Durante muchos años creí que los hoteles eran una forma menor del infinito. Ningún otro lugar reúne con tanta economía las dos condiciones esenciales del laberinto: la repetición y el extravío. Pasillos iguales, puertas numeradas, ascensores que prometen orden y sólo distribuyen incertidumbre, habitaciones donde miles de vidas se rozan sin conocerse. Tal pensamiento, que juzgué una ociosidad metafísica, adquirió otra gravedad la noche en que conocí la habitación Cero.
Yo había viajado a Viena por un asunto irrelevante que el tiempo ha borrado. Recuerdo, sí, el hotel: antiguo, sobrio, de techos altos y alfombras gastadas, cerca de una avenida donde pasaban tranvías amarillos. Mi cuarto era el 417. Cenaba tarde, leía poco y dormía mal. En la recepción trabajaba un hombre flaco de cortesía exacta que parecía conocer de antemano las preguntas de los huéspedes.
La tercera noche, al volver de una caminata sin rumbo, advertí en el tablero de llaves una etiqueta de bronce donde se leía: 0. No colgaba de ningún gancho; reposaba sola, como si alguien la hubiera dejado allí un instante antes. Pregunté al recepcionista qué habitación era ésa. El hombre alzó los ojos con visible desgana y respondió que no lo sabía; añadió, tras mi insistencia, que nadie la pedía. Consultó un libro enorme de tapas negras, pasó páginas en blanco y concluyó que no figuraba en ningún registro. Debí subir a dormir; en cambio, pedí examinar la llave. Vaciló apenas antes de entregármela y abandonar el mostrador.
Era de metal pálido, más fría que el aire. No tenía dientes, sino una serie de muescas curvas semejantes a letras de un alfabeto olvidado. La guardé en el bolsillo con la culpable satisfacción de quien roba una nimiedad y subí por el ascensor hasta el cuarto piso. Antes de entrar en mi habitación recorrí el pasillo buscando una puerta sin número, pero no hallé ninguna. Bajé al tercero, al segundo, subí al quinto. Nada. Los corredores repetían sus cifras razonables: 201, 202, 203… 518, 519… Ninguna omisión, ninguna anomalía. Volví al vestíbulo y, mientras el recepcionista atendía a una pareja inglesa, observé el plano de evacuación junto a la escalera: indicaba sótanos, salidas, patios interiores y habitaciones hasta el número 623. No había cero.
Dormí inquieto y soñé con corredores circulares donde todas las puertas llevaban mi nombre. A la mañana siguiente, la llave seguía en mi bolsillo. Quise devolverla, pero el recepcionista no estaba; lo reemplazaba una mujer joven que aseguró no conocer tal objeto ni a ningún compañero con su descripción. Añadió que trabajaba sola por las noches desde hacía seis años. No insistí; en ciertos asuntos la incredulidad ajena parece una forma de censura. Pasé el día visitando museos y fingiendo normalidad. Al regresar, ya tarde, el hotel estaba casi vacío. El vestíbulo olía a cera y silencio, y ningún empleado vigilaba el mostrador.
Detrás de la escalera principal, donde antes sólo había paneles de madera, se abría ahora un corredor estrecho que desembocaba en una puerta gris con el número 0 pintado discretamente sobre el marco. No recuerdo haber sentido miedo; sentí algo más fuerte y más noble: curiosidad. Introduje la llave y giró con una suavidad que me pareció, por algún motivo, escandalosa.
La habitación era modesta y perfectamente iluminada: una cama estrecha, una mesa, una silla, una lámpara verde y una ventana cerrada por cortinas claras. Sobre la mesa descansaba un único objeto: un volumen encuadernado en cuero oscuro. Me acerqué con cautela. No tenía título ni marcas visibles; parecía antiguo, pero no sabría decir de qué época, pues su aspecto no correspondía a ninguna tradición editorial que yo conociera. Lo abrí y la primera línea decía: “Durante muchos años creí que los hoteles eran una forma menor del infinito”. No sentí sorpresa, sino una forma precisa de reconocimiento. A medida que avanzaba en la lectura, esa sensación se transformó en inquietud: allí estaban mis pasos por Viena, el recepcionista imposible, la llave sustraída, la búsqueda inútil en los pisos. La prosa no era enteramente mía, pero tampoco ajena; se parecía a lo que yo habría escrito si hubiera sabido de antemano lo que iba a ocurrir.
Continué leyendo con una atención cada vez más tensa, advirtiendo que el libro no sólo registraba lo ya sucedido, sino que describía con minuciosa precisión gestos que aún no había realizado, pausas que todavía no había decidido e incluso vacilaciones que en ese mismo instante comenzaban a formarse en mi pensamiento. En un pasaje reconocí la frase que acababa de leer segundos antes; en otro, encontré la descripción de mi mano pasando la página que yo estaba a punto de pasar. Comprendí entonces que el libro no contenía mi historia: era el lugar donde estaba ocurriendo. Busqué el final con una ansiedad que ya no era del todo mía y hallé las últimas páginas en blanco.
Cerré el volumen y permanecí inmóvil un tiempo que no sabría medir. La habitación, perfectamente ordenada, parecía ignorar lo que acababa de suceder, como si su función no fuera albergar, sino permitir. Me alejé de la mesa y abandoné el cuarto sin volver la vista atrás. El corredor había desaparecido; en su lugar encontré un espejo alto donde me vi envejecido por una sola noche. Detrás del mostrador estaba la mujer joven, que me saludó como si acabara de llegar. Subí a la habitación 417 y dormí profundamente.
A la mañana siguiente quise comprobarlo todo. No había puerta alguna tras la escalera, nadie conocía la habitación Cero y en mi bolsillo no estaba la llave, sino una tarjeta del hotel con mi nombre mal escrito. He regresado dos veces a Viena; el edificio existe, pero ahora alberga oficinas. Los pasillos fueron demolidos para crear espacios abiertos, lo cual me parece una superstición moderna. No he vuelto a encontrar la habitación ni he intentado hacerlo. Con el tiempo he aprendido a no interrogar ciertas interrupciones de la realidad: hay hechos que no se repiten porque no pertenecen al orden de lo que puede repetirse.
A veces, sin embargo, ocurre algo menor. Estoy en casa, o en una sala de espera, o en el vestíbulo de algún hotel cualquiera; todo parece en su sitio, pero por un instante que no sabría medir tengo la impresión de que una puerta se ha abierto en algún punto que no alcanzo a ver. No oigo nada, no siento corriente de aire, nadie entra ni sale, y sin embargo algo —una disposición apenas alterada, una espera inexplicable, una leve discordancia en lo inmediato— sugiere que el mundo ha dejado de ser del todo continuo. No intento verificarlo. He comprendido que hay habitaciones que no se encuentran, sino que se conceden, y que la más improbable de todas es aquella en la que uno sospecha haber estado.

