El ojo – Vladimir Nabokov

«Al fin y al cabo, para vivir feliz, un hombre tiene que conocer de vez en cuando unos instantes de perfecto vacío. Sin embargo, yo estaba siempre expuesto, siempre con los ojos abiertos; incluso cuando dormía no dejaba de vigilarme, sin comprender nada de mi existencia, me enloquecía la idea de no poder dejar de ser consciente de mí mismo…».

El Ojo (Соглядатай), escrita en 1930 y publicada por entregas en la revista parisina de emigrantes rusos Sovremennyya Zapiski, es la cuarta novela de Vladimir Nabokov y fue en su día, mi primer acercamiento a su obra. Es una novela corta desconcertante, que puede resultar de difícil lectura, pues la historia esta plagada de descripciones y diálogos inconexos y sesgados, que no nos permiten hacernos una imagen panorámica de la historia. Pero esto es precisamente lo que busca el autor: jugar con nosotros y no desvelarnos más que lo justo y a veces confundirnos con imágenes distorsionadas o reflejos múltiples, como si estuviéramos dentro de una habitación llena de espejos y todos los presentes en ella llevaran una máscara.

Dobles fantasmales

En esta novela se tocan los temas de la identidad y el concepto que tenemos sobre nosotros mismos y sobre todo de la imagen que proyectamos y la percepción que tienen los demás sobre nosotros. Siempre me han parecido conceptos muy interesantes, puesto que al final no dejan de ser experiencias subjetivas, a veces contaminadas por prejuicios, que no nos permiten conocer la esencia real de la verdad, conocimiento que por otra parte considero prácticamente imposible de alcanzar.

También se desarrolla el tema del doble de una manera muy interesante, puesto que no es un doble al uso; un doppelgänger o doble fantasmal, es una especie de sombra o proyección de nuestro inconsciente, que en algunos momentos se puede manifestar, posiblemente en un estado alterado de conciencia o en un estado crepuscular, como por ejemplo durante la parálisis del sueño. Pero en un plano más metafísico/psicológico, también puede ser la suma de las percepciones que otros tienen de nosotros o cada una de ellas por separado, un montón de dobles distintos, uno por cada persona que nos conoce, incluida nuestra propia percepción de nosotros mismos. La verdad es que sólo este tema daría para una entrada bastante amplia, pero no me voy a extender más en ello.

El tema del doble es recurrente en la literatura de varios autores, y aquí he detectado cierta influencia de Hoffmann (La historia del reflejo perdido), Poe (William Wilson), Pirandello (Uno, ninguno y cien mil) e incluso de Borges*. Nabokov consigue crear en El ojo, una historia a la altura de las nombradas anteriormente.

Humo y espejos en el Berlín de entreguerras

El ojo comienza con el narrador contándonos su vida en el Berlín de entreguerras. Por lo que sabemos es un expatriado ruso que ha huido de la Revolución Bolchevique y posterior guerra civil que asola Rusia, que comparte su vida con otros emigrados de su misma nacionalidad, a cada cual más variopinto: como el librero Weinstock, paranoico y practicante del espiritismo (muy de moda en aquellos años) o el pedante Roman Bogdanovich, autor de un diario personal, cuyas entregas envía todos los viernes a un amigo de Tallinnque las archiva para que Roman pueda releerlo completo en un futuro cuando ya sea anciano.

La vida del narrador, bastante mediocre y aburrida, da un giro inesperado tras un acontecimiento traumático que le empuja al (intento de) suicidio. A partir de ahí su vida adquiere una dimensión totalmente distinta, ya que comienza a ver el mundo y a los que le rodean con otros ojos, una especie de ser omnisciente que todo lo ve y que se propone descubrir la identidad del personaje más enigmático de todos: Smurov.

Smurov, el enigma

Un personaje que un día es un soldado zarista y al siguiente un espía bolchevique, otro día se presenta como un mujeriego y después como homosexual. El narrador intenta descifrar el enigma de Smurov a través de los ojos y las opiniones de sus conocidos y poco a poco su imagen va tomando forma, una imagen realmente sorprendente.

En el prefacio, el autor nos anima a que intentemos descubrir quién es este personaje antes de que acabe la novela, reconozco que yo lo descubrí más o menos a la mitad. Así que nos encontramos ante una obra de gran calidad y un misterio muy divertido. Recomiendo su lectura, pero ojo, que sea breve no quiere decir que sea ligera, es densa y como dije al principio, desconcertante.

«Kashmarin se había llevado otra imagen, ¿Importa cuál? Porque no existo; lo que existe son los millares de espejos que me reflejan. Cada vez que conozco a alguien, aumenta la población de fantasmas que se parecen a mí. Viven en alguna parte, se multiplican en alguna parte. Sólo yo no existo. Sin embargo, Smurov, seguirá viviendo por mucho tiempo”.

“Los dos muchachos envejecerán y alguna que otra imagen mía vivirá en ellos como un parásito tenaz.  Y luego llegará el día en que morirá la última persona que me recuerde, tal vez una historia casual sobre mí, una simple anécdota en la que aparezco yo, pasará de él a su hijo o a su nieto, y así mi nombre y mi fantasma aparecerán fugazmente aquí y allá por un tiempo más. Luego llegará el final».

Notas: El título original en ruso Соглядатай, cuya transcripción sería Soglyadatay, es un antiguo término militar que significa «espía«, «observador«, el autor al traducir su obra al inglés en 1965, decidió titularlo, «El Ojo«.

* La influencia de Borges es imposible, puesto que en aquellos años no tenían aún conocimiento el uno del otro. Aunque si es cierto que sus vidas están marcadas por algunos paralelismos sorprendentes.

 

 

 

El hombre imaginario – Un poema de Nicanor Parra

El chileno Nicanor Parra se consideraba un antipoeta, lo cual no deja de ser paradójico, puesto que está considerado como uno de los mejores poetas de nuestro tiempo. Aunque lo cierto es que esa definición le va como anillo al dedo, ya que su estilo irreverente y directo fue toda una revolución y para muestra, su antipoema La montaña rusa, donde expone claramente cual es su visión de la poesía: “Durante medio siglo/la poesía fue/el paraíso del tonto solemne/hasta que vine yo/y me instalé con mi montaña rusa./Suban, si les parece./Claro que yo no respondo si bajan/Echando sangre por boca y narices”. Toda una declaración de intenciones que deja muy claro que Parra no era un poeta al uso.

Su poesía es demoledora y anárquica, llena de crítica y denuncia social. Profunda y melancólica unas veces, sarcástica y divertida otras y casi siempre construida con estructuras inusuales. Quizá esta búsqueda de nuevas estructuras, fue consecuencia de su formación como matemático y físico o quizá fue su afán por democratizar la poesía y hacerla más accesible a personas de distinto nivel sociocultural. Lo cierto es que Parra tuvo éxito innovando y creando algo original. Personaje de gran cultura, librepensador y ecologista, llevaba el arte en la sangre, ya que provenía de una familia de artistas, entre los que destacó su hermana Violeta, cantautora y folclorista de gran renombre.

El poema que os presento hoy, es uno de los que más me gustan de toda su producción. Me parece un poema melancólico y profundo, en el que todo parece ser imaginario, salvo dos cosas. Leyéndolo podemos visualizar al hombre imaginario, podemos dejarnos llevar e imaginar todo lo que nos describe el autor, pero hay algo que no es imaginario y eso lo podemos sentir muy profundamente, ahí radica la magia de este poema. Espero que lo disfrutéis.

 

“L’heureux donateur”1966, por René Magritte, Musée d’Ixelles.

El hombre imaginario

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios.

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario.

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

– Nicanor Parra

El hombre imaginario” incluido en “Hojas de Parra” (1985).

 

La estrella sobre el bosque – Un relato de Stefan Zweig

El austriaco Stefan Zweig era todo un esteta, uno de esos que llevan el arte de la escritura a otro nivel y aunque a priori, los temas que trata en sus obras parecen ser mundanos, su estilo elegante y su manera de retratar las profundidades del alma humana, convierten su lectura en una experiencia sublime.

La estrella sobre el bosque es un buen ejemplo de todo esto, es un relato triste e intenso. Zweig, con pocas palabras nos hace sentir el amor irracional y platónico del protagonista. Nos mete bajo su piel y nos hace sentir su corazón palpitar desbocado en nuestro pecho. Vamos deslizándonos por la historia al ritmo impuesto precisamente por ese corazón, que se ha adueñado del protagonista, en el que la mente ya no rige, ya no tiene el control de sus actos.

El final; aunque desolador, tiene algo de justicia poética, algo de magia divina, como si un aciago Cupido hubiera disparado una flecha a última hora, para que ese dolor nacido del amor, pudiera ser transferido y compartido de alguna manera.

Pero no quiero divagar más, mejor os invito a que disfrutéis de la prosa de Zweig y de este relato que, por cierto, podéis encontrar también en la recopilación Sueños olvidados y otros relatos editado por Alba.

La estrella sobre el bosque

Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y, cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino. Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto.

