Axolotl – Julio Cortázar

Hay cuentos que se leen como si uno avanzara por un sendero. Otros como si se bajara una escalera en espiral. Pero Axolotl se respira. Es un texto sumergido en una quietud translúcida. Un acuario literario donde la mirada queda atrapada sin saber bien en qué momento dejó de ser la suya.

Leerlo es estar en suspensión: los párrafos flotan en un lenguaje lento, íntimo y acuático. Nada se precipita, y sin embargo, todo se transforma. Hay una voz que observa, y otra que va ocupando su lugar sin violencia, sin aviso.

Lo más perturbador es que el animal del cuento no es una invención. El axolotl o ajolote existe. Es un anfibio mexicano que se niega a cambiar de forma: vive siempre en estado larval, con branquias externas, como si decidiera permanecer en un tiempo anterior a la metamorfosis. Su nombre viene del náhuatl: atl (agua) y Xólotl, el dios que rehuyó la muerte y se ocultó en el agua.

Un dios escondido en la quietud de un cuento que no cuenta… Hipnotiza.

 

Axolotl

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

– Julio Cortázar.

Axolotl fue publicado en la colección de relatos Final del juego (1956).

Led Zeppelin – IV

Hay discos que se anuncian con estruendo, con nombres grabados en oro o portadas diseñadas para atraer miradas. Led Zeppelin IV, en cambio, calla. No tiene título, ni el nombre de la banda, ni una sola palabra en la portada. Solo una imagen: la pintura de un anciano encorvado que carga leña, colgado como un retazo olvidado en una pared desconchada. Al otro lado del vinilo, el reverso muestra un edificio moderno en ruinas, como si alguien hubiese tendido un puente secreto entre dos mundos —el rural y el urbano, lo antiguo y lo moderno—, y hubiera insertado entre ambos una carta sin firmar. Una señal para quien supiera leerla.

Esa figura que carga ramas recuerda de inmediato al Diez de Bastos del Tarot Rider-Waite: el hombre vencido por el peso de su carga, doblado por el esfuerzo y aplastado por tareas que quizás ya no le pertenecen. Es el símbolo del mundo antes de la comprensión. El peso que debe ser transportado sin saber por qué. La imagen de alguien que aún no ha cruzado el umbral, pero que lo transporta consigo.

Y sin embargo, al abrir el álbum y descubrir al Ermitaño ilustrado en el interior —con su linterna alzada en la cima de una montaña—, la lectura cambia. Esa figura encarna otro arquetipo del tarot: el del portador del conocimiento silencioso, el que se retira del mundo para contemplarlo y vigilarlo desde los márgenes. Él no carga con ramas: porta una luz. La luz que solo puede encontrarse después de la introspección y el esfuerzo.

No hay contradicción entre ambas imágenes, sino una progresión. Una conduce a la otra como la fatiga al descanso o la noche al sueño. Toda iniciación comienza con un paso a ciegas, con el cuerpo inclinado por cargas que aún no comprenden su propósito. Y solo cuando se ha caminado lo suficiente bajo ese peso y se ha meditado, la figura se endereza y aparece la luz. La linterna no guía el inicio: lo consagra.

Cada símbolo del disco —los glifos, la ausencia de palabras, la figura arquetípica— compone un pequeño sistema de iniciación. Este disco es un objeto que exige que lo descifres, una escalera que solo aparece si estás dispuesto a subirla.

Dentro de esta obra sin nombre, alguien dejó señales veladas: símbolos íntimos, trazados como marcas rituales en el umbral de un templo invisible. Cuatro símbolos que no están dispuestos para explicar, sino para custodiar. Cada uno protege algo que no puede decirse en voz alta, y ninguno se abre del todo si no llevas dentro la pregunta adecuada.

Los cuatro sellos

Abres la carpeta del vinilo y ahí están: cuatro signos. No hay nombres, ni fotos, ni créditos. Solo eso: cuatro glifos dibujados con trazo firme, que parecen marcas de conjuro o tatuajes de un antiguo pacto. Son los sellos de los oficiantes. Y cada uno guarda un fragmento del poder que está a punto de desatarse.

El primero parece una palabra imposible: Zoso. Pero no suena a nada. No significa nada, al menos en la lengua que conocemos. Parece sacado de un grimorio, de esos libros que no se abren si uno no ha sido iniciado. Dicen que lo creó Jimmy Page, el custodio del templo, y que nadie ha podido descifrarlo del todo. Algunos lo vinculan con Saturno, otros con el demonio Asmodeo. Pero él no dirá nada. Si entiendes, ya sabes. Y si no, mejor no preguntes.

Junto a él, otro símbolo más sereno: tres óvalos entrelazados dentro de un círculo, una geometría que parece danzar en silencio. Es el sello de John Paul Jones. Hay algo antiguo en él, algo que huele a piedra y a equilibrio. Representa lo invisible que sostiene. La estructura oculta que da forma al caos. El arquitecto callado.

A la derecha, un triángulo de círculos unidos por la fuerza. Es el signo de Bonham. Parece un simple logotipo, pero late y cuando lo miras mucho rato, empieza a girar. Representa el ritmo puro, el golpe primigenio, la tormenta contenida en carne y hueso. Su símbolo no pretende enmascarar nada, más bien te lo lanza a la cara.

Y por último, una pluma dentro de un círculo. Es el sello de Plant. Pero no es una firma: es una chispa vital. La pluma de la diosa Ma’at, dicen, aunque también podría ser el aliento del dios Thoth, o la llama que se enciende cuando una garganta se abre al cielo. Ese símbolo no se escribe: se canta. Y lo que canta, arde.

Los cuatro sellos no explican nada y no necesitan hacerlo ya que están ahí como advertencia, como mapa y como prueba. Una vez dentro, ya no puedes volver atrás. Porque no estás ante un álbum. Estás ante un ritual.

El Grito y la Carne

Led Zeppelin IV arranca con una sacudida. Black Dog es una trampa, ya que el riff parece simple, pero no lo es: se pliega, se retuerce, se esconde. No sigue el compás, lo esquiva con precisión mesmérica. Cada vez que el oyente cree haberlo atrapado, se le escapa por medio compás. Como el deseo, como la carne: se ofrece y se niega a la vez.

Aquí la voz de Robert Plant emerge de un lugar donde el cuerpo ya no es instrumento, sino una herida abierta. Todo en esta canción gira en torno al ansia, a la seducción como circuito cerrado. La repetición se vuelve ritual, como si el acto mismo de desear fuera una prisión sin salida. Y en esa cárcel, el ritmo de Bonham es el carcelero.

Y sin darte respiro, Rock and Roll irrumpe con una batería que no parece grabada, sino invocada. El golpe de Bonham al principio no es un conteo: es el latido de algo que acaba de despertar. La canción es circular, vertiginosa, repetitiva, parece un conjuro antiguo: una de esas formas que, al repetirlas, transforman el aire que las rodea.

La letra “It’s been a long time…” es un mantra, que se repite como si intentara devolver al mundo un pulso olvidado. Plant grita como si su garganta ardiera con cada verso, y Page lo empuja aún más lejos con guitarras tensas y cargadas de fiebre.

Estas dos canciones no nos invitan a entrar: nos arrojan al barro. Son el plomo inicial, la materia bruta con la que toda transmutación debe comenzar. La alquimia antigua lo sabía: nada puede elevarse si antes no se sumerge. No hay oro sin podredumbre. Y Led Zeppelin IV lo entiende desde el primer alarido.

Aquí todo es cuerpo, todo es ritmo, todo es carne.

La Pérdida y la Prueba

Después del grito viene la separación. El cuerpo ya no manda: algo se desprende, se aleja y se desdobla. The Battle of Evermore suena como si viniera desde un lugar que no es el nuestro.

Cada nota que emerge de la mandolina de Page parece flotar en una habitación sin paredes. El ritmo ya no está en la tierra, sino en la niebla. Sandy Denny lo acompaña como la sacerdotisa de un oráculo cuya voz el disco no había revelado aún y su presencia señala el umbral donde lo mítico irrumpe. La canción ya no habla solo de batallas: habla de separación, de pérdida, de algo que se juega más allá del tiempo lineal.

