Aura – Carlos Fuentes

Publicada en 1962, Aura es quizá, la obra breve más perturbadora y magnética de Carlos Fuentes. Una novela corta que se mueve en los márgenes entre el cuento fantástico, la alegoría gótica y el ritual onírico, donde la voz narrativa —en una arriesgada segunda persona que hipnotiza al lector— arrastra hacia un territorio en el que los límites entre lo real, lo imaginado y lo espectral se deshacen.

La historia comienza con Felipe Montero, un joven historiador que responde a un misterioso anuncio de trabajo en el periódico. Al llegar a la casona de Donceles 815, encuentra a la anciana Consuelo, viuda del general Llorente, y a su sobrina Aura, una joven enigmática de ojos verdes que parece reflejar, repetir e incluso fundirse con los gestos y la voluntad de la vieja. Lo que en principio parece un empleo académico —ordenar y editar las memorias del difunto general— pronto se convierte en un descenso a un mundo clausurado, húmedo y devoto, lleno de plantas, gatos, conejos y reliquias, donde cada objeto parece estar impregnado de un tiempo distinto, detenido, o invertido.

La voz que hechiza

Uno de los mayores logros de Fuentes es el uso de la segunda persona. Desde la primera línea —“Lees ese anuncio…”— el lector es convertido en protagonista. No se trata solo de un recurso estilístico: la segunda persona funciona como un conjuro. No hay escapatoria posible; se nos obliga a caminar por los pasillos oscuros, a subir la escalera crujiente, a compartir la intimidad con Aura y la decrepitud de Consuelo. Esta técnica intensifica la sensación de estar atrapados dentro de la casa, dentro del hechizo narrativo.

Aura y Consuelo: reflejos de un mismo hechizo

El eje simbólico del relato se encuentra en la relación entre Aura y la señora Consuelo. La joven es descrita como una aparición casi irreal: vestida de verde, rodeada de gatos, con unos ojos líquidos que parecen ofrecer paisajes cambiantes. La anciana, en cambio, es el reverso: encogida, devota, encerrada en sus reliquias y en sus recuerdos. Pero a medida que avanza la narración, ambos rostros se confunden: lo que parece un desdoblamiento acaba revelándose como una misma presencia en dos estados del tiempo, una continuidad enfermiza entre juventud y vejez, entre deseo y descomposición.

Fuentes convierte ese desdoblamiento en una metáfora del tiempo y de la obsesión por retener la juventud. Consuelo se aferra a Aura como a un reflejo que le devuelve lo que el tiempo le arrebata. Entre ambas se insinúa una continuidad perturbadora, una corriente de deseo y memoria que amenaza con borrar las fronteras entre una y otra. El lector percibe, más que comprende, que algo sagrado y peligroso se ha puesto en marcha, un rito que transforma a quien lo contempla.

Lo gótico en clave mexicana

La casona de Donceles no es un simple escenario: es un organismo vivo. Sus corredores oscuros, sus altares llenos de corazones de plata, sus gatos y conejos, la humedad de los patios, la proliferación de plantas narcóticas, construyen una atmósfera que remite al gótico europeo, pero transfigurada por la sensibilidad latinoamericana. Aquí lo sobrenatural no aparece como un fantasma externo, sino como un desgarro íntimo en la realidad cotidiana. La Ciudad de México, con su mezcla de palacios coloniales arruinados y modernidad invasiva, se convierte en telón de fondo de esta historia donde la memoria personal y la historia nacional se entrelazan.

Deseo, posesión y hechizo

La relación entre Montero y Aura está marcada por la fascinación hipnótica. El joven desea salvarla, liberarla, poseerla; pero lo que parece un romance se revela como una trampa: Montero queda capturado en el juego de espejos de Consuelo, hasta el punto de que su identidad misma se confunde con la del general Llorente. El deseo se transforma en posesión, y la pasión se convierte en una forma de esclavitud simbólica: Montero repite la historia, como si hubiera sido escrito para cumplir el destino de otro.

Aura sigue perturbando porque no da respuestas claras. ¿Es Aura un espectro creado por Consuelo? ¿Es Consuelo la proyección futura de Aura? ¿O ambas son un mismo ser que se desdobla y se nutre de la juventud masculina que entra en la casa? La ambigüedad es parte de su poder. Fuentes logra que el lector no solo lea una historia, sino que la viva en carne propia, atrapado en la segunda persona, en la penumbra de una casa donde lo femenino, lo sagrado y lo erótico se confunden con lo espectral.

En poco más de 60 páginas, Aura condensa obsesiones universales: el miedo a la vejez, la tentación de detener el tiempo, la fragilidad del deseo y la imposibilidad de escapar de la memoria. Una obra maestra que sigue funcionando como un hechizo: basta abrirla para quedar atrapado en la mirada de esos ojos verdes, para perder la frontera entre lectura y experiencia.

Esta novela corta es, paradójicamente, demasiado larga para incluirla íntegra aquí. Os dejo un enlace para leerla con calma, aunque —como siempre— recomiendo tenerla en papel.

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ETA Hoffmann y el nacimiento del fantástico moderno

Hay escritores que inventan mundos, y hay otros que inventan maneras de mirar el mundo. Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776–1822) pertenece a esta segunda estirpe: la de quienes transforman para siempre la forma de narrar lo extraño. Su obra fantástica no se limita a una serie de cuentos memorables, sino que marca el inicio de una sensibilidad nueva: lo inquietante en lo cotidiano, lo siniestro en lo familiar y lo espectral en la propia mente.

Hoffmann fue, como buen romántico alemán, un artista total. Jurista de profesión, dibujante, músico y compositor por vocación, crítico temido y narrador incansable, llevó siempre una doble vida. Esa tensión entre la severidad de su oficio en los tribunales y la efervescencia artística en las noches berlinesas o dresdenses alimentó un imaginario en el que la realidad nunca está completa, siempre atravesada por lo que se esconde tras la superficie.

El Romanticismo alemán fue el caldo de cultivo ideal: un movimiento que aspiraba a unir arte, filosofía y vida, y que buscaba en lo misterioso y lo infinito un espejo de lo humano. Hoffmann compartió generación con Novalis, Tieck y los hermanos Schlegel, pero a diferencia de ellos llevó la sensibilidad romántica a su extremo más oscuro y perturbador. Si Novalis soñaba con lo absoluto y lo trascendente, Hoffmann se adentraba en las calles nocturnas de las ciudades, en los salones iluminados por lámparas, en los recuerdos infantiles que se deforman y vuelven como pesadillas.

Una poética de lo inquietante

Lo fantástico en Hoffmann no es una fuga hacia castillos medievales ni ruinas góticas al estilo inglés, sino una irrupción en lo cercano. Lo extraño se abre paso en la vida moderna, en la ciudad, en los vínculos afectivos y en la memoria. Ahí reside su novedad: el terror ya no depende de fantasmas externos, sino de las grietas internas de la conciencia y de la fragilidad de lo real.

Sus obsesiones son múltiples y constantes:

  • El doble y el yo escindido.
  • El autómata, lo mecánico que suplanta a lo humano.
  • La música, como lenguaje de lo inexpresable.
  • Lo grotesco, mezcla de risa y espanto.
  • Lo siniestro, aquello familiar que se vuelve extraño, un siglo antes de que Freud lo definiera.

En sus relatos, la frontera entre vigilia y sueño se difumina, los objetos cobran vida, la razón se descompone y el amor se convierte en obsesión enfermiza. Todo ello narrado con una prosa irónica y elegante, capaz de alternar lo lírico y lo macabro en pocas líneas.

Nocturnos: el corazón oscuro

Publicado en 1816–1817, Nocturnos (Nachtstücke) reúne ocho relatos que condensan la faceta más oscura de Hoffmann. El título, tomado de la música —composiciones para la noche, íntimas y perturbadoras—, define a la perfección su tono: cuentos donde lo siniestro se insinúa en lo cotidiano y donde cada escena parece suceder en el límite entre el sueño y la vigilia.

  • El hombre de arena (Der Sandmann)

    La obra maestra de Hoffmann y uno de los relatos fundacionales de lo fantástico moderno. Nathanael, marcado desde niño por el miedo al siniestro “hombre de arena”, cree descubrirlo años después en la figura del misterioso Coppelius. Su obsesión lo lleva a enamorarse de Olimpia, una joven “perfecta”. La historia mezcla el miedo infantil, el tema del doble y la frontera entre lo humano y lo mecánico. Freud tomó de aquí su concepto de lo siniestro (Unheimlich). La fuerza del cuento está en que nunca sabemos si asistimos a hechos reales o al delirio paranoico del protagonista.

  • Ignaz Denner

    Una de las narraciones más macabras y vibrantes. Denner, personaje demoníaco, ejerce un poder hipnótico y destructivo sobre quienes lo rodean, como si fuera la encarnación misma del mal. Con ecos de leyendas de pactos diabólicos, el relato se adentra en un mundo de supersticiones y violencias que parece anticipar a los grandes villanos de la literatura gótica.

  • La casa deshabitada (Das öde Haus)

    Aquí lo gótico se traslada a la ciudad. Un narrador se obsesiona con una casa misteriosa que lo atrae con fuerza irresistible. Hoffmann convierte lo urbano en escenario espectral, demostrando que lo fantástico no necesita de ruinas medievales: basta con una fachada en penumbra, una ventana iluminada, una obsesión que crece hasta rozar la locura.

