Tifón – Joseph Conrad


A Joseph Conrad lo descubrí tarde, hace apenas una década que cayó en mis manos La locura de Almayer, su primera novela, y desde entonces no he dejado de disfrutar con las historias de este marinero y novelista de origen polaco. Digo que lo descubrí tarde porque siendo un amante de los relatos marítimos y de aventuras, no entiendo como me pudo pasar desapercibida la obra de este gigante. Quizá no lo descubrí tarde, sino que lo hice en el momento adecuado. Cada vez estoy más seguro que ciertos autores y libros aparecen cuando estamos preparados para leerlos y entenderlos, cuando el bagaje que llevamos en la vida nos permite identificarnos con según que personajes y tramas. En Conrad he encontrado a un gran amigo literario, un amigo al que leer con deleite y con el que puedo consolarme y aprender cada vez que abro uno de sus libros, un amigo que ha vivido mucho, que sabe mucho de la condición humana y que la ha analizado y diseccionado para presentárnosla cruda y sin artificios.

Conrad supo retratar el alma humana como nadie. Sus personajes son sumamente reflexivos, se pierden en ensoñaciones, se hacen preguntas vitales, buscando las respuestas que les permitan seguir adelante en esta jungla llena de dolor y depredadores humanos. La melancolía y el escepticismo son dos constantes en su obra y lo transmite de la forma mas descarnada y realista posible, haciendo gala en innumerables pasajes de una exquisita y evocadora prosa poética. Siempre me ha parecido curioso que su prosa fuera tan fluida y efectiva, puesto que escribió todas sus obras en inglés, su cuarta lengua tras el polaco, el ruso y el francés, quizá tuviera algo que ver el hecho de que en su juventud, pasara sus horas libres leyendo a Shakespeare en los navíos en los que trabajaba. Javier Marías la describe muy bien: «el inglés de Conrad se convierte en una lengua extraña, densa y transparente a la vez, impostada, fantasmal, […] utilizando las palabras en la acepción que les es más tangencial y por consiguiente en su sentido más ambiguo«. Leer a Conrad es toda una experiencia que requiere tiempo y paciencia, no es una lectura fácil pues nos exige perdernos, al igual que sus personajes, en múltiples divagaciones y a veces en situaciones extremas, como en el libro que os presento hoy.

Tifón

Tifón (Typhoon, 1902) nos cuenta la travesía del Nan Shan, un vapor británico que navega bajo bandera de Siam por el mar de China. Además de la carga, también lleva como pasajeros a doscientos culís chinos, que vuelven a su país con todas sus ganancias, tras haber estado trabajando fuera. Todo indica un viaje agradable y sin problemas que Conrad aprovecha para contarnos como es la vida a bordo de un vapor. Nos va presentando a los personajes y sus respectivas ocupaciones y entre todos ellos sobresale el capitán McWhirr, un hombre hueco, empírico y sin imaginación, que se ciñe solo a la realidad contrastable, nunca elucubra ni especula. Se podría decir que para McWhirr solo existe el presente, con todo lo que éste contiene. Pasado y futuro carecen de importancia para él. Es un personaje curioso que en un principio parece irrelevante, pero que según avanza el relato va creciendo, hasta alcanzar niveles moderadamente épicos.

En un momento de la travesía, la cosa empieza a complicarse. En la lejanía, nubes amenazadoras se ciernen sobre el mar y los barómetros comienzan a bajar alarmantemente. Todo parece indicar que el barco se dirige al encuentro de una tormenta enorme. Los oficiales le sugieren al capitán que de un rodeo para esquivar la tormenta, pero éste, basándose en sus peculiares razonamientos, se niega. El barco sigue avanzando hasta que de repente en la oscuridad de la noche, es golpeado de lleno por el tifón, como si un depredador oculto en las sombras, atacara por sorpresa a su indefensa presa.

Las imágenes que crea Conrad narrando los devastadores efectos del tifón son magistrales: el viento huracanado y el ruido ensordecedor que provoca, las olas gigantes cayendo a plomo sobre la cubierta. El miedo y el desconcierto de los marineros por sentirse totalmente indefensos y a merced de los elementos, sabiendo que pueden morir en cualquier momento y sobre todo la oscuridad que trae el tifón, una negrura que eclipsa a la negrura de la noche y acrecienta la desorientación y el terror.

Por si fuera poco, en la bodega estalla una encarnizada pelea entre los chinos, mientras el barco es zarandeado por las olas como si fuera de papel. La tensión va en aumento, todo parece perdido. Pero es en esos momentos más difíciles donde el curioso carácter del capitán consigue encauzar de alguna manera a su aterrada tripulación, dando órdenes certeras. La mayoría de los marineros están inoperantes, paralizados por el miedo y tan solo el timonel, que sigue en su puesto impasible y los fogoneros que siguen alimentando las calderas del barco evitan que el desastre sea mayor. Sufriendo lo indecible, consiguen llegar al ojo del huracán, unos minutos de calma y tregua antes del segundo asalto contra el tifón… pero no voy a contar más, salvo que Conrad usa en esta parte un recurso elíptico muy efectivo.

Aparte de los mini retratos psicológicos de los personajes, donde el autor muestra su gran hacer, la descripción tan minuciosa del tifón hace que el lector sienta de lleno los efectos del temporal. A mí al menos me impactó, tanto que horas después soñé con algo parecido y fue aterrador. Las obras de Conrad tienen un componente autobiográfico muy marcado, así que entiendo que para describir con tanto detalle los efectos del tifón, tuvo que vivir alguno en su época de marinero. Otra constante en sus obras es la lucha del hombre contra sí mismo y contra otros y la lucha del hombre contra la naturaleza indómita. En esta novela corta encontramos un poco de todo eso, a pesar de no ser una obra mayor, muestra muy bien los resortes que se activan en la mente humana y sus comportamientos en situaciones límite.

 

 

 

 

El séptimo continente – Michael Haneke

Hace un par de días estuve comiendo con un buen amigo, con el que me unen una gran cantidad de afinidades. Nuestras conversaciones tocan todos los palos, desde lo banal a lo existencial, pasando por incursiones en la literatura, arte, historia o cine y siempre aderezadas con mucho humor. Es un placer mayúsculo poder compartir momentos así, en los que poder divagar y aprender siempre algo nuevo. Después de un par de copas y varias horas de charla, llegamos a un tema que le apasiona y del que tiene un gran conocimiento, que no es otro que el cine. Yo por suerte soy todavía un profano en esta materia, lo cual me da mucho margen para descubrir y aprender, cosa que me encanta. Bien, decía que es un tema que apasiona a mi amigo y quizá influenciado por toda la conversación que habíamos tenido, me preguntó si conocía a un director austriaco llamado Michael Haneke. Le dije que el nombre me sonaba pero realmente no había visto nada suyo. Me habló a grandes rasgos de su estilo y me recomendó fervientemente sus películas, me dijo que empezara por su ópera prima, así que le hice caso y… Lo que vi me voló la cabeza.

“El séptimo continente” o el vacío existencial de la cultura occidental.

Básicamente de eso trata El séptimo continente: del vacío existencial provocado por el alienante sistema capitalista y consumista del mundo occidental. Es una historia terrorífica que Haneke cuenta de una manera magistral e innovadora. Es la historia de una familia de clase media austriaca que podría ser cualquiera de nosotros. Una familia que a pesar de los normales altibajos, tiene una buena vida, con buenos trabajos, buenos ingresos, una buena casa y todas las comodidades que puedan desear. Pero algo no marcha bien, algo no encaja en este puzzle a priori idílico. Haneke no lo cuenta todo, su manera de presentar la historia, deja mucho margen a la imaginación. Ofrece una serie de imágenes aleatorias de la vida de los protagonistas, que parecen estar atrapados en un bucle de repeticiones cotidianas. El espectador tiene que ir encajando las piezas. Una historia elíptica llena de largos planos estáticos de maquinas funcionando, de personas trabajando frenéticamente, acciones que se repiten, secuencias inconexas, fundidos a negro, ausencia total de música (salvo la diegética) y por debajo de todo, reptando como una serpiente venenosa, la presencia de una violencia contenida que amenaza con estallar en cualquier momento.