Aquí se abren dos planos: el mundo y su reflejo, la historia y el mito, el yo y el otro. En este punto del viaje, el caminante empieza a entender que no basta con avanzar: debe atravesar una prueba. Y no está claro si saldrá entero.

Entonces aparece Stairway to Heaven como transición entre mundos. Comienza con guitarras acústicas envolviendo el sonido de una flauta pastoral, casi inocente, como si aún quedara algo del oro falso de los comienzos. Pero esa pureza se deshace ya que la guitarra va creciendo como una espiral. La voz sube, se dobla, se rompe. Y la letra va dejando caer pistas que nadie puede descifrar del todo.

¿Quién compra una escalera al cielo? ¿Por qué el camino se dobla con cada paso? ¿Qué verdad se revela solo cuando llega el silencio?.

Cada estrofa es un peldaño. Cada verso, una decisión. La canción crece como una iniciación lenta, irresistible, cargada de símbolos que parecen prometer respuestas, pero solo dejan más preguntas. Y cuando todo estalla en el solo de Page —que no es solo virtuosismo, sino expulsión de energía contenida— ya no hay vuelta atrás. Plant canta como si ardiera por dentro, como si su garganta fuera la antorcha del último ascenso.

Aquí el oro aún no ha aparecido. Solo hemos perdido la piel antigua. Y comenzamos a comprender que no basta con subir: hay que vaciarse en el proceso.

La Revelación y el Fuego

La subida no garantiza claridad. A veces, cuanto más alto se llega, más se descompone el mundo. Misty Mountain Hop es la primera señal de que algo se ha torcido. Ya no hay solemnidad; hay desorden, risas lejanas y confusión.

La canción empieza con un teclado extraño, casi irónico que parece una invitación al juego, pero enseguida se convierte en otra cosa: una caminata sin dirección por un mundo que ya no obedece las leyes antiguas.

La letra habla de huida, de desobediencia, de un viaje que no tiene mapa. Las montañas brumosas están al fondo, pero no llegamos nunca a ellas. Estamos atrapados en un espacio entre lo cotidiano y lo absurdo. La batería de Bonham martillea, pero no busca acompañar, sino anular el pensamiento lineal con un ritmo hipnótico, insistente y casi tribal.

Aquí la alquimia ya no separa ni purifica. Arde. Y arde sin explicación.

Four Sticks es todavía más inquietante ya que su estructura rítmica es anómala. Bonham toca con cuatro baquetas —dos en cada mano—, como si necesitara multiplicar el golpe para alcanzar algo que no se deja tocar con métodos normales. La guitarra es tensa, elástica, contenida en un espiral de repeticiones que no llegan a ningún clímax.

Plant canta desde lejos, como si lo hiciera a través de un laberinto que cambia de forma mientras avanza y donde parece no haber centro ni tierra firme. Esta es la fase del fuego ritual, la combustión sin control. Todo lo que no fue destruido en el cuerpo o en la prueba, arde aquí. Lo simbólico deja de tener bordes y las palabras no significan, sino que golpean.

Esta no es la iluminación. Es el precio a pagar por ella.

Interludio: El suspiro antes de la tormenta

Después del fuego, el mundo parece detenerse. Going to California no llega como una continuación, ni como una resolución. Es una grieta en el tejido del disco en la que todo queda en animación suspendida. Aquí no hay gritos ni tambores, ni tambores que parezcan gritos. Hay silencio, cuerdas suaves y una voz que por fin parece no invocar, sino recordar.

La letra parece sencilla, nos habla de un viaje, una promesa, una búsqueda. Pero debajo late algo más, quizá una huida sin dirección clara. El sonido es acústico, limpio, casi puro. Pero esa pureza no redime, más bien entristece porque no se ha alcanzado nada y se ha dejado atrás todo.

Esta canción es el exilio interior del alquimista. El momento en que, tras el fuego, no aparece aún el oro, sino una nostalgia que no pertenece a ninguna fase del proceso. Es el deseo de otro mundo y también, tal vez, la aceptación de que no lo habrá.

Y justo ahí, en esa calma imposible, empieza a oírse lo que viene: el rumor de la lluvia.

El juicio final

Y entonces, el agua.

When the Levee Breaks te arrastra con ella. El ritmo no golpea como en las canciones anteriores. Aquí no hay batería, hay tierra que se rompe. Bonham no toca: se convierte en una maquinaria tectónica. Su batería fue grabada al pie de una escalera de piedra, buscando una reverberación que no sonara humana. Y no suena humana. Suena a destino sellado, a cataclismo.

El riff principal es lento, denso e  hipnótico y se repite sin desarrollarse, como si no necesitara avanzar: le basta con hundir todo lo que encuentra. La armónica de Plant gime filtrada, arrastrada por el mismo barro que empieza a tragarse todo. La voz llega distorsionada, lejana, como si ya viniera desde después del desastre.

La letra, “If it keeps on rainin’, the levee’s gonna break,” basada en un viejo blues de Memphis Minnie, no es una metáfora. Es una sentencia que constata lo que es inevitable, que lo que antes contenía, ahora arrasa.

Este es el final del ritual. No hay redención ni epifanía. El diluvio no viene para limpiar, sino para borrar. Aquí ya no hay símbolos, solo fuerza primigenia que provoca que la estructura colapse y tras ello lo que queda es el eco de algo que ya ha pasado y que nadie podrá explicar del todo.

Pero Led Zeppelin IV no termina.

Se inunda.

Once veces Ozzy

Hace unos días el mundo del metal saltó por los aires con la noticia de la muerte de Ozzy Osbourne, una de las estrellas más icónicas de la historia de la música. Me escribió un colega para decírmelo y lo cierto es que me sentí raro y triste. No suelo idolatrar a nadie, pero después de pensarlo, Ozzy ha sido parte de mi vida musical los últimos 27 años, desde que lo descubrí con el primer disco de Black Sabbath.

Reconozco que el Madman nunca destacó por tener una gran voz, pero siempre supe que lo suyo iba por otro lado. Suplía sus carencias con muchísima presencia y sobre todo con su personalidad desequilibrada y excesiva. Puro carisma y locura.

Pero aunque el personaje de Ozzy devoró a John Michael Osbourne llevándolo al límite y casi a la autodestrucción, hay que darle todo el crédito como uno de los creadores del Heavy metal y también como descubridor de grandísimos guitarristas.

Ozzy, como mito viviente, siguió subiéndose a los escenarios hasta casi el último aliento. Tan solo dos semanas antes de su muerte, daba su último concierto en el homenaje a Black Sabbath que hubo en su ciudad natal, Birmingham. Estaba enfermo, no podía caminar… pero aun así salió al escenario y desde su trono lo dio todo, como solo lo hacen los que nacieron para estar ahí.

Hoy para rendirle tributo, os traigo 11 de mis canciones favoritas de su carrera en solitario.

Crazy Train

All aboard!! Con este grito salvaje, el bueno de Ozzy nos invita a subirnos a su tren de la locura. Crazy Train, incluida en su debut en solitario Blizzard of Ozz (1980), fue el pistoletazo de salida de una nueva etapa tras la ruptura con Black Sabbath. Y no pudo ser más certero: un tema explosivo, melódico y afilado, con uno de los riffs más míticos de la historia del metal, cortesía del malogrado Randy Rhoads —la primera de las joyas a la guitarra que descubrió el loco de Birmingham.

La canción tiene algo que la hace irresistible: es agresiva pero pegadiza, con una estructura brillante que combina la urgencia del punk con la precisión técnica del heavy clásico. La letra es casi una profecía: habla de la locura colectiva, de la paranoia social, de una realidad que se escapa de las manos… y todo esto en 1980.

La primera vez que escuché esta canción, el solo de Rhoads me voló la cabeza. Estuve escuchándolo en bucle una y otra vez. Es demencial. Pero no por su velocidad ni sus artificios, sino por cómo está construido: tiene una lógica interna casi matemática, pero cargada de emoción. Va subiendo, girando, rompiendo el espacio con una claridad casi barroca. Ahí entendí que Randy no solo era un guitarrista técnico: era un arquitecto del caos, alguien que tocaba con el alma y la cabeza al mismo tiempo.

Crazy Train no fue solo un Hit. Fue una declaración de independencia, una puerta que se abrió y por la que Ozzy salió disparado… y no volvió a mirar atrás.