  • El mayorazgo (Das Majorat)

    Relato de herencias, linajes y castillos sombríos, en el que resuenan los ecos del gótico inglés, pero filtrados por la mirada irónica de Hoffmann. El misterio del mayorazgo, más que intriga de propiedades, es metáfora de lo inevitable: la imposibilidad de escapar de un destino que se impone sobre los personajes.

  • La iglesia jesuita de G. (Die Jesuiterkirche in G.)

    Relato fascinante donde lo religioso se convierte en fuente de inquietud. Ambientado en una iglesia barroca, cargada de imágenes y retablos, el narrador se ve atrapado en una experiencia perturbadora en la que la arquitectura parece viva y los símbolos sagrados adquieren un aire siniestro. Hoffmann transforma el espacio de la fe en un escenario de visiones y presencias que rozan lo sobrenatural. Aquí lo fantástico no surge de lo grotesco, sino de lo espiritual deformado: lo sagrado que, al intensificarse, se vuelve inquietante.

El resto de Nocturnos completa el mosaico:

  • El corazón de piedra, quizá el más flojo del volumen, de tono simbólico pero menos logrado que los anteriores.
  • El sanctus, que indaga en la perturbación que puede producir lo religioso.
  • El voto, teñido de fatalidad y superstición.

En conjunto, Nocturnos muestra la cara más oscura del Romanticismo, un catálogo de obsesiones donde se fragua lo que entendemos por literatura fantástica moderna.

Otros relatos esenciales

La obra de Hoffmann, sin embargo, no se agota en Nocturnos. Su imaginación abarca desde lo grotesco humorístico hasta lo lírico-poético, pasando por lo macabro.

  • El caldero de oro (Der goldene Topf, 1814)

    Considerado su relato más perfecto, contrapunto luminoso a sus obras más oscuras. En Dresde, un estudiante entra en contacto con un mundo mágico paralelo lleno de visiones poéticas y criaturas maravillosas. Aquí lo fantástico no produce miedo, sino asombro: es la irrupción de lo maravilloso en lo cotidiano, una celebración de la imaginación romántica.

  • Los autómatas (Die Automate, 1814)

    Una pieza fascinante sobre ingenios mecánicos que parecen tener vida. Hoffmann explora el límite entre máquina y ser humano, anticipando un motivo que recorrerá toda la ciencia ficción posterior: ¿qué significa ser humano cuando una máquina puede imitarnos?

  • El magnetizador (Der Magnetiseur, 1814)

    Basado en el mesmerismo, indaga en la sugestión hipnótica y el poder sobre la voluntad ajena. Es uno de los primeros relatos en los que lo “científico” se confunde con lo sobrenatural, y muestra la fascinación romántica por los estados alterados de conciencia.

  • Los elixires del diablo (Die Elixiere des Teufels, 1816)

    Novela en forma de memorias de un monje atormentado. Aquí Hoffmann despliega su obsesión por el doble y la identidad escindida. El protagonista, perseguido por sus propios desdoblamientos, se enfrenta a la imposibilidad de reconciliar razón y deseo. Una obra desmesurada y alucinada, que influyó en todo el Romanticismo posterior.

  • El consejero Krespel (Rat Krespel, 1818)

    Una de sus narraciones más singulares. Krespel, excéntrico y obsesionado con la música, construye violines y vive absorbido por su pasión artística. El relato mezcla humor, locura y extrañeza, y confirma el lugar de la música como tema central en Hoffmann.

  • El reflejo perdido (Die Geschichte vom verlorenen Spiegelbild, 1814)

    Relato simbólico en el que un hombre pierde su reflejo y con él su identidad. La imagen especular, tan íntimamente ligada al yo, se convierte en metáfora de la alienación moderna.

A estos habría que añadir otros como Las minas de Falun, Opiniones del gato Murr o El cascanueces y el rey de los ratones, que muestran la diversidad de registros del autor: desde la fábula inquietante a la sátira grotesca.

Un legado interminable

La influencia de Hoffmann ha sido inmensa. Poe lo leyó con atención y heredó de él la mezcla de terror y obsesión psicológica. Baudelaire lo tradujo y lo consideraba un maestro. Freud encontró en El hombre de arena el ejemplo perfecto para su teoría de lo siniestro. Kafka comparte con él la visión de un mundo cotidiano atravesado por fuerzas incomprensibles y Dostoyevski, lo consideraba una gran influencia en la creación de retratos psicológicos.

Su sombra se extiende también a otras artes. Schumann compuso la obra para piano Kreisleriana (1838), mientras que Offenbach compuso la ópera Los cuentos de Hoffmann (1881), basada en varios de sus relatos. Tchaikovsky inmortalizó El cascanueces en su célebre ballet. Y el cine lo ha reinterpretado en múltiples versiones.

Por qué leer a Hoffmann hoy

Volver a Hoffmann no es solo un ejercicio de arqueología literaria, sino un recordatorio de que lo fantástico sigue latiendo en lo cotidiano. Sus relatos nos muestran que lo extraño no está en un castillo lejano, sino en la propia calle, en la casa vecina, en el amor que se convierte en obsesión, en el reflejo que nos devuelve el espejo.

Leerlo es volver a descubrir que la realidad es más frágil de lo que creemos y que basta un pequeño desajuste para que el mundo se tambalee. Esa es la herencia de Hoffmann: enseñarnos a desconfiar de lo evidente, a mirar con otros ojos lo que damos por seguro, a sospechar que, tras lo familiar, siempre acecha lo extraño y lo imposible.

En español existen varias ediciones con las obras de Hoffmann.
Entre ellas yo destacaría la edición de Alianza de Nocturnos, la recopilación con casi todos los cuentos del autor de Cátedra en su colección Biblioteca Avrea y la edición de Valdemar de Los elixires del diablo.

 

El espejo de dos mundos: Cervantes y Shakespeare

Dicen que nunca se encontraron. Que uno envejecía en Madrid y el otro se perdía en los escenarios de Londres. Y sin embargo, la misma fecha los hermana en la memoria: 1616, como si el tiempo hubiera decidido dejar en un mismo umbral a dos hombres que escribieron para siempre el desconcierto de ser humanos [1].

Cervantes dio vida a un caballero imposible, armado de sueños y derrotas, que recorre caminos polvorientos mientras la risa se mezcla con la piedad. Shakespeare pobló los escenarios con fantasmas y príncipes que dudan frente al abismo, con reyes que se desmoronan entre palabras como cuchillos. Uno abre el mundo hacia la claridad de la locura luminosa, el otro lo hunde en la penumbra de la conciencia trágica.

Y sin embargo, ¿no son acaso dos reflejos de una misma verdad? Don Quijote y Hamlet comparten la fragilidad de quien se atreve a mirar más allá de la superficie: el caballero que confunde molinos con gigantes y el príncipe que duda de la sombra y de sí mismo. Ambos se internan en la frontera donde la realidad se deshace, y lo que permanece es la pregunta sin respuesta.

Quizás, en un lugar secreto del tiempo, Cervantes y Shakespeare sí se encontraron. Quizás supieron que, aunque nunca se dieran la mano, sus voces serían inseparables: dos ecos que aún hoy nos recuerdan que la literatura es, al fin, el único espejo en el que seguimos buscándonos.


El Quijote

Cuando Cervantes publica la primera parte del Quijote en 1605, inventa algo que aún hoy sigue siendo nuevo. El caballero que confunde molinos con gigantes es solo la superficie de un artefacto mucho más complejo. Lo que late en el fondo es una novela que sabe que es novela, un manuscrito que se presenta como hallado, corregido y comentado, con narradores que se contradicen y fuentes que se parodian. Cervantes multiplica las voces hasta el punto en que la historia deja de ser lineal para convertirse en un laberinto de espejos.

Pero lo que convierte al Quijote en un clásico eterno no es solo su juego formal, sino su humanidad. Don Quijote y Sancho —loco y cuerdo, soñador y pragmático— caminan juntos por una España árida y pobre, cargando con un mundo en ruinas. En ese contraste surge la ternura, la risa y la tragedia. Y lo más sorprendente: ambos personajes evolucionan, cambian, se contaminan uno del otro, algo inaudito para la narrativa de su tiempo. El caballero termina muriendo como Alonso Quijano, cuerdo y desengañado, pero en esa muerte hay una revelación: su locura nos ha mostrado la verdad del deseo humano de trascender la realidad a través de la ficción.

Hamlet

Si Cervantes inventa la novela moderna, Shakespeare eleva el teatro a espejo de la conciencia. Hamlet (1600-1601) no es solo una tragedia de venganza, sino un laboratorio de la mente humana. En el centro está el príncipe que duda, que se interroga, que se convierte en espectador de sí mismo. Cada monólogo es un pliegue de su interior: piensa en voz alta, analiza, se contradice, se paraliza. Con Hamlet, Shakespeare convierte al teatro en una máquina de pensamiento.

El escenario se vuelve un juego de espejos: los actores representan una tragedia dentro de la tragedia, que reproduce con variaciones la propia historia de Hamlet y funciona como una trampa teatral para desvelar la verdad. Allí la obra habla de sí misma, se contempla en su propio reflejo, y los fantasmas y disfraces multiplican las capas de sentido. Como en Cervantes, la ficción señala a la ficción. Y cuando Hamlet pronuncia ser o no ser, se detiene el tiempo: la duda ya no es solo suya, sino de todo ser humano que alguna vez ha sentido el vértigo de existir.