En un momento dado de la película, cuando todo parece ir de maravilla y sin motivo aparente, la familia renuncia a todo. Dejan sus trabajos, sacan todo el dinero del banco, se encierran en su casa y comienzan sistemáticamente a destruir todas sus posesiones, a la par que se ofrecen festines con los mejores alimentos. Renuncian a todo lo que han conseguido, se diría que renuncian a la civilización y al final, incluso renuncian a seguir “viviendo”. Se inmolan.

Imágenes perturbadoras

La última hora de la película es perturbadora y desconcertante. Es una hora de planos fijos llenos de renuncia, destrucción y muerte. En ese momento el espectador se da cuenta de que Haneke sí le ha estado ofreciendo pistas a modo de metáforas visuales. Le ha ido llevando de la mano a través de ese caos inconexo de manera imperceptible. Por ejemplo la relación entre los personajes es fría y distante. No hay casi diálogos entre ellos porque no se comunican. Parecen estar muertos emocionalmente, se parecen mucho a los peces que nadan en el acuario que hay en su casa, donde viven en un entorno seguro y bien alimentados, pero en realidad están atrapados entre esas cuatro paredes de cristal en un patético simulacro de vida. La metáfora del túnel de lavado también es muy poderosa: Uno entra dentro con su coche y al salir, el exterior esta limpio y reluciente, pero solo el exterior, en el interior todo sigue igual. Nada cambia. Critica feroz al culto a la apariencia tan en boga en nuestra sociedad.

Las imágenes de la destrucción de todas sus posesiones son brutales, hay una frialdad y una sistematización que perturba hasta lo indecible. Es como si quisieran borrar toda huella de su paso por este mundo. Lo destruyen todo meticulosamente: muebles, objetos, ropa, recuerdos, discos, electrodomésticos. El climax llega cuando arrojan cientos de billetes y monedas por el inodoro. Haneke hace un extenso plano fijo recreándose en la destrucción de uno de los pilares del capitalismo. Para muchas personas será perturbador verlo, es como una herejía, como matar a dios. Incluso puede que para muchos espectadores esa destrucción de dinero sea más perturbadora que ver como los padres asesinan a su propia hija antes de suicidarse; otra prueba más de la alienación que provoca el sistema capitalista en los individuos. Creo que el director austriaco, formado en psicología y filosofía, contaba con ello. Otra imagen recurrente a lo largo del film es la de la playa, una imagen onírica e imposible que supuestamente representa Australia o que quizá simbolice el lugar idílico al que quiere escapar la familia cuando se suicide.

La película está diseñada para perturbar, Haneke tensa la cuerda al límite, pero no necesita escenas explícitas ni sangrientas, ofrece algo más poderoso y efectivo: lo deja todo a la imaginación del espectador. Haneke quiere conectar con esa región oscura de la mente humana que todos poseemos, pero también quiere intentar despertar la conciencia de que la historia que nos narra, también es en mayor o menor medida, la nuestra, porque todo lo que nos muestra es normal, terroríficamente normal y cotidiano. Al igual que los hechos reales en los que esta basada la película, El séptimo continente es una certera advertencia de la muerte de nuestra civilización.

 

 

 

Si – Un poema de Rudyard Kipling

Rudyard Kipling, idolatrado por unos, vilipendiado por otros. Probablemente uno de los mejores escritores de todos los tiempos, premio Nobel de literatura en 1907, pero también acusado de imperialista y racista. Autor de novelas como Kim y El libro de la selva y de magistrales relatos como El hombre que pudo ser rey, La litera fantasma, La marca de la bestia La historia más bella del mundo. Precisamente su fama de gran cuentista ha ensombrecido su obra poética, poemas como Gunga Din, Mandalay o Si, tienen una calidad fuera de toda duda, aunque es cierto que Kipling fue un poeta poco convencional, más bien se podría decir que fue autor de grandes versos y baladas.

Volviendo al tema de su racismo e imperialismo, pienso que Kipling fue un hombre contradictorio y también un hombre de su tiempo. El creía ciegamente en los valores del imperio y en la misión civilizadora que supuestamente realizaba éste. No podemos olvidar que nació en la India y la veía a través de los ojos de un blanco, pero la comprendía bastante mejor que muchos. No creo que fuera un racista, estaba acostumbrado a relacionarse con gente de toda clase, etnia y credo. Nunca se dió aires de grandeza, es más, siempre estuvo del lado de la gente de a pie y de los soldados que se dejaban la vida en guerras provocadas por políticos cobardes. No obstante creo que su fe ciega en el imperio sí que le hizo equivocarse en sus planteamientos políticos, pero acertó en lo esencial, sabía que la India, un conglomerado de etnias, acabaría descendiendo al caos sin el control de los británicos, como así sucedió (aunque es cierto que los británicos hicieron mucho por provocar ese caos en su retirada). También denunció en cierto modo el racismo de los afrikaners en Sudáfrica, previendo el apartheid.

Era antidemócrata, pero no fascista, de hecho fue de los primeros en denunciar las políticas de los nazis y vaticinar la destrucción que desencadenarían. Fue incluso amigo personal del rey Jorge V, pero nunca aceptó honores oficiales. Si ensalzó las virtudes del Imperio británico fue porque él había nacido en la periferia, no en la metrópoli, donde medraron los políticos elitistas a los que detestaba. Así como Conrad denunció la brutalidad y la maldad del colonialismo, Kipling se limitaba a contar la vida cotidiana de hombres y mujeres que intentaban levantar una estructura social y económica, que ellos creían legítima y buena para todos, aunque nosotros hoy sabemos que no lo fue.

Kipling fue un hombre solitario, extremadamente culto y nada idealista. Su formación como periodista le hizo ver la realidad descarnada del mundo que le rodeaba y la contaba sin miramientos. Sus últimos años de vida fueron duros y amargos, sobre todo tras la muerte de su único hijo en la Primera Guerra Mundial. Por cierto fue precisamente a su hijo a quien le dedicó el poema que os presento hoy.

Lo cierto es que hay dos Rudyard Kipling, el artista al que admiro y la persona que quizá no sea tan admirable. Pero como dije antes, es producto de su tiempo y en cierto modo, creo que disfrutaba siendo tan controvertido y agresivo en sus opiniones. En definitiva, una paradoja viviente, pero… ¿quién no lo es?.

 

 

Si (If) es su poema más famoso. Escrito originalmente en 1895, fue publicado por primera vez en 1910 en el libro infantil Rewards and Fairies. Es un poema que siempre me ha parecido muy inspirador, un gran ejemplo de estoicismo victoriano. Una época en la que aún eran importantes ideales como la virtud y el honor. Si bien es cierto que el personaje que lo inspiró: Leander Starr Jameson y más concretamente su incursión o golpe de estado contra la República de Transvaal en 1895, provocando a la larga la Segunda Guerra Anglo-Boer, quizá careciera de cierta “virtud”, aunque la prensa de la época lo consideró un hecho heroico.

Como dato curioso se puede señalar que el escritor indio Khushwant Singh consideraba el poema “la esencia del mensaje del Bhagavad Gītā”. Por otra parte los versos: “Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre, / y tratar a esos dos impostores de la misma manera”, aparecen en la entrada de jugadores de la pista central de Wimbledon.

 

Si

Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor
la pierden y te culpan a ti.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también toleras que tengan dudas.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no incurres en el odio.
Y aun así no te las das de bueno ni de sabio.