Mr. Crowley

Esta canción, escrita por el bajista Bob Daisley, nos habla del famoso mago y ocultista Aleister Crowley, uno de los personajes más oscuros y polémicos del siglo XX. Pero no lo presenta como un héroe, ni mucho menos; al contrario, parece más bien una advertencia entre líneas.

Aun así, para los cristianos fundamentalistas norteamericanos la letra fue escandalosa. Y si a eso le sumamos la portada de Blizzard of Ozz, con Ozzy blandiendo una cruz, y su pasado en Black Sabbath, no tardaron en etiquetarlo como adorador del diablo. Paradójicamente, esa misma acusación lo convirtió también en un icono para algunos satanistas. Ozzy, mientras tanto, disfrutaba de la controversia y la publicidad gratuita.

Musicalmente, el tema es una maravilla. Empieza con unos teclados oscuros y atmosféricos, cortesía del gran Don Airey, hasta que entra Rhoads con otro brutal riff de guitarra, rematado por un par de solos estratosféricos en los que hace gala de todo su virtuosismo y técnica.

Los solos de Randy en Mr. Crowley suenan como si estuviera invocando algo desde otra dimensión. No se limitan a adornar la canción: la transforman, arrastrándola a un plano casi ritual. Son elegantes, articulados y llenos de una lógica interna casi barroca, pero con una agresividad latente que los hace explotar en el momento justo.
El primero es melódico y teatral, con escalas ascendentes que parecen elevar una pregunta al cielo, y el segundo responde con una avalancha de técnica y furia, como si el infierno contestara. Ambos están perfectamente construidos, con frases claras, pausas expresivas y una mezcla única de virtuosismo clásico y violencia eléctrica.

Una canción que sigue poniéndome los pelos de punta cada vez que suena. Randy aquí toca como si el infierno se abriera bajo sus dedos. A veces pienso que este tema es más poderoso que cualquier misa negra.

Over the Mountain

El tema que abre Diary of a Madman, el segundo disco en solitario de Ozzy, es una apisonadora de puro heavy metal. Desde ese arranque vertiginoso de batería hasta el último riff, todo suena afilado, agresivo y preciso. Una vez más, Randy Rhoads acapara todos los focos con otra interpretación magistral a la guitarra.

El solo que irrumpe tras la melodía oscura del puente podría hacer que Paganini se revolviera en su tumba… pero de pura admiración eléctrica.
No es solo técnica: es una descarga emocional con forma de espiral, una de esas que no se olvidan fácilmente.

Desgraciadamente, un año después, Rhoads fallecería en un accidente de avioneta, truncando una de las carreras más prometedoras de la historia del rock y dejando a Ozzy hundido en un pozo de desesperación, alcohol y autodestrucción.

Cada vez que escucho cualquiera de sus canciones, me cuesta no imaginar qué más podría haber creado este genio si hubiera vivido más tiempo.

Symptom of the Universe (Live)

En 1982, la compañía discográfica pidió a Ozzy que grabara un disco en directo con versiones de su antigua banda, Black Sabbath. La idea no le hizo mucha gracia al Príncipe de las Tinieblas, sobre todo porque aún estaba de duelo tras la muerte de Randy Rhoads. Aun así, hizo de tripas corazón y reclutó a otro grandísimo guitarrista: Brad Gillis.

El resultado fue Speak of the Devil, y he de reconocer que es uno de mis discos favoritos de Ozzy. Algunas versiones aquí son incluso más duras que las originales. Me cuesta elegir una sola canción del álbum, pero me voy a quedar con Symptom of the Universe. Si bien es cierto que no alcanza la majestuosidad de la original, aquí la banda la toca con una crudeza y ferocidad brutales, omitiendo eso sí la parte acústica final, que habría sido la guinda del pastel.

Escuchando este disco tengo la sensación que Ozzy lo dio todo en el escenario, exorcizando parte de los demonios que le devoraban desde dentro.

Bark at the Moon

El tema que da título al siguiente disco de Ozzy es una auténtica clase magistral de guitarra. Para este álbum, reclutó al que para muchos es el mejor guitarrista que ha pasado por su banda: Jake E. Lee. Un virtuoso que tocaba como si le fuera la vida en ello, pero con una elegancia felina. Aquí la banda está totalmente enfocada: Ozzy aúlla como el hombre lobo de la portada, mientras la base rítmica de Tommy Aldridge y Bob Daisley avanza como una apisonadora, allanando el terreno para que Lee desate una tormenta eléctrica con las seis cuerdas.

Su riff principal es rápido, agresivo y contagioso —como una carrera a cuatro patas bajo la luna llena—, pero es en el solo donde Jake E. Lee deja su huella. Una mezcla de velocidad, técnica y melodía que fluye con una naturalidad escalofriante. No hay pose, solo ferocidad estilizada. Un lobo tocando con guantes de terciopelo… hasta que los desgarra.

Pocas veces, una canción ha reflejado tan bien lo que muestra la portada.

Killer of Giants

The Ultimate Sin fue lanzado en 1986 y supuso un intento por comercializar el sonido de la banda, con resultados dispares. El enfoque compositivo se acerca demasiado al glam rock, y la producción tiene un punto extraño, como si el disco estuviera mal mezclado: todo suena algo enlatado, con poca profundidad, como si los instrumentos no terminaran de encontrarse entre ellos. Aun así, reconozco que el disco me gusta bastante, ya que está lleno de buenos temas como Lightning Strikes, Shot in the Dark, Never o el que da título al álbum. Pero entre todos ellos hay uno que sobresale claramente: Killer of Giants.

Un alegato antibelicista que comienza con unas guitarras acústicas sublimes y desemboca en una tempestad de riffs llenos de fuerza, acentuados aún más por los sintetizadores, que aportan una atmósfera dramática, casi cinematográfica. Un tema que mezcla fuerza y belleza de una forma maravillosa, como si una oración se transformara en grito antes de apagarse en la oscuridad.

De todos los Ozzy “ochenteros”, este es el que más me emociona. Es su lamento por un mundo que sigue fabricando gigantes para matarlos después.

Miracle Man

Para el disco No Rest for the Wicked de 1989, Ozzy renovó la banda una vez más: el bajista Bob Daisley volvió a filas, Randy Castillo se incorporó a la batería, y el Madman presentó al mundo a su nuevo diamante: Zakk Wylde, el guitarrista que más tiempo ha permanecido a su lado.

Miracle Man abre el álbum como un cañonazo: un riff cargado de armónicos marca de la casa, batería ochentera con reverbs desatadas, y Ozzy despachándose a gusto contra el televangelista Jimmy Swaggart, un tipo que había sido durante años uno de sus mayores críticos… hasta que lo pillaron con prostitutas, contradiciendo todo lo que predicaba. La canción se remata con un solo breve pero fulminante de Wylde, disparado a la velocidad de la luz, donde ya se intuía que este chico venía a jugar en la liga de los grandes.

El videoclip es todo un despliegue de sátira salvaje: rodado en una especie de iglesia llena de cerdos (el rebaño del pastor, claro), lanza dardos visuales a Swaggart y a toda su maquinaria hipócrita. Ozzy se ríe… pero enseñando los colmillos.

Miracle Man es la venganza en forma de riff: directa, burlona y con olor a azufre.

No More Tears

Los 90 llegaron y el heavy metal no pasaba por su mejor momento, pero a Ozzy eso le trajo sin cuidado. Tanto, que parió su mejor álbum.
Un disco lleno de temazos, riffs colosales, melodías memorables, emoción, letras profundas y solos vertiginosos. Acompañado por Zakk Wylde, Randy Castillo y Mike Inez, dio forma a una obra que plantó cara al sonido de Seattle que dominaba la época… y salió victorioso.

Elegir entre tanto cañonazo es difícil, pero yo me quedo con el tema que da título al disco. Siete minutos de puro metal que comienzan con un bajo hipnótico, flotando entre los golpes de batería, hasta que un slide afilado estira las guitarras y empieza a tejer el diálogo entre la voz de Ozzy —que aquí relata la mente distorsionada de un asesino en serie— y los demoledores riffs de Zakk Wylde. La conversación entre instrumento y cantante avanza como un mastodonte encadenado, hasta que llega el parón: un piano solitario entona unas notas bellas y espectrales, que anuncian la tormenta que está por venir. Y entonces estalla: un solo infernal de Wylde, lleno de garra, velocidad y furia lírica. Una descarga que lo arrasa todo.

