El arte de la trampa: Nabokov y la ficción consciente

Vladimir Nabokov ocupa un lugar singular en la tradición literaria del siglo XX. Su obra no se inscribe cómodamente en la figura del narrador mimético ni en la del novelista empeñado en reflejar el mundo con fidelidad realista. Más bien actúa como un prestidigitador que convierte cada texto en un escenario donde lo real y lo ficticio se entrelazan de manera deliberada. Nabokov concebía la literatura como un juego de artificios, aunque entendía ese artificio como una forma elevada de verdad. Para él, el mundo tal como lo percibimos resulta mutable y engañoso, siempre susceptible de ser narrado y transformado; la obra de arte, en cambio, aspira a una permanencia que trasciende esa inestabilidad.

Desde esta perspectiva, Nabokov se sitúa en la misma constelación que autores como Cervantes, Sterne o Borges: escritores que llevaron la narración más allá del simple acto de contar historias y colocaron en primer plano el propio hecho de narrar. En su caso, esta tradición alcanza un extremo particular, marcado por la ironía, la duplicación y la figura del narrador impostor. Sus ficciones construyen mundos imaginarios que nunca ocultan su condición de artificio. La historia se retuerce sobre sí misma, el narrador puede convertirse en personaje de su propio relato y el lector queda convocado como cómplice, aunque también como víctima de la trampa.

La relación de Nabokov con el lector adopta la forma de un juego de revelación y ocultamiento. Cada página parece calculada como una jugada de ajedrez, cada giro narrativo abre una celada bajo nuestros pies. Leerlo supone entrar en un territorio donde la ingenuidad no tiene lugar: una frase de apariencia lírica puede encerrar una trampa, un pasaje cotidiano puede convertirse en la clave de toda la obra, una voz narrativa convincente puede acabar revelándose impostora. Sus ficciones funcionan como un laboratorio de experimentación en el que la identidad se desdobla, la voz se enmascara y el artificio textual prevalece sobre cualquier ilusión de transparencia. La literatura se presenta así como un mecanismo simultáneo de engaño y revelación, un espacio donde lo real se reinventa hasta disolverse en la belleza del lenguaje.

Desde este ángulo, la narrativa de Nabokov puede leerse como una exploración constante de la metaficción. Cada obra demuestra que el relato no se limita a representar la realidad, sino que la transforma, la multiplica y la convierte en un objeto autónomo. Sus narradores adoptan máscaras cambiantes: críticos, amantes, testigos poco fiables. Sus protagonistas se desdoblan en sombras, dobles o impostores. Los géneros que aborda —confesión íntima, biografía, distopía política, saga familiar— aparecen siempre deformados, conscientes de su propia condición. En todos los casos, la atención se desplaza de la historia contada a la puesta en escena del acto narrativo, como si cada página exhibiera con orgullo el artificio que la sostiene.

Hablar de Nabokov y de metaficción implica, por tanto, situarse en el núcleo de su estética. Sus novelas no aspiran a simular una realidad autónoma, sino a recordar de forma constante que el lector se encuentra ante un artefacto cuidadosamente construido. Lejos de debilitar la experiencia, esa conciencia refuerza su potencia. Nabokov juega con espejos, y en cada reflejo devuelve la evidencia de que la literatura, cuando asume plenamente su carácter artificial, puede iluminar la condición humana con una intensidad que desborda cualquier realismo ingenuo.

El narrador impostor y la complicidad del lector

Uno de los rasgos más persistentes en la obra de Nabokov es la figura del narrador impostor: una voz seductora y tramposa que edifica su propio relato mientras lo sabotea. El narrador deja de ser garantía de verdad para convertirse en una máscara más dentro del artificio literario. Habla para convencer, para embaucar, para ocultar lo esencial bajo capas de retórica. La lectura se transforma así en un ejercicio constante de sospecha.

Este procedimiento alcanza una de sus expresiones más complejas en Pálido fuego (1962). Lo que parece, en un primer momento, un poema de 999 versos firmado por John Shade se convierte en algo muy distinto cuando entra en juego el aparato crítico de Charles Kinbote, supuesto editor y comentarista. Kinbote no explica el poema: lo secuestra, lo reinterpreta y lo transforma en el escenario de su propio delirio. Las notas al pie crecen como un laberinto que desplaza el centro de la obra. El lector se enfrenta entonces a una pregunta irresoluble: ¿es Pálido fuego un poema acompañado de un comentario o un comentario que se disfraza de poema? La obra desestabiliza el pacto de lectura y convierte lo marginal en eje narrativo. Nabokov ironiza sobre la figura del crítico académico, pero al mismo tiempo exige un lector activo, capaz de moverse entre versiones contradictorias y decidir de qué relato es partícipe.

Un mecanismo comparable opera en Lolita (1955). Humbert Humbert narra su historia con un estilo hipnótico que envuelve y deforma la percepción moral del lector. A través de juegos retóricos, ironías y eufemismos, convierte un relato atroz en una confesión de una belleza inquietante. La fascinación y la repulsión conviven de forma incómoda: el lector reconoce la manipulación, pero no puede sustraerse a ella. El resultado es profundamente perturbador, porque obliga a ocupar una posición de complicidad involuntaria.

En ambos casos, el narrador no transmite una verdad estable, sino que expone la fragilidad de toda narración. Kinbote y Humbert encarnan dos variantes del impostor: el erudito delirante que borra al autor original y el seductor culpable que estetiza su crimen. A través de ellos, Nabokov persigue un objetivo claro: impedir que el lector se abandone pasivamente al relato y obligarlo a interrogarlo, descifrarlo y resistirse a él.

El juego del desdoblamiento y la identidad

Otra obsesión constante en Nabokov es el desdoblamiento, la intuición de que el yo nunca coincide plenamente consigo mismo. Sus narradores y personajes viven bajo la amenaza de un doble que los acecha, los suplanta o los reduce a una sombra. El artificio deja de ser solo una cuestión formal para instalarse en la propia ontología del personaje.

