de la sangre de víctimas desamparadas, lo cual le otorgaba una terrorífica inmortalidad. Este noble había sido expulsado y nadie sabía dónde se había refugiado, pero parecía obvio que él y don Santiago eran la misma persona. Había huido de España en barco, y De Estrada sabía que los hombres de ese barco habían muerto, no por una plaga como había fingido el demonio, sino por los colmillos del vampiro.
De Estrada y el negro, acompañados por los pocos soldados que aún vivían, salieron en su busca y lo encontraron refocilándose en un sueño bestial entre unos matorrales del chaparral; estaba hastiado con la sangre de su última víctima. Es bien sabido que un vampiro, al igual que una gran serpiente cuando ha saciado su apetito, cae en un sueño profundo y puede ser atrapado sin peligro. Pero De Estrada no sabía qué hacer con el monstruo, porque ¿cómo se podría asesinar a un muerto? Un vampiro es un hombre que murió tiempo atrás, y sin embargo revive imbuido con alguna clase de execrable no-vida. Los hombres le conminaron a que clavara una estaca en el corazón de la bestia y le cortase la cabeza, pronunciando las palabras sagradas que destruirían su cuerpo muerto y lo convertirían en polvo, pero el sacerdote estaba muerto y De Estrada temía que durante el acto el monstruo se despertase.
Así pues… tomaron a don Santiago levantándolo suavemente y lo llevaron hasta un viejo túmulo indio que había cerca. Lo abrieron, sacaron los huesos que encontraron allí, colocaron al vampiro dentro y sellaron el túmulo. Y que así permanezca hasta el día del Juicio Final.
Es un lugar maldito, y desearía haberme muerto de hambre en cualquier otro lugar antes de haber acabado en este rincón del país buscando trabajo… porque desde mi niñez he sabido acerca de esta tierra y del riachuelo… y del túmulo que cobija su horrible secreto; así que ya ve, señor Brill, por qué no debe abrir el túmulo y despertar al demonio…».

El manuscrito acababa ahí, con un garabato errático del lápiz que había rasgado la arrugada hoja.
Brill se levantó con el corazón latiéndole agitadamente, el rostro lívido y la lengua clavada al paladar. Carraspeó y recobró el habla.
—Por eso estaba la espuela en el túmulo… se le caería a uno de los españoles cuando cavaban… y yo debí haber supuesto que había sido excavada anteriormente, al ver el carbón agrietado y esparcido alrededor… pero, por todos los santos…

Horrorizado, se estremeció ante las negras visiones… un monstruoso no-muerto removiéndose en la penumbra de su tumba, golpeando desde dentro para apartar la piedra que había sido desencajada por el pico de la ignorancia… una forma sombría deambulando por la colina hacia una luz que delataba una presa humana… un aterrador y largo brazo que cruzaba una ventana tenuemente iluminada…
—¡Es una locura! —jadeó—. ¡López estaba loco de remate! ¡Los vampiros no existen! Y si existieran, ¿por qué no me atacó a mí primero, en lugar de a López… a menos que estuviese explorando la zona, asegurándose de todo antes de atacar? ¡Ah, demonios! ¡Todo esto no son más que cuentos…!
Las palabras se le helaron en la garganta. Un rostro lo observaba desde la ventana y le farfullaba palabras silenciosamente. Dos gélidos ojos le atravesaron hasta el alma. Un alarido explotó en su garganta y aquel fantasmal rostro desapareció. Pero el mismo aire estaba impregnado del terrible hedor que había flotado en el milenario túmulo. Y entonces la puerta crujió… y se combó lentamente hacia dentro. Brill retrocedió hasta quedar pegado contra la pared, con la pistola agitándose en su mano. No se le ocurrió disparar a través de la puerta; en su caótico cerebro tan sólo había un pensamiento: que solamente aquel fino portal de madera lo separaba de un horror procedente de las entrañas de la noche y la penumbra y el oscuro pasado. Tenía los ojos distendidos cuando vio cómo cedía la puerta y oyó que los tornillos de las bisagras crujían.
La puerta reventó hacia el interior. Steve Brill no gritó. Tenía la lengua inmovilizada contra la parte superior de la boca. Sus aterrorizados ojos percibieron la alta figura con forma de buitre… los gélidos ojos, las largas y negras uñas… la mohosa mortaja, abominablemente vieja… las altas botas con espuelas… el desgarbado sombrero con su pluma arrugada… la capa ondeante cortada en largos jirones.
Enmarcada por el negro umbral se cernía aquella detestable figura procedente de tiempos pasados, y la mente de Brill comenzó a girar. Un frío salvaje manaba de la figura… un hedor a arcilla mohosa y a detritus de osario.
Y entonces el no-muerto se abalanzó sobre el vivo como un buitre cayendo en picado.
Brill disparó a quemarropa y vio unos trozos de tela podrida que salían disparados del pecho de la Cosa. El vampiro se tambaleó virando por el impacto de la pesada bala, luego volvió a erguirse y reanudó su aproximación con aterradora velocidad. Brill se tambaleó hacia atrás contra la pared dejando escapar un grito ahogado, y la pistola se le cayó de su temblorosa mano. Las negras leyendas eran ciertas… las armas humanas no servían de nada, y es que ¿acaso se puede matar a uno ya muerto hace siglos como se mata a los mortales?
Entonces las garras aferradas a su cuello provocaron en el vaquero una frenética locura. Al igual que sus antepasados pioneros luchaban cuerpo a cuerpo contra enemigos terroríficos, Steve Brill luchó contra la gélida y muerta cosa reptante que quería arrebatarle la vida y el alma.