No More Tears no es solo una canción: es un monumento. La prueba de que Ozzy, incluso en sus horas más inciertas, podía seguir dictando las reglas del juego.

Hellraiser

Hellraiser es uno de los temas más icónicos de No More Tears, y también uno de los más especiales por lo que representa: una colaboración entre Ozzy y Lemmy Kilmister, su amigo, cómplice y reflejo en otro infierno. La canción fue escrita por ambos, y también aparece en el álbum March ör Die de Motörhead, aunque la versión de Ozzy tiene una oscuridad más teatral y melódica.

La letra es casi un manifiesto: habla de la carretera, de la rabia, del destino y del precio de vivir al límite. Pero no como un lamento, sino como declaración de principios. Ozzy canta como si estuviera esculpiendo cada palabra con fuego. Su voz aquí suena más rasgada y dramática, y Zakk Wylde refuerza cada línea con riffs punzantes y un solo cargado de tensión y furia.

Hellraiser no es solo una canción sobre la autodestrucción: es una celebración de quienes sobrevivieron a sí mismos lo suficiente como para contarlo. Ozzy y Lemmy lo hicieron. Por eso, cuando suena este tema, lo que se escucha no es solo música: es un pacto sellado con sangre y distorsión.

Perry Mason

¿Quién, sino Ozzy, podría dedicarle una canción al protagonista de una serie de abogados de los años 60 y salirse con la suya? Solo él. Y el resultado es glorioso.

Perry Mason abre Ozzmosis (1995), el álbum con el que Ozzy regresaba tras varios años de silencio discográfico, y lo hace como una declaración de intenciones.

La canción arranca con un riff afilado como una cuchilla, directo al cuello, acompañado de una base rítmica pesadísima. El tema avanza con una energía casi industrial, sostenida por un Zakk Wylde más agresivo que nunca y unos teclados siniestros que refuerzan la atmósfera opresiva. La letra, extraña pero fascinante, convierte a Perry Mason en una especie de salvador mitológico que viene a poner orden en un mundo podrido.

Ozzy canta como si invocara a un justiciero imposible, entre el sarcasmo y el delirio y cuando llega el estribillo, con ese grito de “Who can we get on the case?”, no queda otra que rendirse.

Perry Mason es una rareza… pero también un temazo. Una forma perfecta de demostrar que, incluso en los 90, Ozzy seguía sabiendo cómo golpear con estilo.

Gets Me Through

Incluida en Down to Earth (2001), Gets Me Through es una de las canciones más honestas que ha escrito Ozzy. Aquí no hay disfraces, ni demonios, ni vampiros: hay un hombre que se mira en el espejo y le habla directamente a sus fans.

I’m not the kind of person you think I am, I’m not the anti-Christ or the Iron Man…

La letra desmonta el mito a la vez que lo habita. Es como si Ozzy dijera: “Sí, soy el loco, el bufón, el que se ha caído mil veces… pero también soy alguien que siente, que duda, que ha sobrevivido a cosas que no le desearía ni a su peor enemigo.”

Musicalmente, el tema tiene un pulso grave y mucho groove, con un riff hipnótico y una base rítmica poderosa. Robert Trujillo, al bajo, construye una línea densa y serpenteante que le da al tema un cuerpo oscuro y palpitante. Pero es en el solo donde todo se abre: una explosión melódica, llena de dolor contenido, que se despliega como un grito silenciado demasiado tiempo. Wylde descarga notas a una velocidad vertiginosa pero también le imprime mucho sentimiento.

Gets Me Through es, en el fondo, una carta abierta a quienes han estado ahí desde el principio. Y también una forma de decir: “Sigo aquí, y esto es lo que me mantiene vivo.”

 

Ozzy no era el mejor cantante, ni el más virtuoso, ni el más cuerdo. Pero eso da igual. Porque nadie ha sido Ozzy como Ozzy y jamás habrá otro igual.

Y en estas canciones —estas once bombas emocionales, oscuras, divertidas, salvajes y hermosas— está parte de su legado. El de un loco adorable, un superviviente de sí mismo, un bufón que se convirtió en rey, pero que no quiso dejar de ser bufón.

Gracias por la música, por el caos, por la eterna sonrisa… por todo.

 

 

El guardagujas – Juan José Arreola

El guardagujas es uno de los textos más conocidos de Juan José Arreola y probablemente uno de los mejores relatos fantásticos de la literatura mexicana del siglo XX. Fue publicado en 1952 en Confabulario, una colección de relatos que no puedo dejar de recomendar.

Adivinar de que trata realmente el relato no es para nada fácil, porque el gran mérito de este texto es la multiplicidad de interpretaciones que podemos llegar a tener, algunas son más evidentes que otras, pero podríamos decir que en el relato conviven varias líneas interpretativas, probablemente, todas válidas. Es indudable la sátira sobre el sistema ferroviario mexicano de la época en que se escribió el texto; la alegoría sobre el destino del ser humano; la crítica ácida al capitalismo deshumanizante e incluso la mirada surrealista hacia ciertas instituciones sociales.

Pero entre todas ellas yo me voy a centrar en el aspecto fantástico del cuento, ya que es un texto que en un principio se podría inscribir dentro de un contexto realista, pero que poco a poco y a medida que el guardagujas comienza a tener la voz en la historia ese realismo se va diluyendo y lo fantástico va tomando el control.

En el relato se confrontan dos discursos distintos: por un lado, la historia inverosímil que cuenta el guardagujas, plagada de advertencias insólitas sobre el funcionamiento del sistema ferroviario; por otro, la expectativa del forastero, que espera un tren con un destino concreto, confiando en una lógica reconocible. A simple vista, el guardagujas representa lo fantástico y el forastero lo creíble, pero lo verdaderamente inquietante es que, a medida que avanza el diálogo, esa lógica fantástica comienza a desplazar sutilmente la racionalidad del visitante. El guardagujas no solo introduce un discurso extraño: encarna una lógica alternativa que se impone poco a poco, desplazando también al lector. Su relato funciona como un virus simbólico que reescribe la realidad del cuento desde dentro, hasta que lo absurdo se vuelve norma y la certeza, ilusión.

En condiciones normales, todos sabemos que el sistema ferroviario responde a una lógica previsible: se compra un billete, se aborda un tren y se sigue una ruta establecida. Las vías ya están dispuestas, y cualquier alteración en el recorrido implica una notificación, una excepción. Pero en este cuento, esa lógica no solo es desafiada, sino reemplazada. El guardagujas describe con toda naturalidad un sistema que contradice cada una de esas certezas —trenes que nunca llegan, desvíos absurdos, destinos inestables—, y lo más perturbador es que su relato termina por imponerse sin necesidad de demostrar nada. El forastero no discute, apenas objeta, y esa aceptación pasiva del absurdo es lo que termina por sellar el viraje fantástico del relato: lo inverosímil ya no necesita explicaciones, porque ha colonizado por completo el sentido de lo posible.

En ese momento, el lector comprende que no está ante un relato sobre trenes, sino ante un tratado cifrado sobre la lógica de lo imposible.

¿Pero qué está sucediendo realmente en esta historia? A pesar de todo, al final el tren llega a la estación. ¿Ha sido todo una alucinación? ¿Un sueño del forastero? ¿Y quién —o qué— es en realidad el guardagujas? ¿Un espectro ferroviario? ¿Un trickster disfrazado de funcionario? ¿Un emisario del absurdo?

Por otra parte, este deslizamiento de lo real hacia lo absurdo encuentra ecos claros en Kafka. En primer lugar la espera e incertidumbre que tiene que soportar el forastero en la estación, recuerda a lo que le sucede a K el protagonista de El castillo. En la novela vemos como se ve imposibilitado de entrar al castillo en el que ha sido contratado como agrimensor. El tema de la espera interminable también es abordado por Kafka en Ante la ley, uno de los capítulos de El proceso.

