Mis escritores favoritos

En los últimos tiempos varias personas me han preguntado por mis novelas y escritores favoritos. Si alguna vez habéis intentado hacer una lista de este tipo, sabréis que es una tarea harto difícil y lo cierto es que me ha llevado bastante más tiempo del que pensaba. Aún así, después de varios días dándole vueltas, aquí tenéis una lista con mi Top 10.

 

1) Jorge Luis Borges

Siempre he visto a Borges como una especie de profesor, ya que era una auténtica enciclopedia viviente. El argentino creó un universo literario muy particular, lleno de libros, espejos, simetrías, laberintos, sueños y sobre todo gran erudición y buenos relatos. Redefinió el cuento y fue uno de los precursores del realismo mágico latinoamericano. Acercarse a su obra requiere paciencia y esfuerzo, debido a la gran cantidad de referencias literarias, filosóficas e históricas que salpican sus textos, pero su prosa certera y elegante hace que sea todo un deleite.

Relatos como Las ruinas circulares, El inmortal, La biblioteca de Babel, El milagro secretoEl Aleph o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius rozan lo sublime.

 

2) Julio Cortázar

Otro argentino universal, si Borges es como un profesor, Cortázar es el compañero de juegos. Este cronopio gigante de eterna cara añiñada, me ha proporcionado incontables horas de puro deleite. Para mí, la gran virtud de Cortázar estriba en que sus cuentos están vivos, son entes vivos que crean mundos surrealistas, donde lo cotidiano y lo imposible conviven de manera natural.

Novelas como Rayuela o relatos como Continuidad de los parques, El perseguidor, Casa tomada o Axolotl son auténticas obras maestras.

 

3) William Faulkner

Dejamos por un momento los universos fantásticos y aterrizamos en el realismo mas puro de la mano de William Faulkner. Este caballero sureño redefinió la literatura, introduciendo técnicas innovadoras como el monólogo interior, saltos temporales o múltiples narradores. Faulkner exige mucho del lector, sus novelas requieren esfuerzos titánicos de concentración para seguir la historia que nos narra, pero una vez que te atrapa con su prosa hipnótica es muy difícil salir de su mundo. 

La mayoría de sus novelas están ambientadas en el ficticio condado de Yoknapatawpha en Mississippi y retratan la dureza y miseria del profundo sur estadounidense como nadie. El ruido y la furia, Mientras agonizo, Santuario o ¡Absalom, Absalom!, son algunas de sus novelas más representativas.

 

4) Joseph Conrad

Conrad es uno de esos escritores que supo retratar el alma humana como nadie. Sus historias nos hablan de pasiones, dolor, odio, amor y desesperación con una naturalidad increíble. Este marinero polaco de origen aristocrático, había visto mucho mundo y vivido muchas aventuras antes de dedicarse a la escritura, donde volcó buena parte de sus vivencias en lugares exóticos. Esto se refleja muy bien en obras como El corazón de las tinieblas, Lord Jim, Nostromo o Victoria, todas ellas de factura impecable y con una prosa exquisita. Lo cual no esta nada mal para un polaco que escribía en inglés, idioma que aprendió leyendo a Shakespeare, mientras navegaba en buques de la marina británica.

 

5) Italo Calvino

Volvemos a los dominios de la literatura fantástica, esta vez de la mano del italiano Italo Calvino. Un autor que nunca se cansó de fabular e innovar, ya que su imaginación no conocía límites. Como en El castillo de los destinos cruzados, donde los protagonistas no pueden hablar y tienen que contarse historias mediante tiradas de cartas de tarot. O hacer protagonista absoluto al lector en ese magnífico experimento titulado Si una noche de invierno un viajero.

Para mí, Calvino fue el heredero natural de Borges, continuó su senda pero con voz propia y sin caer en la imitación pobre, lo cual es ya de por sí, muy difícil. Las ciudades invisibles, Los amores difíciles y Nuestros antepasados, son otras de sus grandes obras.

 

6) Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov o lo que es lo mismo: la elegancia y el estilo personificados. Este aristócrata ruso que vivió exiliado en varios lugares de Europa y EEUU, creó un universo propio basado en la observación minuciosa de la vida y las relaciones entre los humanos, aderezado todo con un humor negro bastante particular. Para él lo único que contaba en la literatura era el estilo, algo que llevó hasta la excelencia. Condenado a ser un escritor en las sombras, no fue hasta su llegada a Estados Unidoscuando cosechó por fin, el reconocimiento que merecía con Lolita, su novela más famosa y controvertida. Como dato interesante decir que aparte de escritor, también fue entomólogo ya que amaba las mariposas.

Pálido fuego, Ada o el ardor, El ojo, Pnin Risa en la oscuridad, son otras de sus grandes novelas.


7) Edgar Allan Poe

 

El señor Poe casi no necesita presentación. Probablemente es uno de los escritores que más influencia ha ejercido en la historia de la literatura de terror. Poe revitalizó el genero alejando sus historias de los clichés góticos y románticos, centrándose en una dimensión más psicológica para alcanzar cotas de terror inimaginables en su época y que aún resuenan con mucha fuerza en la nuestra. Además también fue el creador de dos géneros tan importantes como la ciencia ficción y el relato detectivesco.

Entre sus relatos hay obras maestras del terror como: El pozo y el péndulo, El entierro prematuro, La caída de la casa Usher, Ligeia, La verdad sobre el caso del señor Valdemar, El tonel de amontillado… También es destacable su extraña e inconclusa novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym, continuada años más tarde por dos de sus mayores fans: Jules Verne y H.P. Lovecraft.

 

8) Franz Kafka

Kafka fue uno de los pioneros en la mezcla de elementos realistas y fantásticos. Para mi es sinónimo de surrealismo y ansiedad, sus relatos y novelas pueden llegar a ser agónicos y sus personajes parecen atrapados en bucles de repetición infinita. Leer a Kafka es agotador, pero siempre muy gratificante. Incomprendido en su tiempo, le debemos mucho a su amigo Max Brod que no hizo caso a la última voluntad de Kafka y no destruyó sus manuscritos, si no que los sacó a la luz, para que las generaciones posteriores pudieran disfrutar del genio de uno de los escritores más originales que ha dado la historia de la literatura.

El castillo, El proceso y La transformación son tres obras fascinantes y desquiciantes a partes iguales.

 

9) Jules Verne

El bretón Jules Verne es uno de los grandes escritores de la literatura universal. Junto con Stevenson y Dumas sembraron en mi infancia la semilla del amor por la lectura. Aún recuerdo el impacto que sentí al leer por primera vez Viaje al centro de la tierra, La isla misteriosa Veinte mil leguas de viaje submarino, las trepidantes aventuras del Capitán Hatteras o Miguel Strogoff o el misterio que encerraban El castillo de los Cárpatos y La esfinge de los hielos. Verne era un narrador nato, miembro de esa estirpe de unos pocos elegidos que sabían como contar una buena historia.

Poseedor de una magnífica imaginación y de una desmesurada hambre de conocimientos científicos y geográficos, “profetizó” de alguna manera una gran cantidad de adelantos tecnológicos, que en su época sonaban a ciencia ficción pero que en la nuestra son ya una realidad cotidiana. Solo por eso y por la gran calidad de sus escritos, merece ser un escritor leído y releído y no solo por un público infantil y juvenil, que es donde ha sido injustamente relegado. Para terminar un detalle que habla de la vigencia de su obra, según la UNESCO Verne es el segundo autor más traducido del mundo, solo por detrás de Agatha Christie.

 

10) Roberto Bolaño

Al chileno Roberto Bolaño se le conoce principalmente por sus extraordinarias novelas, aunque lo cierto es que tenía alma de poeta, pero de poeta maldito y esto se reflejó en su vida, en la que en muchos momentos llevó una existencia paupérrima y oscura. Todo esto se proyecta en las vidas de los personajes que pueblan sus novelas. Mujeres y hombres derrotados e instalados en ocasiones en la locura o arrastrados irremediablemente por el destino. Es uno de los autores con los que más conecto, pero tengo que leerlo en pequeñas dosis.

Los detectives salvajes, 2666, Estrella distante o Nocturno de Chile son algunas de sus obras maestras.