En Desesperación (1934), esta inquietud adopta la forma de un relato criminal. Hermann cree reconocer en un vagabundo a su doble perfecto y organiza un asesinato con fines económicos. Su convicción resulta absoluta, pero el crimen fracasa de manera grotesca porque el parecido nunca existió fuera de su imaginación. La duplicación se revela como un espejismo interno, una proyección de la percepción distorsionada del narrador, que además distorsiona la del lector.

Más radical es El ojo (1930), donde el narrador, tras un intento de suicidio, se concibe a sí mismo como un observador desencarnado que contempla la vida social desde fuera. El relato oscila entre la experiencia fantasmática y la fantasía patológica, sin ofrecer una resolución clara. La identidad se reduce a un juego de miradas y perspectivas, un artificio narrativo llevado hasta sus últimas consecuencias.

En ambos casos, el desdoblamiento funciona como metáfora del propio acto literario. Escribir implica ponerse una máscara, inventar un espejo y aceptar que la identidad se construye a través del relato. Nabokov transforma así un motivo psicológico o fantástico en un mecanismo estructural que define su poética.

Metaliteratura dentro de la ficción

Si en las dos novelas anteriores el artificio se manifiesta a través del desdoblamiento del yo, en otras novelas Nabokov lo despliega de forma todavía más explícita, haciendo que la literatura contenga dentro de sí a la literatura. El artificio deja entonces de ser un recurso narrativo más para convertirse en el tema central: la escritura dentro de la escritura, el relato que se interrumpe para dar paso a otro relato, la novela que se pliega sobre sí misma como una muñeca rusa potencialmente infinita.

En La verdadera vida de Sebastian Knight (1941), un narrador anónimo se propone reconstruir la biografía de su medio hermano, un escritor recientemente fallecido. El proyecto adopta la forma de una investigación: cartas, testimonios, entrevistas, recuerdos dispersos. Sin embargo, a medida que avanza el relato, la figura de Sebastian Knight se vuelve cada vez más esquiva. Cada documento ofrece una versión distinta, cada testimonio abre un ángulo nuevo, y el narrador termina atrapado en su incapacidad para fijar una imagen definitiva. La biografía, lejos de esclarecer, oscurece; en lugar de consolidar una identidad, la fragmenta. Nabokov convierte así la novela en una reflexión sobre la imposibilidad de escribir la vida de otro sin deformarla. Toda biografía aparece como un artificio inevitable, un relato atravesado por la mirada de quien lo construye.

Una operación similar, aunque atravesada por un tono más paródico, se encuentra en La dádiva (1938). La novela sigue la formación de Fiódor, un joven escritor ruso emigrado, pero en uno de sus capítulos centrales el relato se interrumpe para dar paso a un texto autónomo: una biografía crítica de Nikolái Chernyshevsky, filósofo y novelista del siglo XIX. Este capítulo funciona como un ensayo satírico que ocupa una posición ambigua entre la ficción narrativa y el comentario académico. La novela se desdobla entonces en dos registros que conviven sin jerarquía clara, como si la escritura misma se resistiera a permanecer en una sola forma.

En ambos casos, la literatura se convierte en un espacio donde ficción, crítica, biografía y sátira se entrelazan sin fundirse del todo. Ninguna voz logra imponerse como definitiva, y ningún relato puede reclamar el monopolio de la verdad. Nabokov organiza estos materiales como una matrioska interminable: cada texto contiene otro texto, cada narrador aloja a otro narrador, cada historia abre una grieta que relativiza la anterior.

El resultado es una poética que desconfía de cualquier cierre. Escribir significa siempre escribir sobre escribir, y leer implica aceptar que no existe un fondo último al que llegar. La literatura se vuelve así su propio objeto: un artificio consciente que recuerda, con ironía y precisión, que todo texto es simultáneamente creación y simulacro.

Universos inventados y artificios totales

La poética de Nabokov no se agota en el juego del narrador impostor ni en el desdoblamiento de la identidad. En algunas de sus obras más ambiciosas, el artificio se expande hasta alcanzar la escala de mundos completos. Estos universos no funcionan como simples escenarios para una historia, sino como construcciones textuales dotadas de sus propias leyes, genealogías, geografías y sistemas de referencias. Nabokov no se limita a inventar personajes y tramas: inventa realidades que existen únicamente en la escritura.

El ejemplo más deslumbrante es Ada o el ardor (1969), quizá su novela más compleja y barroca. Ambientada en un mundo alternativo llamado Antiterra, la obra despliega una historia familiar en apariencia reconocible —una saga de amores, memorias y genealogías—, pero situada en un universo que nunca termina de fijarse. Antiterra se asemeja a la Tierra y, al mismo tiempo, se aparta de ella mediante desviaciones constantes: geografías alteradas, referencias culturales deformadas, ecos distorsionados de la historia conocida. La narración se convierte en un entramado de alusiones internas y externas, gobernado por las leyes del lenguaje más que por las de la realidad empírica. Lo que podría haber sido una novela realista de corte familiar se transforma en una enciclopedia ficticia, en un cosmos literario autónomo.

Un movimiento comparable, aunque en un registro muy distinto, aparece en Barra siniestra (1947). Nabokov parte del molde de la novela política y del relato distópico, con un protagonista atrapado en un régimen totalitario. Sin embargo, se resiste a someterse a las convenciones del género. La narración se interrumpe, se deforma, se llena de digresiones estilísticas que rompen cualquier ilusión de realismo ideológico. La opresión se convierte en un escenario donde el artificio literario se impone incluso en los contextos más sombríos. El resultado es una obra que elude tanto el panfleto como la alegoría directa, afirmando la primacía de la forma estética sobre el mensaje político.

En estas novelas, el artificio deja de ser un recurso localizado y se convierte en un principio estructural. Los mundos inventados obedecen únicamente a sus propias reglas textuales. No existen fuera del lenguaje, pero dentro de él adquieren una consistencia tan intensa como cualquier realidad histórica. Nabokov lleva así al extremo su concepción del arte como forma superior de verdad: si el mundo es inestable y perecedero, la literatura puede inventar universos que se sostienen por la coherencia interna de su belleza.

Variaciones breves: el artificio en relatos y novelas menores

Aunque las grandes novelas suelen concentrar la atención crítica, Nabokov desplegó sus obsesiones metaficcionales también en relatos breves y en obras consideradas a menudo “menores”. En ellas se confirma que el artificio no es un gesto excepcional, sino una constante de su escritura.

