Cure – Kiyoshi Kurosawa

Existen certezas tan cotidianas que solo empezamos a interrogarlas cuando algo las pone en peligro. Cada mañana retomamos nuestra vida exactamente donde la dejamos el día anterior. Reconocemos nuestra casa, nuestro nombre, las personas que forman parte de nuestra rutina y los pequeños gestos que repetimos desde hace años con la misma naturalidad con la que respiramos. Esa continuidad parece tan evidente que rara vez nos detenemos a pensar en ella, como si hubiera estado ahí desde siempre y fuera imposible imaginar una existencia distinta.

Sin embargo, basta con alterar ligeramente ese equilibrio para que empiecen a surgir preguntas que normalmente permanecen ocultas. ¿Hasta qué punto somos la historia que recordamos sobre nosotros mismos? ¿Qué ocurriría si esa historia dejara de sostenerse? ¿Seguiríamos siendo la misma persona o únicamente conservaríamos la apariencia de serlo? Son preguntas que pertenecen tanto a la filosofía como a la psicología y que, precisamente por su cercanía, suelen pasar inadvertidas mientras la vida continúa avanzando con normalidad.

Estrenada en 1997, Cure (キュア, Kyua), de Kiyoshi Kurosawa, adopta inicialmente la forma de un thriller policial. Una serie de asesinatos desconcierta a la policía japonesa porque todos los responsables comparten un rasgo tan desconcertante como inexplicable: después de cometer el crimen, ninguno es capaz de explicar por qué lo hizo. La investigación conduce al detective Takabe hasta Mamiya, un hombre incapaz de recordar quién es y que, sin embargo, parece conocer algo esencial sobre las personas con las que habla. Durante un tiempo, la película avanza como si todas esas incógnitas fueran a encontrar una explicación racional, pero ese punto de partida termina revelándose como una ilusión cuidadosamente construida. Poco a poco, el interés deja de concentrarse en los asesinatos para desplazarse hacia un territorio mucho más incierto, donde la memoria, la conciencia y la identidad comienzan a desdibujarse sin que el espectador llegue a advertir exactamente en qué momento ha cruzado ese umbral.

Cuando el thriller deja de ser un thriller

Durante buena parte de su metraje, Cure parece avanzar siguiendo un camino perfectamente reconocible. La investigación se articula alrededor de una serie de asesinatos que comparten un patrón imposible de ignorar: personas corrientes, sin antecedentes violentos y sin un motivo aparente, asesinan brutalmente a alguien y, una vez detenidas, son incapaces de explicar por qué lo hicieron. Frente a ellas aparece Takabe, un detective acostumbrado a enfrentarse a hechos que siempre terminan encontrando una causa, y también Mamiya, un hombre cuyo comportamiento resulta tan desconcertante que parece esconder la clave de todo cuanto está ocurriendo. La película dispone así todas las piezas necesarias para que el espectador espere una explicación. Incluso el propio Mamiya parece construirse como esa figura enigmática que, tarde o temprano, revelará el funcionamiento del misterio.

Durante ese primer tramo resulta fácil pensar que la película acabará resolviendo el rompecabezas. Cada conversación con Mamiya, cada nuevo asesinato y cada pequeño descubrimiento parecen acercar la investigación hacia una respuesta que todavía permanece oculta. Kurosawa alimenta deliberadamente esa expectativa y consigue que el espectador mire la historia desde la misma posición que Takabe: convencido de que la verdad existe y de que solo hace falta reunir las piezas adecuadas para alcanzarla.

Sin embargo, llega un momento en el que esa confianza comienza a resquebrajarse. No se produce mediante una gran revelación ni a través de un giro narrativo espectacular, sino de una forma mucho más silenciosa. Después de visitar el lugar donde vivía Mamiya, Takabe permanece unos instantes dentro del coche mientras habla por teléfono con el psiquiatra que colabora en la investigación. Al colgar, una breve sucesión de imágenes irrumpe inesperadamente: unos monos encerrados en una jaula, su mujer escribiendo en silencio, una breve imagen del propio detective y, finalmente, un mono disecado colgado en una ducha con una profunda incisión en forma de X sobre el cuello, rompen por un instante la continuidad de la escena. La secuencia dura apenas unos segundos y, sin embargo, altera por completo la naturaleza de la película.