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.

Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.
O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.

Si puedes apilar todas tus ganancias
y arriesgarlas a una sola jugada;
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida.

Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados,
y así resistir cuando ya no te queda nada
salvo la Voluntad, que les dice: «¡Resistid!».

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno en exceso.

Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de diligente labor
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!

Rudyard Kipling

If” incluido en “Rewards and Fairies” (1910).

 

If

If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too:
If you can wait and not be tired by waiting,
Or being lied about, don’t deal in lies,
Or being hated don’t give way to hating,
And yet don’t look too good, nor talk too wise;

If you can dream—and not make dreams your master;
If you can think—and not make thoughts your aim,
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two impostors just the same:
If you can bear to hear the truth you’ve spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
And stoop and build ‘em up with worn-out tools;

If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
⁠And never breathe a word about your loss:
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
⁠Except the Will which says to them: ‘Hold on!’

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with Kings—nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
If all men count with you, but none too much:
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds’ worth of distance run,
Yours is the Earth and everything that’s in it,
⁠And—which is more—you’ll be a Man, my son!

 

El hombre imaginario – Un poema de Nicanor Parra

El chileno Nicanor Parra se consideraba un antipoeta, lo cual no deja de ser paradójico, puesto que está considerado como uno de los mejores poetas de nuestro tiempo. Aunque lo cierto es que esa definición le va como anillo al dedo, ya que su estilo irreverente y directo fue toda una revolución y para muestra, su antipoema La montaña rusa, donde expone claramente cual es su visión de la poesía: “Durante medio siglo/la poesía fue/el paraíso del tonto solemne/hasta que vine yo/y me instalé con mi montaña rusa./Suban, si les parece./Claro que yo no respondo si bajan/Echando sangre por boca y narices”. Toda una declaración de intenciones que deja muy claro que Parra no era un poeta al uso.

Su poesía es demoledora y anárquica, llena de crítica y denuncia social. Profunda y melancólica unas veces, sarcástica y divertida otras y casi siempre construida con estructuras inusuales. Quizá esta búsqueda de nuevas estructuras, fue consecuencia de su formación como matemático y físico o quizá fue su afán por democratizar la poesía y hacerla más accesible a personas de distinto nivel sociocultural. Lo cierto es que Parra tuvo éxito innovando y creando algo original. Personaje de gran cultura, librepensador y ecologista, llevaba el arte en la sangre, ya que provenía de una familia de artistas, entre los que destacó su hermana Violeta, cantautora y folclorista de gran renombre.

El poema que os presento hoy, es uno de los que más me gustan de toda su producción. Me parece un poema melancólico y profundo, en el que todo parece ser imaginario, salvo dos cosas. Leyéndolo podemos visualizar al hombre imaginario, podemos dejarnos llevar e imaginar todo lo que nos describe el autor, pero hay algo que no es imaginario y eso lo podemos sentir muy profundamente, ahí radica la magia de este poema. Espero que lo disfrutéis.

 

“L’heureux donateur”1966, por René Magritte, Musée d’Ixelles.

El hombre imaginario

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios.

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario.

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

– Nicanor Parra

El hombre imaginario” incluido en “Hojas de Parra” (1985).

 

Las fases de la luna – Tres pinturas de Paul Delvaux

A Paul Delvaux normalmente se le suele enmarcar dentro del surrealismo, aunque él nunca se consideró un surrealista per se. Lo cierto es que su pinturas tienen un aire surreal, pero también onírico, como si se tratase de imágenes congeladas o instantáneas tomadas durante un sueño. Esto es precisamente lo que me atrae de su arte. Sus escenas, normalmente nocturnas parecen representar personajes en actitudes oníricas, es más, incluso en una suerte de metaficcion, parecen representar los sueños de los propios personajes del cuadro. Además de transmitir ese silencio inquietante tan característico de las obras de Giorgio de Chirico. Pensaréis que todo esto es representativo del surrealismo, pero Delvaux tiene algo que lo diferencia del resto.

Otto Lidenbrock por Édouard Riou, 1864.

La serie de pinturas que os presento hoy se titula Las fases de la luna y son tres escenas independientes entre sí, pero que están conectadas por dos elementos: la Luna y un personaje que se repite. En un principio pensé que ese personaje era el propio autor, pero también tenía la sensación de que lo había visto anteriormente en otra parte. Hasta que hace unos días caí en la cuenta de que lo había visto en una vieja edición de Viaje al centro de la tierra de Jules Verne que tengo en casa. Se trata del profesor Otto Lidenbrock, uno de los protagonistas de la novela. Al parecer Delvaux estaba muy influenciado desde niño por las obras de Verne y quiso rendir homenaje de esta manera al gran escritor francés. Y es aquí donde encontramos el principal elemento diferenciador de Delvaux con otros surrealistas: en sus pinturas no solo hay una transferencia de su inconsciente y de sus mundos oníricos al lienzo, sino también una deliberada representación de sus recuerdos de infancia y adolescencia. Delvaux lo mezcla todo para crear algo totalmente original. La irrealidad que permea sus obras, unido a su estilo tan particular, pero influido entre otros por Magritte, De Chirico y Mesens, convierte su arte en algo muy atractivo para la vista y la especulación.

Las fases de la luna I (1939)

La primera pintura de la serie es quizá la más atípica de las tres, ya que se trata de una escena diurna, algo poco habitual en Delvaux. Lo cierto es que es extraña, puesto que el cielo nocturno donde resalta una luna creciente, está en contraste con la luminosidad solar, las sombras de los personajes y objetos delatan que la escena tiene que estar sucediendo cerca del mediodía. Esta paradoja me recuerda a El imperio de las luces de Magritte. El profesor Lidenbrock aparece en primer plano analizando una roca. A su lado aparece otro personaje que parece totalmente ausente, como si estuviera muerto o dormido dentro del sueño. Incluso a pesar de estar de frente, su mirada no esta dirigida al observador del cuadro, parece estar perdida mas allá. En la parte derecha encontramos a una mujer sentada y desnuda, cuyos senos están cubiertos con un lazo de regalo y que parece estar posando para alguien. Al fondo del jardín podemos ver al propio autor guiando (a lo flautista de Hamelin) a un grupo de mujeres desnudas (los desnudos femeninos son otra constante de su obra). En el centro de la imagen hay un caja de madera con una roca y unas cuantas más esparcidas cerca. ¿rocas lunares quizá?. Es una escena realmente extraña.

Las fases de la luna II (1941)

Les phases de la lune II, 1941. Colección privada.

En la segunda pintura de la serie, la acción transcurre en lo que parece ser un laboratorio o almacén lleno de rocas, calaveras y frascos. La escena es nocturna y al fondo podemos ver una luna casi llena sobre un paisaje que a mi se me antoja lunar. Como si la escena se hubiera trasladado a la Luna, o esa puerta fuera un portal hasta allí. Volvemos a encontrarnos a Lidenbrock analizando algo, a su lado hay otro personaje con sombrero que gesticula y parece interactuar con él o quizá no, puesto que no lo esta mirando, dando incluso la sensación de que pertenecen a planos distintos. Hay una mujer semi desnuda que parece ajena a todo, al igual que son ajenos a ella un trío de personajes conversando al fondo, que curiosamente parecen ser Lidenbrock y el personaje del sombrero. Como si se hubieran desdoblado (o triplicado en el caso del hombre del sombrero) o en esa escena se hubieran solapado varios planos dimensionales. Quizá sea la pintura más irreal de las tres.

Las fases de la luna III (1942)

Les phases de la lune III, 1942. Boijmans Van Beuningen Museum.