En Símbolos y señales (1948), un cuento de apariencia sobria, la historia de un joven internado en un hospital psiquiátrico gira en torno a la llamada “manía referencial”: la creencia de que todo lo que ocurre en el mundo constituye un mensaje cifrado dirigido a uno mismo. La narración mantiene una ambigüedad inquietante. Nunca se establece con claridad si esta percepción responde a una patología o si, por el contrario, revela una dimensión oculta de la realidad. El lector queda atrapado en esa incertidumbre, convertido en intérprete forzado de signos que quizá no conduzcan a ningún significado estable.

Las hermanas Vane (1951) lleva el artificio a un extremo todavía más radical. El relato parece avanzar de manera convencional hasta que, en el último párrafo, el lector atento descubre un mensaje oculto en forma de acróstico. El sentido decisivo del texto se encontraba cifrado desde el inicio en el propio tejido verbal. Nabokov convierte así el cuento en un dispositivo que exige relectura y desciframiento, desplazando el acto de interpretación al centro de la experiencia literaria.

En La visita al museo (1938), el protagonista entra en un museo para cumplir un encargo práctico, pero el espacio comienza a transformarse en un laberinto temporal que lo absorbe por completo. El museo funciona como metáfora del artificio literario: un lugar donde las fronteras entre realidad y ficción se disuelven y del que resulta imposible salir indemne. El visitante queda atrapado dentro de la narración misma.

En Primavera en Fialta (1936), el recuerdo de un amor fugaz se reconstruye a través de una memoria vacilante, donde la nostalgia y la autojustificación distorsionan el pasado.

Entre las novelas consideradas secundarias aparecen también ejemplos decisivos. Invitado a una decapitación (1935–36) presenta a un hombre condenado a muerte en un mundo absurdo por el delito de “opacidad”. A medida que la narración avanza, ese mundo pierde consistencia hasta desmoronarse en la escena final, como si la ejecución implicara una liberación del propio artificio narrativo. Y en Pnin (1957), la historia de un profesor ruso en Estados Unidos se ve constantemente deformada por la voz de un narrador imaginativo y poco fiable que termina revelándose como personaje del relato.

Estos textos confirman que Nabokov nunca se abandona a una narración transparente. Incluso en los formatos más breves, el artificio emerge como tema y como estructura. Las voces se enmascaran, los espacios se convierten en trampas y las palabras esconden significados invisibles. Leer a Nabokov implica aceptar una literatura que se observa a sí misma mientras se construye.

El artificio como verdad

La obra de Nabokov muestra hasta qué punto la novela puede asumirse como un artefacto plenamente consciente de su naturaleza. Sus narradores engañan, se desdoblan y manipulan; sus mundos se rigen por una coherencia estética antes que por la verosimilitud realista. En este marco, el artificio deja de ser un obstáculo para la verdad y se convierte en su condición de posibilidad.

Más que negar la existencia del mundo tangible, Nabokov sugiere que la literatura es el lugar donde la experiencia alcanza una forma duradera. Frente a la erosión del tiempo, de las ideologías y de los sistemas políticos que tanto detestaba, la obra de arte se afirma como espacio de permanencia. La escritura se concibe así como un territorio autónomo en el que la belleza actúa como criterio último de verdad.

El legado de Nabokov dentro de la tradición metaficcional resulta evidente. Sus narradores poco fiables, sus textos dentro de textos y sus universos alternativos no responden a un capricho teórico ni a una moda posmoderna. Funcionan como recordatorio de que todo relato es un espejo deformante y de que, precisamente en esa deformación consciente, la literatura encuentra su poder para iluminar la condición humana con una intensidad que ningún realismo literal podría alcanzar.

La visita al museo – Vladimir Nabokov

La visita al museo es un relato bastante curioso y extraño de Vladimir Nabokov. Se podría englobar en la categoría de relato fantástico, pero probablemente su significado tenga más que ver con el sentimiento del propio Nabokov de ser un exiliado que otra cosa. Lo interesante es la forma en que está contada esta historia rica en simbología y en la que el lector es introducido lentamente en una atmósfera onírica en la que la extrañeza va creciendo gradualmente hasta devenir en pesadilla y llegar a un desenlace no menos desconcertante. Con todos estos ingredientes no tenemos método de saber si el protagonista lo está soñando, está delirando o simplemente se ha muerto y ese borgiano museo es una especie de purgatorio camino al infierno. No quiero desvelar detalles porque este relato a ratos surrealista y divertido al más puro estilo Nabokov y a ratos terrorífico por lo que sugiere, bien vale una lectura. Espero que os guste.

La traducción es de María Lozano y al final del post hay una explicación del propio autor referente a un pasaje que puede aclarar dudas a los lectores no rusos.

 

La visita al museo

Hace varios años, un amigo mío de París —una persona con alguna rareza, por decirlo suavemente—, al saber que yo iba a pasar unos días en Montisert, me pidió que me pasara por el museo local donde, según le habían dicho, se mostraba un retrato de su abuelo pintado por Leroy. Sin dejar de sonreír y con ademanes exagerados, me contó una historia bastante vaga a la que debo confesar que presté poca atención, en parte porque no me gustan los asuntos complicados de otra gente, pero sobre todo porque siempre había albergado mis dudas acerca de la capacidad de mi amigo para no dejarse llevar por la fantasía. La historia era más o menos así: después de que su abuelo hubiera muerto en su casa de San Petersburgo en tiempos de la guerra ruso-japonesa, los muebles de su casa fueron vendidos en subasta pública. El retrato, tras una serie de oscuras peregrinaciones, fue adquirido por el museo de la ciudad natal de Leroy. Mi amigo quería saber si el retrato estaba realmente allí; en el caso de que se encontrara en el citado museo, cuáles eran las posibilidades de rescatarlo; y si el rescate fuera posible, cuál sería el precio del mismo. Cuando le pregunté por qué no se ponía en contacto con el museo, respondió que ya les había escrito más de una vez sin haber recibido respuesta hasta el momento.
Me prometí a mí mismo no dar curso a su petición: siempre cabía la posibilidad de decirle que había caído enfermo o que había cambiado mi itinerario. La noción misma de ir a ver los monumentos turísticos, ya sean museos o edificios antiguos, me resulta desagradable; además, el encargo de mi buen amigo me parecía un tanto absurdo. Aconteció, sin embargo, que mientras deambulaba por las calles desiertas de Montisert en busca de una papelería, sin dejar de maldecir la torre altanera de una catedral, siempre la misma, que se empecinaba en aparecer ante mi vista en cuanto doblaba el recodo de una nueva calle, me vi sorprendido por un violento aguacero repentino que inmediatamente provocó la caída acelerada de las hojas de los plátanos porque el tiempo cálido de un octubre meridional se mantenía apenas en un hilo de vida. Corrí a resguardarme de la lluvia y me encontré en las escaleras de acceso al museo.