No resulta fácil explicar qué significan esas imágenes, ni siquiera afirmar con certeza si pertenecen a un recuerdo, una alucinación o una asociación mental provocada por el agotamiento de Takabe. Y quizá esa incertidumbre sea precisamente lo importante. Hasta ese instante, el espectador todavía intentaba interpretar cada escena como una pista destinada a resolver el caso. A partir de ahí, esa forma de mirar deja de resultar suficiente. La película comienza a introducir imágenes cuya función ya no consiste en aportar información, sino en transformar lentamente el estado mental desde el que contemplamos cuanto sucede. Sin apenas advertirlo, dejamos de investigar un crimen para empezar a compartir la desorientación del propio protagonista.

La erosión del yo

Si el primer desplazamiento de Cure afecta a la estructura del relato, el segundo tiene lugar dentro de las conversaciones que Mamiya mantiene con las personas que se cruzan en su camino. Resulta llamativo que un personaje aparentemente tan pasivo e inocuo consiga producir una sensación de inquietud tan intensa sin recurrir apenas a la violencia, a las amenazas o a los discursos grandilocuentes. Su comportamiento desconcierta desde el primer momento porque parece incapaz de sostener la conversación más sencilla. Pregunta dónde está, olvida la respuesta unos segundos después, vuelve a formular exactamente la misma pregunta y obliga a su interlocutor a empezar de nuevo. La escena se repite una y otra vez con variaciones mínimas hasta adquirir un ritmo casi mecánico.

En un primer momento, esa insistencia parece responder únicamente a un problema de memoria. Tanto el espectador como los propios personajes interpretan ese comportamiento como el síntoma de una alteración neurológica que explica la confusión constante de Mamiya. Sin embargo, conforme la película avanza, esa explicación empieza a resultar insuficiente. Hay algo profundamente extraño en esas conversaciones, algo que trasciende el simple olvido y termina produciendo una sensación de desgaste difícil de describir.

El efecto no nace de lo que Mamiya dice, sino de la forma en que impide que la conversación avance. Cada vez que el otro intenta construir una mínima continuidad, él la rompe con una nueva pregunta. Cada vez que parece establecerse un punto de encuentro, vuelve a situarse en el principio, como si nada de lo dicho hubiera llegado a existir realmente. Poco a poco, el diálogo deja de funcionar como un intercambio de información para convertirse en una experiencia de agotamiento. El interlocutor empieza intentando ayudar, después se impacienta, más tarde se irrita y termina respondiendo casi por inercia, atrapado en una conversación que parece incapaz de concluir.

Quizá por eso la pregunta que Mamiya repite con mayor frecuencia resulta tan significativa. «¿Quién eres?» apenas ocupa unas palabras y, sin embargo, adquiere un peso cada vez mayor a medida que la película avanza. La primera vez parece una simple forma de orientarse. La décima ya no produce la misma impresión. Repetida una y otra vez, termina despojándose de su carácter cotidiano y empieza a actuar como una especie de fisura. La respuesta deja de ser evidente porque nunca consigue fijarse definitivamente. Siempre vuelve a empezar.

Las preguntas de Mamiya nunca parecen buscar una respuesta. Lo que ponen a prueba es la capacidad de esa respuesta para seguir siendo la misma cuando debe repetirse una y otra vez. En circunstancias normales, responder quiénes somos apenas requiere un instante. Decimos nuestro nombre, nuestra profesión o cualquier otro dato que nos identifique y la conversación continúa su curso. Sin embargo, cuando esa misma pregunta reaparece una y otra vez, la respuesta empieza a perder la naturalidad con la que había surgido. Poco a poco deja de sentirse como una certeza para convertirse en una afirmación que necesita ser sostenida una y otra vez.