 

Bueno pues hasta aquí mi lista, se han quedado en el tintero escritores como: Quiroga, Kipling, Dostoyevski, Buzzati, Schwob, Bierce, Twain, Pessoa, Hoffmann, Meyrink, García Marquez, Tolstoi, Maupassant, Céline, Proust, Ginzburg, Asimov, Lovecraft, Schulz, Yourcenar, Joyce, Steinbeck, Eudora Welty, Woolf, Wilde, Pavese, Piglia, Dinesen, Conan Doyle, Carpentier, Machen, Turguenev, Lem, Orwell, Baroja, Perec, Chandler, Bulgakov, Nemirovsky, London, Shakespeare, Thomas Mann, Fuentes, Mutis, Quintero, Hammett, Bioy Casares, Zweig, Márai, Rulfo, Garro, Babel, Ocampo, Ashton Smith, Bashevis Singer, Blackwood, Capote, Valle-Inclán, Eco, Gogol, K. Dick, Onetti, Arreola, Hemingway, Flannery O’Connor, Bradbury, Pizarnik, Dumas, Stevenson, Galdós, Balzac, Robert E. Howard… la lista sería interminable.

Me encantaría conocer cuáles son vuestros escritores y escritoras favoritos, ya sabéis que podéis dejarme comentarios por aquí abajo. ¡Un saludo!

 

 

 

Aleister Crowley vs W. B. Yeats – Guerra de magos

¿Una guerra de magos? De un elemento como Aleister Crowley uno se lo puede esperar, pero cuesta más creer que uno de los poetas más reputados del siglo XX como fue William Butler Yeats, estuviera metido en estos fregados. Pero sí amigos, al irlandés también le iba la marcha “mágica” y lo curioso es que poca gente sabe que usaba esta magia para inspirarse y dar forma a su poesía.

La era de la magia.

Desde mediados del siglo XIX hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, occidente vivió una época de efervescencia ocultista sin par en la historia. Las sociedades secretas de corte esotérico y las nuevas doctrinas aparecieron como hongos por todo el hemisferio, cuyos epicentros eran París, Londres y Berlín, atrayendo a multitud de personajes, algunos de ellos muy relevantes para el devenir de la historia que estaba aún por escribirse.

La búsqueda de la iluminación.

Helena Blavatsky

Entre toda esta pléyade de sociedades, la que lo “petaba” era Helena Blavatsky con su teosofía, que promulgaba que el conocimiento de Dios se podía alcanzar sin necesidad de una revelación divina, vamos, un “háztelo tú mismo” en toda regla. La ucraniana se convirtió en una celebridad gracias a sus enseñanzas y a su aura de misticismo sobrenatural, aunque para otros tan solo fue una charlatana más. Sea como fuere, sus doctrinas influyeron de alguna manera en Crowley y Yeats, cimentando su fe en lo oculto.

 

Un amanecer dorado.

En 1887, tres francmasones fundaron la Orden Hermética de la Aurora Dorada, una sociedad secreta dedicada al estudio y practica de la magia, ocultismo, cábala y fenómenos paranormales entre otras cosas. Se organizaba jerárquicamente como una logia masónica y pronto atrajo a varias celebridades de la época como Arthur Conan Doyle, Arthur Machen, Bram Stoker, Maud Gonne o Arthur Edward Waite y por supuesto a nuestros dos protagonistas, que accedieron a la misma bajo los pseudónimos de “Frater Perdurabo” (Crowley) y “Demon est Deus Inversus” (Yeats) y aquí es cuando la cosa empieza a ponerse interesante e inverosímil.

 

Odio a muerte.

¿Qué suele pasar cuando hay muchos gallos en un corral? Pues que se acaban matando entre ellos. Esto es lo que pasaba con estos dos personajes. Crowley era un tipo muy turbio, le gustaba usar sus poderes para hacer el mal y satisfacer sus instintos mas bajos, vamos, que le iba la magia negra. Todo lo contrario que a Yeats que era un devoto estudioso y creía que la magia podía ser un catalizador que potenciara su imaginación y le permitiera conectar con sus daimones de una manera continua, algo parecido a tener un pase VIP a ese océano lleno de imágenes del inconsciente colectivo del que hablaba Jung.

Envidias y desprecios varios.

W. B. Yeats

Por si fuera poco Crowley se sentía despreciado artísticamente por Yeats. En su biografía cuenta como en una ocasión le presentó su último libro de poemas y el irlandés, que era un poco prepotente, los leyó por encima y le trató con mucha condescendecia. Lo cierto es que a Crowley se le daba mejor escandalizar y hacer el mal que escribir. Para mi gusto su ficción no es que sea de una alta calidad a excepción de El testamento de Magdalen Blair, uno de los cuentos más terroríficos que he leído. Así que las cosas empezaron a ponerse feas cuando Crowley quiso ser iniciado en el núcleo de la orden, donde podría tener acceso al conocimiento secreto. Yeats y otros pensaron que con sus malas artes podía provocar una catástrofe, así que decidieron pararle los pies.

La batalla de Blythe Road (1900).

Ya hemos llegado al meollo de la historia. Crowley enterado de que sus compañeros no le iban a dejar iniciarse, decide tomar por asalto el templo de Isis-Urania de la orden en Hammersmith, Londres. Instruido por uno de los fundadores, vestido de escocés y armado con sus “armas mágicas” entró en las dependencias lanzando conjuros y haciendo el símbolo del pentáculo invertido con las manos, mientras recorría el edificio con el objetivo de conquistar el sanctasanctórum, donde le esperaban Yeats y otros dos magos blancos, que por toda magia usaron su pies para patear a Crowley escaleras abajo, hasta que huyó.

Un intento de “magicidio” frustrado.

Aleister Crowley

Crowley no se dio por vencido y pronto Londres estuvo bajo su oscura influencia, infestándola mediante misas negras y corrompiendo a inocentes, como la artista Althea Gyles a la que hechizó con sus malas artes. Gyles que era amiga de Yeats, acudió a éste para que le ayudara; el irlandés le dijo que solo necesitaba un poco de sangre del mago negro para crear un hechizo que la liberara y de paso destruir a Crowley. La joven solo pudo conseguir un pelo, pero bastó para crear el conjuro y durante nueve noches Crowley sufrió la visita de una especie de súcubo que lo paralizaba y le succionaba la sangre, sin que ni siquiera sus hechizos pudieran invertir la situación. Crowley, en vista que se le iba la vida acudió a otro brujo en busca de ayuda y éste le dijo que esa misma noche cuando se manifestara el vampiro, debía agarrarlo por el cuello y asfixiarlo hasta que desapareciera, siguió su consejo y se libró por los pelos del “magicidio”. Ciertamente una historia de lo más fascinante e inverosímil.

Conclusión.

Tras este episodio nuestros dos protagonistas no volvieron a cruzar espadas. Yeats siguió estudiando magia y perfeccionado su poesía hasta alcanzar niveles sublimes. Además de contribuir a la independencia de su Irlanda natal, fue condecorado con el Nobel de literatura en 1923. Por su parte Crowley, siempre envuelto en escándalos, se auto-proclamó “La gran bestia 666”. Creó su propia religión: Thelema, cuya máxima es “Haz tu voluntad: será toda la ley”. Ejerció de espía entre otros menesteres y con el paso de los años se convirtió en todo un icono de algunos movimientos esotéricos New Age. En definitiva, dos grandes magos, cada uno en lo suyo.

Hasta aquí la entrada de hoy, espero que os hayáis divertido con esta curiosa historia de magia y luchas de poder, que más parece sacada de El señor de los anillos o de Harry Potter que de la vida real.
Por cierto, hay otra versión de la historia que cuenta que lo único que hizo Crowley fue acudir una mañana temprano al templo, cambiar todas las cerraduras e incluir su nombre en la lista de los iniciados. Aunque un par de días después Yeats y compañía hablaron con el casero que les alquilaba el edificio y volvieron a cambiar las cerraduras, amenazando a Crowley con acciones legales si no se retiraba, tras lo cual éste no volvió a intentarlo. Es una historia menos divertida, pero nunca sabremos cuál de las dos fue la real.

¡Espero vuestros comentarios!.

 

 

Henri Rousseau, el pintor que no sabía pintar

Bueno, pintar sí que sabía pintar, pero con un estilo tan primitivo e infantil que según quien lo mire, podría resultar cómico o incluso lamentable. Lo cierto es que Henri Rousseau fue ridiculizado en vida debido a que era un pintor autodidacta, no tenía formación académica de ningún tipo. Pero a la larga ese estilo tan peculiar le convirtió en todo un referente dentro de las vanguardias de principios del siglo XX; más bien podríamos afirmar que él fue una vanguardia en sí mismo.