Era un edificio de proporciones modestas, construido con piedras de muchos colores, con columnas, una inscripción dorada sobre los frescos del pedimento y un banco de piedra de patas de león a ambos lados de la puerta. Una de sus hojas estaba abierta y el interior parecía oscuro contra el brillo del agua que caía. Me quedé un rato de pie en las escalinatas pero, a pesar del tejadillo que las protegía, iban poco a poco cubriéndose de motas húmedas. Vi que no se trataba de un aguacero pasajero sino que tenía visos de durar y, como no tenía nada mejor que hacer, decidí entrar en el museo. Apenas hube pisado las suaves losas resonantes del vestíbulo cuando llegó hasta mí el ruido de alguien que en una esquina distante había movido un taburete que se movía y el guarda, un jubilado insignificante al que le faltaba un brazo, se levantó y vino a mi encuentro, dejando de lado su periódico y mirándome por encima de las gafas. Pagué el franco que me correspondía y, tratando de no fijarme en las estatuas de la entrada (que eran tan convencionales e insignificantes como el número que abre un espectáculo de circo), entré a la sala principal.
Todo era como cabía esperar: tonos grises, sustancia dormida, materia desmaterializada. Ahí estaba la típica vitrina de monedas viejas y gastadas que descansaban sobre el terciopelo de sus correspondientes departamentos. Sobre la vitrina había un par de búhos, tinge y autillo, con sus nombres en francés que eran algo parecido a Gran Duque y Duque Secundario en traducción. Unos minerales venerables se mostraban en sus tumbas abiertas de polvoriento papier maché; la fotografía de un caballero atónito con barba puntiaguda dominaba una mezcolanza de voluminosos objetos negros de varios tamaños. Tenían un gran parecido con los excrementos de insecto congelados, y me detuve involuntariamente ante ellos, sin conseguir descifrar su naturaleza, composición o función. El guarda me había estado siguiendo con pasos de fieltro a una distancia respetuosa; sin embargo, en aquel momento, se acercó hasta mí, con un brazo a la espalda y el fantasma del otro en el bolsillo, sin dejar de deglutir algo a juzgar por el movimiento de su nuez.
—¿Qué son estas cosas? —pregunté.
—La ciencia no ha conseguido determinarlo todavía —replicó, con una frase que, sin duda, tenía aprendida de memoria—. Las encontró —continuó con el mismo tono de falsedad— Louis Pradier, concejal municipal y caballero de la Legión de Honor en 1895 —y con dedos trémulos indicó la fotografía.
—Eso está bien —dije—, pero lo que yo querría saber es ¿quién y por qué decidió que merecían un lugar en el museo?
—¡Y ahora permítame que dirija su atención hacia esta calavera! —exclamó el anciano enérgicamente, tratando de cambiar de tema.
—Sin embargo, me gustaría saber de qué material están hechos —le interrumpí.
—La ciencia… —comenzó de nuevo, pero se detuvo en seco y se miró como enfadado los dedos, sucios de tocar las vitrinas.
Yo me puse a contemplar entonces un jarrón chino, probablemente traído hasta allí por un marino; un grupo de fósiles porosos; un gusano pálido en nubes de alcohol y un mapa rojo y verde de Montisert en el siglo XVII; y también un trío de utensilios oxidados atados con una cinta fúnebre —una pala, un azadón y un pico. «Para excavar en el pasado», pensé distraído, pero esta vez no le pedí aclaraciones al guarda, que me seguía mansamente sin hacer ruido, deambulando en torno a la vitrinas expuestas. Detrás del primer vestíbulo había otro, aparentemente el último, en cuyo centro destacaba un gran sarcófago que parecía una bañera sucia, mientras que las paredes estaban cubiertas de cuadros.
Al punto los ojos se me quedaron prendidos en el retrato de un hombre que estaba entre dos paisajes abominables (con ganado y «ambiente»). Me acerqué y, ante mi considerable extrañeza, encontré el objeto preciso cuya existencia hasta ese momento se me había aparecido como un mero capricho de la imaginación de un hombre inestable. El hombre, pintado al óleo con pésimo arte, llevaba una levita, patillas y unos grandes quevedos sujetos con una cinta; tenía un cierto parecido con Offenbach, pero, a pesar del maldito convencionalismo del cuadro, tuve la sensación de que se podía vislumbrar en sus rasgos un cierto parecido, por así decir, con mi amigo. En una esquina del mismo, en carmín sobre fondo negro se leía la firma Leroy, escrita en una letra tan vulgar como la propia obra.
Sentí un aliento avinagrado junto a mis hombros y me volví a confrontar la mirada amable del guarda.
—Dígame —le pregunté—, supongamos que alguien quisiera comprar uno de estos cuadros, ¿a quién tendría que dirigirse?
—Los tesoros del museo constituyen el mayor orgullo de esta ciudad —replicó el anciano—, y el orgullo no está a la venta.
Ante su elocuencia decidí apresurado darle la razón en todo lo que dijera, lo cual no me impidió preguntarle el nombre del director del museo. Él trató de distraerme con la historia del sarcófago, pero yo seguí insistiendo. Finalmente me dio el nombre de un tal señor Godard y me explicó dónde encontrarlo.
Con toda franqueza debo decir que me alegré de que el cuadro existiera. Es divertido asistir al momento en que un sueño se hace realidad, incluso si no se trata de un sueño propio. Decid arreglar el asunto sin más dilaciones. Cuando decido hacer una cosa, no hay nada que pueda detenerme. Abandoné el museo con pasos decididos y sonoros para encontrar que había cesado la lluvia, que el azul se había extendido por el cielo, que una mujer de medias todas manchadas corría por la calle en una bicicleta que brillaba como la plata, y que las nubes se habían refugiado en las colinas que rodeaban la ciudad. Y de nuevo la catedral empezó a jugar al escondite conmigo, pero conseguí burlarla. Conseguí escapar apenas de la embestida de las ruedas de un furioso autobús rojo repleto de jóvenes que cantaban, crucé la calzada de asfalto y un minuto más tarde estaba llamando a la puerta de la verja del señor Godard. Resultó ser un enjuto caballero de mediana edad con cuello duro y pechera almidonada, con la consabida perla en el nudo de su corbata de plastrón, y un rostro que se asemejaba mucho al de un perro lobo ruso; como si aquello no fuera suficiente, se encontraba chupando unas costillas con ademanes absolutamente caninos mientras que a la vez trataba de pegar un sello en un sobre, cuando yo entré en aquella su habitación pequeña pero lujosamente amueblada con su tintero de malaquita sobre el escritorio y un jarrón chino, que me resultaba extrañamente familiar, sobre la repisa de la chimenea. Un par de floretes se cruzaban sobre el espejo, que reflejaba su estrecha nuca gris. Aquí y allá una serie de fotografías de un buque de guerra rompían la monotonía de la flora azul del papel que revestía las paredes.
—¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó, arrojando la carta que acababa de sellar a la papelera. Esta acción me resultó extraña; sin embargo, no consideré oportuno intervenir. Le expliqué el objeto de mi visita en pocas palabras, e incluso pronuncié la importante suma de dinero que mi amigo estaba dispuesto a ofrecer, aunque él me había dicho que no mencionara ninguna cantidad, sino que esperara a conocer las condiciones que el museo requiriera.
—Lo que me dice es maravilloso —dijo el señor Godard—. El único problema es que usted está en un error… no existe tal cuadro en el museo.
—¿Qué quiere decir que no existe tal cuadro? ¡Acabo de verlo! Retrato de un aristócrata ruso de Gustave Leroy.
—Tenemos un Leroy —dijo el señor Godard cuando hubo hojeado un cuaderno con tapas de hule en una de cuyas páginas se detuvo apuntando una determinada entrada con su uña negra—. Sin embargo, no es un retrato sino un paisaje rural: El retorno del rebaño.
Repetí que había visto el cuadro con mis propios ojos cinco minutos antes y que no había poder en la tierra que me pudiera hacer dudar de su existencia.
—De acuerdo —dijo el señor Godard—, pero yo tampoco estoy loco. He sido conservador de nuestro museo casi durante veinte años y me sé de memoria este catálogo como si fuera el padrenuestro. Aquí dice El retorno del rebaño y eso quiere decir que hay un rebaño y que está volviendo al redil y que, a no ser que el abuelo de su amigo haya sido pintado como un pastor, no puedo ni siquiera concebir la existencia de su retrato en nuestro museo.
—Lleva levita —exclamé—. ¡Le juro que lleva levita!
—¿Y qué le pareció nuestro museo y sus colecciones? —preguntó Godard con cierta suspicacia—. ¿Le gustó el sarcófago?
—Escuche —dije (y creo que se hizo perceptible un cierto temblor en mi voz)—, hágame un favor, vayamos ahora mismo allí, y lleguemos al acuerdo de que en el caso de que el retrato está allí, usted me lo vende.
—¿Y si no está?
—Le pagaré la suma indicada, en cualquier caso.
—Está bien —dijo—. Aquí tiene, tome este lapicero rojo y azul y en rojo, en rojo,
por favor, póngame por escrito la proposición que acaba de hacerme.
Estaba tan excitado que hice lo que me pedía. Al ver mi firma, deploró la difícil pronunciación de los nombres rusos. Luego añadió su propia firma y doblando  rápidamente la hoja de papel se la metió en el bolsillo del chaleco.