Hamlet muere en escena, pero deja la certeza de que su historia será contada. Su tragedia es también un testamento sobre el poder del teatro: todo lo que somos vive mientras alguien nos recuerde o represente.

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Sueño de Polífilo – Francesco Colonna

Entre los libros más extraños del Renacimiento, pocos poseen el poder de fascinación del Sueño de Polífilo (Hypnerotomachia Poliphili) [1], atribuido al fraile dominico Francesco Colonna [2] y publicado en Venecia en 1499 en la imprenta de Aldo Manuzio. No se trata de una novela en el sentido moderno, ni tampoco de un simple tratado alegórico, sino de un híbrido inasible: un sueño impreso que convierte el acto de leer en un viaje iniciático por un mundo de jardines imposibles, templos paganos y edificios descritos con la minuciosidad de un arquitecto obsesivo. Desde sus primeras páginas el lector entiende que no se encuentra ante una narración convencional, sino ante un texto que exige ser habitado como se habita un sueño.

La trama es casi un pretexto. Polífilo, el soñador, persigue a su amada Polia en un periplo que atraviesa paisajes fantásticos, rituales arcaicos y escenas mitológicas. Pero la línea argumental, tenue como un hilo de humo, se disuelve pronto en lo que constituye la verdadera esencia del libro: la descripción. Columnas corintias, fuentes talladas, inscripciones en latín y griego, arcos triunfales, pirámides, jardines geométricos y exóticas bestias heráldicas se suceden en un inventario exuberante. Polífilo nombra cada material, cada proporción, cada ornamento, como si el sueño fuera al mismo tiempo catálogo y enciclopedia. El efecto es doble: por un lado, abruma con su exceso; por otro, envuelve al lector en una atmósfera hipnótica, como esos sueños donde los detalles se multiplican sin fin y lo esencial parece siempre posponerse.

Este torrente descriptivo no es neutro: responde a una idea central que atraviesa toda la obra. El deseo de Polífilo por Polia se desdobla en clave alegórica: es amor erótico, sí, pero también ansia de belleza y de conocimiento. El eros se convierte en fuerza iniciática, y el viaje del protagonista es también un rito de paso hacia un saber secreto. Cada templo que atraviesa, cada procesión, cada escena pagana tiene una doble lectura: por un lado, celebra el gozo sensual y la exaltación del cuerpo; por otro, es metáfora de la unión con la idea platónica de la Belleza. El libro entero se mueve en esa frontera entre lo erótico y lo filosófico, entre el mito pagano y el neoplatonismo cristianizado que dominaba el humanismo florentino.

Las fuentes de Colonna son múltiples: Dante, Petrarca y Boccaccio inspiran la voz confesional; Vitruvio y Alberti, el repertorio arquitectónico; Apuleyo y Macrobio, la dimensión onírica y filosófica; Horapolo los conocimientos de simbología. Y aunque no lo cite expresamente, la presencia de Ovidio se deja sentir en el trasfondo mitológico: transformaciones, dioses y ninfas que pueblan las visiones de Polífilo parecen emerger del venero inagotable de las Metamorfosis.

El resultado es mucho más que una narración fantástica: el Sueño de Polífilo funciona como una enciclopedia humanista disfrazada de sueño. A la erudición literaria se suman conocimientos precisos de arquitectura, jardinería, epigrafía, numismática y simbología, desplegados con el rigor de un tratado y la imaginación de una fábula. El autor domina lenguas clásicas, recurre al neoplatonismo y a la tradición hermética, e inventa incluso neologismos para dar forma a lo inefable. Todo ello convierte el libro en un compendio del saber renacentista, un gabinete de disciplinas articuladas en forma de enigma onírico.

No menos importante es el objeto-libro. La edición de 1499, célebre por la tipografía refinada de Manuzio y sus más de 170 xilografías, es una de las cumbres del arte editorial. Las ilustraciones no solo decoran sino que prolongan el texto y lo acompañan en su carácter de catálogo visual. Ver El sueño de Polífilo es tan importante como leerlo. El lector contemporáneo que se acerque a sus páginas no debería pensar solo en la historia, sino en la experiencia total: texto, imagen y tipografía formando un artefacto único.

Algunos estudiosos han llegado incluso a invertir la jerarquía del libro: las ilustraciones serían lo esencial, y el texto un mero acompañamiento para descifrarlas. Bajo esta mirada, el Sueño de Polífilo no sería tanto una novela alegórica como un enigma visual, un repertorio de símbolos destinados a iniciados capaces de leer más allá de las palabras, descubriendo en las imágenes el verdadero código oculto.


La dificultad del libro, escrito en un estilo híbrido que mezcla italiano, toscano, latín, griego y hasta neologismos inventados, no es un obstáculo sino parte de su hechizo. Esa lengua barroca y oscura contribuye a la sensación de hallarse en un sueño cifrado, como si el propio lenguaje fuera una clave hermética. No sorprende que durante siglos el texto haya sido considerado casi ilegible, reservado a bibliófilos y curiosos, y que solo en el siglo XX, con nuevas traducciones y estudios, comenzara a ser valorado como un monumento de la imaginación renacentista.

Lo más asombroso es cómo El sueño de Polífilo fue dejando huellas dispersas en la tradición. Rabelais lo menciona en las Historias de Gargantúa y Pantagruel (1532-34), al evocar el carácter hermético de los jeroglíficos. Siglos más tarde, Umberto Eco lo integra en La misteriosa llama de la reina Loana, donde uno de los protagonistas prepara sobre él una tesis doctoral. Incluso se ha especulado con la posibilidad de que Cervantes llegara a conocerlo, aunque no existe constancia documental. Y en tiempos recientes, el cine lo rescató fugazmente: en La novena puerta de Roman Polanski aparece citado como uno de esos volúmenes malditos que custodian un secreto indescifrable. Estas apariciones confirman que, más allá de su difícil lectura, el libro se convirtió en un símbolo persistente: un texto enigmático que parecía reclamar siempre una nueva interpretación.

La lectura de este libro es exigente. No se avanza como en una novela de intriga, sino que se deambula por sus páginas como quien recorre un jardín renacentista lleno de fuentes, estatuas y galerías. Lo que cautiva no es la resolución de la historia, sino la experiencia de perderse en su mundo, de dejarse arrastrar por su enumeración infinita. Es un libro que no se entiende del todo, y quizá esa sea su mayor virtud: recordarnos que el conocimiento y el amor —los dos motores de Polífilo— no se conquistan con claridad absoluta, sino a través de símbolos, desvíos y excesos.

Un aspecto intrigante de este libro es la cuestión de su origen: ¿se trata del recuerdo literario de sueños reales, o de un artificio narrativo que adoptó la forma onírica como vehículo? La crítica coincide en que lo segundo es lo más probable. El sueño, en la tradición renacentista, era un instrumento privilegiado para explorar lo inefable: permitía mezclar lo erudito y lo fantástico, lo pagano y lo cristiano, lo sensual y lo espiritual, sin tener que dar explicaciones racionales. El autor parece haber diseñado un sueño literario a conciencia, lleno de referencias a otros autores, y al mismo tiempo cargado de imágenes tan potentes que no cuesta imaginar que pudieran brotar de la experiencia onírica personal. El resultado es un híbrido único: un sueño (dentro de otro sueño) demasiado preciso para ser espontáneo, pero demasiado visionario para ser solo un ejercicio libresco.

El sueño de Polífilo no es un texto para resolver, sino para habitar. Es un sueño impreso en papel veneciano, un monumento renacentista que sigue irradiando ecos en la literatura contemporánea. Su verdadero sentido está en la experiencia misma de atravesar el laberinto: perderse en él, aceptar que la belleza se alcanza también a través del exceso, y descubrir que lo onírico puede ser una forma tan fiel —y acaso más profunda— de conocimiento que la vigilia. Tal vez esa sea su verdad más perdurable: recordarnos que los sueños, a veces, saben más que nosotros.

 

[1] Título completo: Hypnerotomachia Poliphili, ubi humana omnia non nisi somnium esse docet, atque obiter plurima scitu sane quam digna commemorat.
(La lucha de amor en sueños de Polífilo, donde enseña que todas las cosas humanas no son más que un sueño, y de paso, menciona muchas cosas dignas de conocimiento).

[2] Aunque realmente su autor es anónimo, si se toma la primera letra de cada uno de los treinta y ocho capítulos que lo componen, se obtiene la frase acróstica Poliam frater Franciscus Columna peramavit (El hermano Francesco Colonna amaba mucho a Polia), razón por la cual se le atribuye a éste su autoría.

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El guardagujas – Juan José Arreola

El guardagujas es uno de los textos más conocidos de Juan José Arreola y probablemente uno de los mejores relatos fantásticos de la literatura mexicana del siglo XX. Fue publicado en 1952 en Confabulario, una colección de relatos que no puedo dejar de recomendar.

Adivinar de que trata realmente el relato no es para nada fácil, porque el gran mérito de este texto es la multiplicidad de interpretaciones que podemos llegar a tener, algunas son más evidentes que otras, pero podríamos decir que en el relato conviven varias líneas interpretativas, probablemente, todas válidas. Es indudable la sátira sobre el sistema ferroviario mexicano de la época en que se escribió el texto; la alegoría sobre el destino del ser humano; la crítica ácida al capitalismo deshumanizante e incluso la mirada surrealista hacia ciertas instituciones sociales.