 

El aduanero.

Se sabe muy poco de la vida personal de Rousseau antes de su llegada a París, puesto que él mismo se encargó de crear ese misterio inventándose parte de su vida para darse importancia. Pero lo que sí sabemos es que nació en Laval en 1844, que tuvo una infancia bastante dura, rozando la indigencia en Angers y que a los 24 años se trasladó a París, donde se casó y consiguió un empleo de recaudador de impuestos en la oficina arancelaria, de ahí su apodo de “El aduanero”.
Desempeñó este trabajo hasta 1893, cuando decidió que ya podía vivir de su arte. Lo cierto es que se equivocaba puesto que en muchas ocasiones tuvo que vender sus cuadros en la calle o dar clases de violín para poder subsistir.

 

Autodidacta.

La clave del éxito de Rousseau estriba paradójicamente en su nula formación académica, vamos, que el tipo era un auténtico desastre a nivel técnico. Era incapaz por ejemplo, de pintar caras o de colocar figuras correctamente sobre un plano, todas sus pinturas tienen un aire infantil y naíf mas propio de los intentos por dibujar de un niño, que de un adulto. Pero quizá sea por eso por lo que atraen y fascinan, por esa frescura e ingenuidad, además su colorido es espectacular. Sus escenas selváticas llenas de exuberante vegetación y animales al acecho son sencillamente geniales, incluso se ha contado en una de sus pinturas hasta 48 tonos distintos de verde, todos ellos muy bien definidos y combinados.

“La encantadora de serpientes” (1907), Musée d’Orsay, Paris.

Rousseau nunca salió de Francia, así que para poder pintar esas escenas de frondosas selvas tiró mucho de imaginación, pero también de un exhaustivo trabajo de documentación, libros, fotografías de junglas, bosques y animales salvajes. Además era un asiduo del zoológico y del jardín botánico de París, donde cuenta que se maravillaba paseando entre todas esas especies exóticas de plantas. Aunque él siempre contó una versión totalmente distinta (y falsa), la de que adquirió sus conocimientos siendo soldado en México en la expedición militar francesa de apoyo a Maximiliano de Habsburgo.

“Tigre en una tormenta tropical” (1891), National Gallery, London.

Estas escenas tropicales son realmente cautivadoras, el salvaje cromatismo, la frondosidad y la gran variedad de plantas y animales le dan un toque psicodélico, incluso sinestésico, no en vano el mismo Kandinsky además de considerarle uno de los padres del nuevo realismo y un referente del arte moderno, dijo de él que había llegado a un estado emocional puro en el arte y que sus pinturas “emanaban uno de los sonidos mas especiales que jamas había escuchado”.

“La gitana dormida” (1897), MoMA, New York.

Aunque la intención Rousseau era pintar cuadros realistas, su particular estilo y pocos conocimientos le llevaron a crear obras de corte surrealista aún sin quererlo; La gitana dormida, es su máximo exponente. Es una escena muy onírica (para algunos clara precursora del surrealismo), que influyó en grandes como Ernst, Magritte o Delvaux entre otros.

“La guerra” (1894), Musée d’Orsay, Paris.

Veinte años después del final de la guerra franco-prusiana, Rousseau pintó La guerra. En ella vemos una escena dantesca, una mujer que parece la encarnación de Belona, la diosa romana de la guerra, cabalga sobre una especie de caballo monstruoso, que parece volar sobre un grotesco mar de cadáveres mutilados y descompuestos, mientras los cuervos se dan un festín en un paisaje del que la muerte se ha enseñoreado completamente. A nivel técnico es una chapuza, pero a nivel visual tiene una fuerza arrolladora. Pues bien, esta pintura fue adquirida en su día por Pablo Picasso y estoy segurísimo de que si no hubiera contemplado esta carnicería, no habría pintado nunca su famoso Guernica, ni habría desarrollado el cubismo, ya que para ello tomó de Rousseau la redefinición del espacio pictórico, ordenando los elementos desde el fondo hasta el primer plano, como si de collages superpuestos se trataran.

“Vista de la Ille de la Cité” (1890), Ackland Art Museum, Chapel Hill.

La relación entre Picasso y Rousseau fue bastante curiosa. Cuenta la historia que en 1908, paseando un día por la calle, el malagueño se encontró a nuestro protagonista vendiendo sus cuadros y se acercó a él con la intención de comprarle uno, además se le ocurrió invitarle a un banquete en su honor, una especie de homenaje/mofa con toda la créme de las vanguardias de la época. Rousseau aceptó el convite y al día siguiente acudió al Bateau Lavoir a una celebración que tuvo mucho de la hilaridad de La cena de los idiotas. Rousseau que se comportaba como si realmente fuera una celebridad, le comentó a Picasso tras varias copas “nosotros dos somos los pintores más grandes de nuestra época, tú en el estilo egipcio y yo en el moderno” y es que al parecer el español había declarado en una ocasión con sorna “si este señor hace arte moderno, lo mío debe ser arte egipcio”. Nunca sabremos si quiso devolvérsela o si en su aparente ingenuidad, se tomaba todo a bien, ironías y comentarios hirientes incluidos.

“Noche de carnaval” (1886), Philadelphia Museum of Art, Philadelphia.

Rousseau fue un incomprendido en su época, y por ello pasó desapercibido muriendo en la pobreza más absoluta en 1910, fue enterrado en una fosa común, pero días después de su sepelio varios de sus amigos organizaron una colecta entre los artista de Montmartre para darle un entierro digno al que solo asistieron siete amigos, entre ellos el poeta Guillaume Apollinaire, que escribió un bello epitafio para que Constantin Brâncusi lo esculpiera en su lápida.

“El sueño” (1910), MoMA, New York.

Días antes de su muerte, Rousseau había acabado de pintar la que quizá sea su obra maestra: El sueño, una bellísima pintura donde se resume todo su arte, exuberancia, colorido, vivacidad, onirismo, frescura y sobre todo pureza.

Rousseau demostró que la perseverancia y el amor al arte están por encima de todo; se obstinó en ser artista a pesar de sus limitaciones y las devastadoras críticas; influyó en cubistas, surrealistas y fauvistas; cumplió su sueño con honestidad y al final, esa pasión tuvo premio: la inmortalidad.

“Yo mismo: Retrato-paisaje” (1890). Národní galerie v Praze, Praha.

Y hasta aquí la entrada de hoy, espero que hayáis disfrutado con ella. Me gustaría conocer vuestras impresiones, ¿Qué os parece interesante de Rousseau? ¿A quién os recuerda? ¿Os gusta este formato?. Ya sabéis que vuestros comentarios, al igual que vuestras sugerencias son siempre bien recibidos, me sirven para seguir aprendiendo y mejorando.

Por cierto, en este link podéis ver la práctica totalidad de las obras del artista.

Tres pinturas de René Magritte

Hace tiempo que medito sobre cómo puedo ampliar los horizontes de esta web, hasta ahora solo he comentado libros, pero me siento estancado y la falta de variedad me aburre, de ahí mi poca actividad reciente. Así que he decidido hablar de otros temas que me apasionan, como la pintura y para comenzar, no se me ocurre mejor manera que comentar tres pinturas de uno de mis artistas favoritos; René Magritte.

No soy ningún experto en arte, así que no voy a cometer la osadía de comentar los aspectos técnicos de estas pinturas, más bien voy a intentar plasmar en palabras las sensaciones que me inspira su contemplación, sensaciones por otra parte siempre cambiantes e interesantes en un plano introspectivo.

Siempre me ha fascinado el hecho de que cuando observamos una pintura, la entendemos a varios niveles, el principal es el visual, nos puede gustar o no, eso es cuestión de gusto, pero el arte tiene la capacidad de activar resortes en nuestra mente que van más allá de lo meramente visual, una pintura nos puede gustar a simple vista pero a la vez perturbarnos profundamente o puede no gustarnos estéticamente y sin embargo proporcionarnos cierta sensación agradable o directamente no decirnos ni hacernos sentir nada. Supongo que todo depende de la percepción, del contexto sociocultural del observador, de su estado de ánimo o de si tiene o no sensibilidad artística.

Pero creo que hay un nivel todavía más profundo y es un nivel en el que se entrelazan la intención del artista al crear la obra y nuestras sensaciones y emociones más personales. Se crea una especie de lenguaje inconsciente propio e inteligible solo para nosotros, pero que quizá sea el que nos comunique con el artista, el que conecte con sus emociones. Al final, una pintura, una escultura, un libro o una sinfonía musical, son espejos en los que se enfrentan el creador y el observador, espejos donde también nos observamos a nosotros mismos partiendo de la experiencia del otro, pero siempre permeada por la nuestra.