—Vamos —dijo, haciendo el ademán de estirarse los puños.
Por el camino entró en una tienda donde compró una bolsa de caramelos
pegajosos que pasó a ofrecerme con insistencia; aun cuando yo rechacé su oferta, intentó meterme un par de ellos en la mano. Yo la retiré. Unos cuantos caramelos cayeron en la acera; se detuvo a recogerlos y luego me alcanzó en un trote. Cuando nos acercábamos al museo vimos el autobús rojo de los turistas (vacío, ahora) aparcado en la puerta.
—¡Ajá! —dijo Godard, complacido—. Veo que hoy tenemos muchos visitantes.
Se quitó el sombrero y con él en la mano como si fuera abriéndole paso, subió con todo decoro las escalinatas.
Algo no marchaba bien en el museo. Surgían de su interior gritos pendencieros, risas lascivas, e incluso lo que parecían ser los ruidos típicos de una pelea. Entramos al primer vestíbulo; allí el anciano guarda trataba de impedir que dos sacrílegos, todos sudorosos y de rostros ya rojos de energía, que portaban en las solapas una especie de emblemas festivos, se llevaran los excrementos del señor concejal de su correspondiente vitrina. El resto de los jóvenes, miembros de alguna organización deportiva rural, no paraban de hacer ruido y de reírse descaradamente, algunos del gusano conservado en alcohol, otros de la calavera. Uno hacía payasadas con las tuberías del radiador que pretendía era uno de los objetos expuestos; otro apuntaba con el puño e índice a una lechuza. Habría como unos treinta en total, y sus voces y movimientos creaban un tumulto de ruidos y estrépito.
Godard se puso a dar palmadas de atención y a apuntar a un cartel que decía: «Los visitantes del museo deben ir decentemente vestidos». Luego se abrió y me abrió camino hasta la sala segunda. Inmediatamente todo aquel tropel se apresuró a seguirnos. Yo llevé a Godard hasta el retrato; se quedó helado al verlo, hinchó el pecho, y luego se hizo atrás uno o dos pasos como para admirarlo, y con su tacón femenino le dio un pisotón a uno de aquellos energúmenos.
—Espléndido cuadro —exclamó con una sinceridad genuina—. Bueno, no seamos miserables en esta cuestión. Usted tenía razón, debe de haber un error en el catálogo.
Mientras hablaba, sus dedos, que parecían haber adquirido un movimiento independiente, rompieron nuestro acuerdo en miles de papelitos que fueron cayendo como copos de nieve en una escupidera maciza.
—¿Y quién es ese mono viejo? —preguntó un individuo con un jersey a rayas, mientras que otro gamberro, al ver que el abuelo de mi amigo estaba pintado con un puro encendido, intentaba encender su pitillo con la lumbre del puro.
—De acuerdo —dije—, fijemos el precio, y en cualquier caso, vayámonos de aquí.