– Mikel Alonso.
Nota: este texto, que fue inspirado por una pesadilla en un hotel situado en Praga, es el borrador de un relato más extenso.

Hay relatos que se olvidan en cuanto terminan, y otros que dejan una sensación extraña, como si ya los hubiéramos escuchado antes. No exactamente iguales, ni con los mismos personajes ni siquiera en los mismos escenarios, pero sí con una familiaridad difícil de explicar. Algo en su recorrido, en su ritmo, en la forma en que avanzan, nos resulta conocido, incluso inevitable, como si la historia no se mostrara ante nosotros por primera vez, sino que regresara desde algún lugar anterior.
Después del éxito de Heaven and Hell, Black Sabbath decidieron entrar al estudio otra vez para grabar su continuación y certificar así su resurrección en el mundo del metal. Y lo hicieron con otro puñetazo en la mesa: Mob Rules. Un disco que no tiene nada que envidiar a su predecesor y que en algunos momentos incluso lo supera.







El debut de The Police es un disco lleno de energía y urgencia, donde el punk, el rock y el reggae conviven todavía de forma inestable, casi caótica. La banda aún no ha encontrado del todo su identidad, pero algo empieza a asomar entre las grietas.
En Reggatta de Blanc, The Police parecen encontrar por fin un lenguaje propio. La energía sigue ahí, pero empieza a organizarse; ya no todo es urgencia, ahora hay espacio, intención, respiración. Es el disco donde la banda deja de empujar constantemente hacia delante y comienza a sostener.
Compuesto y grabado bajo presión, Zenyatta Mondatta conserva en su superficie la identidad de la banda, pero deja entrever algo distinto. Las canciones siguen funcionando, incluso brillando en muchos momentos, pero empiezan a aparecer pequeñas desviaciones, como si cada pieza respondiera a una lógica ligeramente distinta.
Inspirado en el libro Ghost in the Machine de Arthur Koestler, este disco presenta a una banda que suena más compacta, más densa… pero también más contenida. La cohesión está ahí, es evidente, aunque transmite una cierta sensación de artificio, como si cada elemento ocupara su lugar sin terminar de integrarse del todo. Cada miembro parece hablar su propio lenguaje, y aun así el resultado funciona.
Con Synchronicity, The Police alcanzan su cima compositiva. Todo suena equilibrado, preciso, casi impecable. Cada elemento ocupa su lugar con una claridad absoluta, como si la banda hubiera encontrado por fin la forma perfecta de su propio lenguaje. Y sin embargo, esa perfección dice tanto de sus capacidades como músicos como de su estado interno: el grupo, en ese momento, ya estaba completamente roto.