La tercera de la serie es una escena urbana y nocturna. Una vez más encontramos al sempiterno Lidenbrock observando una roca, junto a otro personaje que esta vez si parece interactuar con él, o al menos observa la misma roca detenidamente. A la derecha encontramos a una mujer sosteniendo una lámpara de bujía y saliendo por la puerta de una especie de torre. Esta mujer me recuerda a la que salía en la primera pintura con un lazo cubriendo sus senos. Se intuye un planetario o una esfera armillar en el piso superior y en su fachada encontramos un reloj solar. En la izquierda aparece el propio Delvaux de espaldas con un libro bajo el brazo, encaminándose hacia unas escaleras por las que suben y bajan varios hombres y mujeres vestidos elegantemente y que parecen sonámbulos. En lo alto parece haber un observatorio astronómico. Al fondo encontramos un paisaje yermo y sembrado de rocas, con un sendero que lleva hasta un tren (Delvaux estaba obsesionado con los trenes). Toda esta escena sucede bajo un cielo dominado por una luna en cuarto creciente que irradia gran luminosidad y proyecta sombras muy nítidas y marcadas, esto a mi parecer es, al igual que en la primera pintura, una anomalía, puesto que es algo que sólo ocurriría con la luz de la luna llena. Por otra parte es la única pintura de la serie en la que todo el mundo aparece vestido. 

A pesar de que se repiten personajes y objetos en las tres pinturas, la Luna es la verdadera protagonista de la serie. Su simbolismo es amplio: Normalmente representa el poder femenino y a la diosa madre. Aunque también tiene otros significados como el lado oscuro e invisible de la naturaleza, lo irracional y por ello está asociada a la fantasía y a la imaginación. También representa la resurrección y el renacimiento. Es la mediadora entre el cielo y la tierra, ya que influye en las mareas, las estaciones y los cultivos. También influye en los ciclos del sueño de los humanos, así que podemos decir que su presencia en el reino onírico es muy importante. En el pasado se la vinculó con diosas como Selene, Artemisa, Hécate, Astarté, Rhiannon, Arianrhod, Epona, Luna o Metztli.


Sinceramente, creo que la interpretación de las pinturas ha sido bastante pobre pero… ¿cómo interpretar el sueño de otro? Si pudiéramos meternos en el mundo onírico de otra persona y ver o experimentar de primera mano sus sueños, ¿entenderíamos algo? Aunque la interpretación de los sueños es un arte que se lleva practicando milenios y es una parte importante del psicoanálisis, creo que es muy difícil interpretar un sueño de manera infalible. De todas maneras creo que un psicoanalista se lo pasaría en grande descifrando todos los símbolos que pueblan estas pinturas.

Los sueños son algo muy personal e intransferible y aunque haya sueños, símbolos o arquetipos universales, es harto complicado descifrar ese mundo (Jung decía que eran manifestaciones del inconsciente). Si además en el caso de Delvaux añadimos que no solo representa sus sueños en la pinturas, sino que además incluye sus recuerdos, gustos y obsesiones, pues nos encontramos con que es casi imposible entender plenamente su arte. Solo él puede darnos la clave. Aunque he de decir que probablemente sea el pintor que mejor ha sabido plasmar lo absurdo y simbólico de los sueños en un lienzo y esto hace, a mi entender, que su arte no se preste tan bien a la interpretación, como las obras de otros surrealistas.

Aún así, mi enfoque parte de la base de que estas pinturas son representaciones oníricas. Puede haber múltiples enfoques, así que estaré encantado de conocer los vuestros y por supuesto, vuestras interpretaciones.

 

 

Caronte – Un cuento de Lord Dunsany

Podría decir muchas cosas sobre Lord Dunsany, pero me las voy a guardar para un futuro post que estoy escribiendo sobre su obra. Pero aparte de ofreceros como aperitivo este breve cuento suyo, titulado Caronte, os diré que fue uno de los precursores del género fantástico. Maestro del que bebieron escritores más famosos como Tolkien o Lovecraft. Y creador de mitologías y mundos maravillosos de una riqueza y onirismo inigualables. Las obras de Dunsany son para imaginar y soñar sin límite. Y es que este aristócrata irlandés solo escribía sobre lo que soñaba y lo plasmaba en el papel con estilo exquisito.

Sin más preámbulos os dejo con Caronte, el barquero del Hades.

“La barca de Caronte” (1919) de Josep Benlliure y Gil, Museo de Bellas Artes de Valencia.

Caronte

Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.

Para él no era una cuestión de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un plan creado por los dioses para él y en un pedazo de eternidad.

Si los dioses le hubieran enviado un viento contrario, habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.

Tan gris resultaba siempre todo donde él estaba, que si algún resplandor perduraba un momento entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían haberlo percibido.

Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban a miles cuando acostumbraban a llegar a cincuentenas. No era obligación ni deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinó hacia adelante y remó.

Entonces nadie vino por un tiempo. No era habitual que los Dioses no enviaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Pero los Dioses saben.

Entonces un hombre llegó solo. Y la pequeña sombra se sentó estremeciéndose en el solitario banco y el gran bote zarpó. Solo un pasajero; los dioses saben. Y el gran y cansado Caronte remó una y otra vez junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.

Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Ezis en el inicio de los tiempos, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.

Entonces, por el gris y tranquilo río, el bote llegó a la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte viró el bote para regresar fatigosamente al mundo. Entonces habló la pequeña sombra, que había sido un hombre.

-Soy el último -dijo.

Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.

Lord Dunsany

Charon” incluido en la colección de relatos “Fifty-one Tales”(1915).

 

Tres pinturas surrealistas de Edgar Ende

Años 30 en el Reich alemán. Los nazis acaparan todo el poder y deciden cada aspecto de la vida de los ciudadanos. Basándose en su deformado y retorcido criterio, imponen qué está bien y qué está mal y, con el transcurso del tiempo, llegarán a dictaminar quién merecerá vivir y quién no. También determinan qué es arte y para desgracia de nuestro protagonista de hoy, su arte se considera arte degenerado. Para los nazis, todo arte que tuviera connotaciones bolcheviques, judías o se alejara de los ideales de heroísmo y pureza aria, era arte degenerado. Así que si eras un pintor surrealista y esas cabezas cuadradas que decidían por ti no entendían tu arte, automáticamente te convertías en un degenerado. Esto fue lo que le pasó a Edgar Ende, que pasó de ser el primer pintor surrealista alemán a convertirse en un desconocido y en un paria artístico.

Prohibido pintar

En esos mismos años 30 de los que hablaba antes, la carrera de Ende estaba despegando y adquiriendo notoriedad, pero en 1936 los nazis le prohibieron pintar y exponer bajo pena de cárcel. La mayor parte de su obra de aquella época acabó reducida a cenizas en un bombardeo en Munich en 1944, así que las pocas pinturas que quedan de esa época, están muy cotizadas. Después de la guerra siguió pintando y alcanzó cierto reconocimiento, hasta su muerte en 1965.

Visionario surrealista

El enfoque de Ende buscando la inspiración era bastante peculiar, casi el de un visionario a lo William Blake que entra en trance y se deja poseer por las imágenes, que más tarde plasmará en el lienzo. Su método para inspirarse consistía en tumbarse a oscuras en un sofá y literalmente no pensar en nada: dejar la conciencia vacía hasta que esas imágenes aparecían. Una especie de ejercicio de meditación de la que extraía algo totalmente puro, simbólico e ininteligible

Esas imágenes eran, la mayoría de las veces, estáticas aunque otras se movían y cambiaban de forma velozmente. Otro dato curioso es que esas imágenes no podían ser modificadas con el pensamiento o la imaginación. Para Ende, eran imágenes pre-lógicas, o sea, anteriores al pensamiento y más profundas. Él no daba a esas imágenes ninguna interpretación, si no que dejaba que fuera el observador posterior del cuadro el que lo hiciera. El título tampoco tenía mucha importancia para él, así que solía buscar los títulos más neutrales posibles.