Había una salida, de la que no me había percatado antes, al fondo de la sala y nos apresuramos a salir por ella.
—No puedo tomar una decisión —gritaba Godard por encima de aquel estrépito —. Ser decidido sólo es bueno cuando viene apoyado por la ley. Primero tengo que discutir este asunto con el alcalde, que acaba de morir y todavía no ha sido elegido. Dudo que pueda comprar el retrato pero, de todos modos, me gustaría enseñarle algunos de nuestros tesoros.
Nos encontramos en una sala de considerables dimensiones. Unos libros de color pardo, con un aspecto como si los hubieran pasado por agua y de páginas toscas y sucias, estaban dispuestos bajo un cristal sobre una larga mesa. En las paredes había unos muñecos, soldados de botas altas con rodillera.
—Hablemos del asunto —exclamé desesperado, tratando de dirigir las evoluciones de Godard hacia un sofá de terciopelo que había en una esquina. Pero el guarda me lo impidió. Blandiendo como espada su brazo sano, llegó corriendo hasta nosotros, perseguido por una jubilosa multitud de jóvenes, uno de los cuales se había tocado la cabeza con un casco de cobre de brillo rembrandtesco.
—¡Quíteselo, quíteselo! —gritaba Godard, y un empujón anónimo llevó al casco a volar por los aires con estruendo, lejos de la cabeza del gamberro.
—Sigamos —dijo Godard, tirándome de la manga, y entramos en la sección de escultura antigua.
Me perdí por un momento entre unas enormes piernas de mármol, y tuve que pasar dos veces por delante de una rodilla gigantesca antes de recobrar a Godard, que me buscaba también a mí desde detrás del tobillo blanco de una gigante cercana. Y en ese momento, un individuo con bombín, que debía haberse encaramado a la estatua, cayó de repente y desde las alturas al suelo de piedra. Uno de sus compañeros intentó ayudarle a levantarse, pero estaban los dos borrachos y Godard los dejó de lado y corrió hasta la sala vecina, radiante de alfombras orientales; tres podencos corrían sobre alfombras azules y un arco y una aljaba descansaban sobre una piel de tigre.
Curiosamente, sin embargo, la abigarrada mezcolanza de objetos así como la amplitud del lugar sólo provocaban en mí una sensación imprecisa como de opresión, que quizá fuera debida a que no dejaban de pasar ante mi vista nuevos visitantes y tal vez porque yo ya estaba impaciente por abandonar aquel museo innecesario, que no dejaba de expandirse, y dedicarme en calma y libertad a cerrar mis negociaciones mercantiles con Godard, empecé a experimentar una vaga sensación de alarma. Mientras tanto, habíamos transportado nuestros cuerpos hasta una nueva sala, que debía de ser realmente enorme, porque albergaba el esqueleto completo de una ballena, que parecía el casco de una fragata; a lo lejos se divisaban todavía más salas, con el correspondiente brillo oblicuo de los cuadros, llenos de nubes de tormenta, entre las que flotaban ídolos del arte religioso mostrando vestimentas azules y rosas; y todo ello se resolvía en una abrupta turbulencia de pliegues envueltos en la niebla, y candelabros todos relucientes y peces con agallas translúcidas que serpenteaban a través de acuarios iluminados. Al subir a toda prisa por una escalera vimos, desde la galería superior, un grupo de gente de pelo gris y con paraguas, examinando una réplica gigantesca del universo.
Finalmente, al llegar a la habitación sombría pero magnífica dedicada a la historia de las máquinas de vapor, conseguí detener por un instante a mi despreocupado guía.
—¡Ya basta! —grité—. Yo me voy. Hablaremos mañana.
Cuando acabé de hablar ya se había desvanecido. Me volví y vi, apenas a unos centímetros de donde yo estaba, las majestuosas ruedas de una sudorosa locomotora. Durante un largo rato traté de rehacer mi camino entre los distintos modelos de estaciones de ferrocarril. ¡Qué raras brillaban las señales violetas en la penumbra de detrás del abanico de los raíles húmedos, y qué espasmos sacudían mi pobre corazón! De repente, todo volvió a cambiar de nuevo: ante mí se extendía un pasillo infinitamente largo, que contenía numerosos armarios de oficina y también gente que se escabullía de forma un tanto escurridiza. Di un giro de noventa grados y me encontré en medio de instrumentos musicales; las paredes, todas un gran espejo, reflejaban una hilera de pianos de cola, mientras que en el centro había una especie de estanque con un bronce de Orfeo sobre una roca verde. El tema acuático no acababa ahí porque, al volver corriendo, di con mi persona en la Sección de Fuentes y Arroyos, y me resultaba difícil caminar por las riberas sinuosas y cenagosas de aquellas aguas.
De vez en cuando, a uno u otro lado, aparecían unas escaleras de piedra con unos charcos en los escalones que me producían una extraña sensación de miedo, que descendían hasta abismos llenos de niebla de los que surgían una serie de silbidos, el chocar de platos, el golpeteo de máquinas de escribir, martillazos, y muchos otros ruidos, como si, allá abajo, hubiera salas de exposiciones de algún que otro tipo, que ya estuvieran cerradas o cuyas obras estuvieran a punto de completarse. Luego me vi envuelto en la oscuridad y empecé a tropezar con todo tipo de muebles desconocidos hasta que finalmente vi una luz roja y salí a una plataforma que sonaba metálica a mi paso… y de repente, tras ella, me encontré con un cuarto de estar iluminado, amueblado con gusto al estilo Imperio, pero sin un alma, sin un alma… Para entonces yo ya estaba indescriptiblemente aterrado, pero cada vez que intentaba deshacer mi camino a