Pero entre todas ellas yo me voy a centrar en el aspecto fantástico del cuento, ya que es un texto que en un principio se podría inscribir dentro de un contexto realista, pero que poco a poco y a medida que el guardagujas comienza a tener la voz en la historia ese realismo se va diluyendo y lo fantástico va tomando el control.

En el relato se confrontan dos discursos distintos: por un lado, la historia inverosímil que cuenta el guardagujas, plagada de advertencias insólitas sobre el funcionamiento del sistema ferroviario; por otro, la expectativa del forastero, que espera un tren con un destino concreto, confiando en una lógica reconocible. A simple vista, el guardagujas representa lo fantástico y el forastero lo creíble, pero lo verdaderamente inquietante es que, a medida que avanza el diálogo, esa lógica fantástica comienza a desplazar sutilmente la racionalidad del visitante. El guardagujas no solo introduce un discurso extraño: encarna una lógica alternativa que se impone poco a poco, desplazando también al lector. Su relato funciona como un virus simbólico que reescribe la realidad del cuento desde dentro, hasta que lo absurdo se vuelve norma y la certeza, ilusión.

En condiciones normales, todos sabemos que el sistema ferroviario responde a una lógica previsible: se compra un billete, se aborda un tren y se sigue una ruta establecida. Las vías ya están dispuestas, y cualquier alteración en el recorrido implica una notificación, una excepción. Pero en este cuento, esa lógica no solo es desafiada, sino reemplazada. El guardagujas describe con toda naturalidad un sistema que contradice cada una de esas certezas —trenes que nunca llegan, desvíos absurdos, destinos inestables—, y lo más perturbador es que su relato termina por imponerse sin necesidad de demostrar nada. El forastero no discute, apenas objeta, y esa aceptación pasiva del absurdo es lo que termina por sellar el viraje fantástico del relato: lo inverosímil ya no necesita explicaciones, porque ha colonizado por completo el sentido de lo posible.

En ese momento, el lector comprende que no está ante un relato sobre trenes, sino ante un tratado cifrado sobre la lógica de lo imposible.

¿Pero qué está sucediendo realmente en esta historia? A pesar de todo, al final el tren llega a la estación. ¿Ha sido todo una alucinación? ¿Un sueño del forastero? ¿Y quién —o qué— es en realidad el guardagujas? ¿Un espectro ferroviario? ¿Un trickster disfrazado de funcionario? ¿Un emisario del absurdo?

Por otra parte, este deslizamiento de lo real hacia lo absurdo encuentra ecos claros en Kafka. En primer lugar la espera e incertidumbre que tiene que soportar el forastero en la estación, recuerda a lo que le sucede a K el protagonista de El castillo. En la novela vemos como se ve imposibilitado de entrar al castillo en el que ha sido contratado como agrimensor. El tema de la espera interminable también es abordado por Kafka en Ante la ley, uno de los capítulos de El proceso.

En el relato de Arreola, lo caótico y lo infinito está presente en las redes ferroviarias y en los innumerables contratiempos que sufren los pasajeros y aquí la influencia de los cuentos La muralla china y El escudo de la ciudad es notable. Por último, uno de los temas fundamentales de Kafka y que también se puede percibir en El guardagujas es el tema del poder indefinible. Este es un tema recurrente en la obra del autor checo, donde frecuentemente se describe el modus operandi de los entes burocráticos y de las grandes corporaciones; en el relato del escritor mexicano, la empresa que dirige los ferrocarriles posee al parecer un poder ilimitado.

Como nota final, no deja de ser inquietante que el personaje del guardagujas tenga un posible antecedente en el cuento de Dickens El guardavías, otra figura liminal que custodia el paso entre mundos y que, como en el relato de Arreola, quizá sabe algo que nosotros —los lectores, los pasajeros— todavía no estamos listos para comprender.

Sean cuales sean las interpretaciones que le demos, lo cierto es que este cuento es una maravilla, espero que disfrutéis de su lectura y como siempre me encantaría conocer vuestras opiniones en comentarios.

El guardagujas

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

-¿Lleva usted poco tiempo en este país?

-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.

-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.

-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.

-Por favor…

-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

-¿Me llevará ese tren a T.?

-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…

-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…

-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.

-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?

-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.

-¿Cómo es eso?

-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.

-¡Santo Dios!

-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!

-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.

-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!

-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.

-¿Y la policía no interviene?

-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.

-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?

-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.

-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.

-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.

-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?

-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.

-¿Qué está usted diciendo?

En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.

-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.

-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.

-¿Y eso qué objeto tiene?

-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.

-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?

-Yo, señor, solo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.

-¿Y los viajeros?

Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?

El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

-¿Es el tren? -preguntó el forastero.

El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:

-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?

-¡X! -contestó el viajero.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

– Juan José Arreola.

El guardagujas fue publicado en la colección de relatos Confabulario en 1952.

1. Guardagujas: Empleado encargado del manejo de las agujas de una vía férrea.

 

Bestiario – Julio Cortázar

Los cuentos de Julio Cortázar, golpean, zarandean, aturden, inquietan, pero a la vez reconfortan, fascinan y provocan sensaciones extrañas e interesantes. Su dominio del lenguaje es abrumador y su capacidad de crear mundos y sucesos inverosímiles e inquietantes de las situaciones más normales es sencillamente magistral.

Bestiario es la primera colección que publicó el autor en 1951 y consta de ocho relatos a cada cual más extraño. Me cuesta elegir favoritos pues todos tienen un «algo» que los hace interesantes y memorables, pero si tuviera que elegir me quedaría con esa soberbia pesadilla titulada Casa Tomada, el final de Lejana, la asfixiante ansiedad de Ómnibus y el surrealismo de Carta a una señorita en Paris y Cefalea.

Según Cortázar, varios de esos cuentos se concibieron como auto-terapias de tipo psicoanalítico, ya que por aquel entonces experimentaba ciertos síntomas neuróticos que le incomodaban. Y quizá sea este enfoque psicológico en el momento de crearlos el que me hace pensar que los relatos del argentino son entes vivos, son como un virus hecho de palabras que ataca directamente a la mente y se instala en ella incubando, para manifestarse días o meses después y de la nada sorprenderte pensando en una de sus historias.

Son relatos para saborear lentamente (incluso para leer varias veces) y dejarse llevar a ese mundo en el que nada es lo que parece y en el que lo fantástico va invadiendo lo cotidiano de manera casi imperceptible, hasta distorsionarlo con la sutileza onírica y surrealista propia de los sueños… y las pesadillas.

 

Otros cinco relatos que deberías leer

Como la primera entrega de relatos recomendados, tuvo tan buena acogida aquí te traigo una segunda parte. Los de hoy tienen en su mayoría tintes un tanto oscuros, así que si te gustan este tipo de historias, seguro que los disfrutas.
Y por cierto, estaré encantado de recibir tus comentarios al respecto y sobre todo, que me descubras tus relatos favoritos. Un saludo.

 

El Horla

Guy de Maupassant es uno de los grandes cuentistas de todos los tiempos y El Horla es una de sus mejores creaciones, si no la mejor. Un terrorífico relato construido a modo de diario, en el que el protagonista nos habla de unos sucesos extraños que le vienen ocurriendo desde hace tiempo y que le perturban en extremo. Al parecer cuando Maupassant lo escribió era objeto de alucinaciones debidas a su gradual e inexorable descenso a la locura. Hay dos versiones, la segunda que es la mejor la puedes leer aquí.

 

La nariz

Nikolai Gógol ocupa un lugar preferente en la historia de la literatura rusa. Una de sus creaciones más famosas es La nariz, un relato surrealista y absurdo en el que el autor destruye la lógica que impera en la literatura fantástica para crear una pequeña obra maestra imprevisible y muy cómica. Se dice que es una sátira del aparato burocrático ruso de la época, aunque yo no estoy tan seguro, ya que creo que hay otros niveles de interpretación más profundos. Léelo aquí.

 

Tripas

Se cuenta que cuando Chuck Palahniuk estaba de promoción de su libro Fantasmas, solía leer en voz alta este relato a la audiencia provocando decenas de desmayos. Puede ser verdad o tan solo un truco promocional para incrementar las ventas, pero lo cierto es que este relato podría llegar a crear ese efecto en personas sensibles, ya que lo que comienza como una historia cómica, acaba siendo algo bastante terrorífico y desagradable. Lo interesante es la construcción del relato, ya que el autor nos hace pasar de un estado al otro casi sin darnos cuenta y eso es muy difícil de conseguir. Léelo aquí… si te atreves.

 

Los sueños en la casa de la bruja

Terror y ciencia ficción se aúnan en este relato de H. P. Lovecraft para crear una auténtica obra maestra del género. Aquí encontraremos brujería, atmósferas opresivas, seres grotescos y una bruja fugada de los juicios de Salem que se mueve a sus anchas por el hiperespacio. Una de las claves de que el terror de este relato sea tan efectivo, es que se desarrolla en un espacio tan minúsculo como inabarcable y esta paradoja es la que presenta la posibilidad más aterradora al lector que se deje llevar a los mundos creados por el solitario de Providence. Puedes leerlo aquí.