En el relato de Arreola, lo caótico y lo infinito está presente en las redes ferroviarias y en los innumerables contratiempos que sufren los pasajeros y aquí la influencia de los cuentos La muralla china y El escudo de la ciudad es notable. Por último, uno de los temas fundamentales de Kafka y que también se puede percibir en El guardagujas es el tema del poder indefinible. Este es un tema recurrente en la obra del autor checo, donde frecuentemente se describe el modus operandi de los entes burocráticos y de las grandes corporaciones; en el relato del escritor mexicano, la empresa que dirige los ferrocarriles posee al parecer un poder ilimitado.

Como nota final, no deja de ser inquietante que el personaje del guardagujas tenga un posible antecedente en el cuento de Dickens El guardavías, otra figura liminal que custodia el paso entre mundos y que, como en el relato de Arreola, quizá sabe algo que nosotros —los lectores, los pasajeros— todavía no estamos listos para comprender.

Sean cuales sean las interpretaciones que le demos, lo cierto es que este cuento es una maravilla, espero que disfrutéis de su lectura y como siempre me encantaría conocer vuestras opiniones en comentarios.

El guardagujas

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

-¿Lleva usted poco tiempo en este país?

-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.

-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.

-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.

-Por favor…

-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

-¿Me llevará ese tren a T.?

-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…

-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…

-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.

-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?

-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.

-¿Cómo es eso?

-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.

-¡Santo Dios!

-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!

-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.

-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!

-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.

-¿Y la policía no interviene?

-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.

-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?

-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.

-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.

-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.

-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?

-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.

-¿Qué está usted diciendo?

En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.

-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.

-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.

-¿Y eso qué objeto tiene?

-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.

-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?

-Yo, señor, solo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.

-¿Y los viajeros?

Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?

El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

-¿Es el tren? -preguntó el forastero.

El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:

-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?

-¡X! -contestó el viajero.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

– Juan José Arreola.

El guardagujas fue publicado en la colección de relatos Confabulario en 1952.

1. Guardagujas: Empleado encargado del manejo de las agujas de una vía férrea.

 

Otras tres pinturas de René Magritte


Hace algún tiempo publiqué una entrada analizando tres pinturas de René Magritte. En aquella entrada (que podéis leer aquí), hablaba un poco sobre su arte y elegí tres de mis pinturas favoritas para analizar qué sensaciones me producían, esta vez por diversión, voy a repetir el experimento, solo que en esta ocasión he elegido tres pinturas al azar.

Hay pocas cosas en esta vida que encuentro más inquietantes que las pinturas de Magritte. Sombrías, perturbadoras y melancólicas, tienen una extraña habilidad para alterar mi sentido del tiempo, el espacio y la percepción de la realidad.

Lo que más me gusta de Magritte es su capacidad de provocarnos con imágenes cotidianas, su intención es que el observador cambie su percepción precondicionada de la realidad y que aprenda a observarla con una mirada metafísica. De algún modo, intenta sacar al observador de los patrones de pensamiento habituales, modificando algo que se da por sentado y mostrando lo extraña que es o puede llegar a ser la realidad.

En 1956 en una entrevista en TV, Magritte declaraba esto sobre sus intenciones artísticas al hilo del análisis de una de sus obras: Para mí, el concepto de una pintura es una idea de una cosa o muchas cosas que mi pintura puede hacer visibles… La idea no es visible en la pintura: una idea no se puede ver con los ojos. Lo que se representa en una imagen es lo que es visible a los ojos; son los elementos que se necesitan para la idea. Entonces lo que se representa en L’empire des lumières son las cosas que me dieron la idea, es decir, un paisaje nocturno y un cielo que vemos a plena luz del día… esta evocación de la noche y el día me parece dotada del poder de sorprender y encantarnos. A este poder lo llamo: poesía. Así que, a la mirada metafísica, también podríamos añadirle la búsqueda de una mirada poética de la realidad cotidiana.

La obra de la que hablaba en la cita es ésta que os muestro a continuación, en la que podéis ver como el artista nos hace dudar de la realidad, mezclando dos conceptos aparentemente antagónicos como son el día y la noche en un entorno ordinario.

L’empire des lumières (1950).

También sería interesante destacar que en las obras del pintor belga siempre hay una dimensión psicológica, algo así como un buceo hacia las profundidades del inconsciente y su interacción con la realidad y con el lenguaje, éste último es el que de alguna manera, nos permite ordenar la realidad para poder habitarla. Él mismo describía esa búsqueda en estos términos: En el curso de mí investigación, tuve la certeza de que el elemento a descubrir, la característica única que reside oscuramente en cada objeto, siempre me era conocida de antemano, pero que mi conocimiento sobre él estaba, por así decirlo, oculto en las profundidades de mi pensamiento. Como mi investigación tenía necesariamente que llegar a una única respuesta correcta para cada objeto, ésto me llevó a tratar de encontrar la solución del problema con tres puntos de referencia: el objeto, el “algo” vinculado a él en la oscuridad de mi conciencia y la luz a la que ese “algo” tenía que ser llevado.

Después de leer esta declaración podríamos deducir que más que los objetos ordinarios, los dobles, las imágenes especulares, las inversiones inescrutables o las figuras inmóviles, lo que en realidad nos desorienta y desconcierta en las obras meticulosamente terminadas de Magritte, es su perpetua búsqueda de la esencia del objeto mediante un esfuerzo mental y la representación de esa esencia intuida en toda su inevitable oscuridad. A diferencia del lenguaje, en la pintura, no siempre impera la metáfora, pero cuando esto sucede, nos encontramos en un mundo hiperbólico y algunas veces de pesadilla, que parece haber perdido toda conexión con la realidad.

Bueno, dicho todo esto vamos a empezar con el análisis de las tres obras de Magritte, ejercicio que espero que vosotros y vosotras también hagáis porque creo que es sumamente interesante, divertido y relajante. Podéis dejarme vuestras impresiones en comentarios si os apetece.


 

El cheque en blanco (1965).

El cheque en blanco (Le blanc-seign) es todo un asalto a los sentidos, además de ser un buen ejemplo de cómo la mente es capaz de construir lo imposible para darle coherencia a la realidad que nos rodea. Aquí podemos ver a una mujer montando un caballo en un bosque, pero algo no encaja, ambos están diseccionados y mezclados con el entorno, como si hubiera fallos en el continuo de la realidad. Magritte se sirve de la oclusión para esconder unas imágenes con otras, creando un efecto desconcertante, sobre todo en una de las patas traseras del caballo, que está simultáneamente detrás y delante de los árboles. Mirando esta pintura no tenemos forma de saber sí los árboles están realmente delante del jinete y su caballo o viceversa, es muy desconcertante, pero también es un desafío para la mente y la percepción.

Me pregunto al verla, cómo sería la percepción si en lugar de una pintura bidimensional, estuviera construida en 3 dimensiones. ¿Se desentrañaría el misterio que ofrece o crearía más desconcierto? Pero se me ocurre llevarlo un poco más allá, imaginemos que estamos paseando tranquilamente por un bosque y vemos esto… imagino la primera sensación de irrealidad y después nuestro cerebro intentando ordenar toda la información para decirnos (tranquilizarnos) a nosotros mismos, que lo que hay ahí es una mujer montando a caballo entre unos árboles, pero no, las leyes de la naturaleza no se están cumpliendo y la realidad se ha distorsionado (o quizá nosotros estemos descendiendo hacia la locura). Estamos ante lo imposible. Eso es lo que busca Magritte con su arte, sorprendemos constantemente, porque lo creamos o no, un encuentro con lo extraño puede suceder en cualquier momento.

Le lieu commun (1964).

Esta pintura me recuerda a otra con la misma temática, en la que también juega con los planos y las percepciones. En ella podemos ver a su icónico hombre del sombrero simultáneamente desde dos perspectivas distintas y en el fondo vuelve a aparecer ese misterioso bosque. La pintura se titula El lugar común, y puede parecer un intento un poco naif de representar esas dos dimensiones o puntos de vista, pero admitámoslo, aquí hay mucha genialidad, esta pintura al igual que la anterior, tiene el poder de perturbarnos y maravillarnos con su rareza.

 

Intentando lo imposible (1928).