De aquella terrible batalla Brill nunca pudo recordar mucho. Fue un caos ciego en el que él chillaba como un animal, arañaba, golpeaba y embestía, y unas largas y negras uñas similares a garras de pantera lo destrozaban, y dientes afilados le mordían una y otra vez en la garganta. Rodando y tropezando por la habitación, ambos medio cubiertos por los mohosos pliegues de la antigua capa putrefacta, se golpeaban y arañaban entre las ruinas del mobiliario destrozado, y la furia del vampiro no era más terrible que la desesperación aterrorizada de su víctima.
Cayeron con gran estruendo sobre la mesa y la lámpara de aceite se hizo añicos en el suelo, salpicando las paredes de súbitas llamas. Brill sintió la mordedura del aceite en llamas que le había salpicado, pero en la roja demencia de la pelea no le prestó atención. Las negras garras se hundían en su piel, los ojos inhumanos le quemaban el alma; entre sus crispados dedos la marchita piel del monstruo se notaba dura como madera seca. Y oleada tras oleada de ciega locura embargaban a Steve Brill. Como un hombre luchando contra una pesadilla, gritaba y golpeaba, mientras a su alrededor el fuego se elevaba y lamía las paredes y el techo.
Atravesando fogonazos y lenguas de fuego, dieron vueltas y rodaron como un demonio y un mortal guerreando en los suelos llameantes del infierno. Y en el creciente tumulto de las llamas, Brill se preparó para un ultimo y volcánico ataque de frenética fuerza. Alejándose tambaleante, jadeando y sangrando, se lanzó ciegamente contra la terrible forma y la inmovilizó en un abrazo del que ni siquiera el vampiro pudo zafarse. Y volteando a su demoníaco atacante, lo lanzó contra el extremo de la mesa que había quedado hacia arriba al caer, como cuando se rompe un trozo de madera contra la rodilla. Algo se quebró como una rama y el vampiro se desplomó soltándose de las manos de Brill y se retorció en una extraña postura descoyuntada sobre el suelo en llamas. Sin embargo, no estaba muerto, sus centelleantes ojos aún ardían mirando a Brill con terrible voracidad, y luchaba por arrastrarse hasta él con la espalda rota, como se arrastra una serpiente moribunda.
Brill, tambaleándose y jadeando, se sacudió la sangre de los ojos y salió a trompicones por la puerta rota. Y como un hombre que escapa de las puertas del infierno, corrió despavorido a través de mezquites y chaparral hasta derrumbarse exhausto. Miró hacia atrás y pudo ver las llamas de la casa ardiendo…
Y entonces dio gracias a Dios de que ardiese hasta que los mismísimos huesos de don Santiago de Valdez se extinguieran para siempre consumidos y alejados de la conciencia de los hombres.

Robert E. Howard

The Horror from the Mound (1932).

Nota: Aunque el inicio del relato no concuerda del todo, yo diría que la traducción es de Marta Lila Murillo, para la antología Canaan negro de la editorial Valdemar.

El texto original en inglés lo podéis encontrar en este link.

 

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