Quizá sea ese lenguaje propio que nos permite analizarnos de manera inconsciente, el que hace que cuando quieras explicar qué te ha hecho sentir una obra de arte, te resulte difícil hacerlo, puesto que es algo tan críptico que no encuentres palabras. Quizá este lenguaje que subyace más en lo inconsciente y en lo puramente subjetivo y personal, un lenguaje en el que se entremezclan lo emotivo y lo sensorial, sea el verdadero lenguaje del arte, y es con este lenguaje con el que quiero intentar hablaros hoy, cuando analice estas tres obras de René Magritte que tanto me gustan.

Surrealismo cotidiano.

Magritte me atrae porque su arte es muy particular, su surrealismo es distinto al de sus coetáneos, no necesita crear criaturas salidas del mundo onírico ni paisajes extraños para expresar sus ideas, su surrealismo es muy cotidiano, toma elementos simples y los transgrede totalmente, nos invita a desafiar la realidad de lo común, es además de pintor, un poeta y un filósofo de las imágenes.
En “La traición de las imágenes” una de sus pinturas más famosas, nos presenta una pipa y nos dice que no es una pipa, lo cual es cierto porque no es una pipa, es la imagen de una pipa, una idea que no es el objeto en sí, pero también es una pipa, aunque nadie podría fumar en esa pipa, por lo tanto no lo es… podríamos seguir así horas debatiendo, atrapados en este bucle infernal, Magritte no solo juega con las imágenes, sabe del poder del lenguaje y lo usa inteligentemente, por ello no titula sus obras al azar.

Sus pinturas representan objetos y situaciones normales: una manzana, un pájaro, una casa iluminada por una farola, una puerta o un hombre con sombrero, pero realmente ¿estamos viendo lo que creemos que estamos viendo?. Da la sensación de que Magritte nos invita a observar con la mirada de un niño, una mirada para la que todo es nuevo y nada ha sido aún asimilado ni nombrado, un mundo virgen en el que lo extraño y mágico también tiene cabida y en el que las leyes naturales y la percepción son susceptibles de ser transgredidas y distorsionadas constantemente. Me recuerda mucho a Borges y a Cortázar en su facilidad para introducir y normalizar lo imposible en la vida cotidiana y viceversa.
En definitiva, Magritte nos invita a que cuestionemos la realidad, ya que nunca podemos estar seguros totalmente de lo que estamos viendo, quiere que dudemos de la realidad para poder redescubrirla y para ello es mejor dejarse llevar e imaginar, él habla con su propio lenguaje críptico-visual y del observador depende conectar y entenderlo o no.

Para no ser reproducido (1937).

Esta obra, también conocida como Reproducción prohibida me fascina, recuerdo que la primera vez que la vi, me quedé impresionado por la idea de un espejo que reflejara lo irreflejable, que no nos permitiera nunca observarnos de frente. Es una pintura falsamente realista, hay un espejo, un libro de Edgar Allan Poe y un hombre mirándose, todo muy realista, pero es ese mismo espejo el que distorsiona la realidad, la falsea. Todo se refleja tal y como esperamos salvo el hombre, es inquietante y fascinante a la vez. Si para nosotros es impactante, imaginemos que puede sentir el protagonista, que no solo no puede verse reflejado, sino que ve lo que vería si tuviera un espejo a su espalda. Perturbador cuando menos.
El título también es ciertamente evocador, nos dice que no hay reproducción posible, paradójicamente mostrándonos a la vez la importancia y la irrelevancia del “yo”, con un reflejo denegado y una prohibición.
Magritte destruye la realidad con un simple espejo que actúa como metáfora de que realmente en esta vida, todo son reflejos, opiniones o influencias, que además parten de un punto de vista subjetivo, por lo tanto no existe lo genuino, no se puede reproducir lo que no existe, de ahí el título.
Cuando nos miramos a un espejo y éste nos devuelve el reflejo, realmente lo que vemos es un “yo”condicionado por nuestra experiencia vital, por la idea que tenemos de nosotros mismos y la que creemos que otros tienen de nosotros y también por nuestros complejos, percepciones, prejuicios… Creo que nunca podemos vernos tal y como somos realmente, nunca podemos ver nuestra verdadera esencia, porque esa esencia es irreproducible.

La voz del espacio (1931).

Lo primero que me vino a la cabeza al ver esta pintura fue: OVNIS, el título incluso tiene ecos alienígenas. Después descubrí que esas esferas son cascabeles y me parece curioso que sean estos objetos tan inocuos y ruidosos los que estén representados, porque para mí, esta pintura proyecta un silencio ensordecedor. Parecen tres esferas que han aparecido de la nada y que han distorsionado el tiempo y el espacio de tal manera, que todo se ha congelado y esa sensación de inmovilidad es perturbadora, como la calma antes de la tormenta. Además hay un gran contraste entre ese paisaje tan verde y la luminosidad del cielo, con esas esferas plateadas tan ominosas y en cierto modo amenazantes. No sé cuál era la intención de Magritte a la hora de pintar este cuadro, pero a mí me deja una sensación de desasosiego.

Existen al menos otras tres versiones de esta pintura, una de ellas es todavía más perturbadora, puesto que es una escena nocturna, las esferas se recortan difusamente contra un cielo negro y parecen aún más enigmáticas y amenazantes.

 

Los misterios del horizonte (1955).

También conocida como La obra maestra, es mi pintura favorita de MagritteEs muy enigmática, en ella aparecen sus archiconocidos hombres con sombrero, pero en esta pintura tengo la sensación de que los tres son el mismo personaje, que aunque comparten espacio, son de realidades o dimensiones distintas, pero que se han solapado. También el hecho de que todos encaren direcciones distintas y que tengan la misma media luna sobre sus cabezas, acrecienta la sensación de extrañeza y de que existen en dimensiones paralelas, no siendo además conscientes de la existencia de sus “dobles”.
Me parece una forma muy ingeniosa de representar simultáneamente tres dimensiones idénticas pero ligeramente distintas.

 

Lo cierto es que se me han quedado varias cosas en el tintero, pero es difícil plasmar con palabras ciertas emociones y sensaciones, así que quizá lo deje para otras reseñas.  Y a vosotros… ¿qué os ha parecido? ¿qué habéis experimentado al observar estas pinturas?. Podéis dejarme un comentario aquí o en la página de Facebook o en Instagram, serán siempre bien recibidos.

 

 

 

 

 

Viaje al fin de la noche – Louis Ferdinand Céline

Misantropía, horror, incomprensión, decadencia, muerte, desesperación… Todo esto y más, va a encontrar el lector que se atreva a seguir a Bardamu en su viaje al fin de la noche.

Una noche en la que el protagonista va disolviéndose lentamente, una noche poblada por personajes extraños y decadentes, tanto como los espectrales lugares que recorren bajo una luz crepuscular en la que nada parece real. Una noche eterna en la que habitar tiene un peaje; la cordura y el alma de uno mismo. La desesperación que se infiltra día a día irremediablemente hasta vaciarle a uno por dentro, convirtiéndolo en un fantasma errante, desarraigado, sintiéndose un extranjero incluso en su propia casa, sufriendo y regocijándose en la miseria. Muerto en vida pero a la vez muy consciente de todo.

La peor de las maldiciones.

«La mayoría de la gente no muere hasta el último momento, otros empiezan veinte años antes y a veces más. Son los desgraciados de la tierra.»

Hacia mucho tiempo que no caía en mis manos una obra de este calibre, leerla es como recibir una patada en la cabeza, te sacude fuerte y te deja aturdido. Es difícil empatizar con un tipo como Bardamu, pero el autor lo consigue y no por sentir lástima o compasión de una vida tan triste y oscura, si no porque me he visto reflejado en él, me he visto reflejado en algunas de sus opiniones y críticas, me he visto al igual que Bardamu pasando por la vida de lado, sin hacer mucho ruido, perdido y sobre todo solo en muchos momentos, pero una soledad de la que se disfruta y hace crecer, una soledad a la que uno se acostumbra porque como dice el refrán, «mejor solo que mal acompañado«.

Viaje al fin de la noche eterna

Viaje al fin de la noche (Voyage au bout de la nuit) publicada en 1932, no solo es una gran novela, es una declaración de intenciones y una brutal crítica al genero humano, desde la sinrazón de la guerra y el colonialismo a la mezquindad de las relaciones personales y el surrealismo cotidiano.

