El horror del túmulo – Un relato de Robert E. Howard

Aprovechando que es Halloween, Samhain, Gau Beltza, Víspera de Todos los Santos o como queráis llamarlo y que en esta época se estila pasar miedo, se me ha ocurrido contribuir a ello con un poco de terror. Hoy os traigo un relato del gran escritor de pulps: Robert E. Howard. A muchos no os sonará su nombre, pero este tipo fue el creador de Conan el Bárbaro y Solomon Kane entre otros personajes. De fértil imaginación y corta vida, pues se suicidó a los 30 años, Howard escribió cientos de relatos de temáticas variadas que van desde el género fantástico al Western, además de aventuras, terror, misterio y ciencia ficción. Durante varios años fue una de las estrellas indiscutibles de la revista Weird Tales, junto con H. P. Lovecraft, Clark Ashton Smith y Seabury Quinn.

No me voy a extender mucho con su biografía, ya que estoy preparando una entrada más exhaustiva sobre su vida y obra. Aunque sí os diré que este relato ambientado en Texas, es uno de mis favoritos, ya que mezcla dos géneros que me apasionan: el Western y el terror. Una historia en la que encontramos viejas supersticiones, misterio, conquistadores españoles y sobre todo, mucho terror.

Así que sin más preámbulos os dejo con El horror del túmulo.

Espero que paséis un mal rato leyéndolo.

El horror del túmulo

Steve Brill no creía en fantasmas ni en demonios. Juan López sí. Pero ni la precaución de uno ni el obstinado escepticismo del otro pudieron protegerlos contra el horror que recayó sobre ellos… un horror olvidado por los hombres durante más de trescientos años, un monstruoso horror que procedente de épocas oscuras había resucitado.
Sin embargo, mientras Steve Brill se hallaba sentado en su desvencijado porche aquella última noche, sus pensamientos estaban tan alejados de extrañas amenazas como los pensamientos de cualquier hombre puedan estarlo. Los suyos eran pensamientos amargos pero materialistas. Miró sus tierras y luego blasfemó en voz alta. Brill era alto, delgado y tan duro como la piel de unas botas… un digno descendiente de los pioneros de cuerpos acerados que arrebataron a la tierra virgen el oeste de Texas. Estaba tostado por el sol y era fuerte como un novillo de cuerno largo. Sus delgadas piernas y las botas que las sostenían delataban sus instintos de vaquero, y ahora se maldecía a sí mismo por haber bajado de los lomos de su gruñón potro mesteño y haber dedicado su tiempo a sacar adelante una granja. El no era granjero, admitió el joven vaquero maldiciéndose una vez más.
Sin embargo, su fracaso no había sido totalmente culpa suya. Lluvia abundante en el invierno, tan escasa en el oeste texano, había creado fundadas esperanzas de buenas cosechas. Pero, como de costumbre, algo sucedió. Una helada tardía echó a perder toda la fruta. El grano que había prosperado tanto estaba ahora abierto, descascarillado y aplastado en el suelo tras una terrible granizada justo cuando ya estaba amarilleando. Un periodo de intensa sequía, seguido de otro granizo, acabó con el maíz.
Luego el algodón, que a duras penas había sobrevivido, sufrió una plaga de saltamontes que vació el campo de Brill de un día para otro. Así que Brill estaba sentado y jurando que no renovaría el arrendamiento, y daba las gracias fervientemente por no ser el propietario de aquella tierra en la que había malgastado su sudor, y por que hubiera todavía anchas cordilleras ondulantes hacia el Oeste en las que un hombre joven podía ganarse la vida cabalgando y echando el lazo.
En ese momento, allí sentado y descorazonado, vio que se acercaba una figura. Era su vecino más próximo, Juan López, un viejo mexicano taciturno que vivía en una cabaña al otro lado de la colina y el riachuelo, y que trabajaba por cuenta ajena como labriego para ganarse la vida. Últimamente había estado labrando una franja de tierra de una granja cercana, y al regresar a su choza solía cruzar una esquina de los pastos de Brill.
Brill observó ociosamente cómo subía por la cerca de alambre de espino y caminaba penosamente por el camino que él mismo había marcado con el uso chafando las yerbas ya resecas. Llevaba haciendo ese trabajo más de un mes, talando duros y nudosos mezquites y desenterrando las increíblemente largas raíces, y sabía que su vecino siempre tomaba el mismo camino a casa. Y al mirarlo, Brill se percató del largo rodeo que daba por un lado, como si evitara pasar cerca de un montículo que sobresalía por encima de los pastos. López vadeó ampliamente esa loma y Brill recordó que el viejo mexicano siempre lo rodeaba manteniéndose a cierta distancia. Y entonces otro pensamiento se apoderó de la mente de Brill… López siempre aceleraba el paso cuando pasaba más cerca del promontorio, y siempre se aseguraba de cruzarlo antes de la puesta de sol… Sin embargo, los trabajadores mexicanos normalmente trabajaban desde la primera luz de la mañana hasta el último resplandor del crepúsculo, especialmente en estos trabajos de campo, en los que cobraban por acre trabajado y no por jornada. La curiosidad de Brill aumentó.
Se levantó y, bajando lentamente el suave repecho en el que se elevaba su cabaña, detuvo al mexicano que avanzaba lentamente.
—¡Eh, López, espera un minuto!
López se detuvo; miró a su alrededor y se quedó inmóvil, pero sin mostrar entusiasmo alguno mientras el hombre blanco se aproximaba.
—López —dijo Brill perezosamente—, ya sé que no es asunto mío, pero sólo quería preguntarte… ¿por qué siempre bordeas a tanta distancia aquel viejo túmulo indio?
—No entiende —gruñó López secamente.
—Mentiroso —respondió Brill cordialmente—. Y tanto que entiendes; hablas inglés tan bien como yo. ¿Qué ocurre?… ¡Piensas que esa colina está embrujada o algo parecido!
Brill podía hablar español, y leerlo también, pero como la mayoría de los anglosajones prefería hablar su propio idioma.
López se encogió de hombros.
—No es un buen sitio, no bueno —farfulló, evitando la mirada de Brill—. Dejemos en paz las cosas ocultas.
—Supongo que tienes miedo a los fantasmas —bromeó Brill—. ¡Diantre, si aquello es un túmulo indio, esos indios han estado muertos desde hace tanto tiempo que sus fantasmas ya deben de haberse desgastado!
Brill sabía que los mexicanos analfabetos miraban con aversión supersticiosa los túmulos que hay esparcidos profusamente en el suroeste como vestigios de épocas pasadas y olvidadas, y que contenían los huesos mohosos de jefes y guerreros de una raza perdida.
—Mejor no remover lo que hay escondido bajo tierra —gruñó López.
—Tonterías —dijo Brill—. Algunos de los chicos y yo asaltamos uno de aquellos sepulcros allá en el condado de Palo Pinto y desenterramos huesos de un esqueleto, además de collares y flechas de sílex y cosas similares. Guardé algunos de los dientes durante mucho tiempo, hasta que los perdí, y nunca se me ha aparecido fantasma alguno.
—¿Indios? —bramó López súbitamente—. ¿Quién ha hablado de indios? Ha habido más que indios en este país. En la Antigüedad, aquí sucedieron cosas muy extrañas. He oído las historias de mi gente, que han pasado de generación en generación. Y mi gente había vivido aquí mucho antes que la suya, señor Brill.
—Sí, tienes razón —admitió Steve—. Los primeros hombres blancos que poblaron este país fueron los españoles, por supuesto. Coronado pasó no muy lejos de aquí, según he oído, y la expedición de Hernando de Estrada atravesó aquellas tierras de allá, hace no sé cuánto tiempo.
—En 1545 —dijo López—. Acamparon más allá, donde ahora está su corral.
Brill se giró para echar una ojeada a su corral vallado con raíles, habitado ahora por su caballo de montar, un par de jamelgos para las labores y una vaca esquelética.
—¿Cómo es que sabes tanto de eso? —preguntó con curiosidad.
—Uno de mis antepasados acompañaba a De Estrada —respondió López—. Un soldado: Porfirio López. El le habló a su hijo de aquella expedición, y el hijo a su hijo, y así unos a otros siguiendo la línea familiar hasta llegar a mí, pero yo no tengo hijos a los que contar la historia.
—No sabía que estuvieras tan bien relacionado —dijo Brill—. Quizás sepas algo sobre el oro que se suponía que De Estrada había escondido por aquí, en algún lugar.
—No había oro —bramó López—. Los soldados de De Estrada sólo llevaban sus armas, y tuvieron que abrirse camino luchando en un país hostil… muchos de sus huesos quedaron por el camino. Más tarde, muchos años después, una caravana de mulas de Santa Fe fue atacada por comanches a no mucha distancia de aquí, y los atacados escondieron el oro y escaparon; por eso las leyendas se confunden. Pero ni tan siquiera ese oro está allí ahora, porque unos gringos cazadores de búfalos lo encontraron y desenterraron.
Bill asentía abstraído, casi sin prestar atención. De todo el continente de Norteamérica no hay ninguna zona tan azotada por historias de tesoros perdidos o enterrados como el suroeste. Innumerables riquezas transitaron de un lado a otro a través de las colinas y llanuras de Texas y Nuevo México en los viejos tiempos, cuando España era propietaria de las minas de oro y plata del Nuevo Mundo y controlaba el comercio de pieles del Oeste, y aún sobreviven algunos ecos de aquella riqueza en las historias de alijos de oro. Un sueño similar, originado por el fracaso y la apremiante pobreza, vagaba ahora en la mente de Brill.
—Bueno, de todas formas, no tengo nada más que hacer —dijo en voz alta—, y creo que hurgaré en ese viejo túmulo a ver qué encuentro.
La reacción de López por ese simple comentario fue de lo más sobrecogedora.

Retrocedió y su moreno rostro se tornó color ceniza; los negros ojos brillaron y lanzó los brazos hacia arriba a modo de intenso desacuerdo.
—¡Dios, no! —gritó—. ¡No haga eso, señor Brill! Hay una maldición… mi abuelo me lo contó.
—¿Qué te contó? —preguntó Brill.
López se calló en un hosco silencio.
—No puedo hablar —murmuró—. Juré permanecer en silencio. Sólo a un primogénito varón podría abrir mi corazón. Pero créame cuando le digo que sería mejor que le rebanasen el pescuezo a que profanara aquel túmulo maldito.
—Bueno —dijo Brill harto de supersticiones mexicanas—, si es tan peligroso, ¿por qué no me lo cuentas? Dame una razón lógica por la que no debiera destriparlo.
—¡No puedo hablar! —gritó el mexicano desesperadamente—. ¡Lo sé!… pero juré silencio sobre la Santa Cruz, igual que lo juraron todos los miembros de mi familia. ¡Es algo tan oscuro, es una maldición demasiado peligrosa incluso para hablar de ella! Si se lo contase, haría que su alma explotara escapándose de su cuerpo. Pero lo he jurado… y no tengo primogénito, así que mis labios estás sellados para siempre.
—Oh, bueno —dijo Brill sarcásticamente—, ¿por qué no lo escribes entonces?
López dio un respingo, le miró y, para sorpresa de Steve, se mostró entusiasmado con la propuesta.
—¡Lo haré! Gracias a Dios, el buen sacerdote me enseñó a escribir cuando era niño. Mi juramento no decía nada de escribir. Juré no contarlo, pero escribiré todo para usted si jura que no lo contará a nadie después, y que destruirá el papel en cuanto lo haya leído.
—Claro que lo haré —dijo Brill para congraciarse, y el viejo mexicano pareció más aliviado.
—¡Bueno! Iré inmediatamente a escribirlo. ¡Mañana, cuando vaya a trabajar, le traeré el papel y entenderá por qué nadie debe abrir aquella tumba maldita!
Y López se alejó a toda prisa por el camino, con los hombros encogidos balanceándose de un lado al otro por el esfuerzo de tan inusual velocidad en él. Steve sonrió al ver cómo se alejaba, se encogió de hombros y giró en redondo dirigiéndose a su propia cabaña. Luego se detuvo y observó de nuevo el bajo promontorio con los bordes cubiertos de hierba. Debía de ser una tumba india, concluyó, por su simetría y similitud con los otros túmulos indios que había visto. Frunció el entrecejo intentando imaginar alguna posible conexión entre el misterioso montículo y el antecesor marcial de Juan López.
Brill observó la figura del viejo mexicano a lo lejos. Un valle plano, cortado por un riachuelo medio seco y rodeado de árboles y matorrales, separaba los pastos de Brill de la colina de suave pendiente tras la cual se hallaba la cabaña de López. El viejo mexicano desapareció al fin entre los árboles que bordeaban la ribera del río, y Brill tomó una súbita decisión.