Al ver esta pintura lo primero que pienso es en el mito de Pigmalión. La historia del artista que enamorado de su creación anhela darle vida (en su caso mediante la intervención divina de la diosa Afrodita). Quizá Magritte nos quiere decir lo mismo, el título parece darnos pistas: Intentando lo imposible. ¿Qué es lo imposible aquí? ¿Está intentando crear algo vivo mediante sus pinceles o simplemente es un simulacro de vida? ¿Qué o quién es esa mujer?.
Esta pintura y lo que representa puede estar abierta a muchas interpretaciones. La mujer puede ser simplemente una imagen pintada, una modelo viva, una estatua sólida, o quizás simplemente una representación de los deseos del pintor. ¿Es una figura bidimensional, tridimensional o alucinatoria? ¿Es un truco de magia o una ilusión en la propia mente del artista? ¿Es una especie de milagro o simplemente una metáfora?.
El pintor del cuadro es el propio Magritte y obviamente está intentando lo imposible, pintar algo en el aire. Pero hay un detalle que es bastante inquietante… la mujer, al igual que el pintor, proyecta sombra y eso nos señala la solidez de su cuerpo. Quizá no está pintando a la mujer en el aire, sino que la está borrando, haciéndola desaparecer… sea lo que sea, es perturbador.

Pero por otra parte quizá no haya ningún misterio metafísico, ya que Magritte no es muy dado a pintar visiones ni situaciones oníricas, es el más realista de los surrealistas, así que quizá solo sea una alegoría de la creación artística, una muy literal además: un pintor que pinta a un pintor pintando a una mujer. Eso es lo que hacen los pintores ¿no? Pintar y de algún modo perpetuar esas imágenes, convertir una idea, un recuerdo o una sensación en algo físico. Para mí esa es la verdadera alquimia, transmutar lo inmaterial en libros, esculturas, melodías, pinturas…
Si esta segunda interpretación es la correcta, lo cierto es que el pintor consigue transmitirlo con una pintura realmente sencilla y directa y quizás eso sea lo que la hace tan subversiva.

 

Los paseos de Euclides (1955).

Aquí tenemos otro de los temas recurrentes del pintor belga: las pinturas sobre pinturas. En esta ocasión vemos el panorama de una ciudad con una torre cónica en primer plano y una gran avenida que simula ser otra torre o viceversa. Magritte crea una ilusión óptica muy ambigua, ya que tanto la panorámica de la ventana como la del lienzo supuestamente coinciden.
Pero la pintura frente a la ventana, puede reproducir la realidad oculta u ocultarla y alterarla. Lo que parece posible o incluso evidente, puede ser en realidad una ilusión engañosa y surgen múltiples posibilidades a medida que uno piensa más allá de lo inmediatamente obvio. Quizá el pintor del lienzo lo puso frente a la ventana para mostrar su habilidad para crear copias exactas de la realidad. Quizá el propósito del lienzo era ocultar una realidad indeseable y sustituirla por otra más atractiva o tal vez no hay ningún lienzo y lo que vemos es simplemente una vista desde una ventana a través de un cristal transparente. Para rizar el rizo, creo que sería interesante poder ver como Magritte pinta esta panorámica delante de esa panorámica, como en su pintura La clairvoyance, de la que existe una foto del autor mientras la pinta, creando un efecto paradójico muy interesante.

La clairvoyance, (1936).

Y por último, aunque la mención de Euclides en el título parece fuera de lugar, puede leerse como un comentario sobre la estrecha relación entre la pintura y la geometría proyectiva, un tipo de geometría no euclidiana, pero que puede tratarse como euclidiana.

 

Títulos de las pinturas y localización:

– Le empire des lumières (1950) MOMA Museum of Modern Art, New York.

– Le blanc-seign (1965) National Gallery of Art, Washington D.C.

– Le lieu commun (1964) Colección privada.

– Tentative de l’impossible (1928) Toyota Museum of Art, Toyota.

– Les promenades d’Euclide (1955) Minneapolis Institute of Art.

– La clairvoyance (1936) Colección privada.

 

 

 

 

 

Judas Priest – Sad Wings of Destiny


Hay pocos discos que combinen maestría musical, creatividad y talento en bruto como lo hace Sad Wings of Destiny. Este álbum tuvo un gran impacto en el heavy metal y sigue siendo uno de los mejores trabajos del género. A mediados de los 70 había unas cuantas bandas consideradas heavys con Black Sabbath a la cabeza como pioneros, hasta que llegaron Judas Priest con esta obra maestra y refinaron por completo el género. La banda de Birmingham cogió los riffs y las estructuras de las canciones inspirados en el blues que habían sido parte del heavy metal hasta ese momento y les inyectó una buena dosis de velocidad, potencia y agresividad. Sad Wings of Destiny presenta un conjunto de canciones único y diverso. Probablemente sea el disco más variado de la banda, en el que podemos encontrar auténticos temazos de heavy metal junto con baladas de piano, algo insólito en la discografía de los Judas Priest y que hace de este disco una maravillosa experiencia sonora.

Downing, Moore, Halford, Tipton y Hill.

Una obra maestra

Desde el blues heavy de Victim of Changes hasta la rápida y poderosa Tyrant, este álbum tiene mucho material diferente que ofrecer. Todas las canciones, con la excepción de Prelude, Dreamer Deceiver y Epitaph, son de tempo medio a rápido y son todas bastante heavys y compactas, especialmente para su época (1976). Además, otra de las innovaciones que introdujeron los Judas, fue la de tener dos guitarristas solistas en la banda, esto les permitió darle más contundencia y melodía a las canciones, además de “inventar” de alguna manera, esos duelos de solos y armonías duales tan característicos del género, aunque realmente creo que ese honor les corresponde a los irlandeses Thin Lizzy en su álbum Fighting de 1975.

Junto con el inconfundible sonido de heavy metal que tiene el álbum, hay un elemento progresivo fluctuando en algunas canciones. Si nos fijamos en Tyrant hay muchos riffs diferentes y progresiones de acordes dispuestos de forma única. Esto también es bastante evidente en The Ripper, que tiene un arreglo muy extraño, pero que funciona realmente bien. El riff principal suena oscuro y amenazante y encaja perfectamente con el tema de las letras, bueno, no es realmente un «riff», sino más bien un conjunto rápido de notas que queda increíble y muestra el verdadero talento para escribir canciones que tenía Judas Priest y que sentó las bases que seguirían poco después muchas bandas de la NWOBHM.

Genocide es un temazo de puro heavy metal, con un riff principal simple pero brutal y unas letras bastante oscuras, al igual que las de Island of Domination, un corte inspirado por Black Sabbath con varios cambios de ritmo y con un Halford desatado. Prelude y Epitaph son las canciones de piano del disco; la primera de corte barroco, actúa como intro del álbum y la segunda desde mi punto de vista, está muy influenciada por Queen y Elton John. Quizá pueda parecer que dan la nota discordante en el disco, pero lo cierto es que encajan muy bien con el resto de canciones. Tengo que decir que todos los temas tienen algo especial, pero para mi gusto hay tres que sobresalen sobre el resto y son Victim of Changes y la dupla Dreamer Deceiver/Deceiver.

Victim of Changes resume en sus casi ocho minutos de duración todo lo que es el heavy metal: Riffs potentes y pegadizos, solos desgarradores, voces salvajes y melódicas, diferentes pasajes… El inicio de la canción es insuperable con Tipton y Downing haciendo a duo una armonía descendente de guitarra que desemboca lentamente en uno de los riffs más icónicos de la historia del metal. Toda una innovación en un tema que aún tiene muy arraigado el blues en su composición y que va alternando pasajes melancólicos con otros más agresivos con Halford gritando en algunas partes como un Banshee, en un disco en el que hace auténticas maravillas con su voz, en una época en la que aún estaba buscando su estilo. Sin duda, esta es una de mis canciones favoritas de todos los tiempos.

Y qué decir de Dreamer Deceiver/Deceiver… otra joya. Una bellísima balada con letras oníricas en la que Halford se sale, haciendo uso de todo su rango vocal y con Glenn Tipton marcándose uno de sus mejores solos, lleno de sentimiento y virtuosismo, para acabar acelerando la canción en la segunda parte y llevar al oyente en volandas hasta el final en el que unas guitarras acústicas aparecen para apaciguar la tormenta de riffs y gritos. Temazo.