lo largo de los distintos pasadizos, me volvía a encontrar en lugares desconocidos —en un invernadero con hortensias y cristales rotos a través de los cuales se colaba la oscuridad de la noche artificial o en un laboratorio desierto con alambiques polvorientos sobre las mesas. Finalmente fui a parar a una especie de habitación con percheros monstruosamente atiborrados de abrigos negros y pieles de astracán; desde detrás de una puerta llegaba un estallido de aplausos, pero cuando abrí la puerta de golpe, no encontré teatro alguno, sino únicamente una suave opacidad y una niebla de imitación tan perfecta que incluso mostraba de forma convincente una serie de manchas correspondientes a unas confusas farolas. ¡Más que convincentes! Avancé unos pasos e inmediatamente una inconfundible y bienvenida sensación de realidad reemplazó finalmente a toda aquella basura irreal contra la que me había ido estrellando por todos los lados. La piedra que tenía bajo mis pies era un auténtico adoquín de la acera, espolvoreada con nieve maravillosamente fragante y recién caída. Al principio la frescura silenciosa y nevada de la noche, que de alguna manera me resultaba extrañamente familiar, me produjo una sensación placentera después de mi deambular enfebrecido. Confiadamente, empecé a hacer conjeturas acerca del lugar en el que había estado y acerca del porqué de la nieve, y qué serían aquellas luces que brillaban exageradamente aunque indistintas, aquí y allá en la parda oscuridad. Me puse a mirar e incluso me agaché a tocar una piedra redonda del bordillo de la acera, y luego me quedé contemplando la palma de la mano, llena de húmedo frío granular, como si esperara encontrar allí una explicación. Sentí que iba vestido demasiado ligero, demasiado cándido, pero la conciencia de que había logrado escaparme del laberinto del museo era todavía tan fuerte que en los dos primeros minutos, no experimenté ni sorpresa ni miedo. Siguiendo con mi examen detenido miré la casa junto a la que me encontraba e inmediatamente me chocó el espectáculo de sus escaleras de hierro y de los raíles que bajaban hasta la nieve en su camino hacia el sótano. Me dio una punzada al corazón, y cuando volví a mirar la acera lo hice con una curiosidad de orden nuevo, un punto alarmada, al ver su cubierta blanca a lo largo de la cual se estiraban una serie de líneas negras, y también el cielo pardo cruzado por una luz persistente y misteriosa, y el parapeto macizo a cierta distancia. Me pareció que tras él había como una pendiente; algo crujía y regurgitaba allí abajo. Más allá, al otro lado de aquella cavidad lóbrega, se extendía una cadena de luces borrosas. Arrastrándome por la nieve con mis pies empapados, caminé unos cuantos pasos, sin dejar de mirar aquella casa oscura a mi derecha; sólo había luz en una ventana, donde una lámpara solitaria lucía débilmente bajo su pantalla de cristal verde. Una puerta de madera cerrada… Deben de ser los postigos de una tienda que duerme… Y a la luz de una farola cuyas formas me habían empezado a gritar su mensaje imposible, conseguí descifrar el final de un letrero —«… INKA SAPOG» (… CIÓN DE CALZADO)— pero no, no era la nieve la que había borrado el letrero. «No, no, en un minuto me despertaré», dije en alta voz, y, temblando, con el corazón a golpes, me di la vuelta, seguí caminando, me volví a detener. De algún lugar me llegó el ruido de unos cascos de caballo que se alejaban, la nieve se asentaba como un gorro de dormir sobre una piedra y se mostraba confusamente blanca sobre una pila de leña al otro lado de la verja, y entonces supe, de manera irrevocable, dónde me encontraba. ¡Ay de mí, no era en la Rusia que yo recordaba, sino en la Rusia real de hoy en día, prohibida para mí, desesperadamente servil, y también desesperadamente mi patria! Yo, un medio fantasma vestido con un traje extranjero de verano, me quedé de pie en la nieve impasible de una noche de octubre, en algún lugar junto al Moyka o al canal Fonanja, o quizá fuera en el Obvodny, y tenía que hacer algo, ir a algún lugar, correr; proteger con desesperación mi vida frágil, fuera de la ley. ¡Cuántas veces había experimentado esa misma sensación mientras dormía! Ahora, sin embargo, era realidad. Todo era real, el aire parecía mezclarse con los copos de nieve dispersos, con el canal que todavía no se había helado, con la casa flotante, y con aquel peculiar rectángulo de las ventanas oscuras y amarillas. Un hombre con una gorra de piel, y una cartera bajo el brazo, llegó hasta mí como desde la niebla, me lanzó una mirada asustada y se volvió a mirarme después de haberse cruzado conmigo. Esperé a que desapareciera y entonces, con prisas, empecé a sacar todo lo que llevaba en los bolsillos, destrozando papeles, arrojándolos en la nieve y después pisoteándolos. Había algunos documentos, una carta de mi hermana en París, quinientos francos, un pañuelo, cigarrillos: sin embargo, a fin de despojarme de todos los tejidos del exilio, tendría que desgarrar y destrozar mi ropa, mis calzoncillos, mis zapatos, todo, y quedarme idealmente desnudo: y aunque ya estaba temblando y con escalofríos a causa del frío y también de mi angustia, hice todo lo que pude en ese sentido.
Pero basta. No relataré la historia de cómo me arrestaron ni tampoco contaré las pruebas subsiguientes por las que hube dé pasar. Baste decir que me costó una paciencia y un esfuerzo increíbles volver a salir al extranjero, y que, desde entonces, me he jurado no llevar a cabo misiones confiadas por la locura de los otros.