Subió a toda prisa el suave repecho que llevaba a su casa, y tomó un pico y una pala del cobertizo de las herramientas que había construido en la parte trasera de la cabaña. El sol aún no se había puesto y Brill pensó que podría abrir el túmulo lo suficiente como para determinar su naturaleza antes de que anocheciese. En caso contrario, podía trabajar a la luz de un quinqué. Steve, como la mayoría de los de su raza, actuaba principalmente por impulsos, y su actual desvelo era destripar aquel misterioso promontorio y averiguar qué escondía dentro, si es que escondía algo. La idea de un tesoro retornó a su mente, avivada por la actitud evasiva de López.
¿Qué ocurriría si, después de todo, aquel bulto de tierra marrón recubierto de hierba escondiese riquezas… mineral virgen de minas olvidadas, o monedas acuñadas de la vieja España? ¿No era posible que los hombres de De Estrada hubiesen construido aquel promontorio sobre un tesoro que no pudieron llevarse con ellos, haciéndolo parecer un túmulo indio para engañar a los que intentaran encontrarlo? ¿Sabía eso el viejo López? No sería de extrañar que, a sabiendas de que el tesoro seguía allí, el viejo mexicano se abstuviese de profanarlo. Guiado por lúgubres miedos y supersticiones, podría perfectamente preferir una vida de árido trabajo que arriesgarse a la ira de los fantasmas o demonios que merodeaban… y es que los mexicanos dicen que el oro escondido siempre está maldito, y sin duda supondrían que había un funesto destino agazapado bajo este túmulo. Bueno, reflexionó Brill, los demonios de los indígenas latinos no causan terror alguno a los anglosajones; éstos más bien son atormentados por demonios de sequías, y tormentas y cosechas malogradas.
Steve se dispuso a trabajar con la salvaje energía característica de su raza. La tarea no era sencilla; la tierra, cocida bajo el sol fiero, era dura como el acero y estaba mezclada con rocas y gravilla. Brill sudaba abundantemente y gruñía con cada esfuerzo, pero el fuego del cazador de tesoros se había apoderado de él. Se sacudía el sudor de los ojos y hundía el pico con poderosos golpes que rompían y resquebrajaban la tierra compacta.
El sol se puso, y a la larga y ensoñadora luz del crepúsculo de verano siguió trabajando, olvidándose casi por completo del tiempo y el espacio. Empezó a convencerse de que el túmulo era una tumba india genuina cuando encontró rastros de carbón en el suelo. Los hombres de la Antigüedad que levantaron estos sepulcros mantenían hogueras durante días en alguna fase de su construcción. Todos los túmulos que Steve había abierto contenían una capa sólida de carbón cerca de la superficie. Pero los restos de carbón que encontró en esta ocasión estaban muy quebrados y esparcidos por el suelo.
Su idea de un tesoro oculto español se difuminó ligeramente, pero persistió. ¿Quién sabe? Quizás aquellas extrañas gentes, ahora llamadas Constructores de Túmulos, tenían sus propios tesoros que enterraban junto a los muertos.
En ese momento el pico de Steve golpeó sobre un trozo de metal y gritó exultante. Lo cogió y lo sostuvo en alto cerca de los ojos, aguzando la vista a la luz cada vez más débil. Estaba manchado y corroído con óxido, tan fino por el desgaste como un papel, pero supo enseguida de qué se trataba: la roseta de una espuela, sin duda de origen español, con sus crueles y largas puntas. En ese momento se paró en seco, completamente anonadado. Ningún español había levantado ese túmulo, pues había marcas innegables de construcción indígena. Sin embargo, ¿cómo es que había una reliquia de caballeros españoles escondida profundamente bajo el suelo compacto?

Brill sacudió la cabeza y reanudó el trabajo. Sabía que en el centro del túmulo, si realmente era una tumba indígena, encontraría una cámara estrecha construida con pesadas piedras que contendría los huesos del jefe por el que se había construido la tumba y las víctimas sacrificadas sobre él. Y en la creciente oscuridad notó que su pico golpeaba fuertemente contra una superficie impenetrable de algo parecido al granito. Tras palpar con la mano y mirar por el agujero excavado, comprobó que se trataba de un bloque sólido de piedra, toscamente tallado. Sin duda era uno de los extremos de la cámara mortuoria. Era inútil intentar romperlo, de modo que desconchó y picó la superficie, retirando la suciedad y los guijarros de las esquinas, hasta que comprobó que lo único que se podía hacer para levantarlo era hundir el pico por debajo y hacer palanca.
Pero ahora repentinamente fue consciente de que ya había caído la noche. Bajo la luna nueva los objetos se veían borrosos y misteriosos. Su potro mesteño relinchó en el corral, de donde llegaba el reconfortante crujir de mandíbulas de las cansadas bestias masticando maíz. Un chotacabras cantó lúgubremente desde las oscuras sombras del angosto y serpenteante riachuelo. Brill se enderezó de mala gana. Sería mejor coger un quinqué y continuar su exploración con luz.
Se tocó los bolsillos barajando la idea de quitar la piedra y explorar la cavidad a la luz de las cerillas. Luego se tensó. ¿Era su imaginación o acababa de oír un débil y siniestro crujido que parecía provenir de detrás del bloque de piedra? ¡Serpientes! Sin duda había agujeros en algún extremo de la base del túmulo, de modo que no sería raro que se cobijaran allí una docena de serpientes de cascabel de lomo de diamante enroscadas en aquella cámara con apariencia de cueva, esperando que introdujera las manos entre ellas. Tembló ligeramente ante la idea y salió rápidamente del hoyo que había cavado.
Desde luego, no era una buena idea hurgar a ciegas dentro de agujeros. Y durante los últimos minutos, ahora se daba cuenta, había estado percibiendo un tenue olor que salía de entre los intersticios que había alrededor del bloque de piedra, aunque admitió que podría tratarse del hedor típico de reptiles o de cualquier otro hedor amenazante. Olía ligeramente a osario, y a gases acumulados en la cámara de los muertos, sin duda peligrosos para los vivos.
Steve dejó el pico y regresó a la casa, impaciente por la obligada interrupción. Al entrar en el edificio a oscuras, encendió una cerilla y localizó el quinqué de queroseno que colgaba de un clavo en la pared. Sacudiéndolo, comprobó que estaba casi lleno de aceite de carbón, y lo encendió. A continuación volvió a salir hacia la tumba; la excitación no le permitía pararse ni tan siquiera a tomar un bocado. El hecho en sí de abrir y profanar el túmulo le intrigaba, como intrigaría a cualquier hombre con imaginación, y el descubrimiento de la espuela española había estimulado su curiosidad.

Salió a toda prisa de la cabaña, y el oscilante quinqué reflejaba largas y distorsionadas sombras frente a él y a sus espaldas. Se rió imaginándose los pensamientos y acciones de López cuando se enterase por la mañana de que su túmulo prohibido había sido profanado. Hacía bien en abrirlo esa noche, reflexionó Brill. López podría incluso haber intentado detenerle para que no lo abriese, si es que conocía su secreto.

En el ensoñador sosiego de la noche veraniega, Brill llegó al túmulo… levantó el quinqué… y maldijo estupefacto. El quinqué iluminó el hoyo excavado, las herramientas esparcidas por el suelo, donde las había dejado… ¡y una gran abertura negra! El enorme bloque de piedra estaba al fondo del hoyo que había excavado, como si hubiera sido apartado descuidadamente a un lado. Adelantó el quinqué con cautela y echó un vistazo a la pequeña cámara con aspecto de cueva, esperando descubrir algo. Pero allí sólo estaban las paredes en piedra viva de la celda estrecha y alargada, lo suficientemente grande para alojar el cuerpo de un hombre, y que aparentemente había sido construida con bloques toscamente tallados pero ingeniosa y sólidamente ensamblados.
—¡López! —exclamó Steve furioso—. ¡Sucio coyote! Seguro que ha estado espiándome mientras trabajaba… y cuando fui a por el quinqué se coló aquí, movió la roca y agarró todo lo que había ahí dentro… ¡Maldita sea su sombra, le daré su merecido!
Airado, apagó el quinqué y escudriñó a través del valle recubierto de yerbajos. Y mientras estaba allí mirando, algo le hizo ponerse en tensión. Una sombra se movía en un extremo de la colina que ocultaba la cabaña de López. La delgada luna se estaba poniendo y la débil luz y el efecto de las sombras eran desconcertantes. Pero los ojos de Steve estaban afinados por el sol y los vientos de los desiertos, y sabía que lo que desaparecía por la suave pendiente de la colina de mezquites era una criatura de dos piernas.
—Ahí va corriendo que se las pela a su cabaña —gruñó Brill—. Seguro que se ha hecho con algo de valor, o no estaría moviéndose a esa velocidad.
Brill tragó saliva, preguntándose por qué se había apoderado de él un extraño temblequeo. ¿Qué había de inusual en un viejo mexicano ladrón corriendo a casa con su botín? Intentó reprimir la sensación de que había algo peculiar en el modo de andar de la sombría silueta, que le había parecido que se movía con rápido paso furtivo. Vaya, el viejo y fornido Juan López debía de tener mucha necesidad de moverse rápido para ir a un ritmo tan extraño.
—Sea lo que sea que haya encontrado es tan mío como suyo —maldijo Brill, intentando alejar su mente la extraña manera de huir de la criatura—. Me arrendaron estas tierras y encima he hecho la mayor parte del trabajo cavando. ¡Maldita sea, diablos! No me extraña que me contase todas esas historias. Quería que dejase el túmulo tranquilo para poder quedárselo él. Es extraño que no lo hubiera desenterrado mucho antes. Pero uno nunca sabe cuando se trata de mexicanos.

Mientras reflexionaba sobre todo esto, Brill bajaba a zancadas la suave pendiente del prado en dirección al riachuelo. Se adentró en las sombras de los árboles y densos arbustos y cruzó el seco cauce del riachuelo, percatándose vagamente de que no se oía ni al chotacabras ni a la lechuza en la oscuridad. Había una expectante y vigilante tensión en la noche que no le hacía ninguna gracia. Las sombras en el cauce del riachuelo parecían demasiado densas, demasiado aterradoras. En ese momento deseó no haber apagado el quinqué, que aún llevaba con él, y se alegró de haber traído el pico, que sujetaba como un hacha de guerra en la mano derecha. Sintió el impulso de ponerse a silbar para romper el silencio, pero luego blasfemó y desechó la idea. Sin embargo se alegró aliviado cuando subió la ribera al otro lado del cauce y volvió a emerger bajo la luz de las estrellas.
Rebasó la cima y miró abajo, donde estaba la escuálida choza de López. Se veía una luz en una de las ventanas.
—Recogiendo el equipaje para largarse, supongo —gruñó Steve—. Oh, qué demonios…
En ese momento se tambaleó como si hubiera recibido un impacto físico al escuchar un terrorífico alarido rasgando la quietud. Deseó taparse las orejas con las manos para acallar el horror de aquel grito, que se elevó insoportablemente hasta quedar reducido finalmente a un abominable gorgoteo.
—¡Dios mío! —Steve sintió que le empapaba un sudor frío—. López… o alguien…
Incluso en el momento de pronunciar estas palabras bajaba corriendo por la colina tan rápido como sus largas piernas le permitían. Algún terror impronunciable se estaba desatando en aquella solitaria caseta, pero él iba a averiguarlo aunque significase enfrentarse con el mismísimo Diablo. Aferró con más fuerza el mango del pico y corrió.
Forajidos errantes, que tal vez estaban asesinando al viejo López por el botín que había cogido del túmulo, pensó Steve, y en ese momento olvidó toda su ira. Lo iba a pasar mal quien estuviera asaltando al viejo sinvergüenza, por muy ladrón que éste fuera.
Saltó sobre el llano, corriendo con todas sus fuerzas… y entonces la luz de la cabaña se apagó y Steve se tambaleó pasmado en plena carrera, chocándose contra un mezquite con tal fuerza que le hizo escupir un gemido, y arañándose las manos con las espinas. Rebotando y blasfemando, volvió a correr hacia la choza preparándose mentalmente para lo que pudiera ver allí, mientras los pelos se le erizaban ante lo que ya había visto.