Familia de artistas

A muchos os sonará su apellido y probablemente no vayáis desencaminados pensando que este señor tiene algo que ver con Michael Ende, el autor de La historia interminable y Momo. Pues bien, eran padre e hijo. Y es muy probable que las pinturas del progenitor influyeran en los escritos de su vástago, y si no solo tenéis que echar un vistazo a una de sus mejores obras: El espejo en el espejo, una colección de relatos basados en las pinturas y dibujos de Ende padre, que recomiendo mucho.

Me encanta la pintura surrealista ya que se presta a múltiples interpretaciones. Al igual que hice en el artículo de Magritte que publiqué hace un tiempo, he elegido tres pinturas y a grandes rasgos y de manera espontánea, voy a contaros qué me inspiran.

Der Tänzer auf der Kugel (1948)

Esta pintura, que se podría traducir como El bailarín en la pelota, es una de las que más me han impactado de su catálogo. En ella aparecen representadas dos figuras. Una de ellas que parece ser la principal, está en armónico equilibrio sobre una esfera suspendida sobre un plano que parece ser infinito. Las estrellas que aparecen en dicha esfera parecen significar una representación del cosmos en miniatura. El personaje principal tiene algo de divino, ya que hay cierto resplandor que emana de su cabeza como una especie de aura. Dicho resplandor ilumina también sus hombros y brazos. La pierna que se eleva sobre la esfera está llena de heridas, como si el estar en contacto con ese universo condensado fuera perjudicial de alguna manera. En cuanto a las esferas representadas a su espalda, da la sensación de que están en movimiento generando algún tipo de energía.

El otro personaje transmite sensación de urgencia, como si tuviera prisa por cruzar otra vez esa puerta que está a sus espaldas. Además, uno de sus pies parece estar evitando que la puerta se cierre. Es como si hubiera cruzado solo para recibir ese líquido que le entrega el personaje principal. La puerta parece un lugar fronterizo entre dos dimensiones: la que parece ser infinita, que podemos ver en la pintura, y la otra, que solo podemos intuir y que quizá sea la nuestra. En cuanto al líquido que se vierte de una vasija a otra, quizá sea un elixir vital o una metáfora del conocimiento.

Genius loci (1936)


En la mitología romana un Genius loci era el espíritu protector de un lugar. En esta obra, podemos observar un plano desolado con árboles muertos y tierra baldía bajo un cielo plomizo. Tengo la sensación de que el monolito cúbico que aparece en la parte inferior izquierda es la representación del Genius loci. Mientras que ese conjunto flotante de rostros son los humanos que vivieron en ese lugar cuando era próspero y fértil. Y cuyas almas o espíritus se han petrificado, en una suerte de representación simbólica que parece indicar que no pueden abandonar ese lugar en el que han vivido. Aunque el hecho de que solo estén representadas las cabezas, me da a entender que quizá sean sus pensamientos y creencias las que embrujan ese lugar.

Das fensterkreuz (1953)

Esta pintura me resulta perturbadora. Me sugiere esclavitud, uniformidad, repetición. Esa hilera de humanos en la misma postura, avanzando hacia el fondo de la habitación, donde hay una especie de Cristo crucificado a trasluz, es inquietante. Parecen clones, humanos sin voluntad totalmente subyugados por la religión.

Pero, por otra parte, puede tener otra lectura: una hilera de hombres que marchan juntos para destruir ese símbolo cristiano, ya que uno de ellos lleva un martillo en la mano y presumiblemente el resto también. O también puede ser que solamente el último lleve el martillo, ya que su sombra es ligeramente distinta a la del resto. Una especie de héroe solitario y libertador, un pensador divergente en esa cadena uniforme. O quizá el martillo sea una alegoría del comunismo ateo, ya que fue pintada en los albores de la Guerra Fría.

Hasta aquí la entrada de hoy. Me parece un ejercicio imaginativo muy interesante, que os animo a que realicéis, no solo con estas tres pinturas, sino con cualquier obra de arte que os guste o que descubráis. Creo que es muy enriquecedor y además permite que os analicéis a vosotros mismos. Al final nuestras interpretaciones de una obra de arte, no dejan de ser reflejos de nuestro propio ser.

Espero que hayáis disfrutado con la entrada y ya sabéis que me encantará conocer vuestras propias interpretaciones de las pinturas en los comentarios. Un saludo.

 

La estrella sobre el bosque – Un relato de Stefan Zweig

El austriaco Stefan Zweig era todo un esteta, uno de esos que llevan el arte de la escritura a otro nivel y aunque a priori, los temas que trata en sus obras parecen ser mundanos, su estilo elegante y su manera de retratar las profundidades del alma humana, convierten su lectura en una experiencia sublime.

La estrella sobre el bosque es un buen ejemplo de todo esto, es un relato triste e intenso. Zweig, con pocas palabras nos hace sentir el amor irracional y platónico del protagonista. Nos mete bajo su piel y nos hace sentir su corazón palpitar desbocado en nuestro pecho. Vamos deslizándonos por la historia al ritmo impuesto precisamente por ese corazón, que se ha adueñado del protagonista, en el que la mente ya no rige, ya no tiene el control de sus actos.

El final; aunque desolador, tiene algo de justicia poética, algo de magia divina, como si un aciago Cupido hubiera disparado una flecha a última hora, para que ese dolor nacido del amor, pudiera ser transferido y compartido de alguna manera.

Pero no quiero divagar más, mejor os invito a que disfrutéis de la prosa de Zweig y de este relato que, por cierto, podéis encontrar también en la recopilación Sueños olvidados y otros relatos editado por Alba.

La estrella sobre el bosque

Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y, cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino. Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto.

Estos minutos fueron el comienzo de un estado de ensueño muy extraño y ferviente, de un sentimiento tan impetuoso y exaltado que apenas le corresponde el término grave y noble de amor. Era ese amor, de fidelidad canina y desprovisto de deseos, que los seres humanos generalmente no experimentan en la flor de su vida, que sólo sienten las personas muy jóvenes o muy ancianas. Un amor sin reflexión, que sólo sueña y no piensa. Olvidó por completo ese injusto y, sin embargo, inalterable desprecio que incluso personas inteligentes y circunspectas manifiestan hacia seres humanos que visten el frac de camarero; no especuló sobre posibilidades y casualidades, sino que aumentó en su sangre esa extraña inclinación hasta que su profundidad escapó a toda burla y crítica. Su ternura no era la de las miradas secretamente alusivas y al acecho, la temeridad de los gestos atrevidos que de repente se desata, la pasión sin sentido de labios sedientos y manos temblorosas; era una aplicación silenciosa, un prevalecer de aquellos pequeños servicios que son tanto más excelsos y sagrados en su modestia cuanto que permanecen a sabiendas ocultos. Después de la cena alisaba las arrugas del mantel delante de la silla de la condesa con dedos tan tiernos y dulces como quien acaricia las manos queridas y plácidas de una mujer; colocaba las cosas en su proximidad con simetría devota, como si las dispusiera para una fiesta. Con el mayor cuidado llevaba las copas que habían tocado sus labios a su estrecha y poco aireada buhardilla y de noche las dejaba relucir a la luz perlada de la luna como si fueran joyas preciosas. Constantemente era, desde cualquier rincón, el secreto observador de sus movimientos y actividades. Bebía sus palabras como quien paladea lascivamente un vino dulce y de perfume embriagador, y recogía las palabras y las órdenes ávido como los niños la rápida pelota en el juego. Así su alma embelesada introdujo en su pobre e indiferente vida un brillo cambiante y opulento. Nunca se le ocurrió la sabia necesidad de trasponer todo el episodio a las palabras frías y destructivas de la realidad de que el miserable camarero François amaba a una condesa exótica y eternamente inalcanzable. Porque él no la sentía como realidad, sino como algo excelso, muy lejano, que bastaba con su reflejo de la vida. Amaba el imperioso orgullo de sus órdenes, el ángulo dominante de sus cejas negras que casi se tocaban, el pliegue indómito alrededor de la boca fina, la gracia segura de sus gestos. La sumisión le parecía a François algo natural y sentía como dicha la proximidad humillante del servicio modesto, porque gracias a ella podía entrar tan a menudo en el círculo seductor que rodeaba a su amada.