Es precisamente ahí donde Cure comienza a desplazarse hacia un territorio mucho más inquietante. La película nunca explica qué sucede durante esas conversaciones y tampoco ofrece una teoría definitiva sobre el mecanismo que las gobierna. Esa ausencia de respuestas ha llevado a interpretar a Mamiya como un hipnotizador, como el portador de una fuerza sobrenatural o incluso como un simple manipulador extraordinariamente hábil. Todas esas posibilidades encuentran algún apoyo dentro de la película y ninguna termina imponiéndose sobre las demás. Kurosawa parece mucho más interesado en conservar esa ambigüedad que en resolverla.

Puede que por eso resulte más fértil observar el efecto que producen esas conversaciones que intentar descifrar su funcionamiento. Después de encontrarse con Mamiya, las personas parecen experimentar una transformación que difícilmente puede reducirse a la obediencia propia de una hipnosis convencional. La violencia no aparece como una orden recibida desde el exterior, sino como la irrupción de algo que ya formaba parte de ellas y que, hasta ese momento, permanecía contenido bajo una identidad que organizaba sus deseos, sus frustraciones y la imagen que tenían de sí mismas. La película nunca afirma que Mamiya implante esa oscuridad. Lo que sugiere, con una sutileza extraordinaria, es que quizá solo haga desaparecer aquello que impedía que emergiera.

En este punto, la pregunta deja de ser quién controla a las víctimas y pasa a ser otra muy distinta: ¿qué es exactamente aquello que mantenía unida a cada una de esas personas antes de cruzarse con Mamiya?

Takabe o la resistencia del yo

Si todas las personas que se cruzan con Mamiya parecen desmoronarse con una facilidad inquietante, Takabe constituye una excepción. O, al menos, eso es lo que la película nos hace creer durante buena parte de su metraje. Mientras los demás personajes sucumben con rapidez a una transformación que nunca termina de explicarse, él permanece aferrado a una rutina que parece protegerlo de esa influencia invisible. Continúa investigando, analiza las pruebas con el mismo rigor y persigue una explicación racional incluso cuando la realidad comienza a escaparse de las categorías con las que ha trabajado toda su vida.

Sin embargo, esa aparente solidez empieza a revelar pequeñas grietas mucho antes de que la investigación alcance su punto más inquietante. La convivencia con su mujer enferma ocupa buena parte de su vida cotidiana y la relación entre ambos se encuentra atravesada por un cansancio que la película nunca convierte en melodrama. Takabe cuida de ella, responde con paciencia a sus olvidos y mantiene una rutina que parece sostenerse únicamente gracias al sentido del deber. Nada de eso resulta extraordinario. Lo verdaderamente significativo es que ese esfuerzo apenas encuentra un espacio donde poder expresarse.

La conversación que mantiene con Mamiya en el hospital psiquiátrico constituye uno de los momentos más reveladores de toda la película precisamente porque, por primera vez, Takabe deja de hablar como investigador y empieza a hacerlo como individuo. Confiesa que su mujer se ha convertido en una carga, reconoce que ella es incapaz de comprender el sufrimiento que él mismo arrastra desde hace años y admite que ha terminado aceptando esa situación porque entiende que forma parte de su responsabilidad. No hay crueldad en sus palabras, ni tampoco deseo de abandonar a quien necesita sus cuidados. Lo que aparece es algo mucho más complejo: la conciencia de vivir atrapado entre el deber y el agotamiento.

En ese mismo diálogo pronuncia una reflexión que resulta decisiva para comprender al personaje. Explica que las personas hablan constantemente de la felicidad como si ese fuera el estado natural de la existencia, pero añade que el mundo está lleno de individuos nefastos como Mamiya y que enfrentarse a ellos forma parte de su trabajo. Mientras otros pueden permitirse aspirar a una vida tranquila, él convive todos los días con aquello que desgarra la normalidad. Esa idea no justifica su cansancio; lo define. Takabe ha construido toda su identidad alrededor de una obligación que exige mantenerse firme incluso cuando ya no quedan fuerzas para hacerlo.