Intentó abrir la única puerta de la caseta y comprobó que estaba cerrada. Gritó a López, y no recibió respuesta alguna. Sin embargo, el silencio no era total. Desde el interior llegaba un curioso y amenazador sonido que cesó en cuanto Brill golpeó la puerta con el pico. El endeble portón se hizo astillas y Brill se abalanzó al interior de la oscura cabaña con los ojos centelleantes y el pico en alto preparado para un ataque desesperado. Pero ningún sonido rasgó el lúgubre silencio, y en la oscuridad nada se movía, aunque la caótica imaginación de Brill pobló las sombrías esquinas de la choza con formas horrendas.
Con la mano húmeda por el sudor, encontró una cerilla y la encendió. Aparte de él, tan sólo López ocupaba la estancia… el viejo López, muerto sobre el sucio suelo, con los brazos extendidos a los lados como en un crucifijo, y la boca colgante abierta y una expresión de estupidez, mientras los ojos aparecían totalmente abiertos en una aterrada mirada que a Brill le resultó intolerable de contemplar. Una de las ventanas estaba abierta, mostrando por dónde había escapado el asesino, y puede que también por dónde había entrado. Brill se acercó a aquella ventana y miró fuera con precaución. Tan sólo vio la ladera de la colina a un lado, y el llano de mezquites al otro. De pronto dio un respingo… ¿era aquello un indicio de movimiento entre las raquíticas sombras de los mezquites y chaparrales… o simplemente se había imaginado que veía una borrosa forma avanzando ágilmente entre los árboles?
Se giró mientras la cerilla se apagaba chamuscándole los dedos.
Encendió la vieja lámpara de aceite de carbón que estaba sobre la tosca mesa, soltando blasfemias al quemarse la mano. La esfera de la lámpara estaba muy caliente, como si hubiera estado ardiendo durante horas.
De mala gana se giró hacia el cadáver que yacía en el suelo. Fuera cual fuera la muerte que había acabado con López, ésta había sido horrible; pero Brill, examinando cuidadosamente al hombre muerto, no encontró herida alguna… ni marca de cuchillo ni de contusión.
Pero… espera… Había un fino hilo de diminutos pinchazos en la garganta de López, de los que manaba sangre lentamente. Al principio pensó que habían sido hechos con un estilete, o un fino punzón de punta redonda, pero luego negó con la cabeza. Ya había visto antes heridas de estilete, él mismo tenía la cicatriz de una en su cuerpo. Estas heridas recordaban más bien la mordedura de algún animal… parecían marcas de colmillos afilados.
Sin embargo, no parecían lo suficientemente profundas como para causarle la muerte a alguien, ni tampoco había salido demasiada sangre a través de ellas. Una idea, abominable y de terribles significaciones, comenzó a apoderarse de los rincones oscuros de su mente: que López había muerto de miedo y que las heridas habían sido infringidas o bien simultáneamente en el momento de su muerte, o unos instantes después.


Pero Brill detectó algo más. Desparramadas por el suelo se veían varias hojas de papel sucias, con los garabatos de la tosca letra del viejo mexicano… Tal como había anunciado, había estado escribiendo sobre la maldición del túmulo. Tenía las hojas en las que había escrito, y el trozo de lápiz en el suelo, y tenía también la esfera caliente de la lámpara, todos ellos testigos mudos de que el viejo mexicano había permanecido sentado a la rústica mesa escribiendo durante horas. De modo que no había sido él quien había abierto la cámara del sepulcro y robado su contenido… Pero ¿quién lo había hecho, entonces, en nombre del cielo? ¿Y quién o qué era lo que Brill había visto moviéndose con rapidez en la cima de la colina?

Bueno, tan sólo cabía hacer una cosa; ensillar su mustang y cabalgar las diez millas que lo separaban de Coyote Wells, la población más cercana, e informar allí al sheriff del asesinato.
Recogió los papeles. El último estaba aún arrugado entre los crispados dedos del viejo y Brill pudo recuperarlo con cierta dificultad. Entonces, al girarse para apagar la luz, permaneció indeciso, y se maldijo a sí mismo por el miedo reptante que crecía en el fondo de su mente… miedo a la lúgubre forma que había visto cruzar la ventana un segundo antes de que se apagara la luz en la cabaña. Probablemente se trataba del largo brazo del asesino, pensó, extendido para apagar la lámpara, sin duda. ¿Qué era lo anormal o inhumano que había detectado en aquella visión, a pesar de estar distorsionada por la tenue luz de la lámpara y las sombras? Como un hombre que lucha por recordar los detalles de una pesadilla, Steve intentó definir en su mente algún motivo claro que explicase por qué aquella fugaz visión lo había sobrecogido hasta el punto de hacerle chocar de frente contra un árbol, y por qué el mero y vago recuerdo de ello le producía ahora un profuso sudor frío.
Maldiciéndose a sí mismo para recobrar parte del coraje, encendió su quinqué, apagó la lámpara que había encima de la mesa y avanzó con decisión agarrando su pico como si fuera una espada. Después de todo, ¿por qué unas simples irregularidades en un sórdido caso de asesinato iban a afectarle tanto? Estos crímenes eran abominables, es cierto, pero también eran lo suficientemente comunes, especialmente entre mexicanos que alimentaban disputas de lo más estrafalarias.
Salió a la silenciosa noche salpicada de estrellas, pero enseguida se paró en seco. Del otro lado del riachuelo se oyó el repentino y sobrecogedor relincho de un caballo totalmente aterrorizado… luego un enloquecido entrechocar de cascos alejándose en la distancia. Brill maldijo iracundo y consternado. ¿Se trataría de una pantera que merodeaba por las colinas… o tal vez un gato gigante lo que había asesinado al viejo López? Pero, entonces, ¿por qué la víctima no estaba marcada con las heridas de fieras y curvadas garras? ¿Y quién apagó la luz de la cabaña?
Mientras se hacía estas preguntas, Brill corría a toda pastilla hacia el oscuro riachuelo. Ningún vaquero permanece impasible ante la estampida de su ganado. Al cruzar la oscuridad de la maleza que rodeaba el cauce seco, notó que su lengua estaba extrañamente seca. Siguió tragando saliva y sostuvo en alto la linterna. Poco efecto hacía en la penumbra, pero parecía acentuar la negrura de las agobiantes sombras. Por alguna extraña razón, en la caótica mente de Brill surgió la idea de que, a pesar de que la tierra era nueva para los anglosajones, en realidad era muy vieja. Aquella tumba rota y profanada era la prueba silenciosa de que estas tierras habían acogido al hombre desde tiempos inmemoriales, y repentinamente la noche, las colinas y las sombras se cernieron sobre él con una sensación de repugnante antigüedad. Aquí habían vivido y muerto largas generaciones de hombres antes de que los antepasados de Brill hubieran siquiera tenido noticia de la existencia de estas tierras. De noche, entre las sombras de este mismo riachuelo, sin duda había habido hombres que habían sacrificado sus almas de forma a cada cual más terrible. Con estos pensamientos, se apresuró entre las sombras de los frondosos árboles.

Profundamente aliviado, exhaló aire cuando emergió de entre los árboles ya en tierra propia. Subió a toda prisa la suave pendiente hasta el cercado del corral y lo enfocó con la linterna. El corral estaba vacío; ni siquiera se veía a la plácida vaca. Y los barrotes estaban echados. Aquello apuntaba a un agente humano implicado en el asunto, lo cual lo hacía un tanto más siniestro. Alguien intentaba que Brill no cabalgase a Coyote Wells esa noche. Significaba que el asesino intentaba huir y quería conseguir suficiente ventaja para escapar de la ley, o si no… Brill sonrió irónicamente. A lo lejos, al otro lado de un llano de mezquites, le pareció oír todavía el débil y lejano ruido de caballos al galope. En nombre de Dios, ¿qué es lo que los había asustado de esa manera? Gélidos dedos de terror le recorrieron estremecedoramente la columna vertebral.
Steve se dirigió a la casa. No entró directamente. Se arrastró apartándose y rodeando la cabaña, mirando sobrecogido hacia las oscuras ventanas, escuchando con dolorosa atención para detectar cualquier ruido que delatase la presencia del asesino. Finalmente, se aventuró a entrar. Lanzó con fuerza la puerta hacia atrás y contra la pared para comprobar que no había nadie escondido allí, levantó la linterna y entró con el corazón latiéndole violentamente y sujetando el pico con fiereza. Sus sentimientos eran una mezcla de miedo y roja ira. Pero ningún asesino escondido se abalanzó sobre él, y una exhaustiva exploración de la cabaña no reveló nada.
Con un suspiro de alivio, cerró las puertas, aseguró las ventanas y encendió su vieja lámpara de aceite de carbón. La imagen del viejo López yaciendo en el suelo, un cadáver de ojos vidriosos abandonado en la cabaña al otro lado del riachuelo, le hizo estremecerse y temblar, pero no tenía intención de comenzar su viaje a la ciudad de noche.
Sacó de un escondrijo su viejo y leal Colt 45, giró el cilindro de acero azul, y sonrió tristemente. Quizás el asesino tenía la intención de no dejar vivo a ningún testigo de su crimen. Bueno, ¡pues que viniera! El, o ellos, descubrirían que un joven vaquero con un revólver de seis disparos no es tan fácil de atrapar como un viejo desarmado. Y aquello le hizo acordarse de los papeles que había cogido de la choza.
Asegurándose de que no estaba en línea de fuego de alguna ventana por la que pudiera entrar una bala, se dispuso a leer, con una oreja alerta a cualquier ruido sigiloso.
Y mientras leía el tosco y retorcido escrito, un lento y gélido horror fue creciendo
en su alma. Era una historia de terror que el viejo mexicano había garabateado… una historia que había ido pasando de generación en generación… una historia de épocas antiguas.
Y Brill leyó acerca de las andanzas del caballero Hernando de Estrada y sus lanceros con armadura, que se adentraron en los desiertos del suroeste cuando todo era extraño y desconocido. Al principio eran unos cuarenta entre soldados, sirvientes y señores, según narraba el manuscrito. Estaban el capitán De Estrada, y el sacerdote, y el joven Juan Zavilla y don Santiago de Valdez, un misterioso noble que había sido rescatado de un barco a la deriva en el mar Caribe; el resto de la tripulación y los pasajeros habían muerto de una plaga, según dijo el tal Valdez, y había lanzado sus cadáveres por la borda. Así que De Estrada lo hizo subir a bordo del barco que portaba la expedición de España, y De Valdez se unió a sus exploraciones.
Brill leyó algo sobre sus andanzas, narradas en el crudo estilo del viejo López, según había sido contado por sus antepasados durante más de trescientos años. Las crudas palabras escritas reflejaban débilmente los terribles sufrimientos que los exploradores padecieron; sequías, sed, inundaciones, tormentas de arena en el desierto, las flechas de los hostiles pieles rojas. Pero había otra amenaza en la narración de López; un monstruo abominable que acechó y atacó a la solitaria caravana que vagaba a través de la inmensidad de la naturaleza. Hombre a hombre, todos fueron cayendo, y ninguno supo quién fue el asesino. El miedo y las negras suposiciones se extendieron por la expedición como una gangrena, y el jefe no sabía hacia dónde dirigirse. De una cosa estaban seguros: entre ellos había un demonio con forma humana.
Los hombres comenzaron a distanciarse unos de otros, a esparcirse y separarse en la fila en la que marchaban, y estas sospechas mutuas que hacían que se buscase seguridad en la soledad facilitó las cosas al demonio. El esqueleto de la expedición avanzaba tambaleante a través de la maleza, perdidos, aturdidos y desvalidos, y el horror invisible aún flotaba entre sus filas, abatiendo y arrastrando a los rezagados, asaltando a centinelas somnolientos y hombres dormidos. Y en todas las gargantas se hallaban heridas de unos colmillos afilados que desangraban a la víctima hasta dejar la carne macilenta y blanca; y de este modo los vivos fueron conscientes del tipo de ser infernal al que se enfrentaban. Los hombres giraban como peonzas por entre la maleza, invocando a los santos, o pronunciando blasfemias aterrorizados, luchando frenéticamente contra el sueño, hasta que caían exhaustos y el sueño los embargaba de horror y muerte.
Las sospechas se centraron en un negro enorme, un esclavo caníbal de Calabar. Y lo encadenaron. Y entonces Juan Zavilla desapareció al igual que los anteriores, y luego le llegó el turno al sacerdote. Pero el sacerdote logró repeler a su demoníaco asaltante y vivió lo suficiente para susurrar el nombre del demonio a De Estrada. Y Brill, sobrecogido y con los ojos como platos, leyó:

«… y ahora era evidente para De Estrada que el buen sacerdote había dicho la verdad, y que el asesino era don Santiago de Valdez, un vampiro, un no-muerto, que existía gracias a la sangre de los vivos. Y De Estrada recordó entonces a un noble loco que había merodeado por las montañas de Castilla desde los tiempos de los Moros, que se alimentaba de la sangre de víctimas desamparadas, lo cual le otorgaba una terrorífica inmortalidad. Este noble había sido expulsado y nadie sabía dónde se había refugiado, pero parecía obvio que él y don Santiago eran la misma persona. Había huido de España en barco, y De Estrada sabía que los hombres de ese barco habían muerto, no por una plaga como había fingido el demonio, sino por los colmillos del vampiro.
De Estrada y el negro, acompañados por los pocos soldados que aún vivían, salieron en su busca y lo encontraron refocilándose en un sueño bestial entre unos matorrales del chaparral; estaba hastiado con la sangre de su última víctima. Es bien sabido que un vampiro, al igual que una gran serpiente cuando ha saciado su apetito, cae en un sueño profundo y puede ser atrapado sin peligro. Pero De Estrada no sabía qué hacer con el monstruo, porque ¿cómo se podría asesinar a un muerto? Un vampiro es un hombre que murió tiempo atrás, y sin embargo revive imbuido con alguna clase de execrable no-vida. Los hombres le conminaron a que clavara una estaca en el corazón de la bestia y le cortase la cabeza, pronunciando las palabras sagradas que destruirían su cuerpo muerto y lo convertirían en polvo, pero el sacerdote estaba muerto y De Estrada temía que durante el acto el monstruo se despertase.
Así pues… tomaron a don Santiago levantándolo suavemente y lo llevaron hasta un viejo túmulo indio que había cerca. Lo abrieron, sacaron los huesos que encontraron allí, colocaron al vampiro dentro y sellaron el túmulo. Y que así permanezca hasta el día del Juicio Final.
Es un lugar maldito, y desearía haberme muerto de hambre en cualquier otro lugar antes de haber acabado en este rincón del país buscando trabajo… porque desde mi niñez he sabido acerca de esta tierra y del riachuelo… y del túmulo que cobija su horrible secreto; así que ya ve, señor Brill, por qué no debe abrir el túmulo y despertar al demonio…».