 

Minority Report

Este relato de ciencia ficción escrito por Philip K. Dick en 1956, trata de una organización que predice crímenes con la ayuda de tres mutantes y gracias a eso puede detener a los potenciales criminales antes de que cometan el delito. Pero no todo es tan fácil como parece, las implicaciones morales y filosóficas de esta actividad pueden ser cuestionables… Minority Report es un trepidante relato cargado de acción que fue llevado al cine por Steven Spielberg en 2002 y, aunque la película está muy bien, se aleja un poco de la historia tramada por Dick, pero creo que ambas se podrían considerar como historias complementarias. Léelo aquí.

 

 

 

 

 

 

 

Ante la ley – Franz Kafka

Analizar la obra de Franz Kafka se torna en un ejercicio bastante difícil para mí. Sus escritos me remueven tanto y tan profundamente que muchas veces me cuesta ordenar las ideas y sensaciones que me producen. Hace tiempo que aprendí que a Kafka hay que leerlo de manera literal para poder entenderlo, ya que sus historias están llenas de simbología que muchas veces es totalmente incognoscible para cualquier persona que no sea él.

La obra de Kafka se mueve entre la sobriedad y sencillez de sus narraciones y el surrealismo y lo desproporcinado de lo que nos cuenta en ellas, ya que hay una tendencia a la desmesura que puede llegar a ser terrorífica unas veces y cómica otras. Dos ejemplos muy claros son sus novelas inconclusas El castillo y El proceso; donde el protagonista se enfrenta con algo de proporciones gigantescas, un ente todopoderoso e invisible que quiere someterlo y usa todos los recursos disponibles para intentarlo, aunque el protagonista se resiste activamente en ambas, en un ejercicio que incluso podría verse como de sadomasoquismo. Muy distinto es el protagonista de la parábola Ante la ley. Aquí ya sea por miedo, ignorancia o buena fe, éste se somete a las ordenes impuestas y aunque las cuestiona tímidamente, nunca abandona su estado de espera, que se prolonga durante toda su vida.

Ante la ley es una auténtica concatenación de paradojas en la que la pregunta clave es: ¿cómo se puede acceder a algo que esta abierto de par en par? La respuesta es que precisamente porque está abierto y es tan accesible no se puede entrar, si la puerta estuviera cerrada sería mucho más fácil abrirla y acceder al interior. El guardián tampoco le dice expresamente que no puede entrar, simplemente le dice que en ese momento no es posible y el campesino se conforma con ello. Todo se reduce a un juego de interpretaciones. El campesino podría haber atravesado en cualquier momento esas puertas y acceder a la ley, quizá se hubiera tenido que enfrentar a otros guardianes pero no lo hizo. Era libre de elegir, eligió conformarse y esperar, aunque al final antes de fallecer, la verdad le es revelada de una manera lapidaria.

Es la clásica pesadilla burocrática de Kafka, el protagonista puede acceder a la ley, pero a la vez está fuera de ella. Le corresponde la ley por derecho pero la propia ley en su paradójica cualidad de ente definido e indefinido a la vez, lo excluye como por decreto. Y es que la ley, precisamente por ser ley, está fuera de la ley. Es otra de esas criaturas omnipotentes supra humanas que tiranizan a los hombres y que nos demuestran el sinsentido del sistema que hemos creado y con el que tenemos que relacionarnos todos los días; monstruos burocráticos insensibles controlando prácticamente todos los aspectos de nuestra existencia. De todas maneras aunque todos podamos acceder a la ley, hay una cosa que está muy clara y es que la ley no es igual para todos, depende de quien seas la ley será más o menos justa contigo, Kafka ya lo vislumbraba en su tiempo. Os dejo con el relato.

 

Ilustración realizada por Neftalí Vela.

 

Ante la ley

Ante la Ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un hombre procedente del campo se acerca a él y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si podrá entrar más tarde.

—Es posible —responde el guardián—, pero no ahora.

Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre, y el guardián se sitúa a un lado, el hombre se inclina para mirar a través del umbral y ver así qué hay en el interior. Cuando el guardián advierte su propósito, ríe y dice:

—Si tanta curiosidad tienes, intenta entrar pese a mi prohibición. Ten en cuenta, sin embargo, que soy poderoso, y que además soy el guardián más ínfimo. Ante cada una de las salas hay un guardián, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había contado con tantas dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián, cubierto con su abrigo de piel al observar su enorme y prolongada nariz, la barba negra, fina y larga de tártaro, decide que es mejor esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un taburete y deja que tome asiento en uno de los lados de la puerta. Allí permanece sentado días y años. Hace muchos intentos para que le inviten a entrar y cansa al guardián con sus súplicas. El guardián le somete a menudo a cortos interrogatorios, le pregunta acerca de su hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que hacen los grandes señores, y al final siempre repetía que todavía no podía permitirle la entrada. El hombre, que se había provisto muy bien para el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero al mismo tiempo dice:

—Sólo lo acepto para que no creas que no lo has intentado todo.

Durante los muchos años que estuvo allí, el hombre observó al guardián de forma casi ininterrumpida. Olvidó a los otros guardianes y éste le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde, ya envejecido, sólo murmuraba para sí. Se vuelve senil, y como ha sometido durante tanto tiempo al guardián a un largo estudio ya es capaz de reconocer a las pulgas en el cuello de su abrigo de piel, por lo que solicita a éstas que le ayuden para cambiar la opinión del guardián. Por último, su vista se torna débil y ya no sabe realmente si oscurece a su alrededor o son sólo los ojos que le engañan. Pero ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte se concentran en su cabeza todas las experiencias pasadas, que toman forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián. Entonces le hace señas, ya que no puede incorporar su cuerpo entumecido. El guardián tiene que inclinarse hacia él profundamente porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio del hombre.

—¿Qué quieres saber ahora? —pregunta el guardián—, eres insaciable.

—Todos aspiran a la Ley —dice el hombre—. ¿Cómo es posible que durante tantos años nadie más que yo haya solicitado la entrada?

El guardián comprueba que el hombre ha llegado a su fin y, para que su débil oído pueda percibirlo, le grita:

—Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada sólo para ti. Ahora cerraré la puerta y me iré .

Franz Kafka.

Ante la ley (Vor dem Gesetz), forma parte de la novela El Proceso, aunque fue publicado por primera vez de manera independiente en el semanario Selbswehr en 1915.

La visita al museo – Vladimir Nabokov

La visita al museo es un relato bastante curioso y extraño de Vladimir Nabokov. Se podría englobar en la categoría de relato fantástico, pero probablemente su significado tenga más que ver con el sentimiento del propio Nabokov de ser un exiliado que otra cosa. Lo interesante es la forma en que está contada esta historia rica en simbología y en la que el lector es introducido lentamente en una atmósfera onírica en la que la extrañeza va creciendo gradualmente hasta devenir en pesadilla y llegar a un desenlace no menos desconcertante. Con todos estos ingredientes no tenemos método de saber si el protagonista lo está soñando, está delirando o simplemente se ha muerto y ese borgiano museo es una especie de purgatorio camino al infierno. No quiero desvelar detalles porque este relato a ratos surrealista y divertido al más puro estilo Nabokov y a ratos terrorífico por lo que sugiere, bien vale una lectura. Espero que os guste.

La traducción es de María Lozano y al final del post hay una explicación del propio autor referente a un pasaje que puede aclarar dudas a los lectores no rusos.

 

La visita al museo

Hace varios años, un amigo mío de París —una persona con alguna rareza, por decirlo suavemente—, al saber que yo iba a pasar unos días en Montisert, me pidió que me pasara por el museo local donde, según le habían dicho, se mostraba un retrato de su abuelo pintado por Leroy. Sin dejar de sonreír y con ademanes exagerados, me contó una historia bastante vaga a la que debo confesar que presté poca atención, en parte porque no me gustan los asuntos complicados de otra gente, pero sobre todo porque siempre había albergado mis dudas acerca de la capacidad de mi amigo para no dejarse llevar por la fantasía. La historia era más o menos así: después de que su abuelo hubiera muerto en su casa de San Petersburgo en tiempos de la guerra ruso-japonesa, los muebles de su casa fueron vendidos en subasta pública. El retrato, tras una serie de oscuras peregrinaciones, fue adquirido por el museo de la ciudad natal de Leroy. Mi amigo quería saber si el retrato estaba realmente allí; en el caso de que se encontrara en el citado museo, cuáles eran las posibilidades de rescatarlo; y si el rescate fuera posible, cuál sería el precio del mismo. Cuando le pregunté por qué no se ponía en contacto con el museo, respondió que ya les había escrito más de una vez sin haber recibido respuesta hasta el momento.
Me prometí a mí mismo no dar curso a su petición: siempre cabía la posibilidad de decirle que había caído enfermo o que había cambiado mi itinerario. La noción misma de ir a ver los monumentos turísticos, ya sean museos o edificios antiguos, me resulta desagradable; además, el encargo de mi buen amigo me parecía un tanto absurdo. Aconteció, sin embargo, que mientras deambulaba por las calles desiertas de Montisert en busca de una papelería, sin dejar de maldecir la torre altanera de una catedral, siempre la misma, que se empecinaba en aparecer ante mi vista en cuanto doblaba el recodo de una nueva calle, me vi sorprendido por un violento aguacero repentino que inmediatamente provocó la caída acelerada de las hojas de los plátanos porque el tiempo cálido de un octubre meridional se mantenía apenas en un hilo de vida. Corrí a resguardarme de la lluvia y me encontré en las escaleras de acceso al museo.