Estos minutos fueron el comienzo de un estado de ensueño muy extraño y ferviente, de un sentimiento tan impetuoso y exaltado que apenas le corresponde el término grave y noble de amor. Era ese amor, de fidelidad canina y desprovisto de deseos, que los seres humanos generalmente no experimentan en la flor de su vida, que sólo sienten las personas muy jóvenes o muy ancianas. Un amor sin reflexión, que sólo sueña y no piensa. Olvidó por completo ese injusto y, sin embargo, inalterable desprecio que incluso personas inteligentes y circunspectas manifiestan hacia seres humanos que visten el frac de camarero; no especuló sobre posibilidades y casualidades, sino que aumentó en su sangre esa extraña inclinación hasta que su profundidad escapó a toda burla y crítica. Su ternura no era la de las miradas secretamente alusivas y al acecho, la temeridad de los gestos atrevidos que de repente se desata, la pasión sin sentido de labios sedientos y manos temblorosas; era una aplicación silenciosa, un prevalecer de aquellos pequeños servicios que son tanto más excelsos y sagrados en su modestia cuanto que permanecen a sabiendas ocultos. Después de la cena alisaba las arrugas del mantel delante de la silla de la condesa con dedos tan tiernos y dulces como quien acaricia las manos queridas y plácidas de una mujer; colocaba las cosas en su proximidad con simetría devota, como si las dispusiera para una fiesta. Con el mayor cuidado llevaba las copas que habían tocado sus labios a su estrecha y poco aireada buhardilla y de noche las dejaba relucir a la luz perlada de la luna como si fueran joyas preciosas. Constantemente era, desde cualquier rincón, el secreto observador de sus movimientos y actividades. Bebía sus palabras como quien paladea lascivamente un vino dulce y de perfume embriagador, y recogía las palabras y las órdenes ávido como los niños la rápida pelota en el juego. Así su alma embelesada introdujo en su pobre e indiferente vida un brillo cambiante y opulento. Nunca se le ocurrió la sabia necesidad de trasponer todo el episodio a las palabras frías y destructivas de la realidad de que el miserable camarero François amaba a una condesa exótica y eternamente inalcanzable. Porque él no la sentía como realidad, sino como algo excelso, muy lejano, que bastaba con su reflejo de la vida. Amaba el imperioso orgullo de sus órdenes, el ángulo dominante de sus cejas negras que casi se tocaban, el pliegue indómito alrededor de la boca fina, la gracia segura de sus gestos. La sumisión le parecía a François algo natural y sentía como dicha la proximidad humillante del servicio modesto, porque gracias a ella podía entrar tan a menudo en el círculo seductor que rodeaba a su amada.

Así despertó de repente en la vida de un hombre sencillo un sueño, como una flor de jardín noble y cuidadosamente criada, que florece en una carretera donde el polvo de los caminantes ahoga todos los brotes. Era el vértigo de un ser sencillo, un sueño embriagador y narcótico en medio de una vida fría y monótona. Y los sueños de seres como él son como barcas sin timón, que van a la deriva presas de una voluptuosidad fluctuante sobre aguas silenciosas y espejeantes, hasta que de pronto su quilla choca con una sacudida seca en una orilla desconocida.

La realidad, sin embargo, es más fuerte y sólida que todos los sueños. Una noche el corpulento portero procedente del Waadtland le dijo a François al pasar: «La Ostrovska se marcha mañana en el tren de las ocho». Y luego añadió otros nombres sin importancia que él apenas escuchó. Porque esas palabras se habían transformado en su cerebro en un confuso remolino tumultuoso. Varias veces se pasó los dedos mecánicamente por la frente afligida, como si quisiera apartar un sedimento pesado, que allí reposaba y obnubilaba la razón. Dio unos pasos titubeantes. Inseguro y atemorizado cruzó delante de un alto espejo de marco dorado, del que le salió al encuentro un rostro mortalmente pálido y extraño. Los pensamientos no acudían a su mente, estaban por así decir aprisionados tras un muro oscuro y nebuloso. Casi inconsciente, descendió, agarrándose a la balaustrada, la amplia escalera hacia el jardín sumido en sombras, en el que los altos pinos se erguían solitarios como pensamientos sombríos. Su silueta intranquila dio unos inciertos pasos más, como el vuelo bajo y tambaleante de un ave nocturna enorme y oscura, y por fin se dejó caer en un banco, apoyando la cabeza en su frío respaldo. El silencio era absoluto. A su espalda, entre los arbustos redondeados, relucía el mar. Luces suaves y trémulas chispeaban sobre su superficie, y en el silencio se perdía la monótona cantinela murmurante de lejanos rompientes.

Y de pronto todo estaba claro, muy claro. Tan dolorosamente claro que François casi sonrió. Todo había acabado, sencillamente. La condesa Ostrovska se marcha a casa y el camarero François queda atrás en su puesto. ¿Acaso era tan raro? ¿No se marchaban al cabo de dos, tres o cuatro semanas todos los extranjeros que venían? Qué tontería no haberlo pensado antes. Porque todo estaba tan claro como para reír o llorar. Y sus pensamientos bullían y bullían. Mañana por la noche, en el tren de las ocho en dirección a Varsovia. A Varsovia…, horas y horas a través de bosques y valles, a través de colinas y montañas, a través de estepas y ríos y dinámicas ciudades. ¡Varsovia! ¡Qué lejos quedaba! No podía siquiera imaginar, aunque sí sentir en lo más profundo, esa palabra orgullosa y amenazadora, dura y lejana: Varsovia. Y él…

Durante un segundo aleteó una pequeña y fantástica esperanza. Podía seguirla. Y buscar empleo allí como criado, escribiente, cochero, esclavo; estar allí en la calle como mendigo, todo menos estar tan horriblemente lejos; al menos respirar el aliento de la misma ciudad, verla quizá pasar, ver su sombra, al menos, su vestido y su cabello negro. Ya surgían precipitadas visiones. Pero el momento era duro e implacable. François vio lo inalcanzable desnudo y claro. Calculó: cien o doscientos francos ahorrados, en el mejor de los casos. No bastaban ni para la mitad del camino. Y entonces ¿qué? Como a través de un velo desgarrado vio de pronto su vida, presintió lo pobre, miserable y fea que indefectiblemente sería de ahora en adelante. Años vacíos ejerciendo su profesión de camarero, torturado por un insensato deseo, esa ridiculez iba a ser su futuro. Lo recorrió un escalofrío. Y de pronto todas las cadenas de pensamientos confluyeron arrebatadas e imparables. Había únicamente una posibilidad.

Las copas de los árboles se mecían en una brisa apenas perceptible. La noche oscura y negra se alzaba amenazadora ante él. Entonces se alzó, seguro y sereno, del banco y se dirigió por la grava crujiente hacia el gran edificio que dormía en blanco silencio. Debajo de una de sus ventanas hizo un alto. Estaba ciega y sin un signo brillante de luz en el que se hubiera podido encender el deseo soñador. Ahora su sangre circulaba con latidos tranquilos, y se alejó como alguien al que ya nada confunde y engaña. En su cuarto se echó sin agitación alguna sobre la cama y durmió con un sueño denso y sin imágenes hasta la señal matutina del despertar.

Al día siguiente, su comportamiento se ciñó por completo a los límites de la deliberación meticulosamente definida y de la calma forzada. Con fría indiferencia cumplió con sus obligaciones, y sus gestos tenían una seguridad tan absoluta y tan despreocupada, que nadie hubiera imaginado detrás de la máscara falaz la amarga decisión. Poco antes de la hora de la cena, acudió con sus pequeños ahorros a la floristería más selecta y compró flores exquisitas que en su espléndido colorido le sugerían palabras: tulipanes del color del oro fogoso, que eran como la pasión; crisantemos blancos de amplia corola, como sueños luminosos y exóticos; finas orquídeas, las imágenes estilizadas del deseo, y unas soberbias rosas embriagadoras. Y luego compró un valioso jarrón de cristal con destellos opalescentes. Los pocos francos que aún le quedaban se los regaló al pasar, con un gesto rápido y distraído, a un niño que pedía limosna. Luego volvió al hotel. Con solemnidad melancólica colocó el jarrón con las flores delante del cubierto de la condesa, que dispuso por última vez con voluptuoso y minucioso esmero.

Llegó el momento de la cena. François sirvió la mesa como siempre: reservado, silencioso y competente, sin alzar los ojos. Sólo al final envolvió la silueta cimbreante y orgullosa de la condesa con una mirada infinita, que ella no percibió. Nunca le había parecido tan bella como en esta mirada última y libre de todo deseo. Luego se apartó con serenidad de la mesa, sin gesto alguno de despedida, y abandonó la sala. Como un huésped ante el que se inclinan los criados, atravesó los pasillos y descendió la elegante escalera de recepción hasta la calle: era evidente que en ese momento dejaba atrás su pasado. Delante del hotel se detuvo un segundo, indeciso; entonces empezó a caminar, bordeando iluminadas villas y amplios jardines, siempre adelante como un paseante ensimismado, sin saber adónde se dirigía.

Así vagó inciertamente hasta el anochecer en un estado de enajenación ensoñada. Ya no pensaba más en las cosas. Ni en las pasadas ni en las inevitables. Ya no le daba vueltas a la idea de la muerte, como sin duda en los últimos momentos el suicida circunspecto sopesa en la mano el brillante y amenazador revólver de profundo ojo y lo vuelve a dejar en la mesa. Hacía tiempo que se había sentenciado a sí mismo. Por su mente sólo pasaban imágenes en raudo vuelo, como golondrinas de viaje. Primero, los días de la juventud hasta aquella fatal hora de clase cuando una estúpida aventura lo propulsó violentamente desde la perspectiva de un futuro prometedor a la confusión del mundo. Luego los viajes incesantes, las dificultades por el sueldo, los proyectos, una y otra vez fracasados, hasta que la gran oleada negra, que llamamos el destino, quebró su orgullo y lo dejó abandonado en un puesto indigno. Muchos recuerdos multicolores pasaron revoloteando por su mente. Por fin relució el suave reflejo de los últimos días en sus sueños despiertos; y de nuevo abrieron violentamente la oscura puerta de la realidad que debía traspasar. Recordó que deseaba morir en ese mismo día.