Poco después, cuando ingresa a Fumie en el sanatorio, la película introduce un detalle que pasa casi desapercibido y que, sin embargo, modifica silenciosamente la forma en que empezamos a mirar al protagonista. Cuando Takabe esta a punto de irse, el doctor comenta que quizá sea él quien se encuentre en peor estado que su mujer. La observación apenas ocupa unos segundos y nunca vuelve a desarrollarse, pero basta para introducir una sospecha que acompañará al espectador hasta el final de la película. El desgaste de Takabe ya no aparece únicamente como el cansancio lógico de un hombre sometido a una enorme presión, sino como el síntoma de un deterioro mucho más profundo que ni él mismo parece llegar a reconocer del todo.

Vista desde esa perspectiva, la resistencia del protagonista adquiere un significado distinto. Ya no parece la de alguien inmune a la influencia de Mamiya, sino la de una persona que lleva demasiado tiempo sosteniendo una estructura cada vez más frágil. Su identidad no aparece como un estado permanente, sino como un esfuerzo cotidiano, una construcción que necesita renovarse una y otra vez para impedir que todo aquello que permanece contenido bajo ella termine por abrirse paso.

La ceremonia de la cura

Hasta este momento, la investigación todavía permite pensar que todo cuanto sucede gira alrededor de Mamiya. Su comportamiento resulta inexplicable, las personas que entran en contacto con él terminan cometiendo actos de una violencia extrema y Takabe continúa buscando una relación causal que permita comprender el caso. Sin embargo, la película introduce entonces una serie de elementos que alteran silenciosamente esa percepción. Lo que parecía la historia de un único hombre comienza a revelar la existencia de una tradición cuya antigüedad y alcance permanecen deliberadamente indefinidos.

Uno de esos indicios aparece cuando Sakuma descubre una antigua grabación en vídeo de finales del siglo XIX donde puede verse una sesión de hipnosis realizada por un misterioso personaje cuya identidad nunca llega a revelarse. La secuencia apenas dura unos instantes y, sin embargo, basta para transformar el significado de todo cuanto hemos visto hasta ese momento. El gesto de la X, que hasta entonces parecía pertenecer únicamente a Mamiya, ya formaba parte de aquel ritual décadas atrás. La película no explica quién era ese hombre, qué pretendía exactamente ni cuál era el propósito de sus prácticas. Le basta con sugerir que Mamiya tampoco constituye el origen del misterio.

Poco después sabemos que, antes de convertirse en el hombre errático que conocemos desde el comienzo de la película, Mamiya había dedicado parte de sus estudios a la psiquiatría, a las teorías de Franz Anton Mesmer y a los trabajos de ese personaje sin nombre que aparece en el vídeo que encuentra Sakuma. Kurosawa introduce ese dato con una enorme discreción y evita convertirlo en una explicación histórica del caso. Más bien funciona como una pista que sitúa el recorrido de Mamiya dentro de una tradición mucho más amplia, en la que la hipnosis ocupó durante décadas un territorio ambiguo entre la investigación científica, la medicina y las disciplinas consideradas ocultas. No sabemos qué encontró exactamente durante esa búsqueda ni en qué momento comenzó su transformación, pero la película sugiere que su encuentro con aquellos escritos marcó un punto de no retorno.

Será mucho más adelante cuando Takabe encuentre el viejo gramófono y escuche una extraña letanía construida alrededor de una palabra que hasta entonces apenas había adquirido relevancia: «cura». La voz habla de la espada, del rocío, de la nieve y de una aurora, encadenando imágenes cuyo significado permanece siempre fuera de nuestro alcance. Igual que sucede con las conversaciones de Mamiya, esas palabras parecen resistirse a una interpretación inmediata. No ofrecen una explicación del ritual; producen la sensación de formar parte de él.