El manuscrito acababa ahí, con un garabato errático del lápiz que había rasgado la arrugada hoja.
Brill se levantó con el corazón latiéndole agitadamente, el rostro lívido y la lengua clavada al paladar. Carraspeó y recobró el habla.
—Por eso estaba la espuela en el túmulo… se le caería a uno de los españoles cuando cavaban… y yo debí haber supuesto que había sido excavada anteriormente, al ver el carbón agrietado y esparcido alrededor… pero, por todos los santos…

Horrorizado, se estremeció ante las negras visiones… un monstruoso no-muerto removiéndose en la penumbra de su tumba, golpeando desde dentro para apartar la piedra que había sido desencajada por el pico de la ignorancia… una forma sombría deambulando por la colina hacia una luz que delataba una presa humana… un aterrador y largo brazo que cruzaba una ventana tenuemente iluminada…
—¡Es una locura! —jadeó—. ¡López estaba loco de remate! ¡Los vampiros no existen! Y si existieran, ¿por qué no me atacó a mí primero, en lugar de a López… a menos que estuviese explorando la zona, asegurándose de todo antes de atacar? ¡Ah, demonios! ¡Todo esto no son más que cuentos…!
Las palabras se le helaron en la garganta. Un rostro lo observaba desde la ventana y le farfullaba palabras silenciosamente. Dos gélidos ojos le atravesaron hasta el alma. Un alarido explotó en su garganta y aquel fantasmal rostro desapareció. Pero el mismo aire estaba impregnado del terrible hedor que había flotado en el milenario túmulo. Y entonces la puerta crujió… y se combó lentamente hacia dentro. Brill retrocedió hasta quedar pegado contra la pared, con la pistola agitándose en su mano. No se le ocurrió disparar a través de la puerta; en su caótico cerebro tan sólo había un pensamiento: que solamente aquel fino portal de madera lo separaba de un horror procedente de las entrañas de la noche y la penumbra y el oscuro pasado. Tenía los ojos distendidos cuando vio cómo cedía la puerta y oyó que los tornillos de las bisagras crujían.
La puerta reventó hacia el interior. Steve Brill no gritó. Tenía la lengua inmovilizada contra la parte superior de la boca. Sus aterrorizados ojos percibieron la alta figura con forma de buitre… los gélidos ojos, las largas y negras uñas… la mohosa mortaja, abominablemente vieja… las altas botas con espuelas… el desgarbado sombrero con su pluma arrugada… la capa ondeante cortada en largos jirones.
Enmarcada por el negro umbral se cernía aquella detestable figura procedente de tiempos pasados, y la mente de Brill comenzó a girar. Un frío salvaje manaba de la figura… un hedor a arcilla mohosa y a detritus de osario.
Y entonces el no-muerto se abalanzó sobre el vivo como un buitre cayendo en picado.
Brill disparó a quemarropa y vio unos trozos de tela podrida que salían disparados del pecho de la Cosa. El vampiro se tambaleó virando por el impacto de la pesada bala, luego volvió a erguirse y reanudó su aproximación con aterradora velocidad. Brill se tambaleó hacia atrás contra la pared dejando escapar un grito ahogado, y la pistola se le cayó de su temblorosa mano. Las negras leyendas eran ciertas… las armas humanas no servían de nada, y es que ¿acaso se puede matar a uno ya muerto hace siglos como se mata a los mortales?
Entonces las garras aferradas a su cuello provocaron en el vaquero una frenética locura. Al igual que sus antepasados pioneros luchaban cuerpo a cuerpo contra enemigos terroríficos, Steve Brill luchó contra la gélida y muerta cosa reptante que quería arrebatarle la vida y el alma.

De aquella terrible batalla Brill nunca pudo recordar mucho. Fue un caos ciego en el que él chillaba como un animal, arañaba, golpeaba y embestía, y unas largas y negras uñas similares a garras de pantera lo destrozaban, y dientes afilados le mordían una y otra vez en la garganta. Rodando y tropezando por la habitación, ambos medio cubiertos por los mohosos pliegues de la antigua capa putrefacta, se golpeaban y arañaban entre las ruinas del mobiliario destrozado, y la furia del vampiro no era más terrible que la desesperación aterrorizada de su víctima.
Cayeron con gran estruendo sobre la mesa y la lámpara de aceite se hizo añicos en el suelo, salpicando las paredes de súbitas llamas. Brill sintió la mordedura del aceite en llamas que le había salpicado, pero en la roja demencia de la pelea no le prestó atención. Las negras garras se hundían en su piel, los ojos inhumanos le quemaban el alma; entre sus crispados dedos la marchita piel del monstruo se notaba dura como madera seca. Y oleada tras oleada de ciega locura embargaban a Steve Brill. Como un hombre luchando contra una pesadilla, gritaba y golpeaba, mientras a su alrededor el fuego se elevaba y lamía las paredes y el techo.
Atravesando fogonazos y lenguas de fuego, dieron vueltas y rodaron como un demonio y un mortal guerreando en los suelos llameantes del infierno. Y en el creciente tumulto de las llamas, Brill se preparó para un ultimo y volcánico ataque de frenética fuerza. Alejándose tambaleante, jadeando y sangrando, se lanzó ciegamente contra la terrible forma y la inmovilizó en un abrazo del que ni siquiera el vampiro pudo zafarse. Y volteando a su demoníaco atacante, lo lanzó contra el extremo de la mesa que había quedado hacia arriba al caer, como cuando se rompe un trozo de madera contra la rodilla. Algo se quebró como una rama y el vampiro se desplomó soltándose de las manos de Brill y se retorció en una extraña postura descoyuntada sobre el suelo en llamas. Sin embargo, no estaba muerto, sus centelleantes ojos aún ardían mirando a Brill con terrible voracidad, y luchaba por arrastrarse hasta él con la espalda rota, como se arrastra una serpiente moribunda.
Brill, tambaleándose y jadeando, se sacudió la sangre de los ojos y salió a trompicones por la puerta rota. Y como un hombre que escapa de las puertas del infierno, corrió despavorido a través de mezquites y chaparral hasta derrumbarse exhausto. Miró hacia atrás y pudo ver las llamas de la casa ardiendo…
Y entonces dio gracias a Dios de que ardiese hasta que los mismísimos huesos de don Santiago de Valdez se extinguieran para siempre consumidos y alejados de la conciencia de los hombres.

Robert E. Howard

The Horror from the Mound (1932).

Nota: Aunque el inicio del relato no concuerda del todo, yo diría que la traducción es de Marta Lila Murillo, para la antología Canaan negro de la editorial Valdemar.

El texto original en inglés lo podéis encontrar en este link.

 

El ojo – Vladimir Nabokov

«Al fin y al cabo, para vivir feliz, un hombre tiene que conocer de vez en cuando unos instantes de perfecto vacío. Sin embargo, yo estaba siempre expuesto, siempre con los ojos abiertos; incluso cuando dormía no dejaba de vigilarme, sin comprender nada de mi existencia, me enloquecía la idea de no poder dejar de ser consciente de mí mismo…».

El Ojo (Соглядатай), escrita en 1930 y publicada por entregas en la revista parisina de emigrantes rusos Sovremennyya Zapiski, es la cuarta novela de Vladimir Nabokov y fue en su día, mi primer acercamiento a su obra. Es una novela corta desconcertante, que puede resultar de difícil lectura, pues la historia esta plagada de descripciones y diálogos inconexos y sesgados, que no nos permiten hacernos una imagen panorámica de la historia. Pero esto es precisamente lo que busca el autor: jugar con nosotros y no desvelarnos más que lo justo y a veces confundirnos con imágenes distorsionadas o reflejos múltiples, como si estuviéramos dentro de una habitación llena de espejos y todos los presentes en ella llevaran una máscara.

Dobles fantasmales

En esta novela se tocan los temas de la identidad y el concepto que tenemos sobre nosotros mismos y sobre todo de la imagen que proyectamos y la percepción que tienen los demás sobre nosotros. Siempre me han parecido conceptos muy interesantes, puesto que al final no dejan de ser experiencias subjetivas, a veces contaminadas por prejuicios, que no nos permiten conocer la esencia real de la verdad, conocimiento que por otra parte considero prácticamente imposible de alcanzar.

También se desarrolla el tema del doble de una manera muy interesante, puesto que no es un doble al uso; un doppelgänger o doble fantasmal, es una especie de sombra o proyección de nuestro inconsciente, que en algunos momentos se puede manifestar, posiblemente en un estado alterado de conciencia o en un estado crepuscular, como por ejemplo durante la parálisis del sueño. Pero en un plano más metafísico/psicológico, también puede ser la suma de las percepciones que otros tienen de nosotros o cada una de ellas por separado, un montón de dobles distintos, uno por cada persona que nos conoce, incluida nuestra propia percepción de nosotros mismos. La verdad es que sólo este tema daría para una entrada bastante amplia, pero no me voy a extender más en ello.

El tema del doble es recurrente en la literatura de varios autores, y aquí he detectado cierta influencia de Hoffmann (La historia del reflejo perdido), Poe (William Wilson), Pirandello (Uno, ninguno y cien mil) e incluso de Borges*. Nabokov consigue crear en El ojo, una historia a la altura de las nombradas anteriormente.

Humo y espejos en el Berlín de entreguerras

El ojo comienza con el narrador contándonos su vida en el Berlín de entreguerras. Por lo que sabemos es un expatriado ruso que ha huido de la Revolución Bolchevique y posterior guerra civil que asola Rusia, que comparte su vida con otros emigrados de su misma nacionalidad, a cada cual más variopinto: como el librero Weinstock, paranoico y practicante del espiritismo (muy de moda en aquellos años) o el pedante Roman Bogdanovich, autor de un diario personal, cuyas entregas envía todos los viernes a un amigo de Tallinnque las archiva para que Roman pueda releerlo completo en un futuro cuando ya sea anciano.

La vida del narrador, bastante mediocre y aburrida, da un giro inesperado tras un acontecimiento traumático que le empuja al (intento de) suicidio. A partir de ahí su vida adquiere una dimensión totalmente distinta, ya que comienza a ver el mundo y a los que le rodean con otros ojos, una especie de ser omnisciente que todo lo ve y que se propone descubrir la identidad del personaje más enigmático de todos: Smurov.

Smurov, el enigma

Un personaje que un día es un soldado zarista y al siguiente un espía bolchevique, otro día se presenta como un mujeriego y después como homosexual. El narrador intenta descifrar el enigma de Smurov a través de los ojos y las opiniones de sus conocidos y poco a poco su imagen va tomando forma, una imagen realmente sorprendente.

En el prefacio, el autor nos anima a que intentemos descubrir quién es este personaje antes de que acabe la novela, reconozco que yo lo descubrí más o menos a la mitad. Así que nos encontramos ante una obra de gran calidad y un misterio muy divertido. Recomiendo su lectura, pero ojo, que sea breve no quiere decir que sea ligera, es densa y como dije al principio, desconcertante.