Era un edificio de proporciones modestas, construido con piedras de muchos colores, con columnas, una inscripción dorada sobre los frescos del pedimento y un banco de piedra de patas de león a ambos lados de la puerta. Una de sus hojas estaba abierta y el interior parecía oscuro contra el brillo del agua que caía. Me quedé un rato de pie en las escalinatas pero, a pesar del tejadillo que las protegía, iban poco a poco cubriéndose de motas húmedas. Vi que no se trataba de un aguacero pasajero sino que tenía visos de durar y, como no tenía nada mejor que hacer, decidí entrar en el museo. Apenas hube pisado las suaves losas resonantes del vestíbulo cuando llegó hasta mí el ruido de alguien que en una esquina distante había movido un taburete que se movía y el guarda, un jubilado insignificante al que le faltaba un brazo, se levantó y vino a mi encuentro, dejando de lado su periódico y mirándome por encima de las gafas. Pagué el franco que me correspondía y, tratando de no fijarme en las estatuas de la entrada (que eran tan convencionales e insignificantes como el número que abre un espectáculo de circo), entré a la sala principal.
Todo era como cabía esperar: tonos grises, sustancia dormida, materia desmaterializada. Ahí estaba la típica vitrina de monedas viejas y gastadas que descansaban sobre el terciopelo de sus correspondientes departamentos. Sobre la vitrina había un par de búhos, tinge y autillo, con sus nombres en francés que eran algo parecido a Gran Duque y Duque Secundario en traducción. Unos minerales venerables se mostraban en sus tumbas abiertas de polvoriento papier maché; la fotografía de un caballero atónito con barba puntiaguda dominaba una mezcolanza de voluminosos objetos negros de varios tamaños. Tenían un gran parecido con los excrementos de insecto congelados, y me detuve involuntariamente ante ellos, sin conseguir descifrar su naturaleza, composición o función. El guarda me había estado siguiendo con pasos de fieltro a una distancia respetuosa; sin embargo, en aquel momento, se acercó hasta mí, con un brazo a la espalda y el fantasma del otro en el bolsillo, sin dejar de deglutir algo a juzgar por el movimiento de su nuez.
—¿Qué son estas cosas? —pregunté.
—La ciencia no ha conseguido determinarlo todavía —replicó, con una frase que, sin duda, tenía aprendida de memoria—. Las encontró —continuó con el mismo tono de falsedad— Louis Pradier, concejal municipal y caballero de la Legión de Honor en 1895 —y con dedos trémulos indicó la fotografía.
—Eso está bien —dije—, pero lo que yo querría saber es ¿quién y por qué decidió que merecían un lugar en el museo?
—¡Y ahora permítame que dirija su atención hacia esta calavera! —exclamó el anciano enérgicamente, tratando de cambiar de tema.
—Sin embargo, me gustaría saber de qué material están hechos —le interrumpí.
—La ciencia… —comenzó de nuevo, pero se detuvo en seco y se miró como enfadado los dedos, sucios de tocar las vitrinas.
Yo me puse a contemplar entonces un jarrón chino, probablemente traído hasta allí por un marino; un grupo de fósiles porosos; un gusano pálido en nubes de alcohol y un mapa rojo y verde de Montisert en el siglo XVII; y también un trío de utensilios oxidados atados con una cinta fúnebre —una pala, un azadón y un pico. «Para excavar en el pasado», pensé distraído, pero esta vez no le pedí aclaraciones al guarda, que me seguía mansamente sin hacer ruido, deambulando en torno a la vitrinas expuestas. Detrás del primer vestíbulo había otro, aparentemente el último, en cuyo centro destacaba un gran sarcófago que parecía una bañera sucia, mientras que las paredes estaban cubiertas de cuadros.
Al punto los ojos se me quedaron prendidos en el retrato de un hombre que estaba entre dos paisajes abominables (con ganado y «ambiente»). Me acerqué y, ante mi considerable extrañeza, encontré el objeto preciso cuya existencia hasta ese momento se me había aparecido como un mero capricho de la imaginación de un hombre inestable. El hombre, pintado al óleo con pésimo arte, llevaba una levita, patillas y unos grandes quevedos sujetos con una cinta; tenía un cierto parecido con Offenbach, pero, a pesar del maldito convencionalismo del cuadro, tuve la sensación de que se podía vislumbrar en sus rasgos un cierto parecido, por así decir, con mi amigo. En una esquina del mismo, en carmín sobre fondo negro se leía la firma Leroy, escrita en una letra tan vulgar como la propia obra.
Sentí un aliento avinagrado junto a mis hombros y me volví a confrontar la mirada amable del guarda.
—Dígame —le pregunté—, supongamos que alguien quisiera comprar uno de estos cuadros, ¿a quién tendría que dirigirse?
—Los tesoros del museo constituyen el mayor orgullo de esta ciudad —replicó el anciano—, y el orgullo no está a la venta.
Ante su elocuencia decidí apresurado darle la razón en todo lo que dijera, lo cual no me impidió preguntarle el nombre del director del museo. Él trató de distraerme con la historia del sarcófago, pero yo seguí insistiendo. Finalmente me dio el nombre de un tal señor Godard y me explicó dónde encontrarlo.
Con toda franqueza debo decir que me alegré de que el cuadro existiera. Es divertido asistir al momento en que un sueño se hace realidad, incluso si no se trata de un sueño propio. Decid arreglar el asunto sin más dilaciones. Cuando decido hacer una cosa, no hay nada que pueda detenerme. Abandoné el museo con pasos decididos y sonoros para encontrar que había cesado la lluvia, que el azul se había extendido por el cielo, que una mujer de medias todas manchadas corría por la calle en una bicicleta que brillaba como la plata, y que las nubes se habían refugiado en las colinas que rodeaban la ciudad. Y de nuevo la catedral empezó a jugar al escondite conmigo, pero conseguí burlarla. Conseguí escapar apenas de la embestida de las ruedas de un furioso autobús rojo repleto de jóvenes que cantaban, crucé la calzada de asfalto y un minuto más tarde estaba llamando a la puerta de la verja del señor Godard. Resultó ser un enjuto caballero de mediana edad con cuello duro y pechera almidonada, con la consabida perla en el nudo de su corbata de plastrón, y un rostro que se asemejaba mucho al de un perro lobo ruso; como si aquello no fuera suficiente, se encontraba chupando unas costillas con ademanes absolutamente caninos mientras que a la vez trataba de pegar un sello en un sobre, cuando yo entré en aquella su habitación pequeña pero lujosamente amueblada con su tintero de malaquita sobre el escritorio y un jarrón chino, que me resultaba extrañamente familiar, sobre la repisa de la chimenea. Un par de floretes se cruzaban sobre el espejo, que reflejaba su estrecha nuca gris. Aquí y allá una serie de fotografías de un buque de guerra rompían la monotonía de la flora azul del papel que revestía las paredes.
—¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó, arrojando la carta que acababa de sellar a la papelera. Esta acción me resultó extraña; sin embargo, no consideré oportuno intervenir. Le expliqué el objeto de mi visita en pocas palabras, e incluso pronuncié la importante suma de dinero que mi amigo estaba dispuesto a ofrecer, aunque él me había dicho que no mencionara ninguna cantidad, sino que esperara a conocer las condiciones que el museo requiriera.
—Lo que me dice es maravilloso —dijo el señor Godard—. El único problema es que usted está en un error… no existe tal cuadro en el museo.
—¿Qué quiere decir que no existe tal cuadro? ¡Acabo de verlo! Retrato de un aristócrata ruso de Gustave Leroy.
—Tenemos un Leroy —dijo el señor Godard cuando hubo hojeado un cuaderno con tapas de hule en una de cuyas páginas se detuvo apuntando una determinada entrada con su uña negra—. Sin embargo, no es un retrato sino un paisaje rural: El retorno del rebaño.
Repetí que había visto el cuadro con mis propios ojos cinco minutos antes y que no había poder en la tierra que me pudiera hacer dudar de su existencia.
—De acuerdo —dijo el señor Godard—, pero yo tampoco estoy loco. He sido conservador de nuestro museo casi durante veinte años y me sé de memoria este catálogo como si fuera el padrenuestro. Aquí dice El retorno del rebaño y eso quiere decir que hay un rebaño y que está volviendo al redil y que, a no ser que el abuelo de su amigo haya sido pintado como un pastor, no puedo ni siquiera concebir la existencia de su retrato en nuestro museo.
—Lleva levita —exclamé—. ¡Le juro que lleva levita!
—¿Y qué le pareció nuestro museo y sus colecciones? —preguntó Godard con cierta suspicacia—. ¿Le gustó el sarcófago?
—Escuche —dije (y creo que se hizo perceptible un cierto temblor en mi voz)—, hágame un favor, vayamos ahora mismo allí, y lleguemos al acuerdo de que en el caso de que el retrato está allí, usted me lo vende.
—¿Y si no está?
—Le pagaré la suma indicada, en cualquier caso.
—Está bien —dijo—. Aquí tiene, tome este lapicero rojo y azul y en rojo, en rojo,
por favor, póngame por escrito la proposición que acaba de hacerme.
Estaba tan excitado que hice lo que me pedía. Al ver mi firma, deploró la difícil pronunciación de los nombres rusos. Luego añadió su propia firma y doblando  rápidamente la hoja de papel se la metió en el bolsillo del chaleco.