 

Sad Wings of Destiny es el álbum que permitió a los Judas Priest dar el primer paso en su ascenso al Olimpo destinado sólo a un puñado de bandas en la historia del metal y también sirvió como inspiración a incontables grupos durante los años posteriores, e incluso ahora, casi 50 años después de su lanzamiento, sigue siendo un álbum que todo amante de la buena música debería escuchar y me atrevo a decir que lo seguirá siendo dentro de 50 años y más allá (si la basura del reggaetón y demás “estilos” afines no acaban por destruir la música y todo vestigio de cultura e inteligencia).

Es cierto que los Judas evolucionarían y sacarían auténticos discos icónicos durante su dilatada carrera, pero nunca lograrían recapturar la magia y la espontaneidad de esta pequeña obra de arte y como a cualquier obra de arte, hay que darle tiempo y varias escuchas.
Al principio, puede que la producción pasada de moda y tanto grito os eche para atrás, pero creedme… lenta pero inevitablemente, la magia de este álbum se envolverá alrededor de vuestra psique… y luego la devorará, convirtiéndoos en acólitos de las tristes alas del destino para siempre.

 

Nota: Por una pifia de la discográfica el orden de las canciones esta cambiado en todas las ediciones… El tracklist original era:

1. Prelude
2. Tyrant
3. Genocide
4. Epitaph
5. Island of Domination
6. Victim of Changes
7. The Ripper
8. Dreamer Deceiver
9. Deceiver

La verdad es que escuchado en este orden el álbum tiene más coherencia.

Nota 2: La portada del álbum es obra de Patrick Woodroffe y es una de mis favoritas, con ese ángel caído en el infierno que lleva colgado al cuello el diapasón del diablo, que más tarde se convertiría en parte del logo de la banda.

 

 

 

 

Bestiario – Julio Cortázar

Los cuentos de Julio Cortázar, golpean, zarandean, aturden, inquietan, pero a la vez reconfortan, fascinan y provocan sensaciones extrañas e interesantes. Su dominio del lenguaje es abrumador y su capacidad de crear mundos y sucesos inverosímiles e inquietantes de las situaciones más normales es sencillamente magistral.

Bestiario es la primera colección que publicó el autor en 1951 y consta de ocho relatos a cada cual más extraño. Me cuesta elegir favoritos pues todos tienen un «algo» que los hace interesantes y memorables, pero si tuviera que elegir me quedaría con esa soberbia pesadilla titulada Casa Tomada, el final de Lejana, la asfixiante ansiedad de Ómnibus y el surrealismo de Carta a una señorita en Paris y Cefalea.

Según Cortázar, varios de esos cuentos se concibieron como auto-terapias de tipo psicoanalítico, ya que por aquel entonces experimentaba ciertos síntomas neuróticos que le incomodaban. Y quizá sea este enfoque psicológico en el momento de crearlos el que me hace pensar que los relatos del argentino son entes vivos, son como un virus hecho de palabras que ataca directamente a la mente y se instala en ella incubando, para manifestarse días o meses después y de la nada sorprenderte pensando en una de sus historias.

Son relatos para saborear lentamente (incluso para leer varias veces) y dejarse llevar a ese mundo en el que nada es lo que parece y en el que lo fantástico va invadiendo lo cotidiano de manera casi imperceptible, hasta distorsionarlo con la sutileza onírica y surrealista propia de los sueños… y las pesadillas.

 

Otros cinco relatos que deberías leer

Como la primera entrega de relatos recomendados, tuvo tan buena acogida aquí te traigo una segunda parte. Los de hoy tienen en su mayoría tintes un tanto oscuros, así que si te gustan este tipo de historias, seguro que los disfrutas.
Y por cierto, estaré encantado de recibir tus comentarios al respecto y sobre todo, que me descubras tus relatos favoritos. Un saludo.

 

El Horla

Guy de Maupassant es uno de los grandes cuentistas de todos los tiempos y El Horla es una de sus mejores creaciones, si no la mejor. Un terrorífico relato construido a modo de diario, en el que el protagonista nos habla de unos sucesos extraños que le vienen ocurriendo desde hace tiempo y que le perturban en extremo. Al parecer cuando Maupassant lo escribió era objeto de alucinaciones debidas a su gradual e inexorable descenso a la locura. Hay dos versiones, la segunda que es la mejor la puedes leer aquí.

 

La nariz

Nikolai Gógol ocupa un lugar preferente en la historia de la literatura rusa. Una de sus creaciones más famosas es La nariz, un relato surrealista y absurdo en el que el autor destruye la lógica que impera en la literatura fantástica para crear una pequeña obra maestra imprevisible y muy cómica. Se dice que es una sátira del aparato burocrático ruso de la época, aunque yo no estoy tan seguro, ya que creo que hay otros niveles de interpretación más profundos. Léelo aquí.

 

Tripas

Se cuenta que cuando Chuck Palahniuk estaba de promoción de su libro Fantasmas, solía leer en voz alta este relato a la audiencia provocando decenas de desmayos. Puede ser verdad o tan solo un truco promocional para incrementar las ventas, pero lo cierto es que este relato podría llegar a crear ese efecto en personas sensibles, ya que lo que comienza como una historia cómica, acaba siendo algo bastante terrorífico y desagradable. Lo interesante es la construcción del relato, ya que el autor nos hace pasar de un estado al otro casi sin darnos cuenta y eso es muy difícil de conseguir. Léelo aquí… si te atreves.

 

Los sueños en la casa de la bruja

Terror y ciencia ficción se aúnan en este relato de H. P. Lovecraft para crear una auténtica obra maestra del género. Aquí encontraremos brujería, atmósferas opresivas, seres grotescos y una bruja fugada de los juicios de Salem que se mueve a sus anchas por el hiperespacio. Una de las claves de que el terror de este relato sea tan efectivo, es que se desarrolla en un espacio tan minúsculo como inabarcable y esta paradoja es la que presenta la posibilidad más aterradora al lector que se deje llevar a los mundos creados por el solitario de Providence. Puedes leerlo aquí.

 

Minority Report

Este relato de ciencia ficción escrito por Philip K. Dick en 1956, trata de una organización que predice crímenes con la ayuda de tres mutantes y gracias a eso puede detener a los potenciales criminales antes de que cometan el delito. Pero no todo es tan fácil como parece, las implicaciones morales y filosóficas de esta actividad pueden ser cuestionables… Minority Report es un trepidante relato cargado de acción que fue llevado al cine por Steven Spielberg en 2002 y, aunque la película está muy bien, se aleja un poco de la historia tramada por Dick, pero creo que ambas se podrían considerar como historias complementarias. Léelo aquí.

 

 

 

 

 

 

 

Jethro Tull – Thick as a Brick

Corría el año 1971 cuando Ian Anderson, líder de la banda Jethro Tull, cansado de que los críticos musicales repitieran sin cesar que su último LP Aqualung era un disco conceptual, decide componer en respuesta, un verdadero disco conceptual que sería también una especie de sátira del rock progresivo que estaba de moda en la época. Así que armados con todo su arsenal musical y una buena dosis de humor a lo Monthy Python, parieron Thick as a Brick, un disco que les llevaría al estrellato y que irónicamente se convertiría en uno de los discos más importantes e influyentes de la historia del rock progresivo, género del que intentaban mofarse.

Broma genial

El disco esta concebido como la adaptación musical de un poema épico escrito por un niño prodigio de ocho años llamado Gerald Bostock, apodado por la prensa El pequeño Milton”. Para apoyar la broma, la portada y las cubiertas interiores del disco se diseñaron imitando un falso periódico de provincias de 12 páginas llamado St. Cleve Chronicle, cuya noticia principal cuenta que Bostock ha ganado un premio por un poema, pero que le ha sido retirado por haber usado una palabra malsonante durante un programa televisivo. Además el periódico también incluye varias noticias cómicas escritas por los miembros de la banda y el poema de Bostock, que a la vez es la letra del disco, acompañado de la noticia de que Jethro Tull lo va a usar como inspiración para su próximo álbum.

El álbum fue lanzado en 1972 y fue todo un éxito, pese a que aquel año tuvo que competir con discos tan míticos como Close to the Edge de Yes, Foxtrot de Genesis, Octopus de Gentle Giant, Machine Head de Deep Purple, Argus de Wishbone Ash o Trilogy de Emerson, Lake & Palmer entre otros.