«Kashmarin se había llevado otra imagen, ¿Importa cuál? Porque no existo; lo que existe son los millares de espejos que me reflejan. Cada vez que conozco a alguien, aumenta la población de fantasmas que se parecen a mí. Viven en alguna parte, se multiplican en alguna parte. Sólo yo no existo. Sin embargo, Smurov, seguirá viviendo por mucho tiempo”.

“Los dos muchachos envejecerán y alguna que otra imagen mía vivirá en ellos como un parásito tenaz.  Y luego llegará el día en que morirá la última persona que me recuerde, tal vez una historia casual sobre mí, una simple anécdota en la que aparezco yo, pasará de él a su hijo o a su nieto, y así mi nombre y mi fantasma aparecerán fugazmente aquí y allá por un tiempo más. Luego llegará el final».

Notas: El título original en ruso Соглядатай, cuya transcripción sería Soglyadatay, es un antiguo término militar que significa «espía«, «observador«, el autor al traducir su obra al inglés en 1965, decidió titularlo, «El Ojo«.

* La influencia de Borges es imposible, puesto que en aquellos años no tenían aún conocimiento el uno del otro. Aunque si es cierto que sus vidas están marcadas por algunos paralelismos sorprendentes.

 

 

 

Dan Seagrave – Arte y música extrema

He tenido un verano bastante extremo y metalero a nivel musical y todo ello a raíz de una conversación sobre música con un buen colega, en la que ambos descubrimos que en nuestra juventud escuchábamos los mismos grupos y en la que los géneros más extremos salieron a la palestra, sobresaliendo entre ellos uno en particular: El Death Metal.

Este género se caracteriza por composiciones muy técnicas y rápidas, voces guturales, guitarras con afinaciones bajas y sonido muy distorsionado, además de baterías agresivas llenas de doble bombo y blast beats. La temática de sus letras suele ser muerte, destrucción, satanismo, historias de terror, etc… Ya veis, una maravilla y un sonido que puede volver loco o ahuyentar a quién no lo haya escuchado nunca.

Reconozco que de vez en cuando me gusta machacarme los tímpanos con este estilo, sobre todo porque me encantan las canciones con múltiples cambios de ritmo, riffs variados y técnicos y cierta agresividad. Ahora entiendo y disfruto esta música de una manera más analítica, pero cuando era chaval la vivía visceral e intensamente. No concebía el metal sin esa dosis de agresividad. Empecé como muchos de mi generación escuchando bandas de Thrash Metal como Megadeth, Overkill, Slayer o Metallica y cuando ya no eran suficientes los niveles de dureza que ofrecían, la cosa fue derivando a otros sonidos más duros, como los que proveían los texanos Pantera o los brasileños Sepultura, pero esto es como todo, uno siempre quiere más, así que acabé por escuchar bandas más extremas como Death, Morbid Angel, Deicide, Cannibal Corpse, Obituary… pero no pasé de ahí, perdí el interés durante varios años y no continué explorando, pero hay estilos mucho más duros y extremos.

Os preguntaréis a qué vendrá esta historia sobre mis gustos musicales y qué tiene que ver con el arte… pues bien, repasando este verano los discos más icónicos de este género de música, me di cuenta que en muchos de ellos las portadas estaban firmadas por el mismo artista, un tal Dan Seagrave e investigando un poco su arte, me di cuenta de que el tío es una pasada y hoy os lo quiero descubrir a los que no lo conozcáis.

The Erosion of Sanity.

Mundos de pesadilla.

Dan Seagrave nació en Worksop cerca de Nottingham (Reino Unido) en 1970. Es un artista autodidacta, cuyas composiciones se caracterizan por ser muy detalladas y oscuras. Paisajes desolados, extrañas criaturas antropomorfas y monstruosidades varias pueblan sus trabajos. Mundos que parecen salidos de los relatos de Lovecraft o directamente de las pesadillas de Zdzisław Beksiński. Tras abandonar Bellas Artes después de cursar un año, su carrera profesional comenzó casi por accidente cuando algunas de sus ilustraciones llegaron por casualidad a Earache Records y Roadrunner, discográficas especializadas en música extrema. A partir de ahí su carrera y la de las algunas bandas clásicas de Death Metal van de la mano, emergiendo de las sombras lentamente.

Souls to Deny.

Su arte esta asociado en el imaginario metalero a bandas como Morbid Angel,  Malevolent Creation, Entombed, Suffocation, Gorguts Pestilence entre otras. Y es que sus mundos de pesadilla parecen ilustrar muy bien lo que esos grupos quieren comunicar con su música y letras.

Sus influencias van desde El Bosco a Piranesi, pasando por pintores románticos como Caspar David Friedrich o Henry Fusseli. Arquitectos como Gaudí o Frank Gehry e ilustradores se perspectivas imposibles como M. C. Escher o “biomecánicos” como H. R. Giger. Detalles de estos artistas se pueden observar en sus extrañas y ruinosas arquitecturas, en el surrealismo y onirismo de sus escenas y sobre todo en la oscuridad que proyectan. También detecto cierta influencia del norteamericano Ivan Albright, el maestro del Realismo Mágico macabro.

Cuenta en su página web que la creación de algunas de sus pinturas se convierte en un esfuerzo titánico muchas veces, llevándole en algunos casos todo un año de trabajo.

And Time Begins.
Considered Dead / … and Then Comes Lividity.

Realismo oscuro.

Al observar algunas de sus ilustraciones, uno no puede evitar sentir cierta sensación de desasosiego y terror. Son mundos descarnados, moribundos y apocalípticos, poblados por criaturas monstruosas e imposibles y humanos despojados de todo rasgo, como meras sombras o cuerpos vacíos. Parece como si el artista nos quisiera transmitir la alienación y vacuidad del ser humano, lo tristemente vacíos y solos que nos encontramos en esta sociedad igualmente vacía y carente de profundidad en la que la apariencia lo es todo.

Demented Perception.
Untitled.

Arquitecto de la devastación.

Las estructuras que aparecen en sus ilustraciones son siempre laberínticas y ruinosas. Quizá con esto nos quiere decir que bajo la fachada de belleza y perfección tan anhelados por el ser humano, se esconde un mundo devastado y lleno de fealdad. Como si al igual que nosotros, el propio universo llevara una máscara para hacernos más llevadera la existencia. Un universo en el que el caos es la norma, no la excepción. Es como si estuviéramos atrapados en la mente de un dios loco, un demiurgo psicópata que se deleita engañándonos continuamente, disfrazando la realidad para seguir exprimiéndonos.

Skin Town.
None Survive the Sun.

Surrealismo macabro.

Creo que a Seagrave se le podría enmarcar dentro del surrealismo, pero uno muy macabro y oscuro. Sus escenas oníricas parecen pesadillas, son paisajes y situaciones imposibles, pero la fuerza que transmiten sus imágenes, unida a los colores que elige para plasmarlas, provocan la sensación de que cualquiera de nosotros podría visitar estos mundos en sueños. Otro aspecto a destacar es la sensación de movimiento e inmovilidad a la vez. Esta afirmación es contradictoria lo sé, pero me pasa observando sus ilustraciones, es difícil de explicar.

Clandestine.
Mind Reflections.
Like an Everflowing Stream/Eternity Reflections.
Penetralia.

Bueno pues hasta aquí la entrada de hoy, espero que os haya gustado. A mí me parece un arte interesante y ciertamente evocador, pero que al igual que la música extrema, no es para todos los públicos. ¿Qué os parece este tipo de arte? ¿Habéis escuchado alguna vez Death Metal? Ya sabéis que me encantan vuestros comentarios.

Os dejo el link de la página de autor, donde podéis ver todas sus ilustraciones y para los curiosos de como suena el Death Metal, os dejo un par de videos de grupos famosos.

Un saludo.

 

Los siete mensajeros – Un relato de Dino Buzzati

Básicamente Los siete mensajeros habla del paso del tiempo. Este bello relato del italiano Dino Buzzati, es la perfecta analogía de su constante y demoledor paso. De como estamos construidos de experiencias y recuerdos, de como nos aferramos a estos últimos hasta que llega un momento en el que ya no nos importan. A medida que nos acercamos a la última estación, empieza a preocuparnos el futuro, lo cual es algo paradójico. Toda la vida intentando aferrarnos al pasado; años y años viviendo de recuerdos y cuando ya casi no nos queda tiempo, conseguimos despojarnos de esa maldición y empieza la incertidumbre. ¿Qué habrá después de cruzar la última frontera?. Una pregunta que nadie puede responder.

Vivir en el pasado es un error, nos limita. Nos vuelve melancólicos rememorando los buenos momentos y nos tortura reviviendo los malos, hasta el punto de no dejarnos avanzar. Vivir en el futuro puede ser interesante, pero lo normal es que de todos los futuros que imaginemos, probablemente no se cumpla ninguno. Entonces, ¿qué nos queda? Vivir el presente, pero es más fácil decirlo que hacerlo. Nuestra mente siempre esta rememorando o especulando, parece no haber sido diseñada (o quizá ha perdido la capacidad) para centrarse en el “ahora”. Esto me recuerda a unos versos de T. S. Eliot de su poema Burnt Norton que lo ilustran muy bien: “El tiempo pasado y el tiempo futuro/ lo que pudo haber sido y lo que ha sido/ apuntan a un solo fin, que es siempre el presente”.

En cuanto a qué hay después de la muerte… Hay teorías para todos los gustos: La nada, reencarnación, el paraíso, el eterno retorno, acceso a un plano superior… Cuesta decidir sobre algo de lo que no hay pruebas contrastadas. Lo  cierto es que el tiempo angustia al ser humano, lo ha atrapado de alguna manera y se ha enseñoreado de su vida. Es más, la rige completamente, nadie escapa al tiempo. Es como estar atrapado en una corriente constante e implacable que no se detiene nunca y contra la que no se puede luchar, no se puede volver atrás. Es curioso porque siempre he creído que el tiempo es una creación humana, un instrumento de medición, que se ha vuelto contra su creador y lo ha convertido en su prisionero.

Dioses del tiempo

Los antiguos griegos se dieron cuenta de esto y personificaron el tiempo en varias divinidades; como por ejemplo Eón, el dios de la eternidad y del tiempo circular, que no tiene comienzo ni final, a veces representado con una serpiente Ouroboros a su lado, es un ser que no nace ni muere, simplemente existe. Cronos, el dios que lo devora todo, incluidos sus hijos. El dios del tiempo secuencial e implacable. Lo controla todo y nos arrastra desde el nacimiento hasta la muerte. Para él los humanos somos irrelevantes. Es el tic, tac del reloj que nunca cesa. Y Kairós, el dios de la oportunidad y de la inspiración. Un dios que aparece y desparece en un instante.

Mas tarde crearon a las Moiras, también conocidas como Parcas. Eran las tres señoras del destino humano: Cloto (la hilandera) era la que hilaba la hebra de la vida. Láquesis (la que echa a suertes) medía la longitud del hilo de la vida y Atrópos (la inevitable) era la que cortaba el hilo vital, eligiendo la manera de morir de cada humano cuando le llegaba su hora. Se las invocaba en el momento del parto para sellar el destino del recién nacido.

Como podemos ver, el tiempo y sus efectos han preocupado seriamente al ser humano desde el inicio. Podríamos encontrar analogías en casi cualquier mitología antigua. Esta preocupación también se extiende a la literatura y a la filosofía de todas las épocas, porque al final todo versa siempre sobre lo mismo: la angustia existencial del hombre en el tiempo, el sinsentido de nacer (como dijo alguien que no soy capaz de recordar) con toda la dignidad del mundo y estar, sin embargo, abocado a la indignidad de la muerte.

Podría divagar horas con este tema, pero hoy quiero que disfrutéis del relato de Buzzati, que explica mucho mejor algo de todo esto, así que no me extiendo más, aunque me queden cosas en el tintero.

 

 

Los siete mensajeros

Partí a explorar el reino de mi padre, pero día a día me alejo más de la ciudad y las noticias que me llegan se hacen cada vez más escasas. Comencé el viaje apenas cumplidos los treinta años y ya más de ocho han pasado, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpida marcha. Cuando partí, veía que en pocas semanas alcanzaría con facilidad los confines del reino; sin embargo, no he cesado de encontrar nuevas gentes y pueblos, y en todas partes hombres que hablaban mi misma lengua, que decían ser súbditos míos. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha vuelto loca y que, creyendo ir siempre hacia el mediodía, en realidad quizá estemos dando vueltas en torno a nosotros mismos, sin aumentar nunca la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué todavía no hemos alcanzado la última frontera. Más a menudo, sin embargo, me atormenta la duda de que este confín no exista, de que el reino se extienda sin límite alguno y de que, por más que avance, nunca podré llegar a su fin.