—Vamos —dijo, haciendo el ademán de estirarse los puños.
Por el camino entró en una tienda donde compró una bolsa de caramelos
pegajosos que pasó a ofrecerme con insistencia; aun cuando yo rechacé su oferta, intentó meterme un par de ellos en la mano. Yo la retiré. Unos cuantos caramelos cayeron en la acera; se detuvo a recogerlos y luego me alcanzó en un trote. Cuando nos acercábamos al museo vimos el autobús rojo de los turistas (vacío, ahora) aparcado en la puerta.
—¡Ajá! —dijo Godard, complacido—. Veo que hoy tenemos muchos visitantes.
Se quitó el sombrero y con él en la mano como si fuera abriéndole paso, subió con todo decoro las escalinatas.
Algo no marchaba bien en el museo. Surgían de su interior gritos pendencieros, risas lascivas, e incluso lo que parecían ser los ruidos típicos de una pelea. Entramos al primer vestíbulo; allí el anciano guarda trataba de impedir que dos sacrílegos, todos sudorosos y de rostros ya rojos de energía, que portaban en las solapas una especie de emblemas festivos, se llevaran los excrementos del señor concejal de su correspondiente vitrina. El resto de los jóvenes, miembros de alguna organización deportiva rural, no paraban de hacer ruido y de reírse descaradamente, algunos del gusano conservado en alcohol, otros de la calavera. Uno hacía payasadas con las tuberías del radiador que pretendía era uno de los objetos expuestos; otro apuntaba con el puño e índice a una lechuza. Habría como unos treinta en total, y sus voces y movimientos creaban un tumulto de ruidos y estrépito.
Godard se puso a dar palmadas de atención y a apuntar a un cartel que decía: «Los visitantes del museo deben ir decentemente vestidos». Luego se abrió y me abrió camino hasta la sala segunda. Inmediatamente todo aquel tropel se apresuró a seguirnos. Yo llevé a Godard hasta el retrato; se quedó helado al verlo, hinchó el pecho, y luego se hizo atrás uno o dos pasos como para admirarlo, y con su tacón femenino le dio un pisotón a uno de aquellos energúmenos.
—Espléndido cuadro —exclamó con una sinceridad genuina—. Bueno, no seamos miserables en esta cuestión. Usted tenía razón, debe de haber un error en el catálogo.
Mientras hablaba, sus dedos, que parecían haber adquirido un movimiento independiente, rompieron nuestro acuerdo en miles de papelitos que fueron cayendo como copos de nieve en una escupidera maciza.
—¿Y quién es ese mono viejo? —preguntó un individuo con un jersey a rayas, mientras que otro gamberro, al ver que el abuelo de mi amigo estaba pintado con un puro encendido, intentaba encender su pitillo con la lumbre del puro.
—De acuerdo —dije—, fijemos el precio, y en cualquier caso, vayámonos de aquí.

Había una salida, de la que no me había percatado antes, al fondo de la sala y nos apresuramos a salir por ella.
—No puedo tomar una decisión —gritaba Godard por encima de aquel estrépito —. Ser decidido sólo es bueno cuando viene apoyado por la ley. Primero tengo que discutir este asunto con el alcalde, que acaba de morir y todavía no ha sido elegido. Dudo que pueda comprar el retrato pero, de todos modos, me gustaría enseñarle algunos de nuestros tesoros.
Nos encontramos en una sala de considerables dimensiones. Unos libros de color pardo, con un aspecto como si los hubieran pasado por agua y de páginas toscas y sucias, estaban dispuestos bajo un cristal sobre una larga mesa. En las paredes había unos muñecos, soldados de botas altas con rodillera.
—Hablemos del asunto —exclamé desesperado, tratando de dirigir las evoluciones de Godard hacia un sofá de terciopelo que había en una esquina. Pero el guarda me lo impidió. Blandiendo como espada su brazo sano, llegó corriendo hasta nosotros, perseguido por una jubilosa multitud de jóvenes, uno de los cuales se había tocado la cabeza con un casco de cobre de brillo rembrandtesco.
—¡Quíteselo, quíteselo! —gritaba Godard, y un empujón anónimo llevó al casco a volar por los aires con estruendo, lejos de la cabeza del gamberro.
—Sigamos —dijo Godard, tirándome de la manga, y entramos en la sección de escultura antigua.
Me perdí por un momento entre unas enormes piernas de mármol, y tuve que pasar dos veces por delante de una rodilla gigantesca antes de recobrar a Godard, que me buscaba también a mí desde detrás del tobillo blanco de una gigante cercana. Y en ese momento, un individuo con bombín, que debía haberse encaramado a la estatua, cayó de repente y desde las alturas al suelo de piedra. Uno de sus compañeros intentó ayudarle a levantarse, pero estaban los dos borrachos y Godard los dejó de lado y corrió hasta la sala vecina, radiante de alfombras orientales; tres podencos corrían sobre alfombras azules y un arco y una aljaba descansaban sobre una piel de tigre.
Curiosamente, sin embargo, la abigarrada mezcolanza de objetos así como la amplitud del lugar sólo provocaban en mí una sensación imprecisa como de opresión, que quizá fuera debida a que no dejaban de pasar ante mi vista nuevos visitantes y tal vez porque yo ya estaba impaciente por abandonar aquel museo innecesario, que no dejaba de expandirse, y dedicarme en calma y libertad a cerrar mis negociaciones mercantiles con Godard, empecé a experimentar una vaga sensación de alarma. Mientras tanto, habíamos transportado nuestros cuerpos hasta una nueva sala, que debía de ser realmente enorme, porque albergaba el esqueleto completo de una ballena, que parecía el casco de una fragata; a lo lejos se divisaban todavía más salas, con el correspondiente brillo oblicuo de los cuadros, llenos de nubes de tormenta, entre las que flotaban ídolos del arte religioso mostrando vestimentas azules y rosas; y todo ello se resolvía en una abrupta turbulencia de pliegues envueltos en la niebla, y candelabros todos relucientes y peces con agallas translúcidas que serpenteaban a través de acuarios iluminados. Al subir a toda prisa por una escalera vimos, desde la galería superior, un grupo de gente de pelo gris y con paraguas, examinando una réplica gigantesca del universo.
Finalmente, al llegar a la habitación sombría pero magnífica dedicada a la historia de las máquinas de vapor, conseguí detener por un instante a mi despreocupado guía.
—¡Ya basta! —grité—. Yo me voy. Hablaremos mañana.
Cuando acabé de hablar ya se había desvanecido. Me volví y vi, apenas a unos centímetros de donde yo estaba, las majestuosas ruedas de una sudorosa locomotora. Durante un largo rato traté de rehacer mi camino entre los distintos modelos de estaciones de ferrocarril. ¡Qué raras brillaban las señales violetas en la penumbra de detrás del abanico de los raíles húmedos, y qué espasmos sacudían mi pobre corazón! De repente, todo volvió a cambiar de nuevo: ante mí se extendía un pasillo infinitamente largo, que contenía numerosos armarios de oficina y también gente que se escabullía de forma un tanto escurridiza. Di un giro de noventa grados y me encontré en medio de instrumentos musicales; las paredes, todas un gran espejo, reflejaban una hilera de pianos de cola, mientras que en el centro había una especie de estanque con un bronce de Orfeo sobre una roca verde. El tema acuático no acababa ahí porque, al volver corriendo, di con mi persona en la Sección de Fuentes y Arroyos, y me resultaba difícil caminar por las riberas sinuosas y cenagosas de aquellas aguas.
De vez en cuando, a uno u otro lado, aparecían unas escaleras de piedra con unos charcos en los escalones que me producían una extraña sensación de miedo, que descendían hasta abismos llenos de niebla de los que surgían una serie de silbidos, el chocar de platos, el golpeteo de máquinas de escribir, martillazos, y muchos otros ruidos, como si, allá abajo, hubiera salas de exposiciones de algún que otro tipo, que ya estuvieran cerradas o cuyas obras estuvieran a punto de completarse. Luego me vi envuelto en la oscuridad y empecé a tropezar con todo tipo de muebles desconocidos hasta que finalmente vi una luz roja y salí a una plataforma que sonaba metálica a mi paso… y de repente, tras ella, me encontré con un cuarto de estar iluminado, amueblado con gusto al estilo Imperio, pero sin un alma, sin un alma… Para entonces yo ya estaba indescriptiblemente aterrado, pero cada vez que intentaba deshacer mi camino a lo largo de los distintos pasadizos, me volvía a encontrar en lugares desconocidos —en un invernadero con hortensias y cristales rotos a través de los cuales se colaba la oscuridad de la noche artificial o en un laboratorio desierto con alambiques polvorientos sobre las mesas. Finalmente fui a parar a una especie de habitación con percheros monstruosamente atiborrados de abrigos negros y pieles de astracán; desde detrás de una puerta llegaba un estallido de aplausos, pero cuando abrí la puerta de golpe, no encontré teatro alguno, sino únicamente una suave opacidad y una niebla de imitación tan perfecta que incluso mostraba de forma convincente una serie de manchas correspondientes a unas confusas farolas. ¡Más que convincentes! Avancé unos pasos e inmediatamente una inconfundible y bienvenida sensación de realidad reemplazó finalmente a toda aquella basura irreal contra la que me había ido estrellando por todos los lados. La piedra que tenía bajo mis pies era un auténtico adoquín de la acera, espolvoreada con nieve maravillosamente fragante y recién caída. Al principio la frescura silenciosa y nevada de la noche, que de alguna manera me resultaba extrañamente familiar, me produjo una sensación placentera después de mi deambular enfebrecido. Confiadamente, empecé a hacer conjeturas acerca del lugar en el que había estado y acerca del porqué de la nieve, y qué serían aquellas luces que brillaban exageradamente aunque indistintas, aquí y allá en la parda oscuridad. Me puse a mirar e incluso me agaché a tocar una piedra redonda del bordillo de la acera, y luego me quedé contemplando la palma de la mano, llena de húmedo frío granular, como si esperara encontrar allí una explicación. Sentí que iba vestido demasiado ligero, demasiado cándido, pero la conciencia de que había logrado escaparme del laberinto del museo era todavía tan fuerte que en los dos primeros minutos, no experimenté ni sorpresa ni miedo. Siguiendo con mi examen detenido miré la casa junto a la que me encontraba e inmediatamente me chocó el espectáculo de sus escaleras de hierro y de los raíles que bajaban hasta la nieve en su camino hacia el sótano. Me dio una punzada al corazón, y cuando volví a mirar la acera lo hice con una curiosidad de orden nuevo, un punto alarmada, al ver su cubierta blanca a lo largo de la cual se estiraban una serie de líneas negras, y también el cielo pardo cruzado por una luz persistente y misteriosa, y el parapeto macizo a cierta distancia. Me pareció que tras él había como una pendiente; algo crujía y regurgitaba allí abajo. Más allá, al otro lado de aquella cavidad lóbrega, se extendía una cadena de luces borrosas. Arrastrándome por la nieve con mis pies empapados, caminé unos cuantos pasos, sin dejar de mirar aquella casa oscura a mi derecha; sólo había luz en una ventana, donde una lámpara solitaria lucía débilmente bajo su pantalla de cristal verde. Una puerta de madera cerrada… Deben de ser los postigos de una tienda que duerme… Y a la luz de una farola cuyas formas me habían empezado a gritar su mensaje imposible, conseguí descifrar el final de un letrero —«… INKA SAPOG» (… CIÓN DE CALZADO)— pero no, no era la nieve la que había borrado el letrero. «No, no, en un minuto me despertaré», dije en alta voz, y, temblando, con el corazón a golpes, me di la vuelta, seguí caminando, me volví a detener. De algún lugar me llegó el ruido de unos cascos de caballo que se alejaban, la nieve se asentaba como un gorro de dormir sobre una piedra y se mostraba confusamente blanca sobre una pila de leña al otro lado de la verja, y entonces supe, de manera irrevocable, dónde me encontraba. ¡Ay de mí, no era en la Rusia que yo recordaba, sino en la Rusia real de hoy en día, prohibida para mí, desesperadamente servil, y también desesperadamente mi patria! Yo, un medio fantasma vestido con un traje extranjero de verano, me quedé de pie en la nieve impasible de una noche de octubre, en algún lugar junto al Moyka o al canal Fonanja, o quizá fuera en el Obvodny, y tenía que hacer algo, ir a algún lugar, correr; proteger con desesperación mi vida frágil, fuera de la ley. ¡Cuántas veces había experimentado esa misma sensación mientras dormía! Ahora, sin embargo, era realidad. Todo era real, el aire parecía mezclarse con los copos de nieve dispersos, con el canal que todavía no se había helado, con la casa flotante, y con aquel peculiar rectángulo de las ventanas oscuras y amarillas. Un hombre con una gorra de piel, y una cartera bajo el brazo, llegó hasta mí como desde la niebla, me lanzó una mirada asustada y se volvió a mirarme después de haberse cruzado conmigo. Esperé a que desapareciera y entonces, con prisas, empecé a sacar todo lo que llevaba en los bolsillos, destrozando papeles, arrojándolos en la nieve y después pisoteándolos. Había algunos documentos, una carta de mi hermana en París, quinientos francos, un pañuelo, cigarrillos: sin embargo, a fin de despojarme de todos los tejidos del exilio, tendría que desgarrar y destrozar mi ropa, mis calzoncillos, mis zapatos, todo, y quedarme idealmente desnudo: y aunque ya estaba temblando y con escalofríos a causa del frío y también de mi angustia, hice todo lo que pude en ese sentido.
Pero basta. No relataré la historia de cómo me arrestaron ni tampoco contaré las pruebas subsiguientes por las que hube dé pasar. Baste decir que me costó una paciencia y un esfuerzo increíbles volver a salir al extranjero, y que, desde entonces, me he jurado no llevar a cabo misiones confiadas por la locura de los otros.