La incisiva mirada de Bardamu (alter ego del autor Louis-Ferdinand Céline) no deja títere con cabeza. Céline dispara a matar con balas de cañón en su eterna huida, pues se pasa la vida huyendo de todo, incluso de si mismo, huye porque no le gusta lo que ve, lo que siente, huye porque no se gusta, pero sobre todo, huye porque esta maldito. Tiene la maldición de estar «despierto» entre tanto borrego que solo se limita a existir y caminar lentamente hacia el matadero, pero Bardamu (o Céline) no se da cuenta de que él también camina hacía ese matadero, solo que por otro camino más solitario y duro.

El tormento de estar «despierto» es ver la realidad sin artificios y sentirte muy solo porque nadie te comprende, es estar condenado porque ya no puedes cerrar los ojos y dejarte llevar como hace el resto, es querer huir de tu propia sombra para al final darte cuenta de que nunca se va a despegar de ti.

«A medida que te quedas en un sitio, las cosas y las personas se van destapando, pudriéndose y se ponen a apestar a propósito para ti”.

El enfant terrible de las letras galas

Céline es uno de esos autores malditos y vilipendiados por la crítica, durante años fue un paria a pesar de la innegable calidad de sus obras. Parte de este escarnio público fue debido a sus ideas políticas, ya que durante la II Guerra Mundial simpatizó con los nazis y el régimen de Vichy y no ocultó nunca su antisemitismo.

Céline es un quebradero de cabeza porque no es alguien que pueda ser domado por la «corrección política», esa enfermedad social que nos asola desde hace muchos años. Tengo la sensación de que el problema con este autor es más una cuestión de hipocresía que otra cosa, para los franceses tiene que ser muy difícil de aceptar, que uno de los mejores prosistas que ha dado el siglo XX, fuera un filonazi antisemita y por lo tanto un personaje muy incómodo para los adoradores de lo políticamente correcto que dominan los estamentos de la cultura. Para todos estos académicos y críticos tiene que ser muy duro reconocer públicamente la grandeza literaria del autor, aunque muchos lo adorarán en secreto, de eso estoy seguro.

Céline es un nihilista que no tiene pelos en la lengua, no es prisionero de tabúes, usa un lenguaje barriobajero y soez y tiene una visión del mundo decadente y realista. Céline es un monstruo con todas las letras, es el coco, Céline da miedo porque no se arrodilla ante nadie y sobre todo es libre y todos anhelamos eso ¿no?, la libertad total.

Este enfant terrible de las letras galas, fue rescatado por varios autores de la generación Beat, como Allen Ginsberg y William S. Burroughs que reconocieron su influencia e incluso viajaron a Francia para conocerle. También influyó en Kurt Vonnegut, Henry Miller, Jean-Paul Sartre, Jack Kerouac y Charles Bukowski, que le rindió homenaje en Pulp, su última novela.

Una obra maestra

Viaje al fin de la noche es una más que recomendable novela, no apta para todos los públicos, no está escrita para pasar un buen rato y desconectar, hay mucho para leer entre lineas y reflexionar, pero si le das la oportunidad y te sumerges en sus páginas puede que la recompensa sea mayor de lo que crees.
Atrévete con ella, una cosa es segura, no te va a dejar indiferente.

Es una jodida obra maestra.

«Somos, por naturaleza, tan fútiles, que solo las distracciones pueden impedirnos de verdad morir.»

 

Otra vuelta de tuerca

¿Qué es un fantasma?, ¿es el espíritu errante de un muerto?, ¿es la proyección de la mente de un vivo? o ¿puede ser energía impresa en un lugar u objeto determinados?. Sinceramente, no tengo respuesta a estas preguntas y dudo que alguien la tenga. Pero si tengo claro que al ser humano le encanta contar historias de fantasmas, le encanta provocar y sentir miedo.

Los fantasmas nos llevan acompañando desde el alba de los tiempos y quizá solo existan porque hablamos de ellos, porque creemos en ellos y seguirán existiendo mientras se sigan contando historias de aparecidos y almas en pena, atrapados al igual que nosotros en esta realidad, para siempre.

Las primeras historias de fantasmas aparecen ya en la Odisea de Homeroen un escrito de Plinio el Joven sobre una casa encantada en Atenas, habitada por un espíritu que arrastraba cadenas y también en obras como el Satiricón de Petronio o en algunas tragedias de Séneca. También aparecen en los relatos de Las mil y una noches, pero en forma de Djinns y Ghuls. La divina comedia de Dante Alighieri o Hamlet de Shakespeare son otros ejemplos famosos de interacción entre vivos y almas de difuntos.

Se podrían enumerar incontables obras a lo largo del tiempo, pero fue en el siglo XIX cuando la Ghost Story o cuento de fantasmas vivió su auge, curiosamente en la época de la revolución industrial y de grandes avances científicos, pareciera como si las tradiciones y los miedos ancestrales se resistieran a desaparecer con el imparable progreso y todo ello fue gracias a las obras de escritores anglosajones como Joseph Sheridan Le Fanu (El fantasma de la señora Crowl), Charles Dickens (El Guardavías), Margaret Oliphant (La puerta abierta), Edward Bulwer-Lytton (La casa y el cerebro), M.R. James (Silba y acudiré!) o Henry James, el autor del libro que reseño hoy, aunque sinceramente tampoco estoy muy seguro de por qué estoy hablando de fantasmas en esta introducción, porque puede que el relato del que voy a hablar no tenga nada que ver con ellos… o puede que sí, no lo sé.

Ambigüedad total.

Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw) 1898, es una novela corta en la que la ambigüedad es llevada a su máxima expresión.
Una joven institutriz llega a una antigua mansión en el campo, para hacerse cargo de la educación de dos niños pequeños que se han quedado huérfanos y están al cuidado de su tío. Al poco tiempo empiezan a sucederle situaciones extrañas, en las que se le aparecen los fantasmas de dos sirvientes fallecidos el año anterior y se convence de que éstos quieren hacer daño a los niños e intenta protegerlos a toda costa.
Sobre el papel parece la clásica historia de fantasmas, pero una vez que nos sumergimos en ella y avanza el texto, nos damos cuenta de que hay mucho más de lo que aparenta en un principio, nos damos de frente con un relato que puede tener múltiples interpretaciones. De hecho, a día de hoy, no hay consenso sobre lo que el autor quiso contar en esta obra.

Henry James era un maestro del relato psicológico, la ambigüedad y la elipsis, nunca acaba de contar lo que tiene que contar o lo que nosotros pensamos que tiene que contar. James siempre va dando un rodeo, se anda por las ramas y de vez en cuando nos da un pincelada aquí y otra allá que nos permite obtener algo de información para poder encajar las piezas. En Otra vuelta de tuerca alcanza una de sus cimas en este aspecto, la ambigüedad es tal, que en mi caso, mientras lo leía me ha hecho pensar de todo: fantasmas, locura, pesadillas, abusos, un montaje… y al final de todo, sigo tan desconcertado como durante la lectura. Realmente no sé de que trata este relato, aunque he disfrutado mucho leyéndolo.

Los personajes están vagamente definidos, parecen ser meros recipientes vacíos donde el lector puede volcar sus miedos, fantasías y significados. Al parecer para el autor, los personajes no son tan importantes como la historia en sí, pero la historia tampoco parece ser importante, puesto que lo importante en este caso es todo lo que no cuenta, todo lo que dice o mejor dicho, no dice entre líneas. Parece que el autor deja todo el peso al lector y a sus interpretaciones y actúa como un mero transmisor de la historia y todo esto a veces puede ser desconcertante y a la vez desafiante. Por eso creo que es una obra ciertamente interesante, puesto que permite reflexionar constantemente, sospechar, devanarse los sesos a conciencia para encontrar una interpretación a la historia y aún así, nunca estar seguro al 100 % de que sea la correcta.

Otra de las claves de esta ambigüedad, es que la narración está en primera persona, así que sólo conocemos el punto de vista de un único personaje, del que además sabemos muy poco. Así que no podemos contrastar su relato con el de otros, por lo tanto debemos fiarnos de lo que nos cuenta, pero la forma en la que lo hace es tan oscura y desconcertante que nos hace sospechar, es como si quisiera imponernos su punto de vista, pero no podemos estar seguros de si es un punto de vista veraz o por el contrario totalmente falso o distorsionado por la locura.
James trabaja magistralmente este aspecto a lo largo de toda la historia, es imposible interpretar de manera absoluta qué es lo que está pasando y además lo hace con una prosa exquisita y elegante, que es toda una maravilla.