Emprendí el camino cuando tenía ya más de treinta dos, demasiado tarde quizás. Mis amigos, mis propios parientes, se burlaban de mi proyecto como de un inútil dispendio de los mejores años de la vida. En realidad, pocos de aquellos que eran de mi confianza aceptaron acompañarme.

Aunque despreocupado -¡mucho más de lo que lo soy ahora!-, pensé en el modo de poder comunicarme durante el viaje con mis allegados y, de entre los caballeros de mi escolta, elegí a los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros.

Creía, ignorante de mí, que tener siete era incluso una exageración. Con el tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, y eso que ninguno de ellos ha caído nunca enfermo ni ha sido sorprendido por los bandidos ni ha reventado ninguna cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré nunca recompensar.

Para distinguirlos con facilidad, les puse nombres cuyas iniciales seguían el orden alfabético: Alejandro, Bartolomé, Cayo, Domingo, Escipión, Federico y Gregorio.

Poco habituado a estar lejos de casa, mandé al primero, Alejandro, la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. Para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, la noche siguiente envié al segundo, luego al tercero, luego al cuarto, y así de forma consecutiva hasta la octava noche del viaje, en que partió Gregorio. El primero aún no había vuelto.

Éste nos alcanzó la décima noche, mientras nos hallábamos plantando el campamento para pernoctar en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido inferior a la prevista; yo había pensado que, yendo solo y montando un magnífico corcel, podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros; sin embargo, sólo había podido recorrer la equivalente a una vez y media; en una jornada, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él devoraba sesenta, pero no más.

Lo mismo ocurrió con los demás. Bartolomé, que partió hacia la ciudad la tercera noche de viaje, volvió la decimoquinta. Cayo, que partió la cuarta, no regresó hasta la vigésima. Pronto comprobé que bastaba multiplicar por cinco los días empleados hasta el momento para saber cuándo nos alcanzaría el mensajero. Como cada vez nos alejábamos más de la capital, el itinerario de los mensajeros aumentaba en consecuencia. Transcurridos cincuenta días de camino, el intervalo entre la llegada de un mensajero y la de otro comenzó a espaciarse de forma notable; mientras que antes veía volver al campamento uno cada cinco días, el intervalo se hizo de veinticinco; de este modo, la voz de mi ciudad se hacía cada vez más débil; pasaban semanas enteras sin que tuviese ninguna noticia. Pasados que fueron seis meses -habíamos atravesado ya los montes Fasanos-, el intervalo entre una llegada y otra aumentó a cuatro meses largos. Ahora me traían noticias lejanas; los sobres me llegaban arrugados, a veces con manchas de humedad a causa de las noches pasadas al raso de quien me los traía. Seguimos avanzando. En vano intentaba persuadirme de que las nubes que pasaban por encima de mí eran iguales a aquellas de mi infancia, de que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que pendía sobre mí, de que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idéntico el canto de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros me parecían verdaderamente cosas nuevas y diferentes, y yo me sentía extranjero. ¡Adelante, adelante! Vagabundos que encontrábamos por las llanuras me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, sofocaba las expresiones de desaliento que nacían en sus labios. Cuatro años habían pasado ya desde mi partida; qué esfuerzo más prolongado. La capital, mi casa, mi padre, se habían hecho extrañamente remotos, apenas me parecían reales. Veinte meses largos de silencio y de soledad transcurrían ahora entre las sucesivas comparecencias de los mensajeros. Me traían curiosas cartas amarillentas por el tiempo y en ellas encontraba nombres olvidados, formas de expresión insólitas para mí, sentimientos que no conseguía comprender. A la mañana siguiente, después de sólo una noche de descanso, cuando nosotros reanudábamos el camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que hacía tiempo yo había preparado.

Sin embargo, han pasado ocho años y medio. Esta noche, estaba cenando solo en mi tienda cuando ha entrado en ella Domingo, que, aunque agotado de cansancio, aún conseguía sonreír. Hacía casi siete años que no lo veía. Durante todo este larguísimo período no ha hecho otra cosa que correr a través de prados, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura para traerme ese mazo de sobres que todavía no he tenido ganas de abrir. Él se ha ido ya a dormir y volverá a marcharse mañana mismo al alba.

Volverá a marcharse por última vez. Con lápiz y papel he calculado que, si todo va bien, yo continuando el camino como he hecho hasta ahora y él haciendo el suyo, no podré volver a ver a Domingo hasta dentro de treinta y cuatro años. Para entonces yo tendré setenta y dos. Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que la muerte se me lleve antes. Por tanto, no podré volver a verlo nunca más.

Dentro de treinta y cuatro años (antes más bien, mucho antes) Domingo vislumbrará de forma inesperada las hogueras de mi campamento y se preguntará cómo es que entre tanto he recorrido tan poco camino. Igual que esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarilleadas por los años, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; sin embargo, al verme inmóvil, tendido sobre el lecho, con dos soldados franqueándome con antorchas, muerto, se detendrá en el umbral.

¡Aun así, marcha, Domingo, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres el vínculo superviviente con el mundo que antaño fue también mío. Los últimos mensajes me han hecho saber que muchas cosas han cambiado, que mi padre ha muerto, que la corona ha pasado a mi hermano mayor, que me dan por perdido, que allí donde antes estaban los robles bajo los cuales solía ir jugar han construido altos palacios de piedra. Pero sigue siendo mi vieja patria.

Tú eres el último vínculo con ellos, Domingo. El quinto mensajero, Escipión, que me alcanzará, si Dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a marchar por- que no le daría tiempo a volver. Después de ti, Domingo, el silencio, a no ser que encuentre por fin los ansiados confines. Sin embargo, cuanto más avanzo, más me voy convenciendo de que no existe frontera.

No existe, sospecho, frontera, al menos en el sentido en que nosotros estamos acostumbrados a pensar. No hay murallas que separen ni valles que dividan ni montañas que cierren el paso. Probablemente cruzaré el límite sin advertirlo siquiera e, ignorante de ello, continuaré avanzando.

Por esta razón pretendo que, cuando me hayan alcanzado de nuevo, Escipión y los otros mensajeros que le siguen no partan ya hacia la capital, sino que marchen por delante, precediéndome, para que yo pueda saber con antelación aquello que me aguarda.

Desde hace un tiempo, se despierta en mí por las noches una agitación insólita, y no es ya la nostalgia por las alegrías abandonadas, como ocurría en los primeros tiempos del viaje; es más bien la impaciencia por conocer las tierras ignotas hacia las que me dirijo.

Día a día, a medida que avanzo hacia la incierta meta, voy notando -y hasta ahora a nadie se lo he confesado- cómo en el cielo resplandece una luz insólita como nunca se me ha aparecido ni siquiera en sueños, y cómo las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de aquella de nuestra tierra, y el aire trae presagios que no sé expresar.

Mañana por la mañana una esperanza nueva me arrastrará todavía más adelante, hacia esas montañas inexploradas que las sombras de la noche están ocultando. Una vez más levantaré el campamento mientras por la parte opuesta Domingo desaparece en el horizonte llevando a la ciudad remotísima mi inútil mensaje.

Dino Buzzati

I sette messaggeri” publicado en 1939 en la revista “La lettura”.

Nota: Todas las pinturas pertenecen al explorador y pintor ruso Nikolái Roerich.

 

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos – Cesare Pavese

27 de agosto de 1950; Cesare Pavese alquila una habitación en el Hotel Roma de Turín, lo que va a hacer es demasiado sórdido como para hacerlo en su propia casa situada en la misma ciudad. Realiza cuatro llamadas telefónicas a cuatro personas distintas, nadie responde. En un momento de la noche, escribe una nota que esconde en un libro y se toma veinte dosis de somníferos, que le hacen deslizarse lentamente hacia la muerte tan anhelada desde hace tanto tiempo. Pero… ¿Qué empujó a un escritor de éxito como Pavese al suicidio en la cima de su carrera?

Genio efímero

Genio de vida breve pero intensa, revolucionó la literatura italiana y trajo nuevos aires editando y traduciendo a gigantes comoSteinbeck, Faulkner o Hemingway. Sus amistades nos lo presentan como un hombre de gran sensibilidad e inteligencia a la par que poseedor de una tristeza inmensa, casi patológica. Nacido en el pueblo piamontés de Santo Stefano Belbo, a los 6 años recibe su primer golpe, la muerte de su padre. A partir de ahí todo son sinsabores en su biografía. En 1935 en plena Italia fascista, es desterrado y confinado en Calabria, por guardar unas cartas de una activista comunista llamada Tina, de la que se había enamorado perdidamente. Durante su confinamiento, lo único que le daba esperanzas y fuerza era su amor por Tina y la idea de que estaba cumpliendo condena por ella. A su vuelta a Turín, llega el desengaño, se entera por un amigo que Tina se ha casado pocos días antes, Pavese se desmaya en plena estación de tren. Es en esa época cuando comienza a rondar por su cabeza la idea del suicidio, que plasma una y otra vez en su diario pero sin llegar a consumar. Como si escribir sobre ello le salvara de llevarlo a cabo.

Paralelamente a todo esto, su carrera en la editorial Einaudi, donde coincidirá con Italo Calvino, Natalia Ginzburg y Elio Vittorini y sus obras literarias, comienzan a darle fama y prestigio, pero no parece saborear nada de esas glorias, incluso llegando a sentir “indiferencia y repugnancia” como escribió en su diario sobre la buena aceptación de sus poesías. Otro punto a destacar es que durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la mayoría de sus amigos se alistaron en la resistencia para luchar contra los nazis y los fascistas, él se refugió en el campo, aislado de todo y todos. Muchos de esos amigos murieron en combate y otros asesinados por los nazis, como fue el caso de su gran amigo Leone Ginzburg, torturado hasta la muerte por ser judío. Quizá el hecho de sentirse un cobarde por no haber participado activamente también le marcó profundamente.

Después de varios años de soledad, dedicados a su carrera literaria y al Partido Comunista Italiano, volvió a enamorarse, esta vez de una actriz norteamericana llamada Constance Dowling. Fue un amor fulgurante y efímero, ya que ella lo dejó de la noche de la mañana, para volver a su país. Ese fue el tiro de gracia que acabó con Pavese. A pesar de haber recibido un prestigioso premio días antes por una de sus novelas, Pavese ya estaba fuera de este mundo. Nunca le habían importado los logros ni los reconocimientos, su problema quizá fue que nunca pudo llenar esa soledad que arrastró toda su vida. Decide acabar con todo. En las últimas entradas de su diario crece la sensación de soledad: “¿Te asombra que los demás pasen a tu lado y no sepan, cuando tú pasas al lado de tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto?” o “Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada“ y la idea del suicidio se va reafirmando: “Los suicidios son homicidios tímidos” “Basta un poco de valor”. En su última entrada fechada nueve días antes del fatal desenlace concluye: “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”.

Triste final para un genio de las letras o quizá liberación, porque de sus escritos se deduce que era una persona con una sensibilidad extrema, aquejado de un malestar existencial que no le dejaba vivir, a Pavese le dolía vivir. «Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros» dijo en su diario. No hay más que decir.

Para terminar os dejó con uno de sus últimos poemas, dedicado precisamente a esa última mujer de la que se enamoró. Un poema escalofriante y bello, que a mí, me remueve profundamente.

 

 

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.

Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.

Mudos, descenderemos en el remolino.

– Cesare Pavese

Verrà la morte e avrà i tuoi occhi” (1950).

 

Tifón – Joseph Conrad


A Joseph Conrad lo descubrí tarde, hace apenas una década que cayó en mis manos La locura de Almayer, su primera novela, y desde entonces no he dejado de disfrutar con las historias de este marinero y novelista de origen polaco. Digo que lo descubrí tarde porque siendo un amante de los relatos marítimos y de aventuras, no entiendo como me pudo pasar desapercibida la obra de este gigante. Quizá no lo descubrí tarde, sino que lo hice en el momento adecuado. Cada vez estoy más seguro que ciertos autores y libros aparecen cuando estamos preparados para leerlos y entenderlos, cuando el bagaje que llevamos en la vida nos permite identificarnos con según que personajes y tramas. En Conrad he encontrado a un gran amigo literario, un amigo al que leer con deleite y con el que puedo consolarme y aprender cada vez que abro uno de sus libros, un amigo que ha vivido mucho, que sabe mucho de la condición humana y que la ha analizado y diseccionado para presentárnosla cruda y sin artificios.