Es precisamente en ese instante cuando el título de la película adquiere una resonancia completamente distinta. ¿Qué significa curar dentro del universo de Cure? La respuesta nunca llega. Sin embargo, la propia existencia de esa pregunta abre una posibilidad fascinante. Quizá quien ideó aquella práctica creyera sinceramente que estaba sanando a las personas. Quizá entendiera que el sufrimiento humano nace de la identidad que cada individuo construye para habitar el mundo y que liberarse de ese relato constituye una forma de curación. La película nunca afirma que esa sea la interpretación correcta, pero tampoco la descarta. Prefiere mantener abiertas todas las posibilidades y dejar que el espectador conviva con ellas.

El misterio que permanece

Resulta tentador pensar que toda investigación termina en el momento en que encuentra una respuesta. Desde las primeras escenas, Cure parece apoyarse precisamente en esa expectativa. Cada nuevo descubrimiento invita a creer que el siguiente permitirá comprender un poco mejor cuanto está ocurriendo y que, tarde o temprano, todas las piezas acabarán ocupando el lugar que les corresponde. Sin embargo, Kiyoshi Kurosawa elige un camino muy distinto. A medida que la película se aproxima a su desenlace, las respuestas dejan paso a preguntas cada vez más profundas y el misterio cambia lentamente de naturaleza.

La muerte de Mamiya podría haber funcionado como el cierre natural de la historia. En cualquier thriller convencional, la desaparición del responsable pondría fin a la amenaza y permitiría reconstruir retrospectivamente todo lo sucedido. Cure rechaza deliberadamente esa posibilidad. Incluso el enfrentamiento final evita ofrecer una sensación de conclusión. El gesto de la X, el gramófono y el extraño estado en el que parece quedar Takabe convierten ese desenlace en el comienzo de una incertidumbre completamente nueva. La película nunca aclara si ese momento constituye una transmisión, una hipnosis, una liberación o simplemente el punto culminante de un proceso que llevaba desarrollándose desde mucho antes.

Esa misma ambigüedad alcanza su expresión más refinada en la secuencia final del restaurante. Takabe mantiene una breve conversación con la camarera cuando esta le ofrece un café. La escena transcurre con absoluta normalidad y nada parece distinguirla de cualquier otro intercambio cotidiano. Sin embargo, cuando la mujer se aleja, la cámara adopta el punto de vista de Takabe y continúa siguiéndola en silencio. Durante unos instantes la vemos desenvolverse con total naturalidad entre las mesas, hasta que finalmente toma un cuchillo. La película se interrumpe exactamente en ese instante, antes de confirmar cualquier desenlace. Bastaría un plano más para orientar la interpretación del espectador y, sin embargo, Kurosawa decide detenerse justo ahí, en el límite donde comienzan todas las posibilidades.

La inteligencia de ese final reside precisamente en lo que decide callar. Nada obliga a pensar que Takabe haya transmitido el ritual a la camarera. Del mismo modo, tampoco puede descartarse esa posibilidad. La escena admite otras lecturas igualmente válidas. Quizá la presencia de Takabe haya actuado como un desencadenante. Quizá la ceremonia continúe propagándose de un modo que ya no depende de una única persona. O quizá la película solo quiera recordarnos que esa oscuridad nunca perteneció exclusivamente a Mamiya y que las grietas sobre las que actuaba siempre habían estado presentes.

Esa negativa a resolver el enigma transforma por completo la experiencia del espectador. Al terminar la película ya no resulta tan importante descubrir el mecanismo exacto que pone en marcha los asesinatos como comprender por qué sentimos una necesidad tan intensa de encontrar una explicación definitiva. Durante toda la historia hemos acompañado a Takabe en su empeño por reconstruir un orden que devolviera sentido a los acontecimientos. Poco a poco comprendemos que esa búsqueda también forma parte de nuestra manera de enfrentarnos al mundo. Necesitamos pensar que todo efecto tiene una causa, que toda conducta puede explicarse y que toda pregunta acabará encontrando una respuesta. Cure pone en duda esa confianza sin recurrir a grandes revelaciones. Simplemente deja de responder allí donde más esperamos una respuesta.