Excelencia musical

Thick as a Brick es considerado el primer álbum progresivo de Jethro Tull, ya que cuenta con una gran variedad de cambios de tempo y compás característicos del género. Consta de una única canción de 44 minutos de duración dividida en dos cortes, que en realidad es una amalgama de varias mini canciones unidas entre sí de manera magistral. La gran cantidad de instrumentos usados en el disco es difícil de enumerar, pero además de la flauta, guitarras eléctricas y acústicas y el órgano Hammond, la banda usa laúdes, un clavecín, trompetas, saxofones, violines y timbales, enriqueciendo sobre manera el sonido blues y folk rock de sus anteriores discos.

Las letras, basadas en el supuesto poema de Bostock, están cargadas de sátira social y humor estrambótico. Critican las estructuras de clase, la conformidad y las rígidas creencias moralistas del sistema que las perpetúa. Anderson comentó al respecto que parte de esas letras nacieron de algunas de sus experiencias de niñez. La broma estuvo tan bien ejecutada que durante un tiempo mucha gente creyó que tanto el poema como el niño, eran reales.

Todos los músicos están a un gran nivel, pero el líder de la banda Ian Anderson merece una mención aparte. Todo un genio multi instrumentista, compositor, showman y letrista. Su presencia sobre el escenario con sus greñas, sus ropas extravagantes y su energía inagotable, hacían de él en la década de los 70, una especie de fuerza de la naturaleza, como si el mismísimo dios Pan le hubiera poseído para hipnotizar y entretener al público al ritmo de su flauta travesera y sus ocurrencias. Es todo un deleite verle actuar en vídeos de directos de esa época.

En mi opinión el disco es una auténtica obra maestra, una sinfonía llena de pasajes y cambios de ritmo muy interesante. Recuerdo que cuando lo escuché por primera vez me encantó y me sentí un poco perdido a partes iguales. Pero este es uno de esos discos que van ganando con cada escucha, porque siempre encuentras nuevos matices y sonidos que en una primera escucha no se revelan. Yo lo recomiendo sin duda, creo que es un disco que puede intimidar por su concepto musical y la duración de esa única canción, pero sinceramente vale mucho la pena darle una oportunidad, aunque creo que se le puede hacer un poco largo a quien esté acostumbrado a temas de dos o tres minutos con estructuras clásicas y simples.

Durante la gira de presentación del álbum la banda tocaba el tema en toda su extensión, haciendo parones para insertar pequeñas bromas, pero no he podido encontrar ningún video en el que lo toquen integro. Así que os dejo con una versión abreviada en directo de 1977 y con el disco de estudio al completo. Espero que os guste. ¡Un saludo!

 

 

Ante la ley – Franz Kafka

Analizar la obra de Franz Kafka se torna en un ejercicio bastante difícil para mí. Sus escritos me remueven tanto y tan profundamente que muchas veces me cuesta ordenar las ideas y sensaciones que me producen. Hace tiempo que aprendí que a Kafka hay que leerlo de manera literal para poder entenderlo, ya que sus historias están llenas de simbología que muchas veces es totalmente incognoscible para cualquier persona que no sea él.

La obra de Kafka se mueve entre la sobriedad y sencillez de sus narraciones y el surrealismo y lo desproporcinado de lo que nos cuenta en ellas, ya que hay una tendencia a la desmesura que puede llegar a ser terrorífica unas veces y cómica otras. Dos ejemplos muy claros son sus novelas inconclusas El castillo y El proceso; donde el protagonista se enfrenta con algo de proporciones gigantescas, un ente todopoderoso e invisible que quiere someterlo y usa todos los recursos disponibles para intentarlo, aunque el protagonista se resiste activamente en ambas, en un ejercicio que incluso podría verse como de sadomasoquismo. Muy distinto es el protagonista de la parábola Ante la ley. Aquí ya sea por miedo, ignorancia o buena fe, éste se somete a las ordenes impuestas y aunque las cuestiona tímidamente, nunca abandona su estado de espera, que se prolonga durante toda su vida.

Ante la ley es una auténtica concatenación de paradojas en la que la pregunta clave es: ¿cómo se puede acceder a algo que esta abierto de par en par? La respuesta es que precisamente porque está abierto y es tan accesible no se puede entrar, si la puerta estuviera cerrada sería mucho más fácil abrirla y acceder al interior. El guardián tampoco le dice expresamente que no puede entrar, simplemente le dice que en ese momento no es posible y el campesino se conforma con ello. Todo se reduce a un juego de interpretaciones. El campesino podría haber atravesado en cualquier momento esas puertas y acceder a la ley, quizá se hubiera tenido que enfrentar a otros guardianes pero no lo hizo. Era libre de elegir, eligió conformarse y esperar, aunque al final antes de fallecer, la verdad le es revelada de una manera lapidaria.

Es la clásica pesadilla burocrática de Kafka, el protagonista puede acceder a la ley, pero a la vez está fuera de ella. Le corresponde la ley por derecho pero la propia ley en su paradójica cualidad de ente definido e indefinido a la vez, lo excluye como por decreto. Y es que la ley, precisamente por ser ley, está fuera de la ley. Es otra de esas criaturas omnipotentes supra humanas que tiranizan a los hombres y que nos demuestran el sinsentido del sistema que hemos creado y con el que tenemos que relacionarnos todos los días; monstruos burocráticos insensibles controlando prácticamente todos los aspectos de nuestra existencia. De todas maneras aunque todos podamos acceder a la ley, hay una cosa que está muy clara y es que la ley no es igual para todos, depende de quien seas la ley será más o menos justa contigo, Kafka ya lo vislumbraba en su tiempo. Os dejo con el relato.

 

Ilustración realizada por Neftalí Vela.

 

Ante la ley

Ante la Ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un hombre procedente del campo se acerca a él y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si podrá entrar más tarde.

—Es posible —responde el guardián—, pero no ahora.

Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre, y el guardián se sitúa a un lado, el hombre se inclina para mirar a través del umbral y ver así qué hay en el interior. Cuando el guardián advierte su propósito, ríe y dice:

—Si tanta curiosidad tienes, intenta entrar pese a mi prohibición. Ten en cuenta, sin embargo, que soy poderoso, y que además soy el guardián más ínfimo. Ante cada una de las salas hay un guardián, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había contado con tantas dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián, cubierto con su abrigo de piel al observar su enorme y prolongada nariz, la barba negra, fina y larga de tártaro, decide que es mejor esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un taburete y deja que tome asiento en uno de los lados de la puerta. Allí permanece sentado días y años. Hace muchos intentos para que le inviten a entrar y cansa al guardián con sus súplicas. El guardián le somete a menudo a cortos interrogatorios, le pregunta acerca de su hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que hacen los grandes señores, y al final siempre repetía que todavía no podía permitirle la entrada. El hombre, que se había provisto muy bien para el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero al mismo tiempo dice:

—Sólo lo acepto para que no creas que no lo has intentado todo.

Durante los muchos años que estuvo allí, el hombre observó al guardián de forma casi ininterrumpida. Olvidó a los otros guardianes y éste le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde, ya envejecido, sólo murmuraba para sí. Se vuelve senil, y como ha sometido durante tanto tiempo al guardián a un largo estudio ya es capaz de reconocer a las pulgas en el cuello de su abrigo de piel, por lo que solicita a éstas que le ayuden para cambiar la opinión del guardián. Por último, su vista se torna débil y ya no sabe realmente si oscurece a su alrededor o son sólo los ojos que le engañan. Pero ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte se concentran en su cabeza todas las experiencias pasadas, que toman forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián. Entonces le hace señas, ya que no puede incorporar su cuerpo entumecido. El guardián tiene que inclinarse hacia él profundamente porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio del hombre.

—¿Qué quieres saber ahora? —pregunta el guardián—, eres insaciable.

—Todos aspiran a la Ley —dice el hombre—. ¿Cómo es posible que durante tantos años nadie más que yo haya solicitado la entrada?

El guardián comprueba que el hombre ha llegado a su fin y, para que su débil oído pueda percibirlo, le grita:

—Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada sólo para ti. Ahora cerraré la puerta y me iré .

Franz Kafka.

Ante la ley (Vor dem Gesetz), forma parte de la novela El Proceso, aunque fue publicado por primera vez de manera independiente en el semanario Selbswehr en 1915.