Conrad supo retratar el alma humana como nadie. Sus personajes son sumamente reflexivos, se pierden en ensoñaciones, se hacen preguntas vitales, buscando las respuestas que les permitan seguir adelante en esta jungla llena de dolor y depredadores humanos. La melancolía y el escepticismo son dos constantes en su obra y lo transmite de la forma mas descarnada y realista posible, haciendo gala en innumerables pasajes de una exquisita y evocadora prosa poética. Siempre me ha parecido curioso que su prosa fuera tan fluida y efectiva, puesto que escribió todas sus obras en inglés, su cuarta lengua tras el polaco, el ruso y el francés, quizá tuviera algo que ver el hecho de que en su juventud, pasara sus horas libres leyendo a Shakespeare en los navíos en los que trabajaba. Javier Marías la describe muy bien: «el inglés de Conrad se convierte en una lengua extraña, densa y transparente a la vez, impostada, fantasmal, […] utilizando las palabras en la acepción que les es más tangencial y por consiguiente en su sentido más ambiguo«. Leer a Conrad es toda una experiencia que requiere tiempo y paciencia, no es una lectura fácil pues nos exige perdernos, al igual que sus personajes, en múltiples divagaciones y a veces en situaciones extremas, como en el libro que os presento hoy.

Tifón

Tifón (Typhoon, 1902) nos cuenta la travesía del Nan Shan, un vapor británico que navega bajo bandera de Siam por el mar de China. Además de la carga, también lleva como pasajeros a doscientos culís chinos, que vuelven a su país con todas sus ganancias, tras haber estado trabajando fuera. Todo indica un viaje agradable y sin problemas que Conrad aprovecha para contarnos como es la vida a bordo de un vapor. Nos va presentando a los personajes y sus respectivas ocupaciones y entre todos ellos sobresale el capitán McWhirr, un hombre hueco, empírico y sin imaginación, que se ciñe solo a la realidad contrastable, nunca elucubra ni especula. Se podría decir que para McWhirr solo existe el presente, con todo lo que éste contiene. Pasado y futuro carecen de importancia para él. Es un personaje curioso que en un principio parece irrelevante, pero que según avanza el relato va creciendo, hasta alcanzar niveles moderadamente épicos.

En un momento de la travesía, la cosa empieza a complicarse. En la lejanía, nubes amenazadoras se ciernen sobre el mar y los barómetros comienzan a bajar alarmantemente. Todo parece indicar que el barco se dirige al encuentro de una tormenta enorme. Los oficiales le sugieren al capitán que de un rodeo para esquivar la tormenta, pero éste, basándose en sus peculiares razonamientos, se niega. El barco sigue avanzando hasta que de repente en la oscuridad de la noche, es golpeado de lleno por el tifón, como si un depredador oculto en las sombras, atacara por sorpresa a su indefensa presa.

Las imágenes que crea Conrad narrando los devastadores efectos del tifón son magistrales: el viento huracanado y el ruido ensordecedor que provoca, las olas gigantes cayendo a plomo sobre la cubierta. El miedo y el desconcierto de los marineros por sentirse totalmente indefensos y a merced de los elementos, sabiendo que pueden morir en cualquier momento y sobre todo la oscuridad que trae el tifón, una negrura que eclipsa a la negrura de la noche y acrecienta la desorientación y el terror.

Por si fuera poco, en la bodega estalla una encarnizada pelea entre los chinos, mientras el barco es zarandeado por las olas como si fuera de papel. La tensión va en aumento, todo parece perdido. Pero es en esos momentos más difíciles donde el curioso carácter del capitán consigue encauzar de alguna manera a su aterrada tripulación, dando órdenes certeras. La mayoría de los marineros están inoperantes, paralizados por el miedo y tan solo el timonel, que sigue en su puesto impasible y los fogoneros que siguen alimentando las calderas del barco evitan que el desastre sea mayor. Sufriendo lo indecible, consiguen llegar al ojo del huracán, unos minutos de calma y tregua antes del segundo asalto contra el tifón… pero no voy a contar más, salvo que Conrad usa en esta parte un recurso elíptico muy efectivo.

Aparte de los mini retratos psicológicos de los personajes, donde el autor muestra su gran hacer, la descripción tan minuciosa del tifón hace que el lector sienta de lleno los efectos del temporal. A mí al menos me impactó, tanto que horas después soñé con algo parecido y fue aterrador. Las obras de Conrad tienen un componente autobiográfico muy marcado, así que entiendo que para describir con tanto detalle los efectos del tifón, tuvo que vivir alguno en su época de marinero. Otra constante en sus obras es la lucha del hombre contra sí mismo y contra otros y la lucha del hombre contra la naturaleza indómita. En esta novela corta encontramos un poco de todo eso, a pesar de no ser una obra mayor, muestra muy bien los resortes que se activan en la mente humana y sus comportamientos en situaciones límite.

 

 

 

 

El séptimo continente – Michael Haneke

Hace un par de días estuve comiendo con un buen amigo, con el que me unen una gran cantidad de afinidades. Nuestras conversaciones tocan todos los palos, desde lo banal a lo existencial, pasando por incursiones en la literatura, arte, historia o cine y siempre aderezadas con mucho humor. Es un placer mayúsculo poder compartir momentos así, en los que poder divagar y aprender siempre algo nuevo. Después de un par de copas y varias horas de charla, llegamos a un tema que le apasiona y del que tiene un gran conocimiento, que no es otro que el cine. Yo por suerte soy todavía un profano en esta materia, lo cual me da mucho margen para descubrir y aprender, cosa que me encanta. Bien, decía que es un tema que apasiona a mi amigo y quizá influenciado por toda la conversación que habíamos tenido, me preguntó si conocía a un director austriaco llamado Michael Haneke. Le dije que el nombre me sonaba pero realmente no había visto nada suyo. Me habló a grandes rasgos de su estilo y me recomendó fervientemente sus películas, me dijo que empezara por su ópera prima, así que le hice caso y… Lo que vi me voló la cabeza.

“El séptimo continente” o el vacío existencial de la cultura occidental.

Básicamente de eso trata El séptimo continente: del vacío existencial provocado por el alienante sistema capitalista y consumista del mundo occidental. Es una historia terrorífica que Haneke cuenta de una manera magistral e innovadora. Es la historia de una familia de clase media austriaca que podría ser cualquiera de nosotros. Una familia que a pesar de los normales altibajos, tiene una buena vida, con buenos trabajos, buenos ingresos, una buena casa y todas las comodidades que puedan desear. Pero algo no marcha bien, algo no encaja en este puzzle a priori idílico. Haneke no lo cuenta todo, su manera de presentar la historia, deja mucho margen a la imaginación. Ofrece una serie de imágenes aleatorias de la vida de los protagonistas, que parecen estar atrapados en un bucle de repeticiones cotidianas. El espectador tiene que ir encajando las piezas. Una historia elíptica llena de largos planos estáticos de maquinas funcionando, de personas trabajando frenéticamente, acciones que se repiten, secuencias inconexas, fundidos a negro, ausencia total de música (salvo la diegética) y por debajo de todo, reptando como una serpiente venenosa, la presencia de una violencia contenida que amenaza con estallar en cualquier momento.

En un momento dado de la película, cuando todo parece ir de maravilla y sin motivo aparente, la familia renuncia a todo. Dejan sus trabajos, sacan todo el dinero del banco, se encierran en su casa y comienzan sistemáticamente a destruir todas sus posesiones, a la par que se ofrecen festines con los mejores alimentos. Renuncian a todo lo que han conseguido, se diría que renuncian a la civilización y al final, incluso renuncian a seguir “viviendo”. Se inmolan.

Imágenes perturbadoras

La última hora de la película es perturbadora y desconcertante. Es una hora de planos fijos llenos de renuncia, destrucción y muerte. En ese momento el espectador se da cuenta de que Haneke sí le ha estado ofreciendo pistas a modo de metáforas visuales. Le ha ido llevando de la mano a través de ese caos inconexo de manera imperceptible. Por ejemplo la relación entre los personajes es fría y distante. No hay casi diálogos entre ellos porque no se comunican. Parecen estar muertos emocionalmente, se parecen mucho a los peces que nadan en el acuario que hay en su casa, donde viven en un entorno seguro y bien alimentados, pero en realidad están atrapados entre esas cuatro paredes de cristal en un patético simulacro de vida. La metáfora del túnel de lavado también es muy poderosa: Uno entra dentro con su coche y al salir, el exterior esta limpio y reluciente, pero solo el exterior, en el interior todo sigue igual. Nada cambia. Critica feroz al culto a la apariencia tan en boga en nuestra sociedad.

Las imágenes de la destrucción de todas sus posesiones son brutales, hay una frialdad y una sistematización que perturba hasta lo indecible. Es como si quisieran borrar toda huella de su paso por este mundo. Lo destruyen todo meticulosamente: muebles, objetos, ropa, recuerdos, discos, electrodomésticos. El climax llega cuando arrojan cientos de billetes y monedas por el inodoro. Haneke hace un extenso plano fijo recreándose en la destrucción de uno de los pilares del capitalismo. Para muchas personas será perturbador verlo, es como una herejía, como matar a dios. Incluso puede que para muchos espectadores esa destrucción de dinero sea más perturbadora que ver como los padres asesinan a su propia hija antes de suicidarse; otra prueba más de la alienación que provoca el sistema capitalista en los individuos. Creo que el director austriaco, formado en psicología y filosofía, contaba con ello. Otra imagen recurrente a lo largo del film es la de la playa, una imagen onírica e imposible que supuestamente representa Australia o que quizá simbolice el lugar idílico al que quiere escapar la familia cuando se suicide.

La película está diseñada para perturbar, Haneke tensa la cuerda al límite, pero no necesita escenas explícitas ni sangrientas, ofrece algo más poderoso y efectivo: lo deja todo a la imaginación del espectador. Haneke quiere conectar con esa región oscura de la mente humana que todos poseemos, pero también quiere intentar despertar la conciencia de que la historia que nos narra, también es en mayor o menor medida, la nuestra, porque todo lo que nos muestra es normal, terroríficamente normal y cotidiano. Al igual que los hechos reales en los que esta basada la película, El séptimo continente es una certera advertencia de la muerte de nuestra civilización.

 

 

 

Si – Un poema de Rudyard Kipling

Rudyard Kipling, idolatrado por unos, vilipendiado por otros. Probablemente uno de los mejores escritores de todos los tiempos, premio Nobel de literatura en 1907, pero también acusado de imperialista y racista. Autor de novelas como Kim y El libro de la selva y de magistrales relatos como El hombre que pudo ser rey, La litera fantasma, La marca de la bestia La historia más bella del mundo. Precisamente su fama de gran cuentista ha ensombrecido su obra poética, poemas como Gunga Din, Mandalay o Si, tienen una calidad fuera de toda duda, aunque es cierto que Kipling fue un poeta poco convencional, más bien se podría decir que fue autor de grandes versos y baladas.

Volviendo al tema de su racismo e imperialismo, pienso que Kipling fue un hombre contradictorio y también un hombre de su tiempo. El creía ciegamente en los valores del imperio y en la misión civilizadora que supuestamente realizaba éste. No podemos olvidar que nació en la India y la veía a través de los ojos de un blanco, pero la comprendía bastante mejor que muchos. No creo que fuera un racista, estaba acostumbrado a relacionarse con gente de toda clase, etnia y credo. Nunca se dió aires de grandeza, es más, siempre estuvo del lado de la gente de a pie y de los soldados que se dejaban la vida en guerras provocadas por políticos cobardes. No obstante creo que su fe ciega en el imperio sí que le hizo equivocarse en sus planteamientos políticos, pero acertó en lo esencial, sabía que la India, un conglomerado de etnias, acabaría descendiendo al caos sin el control de los británicos, como así sucedió (aunque es cierto que los británicos hicieron mucho por provocar ese caos en su retirada). También denunció en cierto modo el racismo de los afrikaners en Sudáfrica, previendo el apartheid.

Era antidemócrata, pero no fascista, de hecho fue de los primeros en denunciar las políticas de los nazis y vaticinar la destrucción que desencadenarían. Fue incluso amigo personal del rey Jorge V, pero nunca aceptó honores oficiales. Si ensalzó las virtudes del Imperio británico fue porque él había nacido en la periferia, no en la metrópoli, donde medraron los políticos elitistas a los que detestaba. Así como Conrad denunció la brutalidad y la maldad del colonialismo, Kipling se limitaba a contar la vida cotidiana de hombres y mujeres que intentaban levantar una estructura social y económica, que ellos creían legítima y buena para todos, aunque nosotros hoy sabemos que no lo fue.