Durante un rato recapacitó sobre los muchos caminos que conducen a la muerte, y comparó su respectiva amargura y su definitiva prontitud. Hasta que lo traspasó un pensamiento. En su sombría cavilación se le ocurrió un funesto símbolo: así como la condesa había arrasado inconsciente y destructivamente su vida, así debía arrollar también su cuerpo. Ella misma lo llevaría a cabo. Ella misma consumaría su obra. Y ahora sus pensamientos se aceleraron con increíble seguridad. En algo menos de una hora, a las ocho, salía el expreso que la llevaba a su encuentro. Se arrojaría debajo de sus ruedas, se dejaría destrozar por la misma fuerza arrebatadora que le arrancaba a la mujer de sus sueños. Se desangraría debajo de sus pies. Los pensamientos galopaban y se perseguían jubilosos. François ya conocía el lugar. Más arriba, al borde del bosque, donde las copas frondosas de los árboles oscurecían la última vista sobre la cercana bahía. Miró el reloj: los segundos y los latidos de su sangre casi marcaban el mismo ritmo. Era hora de ponerse en camino. Y ahora, de repente, sus pasos cansinos se volvieron elásticos y decididos, con ese ritmo duro y precipitado que el sueño mata en su avance. Agitado se precipitó en el esplendoroso crepúsculo del anochecer meridional hacia el lugar en el que, entre lejanas colinas cubiertas de bosque, el cielo aparecía incrustado como una línea color púrpura. Y corrió hasta llegar a las vías del tren, que relucían como dos líneas plateadas y le mostraban el camino. Lo condujeron por una ruta sinuosa hacia la altura, a través de perfumados y profundos valles, cuyos velos de niebla atenuaban plateados la luz cansina de la luna; lo condujeron ascendiendo a las colinas, desde las que se veía lo lejos que el mar vasto y nocturno refulgía con sus brillantes luces costeras. Y le mostraron por fin el profundo bosque mecido por el inquieto viento, que sumergió las vías en las sombras que se cernían.

Ya era tarde cuando François llegó con respiración entrecortada a la ladera oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba, entre las copas transparentes, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna entre las ramas, que se quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron por completo en esa aprensiva soledad. François sólo esperaba, esperaba y miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente, asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren. Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse congelado.

Por fin brilló allá abajo la luz. En ese segundo François sintió una sacudida en el corazón, aunque no hubiera podido decir si de temor o de alegría. Con un movimiento impetuoso se tiró sobre las vías. Al principio sólo sintió un instante el agradable frío de los raíles de hierro en su sien. Luego aguzó el oído. El tren aún estaba lejos. Podía tardar algunos minutos. Ahora no se oía nada excepto el susurro de los árboles en el viento. Los pensamientos saltaban confusos. Y, de pronto, uno que permaneció clavado como una dolorosa flecha en su corazón: que él moría por ella y que ella nunca lo sabría. Que ni la más pequeña ola de su vida encrespada había tocado la de ella. Que ella nunca sabría que una vida ajena había venerado la suya y se había destrozado contra ella.

Apenas perceptible y muy lejano se oía jadear por el aire casi quieto el golpeteo rítmico de la máquina que remontaba la pendiente. Pero el pensamiento seguía quemando con igual fuerza y atormentaba los últimos minutos del moribundo. El tren se aproximaba más y más con su estrépito metálico. Y entonces François abrió una vez más los ojos. Sobre él se extendía un cielo mudo de un azul casi negro y las copas intranquilas de unos árboles. Y sobre el bosque resplandecía una estrella blanca. Una estrella solitaria sobre el bosque… Los raíles empezaron a vibrar suavemente y a zumbar bajo su cabeza. Pero el pensamiento ardía como fuego en su corazón y en la mirada que abarcaba toda la intensidad y la desesperación de su amor. Todo el deseo y esta última dolorosa pregunta se volcaron en la estrella blanca y reluciente, que miraba benignamente sobre él. El tren se aproximaba más y más. Y el moribundo envolvió una vez más con una última e inefable mirada la estrella sobre el bosque. Luego cerró los ojos. Los raíles temblaron y vibraron, la marcha estrepitosa del presuroso tren se acercaba más y más y el bosque resonaba como grandes y martilleantes campanas. La tierra pareció tambalearse. Aún un aturdidor chirrido, un estruendo arremolinado, luego un estridente pitido, el grito de animal asustado del silbato del tren y la queja disonante de un freno inútil.

La bella condesa Ostrovska ocupaba en el tren un compartimiento reservado. Desde el inicio del viaje leía una novela francesa, mecida suavemente por el balanceo del vagón. El aire del estrecho habitáculo era sofocante y estaba cargado del denso perfume de muchas flores a punto de marchitarse. En las magníficas cestas de despedida los racimos de lilas blancas ya dejaban caer la cabeza, cansinas como frutas excesivamente maduras, las flores colgaban flácidas de sus tallos, y los cálices pesados y dilatados de las rosas parecían consumirse en la nube caliente de los aromas embriagadores. Un atosigante bochorno calentaba las pesadas oleadas de perfume, suspendidas perezosas incluso en la presteza acelerada del tren.

De pronto, la condesa dejó caer el libro con dedos fatigados. Ni ella misma sabía por qué. Una sensación misteriosa la invadió. Sintió una presión sorda y dolorosa. Un dolor repentino, inexplicable y angustioso se apoderó de su corazón. Creyó que iba a asfixiarse en el vaho turbador y cálido de las flores. Y ese aterrador dolor no cedía, sentía cada vibración de las ruedas veloces, la ciega marcha hacia delante la martirizaba indeciblemente. La asaltó un deseo fulminante de parar el impulso acelerado del tren, de detenerlo ante el oscuro dolor hacia el que se precipitaba. Nunca en su vida había sentido su corazón atenazado por algo tan horrible, invisible y cruel como en esos segundos de dolor inconcebible y miedo inexplicable. Y esa sensación se hizo más y más acuciante, y más apretada la presión alrededor de su garganta. Como una plegaria surgió en ella el deseo de que el tren parara.

Ahí, de repente, un estridente silbato, el grito salvaje de aviso del tren y el quejido de los frenos con su lamentable chirrido. Y el ritmo ralentizado de las ruedas aladas, más y más lento, luego un tartamudeo mecánico y un golpe brusco.

Con dificultad se acercó a la ventanilla para aspirar a bocanadas el aire fresco. El cristal descendió ruidosamente. Afuera siluetas negras, corriendo… Palabras al vuelo de múltiples voces: un suicida… Bajo las ruedas… Muerto… En pleno campo…

La condesa se estremece. Instintivamente su mirada se alza hacia el cielo alto y silencioso y hacia los árboles negros mecidos por el viento. Y sobre ellos una estrella solitaria sobre el bosque. La condesa siente su mirada como una lágrima refulgente. La contempla y de pronto siente una tristeza como nunca la ha sentido. Una tristeza llena de fuego y deseo, como nunca existió en su vida…

El tren reanuda lentamente su marcha. La condesa se reclina en la esquina de su butaca y lágrimas silenciosas se deslizan por sus mejillas. La angustia sorda ha desaparecido, ya sólo siente un profundo y extraño dolor, cuyo origen busca explicarse en vano. Un dolor como el que tienen los niños asustados, cuando despiertan en la noche oscura e impenetrable y sienten que están por completo solos…

Stefan Zweig.

“Der Stern über dem Walde”, 1904.

 

Piedra de sol – Un poema de Octavio Paz

Piedra de sol es el título de este poema surrealista de Octavio Paz que os presento hoy. Toma su nombre del calendario mexica y consta de 584 endecasílabos, el mismo número que días tarda el planeta Venus (Quetzalcoatl) en realizar la conjunción con el Sol (Tonaiuth). Es un poema extenso y circular que parece imitar la rotación de dicho planeta.

Se pueden hacer múltiples interpretaciones sobre su significado ya que este texto es infinito e inagotable y de seguro se puede descubrir algo nuevo con cada lectura. Algunas de esas interpretaciones son: El amor, la mujer, la memoria, los sueños o la búsqueda del “yo” en la otredad. Pero a mí lo que más me ha resonado es el tratamiento del tiempo. Un tiempo que parece detenido en un instante infinito. El poeta consigue atraparnos en el poema que al ser circular, actúa como un vórtice del que no podemos escapar. Esa condición circular del poema parece hablarnos también del eterno retorno, esa idea que postula que el tiempo es circular y que a diferencia de la visión cíclica del tiempo, no existen ciclos ni nuevas combinaciones, sino que los mismos acontecimientos se repiten en el mismo orden, una y otra y otra vez, sin ninguna posibilidad de cambio. De esta forma, podemos asumir que todo lo ocurrido y lo que ocurre, ya ha ocurrido y será así por toda la eternidad. Nietzsche va aún más allá, declarando que no solo los acontecimientos se repiten, sino también las ideas, pensamientos y sentimientos. Esto me hace pensar que si todos repetimos nuestras vidas una y otra vez, yo ya había escrito este artículo y tú lector, ya lo habías leído y lo volverás a leer infinitas veces. Todas las vidas y lineas temporales deben estar solapadas, todo debe estar ocurriendo simultáneamente en un único bucle eterno. De ser así, el universo es la creación de un demiurgo retorcido.

También me ha resonado mucho la búsqueda del instante; el encuentro consigo mismo, ese instante donde todos los tiempos convergen y donde habita el ser genuino. Un ser despojado de todas las máscaras que muestra su verdadero rostro y esencia y que por ello queda anclado a la infinitud de ese instante. Otra constante a lo largo del poema, es la búsqueda del tiempo poético. Ese instante en el que poeta, poesía y lector se funden y se crea algo relevante e infinito. Piedra de sol esta cargado de imágenes nítidas y poderosas que dan sentido trascendente a la obra. El propio autor en su ensayo El arco y la lira nos dice a este respecto: << la imagen es una frase en la que la pluralidad de significados no desaparece… La imagen se explica a sí misma. Nada, excepto ella, puede decir lo que quiere decir. Sentido e imagen son la misma cosa. Un poema no tiene más sentido que sus imágenes.>> Así podemos entender que el poema mediante sus imágenes nos transmite una especie de revelación, el lenguaje poético nos hace recordar nuestra condición paradójica. Nos hace recordar lo que hemos olvidado, nuestra verdadera esencia. Quizá esto explique lo que se siente cuando un poema nos resuena y sentimos algo fugaz, una “revelación” que por un instante nos hace sentir que hemos conectado con algo inmenso, pero que nos hace sentir extraños a la vez. Algo que nuestra mente racional es incapaz de procesar porque no puede entenderlo. Quizá las imágenes poéticas sean una llave maestra que abra y active resortes en nuestro inconsciente. Quién sabe…

Reconozco que me resulta muy complicado hablar de poesía, porque es como desnudarse. Incluso a veces ni siquiera encuentro las palabras para definir ese fugaz momento que he vivido, pero ya veis que da mucho juego para divagar. Así que os animo a que me dejéis vuestras opiniones y sensaciones después de leer el poema. Por cierto, os recomiendo que la primera lectura sea del tirón para que os dejéis llevar por su ritmo mesmerizante. Piedra de sol es todo un monumento y una obra maestra de la lengua española.