Así despertó de repente en la vida de un hombre sencillo un sueño, como una flor de jardín noble y cuidadosamente criada, que florece en una carretera donde el polvo de los caminantes ahoga todos los brotes. Era el vértigo de un ser sencillo, un sueño embriagador y narcótico en medio de una vida fría y monótona. Y los sueños de seres como él son como barcas sin timón, que van a la deriva presas de una voluptuosidad fluctuante sobre aguas silenciosas y espejeantes, hasta que de pronto su quilla choca con una sacudida seca en una orilla desconocida.

La realidad, sin embargo, es más fuerte y sólida que todos los sueños. Una noche el corpulento portero procedente del Waadtland le dijo a François al pasar: «La Ostrovska se marcha mañana en el tren de las ocho». Y luego añadió otros nombres sin importancia que él apenas escuchó. Porque esas palabras se habían transformado en su cerebro en un confuso remolino tumultuoso. Varias veces se pasó los dedos mecánicamente por la frente afligida, como si quisiera apartar un sedimento pesado, que allí reposaba y obnubilaba la razón. Dio unos pasos titubeantes. Inseguro y atemorizado cruzó delante de un alto espejo de marco dorado, del que le salió al encuentro un rostro mortalmente pálido y extraño. Los pensamientos no acudían a su mente, estaban por así decir aprisionados tras un muro oscuro y nebuloso. Casi inconsciente, descendió, agarrándose a la balaustrada, la amplia escalera hacia el jardín sumido en sombras, en el que los altos pinos se erguían solitarios como pensamientos sombríos. Su silueta intranquila dio unos inciertos pasos más, como el vuelo bajo y tambaleante de un ave nocturna enorme y oscura, y por fin se dejó caer en un banco, apoyando la cabeza en su frío respaldo. El silencio era absoluto. A su espalda, entre los arbustos redondeados, relucía el mar. Luces suaves y trémulas chispeaban sobre su superficie, y en el silencio se perdía la monótona cantinela murmurante de lejanos rompientes.

Y de pronto todo estaba claro, muy claro. Tan dolorosamente claro que François casi sonrió. Todo había acabado, sencillamente. La condesa Ostrovska se marcha a casa y el camarero François queda atrás en su puesto. ¿Acaso era tan raro? ¿No se marchaban al cabo de dos, tres o cuatro semanas todos los extranjeros que venían? Qué tontería no haberlo pensado antes. Porque todo estaba tan claro como para reír o llorar. Y sus pensamientos bullían y bullían. Mañana por la noche, en el tren de las ocho en dirección a Varsovia. A Varsovia…, horas y horas a través de bosques y valles, a través de colinas y montañas, a través de estepas y ríos y dinámicas ciudades. ¡Varsovia! ¡Qué lejos quedaba! No podía siquiera imaginar, aunque sí sentir en lo más profundo, esa palabra orgullosa y amenazadora, dura y lejana: Varsovia. Y él…

Durante un segundo aleteó una pequeña y fantástica esperanza. Podía seguirla. Y buscar empleo allí como criado, escribiente, cochero, esclavo; estar allí en la calle como mendigo, todo menos estar tan horriblemente lejos; al menos respirar el aliento de la misma ciudad, verla quizá pasar, ver su sombra, al menos, su vestido y su cabello negro. Ya surgían precipitadas visiones. Pero el momento era duro e implacable. François vio lo inalcanzable desnudo y claro. Calculó: cien o doscientos francos ahorrados, en el mejor de los casos. No bastaban ni para la mitad del camino. Y entonces ¿qué? Como a través de un velo desgarrado vio de pronto su vida, presintió lo pobre, miserable y fea que indefectiblemente sería de ahora en adelante. Años vacíos ejerciendo su profesión de camarero, torturado por un insensato deseo, esa ridiculez iba a ser su futuro. Lo recorrió un escalofrío. Y de pronto todas las cadenas de pensamientos confluyeron arrebatadas e imparables. Había únicamente una posibilidad.

Las copas de los árboles se mecían en una brisa apenas perceptible. La noche oscura y negra se alzaba amenazadora ante él. Entonces se alzó, seguro y sereno, del banco y se dirigió por la grava crujiente hacia el gran edificio que dormía en blanco silencio. Debajo de una de sus ventanas hizo un alto. Estaba ciega y sin un signo brillante de luz en el que se hubiera podido encender el deseo soñador. Ahora su sangre circulaba con latidos tranquilos, y se alejó como alguien al que ya nada confunde y engaña. En su cuarto se echó sin agitación alguna sobre la cama y durmió con un sueño denso y sin imágenes hasta la señal matutina del despertar.

Al día siguiente, su comportamiento se ciñó por completo a los límites de la deliberación meticulosamente definida y de la calma forzada. Con fría indiferencia cumplió con sus obligaciones, y sus gestos tenían una seguridad tan absoluta y tan despreocupada, que nadie hubiera imaginado detrás de la máscara falaz la amarga decisión. Poco antes de la hora de la cena, acudió con sus pequeños ahorros a la floristería más selecta y compró flores exquisitas que en su espléndido colorido le sugerían palabras: tulipanes del color del oro fogoso, que eran como la pasión; crisantemos blancos de amplia corola, como sueños luminosos y exóticos; finas orquídeas, las imágenes estilizadas del deseo, y unas soberbias rosas embriagadoras. Y luego compró un valioso jarrón de cristal con destellos opalescentes. Los pocos francos que aún le quedaban se los regaló al pasar, con un gesto rápido y distraído, a un niño que pedía limosna. Luego volvió al hotel. Con solemnidad melancólica colocó el jarrón con las flores delante del cubierto de la condesa, que dispuso por última vez con voluptuoso y minucioso esmero.

Llegó el momento de la cena. François sirvió la mesa como siempre: reservado, silencioso y competente, sin alzar los ojos. Sólo al final envolvió la silueta cimbreante y orgullosa de la condesa con una mirada infinita, que ella no percibió. Nunca le había parecido tan bella como en esta mirada última y libre de todo deseo. Luego se apartó con serenidad de la mesa, sin gesto alguno de despedida, y abandonó la sala. Como un huésped ante el que se inclinan los criados, atravesó los pasillos y descendió la elegante escalera de recepción hasta la calle: era evidente que en ese momento dejaba atrás su pasado. Delante del hotel se detuvo un segundo, indeciso; entonces empezó a caminar, bordeando iluminadas villas y amplios jardines, siempre adelante como un paseante ensimismado, sin saber adónde se dirigía.

Así vagó inciertamente hasta el anochecer en un estado de enajenación ensoñada. Ya no pensaba más en las cosas. Ni en las pasadas ni en las inevitables. Ya no le daba vueltas a la idea de la muerte, como sin duda en los últimos momentos el suicida circunspecto sopesa en la mano el brillante y amenazador revólver de profundo ojo y lo vuelve a dejar en la mesa. Hacía tiempo que se había sentenciado a sí mismo. Por su mente sólo pasaban imágenes en raudo vuelo, como golondrinas de viaje. Primero, los días de la juventud hasta aquella fatal hora de clase cuando una estúpida aventura lo propulsó violentamente desde la perspectiva de un futuro prometedor a la confusión del mundo. Luego los viajes incesantes, las dificultades por el sueldo, los proyectos, una y otra vez fracasados, hasta que la gran oleada negra, que llamamos el destino, quebró su orgullo y lo dejó abandonado en un puesto indigno. Muchos recuerdos multicolores pasaron revoloteando por su mente. Por fin relució el suave reflejo de los últimos días en sus sueños despiertos; y de nuevo abrieron violentamente la oscura puerta de la realidad que debía traspasar. Recordó que deseaba morir en ese mismo día.