 – Vladimir Nabokov.

«La visita al museo» («Poseshchenie muzeya») se publicó en la revista del exilio Sovremennyya Zapiski (1939) y posteriormente en el volumen de relatos Vesna v Fialte (1959). La versión inglesa apareció en Esquire en marzo de 1963 y posteriormente se incluyó en Nabokov’s Quartet (1966).
Los lectores que no sean rusos tal vez agradezcan una nota explicativa. En un determinado momento, el desgraciado narrador observa el rótulo de una tienda y se da cuenta de que no está en la Rusia de su pasado sino en la Unión Soviética. El detalle revelador es la ausencia de la letra que solía decorar el final de una palabra terminada en consonante en la vieja Rusia pero que se omite en la ortografía reformada adoptada por los soviéticos.

 

 

 

 

El ojo – Vladimir Nabokov

«Al fin y al cabo, para vivir feliz, un hombre tiene que conocer de vez en cuando unos instantes de perfecto vacío. Sin embargo, yo estaba siempre expuesto, siempre con los ojos abiertos; incluso cuando dormía no dejaba de vigilarme, sin comprender nada de mi existencia, me enloquecía la idea de no poder dejar de ser consciente de mí mismo…».

El Ojo (Соглядатай), escrita en 1930 y publicada por entregas en la revista parisina de emigrantes rusos Sovremennyya Zapiski, es la cuarta novela de Vladimir Nabokov y fue en su día, mi primer acercamiento a su obra. Es una novela corta desconcertante, que puede resultar de difícil lectura, pues la historia esta plagada de descripciones y diálogos inconexos y sesgados, que no nos permiten hacernos una imagen panorámica de la historia. Pero esto es precisamente lo que busca el autor: jugar con nosotros y no desvelarnos más que lo justo y a veces confundirnos con imágenes distorsionadas o reflejos múltiples, como si estuviéramos dentro de una habitación llena de espejos y todos los presentes en ella llevaran una máscara.

Dobles fantasmales

En esta novela se tocan los temas de la identidad y el concepto que tenemos sobre nosotros mismos y sobre todo de la imagen que proyectamos y la percepción que tienen los demás sobre nosotros. Siempre me han parecido conceptos muy interesantes, puesto que al final no dejan de ser experiencias subjetivas, a veces contaminadas por prejuicios, que no nos permiten conocer la esencia real de la verdad, conocimiento que por otra parte considero prácticamente imposible de alcanzar.

También se desarrolla el tema del doble de una manera muy interesante, puesto que no es un doble al uso; un doppelgänger o doble fantasmal, es una especie de sombra o proyección de nuestro inconsciente, que en algunos momentos se puede manifestar, posiblemente en un estado alterado de conciencia o en un estado crepuscular, como por ejemplo durante la parálisis del sueño. Pero en un plano más metafísico/psicológico, también puede ser la suma de las percepciones que otros tienen de nosotros o cada una de ellas por separado, un montón de dobles distintos, uno por cada persona que nos conoce, incluida nuestra propia percepción de nosotros mismos. La verdad es que sólo este tema daría para una entrada bastante amplia, pero no me voy a extender más en ello.

El tema del doble es recurrente en la literatura de varios autores, y aquí he detectado cierta influencia de Hoffmann (La historia del reflejo perdido), Poe (William Wilson), Pirandello (Uno, ninguno y cien mil) e incluso de Borges*. Nabokov consigue crear en El ojo, una historia a la altura de las nombradas anteriormente.

Humo y espejos en el Berlín de entreguerras

El ojo comienza con el narrador contándonos su vida en el Berlín de entreguerras. Por lo que sabemos es un expatriado ruso que ha huido de la Revolución Bolchevique y posterior guerra civil que asola Rusia, que comparte su vida con otros emigrados de su misma nacionalidad, a cada cual más variopinto: como el librero Weinstock, paranoico y practicante del espiritismo (muy de moda en aquellos años) o el pedante Roman Bogdanovich, autor de un diario personal, cuyas entregas envía todos los viernes a un amigo de Tallinnque las archiva para que Roman pueda releerlo completo en un futuro cuando ya sea anciano.

La vida del narrador, bastante mediocre y aburrida, da un giro inesperado tras un acontecimiento traumático que le empuja al (intento de) suicidio. A partir de ahí su vida adquiere una dimensión totalmente distinta, ya que comienza a ver el mundo y a los que le rodean con otros ojos, una especie de ser omnisciente que todo lo ve y que se propone descubrir la identidad del personaje más enigmático de todos: Smurov.

Smurov, el enigma

Un personaje que un día es un soldado zarista y al siguiente un espía bolchevique, otro día se presenta como un mujeriego y después como homosexual. El narrador intenta descifrar el enigma de Smurov a través de los ojos y las opiniones de sus conocidos y poco a poco su imagen va tomando forma, una imagen realmente sorprendente.

En el prefacio, el autor nos anima a que intentemos descubrir quién es este personaje antes de que acabe la novela, reconozco que yo lo descubrí más o menos a la mitad. Así que nos encontramos ante una obra de gran calidad y un misterio muy divertido. Recomiendo su lectura, pero ojo, que sea breve no quiere decir que sea ligera, es densa y como dije al principio, desconcertante.

«Kashmarin se había llevado otra imagen, ¿Importa cuál? Porque no existo; lo que existe son los millares de espejos que me reflejan. Cada vez que conozco a alguien, aumenta la población de fantasmas que se parecen a mí. Viven en alguna parte, se multiplican en alguna parte. Sólo yo no existo. Sin embargo, Smurov, seguirá viviendo por mucho tiempo”.

“Los dos muchachos envejecerán y alguna que otra imagen mía vivirá en ellos como un parásito tenaz.  Y luego llegará el día en que morirá la última persona que me recuerde, tal vez una historia casual sobre mí, una simple anécdota en la que aparezco yo, pasará de él a su hijo o a su nieto, y así mi nombre y mi fantasma aparecerán fugazmente aquí y allá por un tiempo más. Luego llegará el final».

Notas: El título original en ruso Соглядатай, cuya transcripción sería Soglyadatay, es un antiguo término militar que significa «espía«, «observador«, el autor al traducir su obra al inglés en 1965, decidió titularlo, «El Ojo«.

* La influencia de Borges es imposible, puesto que en aquellos años no tenían aún conocimiento el uno del otro. Aunque si es cierto que sus vidas están marcadas por algunos paralelismos sorprendentes.