Quizá por eso la película continúa resonando mucho después de haber terminado. No porque oculte una solución especialmente compleja, sino porque desplaza el misterio desde la pantalla hasta el propio espectador. Cuando aparecen los créditos seguimos preguntándonos qué ocurrió realmente con Takabe, qué significa aquella ceremonia o cuál era el propósito de la letanía. Sin embargo, esas dudas terminan conduciendo siempre hacia otra mucho más cercana y difícil de eludir. Si la identidad puede desgastarse hasta el punto de dejar de sostener aquello que creemos ser, ¿qué permanece cuando ese relato deja de existir? Kurosawa nunca responde a esa pregunta y tal vez esa sea la verdadera razón por la que Cure continúa habitándonos mucho después de su último plano.

En este enlace de YouTube, podéis ver la película completa.

El séptimo continente – Michael Haneke

Hace un par de días estuve comiendo con un buen amigo, con el que me unen una gran cantidad de afinidades. Nuestras conversaciones tocan todos los palos, desde lo banal a lo existencial, pasando por incursiones en la literatura, arte, historia o cine y siempre aderezadas con mucho humor. Es un placer mayúsculo poder compartir momentos así, en los que poder divagar y aprender siempre algo nuevo. Después de un par de copas y varias horas de charla, llegamos a un tema que le apasiona y del que tiene un gran conocimiento, que no es otro que el cine. Yo por suerte soy todavía un profano en esta materia, lo cual me da mucho margen para descubrir y aprender, cosa que me encanta. Bien, decía que es un tema que apasiona a mi amigo y quizá influenciado por toda la conversación que habíamos tenido, me preguntó si conocía a un director austriaco llamado Michael Haneke. Le dije que el nombre me sonaba pero realmente no había visto nada suyo. Me habló a grandes rasgos de su estilo y me recomendó fervientemente sus películas, me dijo que empezara por su ópera prima, así que le hice caso y… Lo que vi me voló la cabeza.

“El séptimo continente” o el vacío existencial de la cultura occidental.

Básicamente de eso trata El séptimo continente: del vacío existencial provocado por el alienante sistema capitalista y consumista del mundo occidental. Es una historia terrorífica que Haneke cuenta de una manera magistral e innovadora. Es la historia de una familia de clase media austriaca que podría ser cualquiera de nosotros. Una familia que a pesar de los normales altibajos, tiene una buena vida, con buenos trabajos, buenos ingresos, una buena casa y todas las comodidades que puedan desear. Pero algo no marcha bien, algo no encaja en este puzzle a priori idílico. Haneke no lo cuenta todo, su manera de presentar la historia, deja mucho margen a la imaginación. Ofrece una serie de imágenes aleatorias de la vida de los protagonistas, que parecen estar atrapados en un bucle de repeticiones cotidianas. El espectador tiene que ir encajando las piezas. Una historia elíptica llena de largos planos estáticos de maquinas funcionando, de personas trabajando frenéticamente, acciones que se repiten, secuencias inconexas, fundidos a negro, ausencia total de música (salvo la diegética) y por debajo de todo, reptando como una serpiente venenosa, la presencia de una violencia contenida que amenaza con estallar en cualquier momento.

En un momento dado de la película, cuando todo parece ir de maravilla y sin motivo aparente, la familia renuncia a todo. Dejan sus trabajos, sacan todo el dinero del banco, se encierran en su casa y comienzan sistemáticamente a destruir todas sus posesiones, a la par que se ofrecen festines con los mejores alimentos. Renuncian a todo lo que han conseguido, se diría que renuncian a la civilización y al final, incluso renuncian a seguir “viviendo”. Se inmolan.

Imágenes perturbadoras

La última hora de la película es perturbadora y desconcertante. Es una hora de planos fijos llenos de renuncia, destrucción y muerte. En ese momento el espectador se da cuenta de que Haneke sí le ha estado ofreciendo pistas a modo de metáforas visuales. Le ha ido llevando de la mano a través de ese caos inconexo de manera imperceptible. Por ejemplo la relación entre los personajes es fría y distante. No hay casi diálogos entre ellos porque no se comunican. Parecen estar muertos emocionalmente, se parecen mucho a los peces que nadan en el acuario que hay en su casa, donde viven en un entorno seguro y bien alimentados, pero en realidad están atrapados entre esas cuatro paredes de cristal en un patético simulacro de vida. La metáfora del túnel de lavado también es muy poderosa: Uno entra dentro con su coche y al salir, el exterior esta limpio y reluciente, pero solo el exterior, en el interior todo sigue igual. Nada cambia. Critica feroz al culto a la apariencia tan en boga en nuestra sociedad.