Durante un rato recapacitó sobre los muchos caminos que conducen a la muerte, y comparó su respectiva amargura y su definitiva prontitud. Hasta que lo traspasó un pensamiento. En su sombría cavilación se le ocurrió un funesto símbolo: así como la condesa había arrasado inconsciente y destructivamente su vida, así debía arrollar también su cuerpo. Ella misma lo llevaría a cabo. Ella misma consumaría su obra. Y ahora sus pensamientos se aceleraron con increíble seguridad. En algo menos de una hora, a las ocho, salía el expreso que la llevaba a su encuentro. Se arrojaría debajo de sus ruedas, se dejaría destrozar por la misma fuerza arrebatadora que le arrancaba a la mujer de sus sueños. Se desangraría debajo de sus pies. Los pensamientos galopaban y se perseguían jubilosos. François ya conocía el lugar. Más arriba, al borde del bosque, donde las copas frondosas de los árboles oscurecían la última vista sobre la cercana bahía. Miró el reloj: los segundos y los latidos de su sangre casi marcaban el mismo ritmo. Era hora de ponerse en camino. Y ahora, de repente, sus pasos cansinos se volvieron elásticos y decididos, con ese ritmo duro y precipitado que el sueño mata en su avance. Agitado se precipitó en el esplendoroso crepúsculo del anochecer meridional hacia el lugar en el que, entre lejanas colinas cubiertas de bosque, el cielo aparecía incrustado como una línea color púrpura. Y corrió hasta llegar a las vías del tren, que relucían como dos líneas plateadas y le mostraban el camino. Lo condujeron por una ruta sinuosa hacia la altura, a través de perfumados y profundos valles, cuyos velos de niebla atenuaban plateados la luz cansina de la luna; lo condujeron ascendiendo a las colinas, desde las que se veía lo lejos que el mar vasto y nocturno refulgía con sus brillantes luces costeras. Y le mostraron por fin el profundo bosque mecido por el inquieto viento, que sumergió las vías en las sombras que se cernían.

Ya era tarde cuando François llegó con respiración entrecortada a la ladera oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba, entre las copas transparentes, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna entre las ramas, que se quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron por completo en esa aprensiva soledad. François sólo esperaba, esperaba y miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente, asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren. Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse congelado.

Por fin brilló allá abajo la luz. En ese segundo François sintió una sacudida en el corazón, aunque no hubiera podido decir si de temor o de alegría. Con un movimiento impetuoso se tiró sobre las vías. Al principio sólo sintió un instante el agradable frío de los raíles de hierro en su sien. Luego aguzó el oído. El tren aún estaba lejos. Podía tardar algunos minutos. Ahora no se oía nada excepto el susurro de los árboles en el viento. Los pensamientos saltaban confusos. Y, de pronto, uno que permaneció clavado como una dolorosa flecha en su corazón: que él moría por ella y que ella nunca lo sabría. Que ni la más pequeña ola de su vida encrespada había tocado la de ella. Que ella nunca sabría que una vida ajena había venerado la suya y se había destrozado contra ella.

Apenas perceptible y muy lejano se oía jadear por el aire casi quieto el golpeteo rítmico de la máquina que remontaba la pendiente. Pero el pensamiento seguía quemando con igual fuerza y atormentaba los últimos minutos del moribundo. El tren se aproximaba más y más con su estrépito metálico. Y entonces François abrió una vez más los ojos. Sobre él se extendía un cielo mudo de un azul casi negro y las copas intranquilas de unos árboles. Y sobre el bosque resplandecía una estrella blanca. Una estrella solitaria sobre el bosque… Los raíles empezaron a vibrar suavemente y a zumbar bajo su cabeza. Pero el pensamiento ardía como fuego en su corazón y en la mirada que abarcaba toda la intensidad y la desesperación de su amor. Todo el deseo y esta última dolorosa pregunta se volcaron en la estrella blanca y reluciente, que miraba benignamente sobre él. El tren se aproximaba más y más. Y el moribundo envolvió una vez más con una última e inefable mirada la estrella sobre el bosque. Luego cerró los ojos. Los raíles temblaron y vibraron, la marcha estrepitosa del presuroso tren se acercaba más y más y el bosque resonaba como grandes y martilleantes campanas. La tierra pareció tambalearse. Aún un aturdidor chirrido, un estruendo arremolinado, luego un estridente pitido, el grito de animal asustado del silbato del tren y la queja disonante de un freno inútil.

La bella condesa Ostrovska ocupaba en el tren un compartimiento reservado. Desde el inicio del viaje leía una novela francesa, mecida suavemente por el balanceo del vagón. El aire del estrecho habitáculo era sofocante y estaba cargado del denso perfume de muchas flores a punto de marchitarse. En las magníficas cestas de despedida los racimos de lilas blancas ya dejaban caer la cabeza, cansinas como frutas excesivamente maduras, las flores colgaban flácidas de sus tallos, y los cálices pesados y dilatados de las rosas parecían consumirse en la nube caliente de los aromas embriagadores. Un atosigante bochorno calentaba las pesadas oleadas de perfume, suspendidas perezosas incluso en la presteza acelerada del tren.

De pronto, la condesa dejó caer el libro con dedos fatigados. Ni ella misma sabía por qué. Una sensación misteriosa la invadió. Sintió una presión sorda y dolorosa. Un dolor repentino, inexplicable y angustioso se apoderó de su corazón. Creyó que iba a asfixiarse en el vaho turbador y cálido de las flores. Y ese aterrador dolor no cedía, sentía cada vibración de las ruedas veloces, la ciega marcha hacia delante la martirizaba indeciblemente. La asaltó un deseo fulminante de parar el impulso acelerado del tren, de detenerlo ante el oscuro dolor hacia el que se precipitaba. Nunca en su vida había sentido su corazón atenazado por algo tan horrible, invisible y cruel como en esos segundos de dolor inconcebible y miedo inexplicable. Y esa sensación se hizo más y más acuciante, y más apretada la presión alrededor de su garganta. Como una plegaria surgió en ella el deseo de que el tren parara.

Ahí, de repente, un estridente silbato, el grito salvaje de aviso del tren y el quejido de los frenos con su lamentable chirrido. Y el ritmo ralentizado de las ruedas aladas, más y más lento, luego un tartamudeo mecánico y un golpe brusco.

Con dificultad se acercó a la ventanilla para aspirar a bocanadas el aire fresco. El cristal descendió ruidosamente. Afuera siluetas negras, corriendo… Palabras al vuelo de múltiples voces: un suicida… Bajo las ruedas… Muerto… En pleno campo…

La condesa se estremece. Instintivamente su mirada se alza hacia el cielo alto y silencioso y hacia los árboles negros mecidos por el viento. Y sobre ellos una estrella solitaria sobre el bosque. La condesa siente su mirada como una lágrima refulgente. La contempla y de pronto siente una tristeza como nunca la ha sentido. Una tristeza llena de fuego y deseo, como nunca existió en su vida…

El tren reanuda lentamente su marcha. La condesa se reclina en la esquina de su butaca y lágrimas silenciosas se deslizan por sus mejillas. La angustia sorda ha desaparecido, ya sólo siente un profundo y extraño dolor, cuyo origen busca explicarse en vano. Un dolor como el que tienen los niños asustados, cuando despiertan en la noche oscura e impenetrable y sienten que están por completo solos…

Stefan Zweig.