Resumiendo, Otra vuelta de tuerca, es una obra maestra en la que se mezclan el terror, la fantasía y el suspense de manera fabulosa y que vale mucho la pena leer, sobre todo para terminar perplejo y darle vueltas a la cabeza durante días sin poder llegar a ninguna conclusión satisfactoria.
Dadle una oportunidad, no os arrepentiréis… Pero recordad, todo lo que 
penséis o sintáis leyendo esta obra, todo el miedo, el suspense o las interpretaciones que le deis, solo estarán en vuestra cabeza, Henry James no dice nada de eso en el relato… o sí, ¿Quién sabe?.

 

 

 

 

 

 

La guerra de los mundos

«Atravesando el abismo del espacio […] intelectos vastos, fríos e implacables, contemplaban este planeta con ojos envidiosos y tramaban lenta y decididamente sus planes de conquista.»

Desde el final de la II Guerra Mundial, la humanidad se ha embarcado en una empresa titánica, para la que no ha escatimado recursos ni ha dudado en emplear a las mentes mas brillantes, me refiero a la conquista del espacio exterior, la última frontera.
De momento, a parte de pisar (o no) la Luna, el hombre no ha puesto el pie en ningún otro planeta o cuerpo celeste y hasta que esto se haga realidad, seguirá soñando con colonizar nuevos mundos y conocer otras civilizaciones. 

El próximo objetivo parece ser Marte, después de varias misiones no tripuladas de sondas y robots, parece que se ha instaurado una carrera por llevar los primeros humanos al planeta rojo, con intenciones de colonizarlo en un futuro no muy lejano. Organismos públicos como la NASA, Roscosmos o la Agencia Espacial Europea compiten contra empresas privadas millonarias como SpaceX, Lockheed Martin o Boeing en esta nueva carrera, de momento todo son incógnitas. 

Pero… ¿Qué pasaría si al llegar al planeta rojo descubrieran que no es el páramo desolado que intuyen, sino que está lleno de vida inteligente? ¿Cómo les sentaría a los marcianos esa visita inesperada? ¿Y si fuera a la inversa?. Si decidieran ellos venir aquí, ¿Les recibiríamos con los brazos abiertos?. Y en el caso de ser hostiles, ¿Resistiríamos una invasión?. Esto último se preguntó el británico Herbert George Wells hace ya la friolera de 123 años, cuando comenzó a escribir La Guerra de los Mundos (The War of the Worlds) en 1895. 

 

Socialista visionario.


H.G.Wells
fue un auténtico visionario, considerado uno de los padres de la ciencia ficción, su imaginación no conocía limites, y es curioso observar como casaban estas ideas revolucionarias suyas en la encorsetada sociedad victoriana a la que pertenecía, una época en la que Gran Bretaña se convirtió en el imperio mas poderoso del planeta y los adelantos tecnológicos, consecuencia de las revoluciones industriales estaban en pleno desarrollo. Gracias a ello pensadores y visionarios como Wells comenzaron a imaginar situaciones y futuros para la humanidad, situaciones que parecían inverosímiles en la época, pero que un siglo después, algunas de ellas, se han hecho realidad. 


El autor, nacido en Bromley en 1866, en el seno de una empobrecida familia de clase media, se aficionó a la lectura a los 8 años, cuando sufrió un accidente que le dejó postrado en cama durante una temporada, para matar el tiempo empezó a devorar los libros que su padre le traía de la biblioteca, poco a poco esa afición derivaría en el deseo de escribir sus propias historias. Empezó a trabajar desde muy joven, compaginándolo con los estudios de biología y zoología, a la vez que empezó a interesarse seriamente por los problemas sociales de su época. Fue un socialista convencido que defendió los derechos de los marginados e intentó aportar ideas para la creación de una sociedad más justa; Por ello se unió a la Sociedad Fabiana, un movimiento cuyo objetivo era el de instaurar el socialismo de forma pacífica.

Wells tocó varios temas en sus obras; la ingeniería genética (La isla del Doctor Moreau), el viaje espacial (Los primeros hombres en la Luna) o los viajes en el tiempoAunque si leemos entre lineas nos daremos cuenta de que hay otra dimensión mas profunda y en ella el autor aborda temas como la lucha de clases (Kipps, La máquina del tiempo), los límites éticos de la ciencia (El hombre invisible, El alimento de los dioses), la lucha por la liberación de la mujer (Ana Verónica) o críticas al capitalismo (Tono Bungay), a las élites opresoras (Cuando despierte el durmiente) y a la sociedad victoriana y al sistema imperialista (La guerra de los mundos).


La novela.

 

«Y nosotros, los hombres que habitamos esta Tierra, debemos ser para ellos tan extraños y poco importantes como lo son los monos y los lémures para nosotros. El intelecto del hombre admite ya que la vida es una lucha incesante, y parece que esta también es la creencia que impera en Marte. Su mundo se halla en proceso de enfriamiento y el nuestro está todavía lleno de vida, pero de una vida que ellos consideran como perteneciente a animales inferiores. Así pues, su única esperanza de sobrevivir al destino fatal que les amenaza reside en llevar la guerra hacia su vecino mas próximo».

La guerra de los mundos nos cuenta la historia de la invasión del planeta Tierra por parte de alienígenas procedentes de Marte y el consiguiente pánico y caos que se desata en Gran Bretaña. La historia esta relatada en primera persona por un narrador anónimo que además de contarnos sus peripecias, completa la narración con rumores y noticias poco contrastadas que incrementan la sensación de desconcierto de manera muy efectiva.

Los marcianos aterrizan en las afueras de Londres, en Woking para ser mas exactos y pronto empiezan a construir sus vehículos para moverse por el suelo terrestre, una suerte de trípodes armados con los que van arrasando todo a su paso. Los humanos intentan defenderse enviando tropas para combatirlos pero ningún arma parece ser efectiva contra la superior tecnología de los marcianos, que contraatacan con su rayo calorífico y el humo negro, una especie de letal arma bacteriológica. Poco a poco se van acercando a Londres, donde se empiezan a suceder escenas de auténtico caos y pánico en la desesperada y masiva huida.

No quiero desvelar el argumento en su totalidad por si no habéis leído la novela, pero si que me gustaría reflejar las sensaciones que me han provocado las poderosas imágenes que el autor ha creado a lo largo de la historia, como por ejemplo la expectación, no carente de temor, ante la visita de seres de otro planeta, la terrorífica sensación al caer en la cuenta de que el cazador humano ha pasado a ser la presa, la mezcla entre fascinación e impotencia ante la superioridad de los marcianos y su tecnología, unos seres que han evolucionado hasta ser prácticamente solo cerebro, desprovistos de todo sentimiento o la imagen de soledad de un Londres desierto y cubierto de musgo rojo, que aún así no carece de matices poéticos; En definitiva, imágenes que evocan un caleidoscopio de sensaciones que van desde la fascinación al desasosiego de una manera muy efectiva.

Algunas reflexiones.


«No es una guerra, no lo ha sido nunca, del mismo modo que nunca hubo una guerra entre los humanos y las hormigas»

Wells no sólo creó una gran novela de ciencia ficción sino que también la utilizó como vehículo para plasmar sus preocupaciones y pensamientos. Las guerras de colonización, el imperialismo o la fragilidad de las sociedades son algunos de los temas que «disfraza» en la historia.

En el caso del imperialismo, podemos ver paralelismos entre el trato que se le da a los pueblos subyugados por parte de las potencias europeas y el trato que los marcianos dan a los británicos, el imperio más poderoso de la tierra en ese momento y que nada puede hacer ante la superioridad tecnológica y armamentística de los invasores, si ahondamos un poco más, podemos incluso observar una dimensión aun más profunda, en la que Wells nos quiere hacer ver, que para los marcianos no somos más importantes y peligrosos que lo que puede ser una gallina o un insecto para nosotros.

El ser humano se ha creído siempre el centro del universo y no quiere o no es capaz de pensar que puedan existir civilizaciones mucho más avanzadas a las que quizá no les importemos un bledo o que quizá un día decidan venir y hacernos desaparecer para siempre de la historia. La vida es efímera e irrelevante y a escala universal, lo es aún más.