Las imágenes de la destrucción de todas sus posesiones son brutales, hay una frialdad y una sistematización que perturba hasta lo indecible. Es como si quisieran borrar toda huella de su paso por este mundo. Lo destruyen todo meticulosamente: muebles, objetos, ropa, recuerdos, discos, electrodomésticos. El climax llega cuando arrojan cientos de billetes y monedas por el inodoro. Haneke hace un extenso plano fijo recreándose en la destrucción de uno de los pilares del capitalismo. Para muchas personas será perturbador verlo, es como una herejía, como matar a dios. Incluso puede que para muchos espectadores esa destrucción de dinero sea más perturbadora que ver como los padres asesinan a su propia hija antes de suicidarse; otra prueba más de la alienación que provoca el sistema capitalista en los individuos. Creo que el director austriaco, formado en psicología y filosofía, contaba con ello. Otra imagen recurrente a lo largo del film es la de la playa, una imagen onírica e imposible que supuestamente representa Australia o que quizá simbolice el lugar idílico al que quiere escapar la familia cuando se suicide.

La película está diseñada para perturbar, Haneke tensa la cuerda al límite, pero no necesita escenas explícitas ni sangrientas, ofrece algo más poderoso y efectivo: lo deja todo a la imaginación del espectador. Haneke quiere conectar con esa región oscura de la mente humana que todos poseemos, pero también quiere intentar despertar la conciencia de que la historia que nos narra, también es en mayor o menor medida, la nuestra, porque todo lo que nos muestra es normal, terroríficamente normal y cotidiano. Al igual que los hechos reales en los que esta basada la película, El séptimo continente es una certera advertencia de la muerte de nuestra civilización.

 

 

 

Otra vuelta de tuerca

¿Qué es un fantasma?, ¿es el espíritu errante de un muerto?, ¿es la proyección de la mente de un vivo? o ¿puede ser energía impresa en un lugar u objeto determinados?. Sinceramente, no tengo respuesta a estas preguntas y dudo que alguien la tenga. Pero si tengo claro que al ser humano le encanta contar historias de fantasmas, le encanta provocar y sentir miedo.

Los fantasmas nos llevan acompañando desde el alba de los tiempos y quizá solo existan porque hablamos de ellos, porque creemos en ellos y seguirán existiendo mientras se sigan contando historias de aparecidos y almas en pena, atrapados al igual que nosotros en esta realidad, para siempre.

Las primeras historias de fantasmas aparecen ya en la Odisea de Homeroen un escrito de Plinio el Joven sobre una casa encantada en Atenas, habitada por un espíritu que arrastraba cadenas y también en obras como el Satiricón de Petronio o en algunas tragedias de Séneca. También aparecen en los relatos de Las mil y una noches, pero en forma de Djinns y Ghuls. La divina comedia de Dante Alighieri o Hamlet de Shakespeare son otros ejemplos famosos de interacción entre vivos y almas de difuntos.

Se podrían enumerar incontables obras a lo largo del tiempo, pero fue en el siglo XIX cuando la Ghost Story o cuento de fantasmas vivió su auge, curiosamente en la época de la revolución industrial y de grandes avances científicos, pareciera como si las tradiciones y los miedos ancestrales se resistieran a desaparecer con el imparable progreso y todo ello fue gracias a las obras de escritores anglosajones como Joseph Sheridan Le Fanu (El fantasma de la señora Crowl), Charles Dickens (El Guardavías), Margaret Oliphant (La puerta abierta), Edward Bulwer-Lytton (La casa y el cerebro), M.R. James (Silba y acudiré!) o Henry James, el autor del libro que reseño hoy, aunque sinceramente tampoco estoy muy seguro de por qué estoy hablando de fantasmas en esta introducción, porque puede que el relato del que voy a hablar no tenga nada que ver con ellos… o puede que sí, no lo sé.