Piedra de sol

Un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,

un caminar entre las espesuras
de los días futuros y el aciago
fulgor de la desdicha como un ave
petrificando el bosque con su canto
y las felicidades inminentes
entre las ramas que se desvanecen,
horas de luz que pican ya los pájaros,
presagios que se escapan de la mano,

una presencia como un canto súbito,
como el viento cantando en el incendio,
una mirada que sostiene en vilo
al mundo con sus mares y sus montes,
cuerpo de luz filtrado por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías,
roca solar, cuerpo color de nube,
color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo,
el mundo ya es visible por tu cuerpo,
es transparente por tu transparencia,

voy entre galerías de sonidos,
fluyo entre las presencias resonantes,
voy por las transparencias como un ciego,
un reflejo me borra, nazco en otro,
oh bosque de pilares encantados,
bajo los arcos de la luz penetro
los corredores de un otoño diáfano,

voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,

tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos lo veranos,
las joyas de la sed arden al fondo,
rostro desvanecido al recordarlo,
mano que se deshace si la toco,
cabelleras de arañas en tumulto
sobre sonrisas de hace muchos años,

a la salida de mi frente busco,
busco sin encontrar, busco un instante,
un rostro de relámpago y tormenta
corriendo entre los árboles nocturnos,
rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
agua tenaz que fluye a mi costado,

busco sin encontrar, escribo a solas,
no hay nadie, cae el día, cae el año,
caigo en el instante, caigo al fondo,
invisible camino sobre espejos
que repiten mi imagen destrozada,
piso días, instantes caminados,
piso los pensamientos de mi sombra,
piso mi sombra en busca de un instante,

busco una fecha viva como un pájaro,
busco el sol de las cinco de la tarde
templado por los muros de tezontle:
la hora maduraba sus racimos
y al abrirse salían las muchachas
de su entraña rosada y se esparcían
por los patios de piedra del colegio,
alta como el otoño caminaba
envuelta por la luz bajo la arcada
y el espacio al ceñirla la vestía
de un piel más dorada y transparente,

tigre color de luz, pardo venado
por los alrededores de la noche,
entrevista muchacha reclinada
en los balcones verdes de la lluvia,
adolescente rostro innumerable,
he olvidado tu nombre, Melusina,
Laura, Isabel, Perséfona, María,
tienes todos los rostros y ninguno,
eres todas las horas y ninguna,
te pareces al árbol y a la nube,
eres todos los pájaros y un astro,
te pareces al filo de la espada
y a la copa de sangre del verdugo,
yedra que avanza, envuelve y desarraiga
al alma y la divide de sí misma,

escritura de fuego sobre el jade,
grieta en la roca, reina de serpientes,
columna de vapor, fuente en la peña,
circo lunar, peñasco de las águilas,
grano de anís, espina diminuta
y mortal que da penas inmortales,
pastora de los valles submarinos
y guardiana del valle de los muertos,
liana que cuelga del cantil del vértigo,
enredadera, planta venenosa,
flor de resurrección, uva de vida,
señora de la flauta y del relámpago,
terraza del jazmín, sal en la herida,
ramo de rosas para el fusilado,
nieve en agosto, luna del patíbulo,
escritura del mar sobre el basalto,
escritura del viento en el desierto,
testamento del sol, granada, espiga,

rostro de llamas, rostro devorado,
adolescente rostro perseguido
años fantasmas, días circulares
que dan al mismo patio, al mismo muro,
arde el instante y son un solo rostro
los sucesivos rostros de la llama,
todos los nombres son un solo nombre
todos los rostros son un solo rostro,
todos los siglos son un solo instante
y por todos los siglos de los siglos
cierra el paso al futuro un par de ojos,

no hay nada frente a mí, sólo un instante
rescatado esta noche, contra un sueño
de ayuntadas imágenes soñado,
duramente esculpido contra el sueño,
arrancado a la nada de esta noche,
a pulso levantado letra a letra,
mientras afuera el tiempo se desboca
y golpea las puertas de mi alma
el mundo con su horario carnicero,

sólo un instante mientras las ciudades,
los nombres, lo sabores, lo vivido,
se desmoronan en mi frente ciega,
mientras la pesadumbre de la noche
mi pensamiento humilla y mi esqueleto,
y mi sangre camina más despacio
y mis dientes se aflojan y mis ojos
se nublan y los días y los años
sus horrores vacíos acumulan,

mientras el tiempo cierra su abanico
y no hay nada detrás de sus imágenes
el instante se abisma y sobrenada
rodeado de muerte, amenazado
por la noche y su lúgubre bostezo,
amenazado por la algarabía
de la muerte vivaz y enmascarada
el instante se abisma y se penetra,
como un puño se cierra, como un fruto
que madura hacia dentro de sí mismo
y a sí mismo se bebe y se derrama
el instante translúcido se cierra
y madura hacia dentro, echa raíces,
crece dentro de mí, me ocupa todo,
me expulsa su follaje delirante,
mis pensamientos sólo son su pájaros,
su mercurio circula por mis venas,
árbol mental, frutos sabor de tiempo,

oh vida por vivir y ya vivida,
tiempo que vuelve en una marejada
y se retira sin volver el rostro,
lo que pasó no fue pero está siendo
y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece:

frente a la tarde de salitre y piedra
armada de navajas invisibles
una roja escritura indescifrable
escribes en mi piel y esas heridas
como un traje de llamas me recubren,
ardo sin consumirme, busco el agua
y en tus ojos no hay agua, son de piedra,
y tus pechos, tu vientre, tus caderas
son de piedra, tu boca sabe a polvo,
tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
tu cuerpo sabe a pozo sin salida,
pasadizo de espejos que repiten
los ojos del sediento, pasadizo
que vuelve siempre al punto de partida,
y tú me llevas ciego de la mano
por esas galerías obstinadas
hacia el centro del círculo y te yergues
como un fulgor que se congela en hacha,
como luz que desuella, fascinante
como el cadalso para el condenado,
flexible como el látigo y esbelta
como un arma gemela de la luna,
y tus palabras afiladas cavan
mi pecho y me despueblan y vacían,
uno a uno me arrancas los recuerdos,
he olvidado mi nombre, mis amigos
gruñen entre los cerdos o se pudren
comidos por el sol en un barranco,

no hay nada en mí sino una larga herida,
una oquedad que ya nadie recorre,
presente sin ventanas, pensamiento
que vuelve, se repite, se refleja
y se pierde en su misma transparencia,
conciencia traspasada por un ojo
que se mira mirarse hasta anegarse
de claridad:
yo vi tu atroz escama,
Melusina, brillar verdosa al alba,
dormías enroscada entre las sábanas
y al despertar gritaste como un pájaro
y caíste sin fin, quebrada y blanca,
nada quedó de ti sino tu grito,
y al cabo de los siglos me descubro
con tos y mala vista, barajando
viejas fotos:
no hay nadie, no eres nadie,
un montón de ceniza y una escoba,
un cuchillo mellado y un plumero,
un pellejo colgado de unos huesos,
un racimo ya seco, un hoyo negro
y en el fondo del hoyo los dos ojos
de una niña ahogada hace mil años,

miradas enterradas en un pozo,
miradas que nos ven desde el principio,
mirada niña de la madre vieja
que ve en el hijo grande un padre joven,
mirada madre de la niña sola
que ve en el padre grande un hijo niño,
miradas que nos miran desde el fondo
de la vida y son trampas de la muerte
¿o es al revés: caer en esos ojos
es volver a la vida verdadera?,

¡caer, volver, soñarme y que me sueñen
otros ojos futuros, otra vida,
otras nubes, morirme de otra muerte!
esta noche me basta, y este instante
que no acaba de abrirse y revelarme
dónde estuve, quién fui, cómo te llamas,
cómo me llamo yo:
¿hacía planes
para el verano? y todos los veranos?
en Christopher Street, hace diez años,
con Filis que tenía dos hoyuelos
donde bebían luz los gorriones?,
¿por la Reforma Carmen me decía
“no pesa el aire, aquí siempre es octubre”,
o se lo dijo a otro que he perdido
o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?,
¿caminé por la noche de Oaxaca,
inmensa y verdinegra como un árbol,
hablando solo como el viento loco
y al llegar a mi cuarto? ¿siempre un cuarto?
no me reconocieron los espejos?,
¿desde el hotel Vernet vimos al alba
bailar con los castaños? “ya es muy tarde”
decías al peinarte y yo veía
manchas en la pared, sin decir nada?,
¿subimos juntos a la torre, vimos
caer la tarde desde el arrecife?
¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos
gardenias en Perote?,
nombres, sitios,
calles y calles, rostros, plazas, calles,
estaciones, un parque, cuartos solos,
manchas en la pared, alguien se peina,
alguien canta a mi lado, alguien se viste,
cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,

Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes esculpidas
y el huracán de los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos,
los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
oh ser total…
cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique,
cuartos y calles, nombres como heridas,
el cuarto con ventanas a otros cuartos
con el mismo papel descolorido
donde un hombre en camisa lee el periódico
o plancha una mujer; el cuarto claro
que visitan las ramas de un durazno;
el otro cuarto: afuera siempre llueve
y hay un patio y tres niños oxidados;
cuartos que son navíos que se mecen
en un golfo de luz; o submarinos:
el silencio se esparce en olas verdes,
todo lo que tocamos fosforece;
mausoleos de lujo, ya roídos
los retratos, raídos los tapetes;
trampas, celdas, cavernas encantadas,
pajareras y cuartos numerados,
todos se transfiguran, todos vuelan,
cada moldura es nube, cada puerta
da al mar, al campo, al aire, cada mesa
es un festín; cerrados como conchas
el tiempo inútilmente los asedia,
no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
abre la mano, coge esta riqueza,
corta los frutos, come de la vida,
tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

todo se transfigura y es sagrado,
es el centro del mundo cada cuarto,
es la primera noche, el primer día,
el mundo nace cuando dos se besan,
gota de luz de entrañas transparentes
el cuarto como un fruto se entreabre
o estalla como un astro taciturno
y las leyes comidas de ratones,
las rejas de los bancos y las cárceles,
las rejas de papel, las alambradas,
los timbres y las púas y los pinchos,
el sermón monocorde de las armas,
el escorpión meloso y con bonete,
el tigre con chistera, presidente
del Club Vegetariano y la Cruz Roja,
el burro pedagogo, el cocodrilo
metido a redentor, padre de pueblos,
el Jefe, el tiburón, el arquitecto
del porvenir, el cerdo uniformado,
el hijo predilecto de la Iglesia
que se lava la negra dentadura
con el agua bendita y toma clases
de inglés y democracia, las paredes
invisibles, las máscaras podridas
que dividen al hombre de los hombres,
al hombre de sí mismo,
se derrumban
por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos;

amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres:
“déjame ser tu puta”, son palabras
de Eloísa, mas él cedió a las leyes,
la tomó por esposa y como premio
lo castraron después;
mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos
enamorados de su semejanza,
mejor comer el pan envenenado,
el adulterio en lechos de ceniza,
los amores feroces, el delirio,
su yedra ponzoñosa, el sodomita
que lleva por clavel en la solapa
un gargajo, mejor ser lapidado
en las plazas que dar vuelta a la noria
que exprime la substancia de la vida,
cambia la eternidad en horas huecas,
los minutos en cárceles, el tiempo
en monedas de cobre y mierda abstracta;

mejor la castidad, flor invisible
que se mece en los tallos del silencio,
el difícil diamante de los santos
que filtra los deseos, sacia al tiempo,
nupcias de la quietud y el movimiento,
canta la soledad en su corola,
pétalo de cristal en cada hora,
el mundo se despoja de sus máscaras
y en su centro, vibrante transparencia,
lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,
se contempla en la nada, el ser sin rostro
emerge de sí mismo, sol de soles,
plenitud de presencias y de nombres;

sigo mi desvarío, cuartos, calles,
camino a tientas por los corredores
del tiempo y subo y bajo sus peldaños
y sus paredes palpo y no me muevo,
vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
camino por las calles de mí mismo
bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
caminas como un árbol, como un río
caminas y me hablas como un río,
creces como una espiga entre mis manos,
lates como una ardilla entre mis manos,
vuelas como mil pájaros, tu risa
me ha cubierto de espumas, tu cabeza
es un astro pequeño entre mis manos,
el mundo reverdece si sonríes
comiendo una naranja,
el mundo cambia
si dos, vertiginosos y enlazados,
caen sobre las yerba: el cielo baja,
los árboles ascienden, el espacio
sólo es luz y silencio, sólo espacio
abierto para el águila del ojo,
pasa la blanca tribu de las nubes,
rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
perdemos nuestros nombres y flotamos
a la deriva entre el azul y el verde,
tiempo total donde no pasa nada
sino su propio transcurrir dichoso,

no pasa nada, callas, parpadeas
(silencio: cruzó un ángel este instante
grande como la vida de cien soles),
¿no pasa nada, sólo un parpadeo?
y el festín, el destierro, el primer crimen,
la quijada del asno, el ruido opaco
y la mirada incrédula del muerto
al caer en el llano ceniciento,
Agamenón y su mugido inmenso
y el repetido grito de Casandra
más fuerte que los gritos de las olas,
Sócrates en cadenas” (el sol nace,
morir es despertar: “Critón, un gallo
a Esculapio, ya sano de la vida”),
el chacal que diserta entre las ruinas
de Nínive, la sombra que vio Bruto
antes de la batalla, Moctezuma
en el lecho de espinas de su insomnio,
el viaje en la carretera hacia la muerte
?el viaje interminable mas contado
por Robespierre minuto tras minuto,
la mandíbula rota entre las manos?,
Churruca en su barrica como un trono
escarlata, los pasos ya contados
de Lincoln al salir hacia el teatro,
el estertor de Trotsky y sus quejidos
de jabalí, Madero y su mirada
que nadie contestó: ¿por qué me matan?,
los carajos, los ayes, los silencios
del criminal, el santo, el pobre diablo,
cementerio de frases y de anécdotas
que los perros retóricos escarban,
el delirio, el relincho, el ruido obscuro
que hacemos al morir y ese jadeo
que la vida que nace y el sonido
de huesos machacados en la riña
y la boca de espuma del profeta
y su grito y el grito del verdugo
y el grito de la víctima…
son llamas
los ojos y son llamas lo que miran,
llama la oreja y el sonido llama,
brasa los labios y tizón la lengua,
el tacto y lo que toca, el pensamiento
y lo pensado, llama el que lo piensa,
todo se quema, el universo es llama,
arde la misma nada que no es nada
sino un pensar en llamas, al fin humo:
no hay verdugo ni víctima…
¿y el grito
en la tarde del viernes?, y el silencio
que se cubre de signos, el silencio
que dice sin decir, ¿no dice nada?,
¿no son nada los gritos de los hombres?,
¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

no pasa nada, sólo un parpadeo
del sol, un movimiento apenas, nada,
no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,
los muerto están fijos en su muerte
y no pueden morirse de otra muerte,
intocables, clavados en su gesto,
desde su soledad, desde su muerte
sin remedio nos miran sin mirarnos,
su muerte ya es la estatua de su vida,
un siempre estar ya nada para siempre,
cada minuto es nada para siempre,
un rey fantasma rige sus latidos
y tu gesto final, tu dura máscara
labra sobre tu rostro cambiante:
el monumento somos de una vida
ajena y no vivida, apenas nuestra,

¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuando somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, ¿todos somos
la vida? pan de sol para los otros,
¿los otros todos que nosotros somos?,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

Eloísa, Perséfona, María,
muestra tu rostro al fin para que vea
mi cara verdadera, la del otro,
mi cara de nosotros siempre todos,
cara de árbol y de panadero,
de chofer y de nube y de marino,
cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
cara de solitario colectivo,
despiértame, ya nazco:
vida y muerte
pactan en ti, señora de la noche,
torre de claridad, reina del alba,
virgen lunar, madre del agua madre,
cuerpo del mundo, casa de la muerte,
caigo sin fin desde mi nacimiento,
caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
recógeme en tus ojos, junta el polvo
disperso y reconcilia mis cenizas,
ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado;
abre la mano,
señora de semillas que son días,
el día es inmortal, asciende, crece,
acaba de nacer y nunca acaba,
cada día es nacer, un nacimiento
es cada amanecer y yo amanezco,
amanecemos todos, amanece
el sol cara de sol, Juan amanece
con su cara de Juan cara de todos,

puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados,

puerta del ser: abre tu ser, despierta,
aprende a ser también, labra tu cara,
trabaja tus facciones, ten un rostro
para mirar mi rostro y que te mire,
para mirar la vida hasta la muerte,
rostro de mar, de pan, de roca y fuente,
manantial que disuelve nuestros rostros
en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
indecible presencia de presencias . . .

quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
se despeñó el instante en otro y otro,
dormí sueños de piedra que no sueña
y al cabo de los años como piedras
oí cantar mi sangre encarcelada,
con un rumor de luz el mar cantaba,
una a una cedían las murallas,
todas las puertas se desmoronaban
y el sol entraba a saco por mi frente,
despegaba mis párpados cerrados,
desprendía mi ser de su envoltura,
me arrancaba de mí, me separaba
de mi bruto dormir siglos de piedra
y su magia de espejos revivía
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:

— Octavio Paz

Piedra de sol”, escrito en 1957 e incluido en su poemario “Libertad bajo palabra” (1960).

Mis escritores favoritos

En los últimos tiempos varias personas me han preguntado por mis novelas y escritores favoritos. Si alguna vez habéis intentado hacer una lista de este tipo, sabréis que es una tarea harto difícil y lo cierto es que me ha llevado bastante más tiempo del que pensaba. Aún así, después de varios días dándole vueltas, aquí tenéis una lista con mi Top 10.

 

1) Jorge Luis Borges

Siempre he visto a Borges como una especie de profesor, ya que era una auténtica enciclopedia viviente. El argentino creó un universo literario muy particular, lleno de libros, espejos, simetrías, laberintos, sueños y sobre todo gran erudición y buenos relatos. Redefinió el cuento y fue uno de los precursores del realismo mágico latinoamericano. Acercarse a su obra requiere paciencia y esfuerzo, debido a la gran cantidad de referencias literarias, filosóficas e históricas que salpican sus textos, pero su prosa certera y elegante hace que sea todo un deleite.

Relatos como Las ruinas circulares, El inmortal, La biblioteca de Babel, El milagro secretoEl Aleph o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius rozan lo sublime.

 

2) Julio Cortázar

Otro argentino universal, si Borges es como un profesor, Cortázar es el compañero de juegos. Este cronopio gigante de eterna cara añiñada, me ha proporcionado incontables horas de puro deleite. Para mí, la gran virtud de Cortázar estriba en que sus cuentos están vivos, son entes vivos que crean mundos surrealistas, donde lo cotidiano y lo imposible conviven de manera natural.