Otro de los temas que toca es lo rápido que una sociedad civilizada puede descender al caos, al embrutecimiento e incluso llegar a la desaparición en una situación límite. Las personas se sienten desbordadas y es entonces cuando aflora lo peor de la condición humana, el pánico y la inseguridad derivan en violencia, indiferencia, destrucción y muerte. Sólo los mas fuertes e inteligentes sobreviven, los débiles se convierten en lastres desechables. La capacidad de observación y anticipación de Wells es magistral.
  
Wells era un autor para el que la ideas primaban sobre todo lo demás.
Es 
por eso que sus obras han calado tan bien en el imaginario colectivo, pero a la vez era una autor comprometido socialmente y con múltiples inquietudes que usaba la literatura como medio de expresión y transmisión de sus valores como dije anteriormente.

Creo que es interesante acercarse a sus obras y observarlas desde otra perspectiva que el simple hecho de ser sólo novelas y relatos de ciencia ficción, hay una dimensión más reflexiva y gratificante si sabemos leer entre lineas. La guerra de los mundos es un buen ejemplo y un gran inicio si aún no habéis leído nada del autor.

 

Alvim Corrêa, el ilustrador.


Como curiosidad y para terminar, me gustaría destacar que las magníficas ilustraciones en blanco y negro que aparecen en la reseña, pertenecen al dibujante brasileño
Henrique Alvim Corrêa, las realizó en 1906, para ilustrar una edición belga de la novela, fue quizá, uno de los que mejor supo plasmar las imágenes ideadas por Wells y al igual que él, también fue todo un visionario. 

“Las hormigas construyen sus ciudades, viven en ellas y tienen sus guerras y revoluciones, hasta que los hombres quieren quitarlas de en medio, y entonces desaparecen… Hormigas, eso es lo que somos. Sólo que… somos hormigas comestibles”.

 

 

 

“Ser gringo en México… ¡Eso sí que es eutanasia!“ – La desaparición de Ambrose Bierce

Adiós. Si oyes que me han colocado contra un muro mexicano y cosido a balazos, quiero que sepas que me parece una forma bastante buena de dejar esta vida. Es mucho mejor que la vejez, la enfermedad o caerse por las escaleras del sótano. Ser gringo en México… ¡Ah, eso sí que es eutanasia!”.

En este extracto perteneciente a una carta de Ambrose Bierce dirigida a su sobrina y fechada en octubre de 1913, ya daba cuenta de sus intenciones de cruzar la frontera para ir a México, inmerso en plena revolución, dando a entender claramente que no temía una muerte violenta. No deja de ser irónico que un escritor tan interesado en fenómenos extraños y desapariciones misteriosas, acabara protagonizando una de ellas, pero la vida tiene estas inextricables ironías y al igual que en su relato La dificultad de cruzar un campo, Bierce, como por arte de magia, se desvaneció en la nada.

En 1913, Ambrose Bierce contaba 71 años, cansado de todo y todos y probablemente sumido en una profunda depresión, se dedicó a visitar en el transcurso de 3 semanas todos los campos de batalla de la Guerra de Secesión en los que combatió: Shiloh, Chickamauga, Chattanooga, Nashville… lugares en los que probablemente se empapó de recuerdos de dolor y muerte y quizá fue esta especie de catarsis oscura, la que le hizo pensar que ya no valía la pena seguir viviendo y siendo hombre acostumbrado a vivir a su antojo, quizá decidió que también podía escoger como morir.

 

Retrato de Bierce por J. Partington

Viaje suicida.

En aquellos años México era uno de los lugares más peligrosos del planeta, la revolución había estallado tres años antes, sumiendo al país en el caos y la violencia. Que Bierce decidiera ir allí solo se puede considerar como un viaje suicida, sabía que tarde o temprano acabaría con una bala en la cabeza.

A lo largo de aquel año había mostrado a sus familiares y amigos su interés por ir a México a presenciar de primera mano la revolución, mientras cruzaba el país a caballo hasta la costa del pacífico y después viajar a Sudamérica para recorrer los Andes y probablemente el resto del continente. Toda una titánica empresa para un hombre asmático de 71 años.

Su última comunicación conocida se remonta al 26 de diciembre de ese mismo año, la carta dirigida a una amiga y fechada en Chihuahua, acaba con una frase muy enigmática (aunque muy de su estilo): “En cuanto a mi, parto mañana para un destino desconocido”. Ese destino sigue siendo un enigma desde entonces.

Nace el misterio.

A partir de aquí todo son conjeturas, la historiografía oficial dice que Ambrose Bierce se unió a las tropas de Pancho Villa y murió en la batalla de Ojinaga, en enero de 1914. Lo cierto es que si atendemos a testimonios de la época, Bierce se las arregló para morir varias veces en varios lugares. Asesinado por bandidos, capturado y fusilado por las tropas federales, o que acabó enemistándose con Villa y éste lo mando ejecutar, que se aficionó al tequila y murió de una borrachera descomunal, o que murió en el asalto a un tren militar… incluso hay una tumba (vacía) con su nombre en Sierra Mojada en el estado de Coahuila donde se cuenta la historia de un gringo que fue fusilado por espía, mientras se reía de sus verdugos en el paredón.

También hay teorías más extravagantes como la de que fue un espía enviado por el gobierno americano para monitorizar las actividades de los alemanes y los japoneses en el canal de Panamá o la de que se unió al aventurero y espía Mitchell-Hedges y juntos encontraron la calavera de cristal que hizo famoso a este último, despues de ello, Bierce siguió rondando por Honduras hasta desparecer. Otros dicen que lo vieron en Francia en 1915 en plena guerra mundial, como asistente en el estado mayor de Lord Kitchener, otros que acabó sus días en un manicomio de Napa en California o que murió de viejo en New York. En un plano más literario, este misterio también inspiró al escritor mexicano Carlos Fuentes para escribir su novela “Gringo viejo”.

Una teoría mas plausible.

Lo cierto es que conociendo lo retorcido que podía llegar a ser Bierce, quizá todo esto solo fuera un montaje, las cartas a familiares y amigos comunicando su intención de viajar a México y después a Sudamérica, puede que solo fuera una cortina de humo para enmascarar su verdadero propósito, suicidarse. Puede que Bierce nunca llegara a cruzar la frontera, si no que se encaminara al Cañón del Colorado para acabar con su vida en soledad y en un lugar donde no pudieran encontrarlo nunca.

Bierce siempre se mostró partidario en vida del suicidio y parece razonable creer que pensó que era un buen fin para la suya. Lo cierto es que antes de iniciar su viaje por los campos de batalla hacia México, había arreglado todos sus papeles y cuestiones legales, incluso le había transferido un panteón en un cementerio a su hija, diciéndole que no se preocupara, porque él no tenía intención de acabar reposando allí.

Lo cierto es que fuera cual fuese su final, el de la desaparición se presta muy bien para convertirlo en leyenda y no parece nada descabellado, viniendo de un hombre que se pasó la vida imaginando historias misteriosas y fantásticas y ridiculizando a casi todo el mundo.

Bitter Bierce” se rió de todos por última vez,  orquestando una gran broma macabra y su carcajada aún resuena un siglo después.

Existen varias clases de muerte. En algunas el cuerpo perdura, en otras se desvanece por completo con el espíritu. Esto solo sucede, por lo general, en soledad, y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad”.

– Ambrose Bierce, Un habitante de Carcosa (1885).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tormenta de nieve

“Winter Troika” Nikolai Sverchkov (1888)

A derecha e izquierda todo es blancura, espejismos. En vano busca el ojo un objeto nuevo: no se ve nada, ni un poste, ni un almiar, ni una valla. Todo es blanco alrededor, blanco y movedizo: a veces el horizonte parece hallarse inconmensurablemente lejos; pero otras, da la impresión de haberse comprimido y estar ciñéndonos a dos pasos de distancia […] Si miras hacia arriba, la primera impresión es de claridad, te parece que a través de la niebla puedes ver las estrellas; pero las estrellas escapan a tu vista y se elevan cada vez más y más, y sólo ves la nieve que se derrama sobre tu rostro; el cielo es en todos lados igualmente claro, igualmente blanco, incoloro, uniforme; en perpetuo movimiento”.


En enero de 1854 Lev Tolstói estuvo perdido toda una noche en una tormenta de nieve a 100 km de Cherkassk, en el territorio de los Cosacos del Don, la experiencia debió de impresionarle tanto, que dos años después decidió escribir este relato contando lo acontecido en aquella aciaga noche.