Ambigüedad total.

Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw) 1898, es una novela corta en la que la ambigüedad es llevada a su máxima expresión.
Una joven institutriz llega a una antigua mansión en el campo, para hacerse cargo de la educación de dos niños pequeños que se han quedado huérfanos y están al cuidado de su tío. Al poco tiempo empiezan a sucederle situaciones extrañas, en las que se le aparecen los fantasmas de dos sirvientes fallecidos el año anterior y se convence de que éstos quieren hacer daño a los niños e intenta protegerlos a toda costa.
Sobre el papel parece la clásica historia de fantasmas, pero una vez que nos sumergimos en ella y avanza el texto, nos damos cuenta de que hay mucho más de lo que aparenta en un principio, nos damos de frente con un relato que puede tener múltiples interpretaciones. De hecho, a día de hoy, no hay consenso sobre lo que el autor quiso contar en esta obra.

Henry James era un maestro del relato psicológico, la ambigüedad y la elipsis, nunca acaba de contar lo que tiene que contar o lo que nosotros pensamos que tiene que contar. James siempre va dando un rodeo, se anda por las ramas y de vez en cuando nos da un pincelada aquí y otra allá que nos permite obtener algo de información para poder encajar las piezas. En Otra vuelta de tuerca alcanza una de sus cimas en este aspecto, la ambigüedad es tal, que en mi caso, mientras lo leía me ha hecho pensar de todo: fantasmas, locura, pesadillas, abusos, un montaje… y al final de todo, sigo tan desconcertado como durante la lectura. Realmente no sé de que trata este relato, aunque he disfrutado mucho leyéndolo.

Los personajes están vagamente definidos, parecen ser meros recipientes vacíos donde el lector puede volcar sus miedos, fantasías y significados. Al parecer para el autor, los personajes no son tan importantes como la historia en sí, pero la historia tampoco parece ser importante, puesto que lo importante en este caso es todo lo que no cuenta, todo lo que dice o mejor dicho, no dice entre líneas. Parece que el autor deja todo el peso al lector y a sus interpretaciones y actúa como un mero transmisor de la historia y todo esto a veces puede ser desconcertante y a la vez desafiante. Por eso creo que es una obra ciertamente interesante, puesto que permite reflexionar constantemente, sospechar, devanarse los sesos a conciencia para encontrar una interpretación a la historia y aún así, nunca estar seguro al 100 % de que sea la correcta.

Otra de las claves de esta ambigüedad, es que la narración está en primera persona, así que sólo conocemos el punto de vista de un único personaje, del que además sabemos muy poco. Así que no podemos contrastar su relato con el de otros, por lo tanto debemos fiarnos de lo que nos cuenta, pero la forma en la que lo hace es tan oscura y desconcertante que nos hace sospechar, es como si quisiera imponernos su punto de vista, pero no podemos estar seguros de si es un punto de vista veraz o por el contrario totalmente falso o distorsionado por la locura.
James trabaja magistralmente este aspecto a lo largo de toda la historia, es imposible interpretar de manera absoluta qué es lo que está pasando y además lo hace con una prosa exquisita y elegante, que es toda una maravilla.


Resumiendo, Otra vuelta de tuerca, es una obra maestra en la que se mezclan el terror, la fantasía y el suspense de manera fabulosa y que vale mucho la pena leer, sobre todo para terminar perplejo y darle vueltas a la cabeza durante días sin poder llegar a ninguna conclusión satisfactoria.
Dadle una oportunidad, no os arrepentiréis… Pero recordad, todo lo que 
penséis o sintáis leyendo esta obra, todo el miedo, el suspense o las interpretaciones que le deis, solo estarán en vuestra cabeza, Henry James no dice nada de eso en el relato… o sí, ¿Quién sabe?.