 – Vladimir Nabokov.

«La visita al museo» («Poseshchenie muzeya») se publicó en la revista del exilio Sovremennyya Zapiski (1939) y posteriormente en el volumen de relatos Vesna v Fialte (1959). La versión inglesa apareció en Esquire en marzo de 1963 y posteriormente se incluyó en Nabokov’s Quartet (1966).
Los lectores que no sean rusos tal vez agradezcan una nota explicativa. En un determinado momento, el desgraciado narrador observa el rótulo de una tienda y se da cuenta de que no está en la Rusia de su pasado sino en la Unión Soviética. El detalle revelador es la ausencia de la letra que solía decorar el final de una palabra terminada en consonante en la vieja Rusia pero que se omite en la ortografía reformada adoptada por los soviéticos.

 

 

 

 

Carolina Grau – Carlos Fuentes


¿Quién o qué es Carolina Grau? Esta es la pregunta que me he hecho al acabar esta breve colección de relatos fantásticos del mexicano Carlos Fuentes.
Relatos entretejidos de manera sutil por este personaje que vaga por ellos como fantasma, pensamiento, protagonista, recuerdo, obsesión… Se podría decir que es un recurso usado por el autor para conectar las historias, pero en el fondo es algo más, es un símbolo. Símbolo de las dos constantes que se repiten a lo largo de la obra: La sensación de encierro y la búsqueda de la libertad. Y es ahí donde la figura evanescente de Carolina Grau actúa de catalizador, ya que ella representa el movimiento perpetuo y la libertad. No está atada a ningún plano espacio temporal, puesto que lo mismo es una bióloga mexicana o una amante furtiva en Sevilla, como se aparece en un pueblito de la Marche en Italia o acoge a un desertor de las tropas de Hernán Cortés en las selvas de México. Pero su recuerdo o presencia de alguna manera también contribuye al encierro de los personajes, así que se podría decir que es un ser paradójico, una especie de daimón.

«El carcelero tiene su carcelero y éste al suyo y así al infinito. Tú y yo somos los eslabones finales de una larga cadena de sumisiones. Así está ordenado el mundo, mi joven amigo. ¿Hay otra salida?».

Fuentes confesaba a propósito de esta obra que quiso escribir sobre un mundo cerrado, ya que «Estamos encerrados en nuestro propio cuerpo al fin y al cabo, estamos encerrados en nuestra condición, en nuestra ciudad, en nuestra política, en nuestra nación; estamos encerrados en el mundo». Es una premisa muy valida, aunque yo debo discrepar en que aunque estamos encerrados en esta realidad que habitamos, siempre queda un reducto de libertad dentro de cada uno de nosotros; nuestra imaginación. Claro está que la imaginación también puede contribuir a nuestro encierro si enfocamos nuestros pensamientos en esa dirección, pero lo cierto es que la imaginación es inagotable y cada uno de nosotros puede crear innumerables microcosmos dentro de este macrocosmos en el que existimos. Las posibilidades son infinitas.

No sólo se sirve el autor de Carolina Grau para contar las historias, si no que además los argumentos son notables e interesantes. Entre los ocho relatos podríamos destacar una versión alternativa de El conde de Montecristo, una mujer que da a luz un niño que brilla como el oro, un joven que aparece en un pueblo extraño en el que todos los habitantes parecen esperarlo, un conquistador español que encuentra un templo olmeca perdido en la selva o las obsesiones y anhelos del gran poeta italiano Giacomo Leopardi… todos los cuentos tienen, a pesar de su condición onírica y confusa, algo de especial, algo que engancha y que mantiene en vilo. Por supuesto Carlos Fuentes no se lo pone nunca fácil al lector y demanda que sea este último el que rellene los huecos que deja en las historias, ya que a veces la narración es fragmentaria y poco concluyente. Pero esto lo hace aún más interesante, puesto que el lector está obligado a dejar vagar su imaginación para completar los hechos. Otra cosa a destacar son los lugares donde transcurren las historias, son parte importante de la sensación de encierro que tienen los protagonistas de cada relato. Son escenarios extraños que parecen arrancados directamente de sueños y pesadillas.

En resumen: ocho cuentos cortos que bien podrían ser una novela, ya que todos se conectan sutilmente entre sí y un final demoledor, el del último relato del libro, en el que el círculo se cierra de manera magistral.

«Los hechos son inasibles. Nunca sabemos si lo que ocurre está ocurriendo, ya ocurrió o está por ocurrir».