La tormenta de nieve, es una de la primeras obras de este autor ruso, apareció publicada en el magazine Sovremennik en 1856 y aunque aún no es el Tolstói que escribiría obras maestras como Guerra y paz, Anna Karenina o La muerte de Ivan Ilich, en este relato ya se empiezan a vislumbrar un poco sus inquietudes existenciales y la calidad literaria que le afianzaría poco tiempo después en el Olimpo de los grandes escritores

El argumento del relato es bastante simple: El narrador de la historia, decide emprender un viaje nocturno desde la aldea en la que se encuentra a pesar del mal tiempo, viajará en una troika o trineo tirado por caballos junto con su criado y el cochero, poco tiempo después estallará la tormenta, cuya intensidad acabará por borrar totalmente el camino, haciendo que se pierdan en la inmensidad de la estepa nevada, durante su vagar nocturno, se encontrarán con otras troikas y convoyes a los que seguirán en un intento de encontrar el camino y llegar a la siguiente stanitsa, pero no será fácil. El narrador debido al cansancio, al frío y a la monotonía del paisaje, se sumerge en un estado de somnolencia en el que tiene sueños bastante extraños y simbólicos. 


Tuve que leer dos veces el relato para darme cuenta de que el principal protagonista de esta historia es la tormenta, lo impregna absolutamente todo y las descripciones de Tolstói, siempre certeras e incluso me atrevería a decir que sinestésicas, hacen que te introduzcas totalmente en esa ventisca, sintiendo el frío, el viento, los escalofríos, la cegadora nieve golpeando el rostro, los síntomas de congelación y sobre todo el desconcierto de no saber si al final, uno podrá encontrar el camino en un paisaje tan monótono como inmenso. 

La tormenta es protagonista del relato hasta tal punto que se podría decir que realmente no hay argumento, sólo una oda al poderío de la naturaleza, tanto es así, que todos los personajes en este relato son irrelevantes, narrador incluido, pues sólo son el medio para poder expresar la magnificencia y la brutalidad de una naturaleza desbocada, para la que los humanos somos totalmente insignificantes.

Hay un punto de contraste en la historia, cuando el narrador tiene esos extraños sueños, en los que se pasea por los campos de su hacienda en un soleado y caluroso día de verano, toda una antítesis con la situación que está viviendo en la realidad a punto de congelarse, creo que esto puede desconcertar a algunos lectores, pero lo cierto es que la simbología del sueño junto con el contrapunto que crea es muy interesante.


Tal y como dije al principio, este no es el Tolstoi de Guerra y Paz o Anna Karenina, todavía no es dueño de todos su recursos, es un relato primerizo pero de gran calidad, que os animo a leer, aunque sólo sea por pasar un poco de frío vagando por una estepa infinita y helada.

 

Las muertes concéntricas – Jack London

Hacía mucho tiempo que quería releer a Jack London, pero tenía miedo de que al volver a encontrarme con sus novelas y relatos, mis recuerdos de adolescencia se cubrieran con el velo de la decepción o la indiferencia, recuerdos llenos de aventuras y diversión recorriendo en trineo los páramos helados de Alaska o a bordo de un barco surcando los mares del sur.

Es lo que nos suele pasar ¿verdad?, cuando revisamos las obras que leímos de jóvenes y nos hicieron vibrar, algunas no pasan el test del tiempo, envejecen muy mal, otras veces somos nosotros los que hemos envejecido y nos decepcionan, puesto que ya no somos la misma persona que leyó aquel libro, la vida y las experiencias nos han hecho cambiar en cuanto a gustos y percepciones y lo que antes nos emocionaba o asustaba, ahora nos puede parecer inocuo e irrelevante.

Pero he de decir que he disfrutado mucho leyendo esta pequeña antología de La Biblioteca de Babel de la editorial Siruela, he recordado otros tiempos acompañando a los personajes en situaciones límite, luchando contra los elementos de una naturaleza implacable, me he sentido otra vez como aquel niño que quería recorrer el mundo viviendo aventuras y la verdad es que me ha hecho muy feliz saber que ese niño aún sigue en mi interior, con sus capacidades de asombro y disfrute intactas.

Jack London, todo un trotamundos.

Uno de los rasgos más interesantes de las obras de Jack London, es el realismo que imprime a sus narraciones y esto lo hace con conocimiento de causa, puesto que su corta vida fue intensa y llena de aventuras y peligros, además de escritor, fue vagabundo, marinero, cazador de focas en Siberia, guardacostas en California, buscador de oro en Klondike, empresario y corresponsal de guerra en México y Japón.

Sus relatos están plagados de personajes que viven vidas al límite en la naturaleza virgen, una naturaleza que no hace distinciones ni concesiones y que trata a todos los seres vivos con la misma letal indiferencia y dureza.

También fue uno de los primeros escritores que alcanzaron fama mundial en vida y amasó una considerable fortuna con obras como Colmillo Blanco, El lobo de mar, La llamada de lo salvaje, Martin Eden o El vagabundo de las estrellas.

A la altura de los mejores cuentistas.

Las muertes concéntricas reúne cinco relatos, a cada cual más interesante, además de un prólogo a cargo de Jorge Luis Borges, en el que nos presenta una breve reseña de la vida del autor con la maestría que le caracteriza.

Los relatos son de temática variada pero todos tienen en común personajes luchando por sus vidas frente a la adversidad que les rodea y engulle.

El estilo de London está lleno de fuerza y sus descripciones crean imágenes muy poderosas que perduran en la mente del lector haciendo que la lectura se convierta en un auténtico deleite.

Son narraciones crudas, realistas y violentas como la vida salvaje donde se desarrollan, aunque no exentas de sensibilidad. 

Cuando examinamos su narrativa breve podemos llegar a la conclusión de que estamos ante un gran escritor, a la altura de otros maestros del cuento como Cortázar, Borges, Chéjov o Maupassant y podemos entender el hecho de que fuera el escritor más famoso de su tiempo y uno de los más leídos aún hoy en día en todo el mundo.

 

Los Relatos.

La antología se abre con La casa de Mapuhi (The House of Mapuhi) 1909, que nos narra la llegada de un devastador tifón a las costas de una isla del Pacífico y los estragos que causa entre sus habitantes, que pese a todo persisten en sobrevivir, entre éstos se encuentran el comerciante Raoul y Mapuhi que es el poseedor de una valiosa perla que desea canjear por una casa nueva en otra isla. Las imágenes creadas por  Jack London de la furia del tifón son impactantes.

La ley de la vida (The Law of Life) 1901, ha sido el relato que más me ha sobrecogido y el que más me ha hecho reflexionar, narra las últimas horas de vida de Koskoosh, un anciano jefe indio que, demasiado débil para seguir a su tribu, es abandonado en la nieve para morir junto a una fogata y unas pocas ramas para alimentarla como es costumbre entre los suyos. Koskoosh escucha como todos le abandonan y en la helada soledad empieza a rememorar momentos de su vida mientras gradualmente acepta su destino como algo natural e inevitable. El final es ciertamente estremecedor.

Cara Perdida (Lost Face) 1902, nos cuenta la historia de Subiénkov, un aventurero polaco capturado por unos nativos americanos en el Yukón, un tipo duro que mientras observa maniatado como torturan brutalmente a su compañero de fechorías, intenta librarse a cualquier precio. Al igual que en el relato anterior, el final es tremendo.

Las muertes concéntricas (The Minions of Midas) 1901, es un relato de suspense en el que una misteriosa sociedad secreta llamada «Los sicarios de Midas«, le exige a un empresario millonario que abone una cantidad desorbitada de dinero a cambio de no asesinar a varias personas, un relato cargado de intriga in crescendo y crítica social.

El último relato de la antología me ha parecido el más flojo de los cinco pero no por ello falto de calidad. La sombra y el relámpago (The Shadow and the Flash) 1903, es un relato de ciencia ficción en el que se nos narra la historia de la encarnizada rivalidad entre dos químicos y su búsqueda de la invisibilidad total.

Lecturas para reflexionar.

En resumen, una colección de relatos fascinantes, cargados de acción, suspense y melancolía, que nos hacen reflexionar sobre la vida, la condición humana y nuestra relación con la naturaleza, escritos por un hombre que vivió una vida breve pero muy intensa y que como señalaba Borges en el prólogo: «Murió a los cuarenta años y agotó hasta las heces la vida del cuerpo y del espíritu. Ninguna lo satisfizo del todo y buscó en la muerte el tétrico esplendor de la nada».