Novelas como Rayuela o relatos como Continuidad de los parques, El perseguidor, Casa tomada o Axolotl son auténticas obras maestras.

 

3) William Faulkner

Dejamos por un momento los universos fantásticos y aterrizamos en el realismo mas puro de la mano de William Faulkner. Este caballero sureño redefinió la literatura, introduciendo técnicas innovadoras como el monólogo interior, saltos temporales o múltiples narradores. Faulkner exige mucho del lector, sus novelas requieren esfuerzos titánicos de concentración para seguir la historia que nos narra, pero una vez que te atrapa con su prosa hipnótica es muy difícil salir de su mundo. 

La mayoría de sus novelas están ambientadas en el ficticio condado de Yoknapatawpha en Mississippi y retratan la dureza y miseria del profundo sur estadounidense como nadie. El ruido y la furia, Mientras agonizo, Santuario o ¡Absalom, Absalom!, son algunas de sus novelas más representativas.

 

4) Joseph Conrad

Conrad es uno de esos escritores que supo retratar el alma humana como nadie. Sus historias nos hablan de pasiones, dolor, odio, amor y desesperación con una naturalidad increíble. Este marinero polaco de origen aristocrático, había visto mucho mundo y vivido muchas aventuras antes de dedicarse a la escritura, donde volcó buena parte de sus vivencias en lugares exóticos. Esto se refleja muy bien en obras como El corazón de las tinieblas, Lord Jim, Nostromo o Victoria, todas ellas de factura impecable y con una prosa exquisita. Lo cual no esta nada mal para un polaco que escribía en inglés, idioma que aprendió leyendo a Shakespeare, mientras navegaba en buques de la marina británica.

 

5) Italo Calvino

Volvemos a los dominios de la literatura fantástica, esta vez de la mano del italiano Italo Calvino. Un autor que nunca se cansó de fabular e innovar, ya que su imaginación no conocía límites. Como en El castillo de los destinos cruzados, donde los protagonistas no pueden hablar y tienen que contarse historias mediante tiradas de cartas de tarot. O hacer protagonista absoluto al lector en ese magnífico experimento titulado Si una noche de invierno un viajero.

Para mí, Calvino fue el heredero natural de Borges, continuó su senda pero con voz propia y sin caer en la imitación pobre, lo cual es ya de por sí, muy difícil. Las ciudades invisibles, Los amores difíciles y Nuestros antepasados, son otras de sus grandes obras.

 

6) Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov o lo que es lo mismo: la elegancia y el estilo personificados. Este aristócrata ruso que vivió exiliado en varios lugares de Europa y EEUU, creó un universo propio basado en la observación minuciosa de la vida y las relaciones entre los humanos, aderezado todo con un humor negro bastante particular. Para él lo único que contaba en la literatura era el estilo, algo que llevó hasta la excelencia. Condenado a ser un escritor en las sombras, no fue hasta su llegada a Estados Unidoscuando cosechó por fin, el reconocimiento que merecía con Lolita, su novela más famosa y controvertida. Como dato interesante decir que aparte de escritor, también fue entomólogo ya que amaba las mariposas.

Pálido fuego, Ada o el ardor, El ojo, Pnin Risa en la oscuridad, son otras de sus grandes novelas.


7) Edgar Allan Poe

 

El señor Poe casi no necesita presentación. Probablemente es uno de los escritores que más influencia ha ejercido en la historia de la literatura de terror. Poe revitalizó el genero alejando sus historias de los clichés góticos y románticos, centrándose en una dimensión más psicológica para alcanzar cotas de terror inimaginables en su época y que aún resuenan con mucha fuerza en la nuestra. Además también fue el creador de dos géneros tan importantes como la ciencia ficción y el relato detectivesco.

Entre sus relatos hay obras maestras del terror como: El pozo y el péndulo, El entierro prematuro, La caída de la casa Usher, Ligeia, La verdad sobre el caso del señor Valdemar, El tonel de amontillado… También es destacable su extraña e inconclusa novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym, continuada años más tarde por dos de sus mayores fans: Jules Verne y H.P. Lovecraft.

 

8) Franz Kafka

Kafka fue uno de los pioneros en la mezcla de elementos realistas y fantásticos. Para mi es sinónimo de surrealismo y ansiedad, sus relatos y novelas pueden llegar a ser agónicos y sus personajes parecen atrapados en bucles de repetición infinita. Leer a Kafka es agotador, pero siempre muy gratificante. Incomprendido en su tiempo, le debemos mucho a su amigo Max Brod que no hizo caso a la última voluntad de Kafka y no destruyó sus manuscritos, si no que los sacó a la luz, para que las generaciones posteriores pudieran disfrutar del genio de uno de los escritores más originales que ha dado la historia de la literatura.

El castillo, El proceso y La transformación son tres obras fascinantes y desquiciantes a partes iguales.

 

9) Jules Verne

El bretón Jules Verne es uno de los grandes escritores de la literatura universal. Junto con Stevenson y Dumas sembraron en mi infancia la semilla del amor por la lectura. Aún recuerdo el impacto que sentí al leer por primera vez Viaje al centro de la tierra, La isla misteriosa Veinte mil leguas de viaje submarino, las trepidantes aventuras del Capitán Hatteras o Miguel Strogoff o el misterio que encerraban El castillo de los Cárpatos y La esfinge de los hielos. Verne era un narrador nato, miembro de esa estirpe de unos pocos elegidos que sabían como contar una buena historia.

Poseedor de una magnífica imaginación y de una desmesurada hambre de conocimientos científicos y geográficos, “profetizó” de alguna manera una gran cantidad de adelantos tecnológicos, que en su época sonaban a ciencia ficción pero que en la nuestra son ya una realidad cotidiana. Solo por eso y por la gran calidad de sus escritos, merece ser un escritor leído y releído y no solo por un público infantil y juvenil, que es donde ha sido injustamente relegado. Para terminar un detalle que habla de la vigencia de su obra, según la UNESCO Verne es el segundo autor más traducido del mundo, solo por detrás de Agatha Christie.

 

10) Roberto Bolaño

Al chileno Roberto Bolaño se le conoce principalmente por sus extraordinarias novelas, aunque lo cierto es que tenía alma de poeta, pero de poeta maldito y esto se reflejó en su vida, en la que en muchos momentos llevó una existencia paupérrima y oscura. Todo esto se proyecta en las vidas de los personajes que pueblan sus novelas. Mujeres y hombres derrotados e instalados en ocasiones en la locura o arrastrados irremediablemente por el destino. Es uno de los autores con los que más conecto, pero tengo que leerlo en pequeñas dosis.

Los detectives salvajes, 2666, Estrella distante o Nocturno de Chile son algunas de sus obras maestras.

 

Bueno pues hasta aquí mi lista, se han quedado en el tintero escritores como: Quiroga, Kipling, Dostoyevski, Buzzati, Schwob, Bierce, Twain, Pessoa, Hoffmann, Meyrink, García Marquez, Tolstoi, Maupassant, Céline, Proust, Ginzburg, Asimov, Lovecraft, Schulz, Yourcenar, Joyce, Steinbeck, Eudora Welty, Woolf, Wilde, Pavese, Piglia, Dinesen, Conan Doyle, Carpentier, Machen, Turguenev, Lem, Orwell, Baroja, Perec, Chandler, Bulgakov, Nemirovsky, London, Shakespeare, Thomas Mann, Fuentes, Mutis, Quintero, Hammett, Bioy Casares, Zweig, Márai, Rulfo, Garro, Babel, Ocampo, Ashton Smith, Bashevis Singer, Blackwood, Capote, Valle-Inclán, Eco, Gogol, K. Dick, Onetti, Arreola, Hemingway, Flannery O’Connor, Bradbury, Pizarnik, Dumas, Stevenson, Galdós, Balzac, Robert E. Howard… la lista sería interminable.

Me encantaría conocer cuáles son vuestros escritores y escritoras favoritos, ya sabéis que podéis dejarme comentarios por aquí abajo. ¡Un saludo!

 

 

 

La ilustre casa de Ramires – Eça de Queirós

Qué gran placer produce empezar un libro por casualidad y acabar descubriendo una pequeña joya de un gran autor.

Es un placer que sobre todo los bibliófilos y amantes de la literatura hemos experimentado alguna vez en nuestras vidas y he de confesar, que esto es lo que me ha ocurrido a mi con este libro del gigante de las letras portuguesas, José Maria Eça de Queirós, un libro del que me llamó la atención su título, aunque no su sinopsis y que empecé a leer sin pretensiones, para acabar enganchado, deleitándome con la historia y la prosa del autor.


La ilustre casa de Ramires (1900) quizá no sea la obra más conocida de Eça de Queirós, esta distinción se la llevan títulos como Los Maia, El crimen del padre Amaro El primo Basilio y sin poder compararla con estas, puesto que no las he leído, sí me atrevería a decir que es una obra madura, interesante y muy entretenida.

Es una novela que se encuadra dentro del realismo decimonónico y que nos cuenta la vida de Gonçalo Mendes Ramires, un decadente aristócrata rural, perteneciente a una de las casas más ilustres de Portugal y de sus intentos por escribir una novela sobre su familia.

Parece un argumento sencillo, incluso aburrido, pero una vez que nos sumergimos en la historia, vemos que hay mucho más, nos encontramos ante un personaje muy bien definido, lleno de contradicciones, puesto que es a la vez cobarde, vago y mentiroso, pero también bondadoso y decidido, un tipo culto y refinado con aspiraciones políticas, sobre todo para recuperar un poco el lustre para su apellido, ya que sus últimos antepasados lo han ido manchando y empobreciendo progresivamente, además gravitando a su alrededor encontramos toda una pléyade de personajes variopintos y curiosos, que hacen la historia más interesante y divertida si cabe. 