“Der Stern über dem Walde”, 1904.

 

La muerte viaja a caballo – Un cuento de Ednodio Quintero

Ednodio Quintero es uno de esos escritores “secretos” que poca gente conoce fuera de su país natal. Uno de esos que se mantienen trabajando y creando incansablemente en la periferia de los focos mediáticos, lejos de cualquier influencia mainstream, pero que rezuma calidad e inventiva por cada poro de su obra. Novelista, ensayista, traductor, fotógrafo, profesor y japonólogo. El trujillano es un maestro del cuento, donde mezcla la realidad con lo onírico y lo fantástico. Y lo hace de una manera magistral, ya que en algunas de sus narraciones, la realidad se distorsiona de tal manera, que no podemos estar seguros de si es una incursión de lo extraño, un estado alterado de conciencia o un desdoblamiento de la personalidad. Sus personajes parecen vivir esas situaciones extrañas con naturalidad, como aceptando que eso puede suceder realmente, lo que lo hace aún más inquietante, puesto que a veces la realidad parece imaginada y a veces lo imaginado parece ser la realidad. Es difícil saber dónde esta la linea que las separa. Muchas de sus ficciones se enmarcan en su tierra natal, concretamente en la región de Los Andes venezolanos. Lugares que proyectan toda la fuerza telúrica de la naturaleza virgen y la dureza de los habitantes de esas zonas rurales. La prosa de Quintero es sublime y muy fluida, lo que convierte su lectura en todo un deleite. Da gusto leer a un autor que escribe tan bien, que domina tanto el lenguaje y sobre todo, que tenga una imaginación tan salvaje y un estilo tan propio, como el que tiene este venezolano. Creedme, está a la altura de autores mucho más famosos y consagrados, vale la pena acercarse a sus obras.

Se me ha ocurrido, que siendo hoy el Día del Libro, qué mejor que celebrarlo dándolo a conocer. Reconozco que yo lo he descubierto hace poco, gracias a una recopilación de la siempre interesante editorial Atalanta, titulada: Cuentos Salvajes. Uno de los primeros relatos de este volumen (que contiene toda su narrativa breve), es el que os presento hoy: La muerte viaja a caballo. Un cuento breve y genial, del que no voy a comentar nada para no estropearos la lectura. Solo diré que a veces se puede decir mucho con muy pocas palabras, cosa difícil de hacer en una lengua como la española que se presta tanto a la divagación, debido a la riqueza de su vocabulario y a que los hispanohablantes necesitamos usar muchas palabras para expresar ideas, cosa que no ocurre en otros idiomas.

Espero que lo disfrutéis y feliz Día del Libro.

“Death on a Pale Horse” (1908) de Albert Pinkham Ryder, Cleveland Museum of Art.

La muerte viaja a caballo

Al atardecer, sentado en la silla de cuero de becerro, el abuelo creyó ver una extraña figura, oscura, frágil y alada volando en dirección al sol. Aquel presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levantó con calma y entró a la sala. Y con un gesto firme, en el que se adivinaba, sin embargo, cierta resignación, descolgó la escopeta.

A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al río, avanzaba la muerte en un frenético y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador, reconoció la silueta del enemigo. Se atrincheró detrás de la ventana, aprontó el arma y clavó la mirada en el corazón de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la línea imaginaria del patio. Y el abuelo, que había aguardado desde siempre ese momento, disparó. El caballo se paró en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abrió los brazos, se dobló sobre sí mismo y cayó a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.

La detonación interrumpió nuestras tareas cotidianas, resonó en el viento cubriendo de zozobra nuestros corazones. Salimos al patio y, como si hubiéramos establecido un acuerdo previo, en semicírculo­ rodeamos al caído. Mi tío se desprendió del grupo, se despojó del sombrero, e inclinado sobre el cuerpo aún caliente de aquel desconocido, lo volteó de cara al cielo. Entonces vimos, alumbrado por los reflejos ceniza del atardecer, el rostro sereno y sin vida del abuelo.

– Ednodio Quintero.
La muerte viaja a caballo” (1974).

 

La resucitada – Un relato de Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán casi no necesita presentación, es una de las grandes escritoras que han dado las letras hispanas. Poseedora de una mente privilegiada, fue toda una revolucionaria para su época, reivindicando y defendiendo los derechos de las mujeres y la igualdad. Además de novelista, fue poetisa, ensayista, periodista, crítica literaria, profesora de universidad y dramaturga. Autora de novelas como La madre naturaleza, La tribuna, Insolación, El saludo de las brujas o su obra maestra: Los pazos de Ulloa. Su estilo fue variando del realismo de las primeras obras al simbolismo, pasando por el naturalismo (del que fue impulsora en España) y el espiritualismo literario.

Rica de cuna, ya que provenía de una familia de la aristocracia gallega, la condesa de Pardo Bazán tuvo una educación privilegiada y fue una viajera incansable. El sexismo reinante y su posición feminista le acarrearon no pocos problemas a lo largo de su vida, uno de ellos, el rechazo por tres veces de su candidatura a la Real Academia Española. Además su ensayo titulado La cuestión palpitante, le costó el matrimonio, ya que su marido, horrorizado por el revuelo que había montado en los estamentos religioso y político, le pidió que se retractara y dejara de escribir, a lo que Pardo Bazán se negó. Estás situaciones y alguna más, provocaron que en su día declarara, no sin razón: “Si en mi tarjeta pusiera Emilio, en lugar de Emilia, que distinta habría sido mi vida”. A pesar de ello, llegó a ser la primera mujer presidenta de la sección de literatura del Ateneo de Madrid y nombrada consejera de Instrucción Pública por el rey Alfonso XIII. Admiradora de Zola y Tolstoi, estuvo muy influenciada por ambos en distintas etapas de su carrera. Persona de gran actividad social, cultivó amistades como Unamuno, Sorolla, Cánovas, Carvajal y sobre todo con Benito Pérez Galdós, amistad que con el tiempo desembocaría en un apasionado romance.

Su producción cuentística fue impresionante: más de 650 cuentos publicados en diversos periódicos y revistas de la época, muchos de ellos de gran factura, acabaron recopilados en varios volúmenes. En sus relatos Pardo Bazán trató temas históricos, realistas, policiacos, feministas, intimistas o la violencia ejercida sobre las mujeres. También escribió relatos fantásticos, de misterio y de terror, como el que os presento hoy.

La resucitada apareció en el diario El imparcial en junio de 1908, para más tarde ser incluido en el volumen Cuentos trágicos, publicado en 1912. A mi entender el tema del cuento: la muerta que vuelve de la tumba, está de alguna manera influenciado por Poe y su relato Ligeia. Solo que el enfoque de la escritora gallega es diametralmente opuesto, pero no por ello menos efectivo y macabro.

La resucitada

Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.

Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía -como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios…, y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.

Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar el amanecer en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena… Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.

Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó… Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.

Diez pasos hasta su morada… El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. «¿Esta casa es mi casa, en efecto?», pensó, al secundar al aldabonazo firme… Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:

-¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?

-Abre, Pedralvar, por tu vida… ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!… ¡Abre presto!…

-Váyase enhoramala el borracho… ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!…

-Soy doña Dorotea… Abre… ¿No me conoces en el habla?

Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió al través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito…

Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea -ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal-, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto… De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, de once años; don Félix de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban… ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre… Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.

Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos le huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan… Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo con que se huye de una maldita aparición…

Por su parte, el esposo -guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla-, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura… En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.

-De donde tú has vuelto no se vuelve…

Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla de Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie…

– Emilia Pardo Bazán.

La resucitada” (1908).