Kipling fue un hombre solitario, extremadamente culto y nada idealista. Su formación como periodista le hizo ver la realidad descarnada del mundo que le rodeaba y la contaba sin miramientos. Sus últimos años de vida fueron duros y amargos, sobre todo tras la muerte de su único hijo en la Primera Guerra Mundial. Por cierto fue precisamente a su hijo a quien le dedicó el poema que os presento hoy.

Lo cierto es que hay dos Rudyard Kipling, el artista al que admiro y la persona que quizá no sea tan admirable. Pero como dije antes, es producto de su tiempo y en cierto modo, creo que disfrutaba siendo tan controvertido y agresivo en sus opiniones. En definitiva, una paradoja viviente, pero… ¿quién no lo es?.

 

 

Si (If) es su poema más famoso. Escrito originalmente en 1895, fue publicado por primera vez en 1910 en el libro infantil Rewards and Fairies. Es un poema que siempre me ha parecido muy inspirador, un gran ejemplo de estoicismo victoriano. Una época en la que aún eran importantes ideales como la virtud y el honor. Si bien es cierto que el personaje que lo inspiró: Leander Starr Jameson y más concretamente su incursión o golpe de estado contra la República de Transvaal en 1895, provocando a la larga la Segunda Guerra Anglo-Boer, quizá careciera de cierta “virtud”, aunque la prensa de la época lo consideró un hecho heroico.

Como dato curioso se puede señalar que el escritor indio Khushwant Singh consideraba el poema “la esencia del mensaje del Bhagavad Gītā”. Por otra parte los versos: “Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre, / y tratar a esos dos impostores de la misma manera”, aparecen en la entrada de jugadores de la pista central de Wimbledon.

 

Si

Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor
la pierden y te culpan a ti.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también toleras que tengan dudas.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no incurres en el odio.
Y aun así no te las das de bueno ni de sabio.

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.

Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.
O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.

Si puedes apilar todas tus ganancias
y arriesgarlas a una sola jugada;
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida.

Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados,
y así resistir cuando ya no te queda nada
salvo la Voluntad, que les dice: «¡Resistid!».

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno en exceso.

Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de diligente labor
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!

Rudyard Kipling

If” incluido en “Rewards and Fairies” (1910).

 

If

If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too:
If you can wait and not be tired by waiting,
Or being lied about, don’t deal in lies,
Or being hated don’t give way to hating,
And yet don’t look too good, nor talk too wise;

If you can dream—and not make dreams your master;
If you can think—and not make thoughts your aim,
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two impostors just the same:
If you can bear to hear the truth you’ve spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
And stoop and build ‘em up with worn-out tools;

If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
⁠And never breathe a word about your loss:
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
⁠Except the Will which says to them: ‘Hold on!’

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with Kings—nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
If all men count with you, but none too much:
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds’ worth of distance run,
Yours is the Earth and everything that’s in it,
⁠And—which is more—you’ll be a Man, my son!

 

El hombre imaginario – Un poema de Nicanor Parra

El chileno Nicanor Parra se consideraba un antipoeta, lo cual no deja de ser paradójico, puesto que está considerado como uno de los mejores poetas de nuestro tiempo. Aunque lo cierto es que esa definición le va como anillo al dedo, ya que su estilo irreverente y directo fue toda una revolución y para muestra, su antipoema La montaña rusa, donde expone claramente cual es su visión de la poesía: “Durante medio siglo/la poesía fue/el paraíso del tonto solemne/hasta que vine yo/y me instalé con mi montaña rusa./Suban, si les parece./Claro que yo no respondo si bajan/Echando sangre por boca y narices”. Toda una declaración de intenciones que deja muy claro que Parra no era un poeta al uso.

Su poesía es demoledora y anárquica, llena de crítica y denuncia social. Profunda y melancólica unas veces, sarcástica y divertida otras y casi siempre construida con estructuras inusuales. Quizá esta búsqueda de nuevas estructuras, fue consecuencia de su formación como matemático y físico o quizá fue su afán por democratizar la poesía y hacerla más accesible a personas de distinto nivel sociocultural. Lo cierto es que Parra tuvo éxito innovando y creando algo original. Personaje de gran cultura, librepensador y ecologista, llevaba el arte en la sangre, ya que provenía de una familia de artistas, entre los que destacó su hermana Violeta, cantautora y folclorista de gran renombre.

El poema que os presento hoy, es uno de los que más me gustan de toda su producción. Me parece un poema melancólico y profundo, en el que todo parece ser imaginario, salvo dos cosas. Leyéndolo podemos visualizar al hombre imaginario, podemos dejarnos llevar e imaginar todo lo que nos describe el autor, pero hay algo que no es imaginario y eso lo podemos sentir muy profundamente, ahí radica la magia de este poema. Espero que lo disfrutéis.

 

“L’heureux donateur”1966, por René Magritte, Musée d’Ixelles.

El hombre imaginario

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios.

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario.

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

– Nicanor Parra

El hombre imaginario” incluido en “Hojas de Parra” (1985).

 

Las fases de la luna – Tres pinturas de Paul Delvaux

A Paul Delvaux normalmente se le suele enmarcar dentro del surrealismo, aunque él nunca se consideró un surrealista per se. Lo cierto es que su pinturas tienen un aire surreal, pero también onírico, como si se tratase de imágenes congeladas o instantáneas tomadas durante un sueño. Esto es precisamente lo que me atrae de su arte. Sus escenas, normalmente nocturnas parecen representar personajes en actitudes oníricas, es más, incluso en una suerte de metaficcion, parecen representar los sueños de los propios personajes del cuadro. Además de transmitir ese silencio inquietante tan característico de las obras de Giorgio de Chirico. Pensaréis que todo esto es representativo del surrealismo, pero Delvaux tiene algo que lo diferencia del resto.

Otto Lidenbrock por Édouard Riou, 1864.

La serie de pinturas que os presento hoy se titula Las fases de la luna y son tres escenas independientes entre sí, pero que están conectadas por dos elementos: la Luna y un personaje que se repite. En un principio pensé que ese personaje era el propio autor, pero también tenía la sensación de que lo había visto anteriormente en otra parte. Hasta que hace unos días caí en la cuenta de que lo había visto en una vieja edición de Viaje al centro de la tierra de Jules Verne que tengo en casa. Se trata del profesor Otto Lidenbrock, uno de los protagonistas de la novela. Al parecer Delvaux estaba muy influenciado desde niño por las obras de Verne y quiso rendir homenaje de esta manera al gran escritor francés. Y es aquí donde encontramos el principal elemento diferenciador de Delvaux con otros surrealistas: en sus pinturas no solo hay una transferencia de su inconsciente y de sus mundos oníricos al lienzo, sino también una deliberada representación de sus recuerdos de infancia y adolescencia. Delvaux lo mezcla todo para crear algo totalmente original. La irrealidad que permea sus obras, unido a su estilo tan particular, pero influido entre otros por Magritte, De Chirico y Mesens, convierte su arte en algo muy atractivo para la vista y la especulación.

Las fases de la luna I (1939)

La primera pintura de la serie es quizá la más atípica de las tres, ya que se trata de una escena diurna, algo poco habitual en Delvaux. Lo cierto es que es extraña, puesto que el cielo nocturno donde resalta una luna creciente, está en contraste con la luminosidad solar, las sombras de los personajes y objetos delatan que la escena tiene que estar sucediendo cerca del mediodía. Esta paradoja me recuerda a El imperio de las luces de Magritte. El profesor Lidenbrock aparece en primer plano analizando una roca. A su lado aparece otro personaje que parece totalmente ausente, como si estuviera muerto o dormido dentro del sueño. Incluso a pesar de estar de frente, su mirada no esta dirigida al observador del cuadro, parece estar perdida mas allá. En la parte derecha encontramos a una mujer sentada y desnuda, cuyos senos están cubiertos con un lazo de regalo y que parece estar posando para alguien. Al fondo del jardín podemos ver al propio autor guiando (a lo flautista de Hamelin) a un grupo de mujeres desnudas (los desnudos femeninos son otra constante de su obra). En el centro de la imagen hay un caja de madera con una roca y unas cuantas más esparcidas cerca. ¿rocas lunares quizá?. Es una escena realmente extraña.

Las fases de la luna II (1941)

Les phases de la lune II, 1941. Colección privada.

En la segunda pintura de la serie, la acción transcurre en lo que parece ser un laboratorio o almacén lleno de rocas, calaveras y frascos. La escena es nocturna y al fondo podemos ver una luna casi llena sobre un paisaje que a mi se me antoja lunar. Como si la escena se hubiera trasladado a la Luna, o esa puerta fuera un portal hasta allí. Volvemos a encontrarnos a Lidenbrock analizando algo, a su lado hay otro personaje con sombrero que gesticula y parece interactuar con él o quizá no, puesto que no lo esta mirando, dando incluso la sensación de que pertenecen a planos distintos. Hay una mujer semi desnuda que parece ajena a todo, al igual que son ajenos a ella un trío de personajes conversando al fondo, que curiosamente parecen ser Lidenbrock y el personaje del sombrero. Como si se hubieran desdoblado (o triplicado en el caso del hombre del sombrero) o en esa escena se hubieran solapado varios planos dimensionales. Quizá sea la pintura más irreal de las tres.

Las fases de la luna III (1942)

Les phases de la lune III, 1942. Boijmans Van Beuningen Museum.

La tercera de la serie es una escena urbana y nocturna. Una vez más encontramos al sempiterno Lidenbrock observando una roca, junto a otro personaje que esta vez si parece interactuar con él, o al menos observa la misma roca detenidamente. A la derecha encontramos a una mujer sosteniendo una lámpara de bujía y saliendo por la puerta de una especie de torre. Esta mujer me recuerda a la que salía en la primera pintura con un lazo cubriendo sus senos. Se intuye un planetario o una esfera armillar en el piso superior y en su fachada encontramos un reloj solar. En la izquierda aparece el propio Delvaux de espaldas con un libro bajo el brazo, encaminándose hacia unas escaleras por las que suben y bajan varios hombres y mujeres vestidos elegantemente y que parecen sonámbulos. En lo alto parece haber un observatorio astronómico. Al fondo encontramos un paisaje yermo y sembrado de rocas, con un sendero que lleva hasta un tren (Delvaux estaba obsesionado con los trenes). Toda esta escena sucede bajo un cielo dominado por una luna en cuarto creciente que irradia gran luminosidad y proyecta sombras muy nítidas y marcadas, esto a mi parecer es, al igual que en la primera pintura, una anomalía, puesto que es algo que sólo ocurriría con la luz de la luna llena. Por otra parte es la única pintura de la serie en la que todo el mundo aparece vestido. 

A pesar de que se repiten personajes y objetos en las tres pinturas, la Luna es la verdadera protagonista de la serie. Su simbolismo es amplio: Normalmente representa el poder femenino y a la diosa madre. Aunque también tiene otros significados como el lado oscuro e invisible de la naturaleza, lo irracional y por ello está asociada a la fantasía y a la imaginación. También representa la resurrección y el renacimiento. Es la mediadora entre el cielo y la tierra, ya que influye en las mareas, las estaciones y los cultivos. También influye en los ciclos del sueño de los humanos, así que podemos decir que su presencia en el reino onírico es muy importante. En el pasado se la vinculó con diosas como Selene, Artemisa, Hécate, Astarté, Rhiannon, Arianrhod, Epona, Luna o Metztli.


Sinceramente, creo que la interpretación de las pinturas ha sido bastante pobre pero… ¿cómo interpretar el sueño de otro? Si pudiéramos meternos en el mundo onírico de otra persona y ver o experimentar de primera mano sus sueños, ¿entenderíamos algo? Aunque la interpretación de los sueños es un arte que se lleva practicando milenios y es una parte importante del psicoanálisis, creo que es muy difícil interpretar un sueño de manera infalible. De todas maneras creo que un psicoanalista se lo pasaría en grande descifrando todos los símbolos que pueblan estas pinturas.

Los sueños son algo muy personal e intransferible y aunque haya sueños, símbolos o arquetipos universales, es harto complicado descifrar ese mundo (Jung decía que eran manifestaciones del inconsciente). Si además en el caso de Delvaux añadimos que no solo representa sus sueños en la pinturas, sino que además incluye sus recuerdos, gustos y obsesiones, pues nos encontramos con que es casi imposible entender plenamente su arte. Solo él puede darnos la clave. Aunque he de decir que probablemente sea el pintor que mejor ha sabido plasmar lo absurdo y simbólico de los sueños en un lienzo y esto hace, a mi entender, que su arte no se preste tan bien a la interpretación, como las obras de otros surrealistas.

Aún así, mi enfoque parte de la base de que estas pinturas son representaciones oníricas. Puede haber múltiples enfoques, así que estaré encantado de conocer los vuestros y por supuesto, vuestras interpretaciones.