Como dije al principio, el protagonista tiene dos ambiciones, la primera es escribir una novela histórica titulada A torre de don Ramires, basada en las gestas de sus ilustres antepasados, entre todos ellos elige a Tructesindo, un señor feudal duro e implacable, del que decide contar un pasaje de su vida, esta suerte de metarrelato se va escribiendo a medida que transcurre la historia de Gonçalo, a la vez que sirve como contrapunto de esta, es un relato plagado de gestas heroicas, violencia y nobleza, que contrasta mucho con la vida del protagonista que la está escribiendo y su bajeza moral en pos de alcanzar el otro fin que ambiciona, ganar unas elecciones y obtener así una plaza de diputado que le permita recuperar el prestigio para su apellido y sobre todo réditos económicos.

Así que a lo largo de la novela asistimos a la caída del protagonista hasta tocar fondo, una suerte de muerte y resurrección figuradas. Vemos poco a poco la transformación del protagonista de un estado de cobardía continua, falsedad y miedo irracional a convertirse poco a poco en un personaje íntegro y sobre todo a sacar lo mejor de sí mismo, puesto que estaba acostumbrado a verse a través de los ojos de otras personas y no de los suyos propios, teniendo un concepto erróneo de su propia personalidad. Es un poco lo que nos pasa a todos a veces ¿no?, pensamos en qué pensarán los otros de nosotros y cómo nos verán y esto es un handicap para crecer y reafirmar nuestra verdadera identidad.

Al final de todo, Gonçalo se da cuenta de que es mucho más querido y respetado de lo que pensaba entre sus conciudadanos y que quizá no hubiera necesitado caer tan bajo, ni venderse para conseguir lo que ambicionaba. Otro gran error en el que caemos a veces, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conseguir lo que queremos? Gran lección.


La prosa de Eça de Queirós es maravillosa y elegante, lo que convierte la lectura en todo un deleite, puesto que la narración es dinámica y rápida. El interés por la lectura no decae en ningún momento, ya que la historia principal es bastante divertida y las andanzas de Tructesindo están llenas de acción y violencia.

Otra baza importante de la novela son los personajes secundarios, a cada cual más variopinto como dije anteriormente, entre los que destacan el juerguista Titó, el cantante de fados Videirinha, los criados Bento Rosa, Graça la hermana de Gonçalo y su inocente marido Barrolo y el antagonista André Cavaleiro, personaje por el que el protagonista sufre una profunda aversión, además muchos de ellos tienen su “doble” en el metarrelato histórico. Es admirable la capacidad del autor para dotar al entorno de personajes tan vivos y variados, todo un microcosmos rebosante de vida y muy realista.


También me gustaría destacar que en la novela hay un cierto deje de saudade, nostalgia de un Portugal que otrora fue un gran imperio, pero que en la época en la que fue escrita la novela estaba ya en pleno declive y era una mera comparsa en el tablero mundial, un poco lo que le pasó a España después del desastre del 98.

Portugal aún mantendría sus posesiones coloniales hasta 1975 cuando sus dos últimas provincias de ultramar, Angola y Mozambique se independizaron después de una cruenta guerra de varios años con la metrópoli. Y es precisamente a África donde va el protagonista de la novela, pero no voy a desvelar más detalles, eso es algo que tendrá que descubrir el lector que se anime a pasar unas horas de diversión con esta interesante historia.


Investigando para esta reseña me he topado con otro dato interesante, la torre a la que se hace alusión en la novela, no es una creación del autor, sino que existe en la realidad, es la Torre de Lagariça y se encuentra en el norte de Portugal, más concretamente en la población de São Cipriano de Resende, en el distrito de Viseu.

Después de ver unas fotos del lugar, parece ser un sitio que destila cierta atmósfera romántica y medieval, uno de esos sitios que tanto me gustan y que quien sabe, igual merece una visita en mi próximo vagabundeo por tierras lusas.

 

 

 

Bartleby, el escribiente

Acabo de releer Bartleby, el escribiente por tercera o cuarta vez en mi vida, una narración que me sigue fascinando como la primera vez y en la que sigo encontrando matices e interpretaciones distintas con cada lectura.

Es un relato muy interesante que creo, merece un buen análisis en profundidad y lo cierto es que para analizarlo podría hablar de las implicaciones filosóficas, psicológicas y sociales que he encontrado, podría hablar de la rebeldía de un hombre ante la sociedad, podría hablar de soledad, de depresión o de locura, también podría hablar de que quizá sea una proyección inconformista del autor o de los paralelismos que existen entre Bartleby y el narrador/empleador como si ambos fueran reflejos especulares o dobles psicológicos.

También podría hablar del efecto que produce el comportamiento de Bartleby en su jefe, que se devana los sesos intentando comprenderle pero sin conseguirlo, porque carece de las herramientas para ello.

Podría decir que la pasividad de Bartleby puede ser una denuncia ante un sistema que se dedica a usar a los individuos como si fueran máquinas, una especie de resistencia pasiva no muy bien vista en un sistema económico que necesita de la productividad y efectividad del trabajador, para obtener beneficios a cualquier precio a costa del tiempo vital del individuo.

Podría hablar de que esa resistencia pasiva es impensable e incluso perjudicial, ya que genera el rechazo de la mayoría, alienada y educada para servir y trabajar sin pensar mucho, ni cuestionarse nada y que esa rebeldía puede tener consecuencias en un sistema que castiga al librepensador.

Quizá Melville sintiera algo de todo esto cuando escribió el relato en 1853, quizá ya vislumbraba esa alienación y la abominación en la que se iba a convertir el capitalismo.

Podría aventurar que Bartleby quizá sea la personificación del último hombre libre, incluso podría hablar de la atmósfera absurda que envuelve a la narración y que me hace pensar que podría haberlo firmado el mismísimo Kafka, ya que me recuerda a su relato Un artista del hambre o al Wakefield de Nathaniel Hawthorne.

Podría hablar de muchas cosas pero… Preferiría no hacerlo.

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Llamadas telefónicas – Roberto Bolaño

«Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad».

Historias de perdedores, de amores imposibles y desamores, de poetas y escritores, historias cargadas de nostalgia y de dolor, recuerdos desteñidos, a los que el tiempo ha robado su color.

Así son las historias del chileno Roberto Bolaño, relatos que arrancan de manera trivial, como si el autor estuviera rememorando algunos episodios de su vida, a los que poco a poco va añadiendo detalles ficticios, quizá para hacer más llevadero el dolor o la carga que acarrean esos recuerdos.

En sus páginas abundan los personajes infelices y derrotados, abandonados ya a la desesperanza y al fracaso. Hombres y mujeres rotos, maltratados por la vida y por la gente que se ha cruzado en su camino, que se han instalado en el tedio o en la locura y parecen no querer luchar para cambiar las cartas, que el destino ha barajado para ellos.

Conecto mucho con Bolaño, esa melancolía, dolor y soledad que destilan sus escritos, activa algunos resortes en mi mente y en mi corazón y me deja tocado por unos días, por eso mis acercamientos a su obra suelen ser muy espaciados en el tiempo, pero siempre gratificantes a su manera.

Su estilo, simple y lleno de reflexiones, me contagia y muchas veces me sorprendo pensando, no en lo que me cuenta, si no en episodios de mi vida, que a veces tienen poco o nada que ver con lo que estoy leyendo, pero que por una suerte de empatía o analogía extraña o quizá alquimia literaria, parecen estar relacionados. Quizá sea porque habla de sentimientos, sensaciones y experiencias vitales que todos hemos pasado o pasaremos algún día.

En cualquier caso, este libro de relatos, si bien irregular en cuanto a calidad literaria, bordea la excelencia en el aspecto emocional y al final para mi es lo que importa, que me remueva por dentro y me haga crecer de alguna manera.

El libro consta de catorce relatos, algunos de marcado tinte autobiográfico y entre ellos yo destacaría: Sensini, Henri Simon Leprince, Una aventura literaria, El Gusano, Detectives y Vida de Anne Moore. Son cuentos cortos, así que no quiero comentar nada de ellos, para no desvelar las tramas.

Roberto Bolaño es uno de los grandes escritores latinoamericanos, que por desgracia se fue pronto, esperando un transplante de hígado que nunca llegó.

Nunca sabremos hasta donde habría llegado su genio de haber seguido con vida, lo que si es cierto es que nos dejó un buen puñado de obras maestras, como Los detectives salvajes, Estrella distante o 2666, para deleite de quien quiera acercarse a un escritor diferente, que de adolescente robaba libros de Camus, Rulfo y Pierre Louys en las librerías de México D.F. y que en algunos momentos de su vida llevó una existencia paupérrima, casi de poeta maldito, como esos que pueblan sus historias y que acaban por consumirse en su propio genio y fuego interno, pero que antes de desaparecer nos legan obras sublimes, de esas que trascienden el tiempo y el espacio.

«Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. […] El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte».

Beltenebros

«Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca».

Con esta frase tan contundente comienza Beltenebros, una novela negra escrita por Antonio Muñoz Molina en 1989. Beltenebros, nombre de resonancia quijotesca, oscuro y enigmático, tanto como la historia que aquí se nos presenta.

Una novela en la que nada ni nadie es lo que aparenta ser, una suerte de habitación llena de espejos, humo y claroscuros que no nos permite distinguir que es real y que es impostura.

Magistral prosa onírica.

Muñoz Molina nos introduce en la historia con una prosa extremadamente descriptiva, como si de una vieja película en blanco y negro se tratase, como si estuviéramos en un vetusto cine, sentados ante la pantalla observando la sucesión de imágenes creadas por el autor, en lugar de tener un libro entre las manos.

Una prosa cargada de melancolía y tristeza, como si al leer lo que aquí se nos cuenta, escarbara en las heridas y cicatrices que todos hemos ido acumulando a los largo de nuestras vidas y en la que afloran sentimientos que parecían enterrados. Preguntándonos si de verdad vivimos eso en algún momento pasado o sólo lo estamos imaginando.

Una prosa irreal, ambigua, onírica, como de sueño lúcido, en el que estamos rodeados de nuestros fantasmas y los de otros. Un sueño que a veces se convierte en pesadilla, cuando por un instante tenemos la certeza de que no estamos soñando, sino que estamos muy despiertos. Entonces el miedo y la desesperación se adueñan de nosotros porque todo es real, demasiado real.

Dicen que el pasado siempre vuelve y en esta historia no sólo se empeña en volver, sino que se enseñorea de manera brutal de las vidas de los que por ella transitan. Unos personajes que por momentos no pueden saber en que tiempo habitan, pues todo converge en un presente que parece que fue ayer y que por suerte o desgracia, nunca será mañana.

Un Madrid tenebroso y fantasmal.

Beltenebros es una novela muy negra, densa como el alquitrán, una vez que te atrapa entre sus pegajosas garras ya no puedes escapar. Te hace formar parte de la historia, convirtiéndote en espectador pasivo y lo ves todo a través de los ojos del capitán Darman, un antiguo oficial del ejército republicano, que vive en el exilio y que actúa como sicario para una organización comunista, de la que recibe el encargo de viajar al Madrid de la España franquista, para eliminar a un traidor.

Un viaje en el que se enfrentará cara a cara con los fantasmas y demonios de su pasado, mientras recorre los bajos fondos de un Madrid que le parece extraño y apenas reconoce, pues veinte años atrás decidió que era mejor arrojarlo al olvido.

Amor, odio, traición, locura, muerte, engaño, pasión, todo se entremezcla en un lugar y un momento plagado de personajes, que sólo son sombras y marionetas que bailan al son de un destino implacable.

El equivalente literario a una buena película noir.

Es mi primer acercamiento a Antonio Muñoz Molina y desde luego, puedo decir que no será el último, me ha cautivado ese estilo suyo y esa cadencia a la hora de contar la historia. Un estilo denso e intenso, hipnótico por momentos y con una opresiva y cinematográfica atmósfera, que me ha hecho devorar la novela en apenas día y medio.

Beltenebros es una novela negra de las buenas, de las que ya no se escriben, con mucha intriga, introspección y dilemas morales. Con personajes muy bien definidos y que al acabarla nos deja satisfechos, como una buena película noir; una de esas en blanco y negro, con antihéroes y personajes destruidos y donde tras cada sombra, acecha un asesino o peor aún, el pasado dispuesto a cobrarse la deuda pendiente.

 

Dersú Uzalá

En aquellos días de cuarentena y reclusión forzosa en casa, cuando no se podía salir, ni siquiera a dar un paseo por la calle o los bosques de los alrededores, descubrir por casualidad libros como este que reseño hoy, fue todo un placer y una válvula de escape contra la monotonía y el encierro. No pude salir de casa, pero en cambio me pasé cinco días vagando por los bosques y la taiga del lejano oriente ruso, acompañando a Arséniev y Dersú, en sus exploraciones y admito que fue toda una aventura.

Un clásico de obligada lectura en las escuelas rusas.

Dersú Uzalá es un clásico de la literatura rusa. Fue escrito por el militar y explorador Vladímir Arséniev en 1923 y relata las memorias de una expedición por la cuenca del río Ussuri y las montañas Sijoté-Alín en el extremo oriental del Imperio ruso en 1908. Expedición que sirvió para explorar y cartografíar toda esa región, que en aquel momento era prácticamente desconocida.

Un libro plagado de descripciones geográficas, zoológicas, botánicas y etnográficas, pero también lleno de pequeñas historias humanas del día a día de una expedición, que se va abriendo paso por un territorio inexplorado y muchas veces hostil, en lucha constante contra los elementos y lo que es más importante, lleno de profundas reflexiones del autor, nacidas de la observación. Unas reflexiones que destilan gran sensibilidad, maravillándose a cada paso ante el encuentro con una naturaleza bella e indómita y a la vez urgencia y tristeza por el futuro sombrío e incierto de esa naturaleza, que ya empezaba a ser explotada y destruida sistemáticamente.

Es ahora, poco más de cien años después de esa expedición, cuando estamos viendo toda esta devastación, muerte y extinción de innumerables especies provocadas por la falta de conciencia del ser humano y por este capitalismo devorador e insostenible que se ha enseñoreado del planeta, como un virus letal, quizá por eso es un libro de obligada lectura en las escuelas rusas.

 


La naturaleza como protagonista.

El libro tiene dos grandes protagonistas: uno es la naturaleza y todos los seres que viven en ella, tanto vegetales como animales, es fantástico ver la variedad y la exuberancia de todas esas especies y los encuentros de los exploradores con los animales salvajes, como el tigre del Amur. Encuentros que tienen algo de místico, algo trascendental, quizá es la manera que tiene la naturaleza de exigir respeto al ser humano, mediante esos señores del bosque a los que hay que temer y rendir pleitesía, puesto que encarnan todo lo que es el mundo natural: belleza y peligro, vida y muerte.

Quien se haya adentrado alguna vez en un bosque sabe muy bien de lo que hablo, a cada paso uno puede maravillarse, pero también puede ponerse en peligro si no está atento, la naturaleza es bella pero implacable.

Las detalladas descripciones de Arséniev nos permiten visualizar muy bien ese entorno en el que se van moviendo, la magnificencia de todo lo que encuentran, ya sea la majestuosidad de un animal o un paisaje, la sorpresa ante el descubrimiento de algo totalmente desconocido o el peligro que conlleva el desbordamiento repentino de un río o hallarse inmersos en una tormenta salvaje de varios días de duración. No deja de haber cierta belleza poética en todo ello, la toma de conciencia de que el ser humano es insignificante y ajeno a ese entorno, al que parece no estar conectado ya.

 

Dersú Uzalá: el hombre del bosque.

El otro gran protagonista es Dersú Uzaláun cazador nómada de la etnia Gold (Hezhen) que acompaña a la expedición en calidad de guía. Es un personaje bastante peculiar, todo un hombre de los bosques, que conoce su entorno como la palma de su mano, rastrea huellas, predice el tiempo, encuentra comida, todo un seguro de vida para Arséniev y los suyos.

Pero también es un hombre con conciencia, puesto que no mata indiscriminadamente, sino que caza lo necesario para subsistir, no destruye su entorno, sino que se adapta a él y toma lo que le puede ofrecer sin abusar. Además al ser animista cree que todo lo que existe tiene alma y está vivo, ya sea un árbol, una piedra, el agua del río o una hormiga, por lo tanto siente un profundo respeto hacía todo.

Por otra parte, su concepción del mundo y el universo es primitiva y básica, pero parece entender los mecanismos y leyes de la naturaleza muchísimo mejor que el resto de expedicionarios, que supuestamente son más cultos y sofisticados que él.

Una trágica historia de amistad.

A lo largo del libro nos vamos dando cuenta de que Arséniev siente un profundo respeto y cariño por la figura de Dersú, le parece un hombre fascinante del que puede aprender mucho, así que cuando este le confiesa que su vista se ha deteriorado por la edad y ya no puede cazar bien, Arséniev se da cuenta de que no puede dejarle en el bosque, una persona que depende de sus sentidos para subsistir en un entorno hostil se convierte automáticamente en una presa fácil, así que al acabar la expedición decide llevárselo a la ciudad con él.

Pero en Jabárovsk la vida no es fácil para Dersú, puesto que se siente como un animal enjaulado dentro de la casa, además no entiende que no pueda disparar su rifle o que la gente de la ciudad tenga que pagar por el agua o la leña. Así que una mañana decide coger sus cosas y marcharse otra vez al bosque y un par de semanas después Arséniev recibe un telegrama diciéndole que lo han encontrado muerto, asesinado por unos ladrones.

Triste colofón para esta bella historia de amistad y supervivencia.

El libro como fuente impagable de información

El libro está plagado de minuciosas descripciones de la flora, fauna y orografía. Esto puede resultar tedioso para el lector al que no le interesen estas cosas o esté acostumbrado a una lectura más rápida, pero no debemos olvidar que es un libro basado en el diario de una expedición, así que es comprensible que todos estos datos aparezcan. Por otra parte es una fuente impagable de información, que permite hacerse una mejor idea del entorno.

También hay detalladas informaciones sobre las etnias que habitaban la zona y sus problemas de convivencia, Udejeys, buscadores de oro coreanos, pescadores japoneses, bandidos chinos (Honghuzis), Tazás, colonos y viejos creyentes rusos (Raskólniki). Incluso se documenta algún que otro hecho inexplicable de tinte sobrenatural.

En definitiva, todo un tesoro de información de un mundo ya desaparecido pero no tan lejano en el tiempo. Un libro que nos permite enamorarnos una vez más de la naturaleza y concienciarnos de que su destrucción, es también la nuestra.

La cordillera Sijoté-Alín

La cordillera de Sijoté-Alín se extiende a lo largo de 900 km y cubre los Krai de Khabarovsk y Primorsky, de clima templado, esta cubierto por bosques y montañas cuyas cimas más altas son el Tordoki Yani (2077 mts), el Ko (2033) y el Anik (1933).

Hoy en día esta considerada como reserva natural y desde 2001 patrimonio de la humanidad por la Unesco. La caza y pesca están prohibidas, con el ánimo de proteger las especies que lo habitan, entre las que se cuentan el reno, el oso pardo, el tigre siberiano, el leopardo del Amur e innumerables especies de aves, insectos y plantas.



Kurosawa y su homenaje a Dersú Uzalá.

Como dato final, también me gustaría destacar que en 1975 el japonés Akira Kurosawa realizó una película sobre este libro. Película de culto hoy en día en la que el director supo reflejar con mucha sensibilidad la historia de amistad entre los dos protagonistas y su relación con la naturaleza y por la que ganó el Oscar al año siguiente. Todo un homenaje a Dersú Uzalá del que me gustaría hablar en el futuro.